Sermones escogidos de Jonathan Edwards
Las muchas moradas

Capítulo 5 · 25 min de lectura · 33 min de escucha

Las muchas moradas

Juan 14:2.—En la casa de mi Padre muchas moradas hay.


En estas palabras pueden observarse dos cosas.

1. La cosa descrita, a saber, la casa del Padre de Cristo. Cristo habló a sus discípulos en el capítulo anterior como quien estaba a punto de dejarlos. Les dijo, en el versículo 31: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él», y luego pasa a darles consejo de vivir en unidad y de amarse unos a otros, como quien se iba de su lado. Con lo cual ellos parecieron algo sorprendidos y apenas sabían qué pensar de ello. Y uno de ellos, a saber, Pedro, le preguntó adónde iba; versículo 36: «Le dijo Simón Pedro: Señor, ¿adónde vas?». Cristo no respondió directamente diciéndole adónde iba, pero lo da a entender en estas palabras del texto, a saber, a la casa de su Padre, es decir, al cielo; y después, en el versículo 12, les dice claramente que se iba a su Padre.

2. Podemos observar la descripción que se da de ella, a saber, que en ella hay muchas moradas. Los discípulos parecían muy entristecidos con la noticia de la partida de Cristo, pero Cristo los consuela con esto: que en la casa de su Padre, adonde él iba, no solo había lugar para él, sino también para ellos. Había muchas moradas. No había allí solamente una morada para él, sino moradas suficientes para todos ellos; había en el cielo lugar de sobra para ellos. Cuando los discípulos advirtieron que Cristo se iba, mostraron un gran deseo de ir con él, y en particular Pedro. Pedro, en la última parte del capítulo anterior, le preguntó adónde iba, con el fin de poder seguirlo. Cristo le dijo que adonde él iba no podía seguirlo ahora, pero que lo seguiría después. Pero Pedro, no contento con lo que Cristo le dijo, parecía tener gran deseo de seguirlo ya. «Señor —dice—, ¿por qué no te puedo seguir ahora?». De modo que los discípulos seguían teniendo gran deseo de estar con Cristo, y Cristo, en las palabras del texto, les da a entender que estarán con él. Cristo les indica que se iba a casa, a la casa de su Padre, y los anima asegurándoles que estarán con él allí a su debido tiempo, puesto que allí había muchas moradas. Había una morada preparada no solo para él, sino para todos ellos (pues Judas no estaba entonces presente), y no solo para ellos, sino para todos los que alguna vez creyeran en él hasta el fin del mundo; y aunque él iba delante, solo iba a preparar lugar para los que lo seguirían.

El texto es una oración llana; es, por tanto, innecesario extraer de él una doctrina expresada con otras palabras, de modo que edificaré mi discurso sobre las palabras mismas del texto. Dos proposiciones se contienen en ellas, a saber: I, que el cielo es la casa de Dios, y II, que en esta casa de Dios hay muchas moradas.

Prop. I. El cielo es la casa de Dios. Una casa de culto público es una casa donde el pueblo de Dios se reúne de tiempo en tiempo para asistir a las ordenanzas de Dios, y que está apartada para ese fin y se llama casa de Dios. El templo de Salomón se llamaba la casa de Dios. Se representaba a Dios como morando allí. Allí tenía su trono en el lugar santísimo, es decir, el propiciatorio sobre el arca y entre los querubines.

A veces el universo entero se representa en la Escritura como la casa de Dios, construida con diversos pisos, uno sobre otro: Amós 9:6: «Él edificó en el cielo sus gradas»; y Salmo 104:3: «Que establece sus aposentos entre las aguas». Pero sobre todo el cielo más alto se representa en la Escritura como la casa de Dios. En cuanto a las demás partes de la creación, Dios las ha destinado a usos inferiores; pero esta parte la ha reservado para sí, como su propia morada. Se nos dice que los cielos son los cielos del Señor, pero que la tierra la ha dado a los hijos de los hombres. Dios, aunque está presente en todas partes, es representado tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo como estando en el cielo de una manera especial y particular. El cielo es el templo de Dios. Así leemos del templo de Dios en el cielo, Apocalipsis 15:5. El templo de Salomón era un tipo del cielo; se hizo sumamente magnífico y costoso en parte con este fin, para que fuera el tipo más vivo del cielo. El apóstol Pablo, en su epístola a los Hebreos, llama una y otra vez al cielo el lugar santísimo, por ser el antitipo no solo del templo de Salomón, sino del lugar santísimo de ese templo, que era el lugar de la residencia más inmediata de Dios: Hebreos 9:12: «Entró una sola vez en el santuario»; versículo 24: «Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el mismo cielo». Las casas donde las asambleas de cristianos adoran a Dios son en algunos aspectos figuras de esta casa de Dios en lo alto. Cuando en ellas se adora a Dios en espíritu y en verdad, se convierten en los baluartes exteriores del cielo y, por así decirlo, en sus puertas. Así como en las casas de culto público de aquí hay asambleas de cristianos que se reúnen para adorar a Dios, así en el cielo hay una gloriosa asamblea, o Iglesia, que adora a Dios continuamente: Hebreos 12:22, 23: «Mas os habéis llegado al monte de Sión, [y] a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, y a la compañía de muchos millares de ángeles, a la asamblea general e iglesia de los primogénitos que están inscritos en los cielos».

El cielo se representa en la Escritura como la casa donde Dios habita; Salmo 113:5: «¿Quién como el Señor nuestro Dios, que habita en las alturas?», y Salmo 123:1: «A ti alcé mis ojos, a ti que habitas en los cielos». El cielo es el palacio de Dios. Es la casa del gran Rey del universo; allí tiene su trono, y por eso se le representa como su casa o templo; Salmo 11:4: «El Señor está en su santo templo; el trono del Señor está en el cielo».

El cielo es la casa donde Dios habita con su familia. En la Escritura se representa a Dios como teniendo una familia; y aunque algunos de esta familia están ahora en la tierra, estando así se hallan fuera y no en casa, pero todos van camino de casa: Efesios 3:15: «Del cual es nombrada toda la familia en los cielos y en la tierra». El cielo es el lugar que Dios ha edificado para sí y para sus hijos. Dios tiene muchos hijos, y el lugar destinado para ellos es el cielo; por eso se dice de los santos, siendo hijos de Dios, que son de la familia de Dios, Efesios 2:19: «Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la casa de Dios». A Dios se le representa como un padre de familia o cabeza de una casa, y el cielo es su casa.

El cielo es la casa no solo donde Dios tiene su trono, sino también donde, por así decirlo, tiene su mesa, donde sus hijos se sientan con él a su mesa y donde son agasajados de una manera regia, como corresponde a los hijos de tan gran Rey: Lucas 22:30: «Para que comáis y bebáis en mi mesa en mi reino»; Mateo 26:29: «Y os digo que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre».

Dios es el Rey de reyes, y el cielo es el lugar donde tiene su corte. Allí están sus ángeles y arcángeles, que, como los nobles de su corte, le sirven.

Prop. II. En la casa de Dios hay muchas moradas. Por muchas moradas se entienden muchos asientos o lugares de residencia. Como es un palacio real, hay muchas moradas. Las casas de los reyes suelen construirse muy grandes, con muchas salas y aposentos señoriales. Así hay muchas moradas en la casa de Dios.

Cuando esto se dice del cielo, ha de entenderse principalmente en sentido figurado, y parece que en ello se nos enseñan las cosas siguientes.

1. En esta casa de Dios hay lugar para grandes multitudes. Hay lugar en el cielo para una inmensa multitud; sí, lugar suficiente para toda la humanidad que existe o que existirá jamás; Lucas 14:22: «Señor, hecho es como mandaste, y aún hay lugar.»

No sucede con el templo celestial lo que a menudo sucede con las casas de culto público en este mundo, que se llenan y resultan demasiado pequeñas y estrechas para los que quieren reunirse en ellas, de modo que no hay lugar cómodo para todos. Hay lugar de sobra en la casa de nuestro Padre celestial. Esto es en parte lo que Cristo quiso decir con las palabras del texto, como se ve por la ocasión en que las pronunció. Los discípulos mostraron un gran deseo de estar donde estaba Cristo, y por eso Cristo, para animarlos asegurándoles que sería como ellos deseaban, les dice que en la casa de su Padre, adonde él iba, había muchas moradas, es decir, lugar de sobra para ellos.

Hay en Dios misericordia suficiente para admitir en el cielo una multitud innumerable. Hay misericordia suficiente para todos, y hay en Cristo mérito suficiente para comprar la felicidad celestial para millones de millones, para todos los hombres que jamás han sido, son o serán. Y hay en la fuente de la felicidad del cielo una suficiencia para abastecer, llenar y saciar a todos; y hay en todos los aspectos lo bastante para la felicidad de todos.

2. Hay acomodo suficiente y adecuado para todas las diferentes clases de personas que hay en el mundo: para grandes y pequeños, para altos y bajos, ricos y pobres, sabios y necios, siervos y libres, personas de todas las naciones y de todas las condiciones y circunstancias; para los que han sido grandes pecadores tanto como para los que han llevado una vida moral; para los santos débiles y los que son niños en Cristo tanto como para los que son más fuertes y han crecido más en la gracia. Hay en el cielo suficiencia para la felicidad de toda clase de personas; hay acomodo conveniente para toda criatura que quiera escuchar los llamamientos del evangelio. Nadie que quiera venir a Cristo, sea cual sea su condición, tiene por qué temer que Cristo no le provea en el cielo de un lugar adecuado para él.

Esta parece ser otra cosa implícita en las palabras de Cristo. Los discípulos eran personas de condición muy distinta de la de Cristo: él era su Maestro, y ellos sus discípulos; él era su Señor, y ellos los siervos; él era su Guía, y ellos los que le seguían; él era su Capitán, y ellos los soldados; él era el Pastor, y ellos las ovejas; [él era, por así decirlo, el] Padre, [y ellos los] hijos; él era el glorioso y santo Hijo de Dios, ellos eran hombres pobres, pecadores y corrompidos. Y sin embargo, aunque estaban en circunstancias tan diferentes de las suyas, Cristo los anima asegurándoles que habrá lugar en el cielo no solo para él, sino también para ellos; porque allí había muchas moradas. No había solo una morada para alojar al Señor, sino también a los discípulos; no solo a la cabeza, sino a los miembros; no solo al Hijo de Dios, sino a los que por naturaleza son hombres pobres, pecadores y corrompidos: así como en el palacio de un rey no solo hay una morada o cámara de estado construida para el rey mismo y para su hijo primogénito y heredero, sino que hay muchas cámaras, moradas para toda su numerosa casa: hijos, acompañantes y siervos.

3. Se da a entender además que el cielo es una casa que fue efectivamente edificada y preparada para una gran multitud. Cuando Dios hizo el cielo en el principio del mundo, lo destinó a ser morada eterna para una inmensa e innumerable multitud. Cuando el cielo fue hecho, fue destinado y preparado para todas aquellas personas particulares que Dios había decidido desde la eternidad salvar: Mateo 25:34: «Venid, benditos [de mi Padre, heredad el reino] preparado para vosotros [desde la fundación del mundo]». Y esta es una multitud muy grande e innumerable: Apocalipsis 7:9: «Después de esto miré, y he aquí una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas». Habiendo sido edificado el cielo expresamente para ellos, fue edificado en consecuencia; se edificó de modo que alojara con la mayor comodidad a toda esta multitud: como una casa que se construye para una familia numerosa se construye grande y con muchas habitaciones; como un palacio que se construye para un gran rey que mantiene una gran corte con muchos acompañantes se construye sumamente grande, con muchísimos aposentos; y como una casa de culto público que se construye para una gran congregación se construye muy amplia, con muchos asientos.

4. Cuando se dice [«En la casa de mi Padre muchas moradas hay»], se quiere decir que hay asientos de diversa dignidad y de distintos grados y circunstancias de honra y de felicidad. Hay muchas moradas en la casa de Dios porque el cielo está destinado a diversos grados de honra y bienaventuranza. Algunos están destinados a sentarse allí en lugares más altos que otros; algunos están destinados a ser elevados a grados más altos de honra y de gloria que otros; y por eso hay diversas moradas, y en el cielo unas moradas y asientos son más honrosos que otros. Aunque todos son asientos de extraordinaria honra y bienaventuranza, unos lo son más que otros.

Así se construye un palacio. Aunque cada parte del palacio es magnífica, como corresponde al palacio de un rey, hay muchos aposentos de diversa honra, y unos son más señoriales y costosos que otros, según el grado de dignidad. Hay un aposento que es la cámara de audiencias del rey; hay otros aposentos para el heredero inmediato de la corona; hay otros para los demás hijos; y otros para sus acompañantes y los grandes oficiales de la casa: uno para el mayordomo mayor, otro para el chambelán, y otros para oficiales y sirvientes de menor rango.

Otra imagen de esto se halla en el templo de Salomón. Había muchas moradas de diferentes grados de honra y dignidad. Estaba el lugar santísimo, donde se hallaba el arca, que era el lugar de la residencia inmediata de Dios, adonde solo el sumo sacerdote podía entrar; y había otro aposento llamado el lugar santo, adonde podían entrar los demás sacerdotes; y junto a este estaba el atrio interior del templo, donde se admitía a los levitas; y allí tenían muchas cámaras o moradas construidas como alojamiento para los sacerdotes; y junto a este estaba el atrio de Israel, adonde podía llegar el pueblo de Israel; y junto a este estaba el atrio de los gentiles, adonde podían llegar los gentiles, aquellos a quienes se llamaba los «prosélitos de la puerta».

Y tenemos una imagen de esto en las casas construidas para el culto de las asambleas cristianas. En tales casas de Dios hay muchos asientos de distinta honra y dignidad, desde el más honroso hasta el más humilde de la congregación.

No es que hayamos de entender las palabras de Cristo tanto en un sentido literal, como si cada santo en el cielo hubiera de tener un determinado asiento, cámara o lugar de residencia donde quedara fijado localmente. No es el propósito de las Escrituras informarnos mucho acerca de las circunstancias externas del cielo, o del estado del cielo considerado como lugar; sino que hemos de entender lo que Cristo dice principalmente en un sentido espiritual. Las personas serán colocadas en el cielo en diferentes grados de honra y de gloria, como se manifiesta abundantemente en la Escritura; lo cual puede representarse con propiedad a nuestra imaginación mediante la existencia de distintos asientos de diversa honra, como ocurría en el templo y como ocurre en las cortes de los reyes. Algunos asientos estarán más cerca del trono que otros. Algunos se sentarán junto a Cristo en la gloria: Mateo 20:23: «El sentaros a mi mano derecha y a mi izquierda no es mío darlo, sino a aquellos para quienes está preparado por mi Padre».

Sin duda Cristo tiene en cuenta en el texto estos diferentes grados de gloria. Cuando iba a ir al cielo y los discípulos estaban tristes ante la idea de separarse de su Señor, les hace saber que en la casa de su Padre hay asientos o moradas de diversos grados de honra, que no había solo una para él, que era la Cabeza de la Iglesia y el hermano mayor, sino también para ellos, que eran sus discípulos y hermanos menores.

Es probable también que Cristo tenga en cuenta no solo diferentes grados de gloria en el cielo, sino diferentes circunstancias. Aunque la ocupación y la felicidad de toda la asamblea celestial serán en general las mismas, no es improbable que haya diferencias circunstanciales. Sabemos cuál [es] su ocupación en general, pero no en particular. No sabemos cómo uno puede ser empleado para servir y promover la felicidad de otro, y todos para ayudarse unos a otros. Puede que allí unos sean puestos en un lugar para un oficio u ocupación, y otros [en] otro, como sucede en la Iglesia en la tierra. Dios ha colocado a cada uno en el cuerpo como le ha placido; uno es el ojo, otro el oído, otro la cabeza, etc. Pero como Dios no ha tenido a bien revelar expresamente cómo será en este aspecto, no insistiré en ello, sino que pasaré a hacer alguna

APLICACIÓN

de lo que se ha expuesto.

I. Aquí hay aliento para los pecadores que están preocupados y ejercitados por la salvación de sus almas, los que temen no llegar nunca al cielo ni ser admitidos a ningún lugar de residencia allí, y son conscientes de que hasta ahora se hallan en un estado y condición lamentables, por cuanto están fuera de Cristo y no tienen, por tanto, derecho a ninguna herencia en el cielo, sino que corren peligro de ir al infierno y de tener allí fijado su lugar de morada eterna. Podéis animaros por lo que se ha dicho a buscar el cielo con empeño; porque allí hay muchas moradas. Allí hay lugar de sobra. Sea cual sea vuestro caso, allí hay provisión adecuada para vosotros; y si venís a Cristo, no tenéis por qué temer que no os prepare lugar; él se encargará de que estéis bien acomodados en el cielo.

Pero II. Quisiera aplicar esta doctrina en una exhortación doble.

1. Sean todos exhortados por esto a buscar con empeño ser admitidos a una morada en el cielo. Habéis oído que esta es la casa de Dios; es su templo. Si David, cuando estaba en el desierto de Judá y en la tierra de Gesur y de los filisteos, anhelaba tanto volver a la tierra de Israel para poder tener un lugar en la casa de Dios aquí en la tierra, y estimaba tanto un lugar allí, aunque no fuera más que el de portero, ¡qué gran felicidad será tener un lugar en este templo celestial de Dios! Si se considera que gozan de un alto privilegio los que tienen un asiento asignado en las cortes de los reyes o en aposentos de los palacios reales, especialmente los que tienen allí residencia en calidad de hijos del rey, ¡cuán grande privilegio será que se nos asigne un aposento o morada en el palacio celestial de Dios, y tener allí un lugar como hijos suyos! ¡Cuán grande es la gloria y la honra de los que son admitidos a ser de la familia de Dios!

Y puesto que allí hay muchas moradas, moradas suficientes para todos nosotros, tanto mayor será nuestra necedad si descuidamos buscar un lugar en el cielo, por tener la mente neciamente ocupada en las cosas despreciables y perecederas de este mundo. Considerad aquí tres cosas:

(1) Cuán poco tiempo podéis tener morada o lugar de residencia en este mundo. Ahora tenéis una vivienda entre los vivos. Tenéis una casa o morada propia, o al menos una que de momento está a vuestro servicio, y ahora tenéis un asiento en la casa de Dios; pero ¡cuán poco durará esto! Dentro de muy poco, el lugar que ahora os conoce en este mundo no os conocerá más. La habitación que tenéis aquí quedará vacía de vosotros; seréis sacados muertos de ella, o moriréis lejos de ella, y nunca más entraréis en ella, ni en ninguna otra morada de este mundo. Vuestra morada o lugar de residencia en este mundo, por cómoda o conveniente que sea, no es más que una tienda que pronto será desmontada, una cabaña en un melonar. Vuestra estancia es, por así decirlo, de una sola noche. Vuestro mismo cuerpo no es más que una casa de barro que pronto se desmoronará y se vendrá abajo, y no tendréis aquí en este mundo otra habitación que la tumba.

Así os lo está recordando Dios en su providencia mediante los repetidos casos de muerte que ha habido en el pueblo en las dos últimas semanas, ambos en una misma casa; en esa muerte ha mostrado su dominio sobre viejos y jóvenes. El hijo fue llevado primero, antes que el padre, estando en el pleno vigor y la flor de sus días; y el padre, que entonces estaba bien y sin señal alguna de que se acercara la muerte, lo siguió a los pocos días; y su habitación y su asiento en la casa de Dios en este mundo no los conocerán más.

Tomad aviso de estas advertencias de la Providencia para aprovechar vuestro tiempo, a fin de tener una morada en el cielo. Tenemos entre nosotros una casa de culto recién levantada, en la que ahora tenéis asiento, y probablemente os complacen sus ornamentos; y aunque tenéis lugar en una casa tan hermosa, no sabéis cuán poco tiempo tendréis lugar en esta casa de Dios. He aquí a dos arrebatados por la muerte, que solo se habían reunido en ella unas pocas veces, que han sido arrebatados de ella antes de que estuviera del todo terminada y nunca más tendrán asiento en ella. No sabéis cuán pronto podéis seguirlos, y entonces será de gran importancia para vosotros tener un asiento en la casa de Dios en lo alto. Las dos personas fallecidas hace poco insistieron mucho en su lecho de muerte en advertir a otros que aprovecharan su precioso tiempo. El primero de ellos expresó mucho su convicción de la inmensa importancia de tener parte en Cristo, como yo fui testigo, y exhortaba con fervor a otros a aprovechar su tiempo, a ser cabales, a procurar tener parte en Cristo, y parecía muy deseoso de que los jóvenes recibieran de él consejo y advertencia, como palabras de un moribundo, para que hicieran cuanto pudieran por asegurar su conversión; y poco antes de morir me dejó el encargo de que advirtiera a los jóvenes en su lugar. Dios os ha estado advirtiendo con su muerte y con la de su padre, que la siguió tan pronto. Las palabras de los moribundos deben tener para nosotros un peso especial, porque entonces se hallan en circunstancias en que son más capaces de ver las cosas como son y de juzgarlas rectamente: entre ambos mundos, por así decirlo. Situación en la que todos hemos de estar.

Que nuestros jóvenes, por tanto, tomen aviso de esto, y no seáis tan necios que descuidéis buscar un lugar y una morada en el cielo. Los jóvenes son especialmente propensos a dejarse cautivar por las cosas agradables de este mundo. Ahora quizá estáis muy complacidos con las esperanzas de vuestra situación futura en este mundo; [y ahora quizá estáis muy] complacidos con los ornamentos de esa casa de culto en la que vosotros, con otros, tenéis lugar. Pero, ¡ay!, ¿no consideráis demasiado poco cuán pronto podéis ser arrebatados de todas estas cosas, y no tener ya nunca más parte alguna en ninguna morada, casa, goce o felicidad debajo del sol? Por tanto, sea vuestro principal cuidado asegurar una habitación eterna para el más allá.

(2) Considerad que, cuando muráis, si no tenéis morada en la casa de Dios en el cielo, tendréis que tener vuestro lugar de residencia en la habitación de los demonios. No hay lugar intermedio entre ambas, y cuando salgáis de aquí, tendréis que ir a una o a otra. Unos tienen una morada preparada para ellos en el cielo desde la fundación [del mundo]; otros son despedidos como malditos a los ardores eternos preparados para el [diablo y sus ángeles]. Considerad cuán desdichados han de ser los que tendrán su habitación con los demonios por toda la eternidad. Los demonios son espíritus inmundos, los grandes enemigos de Dios. Su habitación es la oscuridad de las tinieblas; un lugar de suma inmundicia, abominación, oscuridad, deshonra y tormento. ¡Oh, cuánto más preferiríais, diez mil veces, no tener lugar alguno de residencia, no tener existencia, que tener un lugar [con los demonios]!

(3) Si morís sin convertiros, tendréis un lugar peor en el infierno por haber tenido un asiento o lugar en la casa de Dios en este mundo. Así como hay muchas moradas, lugares de diferentes grados de honra en el cielo, así hay en el infierno diversas moradas y lugares o grados de tormento y miseria; y tendrán allí el peor lugar los que [habiendo tenido el mejor lugar en la casa de Dios aquí, mueran sin convertirse]. Salomón habla de un espectáculo singularmente terrible que había visto: el de un impío sepultado que había salido [del lugar santo], Eclesiastés 8:10. Los que han tenido un asiento en la casa de Dios han sido en cierto sentido levantados hasta el cielo, puestos a la puerta del cielo; [si mueren sin convertirse, serán] arrojados al infierno.

2. La segunda exhortación que quisiera ofrecer a partir de lo dicho es que busquéis un lugar alto en el cielo. Puesto que en el cielo hay muchas moradas de diferentes grados de honra y dignidad, procuremos obtener una morada de gloria distinguida. Se nos ha revelado que hay diferentes grados de gloria con el fin de que busquemos los grados más altos. Dios ofreció altos grados de gloria con este fin: que los buscáramos mediante una santidad eminente y buenas obras: 2 Corintios 9:6: «El que siembra escasamente, [también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará]». No conviene a nadie estar demasiado ansioso por un asiento alto en la casa de Dios en este mundo, porque esa es la honra que viene de los hombres; pero no podemos buscar con demasiado empeño un asiento alto en la casa de Dios en lo alto, buscando una santidad eminente, porque esa es la honra que viene de Dios.

Muy poco vale la pena que corramos tras la honra en este mundo, donde la mayor honra no es más que una burbuja que pronto se desvanecerá, y la muerte lo igualará todo. Unos tienen casas más señoriales que otros, y unos ocupan cargos más altos que otros, y unos son más ricos que otros y tienen asientos más altos en la casa de reunión que otros; pero todas las tumbas están al mismo nivel. Un cadáver que se pudre y se corrompe es tan innoble como otro; los gusanos se atreven con un cuerpo muerto tanto como con otro.

Pero las moradas de la casa de Dios en lo alto son moradas eternas. Los que tienen allí asignados sus asientos, sean de mayor o menor dignidad, estén más cerca o más lejos del trono, los conservarán por toda la eternidad. Esto está prometido, Apocalipsis 3:12: «Al que venciere, yo lo haré columna en el templo [de mi Dios, y nunca más saldrá fuera]». Si vale la pena desear y buscar asientos altos en la casa de reunión, donde estáis un día a la semana, y adonde no vendréis en total más que unos pocos días; si vale la pena estimar mucho un asiento por encima de otro en la casa de culto solo porque es el banco o asiento que figura primero en el orden, y ser visto aquí durante unos pocos días, ¡cuánto más valdrá la pena buscar una morada alta en el templo de Dios y en aquel lugar glorioso que es la habitación eterna de Dios y de todos sus hijos! Vosotros, los que estáis complacidos con vuestros asientos en esta casa porque estáis sentados en lo alto o en un lugar que los que se sientan alrededor tienen por honroso, y porque muchos pueden veros, considerad cuán poco tiempo gozaréis de este placer. Y si hay algunos a quienes no les agradan sus asientos porque son demasiado bajos para ellos, consideren que dentro de muy poco os [será] del todo indiferente haberos sentado alto o bajo aquí. Pero os será de interés infinito y eterno dónde esté vuestro asiento en el otro mundo. Sea vuestro gran cuidado, mientras estáis en este mundo, aprovechar de tal manera vuestras oportunidades en la casa de Dios en este mundo, os sentéis alto o bajo, que podáis tener una morada distinguida y gloriosa en la casa de Dios en el cielo, donde podáis quedar fijados en vuestro lugar en aquella gloriosa asamblea, en un reposo eterno.

Sea lo principal que estimemos en la casa de Dios, no sus ornamentos exteriores ni un asiento alto en ella, sino la palabra de Dios y sus ordenanzas en ella. Y pasad aquí vuestro tiempo buscando a Cristo, para que él os prepare lugar en la casa de su Padre, para que, cuando vuelva a este mundo, os tome consigo, a fin de que donde él esté, allí estéis también vosotros.


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