Capítulo 24 · 41 min de lectura · 53 min de escucha
Discurso XXII. El crecimiento en la gracia
DISCURSO XXII.
EL CRECIMIENTO EN LA GRACIA.
Texto.—Mas creced en la gracia y conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.—2 Pedro 3:18.
DEBO concluir este ciclo de discursos dando a los convertidos instrucciones sobre el crecimiento en la gracia. Seguiré este orden:
I. Qué es la gracia, en el sentido en que aquí se emplea el término.
II. Qué no significa el mandato de «crecer en la gracia».
III. Qué sí significa.
IV. Condiciones del crecimiento en la gracia.
V. Qué no es prueba de crecimiento en la gracia.
VI. Qué sí es prueba de crecimiento en la gracia.
VII. Cómo crecer en la gracia.
I. Qué es la gracia, en el sentido en que aquí se emplea el término.
1. La gracia es favor. En la Biblia se usa a menudo para significar un don gratuito. La gracia de Dios es el favor de Dios, sus dones gratuitos.
II. Qué no significa el mandato de «crecer en la gracia».
1. No ordena abandonar el pecado poco a poco. Por extraño que parezca, se diría que algunos lo han entendido así; pero en ninguna parte de la Biblia se nos manda abandonar el pecado gradualmente: en todas partes se nos manda abandonarlo al instante y por completo.
III. Qué sí significa.
1. Nos impone el deber de crecer en el favor de Dios, de crecer en su estima, en ser dignos de su favor y en el amor de complacencia que él tiene en nosotros.
IV. Condiciones del crecimiento en la gracia.
1. El crecimiento o aumento en cualquier cosa supone un comienzo. Crecer en el favor de Dios supone que ya hemos hallado favor ante sus ojos, que ya somos deudores de una gracia recibida y que ya estamos en la gracia, en el sentido de tener un lugar entre sus favorecidos.
2. Por consiguiente, el crecimiento en la gracia supone que ya nos hemos arrepentido de nuestro pecado, que de hecho y en la práctica hemos abandonado todo pecado conocido. No es posible que estemos en el favor de Dios si seguimos consintiendo en un pecado conocido contra él. Estar en el favor de Dios supone, naturalmente, que él nos ha perdonado y nos favorece por amor de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. El perdón es favor, y supone la renuncia a la rebelión contra Dios. Las condiciones del favor divino, tal como las revela la Biblia, son el arrepentimiento y el abandono de todo pecado conocido, y la fe en nuestro Señor Jesucristo. He dicho que, como condición del crecimiento en la gracia, debemos tener el comienzo de la gracia; en otras palabras, debemos ser ya cristianos, debemos estar en un estado de aceptación ante Dios, debemos haber aceptado a Cristo en la medida en que lo entendemos, debemos estar en un estado de obediencia a toda la voluntad de Dios que conocemos. Sin esto no podemos estar en estado de gracia, ni en el favor de Dios. Pero, estando en este estado, hay lugar para un crecimiento eterno. A medida que conozcamos más de Dios, seremos capaces de amarlo más, de tener en él una confianza más universal e implícita. Y esto no tendrá fin mientras tengamos existencia, sea en este mundo o en cualquier otro. Nuestro amor y nuestra confianza en él pueden ser completos en la medida en que lo conocemos. Este amor y esta confianza asegurarán su favor; pero nuestro crecimiento en el conocimiento de él no tendrá fin y, por consiguiente, hay lugar para un crecimiento eterno en la gracia. Cuanto más amemos, cuanto más creamos, cuanto más conozcamos de Dios, si nos conformamos a todo este conocimiento, tanto más ha de complacerse Dios en nosotros, tanto más alto estaremos en su favor, y más y mayores dones seguirá concediéndonos.
3. Por supuesto, el crecimiento en el conocimiento de Dios es una condición del crecimiento en su favor. Podríamos crecer en conocimiento sin crecer en su favor, porque podríamos no amarlo ni confiar en él conforme a ese mayor conocimiento. Pero no podemos amarlo y confiar en él más perfectamente si no llegamos a conocerlo más perfectamente. Si nuestro amor y nuestra fe van al paso de nuestro creciente conocimiento, forzosamente creceremos en su favor. Pero el crecimiento en conocimiento ha de ser condición del crecimiento en el amor y en la fe.
4. El crecimiento en el conocimiento de Dios, tal como se revela en Cristo Jesús, ha de ser condición del crecimiento en su favor. Es en Cristo Jesús y por medio de él como Dios se revela al hombre. Es en Cristo Jesús donde obtenemos la verdadera idea de la personalidad del Dios infinito. Por eso dice el texto: «Creced en la gracia y conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo».
5. El crecimiento en la gracia está condicionado a un conocimiento cada vez mayor de lo que implica la consagración entera a Dios.
La verdadera conversión a Dios implica consagrarle a él nuestra persona y todo lo que tenemos, en la medida en que entendemos lo que esto supone. Pero, al principio, los convertidos no son en modo alguno conscientes de todo lo que implican las formas más elevadas de consagración. Pronto descubrirán que hay ciertas cosas en las que no pensaron y que no entregaron a Dios. Al principio, quizá, todo lo que tenían en mente era poner su alma desnuda sobre el altar y entregar a Dios todo su corazón. Pero pronto pueden descubrir que no pensaron en todas sus posesiones ni en todo lo que les era querido; que no lo rindieron todo, sin dejar atrás ni una uña. Rindieron todo aquello en que pensaron en aquel momento, pero no estaban plenamente iluminados: no pensaron, ni podían pensar entonces, en cada apetito, pasión e inclinación, en cada deseo y afecto, en todo cuanto llaman suyo y les es querido en toda la creación, para hacer una rendición y entrega completa de todo ello a Dios. Adquirir ese conocimiento es obra de tiempo; y el crecimiento en el favor de Dios está condicionado a hacer una rendición y consagración plena a Dios de todo lo que somos, tenemos, deseamos y amamos, a medida que estas cosas se presentan a nuestro pensamiento. Mientras existamos y el conocimiento aumente, no hay duda de que se nos llamará a crecer en la gracia consagrando a Dios cada nuevo objeto de conocimiento, de deseo y de afecto que lleguemos a conocer, desear y amar, por toda la eternidad. A medida que recibís nueva luz, debéis ensanchar vuestra consagración de día en día y de hora en hora, o dejaréis de crecer en la gracia. En cuanto os detenéis y no ponéis ni dejáis sobre el altar de la consagración todo lo que sois, todo lo que poseéis o todo lo que amáis, en ese mismo instante dejáis de crecer en la gracia. Os ruego que estas palabras penetren hondo en vuestro corazón.
6. Otra condición del crecimiento en la gracia es un fervor intenso y constante en buscar mayor luz espiritual mediante la iluminación del Espíritu Santo. No obtendréis ninguna luz espiritual eficaz sino por la revelación y la enseñanza interior del Espíritu Santo, y esto no lo obtendréis a menos que permanezcáis en la verdadera actitud de un discípulo de Cristo. Recordad que él dice: «El que no renuncia a todas las cosas que posee, no puede ser mi discípulo». Él no será, por su Espíritu Santo, vuestro maestro divino a menos que renunciéis al yo y viváis en un estado de consagración continua a él. Para obtener y conservar las enseñanzas de Cristo por su Espíritu Santo, debéis orar continua y fervientemente pidiendo su enseñanza divina, y velar para no resistirle ni contristarle.
7. Otra condición del crecimiento en la gracia es una conformidad constante con todas las enseñanzas del Espíritu Santo, manteniéndonos a la altura de nuestras convicciones del deber y de nuestro creciente conocimiento de la voluntad de Dios.
8. Una fe cada vez más implícita en Dios es condición del crecimiento en la gracia. Por implícita entiendo una fe que no pide razones, una confianza tan profunda en el carácter de Dios que confiamos en él en la oscuridad tanto como en la luz, tanto cuando no entendemos las razones de su trato con nosotros o de sus exigencias como cuando las entendemos. Una fe como la de Abraham, que no dudó de la promesa por incredulidad, aunque lo prometido parecía de lo más irracional e imposible. Una fe implícita es una fe firme, que no pone en duda, un estado de ánimo que descansa en Dios, en sus promesas, en su fidelidad, en su amor, sean cuales fueren las apariencias, y por duros y aparentemente irrazonables que sean sus mandatos o sus tratos providenciales. La Biblia elogia a menudo la fe de Abraham. Dios le había prometido un hijo, pero no le dio la descendencia prometida hasta que tuvo cien años y Sara noventa. Pero, a pesar de que Sara había pasado la edad y él estaba como muerto, creyó que Dios era poderoso para cumplir su promesa; y cuando hubo recibido a su amado hijo, con la seguridad de que este había de ser su heredero y de que por medio de él la promesa había de cumplirse por todas las generaciones, Dios probó duramente su fe mandándole ofrecer a su Isaac en holocausto. Él obedeció sin la menor vacilación, creyendo que Dios era poderoso para levantarlo de entre los muertos. Hizo todos sus preparativos para obedecer este mandato tan duro con tal calma que ni Sara ni Isaac sospecharon que se proyectara semejante cosa. Este fue un ejemplo del ejercicio de una fe implícita. El crecimiento en la gracia, o en el favor de Dios, está condicionado al crecimiento en una confianza implícita en él.
9. Una sensibilidad más completamente santificada es condición del crecimiento en el favor de Dios. Por sensibilidad entiendo aquella parte de nuestra naturaleza que siente y desea, y a la que pertenece todo lo que llamamos deseo, afecto, emoción, sentimiento, apetito, pasión, inclinación, concupiscencia. La sensibilidad es una facultad involuntaria, y con estricta propiedad no se le pueden atribuir actos ni cualidades morales. Los estados de la sensibilidad tienen carácter moral solo en cuanto lo derivan, directa o indirectamente, de la acción de la voluntad. La naturaleza del hombre en su conjunto, en su condición depravada, se halla en un estado muy poco amable; y aunque la voluntad esté entregada a Dios, la sensibilidad puede hallarse en un estado muy poco amable a los ojos de quien la mira directamente y conoce perfectamente cada deseo, pasión, inclinación y concupiscencia excitados. Es principalmente a través de la sensibilidad como somos asaltados por las tentaciones. Es a través de ella como se mantiene la guerra cristiana. La guerra cristiana consiste en la batalla de la voluntad contra estos diversos apetitos, pasiones, inclinaciones y concupiscencias, para mantenerlos sujetos a la voluntad de Dios. Si la voluntad mantiene su integridad y se aferra a la voluntad de Dios, el alma no peca en su batalla con los estados excitados de la sensibilidad. Pero estas inclinaciones rebeldes estorban a la voluntad en el servicio que presta a Dios. Mantenerlas a raya ocupa mucho tiempo, mucho pensamiento y mucha fuerza. Por eso el alma, mientras emplea toda la fuerza de la voluntad en sojuzgar estas inclinaciones, no puede prestar a Dios un servicio tan completo como de otro modo podría y querría prestarle. Estos apetitos, pasiones e inclinaciones, aunque no son pecaminosos en sí mismos, han sido considerados y llamados pecado que mora en nosotros. En sentido estricto no pueden ser pecado, porque son involuntarios. Pero muchas veces son un gran estorbo para nuestro crecimiento en el favor de Dios. «Porque la carne codicia contra el Espíritu, y el Espíritu contra la carne; y estos se oponen el uno al otro, para que no hagáis lo que quisierais». Esto significa que no podemos hacer por Dios lo que de otro modo haríamos, porque tenemos que batallar tanto con los estados de la sensibilidad para mantenerlos a raya. A medida que la sensibilidad queda más y más sometida y en armonía con la entrega de la voluntad a Dios, quedamos libres para prestarle un servicio menos estorbado. Por tanto, cuanto más completa es la santificación de la sensibilidad, más plenamente estamos en el favor de Dios.
10. Una consagración cada vez más cabal y universal, de espíritu, alma y cuerpo, es la condición de un crecimiento cada vez mayor en el favor de Dios. Es común, al principio, que la firmeza de la entrega de la voluntad a Dios sea vencida por el clamor de los apetitos, pasiones e inclinaciones excitados, o por los diversos estados de la sensibilidad. Siempre que la voluntad cede a estos estados excitados, pecáis. Pero, en tales casos, el pecado no es voluntarioso, en el sentido de deliberado e intencionado; es más bien un desliz, un descuido, un ceder momentáneo bajo la presión de un sentimiento muy excitado. Sin embargo, este ceder es pecado. Por excitados que estén los estados de la sensibilidad, si la voluntad no cede, en sentido estricto no hay pecado. Aun así, mientras la voluntad está firme y mantiene su consagración, su obediencia a Dios, los apetitos que se originan en el cuerpo y las diversas inclinaciones del alma, que residen en la sensibilidad, pueden estar tan desajustados, en tal confusión y en tal estado de desarrollo morboso, que el alma quede incapacitada para las ocupaciones y los goces del cielo.
11. Por tanto, revestirse de una mayor plenitud de la naturaleza divina es condición del crecimiento en el favor de Dios. Tanto la voluntad como la sensibilidad de Dios han de estar en un estado de suma perfección y concordia. Todos sus deseos y sentimientos han de estar en perfecta armonía con su inteligencia y su voluntad. No así nosotros, en nuestro estado de depravación física. La depravación de la sensibilidad ha de ser física, porque es involuntaria. Aun así, es depravación; es un estado caído o degenerado de la sensibilidad. Esta parte caída de nuestra naturaleza ha de ser recuperada, santificada o restaurada por completo a la armonía con una voluntad consagrada y una inteligencia iluminada, o nunca estaremos preparados para el cielo. A medida que somos más y más participantes de la naturaleza divina y de la santidad divina, somos santificados más plenamente en espíritu, alma y cuerpo, y, naturalmente, crecemos más y más en el favor de Dios.
12. Una plenitud mayor y más penetrante de la morada del Espíritu Santo es otra condición del crecimiento en el favor de Dios. Nunca se os grabará demasiado hondo que cada paso de la vida cristiana ha de darse bajo la influencia del Espíritu Santo. Lo que hay que alcanzar es la enseñanza y la dirección universal del Espíritu Santo, de modo que en todas las cosas seáis guiados por el Espíritu de Dios. «Si sois guiados por el Espíritu, no satisfaréis la concupiscencia de la carne». «Si por el Espíritu mortificáis las obras del cuerpo, viviréis». «La intención del Espíritu es vida y paz, mas la intención de la carne es muerte». Recordad siempre, por tanto, que para crecer en la gracia debéis crecer en la posesión de la plenitud del Espíritu Santo en vuestro corazón.
13. Un conocimiento personal más profundo del Señor Jesucristo, en toda su obra y en todas sus relaciones oficiales, es condición del crecimiento en la gracia. Su naturaleza, su obra y sus relaciones son el tema de la Biblia. La Biblia nos lo presenta en una gran variedad de relaciones. En mi Teología sistemática he considerado unas sesenta o más de estas relaciones oficiales de Cristo con la raza humana, y las presento más bien como muestras e ilustraciones que como si abarcaran todo el terreno de sus relaciones con nosotros. Ahora bien, una cosa es conocer a Cristo simplemente sobre el papel, tal como habla de él la Biblia, por leer u oír acerca de Cristo, y otra muy distinta conocerlo personalmente en estas relaciones. La Biblia es el medio para ser presentados a él personalmente. Lo que allí se dice de él tiene por objeto llevarnos a buscar un trato personal con él. Es por este conocimiento personal de él como somos hechos semejantes a él. Es por el trato directo, personal e individual con su mente divina como tomamos su imagen. «Nosotros todos, mirando como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma semejanza, como por el Espíritu del Señor». «La fe es por el oír», y la fe nos asegura un conocimiento personal de Cristo. Cristo ha prometido manifestarse personalmente a los que le aman y le obedecen. No os detengáis, mis queridos hijos, antes de obtener esta manifestación personal de Cristo a vuestras almas. Vuestro crecimiento en la gracia dependerá de ello. No penséis en deteneros antes de conocer personalmente a Cristo, no solo en todas estas relaciones, sino en la plenitud de ellas. No paséis por alto que apropiarse de Cristo en cada una de estas relaciones es un acto personal de fe. Es vestirse del Señor Jesucristo, tomarlo como vuestro en cada una de estas relaciones: como vuestra sabiduría, justificación, santificación y redención; vuestro profeta, para enseñaros; vuestro rey, para gobernaros; vuestro sumo sacerdote, para hacer expiación por vosotros; vuestro mediador, vuestro abogado, vuestra fortaleza, vuestro Salvador, vuestro escondedero, vuestra alta torre, vuestro capitán y guía, vuestro escudo, vuestra defensa, vuestro galardón sobremanera grande. En cada una de estas relaciones, y en todas sus demás relaciones oficiales, necesitáis apropiaros de él por la fe, para aseguraros un trato personal con él en esas relaciones. Recordad que crecer en un conocimiento personal de él, en estas relaciones, es condición indispensable para crecer en su favor.
V. Señalaré algunas cosas que no son prueba de crecimiento en la gracia.
1. El crecimiento en conocimiento no es prueba concluyente de crecimiento en la gracia. Cierto grado de conocimiento es indispensable para estar en el favor de Dios; y el crecimiento en conocimiento, como he mostrado, es una condición del crecimiento en la gracia; pero el conocimiento no es gracia, y el crecimiento en el conocimiento no constituye crecimiento en la gracia. Una persona puede crecer muchísimo en conocimiento y no tener gracia alguna. En el infierno no pueden menos que crecer en conocimiento, a medida que crecen en experiencia y en el conocimiento de la justicia de Dios. Pero allí su crecimiento en conocimiento no hace sino agravar la culpa y la desdicha del infierno. Conocen cada vez más a Dios y su ley, y su propia culpa, y cuanto más conocen, más desdichados son. De su mayor conocimiento nunca aprenden la piedad.
2. No es prueba segura de que una persona crece en la gracia el que crezca en dones.
Uno que profesa la religión puede crecer en dones, es decir, puede llegar a tener más soltura en la oración, más elocuencia en la predicación o más patetismo en la exhortación, sin ser en absoluto más santo. Naturalmente crecemos en aquello en que nos ejercitamos. Y si alguien se ejercita a menudo en la exhortación, naturalmente, si pone algún empeño o se esfuerza, crecerá en soltura y en fuerza penetrante. Pero puede hacer todo esto y, sin embargo, no tener gracia alguna. Puede orar con todo el fervor del mundo y crecer en soltura y en aparente patetismo, y aun así no tener gracia. Gente que no tiene gracia lo hace a menudo. Es cierto que, si tiene gracia y se ejercita en estas cosas, a medida que crezca en la gracia crecerá en dones. Nadie puede ejercitarse en obedecer a Dios sin mejorar en esos ejercicios. Si no mejora en dones, es señal cierta de que no crece en la gracia. Pero, por otro lado, no es prueba segura de que crece en la gracia el que mejore en ciertos ejercicios, porque naturalmente mejorará con la práctica, sea cristiano o hipócrita.
3. No es prueba de que una persona crece en la gracia el que crea que está creciendo. Uno puede tener una impresión muy favorable de su propio progreso en la religión cuando para los demás es evidente que no solo no progresa, sino que de hecho está decayendo. Quien va de mal en peor no suele darse bien cuenta de ello. No es raro que tanto los pecadores impenitentes como los cristianos crean que van mejorando cuando no están mejorando en nada. Esto resulta de la naturaleza misma del caso. Si alguien va empeorando, su conciencia, por lo pronto, se irá cauterizando cada vez más, y su mente se irá oscureciendo cada vez más, a medida que ahoga la conciencia y resiste la luz. Entonces puede creer que va mejorando, precisamente porque tiene menos sentido del pecado; y mientras su conciencia siga dormida, puede continuar bajo un engaño fatal. Un hombre juzgará su propio estado espiritual según se compare con una norma alta o baja. Si mantiene delante de sí a Cristo, en su plenitud, como su norma, sin duda tendrá siempre, al menos en este estado de existencia, un concepto humilde de sus propios logros. En cambio, si se pone por norma a la iglesia, o a alguno de los miembros de la iglesia, es muy probable que se forme un alto concepto de su progreso en la religión y quede muy satisfecho de sí mismo. Esta es la razón de que haya tanta diferencia en el modo en que la gente ve su propio estado y el estado de la iglesia: se comparan a sí mismos y el estado de la iglesia con normas distintas. Por eso uno tiene una visión muy humillante de su propio estado y se lamenta del de la iglesia, mientras que a otro tales lamentos sobre la iglesia le parecen censuradores. A él la iglesia le parece que va muy bien. La razón por la que no cree que la iglesia esté fría y en un estado bajo es que Cristo no es su norma de comparación. Si un hombre cierra los ojos, no verá la suciedad que tiene encima, y puede creerse limpio mientras a todos los que lo rodean les parece repugnante.
VI. Qué sí es prueba de crecimiento en la gracia.
1. Manifestar una confianza más implícita y universal en Dios es prueba de crecimiento en la gracia. El ejercicio de una confianza mayor y más implícita, como he dicho, es la condición de crecer en el favor de Dios. Aquí digo que la manifestación de esta confianza implícita y universal es prueba de que esta confianza creciente existe y es, por tanto, prueba satisfactoria de crecimiento en el favor de Dios. Si sois conscientes en vuestra propia alma de que ejercéis una confianza más implícita y universal en Dios, esto es para vosotros prueba concluyente de que estáis creciendo en la gracia; y a medida que manifestáis en vuestra vida, en vuestro carácter y en vuestro espíritu esta confianza creciente, demostráis a vosotros mismos y a los demás que estáis creciendo en el favor de Dios. Porque a medida que crecéis en una confianza implícita en él, forzosamente crecéis en su favor.
2. Otra prueba de crecimiento en la gracia es un desapego cada vez mayor del mundo. La voluntad puede estar en actitud de entrega a Dios mientras los encantos seductores del mundo estorban mucho la acción sana de la vida cristiana. A medida que el alma entera queda crucificada y muerta al mundo, crece en el favor de Dios.
3. Sentir menos repugnancia cuando se nos llama a ejercitar la abnegación es prueba de crecimiento en la gracia. Muestra que los sentimientos son cada vez menos despóticos, que la voluntad va adquiriendo mayor dominio sobre ellos, que la sensibilidad va entrando más en armonía con la entrega de la voluntad y con los dictados de la inteligencia.
4. Sentir menos tentación a pecados de omisión es otra prueba de crecimiento en la gracia; por ejemplo, menos tentación a rehuir la cruz, a descuidar deberes desagradables; menos tentación a la indolencia, a eludir responsabilidades, a descuidar la oración, la lectura de las Escrituras, la devoción privada y familiar; en suma, cada vez menos tentación a rehuir el cumplimiento de cualquier deber es prueba de crecimiento en la gracia. Estas tentaciones consisten en los estados excitados de la sensibilidad. A medida que pierden fuerza y frecuencia, comprendemos que nuestra sensibilidad va quedando más completamente sometida a la ley de la inteligencia y a las decisiones de la voluntad, y, por consiguiente, que la obra de santificación del espíritu, alma y cuerpo avanza, y que, por tanto, estamos creciendo en el favor de Dios.
5. Una intensidad y una constancia crecientes en el celo por promover la causa de Dios son prueba de crecimiento en el favor de Dios. A veces el celo cristiano es relativamente frío; otras veces, profundo e intenso; a veces será constante, y otras, intermitente y pasajero. A medida que los cristianos crecen en piedad, su celo se vuelve profundo, intenso y constante; y cuando sois conscientes de ello, y en vuestra vida y vuestro espíritu dais prueba de ello a los demás, tenéis y dais prueba de que estáis creciendo en el favor de Dios.
6. Perder cada vez más la conciencia de uno mismo, y la consideración de uno mismo, en todos los actos de la vida, es prueba de crecimiento en el favor de Dios. Algunos tienen tanta conciencia de sí mismos en todo, y tanta consideración de sí mismos en todo lo que dicen y hacen, que se sienten cohibidos en toda su vida cristiana siempre que intentan actuar o hablar en presencia de otros. A medida que pierden esta conciencia de sí mismos y tienen menos consideración de sí mismos, su servicio a Dios se vuelve más libre y desembarazado, y son tanto mejores siervos cuanto menos piensan en sí mismos. A veces los nuevos convertidos no pueden hablar ni orar, ni cumplir ningún deber público, sin quedar o envanecidos o avergonzados, según piensen que han cumplido esos deberes con más o menos aceptación de los que los rodean. Mientras esto sea así, su piedad está en un estado débil. Tienen que perder de vista su propia gloria y tener el ojo puesto únicamente en la gloria de Dios para hallar aceptación ante él. Pero a medida que pierden de vista el yo y ponen siempre a Dios delante de sí, con el ojo puesto únicamente en su gloria, crecen más y más en su favor.
7. Por consiguiente, una creciente insensibilidad a la adulación o a la censura de los hombres es prueba de crecimiento en la gracia. Pablo había crecido tanto en la gracia que tenía en muy poco el ser juzgado por los hombres; solo procuraba ser aprobado por Dios. Cuando os veáis crecer en este estado de insensibilidad a las adulaciones o a las censuras de los hombres, tenéis prueba de que crecéis en la gracia.
8. Una cordialidad creciente en la aceptación de toda la voluntad de Dios es prueba de crecimiento en su favor. Algunos se rebelan contra su voluntad tal como se revela en su palabra y en su providencia. Otros, en circunstancias difíciles, apenas toleran su voluntad, tal como se revela en su palabra y en la providencia; pero a quienes crecen en la gracia les resulta cada vez más natural abrazar toda su voluntad revelada con una cordialidad cada vez mayor.
9. Una calma y una quietud crecientes en medio de grandes aflicciones son prueba de crecimiento en el favor de Dios. Esto revela una fe más amplia y más implícita, una aceptación más plena y más cordial de la voluntad de Dios tal como se revela en esas aflicciones, y muestra que el alma está anclada con más constancia y firmeza en su roca, que es Cristo.
10. Una serenidad creciente ante desastres y pérdidas repentinos y aplastantes es prueba de crecimiento en la gracia. Cuanto más sereno puede permanecer el alma cuando caen sobre ella súbitas tormentas de la providencia, que le arrebatan a sus seres queridos y marchitan sus esperanzas terrenales, mayor es la prueba de que está bajo el favor especial de Dios. Esta serenidad es a la vez resultado y prueba del favor de Dios.
11. Una paciencia creciente ante mucha provocación es prueba de crecimiento en el favor de Dios.
12. La «largura de ánimo con gozo» es prueba de crecimiento en el favor de Dios. Cuando veis que no solo podéis tolerar, sino aceptar la voluntad de Dios tal como se revela al llamaros a sufrir, y especialmente cuando podéis aceptar esos sufrimientos y soportarlos largo tiempo y con gozo, tenéis prueba de que estáis creciendo en el favor de Dios.
13. Una cordialidad y un gozo crecientes en medio de cruces, desengaños y dolores intensos son prueba de crecimiento en el favor de Dios.
14. Una insensibilidad cada vez mayor a todo lo que el mundo tiene para ofrecer o para amenazar es prueba de crecimiento en el favor de Dios.
15. Un reposo y un contentamiento crecientes en todo lo que la providencia nos asigna son prueba de crecimiento en la gracia.
16. Sentir menos tentación a murmurar o a quejarse de cualquier cosa que la providencia nos asigne es prueba de crecimiento en la gracia.
17. Sentir menos tentación a impacientarse cuando se nos contraría o se nos desengaña en cualquier aspecto es prueba de crecimiento en la gracia.
18. Sentir cada vez menos tentación al resentimiento y al espíritu de represalia cuando se nos insulta o maltrata de cualquier modo es prueba de que la sensibilidad va quedando cada vez más completamente sometida y, por consiguiente, de que estamos creciendo en el favor de Dios.
19. Sentir menos tentación a detenernos en nuestras pruebas y aflicciones y a abultarlas, a pensar en ellas y a hablar de ellas a otros, es prueba de que pensamos cada vez menos en nosotros mismos y de que aceptamos nuestras pruebas y aflicciones con una complacencia cada vez mayor en Dios. Es triste oír a algunas personas que se tienen por buenas detenerse siempre en sus propias aflicciones y pruebas y abultarlas. Pero, si crecen en la gracia, pensarán cada vez menos en ellas y estarán más inclinadas a considerarlas «tribulaciones leves». Cuanto más crecemos en la gracia, menos peso damos a los males que encontramos en el camino. Me dijo una vez un hombre bueno, que de verdad estaba pasando por lo que el mundo llamaría pruebas y aflicciones muy duras (había perdido a una esposa amada, y sus hijos habían muerto uno tras otro): «Tengo muchas misericordias y pocas aflicciones». Cuando, en tales circunstancias, un hombre puede decir: «Las cuerdas me cayeron en lugares deleitosos, y es hermosa la heredad que me ha tocado», tiene la prueba más satisfactoria de que está creciendo en el favor de Dios. Porque este estado de ánimo es a la vez resultado y prueba del favor de Dios.
20. Una disposición creciente a quitar importancia a nuestras pruebas y a engrandecer nuestras bendiciones es prueba de que estamos creciendo en el favor de Dios.
21. Sentir cada vez menos ansiedad y afán por los sucesos de la providencia, y especialmente por las cosas que nos afectan de cerca y profundamente, es prueba de crecimiento en la gracia. Es prueba de una fe más amplia y más implícita, de una voluntad más sumisa y de una tendencia menguante a buscarse a sí mismo; y es, por tanto, prueba de un favor creciente ante Dios.
22. Que nos perturben y nos inquieten cada vez menos los sucesos de la vida, especialmente los que van en contra de nuestros propios planes, esperanzas, expectativas y deseos, y que frustran nuestros propósitos más queridos, es prueba de crecimiento en la gracia.
23. Una confianza creciente y viva en la sabiduría, la benevolencia y la universalidad de la providencia de Dios, un estado de ánimo que ve a Dios en todo, es prueba de crecimiento en la gracia. Algunas mentes se vuelven tan espirituales que apenas parecen habitar en el cuerpo, y parecen percibir continuamente la presencia de Dios en todo suceso, casi como si estuvieran fuera del cuerpo y contemplaran a Dios cara a cara. Parecen habitar, vivir, moverse y ser más en el mundo espiritual que en el natural. Están continuamente bajo tal sentido de la presencia, la acción y la protección divinas que apenas parecen habitantes de la tierra. Son un misterio vivo y andante para aquellos entre quienes viven. Los resortes de su actividad son tan divinos, su vida está tan escondida en Dios, actúan bajo influencias tan por encima del mundo, que no pueden ser juzgados con la misma medida que los demás hombres. Las mentes carnales no pueden entenderlos. Su vida escondida es tan desconocida, y tan imposible de conocer para los que están muy por debajo de ellos en la vida espiritual, que forzosamente se les tiene por muy excéntricos, por místicos o monomaníacos, por personas de ideas religiosas muy peculiares, por exaltados y quizá fanáticos. Estas personas están en el mundo, pero viven por encima del mundo. Han escapado de tal modo de las contaminaciones que hay en el mundo que pueden decir con verdad y con entendimiento, con Pablo, en Gálatas 6:14: «Mas lejos esté de mí gloriarme, sino en la Cruz de nuestro Señor Jesucristo, por el cual el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo». Es evidente que tales personas están creciendo en la gracia de Dios.
24. Estar cada vez menos dispuestos a detenernos en las faltas y flaquezas de los demás es prueba de crecimiento en la gracia.
25. Estar cada vez menos dispuestos a hablar con sarcasmo o con dureza, o a juzgar a los demás sin caridad. Una delicadeza o ternura creciente al hablar de sus faltas, reales o supuestas, a sus espaldas, es prueba de crecimiento en la gracia.
26. Una resistencia cada vez mayor a considerar o tratar a nadie como enemigo, y una facilidad y naturalidad cada vez mayores para tratarlo con bondad, orar por él de corazón y esforzarse por hacerle bien, es prueba de crecimiento en la gracia.
27. Sentir cada vez menos tentación a recordar una ofensa, y que mengüe todo deseo de represalia cuando se nos ofende, es prueba de crecimiento en la gracia.
28. Una prontitud y una cordialidad crecientes para perdonar una ofensa y enterrarla fuera de la vista, y una especie de incapacidad moral para hacer otra cosa que buscar el mayor bien de quienes más profundamente nos han ofendido, es prueba de crecimiento en la gracia.
29. Cuando hallamos en nuestra propia experiencia, y manifestamos a los demás, que nos resulta cada vez más natural considerar a todos los hombres como hermanos nuestros, y especialmente perder de vista toda distinción sectaria, todas las ideas y prejuicios de casta y de color, de pobreza y de riqueza, de parentesco de sangre, de lazos naturales más que espirituales, y hacer causa común con Dios procurando hacer bien a todos los hombres, a enemigos y amigos por igual, entonces tenemos en nosotros mismos, y damos a los demás, la prueba más alta de que estamos creciendo en el favor de Dios.
30. Especialmente es así cuando nos vemos muy cordiales y generosos de corazón al hacer grandes sacrificios por los que nos aborrecen, y dispuestos a dar nuestra vida para promover su salvación eterna: entonces tenemos prueba de crecimiento en la gracia.
31. Y aún más especialmente, cuando nos vemos cada vez menos inclinados a tener por sacrificio cualquier cosa que podamos hacer por Dios o por las almas de los hombres; cuando no estimamos preciosa nuestra vida, si se nos llama a darla para salvar las almas de los enemigos; cuando, por el «gozo de salvarlos», «podemos sufrir la cruz, menospreciando la vergüenza», o cualquier sacrificio que se nos llame a hacer, tenemos prueba de que estamos creciendo en el favor de Dios.
32. Además, cuando nos vemos cada vez más inclinados a «tener por sumo gozo cuando caemos en diversas tentaciones», y cuando estamos dispuestos a mirar nuestras pruebas, contrariedades, pérdidas y cruces de tal modo que les damos cada vez menos peso, tenemos prueba de que estamos creciendo en paciencia y, por tanto, en el favor de Dios.
33. Cuando sentimos cada vez menos resistencia a hacer una confesión completa a quienes hemos ofendido; cuando, con prontitud y cordialidad crecientes, abrimos nuestro corazón para que sea escudriñado, aceptamos la convicción de haber obrado mal, y en tales casos no podemos descansar hasta haber hecho la confesión y la reparación más completas que estén en nuestra mano; cuando reconocerlo, confesarlo y dar la satisfacción más completa es para nosotros un deleite más que una prueba y una cruz, tenemos prueba de que estamos creciendo en el favor de Dios.
34. Cuando nos impresionan y nos conmueven cada vez más las misericordias de Dios y las bondades de nuestros semejantes y de los que nos rodean; cuando apreciamos más honda y cabalmente las muestras de bondad de Dios o de cualquier otra persona; cuando estas bondades nos humillan y nos conmueven cada vez más, y nos resulta cada vez más natural «andar humildemente, amar misericordia y hacer justicia», y vivir con gratitud, tenemos prueba de que estamos creciendo en el favor de Dios.
35. Cuando nos sentimos atraídos, con un fervor cada vez mayor, a proseguir en conocer más al Señor, tenemos prueba de crecimiento en la gracia.
36. Cuando la verdad religiosa nos impresiona y nos conmueve, nos aviva y nos estimula cada vez con más prontitud, y cuando hallamos una armonía creciente en la acción de todas nuestras facultades, intelectuales, voluntarias y sensitivas, al aceptar toda la voluntad y la providencia de Dios y descansar en ellas, por dolorosas que sean de momento, tenemos prueba de que estamos creciendo en la gracia.
37. Un celo creciente por la honra de Dios, por la pureza y la honra de su iglesia, por los derechos de Dios y por los derechos de todos los hombres, es prueba de que crecemos en conformidad con Dios y, naturalmente, de que crecemos en su favor.
VII. Cómo crecer en la gracia.
1. Cumplid las condiciones señaladas en el cuarto punto de este discurso. No necesito repetirlas.
2. Recordad que cada paso de progreso ha de darse por la fe, y no por las obras. El error en que han caído algunos hombres buenos en esta materia es verdaderamente asombroso. El Dr. Chalmers afirma que el modo de ser santificado es trabajar para ello. Hace unos años, el Dr. Pond publicó un folleto en el que se ponía en esta materia del lado del Dr. Chalmers, y afirmaba que la idea de ser santificado por la fe era un absurdo. De hecho, ha sido costumbre casi universal presentar el crecimiento en la gracia como si consistiera en formar hábitos de obediencia a Dios. Ahora bien, es del todo sorprendente que tantos hombres buenos hayan caído en este error. Lo cierto es que cada paso de progreso en la vida cristiana se da mediante una apropiación nueva y más plena de Cristo por la fe, un bautismo más pleno del Espíritu Santo. A medida que se nos revelan nuestras debilidades, flaquezas, pecados que nos asedian y necesidades, por las circunstancias de tentación por las que pasamos, nuestra única ayuda eficaz se halla en Cristo, y crecemos solo en la medida en que, paso a paso, nos apropiamos de él más plenamente, en una u otra relación, y nos «vestimos de él» más plenamente. A medida que nos vaciamos más y más de la confianza en nosotros mismos, a medida que renunciamos y desechamos más y más toda expectativa de formar hábitos santos por cualquier obediencia nuestra, y a medida que por la fe obtenemos bautismos cada vez más profundos del Espíritu Santo y nos vestimos del Señor Jesucristo cada vez más cabalmente y en más de sus relaciones oficiales, en esa misma medida crecemos más deprisa en el favor de Dios. Nada puede ser más erróneo y peligroso que la idea comúnmente aceptada de crecer en la gracia mediante la formación de hábitos santos. Solo por actos de fe nos apropiamos de Cristo, y somos tan verdaderamente santificados por la fe como justificados por la fe. En mi Teología sistemática, al señalar las condiciones de la santificación entera o permanente, he considerado unas sesenta de las relaciones oficiales de Cristo, como ya he dicho, y allí he insistido, como aquí insisto, en que el crecimiento en santidad y, por consiguiente, en el favor de Dios, se asegura solo mediante apropiaciones nuevas, más plenas y más cabales de Cristo en todas estas relaciones oficiales. Si queréis crecer en la gracia, tenéis que hacerlo por medio de la fe. Tenéis que orar con fe pidiendo el Espíritu Santo. Tenéis que apropiaros de Cristo y vestiros de él por medio del Espíritu Santo. En cada paso adelante de vuestro progreso, necesitáis una nueva unción del Espíritu Santo por medio de la fe.
OBSERVACIONES
1. Vemos, por este tema, la enorme importancia de instruir debidamente a los nuevos convertidos. En muchos casos reciben muy poca instrucción adecuada a su experiencia y a su grado de entendimiento cristiano. Algunos tienen tal concepto de la perseverancia de los santos que dan por sentado que los niños en Cristo crecerán sin que se les críe, y sin aquella leche sincera de la palabra por medio de la cual han de crecer. Otros, dando por sentado que necesitan instrucción, les dan sin darse cuenta una instrucción falsa: los ponen a trabajar exterior y celosamente sin prestar mucha atención a fortalecer y desarrollar su vida interior. No les enseñan a apropiarse de Cristo y a vivir de él como su vida, sino que los apremian continuamente a cumplir con su deber, a trabajar para Dios y a trabajar por las almas, sin grabarles suficientemente la idea de que su hacer no vale nada si no procede de la vida de Dios en su propia alma. El resultado es una actividad exterior bulliciosa mientras la vida espiritual interior decae. Esto tiene que acabar en hastío por la propia falta de corazón y en una recaída en la apatía y el descuido.
2. A veces se comete el error en la dirección opuesta. Se les enseña a descansar en Cristo en un sentido tal que adoptan una forma de quietismo y de inactividad antinomiana. Se les exhorta a ejercitar la fe, pero no se les inculca con fervor la convicción de que ha de ser una fe que obra, y que obra por el amor, que purifica el corazón y vence al mundo. El resultado es que no hacen nada en la religión. Se deja que los pecadores sigan durmiendo y se vayan al infierno en medio de ellos, y no hacen ningún esfuerzo por salvarlos.
3. Vemos la importancia de un ministerio ungido por el Espíritu Santo. La gran necesidad de la iglesia es un ministerio tan cabalmente ungido por el Espíritu Santo que sepa conducir a la iglesia adelante y hacia arriba, hasta el más pleno desarrollo de la piedad cristiana. Para instruir a los convertidos y mantener a la iglesia avanzando en santidad, el ministro tiene que avanzar él mismo. Tiene que ser un cristiano verdaderamente vivo y en crecimiento. Tengo buenas razones para saber que en muchos lugares las iglesias sufren profundamente por la falta de piedad viva y de crecimiento en sus ministros. Sus ministros son intelectuales, literarios, filosóficos y teológicos en su enseñanza, pero tristemente carentes de unción. Tienen poco poder con Dios y con los hombres. Instruyen el intelecto hasta cierto punto, pero no satisfacen las necesidades del corazón. Los convertidos se mueren de hambre bajo su predicación. Predican un Evangelio intelectual más que espiritual. Predican la religión como una teoría, una doctrina, una filosofía, y no como una experiencia real y viva. A menudo es sumamente doloroso oír predicar a ministros que manifiestamente no saben lo que dicen ni lo que afirman. Hablan de la religión como un sentimiento interior, en lugar de la entrega del corazón a Dios; como una emoción, un sentimiento, en lugar de un amor eficaz que lo abarca todo, un estado y una actitud voluntarios de la mente de los que procede necesariamente una vida santa. Hablan de la fe como un mero estado o convicción intelectual, y no como un acto de confianza y de entrega de todo el ser para hacer y sufrir toda la voluntad de Dios. Hablan del arrepentimiento como si fuera una mera tristeza involuntaria por el pecado. No enseñan que el arrepentimiento es un cambio de mente hacia Dios, una renuncia al espíritu egoísta y una vuelta de toda la mente a Dios. Hablan de la santidad como si fuera un estado del todo inalcanzable en esta vida. En verdad, lo digo con tristeza, pero tengo que decirlo: la enseñanza de muchísimos ministros no es más que una piedra de tropiezo para la iglesia. Bajo su instrucción, los convertidos no se afirman ni pueden afirmarse en la gracia lo bastante como para ser de gran utilidad, ni para vivir vidas que honren a Cristo. ¡Pensad que en pleno siglo XIX hay ministros que predican a los convertidos que han de crecer en la gracia por las obras! ¡Asómbrense de esto los cielos y la tierra! Tales maestros no saben crecer en la gracia ellos mismos. ¿Se me tendrá por duro si digo: «Son ciegos guías de ciegos»?
4. Vemos la razón de tanta apostasía. Los convertidos que son guiados por una instrucción falsa forzosamente se apartarán. Si, por un lado, se les pone a obrar la santificación por las obras, sus obras pronto se convertirán en obras muertas y no serán el fruto de aquella fe que obra por el amor. Si, por otro lado, se les atiborra de nociones y doctrinas abstractas y se les enseña a descansar en una fe antinomiana, se hundirán en la indolencia y la inactividad. Creo firmemente que en casi todos los casos en que ha habido una reacción desastrosa después de un avivamiento, se ha debido a la falta de instrucción oportuna y adecuada. Pero, para ser oportuna y adecuada, ha de ser una instrucción ungida.
5. Los seminarios teológicos necesitan prestar muchísima más atención al crecimiento en la gracia de sus estudiantes. Necesitan un profesor de religión experimental que tenga experiencia y poder suficientes para impulsarlos hacia aquellas regiones más altas de la experiencia cristiana que son esenciales para que sean capaces de conducir a la iglesia a la victoria. Es asombroso ver cuán poco esfuerzo se hace por cultivar el corazón de los jóvenes que estudian para el ministerio. Tenemos que lograr un cambio en este aspecto. Debe exigirse una norma mucho más alta de experiencia cristiana como condición para la ordenación. Es doloroso ver con cuánto cuidado se examina a los hombres en cuanto a sus logros intelectuales, mientras que lo que cuentan de su experiencia cristiana apenas nos permite esperar que se hayan convertido. ¡Qué triste es poner a tales jóvenes a apacentar la iglesia de Dios! ¡Cómo se lamentan los cristianos ancianos cuando ven que los guías designados en la iglesia de Dios no son más que niños espirituales!
6. Nunca he estado presente en el examen de un candidato a la ordenación en que se le exigiera algo más que la simple prueba de su conversión. Nunca les he oído interrogar acerca de su progreso en la experiencia cristiana, ni acerca de su capacidad espiritual para conducir al rebaño de Dios a lugares de delicados pastos y junto a aguas de reposo. Nunca les he oído interrogar de un modo que mostrara la menor idea de cuáles son los requisitos espirituales indispensables de un hombre que ha de presentarse como guía e instructor espiritual de la iglesia de Dios. Se emplean más horas en averiguar los logros intelectuales de un candidato que minutos en averiguar sus logros espirituales y su experiencia. Todo el examen deja ver claramente que el cuerpo que ordena da muy poca importancia a esta parte de la formación de un ministro. ¿Es de extrañar que la iglesia de Dios sea tan débil e ineficaz, mientras sus guías y maestros son, muchos de ellos, meros niños en conocimiento espiritual, y mientras una experiencia cristiana madura no forma parte de la formación indispensable de un ministro? Pues esto es infinitamente más peligroso y ridículo que confiar a unos hombres el mando de un ejército en campaña cuando solo entienden de matemáticas y nunca han tenido instrucción ni experiencia en asuntos militares.
También en este aspecto tiene que haber un gran cambio. Las iglesias deberían negarse a ordenar y recibir pastores a menos que estén plenamente convencidas de que han hecho mucho progreso en la experiencia cristiana, de modo que sean capaces de conducir adelante a la iglesia y mantenerla despierta.
Deberían insistir en la formación de su corazón tanto como de su cabeza; en su capacidad para tomar a los nuevos convertidos y conducirlos a aquellas experiencias profundas que los harán obreros firmes y eficaces en la causa de Dios. ¡Pensad en seminarios teológicos como los que han presidido el Dr. Chalmers y el Dr. Pond, donde a los guías de la iglesia de Dios se les enseña que la santificación o el crecimiento en la gracia se alcanza por las obras y no por la fe! No lo anunciéis en Gat. ¡Ay de Sion, cuando sus grandes y buenos hombres caen en tales errores!
FIN.
Capítulo 24 completado
Discurso XXII. El crecimiento en la gracia