Capítulo 19 · 1 h 3 min de lectura · 1 h 21 min de escucha
Discurso XVII. Falsos consuelos para los pecadores
DISCURSO XVII.
FALSOS CONSUELOS PARA LOS PECADORES.
Texto.—¿Cómo, pues, me consoláis en vano, viniendo a parar vuestras respuestas en falacia?—Job 21:34.
LOS tres amigos de Job sostenían con insistencia que las aflicciones que padecía le habían sido enviadas como castigo por sus pecados, y que eran prueba concluyente de que era un hipócrita, y no un hombre bueno como profesaba ser. Siguió una larga discusión, en la que Job apeló a toda la experiencia pasada para probar que en este mundo los hombres no son tratados según su carácter; que en las disposiciones de la Providencia no se observa esa distinción. Sus amigos sostenían lo contrario, y daban a entender que este mundo es también un lugar de recompensas y castigos, en el que los hombres reciben bien o mal según sus obras. En este capítulo, Job demuestra, apelando al sentido común, a la observación común y a la experiencia, que eso no puede ser verdad, porque es un hecho que los malvados a menudo prosperan en el mundo y a lo largo de toda su vida; y de ahí infiere que su juicio y su castigo han de estar reservados para un estado futuro. «El malo es reservado para el día de la destrucción», y «presentados serán en el día de las iras». Y como sus amigos habían venido a consolarlo, pero, estando a oscuras en este punto fundamental, no habían sido capaces de entender su caso, y por eso no podían darle consuelo alguno, sino que más bien agravaban su dolor, Job insistió en que seguiría mirando a un estado futuro en busca de consuelo, y los reprende exclamando, en la amargura de su alma: «¿Cómo, pues, me consoláis en vano, viniendo a parar vuestras respuestas en falacia?»
Mi propósito ahora es hacer algunas observaciones sobre los diversos métodos que se emplean para consolar a los pecadores ansiosos, y me propongo:
I. Señalar brevemente la necesidad y el propósito de instruir a los pecadores ansiosos.
II. Mostrar que los pecadores ansiosos siempre andan buscando consuelo. Su objetivo supremo es hallar consuelo en su angustia.
III. Señalar algunos de los falsos consuelos que a menudo se les administran.
I. La necesidad y el propósito de instruir a los pecadores ansiosos.
La idea misma de ansiedad supone cierta instrucción. Un pecador no estaría en absoluto ansioso por su estado futuro si no tuviera luz suficiente para saber que es pecador, que está en peligro de castigo y que necesita perdón. Pero los hombres han de ser convertidos, no por la fuerza física, ni por un cambio obrado en su naturaleza o constitución por un poder creador, sino por la verdad hecha eficaz por el Espíritu Santo. La conversión es ceder a la verdad. Y por tanto, cuanta más verdad pueda hacerse pesar sobre la mente, en igualdad de circunstancias, tanto más probable es que el individuo se convierta. Si la verdad no se hace pesar sobre él, es seguro que no se convertirá. Si se hace pesar, no es absolutamente seguro que sea eficaz, pero la probabilidad está en proporción a la medida en que la verdad se haga pesar sobre él. El gran propósito al tratar con un pecador ansioso es aclarar todas sus dificultades y oscuridades, deshacer todos sus errores, socavar el fundamento de sus esperanzas de justicia propia y barrer todo vestigio de consuelo que pudiera hallar en sí mismo. Esto suele ser muy difícil, y requiere mucha instrucción. Los pecadores a menudo se aferran con un apretón de muerte a sus falsos apoyos. El último lugar al que un pecador acude jamás en busca de alivio es Jesucristo. Los pecadores preferirían ser salvos de cualquier otra manera del mundo. Preferirían hacer cualquier sacrificio, afrontar cualquier gasto o soportar cualquier sufrimiento, antes que sencillamente arrojarse, como rebeldes culpables y perdidos, sobre Cristo solo para su salvación. Este es el último modo en que están dispuestos a ser salvos. Corta de raíz toda su justicia propia y aniquila tan por completo su orgullo y su satisfacción de sí mismos, que se resisten muchísimo a adoptarlo. Pero es tan cierto en filosofía como en los hechos que este es, al fin y al cabo, el único modo en que un pecador podría hallar alivio. Si Dios intentara aliviar a los pecadores y salvarlos sin humillar su orgullo ni apartarlos de sus pecados, no podría hacerlo. Ahora bien, el objeto de instruir a un pecador ansioso debe ser llevarlo por el camino más corto posible a hacer esto. Se trata de conducir su mente, por la ruta más corta, a la conclusión práctica de que no hay, de hecho, otro modo en que pueda ser aliviado y salvado sino renunciar a sí mismo y descansar solo en Cristo. Hacerlo con eficacia requiere gran destreza. Requiere un conocimiento profundo del corazón humano, una comprensión clara del plan de salvación y una idea precisa y definida de lo que el pecador TIENE QUE HACER para ser salvo. Saber hacer esto eficazmente es una de las cualidades más raras en el ministerio de nuestros días. Es penoso ver qué pocos ministros, y qué pocos de los que profesan la religión, tienen en su mente una idea tan clara de lo que hay que hacer que puedan ir a un pecador ansioso y decirle exactamente lo que tiene que hacer y cómo hacerlo, y mostrarle claramente que no hay manera posible de que sea salvo sino haciendo precisamente aquello que le dicen, y hacerle sentir la certeza de que tiene que hacerlo, y de que, si no hace eso mismo, será condenado.
II. He de mostrar que los pecadores ansiosos siempre andan buscando consuelo.
Los pecadores a menudo se imaginan que están buscando a Jesucristo y buscando la religión, pero eso es un error. Nadie buscó jamás la religión y siguió sin religión. ¿Qué es la religión? Es obedecer a Dios. Buscar la religión es procurar obedecer a Dios. El alma que tiene hambre y sed de justicia es el alma de un cristiano. Decir que una persona puede procurar obedecer a Dios y, sin embargo, no obedecerle, es absurdo. Porque si busca la religión, no es un pecador impenitente. Buscar la religión supone estar dispuesto a obedecer a Dios, y estar dispuesto a obedecer a Dios es religión. Es una contradicción decir que un pecador impenitente está buscando la religión. Es lo mismo que decir que busca y anhela de veras obedecer a Dios, y que Dios no se lo permite; o que anhela abrazar a Jesucristo, y que Cristo no le deja venir. Lo cierto es que el pecador ansioso busca una esperanza; busca perdón, consuelo y librarse del infierno. Busca ansiosamente a alguien que lo consuele y lo haga sentirse mejor, sin verse obligado a someterse a condiciones tan humillantes como las del Evangelio. Y su ansiedad y su angustia continúan solo porque no quiere ceder a esas condiciones. Por desgracia, los pecadores ansiosos encuentran consoladores de sobra a su gusto. Consoladores molestos son todos ellos, además, «viniendo a parar sus respuestas en falacia». Sin duda, millones y millones están ahora en el infierno porque tuvieron a su alrededor quienes les dieron falso consuelo; quienes sentían tanta falsa compasión, o estaban ellos mismos tan a oscuras, que no quisieron dejarlos en su ansiedad hasta que hubieran sometido su corazón a Dios, sino que les administraron falsedad, y así aliviaron su angustia, y ahora sus almas están perdidas.
III. He de señalar varias de las maneras en que se da falso consuelo a los pecadores ansiosos.
Casi podría decir que hay una variedad infinita de maneras de hacerlo. Cuanta más experiencia tengo, y cuanto más observo cómo tratan incluso las personas buenas a los pecadores ansiosos, más me aflijo por las interminables necedades y falsedades con que intentan consolar a sus amigos ansiosos, y así, de hecho, los engañan y los despojan con artimañas de su salvación. A menudo me recuerda cómo se comporta la gente cuando alguien está enfermo. Que cualquiera de vosotros caiga enfermo de casi cualquier enfermedad del mundo, y veréis que cada persona con la que os encontréis tiene un remedio para ese mal, una cura segura, un específico, una panacea; y os veréis rodeados de tal mundo de curanderismo que, si no tenéis cuidado y NO LO DEJÁIS TODO FUERA, sin duda perderéis la vida. Uno tiene que usar su propio juicio, porque hallará tantos remedios como amigos tenga, y cada uno se aferra a su propia medicina, y quizá se ofenda si no se la toma. Y sin duda este miserable sistema de curanderismo mata a muchísima gente.
Esto no es más cierto respecto a las enfermedades del cuerpo que respecto a las enfermedades del alma. La gente tiene sus específicos, sus remedios universales y sus panaceas para consolar a las almas angustiadas, y en cuanto se ponen a hablar con un pecador ansioso, sacan a relucir sus falsos consuelos, de tal manera que, si él no TIENE CUIDADO y no atiende a la palabra de Dios, será infaliblemente engañado para su propia perdición. Me propongo mencionar algunas de las falsedades que a menudo se aducen al intentar consolar a los pecadores ansiosos. Me faltaría el tiempo aun para nombrarlas todas.
El objetivo directo de muchas personas es consolar a los pecadores, y a menudo están tan empeñadas en ello que no reparan en los medios ni en la clase de consuelo. Ven a sus amigos angustiados y se compadecen de ellos; sienten mucha compasión: «¡Ay, ay, no soporto verlos tan angustiados, tengo que consolarlos como sea!», y así prueban de un modo y de otro, ¡todo para consolarlos! Ahora bien, Dios desea que sean consolados. Él es benévolo, tiene sentimientos bondadosos, y su corazón se conmueve por ellos cuando los ve tan angustiados. Pero ve que hay un solo camino para dar al pecador verdadero consuelo. Tiene más benevolencia y compasión que todos los hombres, y desea consolarlos. Pero ha fijado, tan inflexibles como su trono, las condiciones en que dará alivio al pecador. Y no las cambiará. Sabe que ninguna otra cosa hará al pecador un bien eficaz, porque nada puede hacerlo feliz hasta que se arrepienta de sus pecados, los abandone y se vuelva a Dios. Y por eso Dios no cede. Nuestro objetivo debería ser el mismo que el de Dios. Deberíamos sentir compasión y benevolencia, igual que él, y estar igual de dispuestos a dar consuelo, pero asegurándonos de que sea del tipo correcto. Lo cierto es que nuestro objetivo principal debería ser inducir al pecador a obedecer a Dios. Su consuelo debería ser, para nosotros y para él, solo un objetivo secundario; y mientras estemos más ansiosos por aliviar su angustia que por que deje de ultrajar y deshonrar a Dios, no es probable que con nuestras instrucciones le hagamos ningún bien verdadero. Esta es una distinción fundamental al tratar con pecadores ansiosos, pero es evidente que muchos la pasan por alto, pues parecen no tener motivos más altos que la simpatía o la compasión por el pecador. Si al predicar el Evangelio o al instruir a los ansiosos no nos mueve una alta consideración por la honra de Dios, y no nos elevamos más allá del deseo de aliviar a los angustiados, no vamos más lejos de lo que nos llevaría una simpatía o compasión natural. Pasar por alto este principio ha extraviado a menudo a los que profesan la religión, y cuando han oído a otros tratar fielmente con pecadores ansiosos, los han acusado de crueldad. Muchas veces los que profesan la religión me han traído pecadores ansiosos y me han rogado que los consolara, y cuando he sondeado su conciencia hasta lo vivo, se han estremecido, y a veces se han puesto de parte de los pecadores. A veces es imposible tratar eficazmente con jóvenes ansiosos en presencia de sus padres, porque estos tienen mucha más compasión por sus hijos que consideración por la honra de Dios. Todo esto está mal, y con tales ideas y sentimientos más os valdría callaros que decir nada a los ansiosos.
1. Una de las maneras en que la gente da falso consuelo a los pecadores angustiados es preguntándoles: «¿Qué has hecho? No eres tan malo». Los ven angustiados y exclaman: «Pero ¿qué has hecho?», como si nunca hubieran hecho nada malo y no tuvieran en realidad motivo alguno para sentirse angustiados. Ya he mencionado antes el caso de una dama de la buena sociedad que fue despertada en esta ciudad e iba a ver a un ministro para conversar con él, cuando se encontró con una amiga que la hizo volverse atrás y le quitó la ansiedad con el grito: «¿Qué has hecho para sentirte así? Estoy segura de que nunca has cometido ningún pecado que deba hacerte sentir así». Creo que el taquígrafo pasó por alto este caso y no lo mencionó.
Me he encontrado muchas veces con casos así. Una madre le dirá a su hijo, que está ansioso, qué hijo tan obediente ha sido siempre, qué bueno y qué amable, y le rogará que no se aflija tanto. Así, un marido le dirá a su mujer, o una mujer a su marido, lo buenos que son, y le preguntará: «¿Qué has hecho?». Cuando los ven muy angustiados, se ponen a consolarlos: «Pero si no eres tan malo. Has ido a oír a ese ministro espantoso que asusta a la gente, y te has excitado. Consuélate, porque estoy seguro de que no has sido tan malo como para sentirte tan angustiado». Cuando la verdad es que han sido muchísimo peores de lo que creen. Ningún pecador tuvo jamás la idea de que sus pecados fueran mayores de lo que son. Ningún pecador tuvo jamás una idea adecuada de cuán gran pecador es. No es probable que un hombre pudiera vivir teniendo a la vista la totalidad de sus pecados. Dios, en su misericordia, ha ahorrado a todas sus criaturas en la tierra la peor de las visiones: un corazón humano al desnudo. La culpa del pecador es mucho más profunda y condenable de lo que él piensa, y su peligro es mucho mayor de lo que cree; y si los viera tal como son, probablemente no viviría un momento. Un pecador puede tener sobre el asunto ciertas ideas falsas, sin fundamento alguno, que le causan angustia. Puede pensar que ha cometido el pecado imperdonable, o que ha contristado al Espíritu hasta alejarlo, o que con su pecado ha dejado pasar su día de gracia. Pero decirle a la persona más moral y de natural más amable del mundo que es lo bastante buena, o que no es tan mala como cree, no es darle un consuelo racional, sino engañarla y arruinar su alma. Que tengan cuidado los que lo hacen.
2. Otros dicen a los pecadores despertados que «la conversión es una obra progresiva», y de este modo calman su ansiedad. Cuando un hombre está angustiado porque se ve tan pecador, y ve que, si no se vuelve a Dios, será condenado, es un gran alivio que algún amigo le presente la idea de que puede ir mejorando poco a poco, y de que ahora va avanzando, poquito a poco. Le dicen: «Pero si no puedes esperar conseguirlo todo de una vez; yo no creo en esas conversiones repentinas; tienes que esperar y dejar que obre; has empezado bien, y con el tiempo hallarás consuelo». Todo esto es falso como el abismo sin fondo. La verdad es que la regeneración, o conversión, no es una obra progresiva. ¿Qué es la regeneración? ¿Qué es sino el comienzo de la obediencia a Dios? ¿Y es progresivo el comienzo de algo? Es el primer acto de obediencia genuina a Dios: la primera acción voluntaria de la mente que Dios aprueba, o que puede considerarse obediencia a Dios. Eso es la conversión. Cuando la gente habla de la conversión como de una obra progresiva, es absurdo. Demuestran que saben de la regeneración o conversión exactamente lo mismo que Nicodemo. No saben nada de ella como deberían saberlo, y no son más aptos para dirigir una reunión de inquiridores, ni para aconsejar o instruir a pecadores ansiosos, de lo que lo era Nicodemo.
3. Otra manera en que se engaña a los pecadores ansiosos con falso consuelo es aconsejándoles que dejen el asunto por ahora.
Hombres a quienes se tiene por sabios y buenos se han creído tanto más sabios que Dios que, cuando Dios está tratando con un pecador por medio de su Espíritu y procurando llevarlo a una decisión inmediata, piensan que Dios aprieta demasiado y que es necesario que ellos intervengan; y aconsejan a la persona que salga a dar un paseo, o que vaya a reuniones sociales, o que se ocupe en sus negocios, o en algo que le alivie un poco la mente, al menos por ahora. Lo mismo daría que le dijeran a Dios con palabras claras: «Oh Dios, eres demasiado duro, vas demasiado deprisa, vas a volverlo loco, o a matarlo; no lo puede soportar; ¡pobre criatura!, si se le aprieta tanto, se morirá». Exactamente así se ponen de parte contraria a Dios, y hacen lo mismo que decirle al propio pecador: «Dios te volverá loco si no dejas el asunto, resistes al Espíritu y lo echas de tu mente».
Tal consejo, si lo que angustia al pecador es verdadera convicción de pecado, no es en ningún caso ni seguro ni lícito. Los esfuerzos del Espíritu por hacer volver en sí al pecador nunca le harán daño ni lo volverán loco. Él puede trastornarse resistiendo, pero es una blasfemia pensar que el bendito, sabio y benévolo Espíritu de Dios obraría jamás con tan poco cuidado como para trastornar y destruir el alma que vino a santificar y salvar. El proceder correcto con un pecador, cuando los esfuerzos del Espíritu lo sumen en la angustia, es instruirlo, aclarar sus ideas, corregir sus errores y hacer el camino de salvación tan llano que pueda verlo justo delante de sí. No dejar el asunto, sino ponerse del lado del Espíritu, y así acallar todas esas terribles agonías que produce el resistir al Espíritu Santo. RECORDAD que, si un pecador despertado deja voluntariamente el asunto una vez, probablemente nunca vuelva a tomarlo.
4. A veces se consuela a un pecador despertado diciéndole que la religión no consiste en sentirse mal. Una vez supe de un doctor en teología que dio tal consejo a un pecador ansioso cuando este se retorcía literalmente bajo las saetas del Todopoderoso. Le dijo: «La religión es alegre, la religión no es sombría; no te angusties, consuélate, desecha tus temores, no deberías sentirte tan mal», y otros consuelos miserables por el estilo, cuando, en realidad, aquel hombre tenía razones infinitas para estar angustiado, porque estaba resistiendo al Espíritu Santo, y en peligro de contristarlo hasta alejarlo para siempre.
Es verdad que la religión no consiste en sentirse mal. Pero el pecador tiene motivos para estar angustiado, precisamente porque no tiene religión. Si tuviera religión, no se sentiría así. Si fuera cristiano, se regocijaría. ¡Pero decirle a un pecador impenitente que esté alegre! Pues lo mismo daría predicar esa doctrina en el infierno y decirles allí: «¡Ánimo aquí, ánimo, no os sintáis tan mal!».
El pecador está al borde mismo del infierno; está en rebelión contra Dios, y su peligro es infinitamente mayor de lo que imagina. ¡Oh, qué doctrina de demonios, decirle a un rebelde contra el cielo que no se angustie! ¿Qué es toda su angustia sino la rebelión misma? No es consolado porque rehúsa ser consolado. Dios está dispuesto a consolarlo. No penséis ser más compasivos que Dios. Él lo llenará de consuelo en un instante si se somete. Pero ahí está, luchando contra Dios, contra el Espíritu Santo y contra la conciencia, hasta quedar angustiado casi a muerte, y aun así no quiere ceder; y ahora llega alguien: «Ay, no soporto verte sentirte tan mal; no te angusties tanto, ánimo, ánimo, la religión no consiste en estar sombrío, consuélate». ¡Horrible!
5. Todo lo que envuelve en misterio el asunto de la religión tiende a dar al pecador falso consuelo.
Cuando un pecador está ansioso por el asunto de la religión, muy a menudo, si se lo envolvéis en nubes de misterio, se sentirá aliviado. La angustia del pecador nace de la presión de la obligación presente. Iluminadlo sobre este punto y aclarádselo, y si no quiere ceder, eso no hará sino aumentar su angustia. Pero decidle que la regeneración es toda un misterio, algo que él no puede entender, y dejadlo envuelto en una niebla de oscuridad, y aliviaréis su ansiedad. Lo que produce su angustia es la visión clara que tiene de la naturaleza y el deber del arrepentimiento. Es la luz la que trae agonía a su mente mientras se niega a obedecer. Es eso lo que constituirá los dolores del infierno. Y casi hará un infierno en el pecho del pecador ya aquí, con tal de que se haga lo bastante clara. Pero basta con tapar esa luz, y su ansiedad se volverá en seguida mucho menos aguda y estremecedora. En cambio, si alzáis una luz cierta y clara y la hacéis resplandecer de lleno sobre su alma, y él no quiere ceder, encendéis en su pecho los tormentos del infierno.
6. Todo lo que libra al pecador del sentimiento de culpa tiende a darle falso consuelo.
Cuanto más culpable se siente un hombre, más honda es su angustia. Pero cualquier cosa que disminuya su sentimiento de culpa disminuye, por supuesto, su angustia; pero es un consuelo lleno de muerte. Si algo le ayuda a repartir la culpa y a echar una parte de ella sobre Dios, le dará consuelo, pero es un alivio que destruirá su alma.
7. Hablarle de su incapacidad es falso consuelo. Decidle a un pecador ansioso: «¿Qué puedes hacer tú? Eres una pobre criatura débil, no puedes hacer nada». Le haréis sentir una especie de desaliento. Pero no es esa aguda agonía de remordimiento con que Dios oprime el alma cuando está obrando para quebrantarlo y llevarlo al arrepentimiento.
Si le decís que es incapaz de cumplir con el Evangelio, lo acoge naturalmente como un alivio. Se dice a sí mismo: «Sí, soy incapaz; soy una pobre criatura débil; no puedo hacer esto, y ciertamente Dios no puede enviarme al infierno por no hacer lo que no puedo hacer». Pues bien, si yo creyera que el pecador es incapaz, le diría claramente: «No temas, no tienes la culpa de no cumplir con el llamamiento del Evangelio, porque eres incapaz, y Dios nunca te enviará al infierno por no hacer lo que no tienes fuerzas para hacer. «El juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?» Sé que no es común que quienes hablan de la incapacidad del pecador sean tan consecuentes y lleven su teoría hasta el final. Pero el pecador infiere todo esto, y así se siente aliviado. Todo es falso, y todo el consuelo que de ello se saca no es sino atesorar ira para el día de la ira.
8. Todo lo que deja en la mente del pecador la impresión de que ha de ser pasivo en la religión tiende a darle falso consuelo.
Dadle la idea de que no tiene nada que hacer sino esperar el tiempo de Dios; decidle que la conversión es obra de Dios y que debe dejársela a él, y que ha de tener cuidado de no intentar quitar la obra de las manos de Dios; e inferirá, como antes, que él no tiene la culpa, y se sentirá aliviado. Si solo ha de quedarse quieto y dejar que Dios haga la obra, igual que un hombre se queda quieto para que le amputen el brazo, se siente aliviado. Pero semejante instrucción es del todo errónea. Si el pecador ha de quedarse quieto así y dejar que Dios lo haga, infiere al instante que no tiene la culpa de no hacerlo él mismo. Y la inferencia no solo es natural sino legítima, porque entonces no tiene la culpa,
Es verdad que hay un sentido en que la conversión es obra de Dios. Pero es falso tal como a menudo se presenta. También es verdad que hay un sentido en que la conversión es acto propio del pecador. Es ridículo, por tanto, decir que el pecador es pasivo en la regeneración, o pasivo en su conversión, porque la conversión es acto suyo. Lo que hay que hacer es algo que no puede hacerse por él. Es algo que él tiene que hacer, o nunca se hará.
9. Decirle al pecador que espere el tiempo de Dios.
Hace algunos años conocí en Filadelfia a una mujer que estaba ansiosa por su alma, y llevaba mucho tiempo en ese estado. Conversé con ella y procuré conocer su estado. Me contó muchas cosas, y al final dijo que sabía que debía estar dispuesta a esperar en Dios tanto tiempo como él la había esperado a ella. Dijo que Dios la había esperado muchísimos años antes de que ella prestara atención alguna a sus llamamientos, y que ahora creía que su deber era esperar el tiempo de Dios para que tuviera misericordia de ella y convirtiera su alma. Y dijo que esa era la instrucción que había recibido: debía ser paciente y esperar el tiempo de Dios, y con el tiempo él le daría alivio. ¡Oh, qué asombrosa necedad!
He aquí al pecador en rebelión. Dios viene con el perdón en una mano y una espada en la otra, y le dice al pecador que se arrepienta y reciba el perdón, o que lo rechace y perezca. Y ahora llega un ministro del Evangelio y le dice al pecador que «espere el tiempo de Dios». En la práctica le está diciendo que Dios no está dispuesto a que se arrepienta ahora, ni está dispuesto a perdonarlo ahora, y así, de hecho, echa sobre Dios la culpa de su impenitencia. En lugar de señalar la culpa del pecador por no someterse de inmediato a Dios, señala la falta de sinceridad de Dios al hacer el ofrecimiento cuando, en realidad, no estaba dispuesto a conceder la bendición.
He pensado muchas veces que tales maestros merecían la reprensión de Elías cuando se enfrentó a los sacerdotes de Baal: «Gritad en alta voz, que dios es: quizá está conversando, o tiene algún empeño, o va de camino; acaso duerme, y despertará». El ministro que se atreve a insinuar que Dios no está dispuesto, y que le dice al pecador que espere el tiempo de Dios, casi lo mismo podría decirle que Dios está ahora dormido, o se ha ido de viaje, y no puede atenderlo por el momento. ¡Consoladores molestos, en verdad! Es poco menos que una escandalosa blasfemia contra Dios. ¡Cuántos han ido al juicio teñidos de rojo de pies a cabeza con la sangre de almas que engañaron y destruyeron diciéndoles que Dios no estaba dispuesto a salvarlas y que debían esperar el tiempo de Dios! Sin duda, semejante doctrina es sumamente apta para dar un alivio momentáneo a un pecador ansioso. Le autoriza a decir: «Ah, sí, Dios no está dispuesto; tengo que esperar el tiempo de Dios, y así puedo vivir en pecado y disfrutarlo un rato más, hasta que él esté dispuesto a atenderme, y entonces me haré religioso».
10. Es falso consuelo decirle a un pecador ansioso que haga, para hallar alivio, cualquier cosa que pueda hacer sin someter su corazón a Dios.
Un pecador ansioso a menudo está dispuesto a hacer cualquier cosa excepto precisamente lo que Dios le exige. Está dispuesto a ir hasta los confines de la tierra, o a pagar su dinero, o a soportar sufrimientos, o lo que sea, menos la sumisión plena e instantánea a Dios. Ahora bien, si transigís con él y le habláis de alguna otra cosa que puede hacer y, sin embargo, eludir ese punto, se sentirá muy consolado. Le gusta esa instrucción. Dice: «Ah, sí, eso lo haré; me gusta ese ministro, no es tan severo como otros, parece entender mi caso particular y sabe hacerse cargo».
A menudo me recuerda la conducta de un enfermo muy grave que siente gran aversión por cierto médico y por cierta medicina; y resulta que ese es precisamente el único médico que sabe tratar su enfermedad, y esa la única medicina que la cura. Ahora bien, el enfermo está dispuesto a hacer cualquier otra cosa y a llamar a cualquier otro médico; está ansioso y angustiado, y pregunta a todos sus amigos si no pueden decirle qué debe hacer, y tomará todos los potingues y medicinas de curandero del país antes que someterse al único tratamiento que puede darle alivio. Con el tiempo, después de haberlo probado todo sin ningún provecho, si no muere en el intento, abandona su oposición insensata, llama al médico, toma la medicina adecuada y se cura. Exactamente así ocurre con los pecadores. Harán ansiosamente cualquier cosa con tal de que los libréis de esa presión intolerable de la obligación presente de someterse a Dios. Mencionaré algunas de las cosas que se les dice a los pecadores que hagan.
(1.) Decirle al pecador que debe usar los medios. Decidle esto a un pecador ansioso —tienes que usar los medios— y queda aliviado. «Ah, sí, eso lo haré, si eso es todo. Yo pensaba que Dios me exigía arrepentirme y someterme a él ahora. Pero si basta con usar los medios, lo haré con todo mi corazón». Antes estaba angustiado porque estaba acorralado y no sabía hacia dónde volverse. La conciencia lo había cercado como un muro de fuego y lo apremiaba a arrepentirse ahora. Pero esto lo alivia de golpe, se siente mejor y está muy agradecido, dice, de haber hallado tan buen consejero en su angustia. Pero puede usar los medios, como él lo llama, hasta el día del juicio, sin ser ni una pizca mejor por ello, y no hará sino apresurar su camino hacia la muerte. ¿Qué es el uso de los medios por parte del pecador sino rebelión contra Dios? Dios usa medios. La iglesia usa medios para convertir y salvar a los pecadores, para hacer presión sobre ellos y llevarlos a la sumisión. Pero ¿qué tiene que ver el pecador con usar medios? ¿Vais a ponerlo a usar medios contra Dios, en sentido contrario, y así hacer de ello una compensación? ¿O ha de usar medios para obligarse a sí mismo a someterse a Dios? ¿Cómo se pondrá a trabajar con sus medios para hacerse someter? Es sencillamente decirle al pecador: «No hace falta que te sometas a Dios ahora; usa los medios un tiempo, y mira a ver si no puedes ablandar el corazón de Dios hacia ti, de modo que ceda en este punto de la sumisión incondicional». Es un mero subterfugio para eludir el deber de la sumisión inmediata a Dios. Es verdad que los pecadores, movidos por el interés en su propia felicidad, a menudo prestan atención al asunto de la religión, asisten a reuniones, oran, leen y hacen muchas cosas por el estilo. Pero en todo ello no tienen consideración alguna por la honra de Dios, ni siquiera tienen intención de obedecerle. Su propósito no es la obediencia, porque, si lo fuera, no serían pecadores impenitentes. No están, pues, usando medios para ser cristianos, sino para obtener perdón y una esperanza. Es absurdo decir que un pecador impenitente está usando medios para arrepentirse, porque es lo mismo que decir que está dispuesto a arrepentirse, o, en otras palabras, que se arrepiente, y que no es un pecador impenitente. Así, decir que un pecador inconverso usa medios con el propósito de llegar a ser cristiano es una contradicción, porque equivale a decir que está dispuesto a ser cristiano, que es lo mismo que decir que ya es cristiano.
(2.) Decirle al pecador que ore por un corazón nuevo. Una vez oí a un célebre maestro de escuela dominical hacer esto. Era casi el padre de las escuelas dominicales en este país. Llamó a una niña y se puso a hablar con ella. «Hijita mía, ¿eres cristiana?» No, señor. «Bueno, tú sola no puedes hacerte cristiana, ¿verdad?» No, señor. «No, no puedes hacerte cristiana, no puedes cambiar tu corazón tú misma, sino que tienes que orar pidiendo un corazón nuevo; eso es todo lo que puedes hacer; ora a Dios, y Dios te dará un corazón nuevo». Era un hombre anciano y venerable, pero casi me sentí movido a reprenderle públicamente en el nombre del Señor; no podía soportar oírle engañar a aquella niña diciéndole que no podía ser cristiana. ¿Dice Dios «Orad por un corazón nuevo»? Nunca. Dice: «Haceos corazón nuevo». Y al pecador no hay que decirle que ore a Dios para que haga su deber por él, sino que vaya y lo haga él mismo. Sé que el salmista, un hombre bueno, oró: «Crea en mí un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí». Él tenía fe y oraba con fe. Pero eso es muy distinto de poner a un rebelde obstinado a orar por un corazón nuevo. Sin duda, un pecador ansioso quedará encantado con semejante instrucción. «Vaya, yo sabía que necesitaba un corazón nuevo y que debía arrepentirme, pero pensaba que tenía que hacerlo yo mismo; estoy muy dispuesto a pedirle a Dios que lo haga; no quería hacerlo yo, pero no tengo inconveniente en que lo haga Dios, si quiere, y oraré por ello, si eso es todo lo que se requiere».
(3.) Decirle al pecador que persevere. Y supongamos que persevera. Es tan seguro que será condenado como si hubiera estado en el infierno desde la fundación del mundo. Su ansiedad nace solamente de su resistencia, y si se sometiera, cesaría. ¿Y ahora vais a decirle que persevere precisamente en lo que causa su angustia? Supongamos que mi hijo, en un arrebato de ira, tira un libro o alguna otra cosa al suelo. Le digo: «Recógelo», y en vez de hacer caso de lo que digo, se va corriendo a jugar. «¡Recógelo!» Ve que hablo en serio y empieza a ponerse serio. «Recógelo, o iré a buscar una vara». Y alzo el brazo para tomar la vara. Él se queda quieto. «Recógelo, o tendré que azotarte». Se acerca despacio al lugar, y entonces se echa a llorar. «Recógelo, hijo mío, o con toda seguridad serás castigado». Ahora está angustiado, solloza y suspira como si el pecho le fuera a estallar, pero sigue tan terco como si supiera que no puedo castigarlo. Entonces empiezo a apremiarlo con motivos para que se someta y obedezca, pero ahí se queda, en agonía, y al final rompe a decir: «¡Ay, padre, me siento tan mal; creo que voy mejorando!». Y supongamos ahora que entra un vecino y ve al niño allí parado, en toda esa agonía de terquedad. El vecino le pregunta por qué está allí parado y qué está haciendo. «Ah, estoy usando los medios para recoger ese libro». Si este vecino le dijera al niño: «Persevera, persevera, muchacho, ya lo conseguirás», ¿qué haría yo? Pues lo echaría de casa. ¿Qué pretende alentando a mi hijo en su rebelión?
Pues bien, Dios llama al pecador a arrepentirse, lo amenaza, desenvaina la espada reluciente, lo persuade, le presenta motivos, y el pecador está angustiado hasta la agonía, porque se ve empujado a la terrible alternativa de abandonar sus pecados o ir al infierno. Debería deponer las armas al instante y quebrantar su corazón de una vez. Pero se resiste y lucha contra la convicción, y eso es lo que crea su angustia. ¿Vais a decirle ahora que persevere? ¿Que persevere en qué? ¡En luchar contra Dios! Esa es exactamente la indicación que daría el diablo. Todo lo que el diablo quiere es verlo perseverar precisamente en el camino que lleva, y su destrucción es segura. Satanás puede irse a dormir.
(4.) Decirle al pecador que siga adelante. Es decir: «Vas por buen camino; tú sigue adelante y llegarás al cielo». Esto supone que tiene el rostro vuelto hacia el cielo, cuando en realidad lo tiene vuelto hacia el infierno, y avanza, y nunca más deprisa que ahora, mientras resiste al Espíritu Santo. Muchas veces he oído dar esta indicación cuando el pecador estaba en el peor camino posible. Lo que deberíais decirle es: «¡DETENTE, pecador, detente! No des un paso más por ese camino, que lleva al infierno». Dios le dice que se detenga, y como él no quiere detenerse, está angustiado. ¿Por qué, entonces, habríais de intentar consolarlo de este modo?
(5.) Decirle al pecador que debe intentar arrepentirse y dar su corazón a Dios. «Ah, sí —dice el pecador—, estoy dispuesto a intentarlo. Lo he intentado muchas veces, y lo intentaré otra vez». ¡Ah! ¿Te dice Dios que intentes arrepentirte? Todo el mundo estaría dispuesto a intentar arrepentirse, a su manera. Dar esta indicación implica que es muy difícil arrepentirse, y quizá imposible, y que lo mejor que puede hacer el pecador es intentarlo, y ver si puede o no. ¿Qué es esto sino poner vuestro propio mandamiento en lugar del de Dios? Dios no exige nada menos que el arrepentimiento y un corazón santo. Cualquier cosa por debajo de eso es consolarlo en vano, «viniendo a parar vuestras respuestas en falacia».
(6.) Decirle que ore pidiendo arrepentimiento. «Ah, sí, oraré pidiendo arrepentimiento, si eso es todo. Estaba angustiado porque pensaba que Dios me exigía arrepentirme, pero si él lo va a hacer, puedo esperar». Y así se siente aliviado, y está muy a gusto.
(7.) Decirle al pecador que ore pidiendo convicción, o que ore pidiendo que el Espíritu Santo le muestre sus pecados, o que se esfuerce por obtener más luz acerca de su culpa, para aumentar su convicción.
Todo esto es justamente lo que el pecador quiere, porque lo libra de la presión de la obligación presente. Quiere solo un poco más de tiempo. Cualquier cosa que aplace esa presión presente de la obligación de arrepentirse inmediatamente es un alivio. ¿Para qué quiere más convicción? ¿Da Dios alguna indicación semejante a un pecador impenitente? Dios da por sentado que ya tiene convicción suficiente. Y la tiene. ¿Decís que no puede darse cuenta de todos sus pecados? Si puede darse cuenta aunque sea de uno, que se arrepienta de ese, y es cristiano. Suponiendo que pudiera verlos todos, ¿qué razón hay para pensar que se arrepentiría de todos ellos más de lo que se arrepiente de ese único que sí ve? Todo esto es consolar al pecador poniéndolo a hacer lo que puede hacer sin someter su corazón a Dios.
11. Otra manera de dar falso consuelo a los pecadores ansiosos es decirles que Dios está probando su fe manteniéndolos en el horno, y que deben esperar pacientemente en el Señor. ¡Como si Dios tuviera la culpa, o fuera él quien estorbara su camino a ser cristiano! ¡O como si un pecador impenitente tuviera fe! ¡Qué abominación! Supongamos que alguien le dijera a mi hijo, mientras está parado junto al libro como lo he descrito: «Espera con paciencia, muchacho; tu padre está probando tu fe». No. Es el pecador quien está probando la paciencia y la longanimidad de Dios. Dios no se dedica a torturar al pecador para darle una lección de paciencia. Lo que hace es esperarle y obrar para llevarlo de una vez a un estado de ánimo tal que haga posible llenar su alma de la paz del cielo. ¿Y se ha de animar al pecador a resistir con la idea de que Dios está jugando con él? TENED CUIDADO. Dios ha dicho que su Espíritu no contenderá para siempre.
12. Otro falso consuelo es decirle al pecador: Cumple con tu deber, y deja tu conversión en manos de Dios.
Una vez oí a un anciano de una iglesia decirle a un pecador ansioso: «Cumple con tu deber, y deja tu conversión en manos de Dios; él la hará a su tiempo y a su manera». Eso era exactamente lo mismo que decirle que no era su deber convertirse ahora. No dijo: Cumple con tu deber, y deja tu salvación en manos de Dios. Eso habría sido bastante apropiado, porque habría sido sencillamente decirle que se sometiera a Dios, y habría incluido la conversión como el primero de todos los deberes. Pero le dijo que dejara su conversión en manos de Dios. ¡Y este anciano que dio tal consejo era, además, un hombre de educación esmerada! ¡Qué absurdo! ¡Como si pudiera cumplir con su deber sin convertirse! ¡Como si Dios fuera a convertir al pecador y dejar que el pecador permaneciera tranquilamente sentado bajo esa obra, usando los medios! ¡Horrible! No. Dios le ha exigido hacerse un corazón nuevo; y vosotros, guardaos de consolarlo con una respuesta de falsedad.
13. A veces los que profesan la religión intentan consolar a un pecador diciéndole: «No te desanimes; yo estuve mucho tiempo así antes de hallar consuelo». Le dirán: «Estuve bajo convicción tantas semanas —o quizá tantos meses, o a veces años—, y he pasado por todo esto, y sé exactamente cómo te sientes; tu experiencia es exactamente igual a la mía, y después de tanto tiempo hallé alivio, y no dudo de que tú lo hallarás también con el tiempo. No desesperes; Dios te consolará pronto». ¡Decirle a un pecador que cobre ánimo en su rebelión! ¡Oh, qué horrible! Tales profesantes deberían avergonzarse. Supongamos que estuviste bajo convicción tantas semanas y luego hallaste alivio: es lo último que deberías decirle a un pecador ansioso. ¿Qué es eso sino animarlo a resistir, cuando lo que le toca es someterse? ¿Resististe tantas semanas mientras el Espíritu contendía contigo? Tanto más mereciste ser condenado por tu obstinación y tu estupidez.
¡Pecador! No es señal de que Dios vaya a esperarte a ti tanto tiempo, ni de que su Espíritu vaya a quedarse contigo para que lo resistas. Y recuerda: si el Espíritu se retira, serás enviado al infierno.
14. «Tengo fe para creer que te convertirás».
¡Tienes fe para creer! ¿En qué descansa tu fe? ¿En la promesa de Dios? ¿En las influencias del Espíritu Santo? Entonces estás contrarrestando tu propia fe. El designio y el objeto mismo del Espíritu de Dios es arrancarle al pecador el último vestigio de esperanza mientras permanece en el pecado; aniquilar toda peña y toda ramita a la que pueda aferrarse. Y el objeto de tu instrucción debería ser el mismo. Deberías ponerte del lado del plan de Dios. Solo así puedes hacer algún bien: empujándolo directamente a la obra, a someterse de una vez y dejar su alma en las manos de Dios. Pero cuando alguien a quien él tiene por cristiano le dice: «Tengo fe para creer que te convertirás», lo sostiene en su falsa expectativa. En vez de arrancarlo de sus falsas esperanzas y arrojarlo sobre Cristo, lo desvías para que se cuelgue de tu fe y halle consuelo en que tú tienes fe por él. Todo esto es falso consuelo, que obra muerte.
15. «Oraré por ti». A veces los que profesan la religión intentan consolar de este modo a un pecador ansioso, diciéndole: «Oraré por ti». Esto es falso consuelo, porque lleva al pecador a confiar en esas oraciones en lugar de confiar en Cristo. El pecador dice: «Es un hombre bueno, y Dios oye las oraciones de los hombres buenos; sin duda sus oraciones prevalecerán algún día y me convertiré; no creo que me pierda». Y su ansiedad, su agonía, desaparece por completo. Una mujer le dijo a un ministro: «Ahora no tengo esperanza, pero tengo fe en sus oraciones». Esa es justamente la clase de fe que el diablo quiere que tengan: fe en oraciones en lugar de fe en Cristo.
16. «Me alegro de verte así, y espero que seas fiel y perseveres». ¿Qué es eso sino alegrarse de verlo en rebelión contra Dios? Porque ese es precisamente el terreno que pisa. Está resistiendo la convicción, resistiendo la conciencia y resistiendo al Espíritu Santo, y aun así tú te alegras de verlo así, y esperas que sea fiel y persevere. Hay un sentido, ciertamente, en que puede decirse que su situación es más esperanzadora que cuando estaba en la insensibilidad. Porque Dios lo ha convencido, y puede que logre volverlo y doblegarlo. Pero no es en ese sentido como lo entenderá el pecador mismo. Supondrá que lo crees en buen camino porque lo está haciendo mejor que antes. Cuando su culpa y su peligro son, de hecho, mayores que nunca. Y en lugar de alegrarte, deberías estar angustiado y en agonía al verlo resistir así al Espíritu Santo, porque cada momento que lo hace corre peligro de ser abandonado por Dios y entregado a la dureza de corazón y a la desesperación.
17. «Ya tendrás tu paga por esto con el tiempo; Dios te recompensará». Sí, pecadores, Dios os recompensará: si seguís en este camino, os pondrá en el fuego del infierno. ¡Recompensa por toda esta angustia! Sí, si alguna vez sois recompensados por ella, será en el infierno. Una vez oí a un pecador decir: «Me siento muy mal; tengo grandes esperanzas de obtener mi recompensa». Pero aquel mismo individuo dijo después: «En ninguna parte puede hallarse un pecador tan negro como yo, y ningún pecado de mi vida me parece tan negro y condenable como aquella expresión». Estaba abrumado de contrición por haber tenido jamás semejante idea: pensar que Dios lo recompensaría por sufrir tanta angustia, cuando era él quien se la había acarreado, sin necesidad, por su perversa resistencia a la verdad. La verdad es que lo que esa gente quiere es consolar al pecador, y como ellos mismos están del todo a oscuras en el asunto de la religión, naturalmente le dan falso consuelo.
18. Otro falso consuelo es decirle al pecador que no se ha arrepentido lo suficiente. La verdad es que no se ha arrepentido en absoluto. Dios siempre consuela al pecador en cuanto se arrepiente. Esta indicación implica que sus sentimientos son correctos hasta donde llegan. Insinuar que tiene algo de arrepentimiento es decirle una mentira y despojarlo con engaño de su alma.
19. A veces la gente consuela a un pecador diciéndole: «Si eres elegido, serás traído». Una vez supe de un caso en que a una persona que estaba en gran angustia de alma la enviaron a conversar con un ministro vecino. Conversaron largo rato. Cuando la persona se iba, el ministro le dijo: «Me gustaría enviar por medio de ti unas líneas a tu padre». Su padre era un hombre piadoso. El ministro escribió la carta y se olvidó de sellarla. Mientras el pecador volvía a casa, vio que la carta no estaba sellada, y pensó que probablemente el ministro había escrito sobre él, y al fin la curiosidad lo llevó a abrirla y leerla. Y allí encontró escrito algo de este tenor: «Estimado señor: Encuentro a su hijo bajo convicción y en gran angustia, y no parece fácil decirle algo que le dé alivio. Pero, si es uno de los elegidos, sin duda será traído». Quería decir algo para consolar al padre. Pero ahora, fijaos. Aquella carta estuvo a punto de arruinar su alma. Se asentó en la doctrina de la elección —«Si soy elegido, seré traído»—, y su convicción desapareció por completo. Años después fue despertado y convertido, pero solo tras una gran lucha, y no hasta que aquella falsa impresión fue borrada de su mente y se le hizo ver que no tenía nada que ver con la doctrina de la elección, sino que, si no se arrepentía, sería condenado.
20. Es muy común que algunos digan a un pecador despertado: «Vas por muy buen camino; me alegro de verte así, y me siento animado respecto a ti». A veces parece como si la iglesia estuviera aliada con el diablo para ayudar a los pecadores a resistir al Espíritu Santo. Lo que el Espíritu Santo quiere hacer sentir al pecador es que todos sus caminos están errados y que llevan al infierno. Y todo el mundo conspira para producir la impresión contraria. El Espíritu procura desanimarlo, y ellos procuran animarlo; el Espíritu, angustiarlo mostrándole que está del todo equivocado, y ellos, consolarlo diciéndole que va bien. ¿Hemos llegado a esto: que la peor oposición a la verdad y el mayor obstáculo para el Espíritu broten de la iglesia? ¡Pecador! No creas semejante cosa. No vas por buen camino. No vas bien, sino mal; tan mal como puedes, mientras resistes al Espíritu Santo.
21. Otra manera muy funesta de dar falso consuelo a los pecadores es aplicarles ciertas promesas de la Escritura que estaban destinadas solo a los santos. Este es un gran ardid del diablo. Lo practican mucho los universalistas. Pero los cristianos lo hacen a menudo. Por ejemplo:
(1.) «Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación». ¡Cuántas veces se ha aplicado este pasaje a pecadores ansiosos que estaban angustiados porque no querían someterse a Dios: bienaventurados vosotros los que lloráis! ¡Vaya! Eso es verdad cuando lloran con el dolor que es según Dios. Pero ¿por qué llora este pecador? Llora porque la ley de Dios es santa y sus condiciones de salvación están tan fijadas que no puede rebajarlas a su gusto. ¡Decidle a semejante rebelde: Bienaventurados los que lloran! Lo mismo daría aplicárselo a los que están en el infierno. Allí también hay llanto. El pecador llora porque no hay otro camino de salvación, porque Dios es tan santo que le exige abandonar todos sus pecados, y siente que ha llegado el momento en que debe o abandonarlos o ser condenado. ¿Le diremos que será consolado? Id y decidle al diablo: «Pobre diablo, ahora lloras, pero la Biblia dice que eres bienaventurado si lloras, y que con el tiempo serás consolado».
(2.) «Los que buscan hallarán». Esto se dice a los pecadores de tal manera que da a entender que el pecador ansioso está buscando la religión. Esta promesa se hizo con referencia a los cristianos, que piden con fe y procuran hacer la voluntad de Dios, y no es aplicable a los que buscan esperanza o consuelo, sino a la búsqueda santa. Aplicarla a un pecador impenitente no es sino engañarlo, porque su búsqueda no es de esa naturaleza. Decirle: «Conque estás buscando, ¿eh? Pues bien, busca, y hallarás», es fomentar un engaño fatal. Mientras siga impenitente, no tiene un solo deseo que no pudiera tener el diablo, y seguir siendo diablo.
Si tuviera deseo de cumplir con su deber, si procurara hacer la voluntad de Dios y abandonar sus pecados, sería cristiano. Pero consolar a un pecador impenitente con semejante promesa es lo mismo que consolar a Satanás.
(3.) «No os canséis de hacer bien, porque a su tiempo segaréis, si no desmayáis». Aplicar esto a un pecador para consolarlo es absurdo. Como si estuviera haciendo algo para agradar a Dios. Nunca ha hecho bien, y nunca ha hecho más mal que ahora. Suponed que mi vecino, que entró mientras yo trataba de doblegar a mi hijo, le dijera al niño: «A su tiempo segarás, si no desmayas»; ¿qué le diría yo? «Segar, sí, segarás; si no dejas tu obstinación, segarás de veras, porque voy a usar la vara». Así el pecador que lucha segará la condenación del infierno si no abandona sus pecados.
22. Algunos de los que profesan la religión, cuando intentan conversar con pecadores despertados, son muy aficionados a decir: «Te contaré mi experiencia». Esta es una trampa peligrosa, y a menudo da al diablo un asidero para llevarlo al infierno, haciéndole tratar de copiar vuestra experiencia. Si se la contáis, y él cree que es una experiencia cristiana, casi infaliblemente tratará de imitarla, y en lugar de seguir el Evangelio, o la guía del Espíritu en su propia alma, estará siguiendo vuestro ejemplo. Esto es tan absurdo como peligroso. Nunca tendrá exactamente los mismos sentimientos que tuvisteis vosotros. Nunca ha habido dos personas ejercitadas exactamente del mismo modo. Las experiencias de los hombres son tan distintas como sus rostros. Semejante proceder es muy probable que lo extravíe. A menudo el propósito no es otro que animarlo, justo en el punto en que no debería ser animado, antes de que se haya sometido a Dios. Y es propio para estorbar la obra de Dios en su alma.
23. ¡Cuántas veces le dirá la gente a un pecador despertado que Dios ha comenzado en él la buena obra, y que la llevará adelante! He conocido padres que hablaban así con sus hijos, y que, en cuanto veían a sus hijos despertados, abandonaban toda su ansiedad anterior por ellos y se acomodaban a sus anchas, pensando que, ya que Dios había comenzado una buena obra en sus hijos, la llevaría adelante. Sería igual de razonable que un labrador dijera lo mismo de su grano y, en cuanto brota de la tierra, dijera: «Bueno, Dios ha comenzado una buena obra en mi campo, y la llevará adelante». ¿Qué se pensaría de un labrador que descuidara levantar su cerca porque Dios había comenzado la obra de darle una cosecha de grano? Si le decís eso a un pecador, y él os cree, será sin duda su destrucción, porque le impedirá hacer aquello que es absolutamente indispensable para que sea salvo. Si, en cuanto el pecador es despertado, se le enseña que Dios ha comenzado ya una buena obra que solo necesita llevarse adelante, y que Dios ciertamente la llevará adelante, ve que ya no tiene motivo para estar ansioso, porque, de hecho, no le queda nada más que hacer. Y así se verá libre de esa presión intolerable de la obligación presente de arrepentirse y someterse a Dios. Y si se ve libre del sentimiento de su obligación de hacerlo, nunca lo hará.
24. Algunos le dirán al pecador: «Bueno, has roto con tus pecados, ¿verdad?». «Oh, sí», dice el pecador. Y todo es falso: nunca ha abandonado sus pecados ni por un momento; solo ha cambiado una forma de pecado por otra; solo se ha colocado en una nueva actitud de resistencia. Y decirle que ha roto con ellos es darle falso consuelo.
25. A veces se da esta instrucción con el fin de aliviar la agonía de un pecador ansioso: «Haz lo que puedas, y Dios hará el resto», o «Haz lo que puedas, y Dios te ayudará». Es lo mismo que decirle a un pecador: «No puedes hacer lo que Dios te exige que hagas, pero si haces lo que puedas, Dios te ayudará en lo demás». Ahora bien, los pecadores a menudo se hacen la idea de que han hecho todo lo que pueden, cuando, de hecho, no han hecho nada en absoluto, sino resistir a Dios con todas sus fuerzas. Muchas veces les he oído decir: «He hecho todo lo que puedo, y no hallo alivio; ¿qué más puedo hacer?». Pues bien, ya veis cuán consolador ha de ser para alguien así que entre uno de los que profesan la religión y le diga: «Si haces lo que puedas, Dios te ayudará». Le quita de golpe toda su aguda angustia. Podrá estar inquieto y desdichado, pero su agonía ha desaparecido.
26. Además dicen: «Deberías estar agradecido por lo que tienes, y esperar más». Si el pecador está convicto, le dicen que debería estar agradecido por la convicción y esperar la conversión. Si tiene algún sentimiento, debería estar agradecido por el sentimiento que tiene, como si su sentimiento fuera un sentimiento religioso, cuando no tiene más religión que Satanás. Tiene motivos para estar agradecido, ciertamente: agradecido de no estar en el infierno, y agradecido de que Dios todavía lo espere. Pero es ridículo decirle que debería estar agradecido por el estado de su mente, cuando todo el tiempo está resistiendo a su Hacedor con todas sus fuerzas.
ERRORES AL ORAR POR LOS PECADORES.
Mencionaré aquí algunos errores que se cometen al orar por los pecadores en su presencia, con los cuales se produce en su mente una impresión desdichada, a consecuencia de la cual a menudo obtienen falso consuelo en su angustia.
1. A veces la gente ora por los pecadores como si merecieran SER COMPADECIDOS más que CULPADOS. Oran por ellos como por DOLIENTES. «Señor, ayuda a estos pensativos dolientes», como si simplemente estuvieran de duelo, como quien ha perdido a un amigo o ha sufrido alguna otra calamidad, y no pudieran evitarlo, y lo sintieran mucho, pero la muerte había de venir, y por eso fueran muy dignos de lástima, sentados allí, tristes, pensativos y suspirando. La Biblia nunca habla así. Compadece a los pecadores, pero los compadece como rebeldes locos y culpables, culpables y merecedores de ir al infierno, no como pobres dolientes pensativos que no pueden evitarlo, que quieren ser aliviados, pero no pueden hacer nada sino quedarse sentados y llorar.
2. Orar por ellos como pobres pecadores. ¿Usa alguna vez la Biblia un lenguaje como este? La Biblia nunca habla de ellos como «pobres pecadores», como si merecieran ser compadecidos más que culpados. Cristo compadece a los pecadores en su corazón. Y también Dios los compadece. Siente en su corazón todos los raudales de la compasión por ellos cuando los ve seguir adelante, obstinados y voluntariosos, satisfaciendo sus propias concupiscencias a riesgo de su ira eterna. Pero nunca deja escapar una expresión como si el pecador fuera simplemente una «pobre criatura» digna de lástima, como si no pudiera evitarlo. La idea de que es un pobre, más que un malvado, un desafortunado, más que un culpable, alivia mucho al pecador. He visto al pecador retorcerse de agonía bajo la verdad, en una reunión, hasta que alguien comenzó a orar por él como por una pobre criatura. Y entonces rompía a llorar, y lloraba copiosamente, y creía que tal oración le había hecho un gran bien. «¡Oh, qué oración tan buena fue esa!». Si vais ahora a conversar con ese pecador, veréis que se compadece de sí mismo como de una pobre criatura desafortunada, quizá llorando por su desdichada condición, pero sus CONVICCIONES DE PECADO, sus hondas impresiones de una CULPA TREMENDA, han desaparecido por completo.
3. Orar para que Dios ayude al pecador a arrepentirse. «Oh Señor, capacita a este pobre pecador para arrepentirse ahora». Esto transmite a la mente del pecador la idea de que ahora está intentando arrepentirse con todas sus fuerzas, y que no puede hacerlo, y que por eso los cristianos claman a Dios para que lo ayude y lo capacite para hacerlo. La mayoría de los que profesan la religión oran por los pecadores, no para que Dios los haga DISPUESTOS a arrepentirse, sino para que los CAPACITE, o los haga capaces. No es de extrañar que sus oraciones no sean oídas. Libran al pecador de su sentimiento de responsabilidad, y eso alivia su angustia. Pero es un insulto a Dios, como si Dios hubiera mandado a un pecador hacer lo que no podía hacer.
4. A veces la gente ora: «Señor, estos pecadores te buscan con dolor». Este lenguaje alude a lo que sucedió cuando Jesús era niño y entró en el templo a conversar con los rabinos y doctores. Sus padres, como recordaréis, anduvieron una jornada de camino hacia casa antes de echarlo de menos, y entonces volvieron atrás, y después de buscar por todas partes, hallaron al niño Jesús de pie en el templo, disputando con los sabios, y su madre le dijo: «Hijo, ¿por qué nos has hecho así? He aquí, tu padre y yo te hemos buscado con dolor». Y así esta oración representa a los pecadores como si buscaran a Jesús, y él se escondiera de ellos, y ellos miraran por todas partes, y rastrearan, y trataran de hallarlo, y se preguntaran dónde está Jesús, y dijeran: «Señor, hemos buscado a Jesús con dolor estos tres días». Es una MENTIRA. Ningún pecador buscó jamás a Jesús de todo corazón tres días, ni tres minutos, sin hallarlo. Ahí está Jesús a su puerta, llamando; ahí está, justo delante de él, rogándole y desenmascarando todos sus falsos pretextos. ¡Buscarlo! El pecador podrá gimotear y clamar: «¡Oh, cuánto me duele, y cómo busco a Jesús!». No hay tal cosa; es Jesús quien te busca a ti. Y sin embargo, ¡cuántas conciencias oprimidas se alivian y se consuelan al oír una de estas oraciones!
5. «Señor, ten misericordia de estos pecadores, que buscan conocer tu amor». Es una expresión favorita de muchos, como si los pecadores estuvieran buscando conocer el amor de Cristo y no pudieran. No hay tal cosa. No buscan el amor de Cristo, sino que buscan llegar al cielo sin Jesucristo. Como si lo estuvieran buscando, y él fuera tan duro de corazón que no les dejara tenerlo.
6. «Señor, ten misericordia de estas almas penitentes;» llamando almas penitentes a los pecadores ansiosos. Si son penitentes, son cristianos. Dejar en un pecador inconverso la impresión de que es penitente es hacerle creer una mentira. Pero es muy consolador para el pecador, y le gusta tomarlo y repetirlo en su oración: «Oh Señor, soy una pobre alma penitente, estoy muy arrepentido, estoy tan angustiado, Señor, ten misericordia de un pobre penitente». ¡Terrible engaño!
7. A veces la gente ora por los pecadores ansiosos como si fueran almas humildes. «Oh Señor, estos pecadores se han humillado». Pues eso no es verdad; no se han humillado; si lo hubieran hecho, el Señor los habría levantado y consolado, como ha prometido. Hay un himno de este estilo que ha hecho mucho daño. Comienza:
«Ven, pecador HUMILDE, en cuyo pecho
mil pensamientos se revuelven».
Una vez un ministro dio este himno a un pecador despertado, como aplicable a su caso. Comenzó a leer: «Ven, pecador humilde». Se detuvo: «Pecador humilde; eso no es aplicable a mí; yo no soy un pecador humilde». ¡Ah, qué bien le vino que el Espíritu Santo le hubiera enseñado mejor que el himno! Si el himno hubiera dicho: Ven, pecador ansioso, o pecador culpable, o pecador tembloroso, habría estado bastante bien, pero llamarlo pecador humilde no servía. Hay muchísimos himnos de la misma índole. Es muy común encontrar pecadores que citan los falsos sentimientos de algún himno para excusarse en su rebelión contra Dios.
Un ministro me contó que, hace muy poco, oyó una oración en estos términos: «Oh Señor, estos pecadores se han humillado y han venido a ti lo mejor que saben. Si supieran hacerlo mejor, lo harían mejor; pero, oh Señor, ya que han venido a ti de la mejor manera que pueden, te rogamos que los aceptes y les muestres misericordia». ¡Horrible!
8. Muchos oran: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Esta es la oración que Cristo hizo por sus asesinos. Y, en aquel caso, era verdad: no sabían lo que hacían, porque no creían que Jesucristo fuera el Mesías. Pero de los pecadores que están bajo el Evangelio no puede decirse que no saben lo que hacen. Sí saben lo que hacen. No ven todo su alcance, pero saben que están pecando contra Dios y rechazando a Cristo, y la dificultad es que no están dispuestos a someterse a Dios. Pero tal oración es propia para hacer que el pecador se sienta aliviado, y que diga: «Señor, ¿cómo puedes culparme tanto? Soy una pobre criatura ignorante; no sé cómo hacer lo que se me exige. Si supiera cómo, lo haría».
9. Otra expresión es: «Señor, dirige a estos pecadores, que preguntan por el camino de Sión, con sus rostros vueltos hacia allá». Pero este lenguaje solo es aplicable a los cristianos. Los pecadores no tienen sus rostros vueltos hacia Sión; sus rostros están puestos hacia el infierno. ¿Y cómo puede decirse de un pecador que está «preguntando por el camino» de Sión, cuando no tiene ninguna disposición de ir allá? La verdadera dificultad es que no está dispuesto a ANDAR por el camino por donde sabe que debe ir.
10. La gente ora para que los pecadores tengan más convicción. O para que los pecadores se vayan a casa solemnes y tiernos, y tomen el asunto en consideración, en vez de orar para que se arrepientan ahora. O bien oran como si supusieran que el pecador está dispuesto a hacer lo que se le exige. Todas esas oraciones son justamente las oraciones que el diablo quiere. Desea que haya tales oraciones, y me atrevo a decir que no le importa cuántas se ofrezcan.
A veces he visto, en una reunión de inquiridores, o cuando se ha llamado a los pecadores al banco de los ansiosos, y el ministro les ha hecho del todo llano el camino de salvación, y ha quitado de su senda todas las piedras de tropiezo, y ha disipado la oscuridad de su mente en cada uno de los puntos, y cuando están a punto de CEDER, que se llama a alguien a orar, y en lugar de orar para que se arrepientan ahora, comienza a orar: «Oh Señor, te rogamos que estos pecadores estén solemnes, que tengan un hondo sentimiento de su pecaminosidad, que se vayan a casa impresionados por su condición perdida, que no intenten nada en sus propias fuerzas, que no pierdan sus convicciones, y que, a tu tiempo y a tu manera, sean llevados a la gloriosa luz y libertad de los hijos de Dios».
En lugar de llevarlos derecho al punto de la sumisión INMEDIATA, allí mismo, les da tiempo para respirar, les quita toda la presión de la convicción, y el pecador vuelve a respirar con holgura, se siente aliviado y se sienta a sus anchas. Así, cuando el pecador ha sido traído, por así decirlo, y está a la puerta del cielo, tal oración, en vez de empujarlo adentro, lo echa otra vez muy atrás,—«Ahí, pobrecito, siéntate ahí hasta que Dios te ayude».
11. Los cristianos oran a veces de tal manera que dejan la impresión de que CRISTO ES EL AMIGO DEL PECADOR en un sentido distinto de aquel en que lo es Dios Padre. Le oran: «Oh tú, amigo de los pecadores», como si Dios estuviera lleno de ira y de severa venganza, a punto de aplastar al pobre desdichado, hasta que llega Jesucristo, toma su parte y lo libra. Pues bien, todo esto está mal. El Padre y el Hijo están perfectamente de acuerdo; sus sentimientos son en todo los mismos, y ambos están igualmente dispuestos a que los pecadores sean salvos. Y dejar tal impresión engaña al pecador y lo lleva a tener sentimientos equivocados hacia Dios. Representar a Dios Padre como de pie sobre él, con la espada de la justicia en la mano, ansioso por descargar el golpe, hasta que Cristo se interpone, no es verdad. El Padre es tan amigo del pecador como el Hijo. Su compasión es igual. Pero si el pecador se forma esa idea desfavorable de Dios Padre, ¿cómo va a amarlo jamás con todo su corazón, de modo que diga: «Abba, Padre»?
12. A menudo, por la manera de orar, se deja la impresión de que no esperáis que los pecadores se arrepientan AHORA, o de que esperáis que Dios cumpla el deber de ELLOS, o de que deseáis animarlos a confiar en vuestras oraciones. Y así se arruinan los pecadores. Nunca oréis de modo que dejéis en los pecadores la impresión de que en secreto esperáis que ya sean cristianos, o de que tenéis una firme confianza en que lo serán más adelante, o de que medio creéis que ya están convertidos. Esto es siempre desdichado. Multitudes son engañadas de esta manera con falso consuelo, y se les impide, justo en el punto crítico, hacer la entrega final de sí mismas a Dios.
Hermanos, encuentro este campo tan vasto que no puedo de ningún modo mencionar todo lo que deseaba decir. Hay muchas otras cosas que me proponía tocar esta noche, pero el tiempo está demasiado avanzado. Debo terminar con unas breves
OBSERVACIONES.
1. Muchas personas que tratan de esta manera a los pecadores ansiosos lo hacen por falsa compasión. Sienten tanta simpatía y compasión que no soportan decirles la verdad, que es necesaria para salvarlos. Lo mismo daría que un cirujano, al ver que hay que amputarle el brazo a un hombre o morirá, se entregara a ese sentimiento de falsa compasión y se limitara a ponerle un emplasto y darle un opiáceo. En eso no hay benevolencia. La verdadera benevolencia llevaría al cirujano a ocultar sus sentimientos, y a estar sereno y tranquilo, y con un cuchillo afilado cortar el miembro y salvar la vida. Es falsa ternura hacer cualquier cosa que se quede corta de eso. Una vez vi a una mujer angustiada en su mente, a quien durante meses casi habían llevado a la desesperación. Sus amigos habían probado todos estos falsos consuelos sin resultado, y la llevaron a ver a un ministro. Estaba demacrada y consumida por la agonía. El ministro fijó en ella la mirada, derramó la verdad sobre su mente y la reprendió de la manera más directa. La mujer que la acompañaba intervino; le pareció cruel, y dijo: «¡Oh, consuélala, está tan angustiada; no la atormentes más, no lo puede soportar!». Él se volvió, la reprendió a ella y la despidió, y luego derramó la verdad sobre la pecadora ansiosa como fuego, y en cinco minutos se convirtió y se fue a casa llena de gozo. La verdad sencilla barrió todas sus ideas falsas, y en pocos momentos estaba gozosa en Dios.
2. Este trato a los pecadores ansiosos, administrándoles su falso consuelo, es, de hecho, crueldad. Es cruel como el sepulcro, tan cruel como el infierno, porque es propio para enviar al pecador a su abismo ardiente. Los cristianos sienten compasión por los ansiosos, y así debe ser. Pero lo último que deberían hacer es acobardarse precisamente en el punto en que la cosa llega a la crisis. Deberían sentir compasión, pero deberían mostrarla igual que el cirujano, cuando se pone a trabajar con deliberación, de la manera correcta y mejor, y corta el brazo del hombre, y así lo cura y le salva la vida. Exactamente así deberían los cristianos dejar que el pecador vea su compasión y ternura, pero deberían ponerse de parte de Dios, plena y decididamente. Deberían poner al descubierto ante el pecador lo peor de su caso, exponer su culpa y su peligro, y luego llevarlo derecho a la cruz e insistir en la sumisión inmediata. Han de tener firmeza suficiente para hacer esta obra a fondo, y si ven al pecador angustiado y en agonía, aun así han de apremiarlo, sin ceder lo más mínimo, por grande que sea su agonía, sino seguir apremiándolo hasta que ceda.
Hacer esto a menudo requiere temple. Muchas veces me he visto en circunstancias que me lo han hecho saber por experiencia. Me he visto rodeado de pecadores ansiosos, en tal angustia que hacía temblar cada nervio: unos vencidos por la emoción y tendidos en el suelo, otros a quienes aplicaban alcanfor para que no se desmayaran, otros gritando como si estuvieran a punto de ir al infierno. Pues bien, suponed que alguien diera falso consuelo en un caso así. Suponed que no tuviera temple suficiente para llevarlos derecho al punto de la sumisión inmediata y absoluta. ¡Qué poco apto es un hombre así para que se le confíe un caso como este!
3. A veces los pecadores se trastornan por la desesperación y la angustia de mente. Cuando sucede esto, casi siempre es porque quienes tratan con ellos intentan animarlos con falso consuelo, y así los llevan a tal conflicto con el Espíritu Santo. Tratan de sostenerlos mientras Dios trata de quebrantarlos. Y al cabo de un tiempo la mente del pecador se confunde con esta contrariedad de influencias, y o se trastorna, o es arrastrado a la desesperación.
4. Si vais a tratar con pecadores, recordad que pronto os encontraréis con ellos en el juicio, y aseguraos de tratarlos de tal manera que, si se pierden, sea por su propia culpa. No intentéis consolarlos ahora con ideas falsas, para que entonces os lo echen en cara. Más vale reprimir vuestra falsa simpatía y dejar que la verdad desnuda los parta, coyunturas y tuétanos, que calmarlos con falso consuelo y seducirlos para apartarlos de Dios.
4. ¡Pecador! Si conversas con algunos cristianos y te dicen que hagas algo, pregunta primero: «Si hago eso, ¿seré salvo?». Puedes estar ansioso y no ser salvo. Puedes orar y no ser salvo. Puedes leer tu Biblia y no ser salvo. Puedes usar medios, a tu manera, y no ser salvo. Sea lo que sea que te digan que hagas, si puedes hacerlo y no ser salvo, no hagas caso de tales instrucciones. Son propias para darte falso consuelo, y desviar tu atención de lo principal que hay que hacer, y llevarte engañado al infierno. No sigas tales indicaciones, no sea que mueras mientras lo haces, y entonces ya no hay remedio.
Finalmente, nunca le digáis a un pecador nada, ni le deis ninguna indicación, que lo lleve a detenerse a medio camino, o que no incluya la sumisión absoluta a Dios. Dejar que se detenga en cualquier punto anterior a esto es infinitamente peligroso. Suponed que estáis en una reunión de inquiridores, o en una reunión de oración, y le decís a un pecador que ore, o que lea un libro, o cualquier cosa que se quede corta del arrepentimiento salvador, y que esa noche cayera y se rompiera el cuello: ¿a quién se le demandaría su sangre? Una vez, en Nueva Inglaterra, un joven se encontró con un ministro en la calle y le preguntó qué debía hacer para ser salvo. El ministro le dijo que se fuera a casa, entrara en su cuarto, se arrodillara y diera su corazón a Dios. «Oh, señor», dijo el muchacho, «me siento tan mal que temo no vivir para llegar a casa». El ministro vio su error y sintió la reprensión que así, sin saberlo, le daba un niño, y le dijo: «Bien, entonces da tu corazón a Dios aquí, y vete a casa, a tu cuarto, y díselo».
Oh, es para que a uno le sangre el corazón ver tantos consoladores molestos de pecadores ansiosos, en cuyas respuestas no queda sino falacia. Qué enorme cantidad de curanderismo espiritual hay en el mundo, y cuántos «fraguadores de mentira» hay, «médicos nulos», que no saben hacer otra cosa que consolar a los pecadores con falsas esperanzas y engañarlos con sus «fábulas de viejas» y sus necedades, o que ceden a una falsa ternura y simpatía hasta no tener firmeza suficiente para ver aplicada la espada del Espíritu, para herir a los hombres en el alma y poner al descubierto el corazón desnudo del pecador. ¡Ay, que se ponga en el ministerio a tantos que no tienen destreza suficiente para estar a un lado y ver al Espíritu de Dios hacer su obra, deshaciendo los viejos cimientos, aplastando todas las esperanzas podridas del pecador y quebrantándolo por completo a los pies de Jesús!
Capítulo 19 completado
Discurso XVII. Falsos consuelos para los pecadores