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Discurso XVI. La necesidad y el efecto de la unión
DISCURSO XVI.
LA NECESIDAD Y EL EFECTO DE LA UNIÓN.
Texto.—Otra vez os digo, que si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos.—Mateo 18:19.
HACE algunas semanas usé este texto al predicar sobre las reuniones de oración. Ahora me propongo entrar más en el espíritu y el significado del texto. El propósito evidente de nuestro Señor en este texto era enseñar la importancia y la influencia de la unión en la oración y en el esfuerzo por promover la religión. Plantea el caso más fuerte posible al tomar el número dos, el menor número entre quienes puede haber un acuerdo, y dice que «si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos». Es sobre el hecho de su acuerdo donde pone el énfasis, y la mención del número dos parece haber tenido por objeto simplemente dar ánimo al número más pequeño entre quienes puede haber un acuerdo. Pero ¿qué hemos de entender por «estar de acuerdo acerca de» las cosas que pidamos? Responderé a esta pregunta bajo los dos encabezados siguientes:
I. Mostrando que hemos de estar «de acuerdo» en la oración.
II. Hemos de estar de acuerdo en todo lo que es esencial para obtener la bendición que buscamos.
I. Para quedar comprendidos en esta promesa, hemos de estar de acuerdo en la oración. Esto se enseña particularmente en el texto. Es decir,
1. Debemos estar de acuerdo en nuestros deseos del objeto. Es necesario tener deseos del objeto, y estar de acuerdo en esos deseos. Muy a menudo hay personas que oran de palabra por la misma cosa, cuando de ningún modo están de acuerdo en desearla. Es más, quizá algunas de ellas, en su corazón, desean exactamente lo contrario. Se llama a la gente a orar por un objeto, y todos oran por él de palabra, pero Dios sabe que a menudo no lo desean, y quizá ve que el corazón de algunos está, todo el tiempo, resistiendo la oración.
2. Tenemos que estar de acuerdo en el motivo por el cual deseamos el objeto. No basta con que nuestros deseos de un objeto sean los mismos, sino que la razón tiene que ser la misma. Una persona puede desear un avivamiento para la gloria de Dios y la salvación de los pecadores. Otro miembro de la iglesia puede desear también un avivamiento, pero por motivos muy diferentes. Algunos, quizá, desean un avivamiento para que la congregación se edifique y se fortalezca, de modo que les resulte más fácil pagar sus gastos en el sostenimiento del evangelio. Otro desea un avivamiento para que la iglesia crezca y sea más numerosa y más respetable. Otros desean un avivamiento porque se les ha hecho oposición o se ha hablado mal de ellos, y quieren que sus enemigos sepan que, piensen o digan ellos lo que quieran, Dios los bendice. A veces la gente desea un avivamiento por mero afecto natural, para que sus amigos se conviertan y se salven. Si quieren estar tan unidos en la oración que obtengan una bendición, no solo tienen que desear la bendición y estar de acuerdo en desearla, sino que también tienen que estar de acuerdo en desearla por las mismas razones.
3. Tenemos que estar de acuerdo en desearlo por buenas razones. Estos deseos no solo deben estar unidos y proceder de los mismos motivos, sino que deben proceder de motivos buenos. El motivo supremo tiene que ser honrar y glorificar a Dios. La gente puede incluso desear un avivamiento, y estar de acuerdo en desearlo, y estar de acuerdo en los motivos, y sin embargo, si esos motivos no son buenos, Dios no les concederá sus deseos. Así, unos padres pueden estar de acuerdo en orar por la conversión de sus hijos, y tener los mismos sentimientos y los mismos motivos, y sin embargo, si no tienen un motivo más alto que el de que son sus hijos, sus oraciones no serán concedidas. Están de acuerdo en la razón, pero no es la razón correcta.
De igual manera, cualquier número de personas podría estar de acuerdo en sus deseos y motivos, pero si sus motivos son egoístas, el estar de acuerdo en ellos solo los hará más ofensivos para Dios. «¿Por qué os concertasteis para tentar al Espíritu del Señor?» He visto mucho de esto, cuando las iglesias se han dedicado a orar por un objeto y sus motivos eran evidentemente egoístas. A veces se dedican a orar por un avivamiento, y por su fervor y su unión pensaríais que ciertamente moverían a Dios a conceder la bendición, hasta que descubrís la razón. ¿Y cuál es? Pues que ven que su congregación está a punto de deshacerse, a menos que se pueda hacer algo. O ven que alguna otra denominación gana terreno, y no hay manera de contrarrestarla sino teniendo un avivamiento en su iglesia. Y toda su oración no es más que un intento de hacer entrar al Todopoderoso para que los saque de su dificultad, y es puramente egoísta y ofensiva para Dios. A una mujer de Filadelfia la invitaron a asistir a una reunión de oración de mujeres en cierto lugar. Preguntó para qué se reunían allí, y por qué iban a orar. Le respondieron que iban a orar por el derramamiento del Espíritu sobre la ciudad. «Pues bien —dijo ella—, no iré; si fueran a orar por nuestra congregación, iría, ¡pero no voy allí a orar por otras iglesias!» ¡Oh, qué espíritu!
He recibido multitud de cartas y peticiones para que visitara tales y tales lugares y procurara promover un avivamiento, y se me han presentado muchas razones por las que debía ir; pero cuando he llegado a sopesar sus razones, a veces he encontrado que todas eran egoístas. Y Dios miraría cada una de ellas con aborrecimiento.
En las reuniones de oración, ¡cuán a menudo oímos a la gente presentar, como razones por las que desea tales y tales bendiciones, razones que no son rectas a los ojos de Dios! Razones tales que, si son las verdaderas, y si los cristianos realmente se mueven por ellas, harían que sus oraciones no fueran aceptables a Dios, porque su motivo no era recto.
Hay muchísimas cosas que a menudo se dicen a favor de la causa de las misiones que son de este carácter, porque apelan a motivos equivocados. ¡Cuán a menudo se nos habla de seiscientos millones de paganos que están en peligro de ir al infierno, y qué poco se dice de la culpa de seiscientos millones comprometidos y confabulados como rebeldes contra Dios, o del deshonor y el desprecio que semejante mundo de proscritos vierte sobre Dios nuestro Hacedor! Ahora bien, sé que Dios se refiere a los motivos que apelan a nuestras meras simpatías naturales y a nuestra compasión, y los usa, pero siempre subordinados a su gloria. Si estos motivos inferiores se ponen en primer lugar, siempre producirán una piedad y un celo defectuosos, y mucho de falso. Mientras la iglesia no mire el deshonor que se hace a Dios, poco se hará. Es esto lo que tiene que destacarse ante el mundo, es esto lo que la iglesia tiene que sentir profundamente, es esto lo que tiene que exponerse plenamente a los pecadores, antes de que el mundo pueda ser jamás convertido.
Los padres nunca se ponen de acuerdo en orar por la conversión de sus hijos de tal manera que sus oraciones sean contestadas, hasta que sienten que sus hijos son rebeldes. Los padres a menudo oran con mucho fervor por sus hijos porque desean que Dios los salve, y casi piensan mal de Dios si no salva a sus hijos. Pero si quieren que sus oraciones prevalezcan, tienen que llegar a tomar el partido de Dios contra sus hijos, aunque, por su perversidad y su maldad incorregible, él se viera obligado a enviarlos al infierno. Conocí a una mujer que estaba muy ansiosa por la salvación de su hijo, y solía orar por él con agonía, pero él seguía impenitente, hasta que al fin ella se convenció de que sus oraciones y agonías no habían sido más que los tiernos anhelos del sentimiento materno, y no estaban dictadas en absoluto por una visión justa del carácter de su hijo como un rebelde obstinado y malvado contra Dios. Y nunca se produjo impresión alguna en la mente de él hasta que ella fue llevada a tomar una posición firme contra él como rebelde, y a considerarlo merecedor de ser enviado al infierno. Y entonces él se convirtió. La razón era que ella nunca antes se había movido por el motivo correcto en la oración, deseando su salvación con una consideración suprema por la gloria de Dios.
4. Si queremos estar tan unidos que prevalezcamos en la oración, tenemos que estar de acuerdo en la fe. Es decir, tenemos que coincidir en esperar la bendición por la que se ora. Tenemos que entender la razón por la que ha de esperarse, tenemos que ver la evidencia sobre la que debe descansar la fe, y tenemos que creer absolutamente que la bendición vendrá, o no nos ponemos dentro de la promesa. La fe se entiende siempre como condición indispensable de la oración que prevalece. Si no se expresa en algún caso particular, siempre está implícita, porque ninguna oración puede ser eficaz sino la que se ofrece con fe. Y para que la oración unida prevalezca, tiene que haber una fe unida.
5. Asimismo, tenemos que estar de acuerdo en cuanto al tiempo en que deseamos que venga la bendición. Si dos o más están de acuerdo en desear una bendición particular, y uno de ellos desea que venga ahora, mientras que los otros todavía no están del todo listos para recibirla, es evidente que no están de acuerdo. No están unidos en un punto esencial. Si la bendición ha de venir en respuesta a su oración unida, tiene que venir tal como ellos oraron por ella. Y si viene, tiene que ser en algún momento. Pero si no están de acuerdo en cuanto al momento en que la tendrán, es evidente que nunca puede venir en respuesta a su oración.
Supongamos que una iglesia emprendiera la tarea de orar por un avivamiento, y todos estuvieran de acuerdo en desear un avivamiento, pero no en cuanto al momento en que ha de venir. Supongamos que algunos desean que el avivamiento venga ahora, y están del todo preparados, con el corazón esperando que el Espíritu de Dios descienda, y dispuestos a darle tiempo, atención y trabajo AHORA; pero otros no están del todo listos: tienen otra cosa que atender por el momento, algún objeto mundano que quieren lograr, algún negocio entre manos que solo quieren terminar, y entonces—pero ahora de ningún modo pueden encontrar tiempo para atenderlo; no están preparados para humillarse, para escudriñar su corazón y arar su barbecho, y ponerse en disposición de recibir la bendición. ¿No es evidente que aquí no hay verdadera unión, puesto que no están de acuerdo en lo que es esencial? Mientras una parte ora para que el avivamiento venga ahora, los otros oran con igual fervor para que no venga ahora.
Supongamos que se planteara ahora a esta iglesia la pregunta de si estáis de acuerdo en orar por un avivamiento de la religión aquí. ¿Deseáis todos un avivamiento, y os gustaría a todos que viniera ahora? ¿Estaríais ahora de todo corazón de acuerdo en quebrantaros en el polvo y abrir vuestro corazón al Espíritu Santo si viniera esta noche? No pregunto qué diríais si os planteara la pregunta. Quizá, si os la planteara ahora, os levantaríais todos y votaríais que estáis de acuerdo en desear un avivamiento, y de acuerdo en tenerlo ahora. Sabéis cómo debéis sentiros y qué debéis decir, y sabéis que debéis estar listos para un avivamiento ahora. Pero pregunto: ¿vería DIOS que es así en vuestro corazón, que estáis de acuerdo en este punto? ¿Ha habido algún momento, desde que volví del campo, en que esta iglesia estuviera toda de acuerdo en desear un avivamiento y orar por él, y en querer que viniera ahora? ¿Se han puesto de acuerdo en este punto siquiera dos de vosotros, y han orado en consecuencia? Si no, ¿cuándo os pondréis de acuerdo para orar por un avivamiento? Y si esta iglesia no puede ponerse de acuerdo entre vosotros mismos, ¿cómo podéis esperar un avivamiento? De nada sirve que adoptéis la actitud exterior, y os pongáis de pie aquí y digáis que estáis de acuerdo, cuando Dios lee el corazón y ve que no lo estáis. He aquí la promesa: «Otra vez os digo, que si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos». Ahora bien, esto o es verdad o es falso. ¿Qué posición tomaréis? Si es verdad, entonces es verdad que no estáis de acuerdo, y nunca lo habéis estado, salvo en aquellos casos en que habéis tenido un avivamiento.
Pero tenemos que estar de acuerdo no solo en un tiempo, sino que tiene que ser el tiempo presente, o no estamos de acuerdo en todo lo esencial para la obra. A menos que estemos de acuerdo en tener el avivamiento ahora, no usaremos ahora los medios. Pero mientras no se usen los medios, no puede venir. Es evidente, pues, que tenemos que estar de acuerdo en el tiempo presente; es decir, no estamos de acuerdo en el sentido del texto hasta que convenimos en que ahora tendremos la bendición, y obramos en consecuencia. Ponerse de acuerdo en un tiempo futuro no sirve de nada, porque cuando llegue ese tiempo futuro tendremos que estar entonces de acuerdo en ese tiempo presente, y usar los medios en consecuencia; de modo que veis que nunca estáis debidamente de acuerdo hasta que convenís en que ahora es el tiempo.
II. Hemos de estar de acuerdo en todo lo que es esencial para obtener la bendición que buscamos.
Veis el lenguaje del texto: «Si dos de vosotros se pusieren de acuerdo acerca de cualquiera cosa que pidieren». Mucha gente parece leerlo como si se refiriera meramente a un acuerdo en pedir, y entienden que promete que siempre que dos estén de acuerdo en pedir cualquier bendición, les será dada. Pero Cristo dice que tiene que haber un acuerdo «acerca de» la cosa por la que se ora. Es decir, el acuerdo o la unión tiene que abarcar todo lo que es esencial para la concesión y la recepción de la bendición.
1. Si los cristianos quieren disfrutar de los beneficios de esta promesa al orar por un avivamiento, tienen que estar de acuerdo en creer que los avivamientos de la religión son una realidad. Hay muchas personas, aun en la iglesia, que en su corazón no creen que los avivamientos que ocurren sean obra de Dios. Algunas de ellas pueden orar de palabra por un derramamiento del Espíritu y un avivamiento de la religión, mientras en su corazón dudan de que se conozca tal cosa en los tiempos modernos. En la oración unida no debe haber hipocresía.
2. Tienen que estar de acuerdo en sentir la necesidad de los avivamientos. Hay algunos que creen en la realidad de los avivamientos como obra de Dios, mientras que al mismo tiempo no tienen claro que sea necesario tenerlos para el éxito del evangelio. Piensan que hay una verdadera obra de Dios en los avivamientos, pero que, después de todo, quizá es igual de bueno que los pecadores se conviertan y entren en la iglesia de un modo más tranquilo y gradual, y sin tanta agitación. Siempre que los avivamientos se extienden por el país, y prevalecen, y son populares, pueden mostrarse a favor de ellos, y pueden elevar sus frías oraciones por un avivamiento, mientras que al mismo tiempo, en conjunto, lamentarían que viniera un avivamiento entre ellos. Les parece mucho más seguro y mejor adoctrinar al pueblo, y exponerle el asunto de manera tranquila, e incorporarlo gradualmente, y no correr el riesgo de que haya sentimiento meramente animal o fuego descontrolado en sus congregaciones.
3. Tienen que estar de acuerdo en cuanto a la importancia de los avivamientos. Los hombres no son bendecidos con avivamientos en respuesta a oraciones que no van ni medio en serio. Tienen que sentir la importancia infinita de un avivamiento antes de orar de modo que prevalezcan. Las bendiciones de esta clase no se conceden sino en respuesta a oraciones que surgen de un sentido de su importancia. Como he mostrado antes, al predicar sobre la oración que prevalece, es cuando los hombres desean la bendición con una AGONÍA INDECIBLE cuando ofrecen la clase de oración que infaliblemente prevalecerá ante Dios. Los que sienten menos la importancia de un avivamiento pueden orar por él de palabra, pero nunca tendrán la bendición. Pero cuando una iglesia ha estado unida en la oración, y ha sentido realmente la importancia de un avivamiento, nunca ha dejado de tenerlo. No creo que pueda encontrarse un solo caso de una iglesia así despedida con las manos vacías. Un acuerdo semejante, cuando es sincero, asegurará también el acuerdo en todos los demás asuntos indispensables.
4. Tienen que estar de acuerdo también en tener nociones correctas y bíblicas acerca de varias cosas relacionadas con los avivamientos.
(1.) La necesidad de la intervención divina para producir un avivamiento. No basta con que todos sostengan esto en teoría y oren por ello de palabra. Tienen que entender plenamente y sentir profundamente esta necesidad, tienen que comprender su entera dependencia del Espíritu de Dios, o todo fracasará.
(2.) Por qué es necesaria la intervención divina. Tiene que haber acuerdo sobre principios correctos en cuanto a la razón por la que la intervención divina es tan indispensable. Si adquieren ideas equivocadas en este punto, se verán estorbados. Si los cristianos se forman la idea de que esta necesidad de la influencia divina reside en la incapacidad de los pecadores, o si sienten como si Dios estuviera obligado a dar el Espíritu Santo para hacer a los pecadores capaces de obedecer el evangelio, insultan a Dios, y sus oraciones no servirán de nada. Porque en ese caso tienen que sentir que es una mera cuestión de justicia común que Dios derrame su Espíritu antes de poder exigir con justicia que los cristianos trabajen o que los pecadores se arrepientan.
Supongamos que una iglesia se forma la idea de que los pecadores son pobres criaturas desafortunadas, que vienen al mundo con una naturaleza tal que no pueden evitar pecar, y que los pecadores son tan incapaces de arrepentirse y creer el evangelio como de volar a la luna: ¿cómo pueden sentir que el pecador es un rebelde contra Dios, y que merece ser enviado al infierno? ¿Cómo pueden sentir que el pecador tiene la culpa? ¿Y cómo pueden tomar el partido de Dios cuando oran? Si no toman el partido de Dios contra el pecador, no pueden esperar que Dios atienda sus oraciones, porque no oran con motivos rectos. Sin duda, una gran razón por la que tantas oraciones no son contestadas es que los que oran toman de hecho el partido del pecador contra Dios. Oran como si el pecador fuera un pobre ser desafortunado, digno de compasión, más que un miserable culpable, digno de reproche. Y la razón es que no creen que los pecadores sean capaces de obedecer a Dios. Si una persona no cree que los pecadores son capaces de obedecer a su Hacedor, y realmente cree que las influencias del Espíritu son necesarias para hacerlo capaz, es imposible, con estas ideas, ofrecer por el pecador una oración aceptable y que prevalezca; y no es de extrañar que las personas con estas ideas no prevalezcan ante Dios, y duden de la eficacia de la oración de fe.
¡Cuántas veces oís a la gente orar por los pecadores de este modo: «Oh Señor, ayuda a esta pobre alma a hacer lo que se le exige; oh Señor, capacítalo para hacer esto o aquello»! Ahora bien, este lenguaje da a entender que se ponen de parte del pecador, y no de parte de Dios. Si quienes lo usan lo entendieran tal como a veces se explica, y si la gente quisiera decir con él lo que debería querer decir cuando intercede por los pecadores, no le pondría yo tantos reparos. Pero la verdad es que, cuando la gente usa este lenguaje, muchas veces quiere decir exactamente lo que el lenguaje mismo, a primera vista, daría a entender con naturalidad; lo cual es como si orasen así: «Señor, tú mandas a estos pobres pecadores que se arrepientan, cuando tú sabes, oh Señor, que no pueden arrepentirse a menos que les des tu Espíritu para capacitarlos a hacerlo; y, sin embargo, has declarado que los enviarás al infierno si no lo hacen, reciban o no reciban jamás el Espíritu; y ahora, Señor, esto parece muy duro, y te rogamos que tengas compasión de estas pobres criaturas y no las trates con tanta dureza, por amor de Cristo». ¿Quién no ve que semejante oración, o una oración que signifique esto, cualquiera que sea el lenguaje en que se exprese, es un insulto a Dios, pues lo acusa de una injusticia infinita si sigue exigiendo a los pecadores un deber que no pueden cumplir sin aquella ayuda que él no quiere concederles? La gente puede orar de este modo hasta el día del juicio y no obtener jamás una bendición, porque se pone de parte del pecador contra Dios. No pueden orar con éxito hasta que entiendan que el pecador es un rebelde, y obstinado en su rebelión; tan obstinado que nunca, sin el Espíritu Santo, hará lo que podría hacer tan fácilmente como dejar de hacerlo, y al instante; y que esta obstinación es la razón, y la única razón, por la que necesita la influencia del Espíritu Santo para su conversión. El único motivo por el que el pecador necesita la acción divina es vencer su obstinación y hacer que esté dispuesto a hacer lo que puede hacer y lo que Dios justamente le exige. Y una iglesia nunca está en una actitud en que Dios oiga sus oraciones unidas, a menos que sus miembros estén de acuerdo en entender su dependencia de Dios de tal manera que la sientan en perfecta armonía con la culpa del pecador. Si es al revés, están de acuerdo en entenderla mal, y sus oraciones pidiendo ayuda divina para el desdichado, en lugar de favor divino para que un rebelde se someta, yerran el blanco, son un insulto a Dios y jamás alcanzarán favor en el cielo.
(3.) Deben estar de acuerdo en entender que los avivamientos no son milagros, sino que se producen por el uso de medios, como otros acontecimientos. No es de extrañar que antiguamente los avivamientos llegaran tan rara vez y duraran tan poco, cuando la gente en general los consideraba milagros, o algo así como un simple aguacero que cae sobre un lugar, dura un ratito y luego pasa; es decir, como algo sobre lo cual no tenemos ningún control. Porque ¿qué puede hacer la gente para conseguir un aguacero? ¿O cómo puede hacer que llueva más tiempo del que llueve? Es necesario que quienes oran estén de acuerdo en entender el avivamiento como algo que se ha de producir por medios, o nunca estarán de acuerdo en usarlos.
(4.) Deben estar de acuerdo en entender que la acción humana es tan indispensable para un avivamiento como la acción divina. Me atrevo a decir que jamás ha habido un avivamiento de la religión sin la acción divina, y jamás lo ha habido sin la acción humana. ¡Cuántas veces dice la gente: «Dios puede, si le place, llevar adelante la obra sin medios»! Pero yo no tengo fe en eso, porque no hay prueba alguna de ello. ¿Qué es la religión? La obediencia a la ley de Dios. Pero la ley no puede obedecerse si no se conoce. ¿Y cómo puede Dios hacer que los pecadores obedezcan sino dando a conocer sus mandamientos? ¿Y cómo puede darlos a conocer sino revelándolos él mismo o enviándolos por medio de otros; es decir, haciendo que LA VERDAD obre sobre la mente de la persona hasta que la obedezca? Dios nunca ha convertido ni puede convertir a un pecador si no es por medio de la verdad. ¿Qué es la conversión? Obedecer la verdad. Él puede comunicarla por sí mismo, directamente al pecador. Pero aun entonces la acción del propio pecador es indispensable, pues la conversión consiste en el recto empleo de las propias facultades del pecador. Y, por lo general, Dios emplea también la acción de otros: en la imprenta, en lo escrito, en la conversación y en la predicación. Dios ha puesto el tesoro del evangelio en vasos de barro. Ha tenido a bien emplear a hombres en la predicación de la palabra. Es decir, ha visto que la acción humana es la que mejor puede emplear para salvar a los pecadores. Y aun si alguna vez ha habido un caso así, del cual no tenemos prueba, no hay uno entre mil, si acaso uno entre un millón, que se haya convertido de otra manera que por medio de la verdad, dada a conocer e instada por instrumentos humanos. Y como la iglesia debe estar unida en el uso de esos medios, es evidentemente necesario que esté unida en entender la verdadera razón por la que se han de usar los medios, y los verdaderos principios por los que han de regirse y aplicarse.
5. Es importante que haya unión respecto a las medidas esenciales para promover un avivamiento. Que unas personas se pongan de acuerdo para hacer cualquier cosa: si no están de acuerdo en sus medidas, caerán en la confusión y se estorbarán unas a otras. Ponedlas a gobernar un barco, y nunca podrán avanzar sin acuerdo. Si intentan hacer negocios como comerciantes sin estar de acuerdo en sus medidas, ¿qué harán? Pues no harán más que deshacer el trabajo unos de otros y frustrar todo el negocio de la empresa. Todo esto es cierto en grado eminente respecto a la obra de promover un avivamiento. De lo contrario, los miembros de la iglesia contrarrestarán unos la influencia de otros, y no tienen por qué esperar un avivamiento.
(1.) La iglesia debe estar de acuerdo respecto a las reuniones que se celebran: qué reuniones se han de tener, cuántas, dónde y cuándo se han de celebrar. Algunos siempre quieren multiplicar las reuniones en un avivamiento, como si cuantas más reuniones hubiera, más religión hubiera. Otros siempre se oponen a cualquier reunión nueva en un avivamiento. Unos siempre están a favor de tener una reunión prolongada, y otros nunca están dispuestos a celebrar una reunión prolongada. Sea cual sea la diferencia, es esencial que la iglesia llegue a un buen entendimiento sobre el asunto, para que puedan avanzar juntos en armonía y trabajar con celo y con fruto.
(2.) Deben estar de acuerdo en la manera de dirigir las reuniones. Es necesario que la iglesia esté unida y en cordial acuerdo en este asunto, si espera ofrecer una oración unida que sea eficaz. A veces hay personas que quieren adoptar cualquier novedad de la que oigan hablar o que se les ocurra, mientras que otras no están en absoluto dispuestas a que se cambie nada en la dirección de la reunión, sino que querrían que todo se hiciera exactamente como están acostumbradas. Deben estar de acuerdo de alguna manera, ya sea para modificar las reuniones o para seguir con ellas a la antigua. La mejor manera posible es que la iglesia se ponga de acuerdo en esto: que dejarán que las reuniones sigan adelante y tomen su curso, tal como el Espíritu de Dios las moldee, y que ni siquiera intentarán que dos reuniones sean exactamente iguales. La iglesia nunca dará a la verdad su pleno efecto hasta que esté de acuerdo en este principio: que al promover un avivamiento acomodarán sus medidas a las circunstancias, y no intentarán interrumpir el curso natural que indican el sentimiento piadoso y el buen juicio, sino que se entregarán por completo a la guía y dirección del Espíritu Santo, introduciendo cualquier medida, en cualquier momento, que parezca requerida por la providencia de Dios, sin dar importancia alguna a que sea nueva o antigua.
6. Deben estar de acuerdo en la manera de tratar a los pecadores impenitentes. Es un punto de inmensa importancia que la iglesia esté de acuerdo en su trato con los pecadores. Supongamos que no lo están, y que uno le dice a un pecador una cosa y otro otra. ¡Qué confusión! ¿Cómo pueden estar de acuerdo en la oración, cuando es evidente que no están de acuerdo respecto a las cosas por las que han de orar? Id a una iglesia así y oídlos orar por los pecadores. Asistid a una reunión de oración y escuchad. Aquí hay uno que ora para que los pecadores presentes se arrepientan. Otro ora para que sean convencidos de pecado y, quizá, si está muy comprometido, llegará a orar para que sean profundamente convencidos. Otro ora para que los pecadores se vayan a casa graves, pensativos y callados, meditando en las verdades que han oído. Otro ora de tal manera que se ve que tiene miedo de que se conviertan ahora. Otro ora muy solemnemente para que no intenten hacer nada en sus propias fuerzas. Y así sucesivamente. ¡Qué fácil es ver que la iglesia no está de acuerdo en cuanto a las cosas que pide, y que, por supuesto, no tiene parte en la promesa!
Si los ponéis a hablar con los pecadores, sus caminos serían igual de discordantes, porque es evidente que no están de acuerdo ni tienen ideas claras respecto a lo que un pecador debe hacer para ser salvo, ni de lo que se debe decir a los pecadores para llevarlos al arrepentimiento. Y la consecuencia es que los pecadores despertados y ansiosos pronto se confunden y no saben qué hacer, y quizá lo abandonan todo en la desesperación, o concluyen que en realidad no hay nada racional ni coherente en la religión. Uno le dirá al pecador que debe arrepentirse, inmediatamente. Otro le dará un libro, quizá el Nacimiento y progreso de la religión en el alma, de Doddridge, y le dirá que lo lea. Otro le dirá que debe orar y perseverar, y que en el tiempo de Dios obtendrá la bendición. Un avivamiento nunca puede seguir adelante por mucho tiempo en medio de tales dificultades. Si comienza, pronto se agotará; a menos, quizá, que el grueso de la iglesia se quede quieto, no diga nada en absoluto y deje que otros lleven adelante la obra. Y aun así la obra sufrirá notablemente por falta de su cooperación y apoyo. Una iglesia debe estar de acuerdo. Todo cristiano debe tener una comprensión clara de este asunto, y todos deben hablar una misma cosa y dar las mismas indicaciones. Entonces el pecador no encontrará a nadie que se ponga de su parte, y no podrá hallar alivio ni consuelo hasta que se arrepienta.
7. Deben estar de acuerdo en quitar los obstáculos para un avivamiento. Si una iglesia espera un avivamiento, debe quitar los tropiezos del camino.
(1.) En el ejercicio de la disciplina. Si hay miembros podridos en la iglesia, deben ser quitados, y toda la iglesia debe estar de acuerdo en cortarlos. Si permanecen en la iglesia, son tal oprobio para la religión que estorban un avivamiento. A veces, cuando se intenta expulsarlos, esto crea división, y así se detiene la obra. A veces los ofensores son personas de influencia, o tienen familiares y amigos que se pondrán de su parte y formarán un bando, y así crearán un mal espíritu e impedirán un avivamiento.
(2.) En las confesiones mutuas. Siempre que se haya hecho mal a alguien, debe haber una confesión plena. No me refiero a un reconocimiento frío y forzado, como decir: «Si he hecho mal, lo siento». Sino a una confesión de corazón, que abarque todo el alcance del mal y muestre que brota de un corazón quebrantado.
(3.) El perdón de los enemigos. A menudo se halla un gran obstáculo para los avivamientos en el hecho de que personas activas y dirigentes abrigan un espíritu vengativo y rencoroso hacia quienes los han agraviado, lo cual destruye su espiritualidad, los vuelve ásperos y desagradables en su trato, y les impide gozar tanto de la comunión con Dios en la oración como de la bendición de Dios que les dé éxito en su trabajo. Pero que los miembros de una iglesia estén verdaderamente de acuerdo en quebrantarse y confesar sus propias faltas, y en abrigar un espíritu tierno, misericordioso, perdonador y semejante al de Cristo hacia aquellos que creen que les han hecho mal, y entonces el Espíritu descenderá sobre ellos no por medida.
8. Deben estar de acuerdo en hacer todos los preparativos necesarios para un avivamiento. Deben estar de acuerdo en que se hagan todos los preparativos necesarios, y de acuerdo en llevar su parte del trabajo o del gasto que suponga. Debe haber igualdad, y no dejar que unos pocos lleven la carga mientras los demás hacen poco o nada, sino que cada uno aporte su parte, conforme a su facultad. Entonces no habrá envidias ni celos, ni ninguna de esas recriminaciones y altercados mutuos y comentarios irrespetuosos de unos sobre otros, que tanto contradicen el amor fraternal y son tal piedra de tropiezo en el camino de los pecadores.
9. Deben estar de acuerdo en hacer de corazón todo lo que sea necesario para promover el avivamiento. A veces se permite que un ligero desacuerdo sobre una cosa muy pequeña irrumpa y destruya un avivamiento. Un ministro me contó que una vez fue a trabajar como evangelista en cierto lugar, y el Espíritu de Dios estaba evidentemente presente, y los pecadores comenzaban a inquirir, y las cosas se veían muy favorables, hasta que algunos de los miembros de la iglesia empezaron a agitar la cuestión de cómo le pagarían por sus servicios. Decían: «Si se queda más tiempo entre nosotros, esperará que le demos algo», y no veían cómo podrían costearlo. Y hablaron de ello hasta que los ánimos de los hermanos se distrajeron y se dividieron, y el ministro se marchó. ¡Fijaos en esto! Allí estaba Dios a la puerta de aquella iglesia, con las manos llenas de misericordias; pero esos mezquinos y malvados que profesaban la religión pensaron que costaría algo tener un avivamiento, y sus gastos eran ya más o menos todo lo que se sentían dispuestos o capaces de soportar. Y así lo dejaron partir, y la obra cesó. El ministro no se habría ido en aquel momento, le dieran algo o no, pues lo que hubiera de recibir, o si había de recibir algo de ellos, era una cuestión que no le preocupaba en absoluto. Pero la iglesia, por su espíritu mezquino, llegó a tal estado que contristó al Espíritu, y él vio que quedarse más tiempo con ellos no serviría de nada. ¡Oh, cómo se sentirán esos que profesan la religión cuando se encuentren en el juicio con pecadores de aquel pueblo, cuando todo salga a la luz: que Dios estaba listo y esperando para concederles una bendición, pero ellos se dejaron agitar y dividir por la cuestión de cuánto tendrían que pagar!
10. Deben estar de acuerdo en trabajar para llevar adelante la obra. No basta con que se pongan de acuerdo para orar por un avivamiento, sino que deben ponerse de acuerdo también en trabajar para promoverlo. Deben dedicarse a ello sistemáticamente, como quien atiende un negocio: visitar a sus vecinos, conversar y orar con ellos, buscar oportunidades de hacer el bien, observar el efecto de la palabra y observar las señales de los tiempos, para saber cuándo hay que hacer algo, y hacerlo.
(1.) Deben estar de acuerdo en trabajar.
(2.) Deben estar de acuerdo en cómo trabajar.
(3.) Deben estar de acuerdo en vivir en consecuencia.
11. Deben estar de acuerdo en una determinación de perseverar. No sirve que algunos miembros de la iglesia comiencen hoy a moverse y a alborotar, y luego, en cuanto surge la menor cosa desfavorable, se desanimen y desfallezcan, y la mitad de ellos abandone. Deben estar todos unidos y de acuerdo en perseverar, trabajar, orar y mantenerse firmes hasta que llegue la bendición.
En una palabra, si los cristianos esperan unirse en oración y esfuerzo de modo que prevalezcan ante Dios, deben estar de acuerdo en decir y hacer las mismas cosas, en andar por la misma regla, en mantener los mismos principios y en perseverar hasta obtener la bendición, de modo que no se estorben ni se frustren los esfuerzos unos a otros. Todo esto está evidentemente implícito en estar de acuerdo en cuanto a las cosas por las que oran.
OBSERVACIONES.
1. Vemos por qué tantos hijos de padres que profesan la religión no se convierten.
Es porque los padres no han estado de acuerdo en cuanto a las cosas que debían pedir en favor de sus hijos. Quizá nunca tuvieron ningún tipo de acuerdo respecto a ellos. Quizá nunca estuvieron de acuerdo ni siquiera en cuál era la mejor cosa que podían pedir para ellos. A veces los padres no están de acuerdo en nada, sino que sus opiniones chocan y viven en perpetuo desacuerdo, y sus hijos lo ven; y entonces no es de extrañar que no se conviertan.
O quizá no estén de acuerdo en cuanto a la salvación de sus hijos. ¿Son sinceros al desearla? ¿Están de acuerdo en desearla, y de acuerdo por motivos rectos? ¿Están de acuerdo respecto a su importancia? ¿Están de acuerdo en cómo se debe tratar a sus hijos para lograr su conversión: qué se les dirá, cómo se dirá, cuándo, por quién? ¡Ay, en cuántos casos es evidente que no están de acuerdo! Probablemente se hallarán pocos casos en que los hijos permanezcan sin convertirse sin que resulte que los padres nunca estuvieron verdaderamente de acuerdo en cuanto a las cosas que debían pedir para la salvación de sus hijos.
A menudo hay tal desacuerdo que no podríamos esperar que resultara ningún bien, ni otra cosa que la ruina de los hijos. El marido y la mujer muchas veces discrepan por completo y en lo fundamental respecto a la manera de criar a sus hijos. Quizá la mujer es aficionada a los vestidos, a la ostentación y a las visitas, mientras que el marido es sencillo y humilde, y se aflige y se angustia, y llora y ora al ver cómo sus hijos se hinchan de vanidad. O puede que el padre sea ambicioso y quiera que sus hijas reciban una educación a la moda y hagan figura, y que sus hijos lleguen a ser grandes hombres; y así enviará a sus hijas a un refinado internado, donde puedan aprender cualquier cosa menos su deber para con Dios, y estará todo el tiempo empujando a sus hijos hacia adelante y aguijoneando su ambición, mientras la madre se aflige y llora en secreto al ver a sus queridos hijos arrastrados a la destrucción, toda su propia influencia contrarrestada, y sus hijos e hijas educados para servir al dios de este siglo e ir al infierno.
2. Vemos la hipocresía de quienes profesan estar orando por un avivamiento mientras no hacen nada por promoverlo. Hay muchos que parecen muy celosos en orar por un avivamiento, mientras no están haciendo absolutamente nada por él. ¿Qué pretenden? ¿Están de acuerdo en cuanto a las cosas que piden? Ciertamente no. No pueden estar de acuerdo en ofrecer una oración aceptable por un avivamiento hasta que estén dispuestos A HACER lo que Dios les exige para promoverlo. ¿Qué pensaríais del agricultor que orara por una cosecha y no arara ni sembrara? ¿Tendríais tales oraciones por piadosas, o por un insulto a Dios?
3. Vemos por qué tantas oraciones ofrecidas en la iglesia nunca reciben respuesta. Es porque quienes las ofrecieron nunca estuvieron de acuerdo en cuanto a las cosas que pedían. Quizá el ministro nunca les expuso el asunto, nunca les explicó lo que es estar de acuerdo, ni les mostró su importancia, ni puso delante de ellos el gran aliento que la promesa que tenemos delante ofrece a las iglesias que se pongan de acuerdo. Quizá los miembros de la iglesia nunca han deliberado juntos ni comparado sus puntos de vista, para ver si entendían el asunto del mismo modo, si estaban de acuerdo respecto a los motivos, los fundamentos y la importancia de estar unidos en oración y trabajo por un avivamiento. Suponed que recorrierais las iglesias de esta ciudad y averiguarais las ideas y los sentimientos precisos de sus miembros sobre este asunto. ¿Cuántos encontraríais que estuvieran de acuerdo siquiera respecto a las cosas esenciales e indispensables en las que es necesario que los cristianos estén de acuerdo para unirse en una oración que prevalezca? Quizá no se encontrarían dos que estuvieran de acuerdo; y si se hallaran dos cuyas ideas y deseos fueran iguales, probablemente se comprobaría que no se conocen el uno al otro, y por supuesto ni actúan ni oran juntos.
4. Vemos por qué este texto se ha entendido generalmente como si significara algo distinto de lo que dice. La gente lo ha leído mal desde el principio. Lo han leído como si dijera: «Si dos de vosotros se convinieren en pedir cualquier cosa, les será hecho». Y como muchas veces se han puesto de acuerdo para pedir cosas, y las cosas no se han hecho, han dicho: «El sentido literal del texto no puede ser verdad, porque lo hemos probado y sabemos que no es verdad. ¿Cuántas reuniones de oración hemos celebrado, y cuántas peticiones hemos elevado, en las que estuvimos perfectamente de acuerdo al pedir bendiciones, y sin embargo no se nos han concedido?» Ahora bien, el hecho es que nunca han entendido todavía lo que es estar de acuerdo en cuanto a las cosas que han de pedir. Estoy seguro de que esta no es una interpretación forzada del texto, sino su sentido verdadero y evidente, tal como lo entendería un lector sencillo y piadoso si indagara seria y sinceramente su verdadero alcance. Deben estar de acuerdo no solo en pedir, sino en todo lo demás que es indispensable para que exista lo que se pide en oración. Suponed que dos de vosotros estuvierais de acuerdo en desear ir juntos a Londres. Si no estuvierais de acuerdo respecto a los medios, qué ruta tomaréis y en qué barco iréis, nunca llegaréis allí juntos. Así también al orar por un avivamiento: debéis estar de acuerdo respecto a los medios y las circunstancias, y en todo lo esencial para la existencia y el progreso de un avivamiento.
5. Por lo general, podemos esperar que un avivamiento de la religión prevalezca y se extienda entre los que están fuera de la iglesia en la misma proporción que la unión de oración y esfuerzo que hay dentro de ella. Si hay una unión general dentro de la iglesia, el avivamiento será general. Si la unión continúa, el avivamiento continuará. Si algo empieza a romper esta perfecta unión en la oración y el esfuerzo, empezará a limitar el avivamiento. ¡Qué grande y poderoso sería el avivamiento en esta ciudad si todas las iglesias de la ciudad estuvieran así unidas para promoverlo!
Hay otro hecho que he presenciado, digno de mención. He observado que un avivamiento prevalecerá fuera de la iglesia entre las personas de aquella clase de la sociedad entre las cuales prevalece dentro de la iglesia. Si las mujeres de la iglesia son las más despiertas y dadas a la oración, por lo general se puede esperar que la obra prevalezca sobre todo entre las mujeres de fuera de la iglesia, y se convertirán más mujeres que hombres. Si los jóvenes de la iglesia, de uno u otro sexo o de ambos, son los más despiertos, es muy probable que la obra prevalezca entre los jóvenes, varones o mujeres, o ambos, según sea la obra en la iglesia en este respecto. Si los cabezas de familia y los hombres principales de la iglesia están despiertos, el avivamiento, según he observado, tiene más probabilidades de prevalecer entre esa clase fuera de la iglesia. He conocido un avivamiento limitado casi por completo a las mujeres, con pocos hombres convertidos, al parecer porque la parte masculina de la iglesia no se puso manos a la obra. En cambio, he visto repetidas veces el mayor número de convertidos entre los hombres, debido al parecer a que la parte masculina de la iglesia era la más comprometida. Cuando el avivamiento no alcanza a una clase particular de los impenitentes, hay que esforzarse por despertar a aquella porción de la iglesia que es de su misma edad y condición, para que hagan esfuerzos más directos por su conversión. Parece haber una razón de ser en este hecho, que se ha presenciado muchas veces. Las distintas clases de los que profesan la religión sienten naturalmente simpatía por los impenitentes de su propio sexo, edad y rango, y con más naturalidad oran por ellos, y tienen más trato con ellos y más influencia sobre ellos; y esta parece ser al menos una de las razones por las que los avivamientos suelen ser más poderosos y generales en aquella clase de fuera de la iglesia que corresponde a la más despierta dentro de ella. Los cristianos deben entender esto y sentir su responsabilidad. Una gran razón por la que a veces se convierten tan pocos de los hombres principales en los avivamientos es, sin duda, que esa clase en la iglesia suele ser tan mundana que no se la puede despertar. El avivamiento prevalecerá generalmente sobre todo en aquellas familias cuyos miembros que profesan la religión están despiertos, y los impenitentes de aquellas familias donde los que profesan la religión no están despiertos suelen quedar sin convertirse. Una razón principal, evidentemente, es que cuando los que profesan la religión en una familia o vecindario están despiertos, no solo se ofrece oración por los pecadores que hay entre ellos, sino que hay influencias correspondientes que obran sobre los impenitentes que los rodean. Si están despiertos, sus miradas, sus vidas y sus advertencias tienden todas a promover la conversión de sus amigos impenitentes. Pero si están dormidos, todas sus influencias tienden a impedir su conversión. Su frialdad contrista al Espíritu, su mundanalidad contradice el evangelio, y todo su trato con sus amigos impenitentes favorece la impenitencia y está calculado para perpetuarla.
6. Vemos por qué se ha permitido que surjan diferentes denominaciones en la iglesia, y bajo el gobierno de Dios.
Los cristianos ven y deploran a menudo los males que han sobrevenido a la iglesia de Dios por la división de su pueblo en sectas discordantes. Y se han maravillado y se han quedado perplejos al pensar que Dios permitiera que fuese así. Pero a la luz de este asunto podemos ver que, considerando la diversidad de opiniones, sentimientos y puntos de vista que realmente existe en la iglesia, de esta división en sectas resulta mucho bien. Dada esta diversidad de opinión, muchos nunca se pondrían de acuerdo para orar y trabajar juntos de modo que lo hicieran con éxito; y así es mejor que se separen, y que se unan los que están de acuerdo. En todos los casos en que no puede haber un acuerdo cordial en el trabajo, es mejor que cada denominación trabaje por su cuenta, mientras exista esta diferencia. A veces he visto avivamientos deshechos por intentar unir a cristianos de distintas denominaciones para orar y trabajar juntos, cuando no estaban de acuerdo en los principios ni en las medidas con que había de promoverse la obra. Entonces deshacían cada uno la obra del otro y destruían cada uno la influencia del otro, confundían a los ansiosos y daban ocasión a los enemigos para blasfemar; y pronto se agriaban sus sentimientos, y el Espíritu de Dios es contristado y se aparta, y la obra se detiene, y quizá sobrevienen una dolorosa confusión y controversias.
7. Vemos por qué Dios permite a veces que las iglesias se dividan. Es porque ve que los miembros están tan en desacuerdo que no quieren orar y trabajar juntos con eficacia. A veces las iglesias que están en tal estado siguen juntas por consideraciones y conveniencias mundanas, porque es mucho más fácil para todos juntos sostener el culto público. Quizá ambos bandos quieren quedarse con el templo, o ambos quieren retener al ministro, y no logran ponerse de acuerdo sobre cuál ha de irse, y así siguen adelante, celosos y riñendo durante años, logrando poco o nada para la salvación de los pecadores. En tales casos, Dios ha permitido a menudo que surgiera entre ellos algo que los desgarrara, y entonces cada bando se ponía a trabajar a su manera, y quizá ambos prosperaban. Mientras estaban en la misma iglesia, siempre se causaban problemas unos a otros, pues no pensaban ni sentían igual; pero en cuanto se separaron, todo se asentó en paz, y quedó claro que era mejor que se dividieran. He conocido algunos casos en este estado en que se ha hecho esto con los más felices resultados, y ambas iglesias han sido pronto bendecidas con avivamientos.
8. Es evidente que muchas más iglesias necesitan dividirse. ¡Cuántas iglesias hay que se mantienen juntas y, sin embargo, no hacen ningún bien, por la sencilla razón de que no están suficientemente de acuerdo! No piensan igual ni sienten igual sobre los asuntos relacionados con los avivamientos, y mientras sea así, nunca podrán trabajar juntos. A menos que se les pueda llevar a un cambio tal de opiniones y sentimientos sobre el asunto que los una, no son más que un estorbo los unos para los otros y para la obra de Dios. En muchos casos ven y sienten que es así, y sin embargo siguen juntos, por escrúpulo de conciencia, por temor a que una división deshonre a la religión, cuando en realidad la división que ya existe tal vez esté haciendo de la religión un refrán y un oprobio. Mucho mejor sería que simplemente se pusieran de acuerdo en dividirse amistosamente, como Abraham y Lot. «Si fueres a la mano izquierda, yo iré a la derecha; y si tú a la derecha, yo iré a la izquierda». Que se separen, y que cada uno trabaje a su manera, y ambos podrán gozar de la bendición.
9. Vemos por qué unas pocas personas que están perfectamente unidas pueden tener éxito en reunir y edificar una nueva iglesia, y pueden hacerlo mucho mejor que un número mucho mayor que no está de acuerdo entre sí. Si yo fuera a reunir una nueva iglesia en esta ciudad, preferiría tener cinco personas, o tres, o aun dos, que estuvieran perfectamente de acuerdo en cuanto a las cosas por las que habían de orar y la manera en que habían de trabajar por ellas, y en todo lo esencial para la prosperidad de una iglesia, y que me apoyaran a mí y se apoyaran unas a otras, antes que tener una iglesia ya formada para empezar, o quinientos miembros que no estuvieran de acuerdo.
10. Vemos qué cosas gloriosas se pueden esperar para Sion cuando las iglesias en general estén de acuerdo en estos asuntos. Cuando los ministros dejen a un lado sus prejuicios, sus malas interpretaciones y sus celos, y vean ojo a ojo, y cuando las iglesias entiendan la Biblia del mismo modo, y vean su deber del mismo modo, y oren del mismo modo, y estén «de acuerdo en cuanto a las cosas que pidieren», nacerá una nación en un día. Basta con que sientan como el corazón de un solo hombre y estén de acuerdo en lo que se debe hacer para la salvación del mundo, y el milenio vendrá de inmediato.
11. Hay una enorme ignorancia en las iglesias sobre el tema de los avivamientos. Después de todos los avivamientos de que se ha gozado, y de todo lo que se ha dicho, escrito e impreso sobre los avivamientos, hay muy pocos que tengan un conocimiento real y coherente del asunto. Y cuando hay un avivamiento, ¡qué pocos hay que sepan ponerse a trabajar y promoverlo como si entendieran lo que hacen! ¡Qué pocas personas se encuentran que hayan tomado alguna vez los avivamientos de la religión como un tema que se ha de estudiar y entender! Todo el mundo sabe que en un avivamiento los cristianos deben orar, y deben hacer algunas cosas que no han tenido costumbre de hacer. Pero multitudes no saben nada de LA RAZÓN POR LA QUE deben hacerlo, ni por qué una cosa es mejor que otra, y, por supuesto, no tienen principios que los guíen; y cuando ocurre algo que no esperaban, quedan completamente desorientados y no saben qué hacer. Si los hombres se pusieran a construir una casa de culto y supieran tan poco cómo proceder como muchos ministros y muchos que profesan la religión saben cómo edificar el templo espiritual de Dios, jamás levantarían una casa en el mundo. Y, sin embargo, la gente se convence de que está edificando la iglesia de Dios, cuando no sabe en absoluto lo que hace y es del todo incapaz de dar razón de por qué obra como obra, o de por qué se debe hacer una cosa en lugar de otra. Hay multitudes en la iglesia que nunca parecen suponer que la obra de promover avivamientos de la religión sea una que requiere estudio, reflexión, conocimiento de principios y habilidad en aplicar la palabra de Dios, de modo que se dé a cada uno su ración a tiempo. Y así siguen adelante, haciendo por lo general poco o nada porque no intentan nada; y si alguna vez despiertan, se lanzan de cabeza al trabajo, sin sistema ni plan alguno, como si Dios hubiera dejado esta parte de nuestro deber fuera del alcance del buen juicio y del sentido común.
12. Hay una enorme ignorancia entre los ministros sobre este tema, y una gran razón de esta ignorancia es que muchos se forman la idea de que ya lo entienden todo acerca de los avivamientos, cuando en realidad no saben casi nada de ellos. Una vez conocí a un ministro que llegó a un lugar donde había un poderoso avivamiento, y alborotó y halló falta en muchas cosas, hablando de su conocimiento de los avivamientos, de que había estado en diecisiete de ellos y cosas así, cuando era evidente que no sabía nada de los avivamientos como debía saberlo.
13. ¡Qué importante es que la iglesia sea adiestrada e instruida, de modo que sepa qué hacer en un avivamiento! Deben ser adiestrados y disciplinados como un ejército; cada uno con un puesto que ocupar y algo que hacer, sabiendo dónde le corresponde estar, qué tiene que hacer y cómo hacerlo. En lugar de esto, ¡cuántas veces veis a una iglesia, en tiempo de avivamiento, ponerse a trabajar para promoverlo exactamente como un puñado de niños que se ponen a construir una casa! ¡Qué pocos hay que realmente sepan hacer… ¿qué? Pues precisamente aquello para lo cual Dios permite que los cristianos vivan en este mundo, aquello por lo cual SOLAMENTE les dejaría permanecer un día lejos del cielo: eso es justamente lo que, de todas las cosas, no estudian ni procuran entender!
14. Vemos por qué los avivamientos son a menudo tan cortos y por qué con tanta frecuencia producen una reacción. Es porque la iglesia no entiende el asunto. Los avivamientos son cortos porque los que profesan la religión han sido movidos a una especie de acción espasmódica. Se han puesto a trabajar por impulso más que por una convicción deliberada del deber, y se han dejado guiar por sus sentimientos más que por una sana comprensión de lo que deben hacer. La iglesia no sabía qué hacer, qué podía hacer y qué no, ni cómo administrar sus fuerzas, ni lo que el estado de las cosas podía soportar; y quizá su celo los llevó a algunas imprudencias, y perdieron su asidero en Dios, y así prevaleció el enemigo. La iglesia debe ser adiestrada de tal modo que sepa qué hacer, para no fracasar nunca ni sufrir jamás derrota o reacción cuando intenta promover un avivamiento. Deben entender toda la táctica del diablo y saber dónde guardarse de sus maquinaciones, para que lo reconozcan cuando lo vean y no lo confundan con un ángel de luz que viene a darles lecciones de sabiduría para promover el avivamiento, y para que puedan cooperar sabiamente con el ministro, y unos con otros, y con el Espíritu Santo, en llevar adelante la obra. Nadie que esté familiarizado con los avivamientos puede pasar por alto el hecho de que la ignorancia de los que profesan la religión acerca de los avivamientos, y sus torpes desatinos, se cuentan entre las cosas que con más frecuencia sofocan los avivamientos y traen sobre la iglesia una temible reacción. Hermanos, ¿hasta cuándo será así? No debe ser así, no tiene por qué ser así; ¿será siempre así?
15. Vemos que toda iglesia es justamente responsable de las almas que están en medio de ella. Si Dios ha dado tal promesa, y si es verdad que donde tan solo dos estén de acuerdo en cuanto a las cosas que piden, les será hecho, entonces ciertamente los cristianos son responsables, y si los pecadores se pierden, su sangre se hallará sobre la iglesia. Si las iglesias pueden tener lo que piden tan pronto como estén de acuerdo en cuanto a ello, entonces ciertamente la condenación del mundo se demandará de manos de la iglesia.
16. Vemos la culpa de los ministros que no se informan ni instruyen como es debido y con prontitud a las iglesias sobre este asunto trascendental. ¡Pues cuál es el fin del ministerio cristiano! ¿Qué tienen que hacer sino instruir y poner en orden de batalla a la hueste sacramental, y conducirla a la conquista? ¡Qué! ¿Dejar a la iglesia en la ignorancia sobre el mismo asunto, el único punto del deber para cuyo cumplimiento está en el mundo: la salvación de los pecadores? Algunos ministros han obrado tan misteriosamente respecto a los avivamientos como si pensaran que los cristianos eran incapaces de entender cómo promoverlos, o que no tenía importancia que lo supieran. Pero todo esto está mal. Ningún ministro ha empezado siquiera a entender o a cumplir su deber si ha descuidado enseñar a su iglesia a trabajar para Dios en la promoción de los avivamientos. ¿Qué está haciendo? ¿Qué pretende? ¿Por qué es ministro? ¿Con qué fin ha tomado el oficio sagrado? ¿Es para que «coma un bocado de pan»?
17. Vemos que los padres piadosos pueden hacer segura la salvación de sus hijos. Basta con que oren con fe y estén de acuerdo en cuanto a las cosas que han de pedir, y Dios les ha prometido el deseo de su corazón. ¿Quién puede estar de acuerdo tan bien como los padres? Que estén de acuerdo en la oración, de acuerdo en lo que han de hacer, y de acuerdo en cumplir todo su deber; que instruyan así a sus hijos en su camino, y cuando sean viejos no se apartarán de él.
Y ahora, hermanos, ¿creéis que estáis de acuerdo, según el sentido de esta promesa? Sé que donde unas pocas personas estén de acuerdo en algunas cosas, pueden producir algún efecto. Pero mientras el grueso de la iglesia no esté de acuerdo, habrá siempre tantas cosas que lo contrarresten, que lograrán poco. LA IGLESIA DEBE ESTAR DE ACUERDO. ¡Oh, si pudiéramos hallar una iglesia que estuviera perfecta y cordialmente de acuerdo en todos estos puntos, de modo que pudieran orar y trabajar juntos, todos como uno solo, cuánto bien se haría! Pero ahora, mientras las cosas están como están, vemos colonia tras colonia poblando el infierno, porque la iglesia no está de acuerdo. ¡Oh! ¿Qué piensan los cristianos? ¿Cómo pueden quedarse quietos, cuando Dios ha puesto sus bendiciones tan a su alcance que, si dos cualesquiera estuvieran de acuerdo en cuanto a las cosas que piden, les sería hecho? ¡Ay, ay, qué amargo será el recuerdo de estas riñas en la iglesia cuando los cristianos lleguen a ver las multitudes de almas perdidas que han descendido al infierno porque no estuvimos de acuerdo en trabajar y orar por su salvación!
Finalmente.—A la luz de esta promesa vemos la terrible culpa de la iglesia. Dios la ha dado para que sea la preciosa herencia de su pueblo en todo tiempo y en todo lugar. Si su pueblo se pone de acuerdo, sus oraciones serán contestadas. Vemos la terrible culpa de esta iglesia, que viene aquí y escucha discursos sobre los avivamientos y luego se va y no tiene avivamiento; y también la culpa de los miembros de otras iglesias que oyen estos discursos y se van a casa y se niegan a cumplir su deber. ¿Cómo podréis encontraros ante el tribunal de Dios con los miles de pecadores impenitentes que os rodean, y verlos hundirse en las llamas eternas? ¿Habéis estado unidos de corazón para orar por ellos? Si no, ¿por qué habéis estado en desacuerdo? ¿Por qué no habéis orado con esta promesa hasta prevalecer?
Ahora, o bien os pondréis de acuerdo y oraréis pidiendo el Espíritu Santo, y lo recibiréis antes de salir de esta casa, o la ira del Señor estará sobre vosotros. Si os pusierais ahora de acuerdo para orar, en el sentido de esta promesa, para que el Espíritu de Dios descienda sobre esta ciudad, la paloma celestial volaría por la ciudad en medio de la noche, despertaría las conciencias y rompería el culpable sueño de los impíos. ¿Cuál es, pues, la culpa carmesí de los que profesan la religión y están durmiendo a la vista de semejante promesa? Parecen haberla pasado por alto, o haberla olvidado por completo. Multitudes de pecadores van al infierno por todas partes, y sin embargo esta bendita promesa se descuida; más aún, es despreciada en la práctica por la iglesia. Allí está, en el registro solemne, y la iglesia podría echar mano de ella de tal manera que gran número de personas se salvaran, pero no están de acuerdo. Por eso perecerán almas. ¿Y dónde está la responsabilidad? ¿Quién puede tomar esta promesa y mirar a la cara a los que perecen en el día del juicio?
Estos discursos fueron en gran manera instrumento para avivar la religión en la iglesia a la que fueron predicados, y su publicación en este país y en Europa ha sido el medio para promover avivamientos en muchísimos lugares. A Dios pertenece toda la gloria.
Capítulo 18 completado
Discurso XVI. La necesidad y el efecto de la unión