Discursos sobre el avivamiento de la religión
Discurso XV. Obstáculos al avivamiento

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Discurso XV. Obstáculos al avivamiento

DISCURSO XV.

OBSTÁCULOS AL AVIVAMIENTO.

Texto.—Yo hago una gran obra, y no puedo ir; ¿por qué ha de cesar la obra, dejándola yo para ir a vosotros?»—Nehemías 6:3.

ESTE siervo de Dios había venido de Babilonia para reedificar el templo y restablecer el culto de Dios en Jerusalén, la ciudad de los sepulcros de sus padres. Cuando Sanbalat y ciertos individuos aliados suyos, que por mucho tiempo se habían complacido en la desolación de Sion, descubrieron que el templo y la ciudad santa estaban a punto de ser reedificados, levantaron una gran oposición. Sanbalat y los demás cabecillas intentaron de varias maneras distraer a Nehemías y a sus amigos e impedirles seguir adelante con su obra; unas veces los amenazaban, y otras se quejaban de que iban a rebelarse contra el rey. Después insistieron en que su propósito no era piadoso sino político, a lo cual Nehemías respondió con una negación sencilla y pronta: «No hay tal cosa como dices, sino que de tu corazón tú lo inventas». Finalmente, Sanbalat envió un mensaje a Nehemías pidiéndole que se reuniera con él en el campo de Ono, para tratar todo el asunto amistosamente y arreglar la dificultad, pero con la intención de hacerle daño. Habían visto que no podían asustar a Nehemías, y ahora querían ganarlo con artificio y engaño, y apartarlo de la vigorosa prosecución de su obra. Pero él respondió: «Yo hago una gran obra, y no puedo ir; ¿por qué ha de cesar la obra, dejándola yo para ir a vosotros?»

Siempre ha sucedido así: cada vez que alguno de los siervos de Dios hace algo por su causa, y parece haber probabilidad de que tengan éxito, Satanás, por medio de sus agentes, procura regularmente distraer sus mentes y anular sus trabajos. Así ha sucedido durante los últimos diez años, en los que ha habido avivamientos tan notables a lo largo y a lo ancho del país. Estos avivamientos han sido muy grandes, poderosos y extensos. Se ha calculado que no menos de DOSCIENTAS MIL personas se han convertido a Dios en ese tiempo.

Y el diablo ha estado muy ocupado en sus artimañas para distraer y desviar al pueblo de Dios, y apartar sus energías de impulsar la gran obra de la salvación. Al tratar este tema, me propongo mostrar:

I. Que un avivamiento de la religión es una gran obra.

II. Mencionar varias cosas que pueden detenerlo.

III. Procurar mostrar lo que debe hacerse para que continúe este gran avivamiento.

I. He de mostrar que un avivamiento de la religión es una gran obra.

Es una gran obra porque en él están en juego grandes intereses. En un avivamiento de la religión están en juego tanto la gloria de Dios, en lo que respecta al gobierno de este mundo, como la salvación de los hombres. Dos cosas de importancia infinita están en juego en él. La grandeza de una obra ha de medirse por la grandeza de las consecuencias que dependen de ella. Y esta es la medida de su importancia.

II. He de mencionar varias cosas que pueden detener un avivamiento.

Algunos han hablado muy neciamente sobre este tema, como si nada pudiera dañar un avivamiento genuino. Dicen: «Si vuestro avivamiento es obra de Dios, no puede detenerse; ¿puede algún ser creado detener a Dios?». Ahora bien, os pregunto: ¿es esto sentido común? Antiguamente era creencia establecida que un avivamiento no podía detenerse, porque era obra de Dios. Y así suponían que seguiría adelante, hiciera lo que se hiciera para estorbarlo, dentro o fuera de la iglesia. Pero lo mismo podría razonar el labrador y pensar que puede ir a segar su trigo sin dañar la cosecha, porque es Dios quien hace crecer el grano. Un avivamiento es obra de Dios, y también lo es una cosecha de trigo; y Dios depende tanto del uso de los medios en un caso como en el otro. Por tanto, un avivamiento está tan expuesto a sufrir daño como un trigal.

1. Un avivamiento se detendrá siempre que la iglesia crea que va a cesar. La iglesia es el instrumento con que Dios lleva adelante esta obra, y sus miembros han de trabajar en ella voluntariamente y de todo corazón. Nada es más fatal para un avivamiento que el que sus amigos pronostiquen que va a detenerse. No importa lo que digan de él los enemigos de la obra, pronosticando que todo se agotará y quedará en nada, y cosas semejantes. Ellos no pueden detenerlo de ese modo; pero los amigos deben trabajar y orar con fe para llevarlo adelante. Es una contradicción decir que trabajan y oran con fe para llevar adelante la obra y, al mismo tiempo, creer que va a detenerse. Si pierden la fe, la obra se detendrá, naturalmente. Cuando los amigos de los avivamientos empiecen a profetizar que el avivamiento va a detenerse, se les debe reprender al instante, en el nombre del Señor. Si esa idea empieza a prevalecer, y no podéis contrarrestarla y arrancarla de raíz, el avivamiento cesará infaliblemente; porque es indispensable para la obra que los cristianos trabajen y oren con fe para promoverla, y es una contradicción decir que pueden trabajar con fe por su continuación mientras creen que está a punto de cesar.

2. Un avivamiento cesará cuando los cristianos consientan en que cese. A veces los cristianos ven que el avivamiento corre peligro de cesar y que, si no se hace algo eficaz, se paralizará. Si este hecho los angustia y los impulsa a la oración y a nuevos esfuerzos, la obra no cesará. Cuando los cristianos aman tanto la obra de Dios y la salvación de las almas que la mera aprensión de un decaimiento los angustia, eso los llevará a una agonía de oración y de esfuerzo. Si no los lleva a la agonía y al esfuerzo para impedir que cese; si ven el peligro y no procuran evitarlo, ni renovar la obra, CONSIENTEN EN QUE SE DETENGA. Hay en este momento mucha gente, por todo el país, que ve que los avivamientos declinan y que corren gran peligro de cesar por completo, y sin embargo muestran poca angustia y parece importarles poco. Iglesias enteras ven su condición, y ven lo que se avecina a menos que haya un despertar, y sin embargo están tranquilas, y no gimen ni agonizan en oración para que Dios avive su obra. Algunos hasta predicen que ahora va a venir una gran reacción y una gran sequía sobre la iglesia, como la que vino después de los días de Whitefield y de Edwards. Y, sin embargo, no se alarman ante sus propios presagios; se quedan fríos y se vuelven en seguida a otras cosas. CONSIENTEN EN ELLO. Parece como si fueran los trompeteros del diablo, enviados a sembrar el desaliento en las filas de los escogidos de Dios.

3. Un avivamiento cesará siempre que los cristianos se vuelvan mecánicos en sus esfuerzos por promoverlo. Cuando su fe es fuerte, y su corazón está cálido y tierno, y sus oraciones están llenas de santa emoción, y sus palabras tienen poder, entonces la obra sigue adelante. Pero cuando sus oraciones empiezan a ser frías y sin emoción, y su sentimiento profundo ha desaparecido, y empiezan a trabajar mecánicamente y a usar palabras sin sentimiento, entonces el avivamiento cesará.

4. El avivamiento cesará siempre que los cristianos se formen la idea de que la obra seguirá adelante sin su ayuda. La iglesia es colaboradora de Dios en la promoción de un avivamiento, y la obra puede llevarse adelante exactamente hasta donde la iglesia la lleve, y no más allá. Dios ha estado mil ochocientos años procurando que la iglesia se entregue a la obra. Ha estado llamando e instando, mandando, suplicando, apremiando y animando, para que la iglesia ponga manos a la obra. Durante todo este tiempo ha estado dispuesto a desnudar su brazo para llevar adelante la obra con ella. Pero la iglesia no ha querido hacer su parte. Parece resuelta a dejar a Dios solo la conversión del mundo, y dice: «Si él quiere que el mundo se convierta, que lo haga él». Deberían saber que esto es imposible. Hasta donde sabemos, ni Dios ni el hombre pueden convertir el mundo sin la cooperación de la iglesia. Los pecadores no pueden convertirse sin su propia intervención, porque la conversión consiste en que ellos se vuelvan voluntariamente a Dios. Tampoco pueden convertirse los pecadores sin las influencias morales apropiadas para hacerlos volver; es decir, sin que la verdad y la realidad de las cosas se presenten plenamente ante su mente, ya sea por revelación directa o por medio de hombres. Dios no puede convertir el mundo por omnipotencia física, sino que depende de la influencia moral de la iglesia.

5. La obra cesará cuando la iglesia prefiera ocuparse de sus propios asuntos antes que de los negocios de Dios. Yo no admito que los hombres tengan negocio alguno que sea propiamente suyo, pero ellos así lo piensan, y de hecho prefieren lo que consideran suyo antes que trabajar para Dios. Empiezan a pensar que no pueden permitirse quitar a sus ocupaciones mundanas el tiempo suficiente para llevar adelante un avivamiento. Y alegan que se ven obligados a dejar de atender a la religión, y dejan que su corazón vuelva a irse tras el mundo. Y la obra tiene que cesar, naturalmente.

6. Cuando los cristianos se enorgullecen de su gran avivamiento, este cesará. Me refiero a aquellos cristianos que antes han sido instrumentos para promoverlo. Casi siempre ocurre en un avivamiento que una parte de la iglesia es demasiado orgullosa o demasiado mundana para tomar parte alguna en la obra. Están resueltos a mantenerse al margen, esperar y ver en qué para todo, y cómo termina. El orgullo de esta parte de la iglesia no puede detener el avivamiento, porque el avivamiento nunca descansó sobre ellos. Empezó sin ellos, y puede seguir sin ellos. Pueden cruzarse de brazos y no hacer más que mirar y criticar; y aun así la obra puede seguir adelante. Pero cuando la parte de la iglesia que trabaja empieza a pensar en el gran avivamiento que han tenido, y en cuánto han trabajado y orado, y en lo valientes y celosos que han sido, y en cuánto bien han hecho, entonces es probable que la obra decline. Quizá se ha publicado en los periódicos qué avivamiento ha habido en la iglesia, y cuán entregados han estado los miembros, y ellos piensan en lo alto que estarán en la estima de otras iglesias, por todo el país, porque han tenido un avivamiento tan grande. Y así se envanecen y se vuelven vanidosos, y entonces ya no pueden gozar de la presencia de Dios, y el Espíritu se retira de ellos, y el avivamiento cesa.

7. El avivamiento se detendrá cuando la iglesia se agote por el trabajo. Multitud de cristianos cometen aquí un gran error en tiempo de avivamiento. Son tan irreflexivos, y tienen tan poco juicio, que rompen todos sus hábitos de vida, descuidan comer y dormir a las horas debidas y se dejan arrastrar por la excitación, de modo que fuerzan su cuerpo más de la cuenta, y son tan imprudentes que pronto se agotan, y les resulta imposible continuar en la obra. Los avivamientos a menudo cesan, y sobreviene el decaimiento, por la negligencia y la imprudencia en este aspecto de parte de quienes se ocupan en llevarlos adelante.

8. Un avivamiento cesará cuando la iglesia empiece a especular sobre doctrinas abstractas que nada tienen que ver con la práctica. Si la iglesia aparta su atención de las cosas de la salvación y se pone a estudiar o a disputar sobre puntos abstractos, el avivamiento cesará, naturalmente.

9. Cuando los cristianos empiezan a hacer proselitismo. Cuando los bautistas se oponen tanto a los presbiterianos, o los presbiterianos a los bautistas, o unos y otros a los metodistas, o los episcopales a todos los demás, que empiezan a esforzarse por conseguir que los convertidos se unan a su iglesia, pronto veréis el fin del avivamiento. Quizá un avivamiento siga adelante por un tiempo, y todas las diferencias sectarias queden desterradas, hasta que alguien hace circular un libro, en privado, para ganar prosélitos. Quizá algún diácono demasiado celoso, o alguna mujer chismosa, o algún ministro proselitista no puede quedarse quieto por más tiempo, y empieza a hacer la obra del diablo intentando ganar prosélitos, y así despierta amargura y, levantando una contienda egoísta, contrista al Espíritu hasta alejarlo y divide a todos los cristianos en bandos. Se acabó allí el avivamiento.

10. Cuando los cristianos se niegan a pagar al Señor conforme a los beneficios recibidos. Esta es una fuente fecunda de decaimientos religiosos. Dios ha abierto las ventanas de los cielos sobre una iglesia, y ha derramado sobre ella bendición, y entonces espera con razón que traigan los diezmos a su alfolí, y que piensen y ejecuten liberalidades para Sion; ¡y he aquí que se han negado! No se han entregado en consecuencia a promover la causa de Cristo, y así el Espíritu ha sido contristado y la bendición retirada, y en algunos casos ha sobrevenido una gran reacción porque la iglesia no quiso ser generosa, cuando Dios había sido tan generoso con ella. He conocido iglesias que evidentemente fueron castigadas con esterilidad por tal conducta. Tuvieron un glorioso avivamiento, y después quizá su templo necesitaba reparaciones, o hacía falta alguna otra cosa que costaría un poco de dinero, y se negaron a hacerlo, y así, por su espíritu mezquino, Dios los abandonó.

11. Cuando la iglesia, de cualquier manera, contrista al Espíritu Santo.

(1.) Cuando no sienten su dependencia del Espíritu. Siempre que los cristianos se hacen fuertes en su propia fuerza, Dios maldice sus bendiciones. En muchos casos los cristianos pecan contra sus propias misericordias, porque se envanecen con su éxito, se atribuyen el mérito y no dan a Dios toda la gloria. Como él dice: «Si no oyereis, y si no acordareis dar gloria a mi nombre, ha dicho el Señor de los ejércitos, enviaré maldición sobre vosotros, y maldeciré vuestras bendiciones; y aun las he maldecido, porque no lo ponéis en vuestro corazón». Sin duda ha habido mucho de esto en este país. He visto en los periódicos muchas cosas que lo parecían, en las que se notaba en los hombres una disposición a atribuirse el mérito del éxito en la promoción de los avivamientos. Sin duda hay una gran tentación en esto, y se requiere la mayor vigilancia de parte de los ministros y de las iglesias para guardarse de ella, y no contristar al Espíritu hasta alejarlo con jactancias humanas.

(2.) El Espíritu puede ser contristado por un espíritu de jactancia acerca del avivamiento. A veces, en cuanto comienza un avivamiento, lo veréis pregonado en los periódicos. Y casi siempre esto mata el avivamiento. Hubo un caso en un estado vecino donde comenzó un avivamiento, y al instante salió una carta del pastor anunciando que tenía un avivamiento. Vi la carta y me dije: Es lo último que sabremos de este avivamiento. Y así fue. En pocos días la obra cesó por completo. Y tales cosas no son raras. Podría mencionar casos y lugares donde se han publicado cosas tales que envanecieron a la iglesia, y la volvieron tan orgullosa que poco o nada más pudo hacerse por el avivamiento.

Algunos, con pretexto de publicar cosas para alabanza y gloria de Dios, han publicado cosas que olían tanto a un deseo de exaltarse a sí mismos, y han hecho resaltar tan visiblemente su propia intervención, que evidentemente estaban hechas para causar una impresión desdichada. En la reunión prolongada que se celebró en esta iglesia, el otoño antepasado, hubo quinientas personas convertidas, según se espera, cuyos nombres y domicilios conocíamos. Un número considerable de ellas se unió a esta iglesia. Muchas se unieron a otras iglesias. Nada se dijo de esto en los periódicos. Varias veces me han preguntado por qué guardamos tanto silencio sobre el asunto. Solo pude responder que había en las iglesias tal tendencia a la exaltación propia que tuve miedo de publicar nada sobre el tema. Quizá me equivoqué. Pero he visto tantas veces el daño causado por publicaciones prematuras que me pareció mejor no decir nada. En el avivamiento de esta ciudad, hace cuatro años, se dijo tanto en los periódicos que parecía exaltación propia, que tuve miedo de publicar. No hablo contra la práctica misma de publicar relatos de avivamientos. Pero la manera de hacerlo tiene una importancia enorme. Si se hace de modo que excite la vanidad, siempre es fatal para el avivamiento.

(3.) Así también se contrista al Espíritu diciendo o publicando cosas que tienden a menospreciar la obra de Dios. Cuando se habla a la ligera de una bendita obra de Dios, sin dar a Dios la gloria debida a su nombre, el Espíritu es contristado. Si se dice algo acerca de un avivamiento, dad solo los hechos llanos y desnudos, tal como son, y dejad que valgan lo que valgan.

12. Cabe esperar que un avivamiento cese cuando los cristianos pierden el espíritu de amor fraternal. Jesucristo no permanecerá con un pueblo en avivamiento más tiempo del que ellos permanezcan en el ejercicio del amor fraternal. Cuando los cristianos están en el espíritu de un avivamiento, sienten este amor, y entonces los oiréis llamarse unos a otros hermano y hermana con mucho afecto. Pero cuando empiezan a enfriarse, pierden ese calor y ese ardor de afecto mutuo, y entonces eso de llamarse hermano y hermana les parecerá tonto y despreciable, y lo dejarán. En algunas iglesias nunca se llaman así, pero donde hay avivamiento los cristianos lo hacen con naturalidad. Nunca he visto un avivamiento, y probablemente nunca lo hubo, en que no lo hicieran. Pero en cuanto esto empieza a cesar, el Espíritu de Dios es contristado y se aparta de en medio de ellos.

13. Un avivamiento declinará y cesará, a menos que los cristianos se reconviertan con frecuencia. Con esto quiero decir que los cristianos, para mantenerse en el espíritu de un avivamiento, por lo común necesitan ser redargüidos con frecuencia, y humillados, y quebrantados delante de Dios, y reconvertidos. Esto es algo que muchos no entienden cuando hablamos de que un cristiano se reconvierta. Pero el hecho es que en un avivamiento el corazón del cristiano está expuesto a encostrarse y a perder su exquisito gusto por las cosas divinas; su unción y su poder de prevalecer en la oración menguan, y entonces tiene que convertirse de nuevo. Es imposible mantenerlo en un estado tal que no dañe la obra, a menos que pase por semejante proceso cada pocos días. Nunca he trabajado en avivamientos en compañía de nadie que se mantuviera en la obra y fuera apto para dirigir continuamente un avivamiento, que no pasara por este proceso de quebrantamiento por lo menos una vez cada dos o tres semanas. Los avivamientos declinan, por lo común, porque resulta imposible hacer que la iglesia sienta su culpa y su dependencia hasta quebrantarse delante de Dios. Es importante que los ministros entiendan esto, y aprendan a quebrantar a la iglesia, y a quebrantarse a sí mismos cuando lo necesiten, o de lo contrario los cristianos pronto se volverán mecánicos en su obra, y perderán su fervor y su poder para prevalecer ante Dios. Este fue el proceso por el que pasó Pedro cuando negó al Salvador, y por medio de ese quebrantamiento el Señor lo preparó para la gran obra del día de Pentecostés. Hace unos años me sorprendió descubrir que la expresión «ser quebrantado» era piedra de tropiezo para ciertos ministros y para algunos que profesan la religión. Se expusieron a la reprensión que se dio a Nicodemo: «¿Eres tú maestro de Israel, y no sabes esto?». Estoy convencido de que, hasta que algunos de ellos sepan lo que es ser «quebrantado», nunca harán mucho más por la causa de los avivamientos.

14. Un avivamiento no puede continuar cuando los cristianos no quieren practicar la abnegación. Cuando la iglesia ha disfrutado de un avivamiento y empieza a engordar con él, y se entrega a la complacencia propia, el avivamiento pronto cesará. A menos que se identifiquen con el Hijo de Dios, que lo dejó todo para salvar a los pecadores; a menos que estén dispuestos a renunciar a sus lujos y a su comodidad, y a entregarse a la obra, no tienen por qué esperar que el Espíritu de Dios se derrame sobre ellos. Esta es sin duda una de las causas principales del decaimiento personal. Que los cristianos en un avivamiento TENGAN CUIDADO cuando noten por primera vez que se les va metiendo una inclinación a rehuir la abnegación y a ceder a una forma de complacencia propia tras otra. Es una artimaña de Satanás para apartarlos con cebos de la obra de Dios, y volverlos torpes y groseros, y perezosos, y temerosos, e inútiles, y sensuales, y ahuyentar al Espíritu y destruir el avivamiento.

15. Un avivamiento se detendrá por las controversias acerca de las nuevas medidas. Nada es más seguro para derribar un avivamiento que esto. Pero como mi último discurso trató sobre el tema de las nuevas medidas, no necesito detenerme más en él ahora.

16. Los avivamientos pueden ser sofocados por la oposición continua de la Vieja Escuela, combinada con un mal espíritu en la Nueva Escuela. Si los que nada hacen por promover los avivamientos continúan su oposición, y si los que trabajan por promoverlos se dejan llevar por la impaciencia y caen en un mal espíritu, el avivamiento cesará. Cuando los de la Vieja Escuela escriben sus cartas en los periódicos contra los avivamientos o contra los hombres de avivamiento, y los de la Nueva Escuela les responden con cartas contra ellos, con un espíritu airado, contencioso y amargo, y se enzarzan en una controversia de riñas, los avivamientos cesarán. QUE SIGAN EN SU OBRA, y no hablen de la oposición, ni prediquen ni impriman sobre ella. Si otros quieren publicar sus groserías y necedades, que los siervos del Señor sigan en su obra, y todos los escritos y calumnias no detendrán el avivamiento mientras los que están empeñados en él atiendan a lo suyo y sigan en su obra. Es asombroso hasta qué punto esto se cumple en los hechos.

En un lugar donde había un avivamiento, ciertos ministros formaron una coalición contra el pastor de la iglesia, y se puso en marcha un plan para arruinarlo, y de hecho consiguieron que fuera procesado ante su presbiterio, y hubo un juicio que duró seis semanas, justo en medio del avivamiento, y la obra siguió adelante. Los miembros de oración de la iglesia se entregaron de tal manera a la obra que esta continuó triunfalmente durante todo aquel episodio. El pastor fue llamado a atender su juicio, pero hubo otro ministro que trabajó entre el pueblo, y los miembros, por lo general, ni siquiera fueron al juicio, sino que siguieron orando y trabajando por las almas, y el avivamiento capeó la tormenta. En muchos otros lugares se ha levantado oposición en la iglesia, pero unas pocas almas humildes han seguido en su obra, y un Dios lleno de gracia ha extendido su brazo desnudo y ha hecho avanzar el avivamiento a pesar de toda oposición.

Pero siempre que los que están activamente empeñados en promover un avivamiento se exaltan ante lo irrazonable y lo pertinaz de la oposición, y sienten que no pueden tolerarlo, y pierden la paciencia, y sienten que tienen que responder a sus sofismas y refutar sus calumnias, entonces han bajado a las llanuras de Ono, y la obra tiene que cesar.

17. Cualquier distracción de la atención pública estorbará un avivamiento. Cualquier cosa que logre distraer la atención pública pondrá fin a un avivamiento. En el caso que he mencionado, en que el ministro fue sometido a juicio ante su presbiterio, la razón por la que eso no arruinó el avivamiento fue que los miembros de oración de la iglesia no se dejaron distraer. Ni siquiera asistieron al juicio, sino que siguieron orando y trabajando por las almas, y así la atención pública se mantuvo en el tema, a pesar de todos los esfuerzos del diablo.

Pero siempre que él logra absorber la atención pública en cualquier otro tema, pondrá fin al avivamiento. No importa cuál sea el tema. Si un ángel del cielo bajara a predicar, o anduviera por las calles, podría ser lo peor del mundo para un avivamiento, porque apartaría a todos los pecadores de sus propios pecados, y apartaría a la iglesia de orar por las almas, para seguir a ese ser glorioso y contemplarlo, y el avivamiento cesaría.

18. La resistencia a la Reforma de la Templanza pondrá fin a los avivamientos en una iglesia. Ha llegado el tiempo en que ya no puede ser inocente que una iglesia se mantenga al margen de esta gloriosa reforma. Hubo un tiempo en que esto podía hacerse por ignorancia. Hubo un tiempo en que ministros y cristianos podían disfrutar de avivamientos aunque entre ellos se usaran licores destilados. Pero desde que se ha arrojado luz sobre el tema, y se ha descubierto que su uso no hace más que daño, ningún miembro de iglesia ni ministro puede ser inocente y permanecer neutral en esta causa. Tienen que hablar claro y tomar partido. Y si no se ponen de un lado, su influencia está del otro. Mostradme un ministro que se haya puesto en contra de la reforma de la templanza y haya tenido un avivamiento. Mostradme uno que ahora se mantenga al margen de ella y tenga un avivamiento. ¿Mostradme uno que ahora contemporice en este punto, que no se pronuncie y tome posición a favor de la templanza, y que tenga un avivamiento? Antes no era así. Pero ahora el tema ha salido a la luz, y se ha discutido, y se entiende, y ningún hombre puede cerrar los ojos a la verdad. Las manos del hombre que se mantiene al margen de la causa de la templanza están ROJAS DE SANGRE. ¿Y puede él tener un avivamiento?

19. Los avivamientos se ven estorbados cuando los ministros y las iglesias adoptan una postura equivocada en cualquier cuestión que afecte a los derechos humanos. Tomemos, por ejemplo, el tema de la ESCLAVITUD. Hubo un tiempo en que este tema no estaba ante la opinión pública. John Newton siguió en el comercio de esclavos después de su conversión. Y tan pervertida estaba su mente, y tan completamente cauterizada su conciencia respecto a este tráfico nefando, que la pecaminosidad del mismo nunca se le pasó por el pensamiento hasta algún tiempo después de haberse hecho hijo de Dios. Si su mente hubiera recibido luz antes de su conversión, nunca habría podido convertirse sin abandonar primero este pecado. Y después de su conversión, una vez convencido de su iniquidad, ya no pudo gozar de la presencia de Dios sin abandonar ese pecado para siempre. Así, sin duda, muchos traficantes de esclavos y muchos dueños de esclavos de nuestro propio país se han convertido a pesar de su participación en esta abominación, porque su pecaminosidad no era evidente para ellos. Así, los ministros y las iglesias, en gran parte del país, han callado y no han dado testimonio alguno contra esta abominable abominación que existe en la iglesia y en la nación. Pero recientemente el tema se ha planteado para su discusión, y la providencia de Dios lo ha puesto claramente ante los ojos de todos los hombres. Ahora se arroja luz sobre este tema, como se ha arrojado sobre la causa de la templanza. Se exponen hechos, se establecen principios, se arroja luz en la mente de los hombres, y este monstruo es arrastrado fuera de su horrible guarida y expuesto ante la iglesia, y se le exige: «¿ES ESTO PECADO?». La iglesia tiene que dar su testimonio sobre este tema. Sus miembros son testigos de Dios. Han jurado decir «la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad». Es imposible que no den su testimonio, en un sentido o en otro. Su silencio ya no puede explicarse por la ignorancia, ni porque nunca se haya llamado su atención sobre el tema. Por consiguiente, el silencio de los cristianos sobre este asunto equivale a decir que no consideran pecado la esclavitud. La verdad es que se trata de un tema sobre el cual no pueden callar sin culpa. Ha llegado el tiempo, en la providencia de Dios, en que cada brisa del sur viene cargada de clamores de lamentación, de llanto y de ay. Dos millones de paganos degradados en nuestra propia tierra extienden sus manos, todas encadenadas y sangrantes, y elevan a la iglesia de Dios el grito agonizante pidiendo socorro. ¿Y tapará la iglesia sus oídos a esta voz de agonía y desesperación, en sus esfuerzos por rescatar y salvar al mundo? ¡Dios no lo quiera! La iglesia no puede desentenderse de esta cuestión. Es una cuestión que la iglesia y la nación tienen que decidir, y Dios la llevará hasta una decisión.

Es inútil que las iglesias se resistan a ello por temor a la división, a la contienda y a la discordia. Es inútil considerar un acto de piedad apartar el oído para no oír este grito de angustia.

La iglesia tiene que dar testimonio, y testificar «la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad» sobre este tema, o será perjura, y el Espíritu de Dios se apartará de ella. Está bajo juramento de testificar, y los ministros y las iglesias que no lo declaran pecado dan falso testimonio por Dios. Sin duda es cierto que una de las razones del bajo estado de la religión en el tiempo presente es que muchas iglesias se han puesto del lado equivocado en el tema de la esclavitud, han permitido que el prejuicio prevalezca sobre el principio y han temido llamar a esta abominación por su verdadero nombre.

20. Otra cosa que estorba los avivamientos es descuidar los reclamos de las misiones. Si los cristianos no sienten nada por los paganos, descuidan el concierto mensual de oración y limitan su atención a su propia iglesia, ni siquiera leen el Missionary Herald ni usan ningún otro medio para informarse sobre los reclamos del mundo, y rechazan la luz que Dios pone delante de ellos, y no quieren hacer lo que Dios los llama a hacer en esta causa, el Espíritu de Dios se apartará de ellos.

21. Cuando una iglesia rechaza los llamamientos de Dios a educar a jóvenes para el ministerio, estorbará y destruirá un avivamiento. Mirad la iglesia presbiteriana, mirad las 200.000 almas convertidas en diez años, y medios suficientes para llenar el mundo de ministros, y sin embargo el ministerio no crece tan rápido como la población de nuestro propio país, y si no se puede hacer algo más para proveer ministros, nosotros mismos nos volveremos paganos. Las iglesias no inculcan a los jóvenes el deber de entrar en el ministerio. Dios derrama su Espíritu sobre las iglesias y convierte a cientos de miles de almas, y si entonces los obreros no salen a la mies, ¿qué puede esperarse sino que la maldición de Dios venga sobre las iglesias, y su Espíritu se retire, y los avivamientos cesen? Sobre este tema ningún ministro, ninguna iglesia debe quedarse callado o inactivo.

22. Calumniar los avivamientos a menudo los sofoca. El gran avivamiento de los días del presidente Edwards sufrió mucho por la conducta de la iglesia en este aspecto. Es de esperar que los enemigos de Dios injurien, tergiversen y calumnien los avivamientos. Pero cuando la iglesia misma se dedica a esta obra, y muchos de sus miembros más influyentes ayudan e instigan a calumniar y tergiversar una gloriosa obra de Dios, es razonable que el Espíritu sea contristado hasta alejarse. No puede negarse que esto se ha hecho en una medida lamentable y deshonrosa para Dios. Se ha calculado que en un solo año, desde que comenzó este avivamiento, CIEN MIL ALMAS se convirtieron a Dios en los Estados Unidos. Este fue sin duda el mayor número que jamás se haya convertido en un año desde que el mundo existe. Eso fue en 1831. Desde entonces ha habido avivamientos más extensos. En 1857-1858 se calculó que hubo 50.000 conversiones por semana durante seis u ocho semanas seguidas en la parte norte de los Estados Unidos. No podía esperarse que, en una agitación de esta magnitud entre seres humanos, no hubiera nada que lamentar. Esperar perfección en una obra como esta, de tal magnitud y llevada adelante por instrumentos humanos, es completamente irrazonable y absurdo. Sin duda existieron males, y los ha habido. Era de esperar, naturalmente, y había que precaverse contra ellos en lo posible. Y no creo que la historia del mundo pueda ofrecer un solo caso en que un avivamiento que se acercara a este en extensión e influencia haya ido acompañado de tan pocos males y de tan poco que honradamente haya que lamentar.

Pero ¿cómo ha sido tratada esta bendita obra de Dios? Aun admitiendo que todos los males de que se quejan fueran reales, lo cual dista mucho de ser verdad, no serían más que manchas en el disco del sol glorioso; cosas en que apenas vale la pena pensar en comparación con la infinita grandeza y excelencia de la obra. Y sin embargo, ¿cómo ha recibido y tratado gran parte de la iglesia presbiteriana esta bendita obra de Dios? En la Asamblea General, ese grave cuerpo de hombres que representa a la iglesia presbiteriana, en medio de esta gran obra, en lugar de señalar un día de acción de gracias, en lugar de alabar y glorificar a Dios por la grandeza de su obra, oímos de ellos la voz de la reprensión. Según los informes que se dieron de los discursos pronunciados allí, parece que la sala se llenó de quejas. En lugar de idear medidas para impulsar la obra, su atención pareció absorbida por los males, comparativamente insignificantes, que le eran incidentales. Y después de muchas quejas, llegaron a nombrar una comisión y enviaron a las iglesias una «Carta Pastoral», hecha para excitar sospechas, apagar el celo del pueblo de Dios y apartarlo de dar gloria a Dios por la grandeza de la bendición, para dedicarse a criticar y a censurar los males. Cuando oí lo que se hizo en aquella Asamblea General, cuando leí sus discursos, cuando vi su carta pastoral, mi alma enfermó, un sentimiento indecible de angustia se apoderó de mi mente, y sentí que Dios «visitaría» a la iglesia presbiteriana por una conducta como esta. Y desde entonces la gloria se ha ido apartando, y los avivamientos se han vuelto cada vez menos frecuentes, cada vez menos poderosos. La extraña oposición de hombres como el Dr. Lyman Beecher y el Sr. Nettleton tuvo mucho que ver con provocar y sostener esta oposición.

Y ahora quisiera que se supiera si aquellos ministros que derramaron esas quejas en el pleno de la Asamblea General, y que contribuyeron a redactar aquella carta pastoral, han sido bendecidos desde entonces en la promoción de avivamientos de la religión; si el Espíritu de Dios ha estado sobre ellos, y si sus iglesias pueden atestiguar que tienen la unción del Santo.

23. Las dificultades eclesiásticas tienden a contristar al Espíritu hasta alejarlo, y a destruir los avivamientos. Siempre ha sido la política del diablo apartar la atención de los ministros de la obra del Señor hacia disputas y litigios eclesiásticos. El presidente Edwards se vio obligado a ocuparse durante mucho tiempo en disputas ante concilios eclesiásticos; y en nuestros días, y en medio de estos grandes avivamientos de la religión, estas dificultades se han multiplicado de manera alarmante y vergonzosa. Algunos de los ministros más eficaces de la iglesia han sido apartados de sus esfuerzos directos por ganar almas para Cristo para atender, día tras día, y en algunos casos semana tras semana, a acusaciones presentadas contra ellos o contra sus colaboradores en el ministerio, que nunca pudieron sostenerse.

Mirad Filadelfia: qué riñas interminables y vergonzosas han distraído y afligido a la iglesia de Dios en esa ciudad, y a lo largo y a lo ancho del país. Y en la iglesia presbiteriana en general estas dificultades eclesiásticas han producido males suficientes para hacer llorar a la creación. Al hermano Beman se le apartó vergonzosa y perversamente de la promoción de los avivamientos para que compareciera en un juicio ante su propio presbiterio, por acusaciones que, aun de ser ciertas, eran en su mayoría ridículas, pero que nunca pudieron sostenerse. Y desde entonces gran parte de su tiempo, al parecer por necesidad, se ha ocupado en arreglar dificultades eclesiásticas. El hermano Duffield, de Carlisle, el hermano Barnes, de Filadelfia, y otros de los ministros de Dios de más éxito, se han visto estorbados durante años una parte considerable de su tiempo por estas dificultades. ¡Oh, no lo anunciéis en Gat! ¿Cuándo dejarán en paz a los demás esos ministros y los que profesan la religión que poco o nada hacen ellos mismos, y los dejarán trabajar para Dios?

24. Otra cosa por la cual pueden estorbarse los avivamientos es el espíritu censurador de uno u otro lado, y especialmente en los que han estado empeñados en llevar adelante un avivamiento. Es de esperar que los opositores de la obra acechen los tropiezos de sus amigos, y no dejen de censurarlos por todo lo que esté mal y, no pocas veces, por lo que está bien en su conducta. Sobre todo es de esperar que se hagan muchos comentarios censuradores y poco cristianos acerca de los que son los instrumentos más destacados en la promoción de la obra. Sin embargo, este espíritu censurador de parte de los opositores de la obra, estén dentro o fuera de la iglesia, no detendrá por sí mismo el avivamiento. Mientras sus promotores se mantengan humildes y en espíritu de oración, mientras no tomen represalias, sino que con su paciencia posean sus almas, mientras no se dejen distraer para recriminar y contristar hasta alejarlo al espíritu de oración, la obra seguirá adelante; como en el caso al que me he referido, en que un ministro estuvo seis semanas en juicio en medio de un avivamiento. Allí el pueblo se mantuvo en el polvo y oró, no tanto por su ministro, pues lo habían dejado en manos de Dios, sino suplicando a Dios con gran clamor y lágrimas por los pecadores. Y Dios los oyó y los bendijo, y la obra siguió adelante. Poco hay que temer del espíritu censurador de los que se oponen a la obra, porque no tienen el Espíritu, y nada depende de ellos, y solo pueden estorbar la obra en la medida en que ellos mismos tengan influencia personal. Pero los otros tienen el poder del Espíritu Santo, y la obra depende de que mantengan el ánimo debido. Si se extravían y contristan al Espíritu hasta alejarlo, no hay remedio: la obra tiene que cesar. Por tanto, sea cual sea la provocación que hayan sufrido los promotores de esta bendita obra, si esta cesa, la responsabilidad será suya. Y uno de los hechos más alarmantes en este asunto es que, en muchos casos, los que han estado empeñados en llevar adelante la obra parecen haber perdido el Espíritu. Se están dejando distraer, empiezan a pensar que la oposición ya no puede tolerarse y que tienen que salir a responder en los periódicos a lo que dicen sus opositores. Debería saberse y entenderse universalmente que, siempre que los amigos y promotores de este, el mayor de los avivamientos, se dejen arrastrar a riñas periodísticas, para intentar defenderse y responder a los que escriben contra ellos, el Espíritu de oración será contristado hasta alejarse por completo, y la obra cesará. Nada es más perjudicial para los avivamientos de la religión, y así se ha comprobado siempre, que el que sus promotores presten oído a la oposición y empiecen a responder. Así se comprobó en los días del presidente Edwards, como bien sabéis los que conocéis su libro sobre los avivamientos.

III. Paso a mencionar algunas cosas que deben hacerse para que continúe este grande y glorioso avivamiento de la religión, que ha estado en curso durante los últimos diez años.

1. Tiene que haber un arrepentimiento grande y profundo de parte de los ministros. NOSOTROS, hermanos míos, tenemos que humillarnos delante de Dios. No basta con que supongamos que es suficiente llamar al pueblo al arrepentimiento. Nosotros tenemos que arrepentirnos, tenemos que ir a la cabeza en el arrepentimiento, y luego llamar a las iglesias a seguirnos.

Especialmente tienen que arrepentirse los que han ido a la cabeza en suscitar sentimientos de oposición y desconfianza respecto a los avivamientos. Algunos ministros han limitado su oposición a los avivamientos y a las medidas de avivamiento a sus propias congregaciones, y han creado tales sospechas entre su propia gente que han impedido que la obra se extienda y prevalezca entre ellos. Harían bien esos ministros en considerar las observaciones del presidente Edwards sobre este tema.

«Si los ministros predican una doctrina tan buena como se quiera, y son tan esmerados y laboriosos en su obra como se quiera, y sin embargo, en un día como este, muestran a su pueblo que no están bien dispuestos hacia esta obra, sino que la miran con mucha duda y sospecha, muy probablemente harán a su pueblo mucho más daño que bien; porque la sola fama de una obra de Dios tan grande y extraordinaria, si se permitiera a su pueblo creer que es obra suya, y el ejemplo de otros pueblos, junto con la predicación que pudieran oír ocasionalmente, probablemente tendría una influencia mucho mayor sobre la mente de su pueblo, para despertarlo y animarlo en la religión, que todos sus trabajos con él; y además, la opinión de su ministro no solo engendraría en ellos una sospecha de la obra de la que oyen hablar en otras partes, con lo cual la poderosa mano de Dios que en ella se manifiesta pierde su influencia sobre sus mentes, sino que también tenderá a crear una sospecha de todo lo que, siendo de naturaleza semejante, aparezca entre ellos mismos, como si fuera algo del mismo mal que se ha vuelto tan epidémico en el país; y eso es, en efecto, crear una sospecha de toda religión vital, y poner a la gente a hablar contra ella y a desanimarla dondequiera que aparezca, y a darle en la cabeza tan pronto como se levanta. Y los que somos ministros, mirando esta obra año tras año con semblante disgustado, apartaremos eficazmente a las ovejas de sus pastos, en lugar de hacer con ellas el oficio de pastores, apacentándolas; y a nuestro pueblo le iría mucho mejor no tener ningún ministro establecido en un día como este».

Otros han actuado más públicamente y han procurado ejercer una influencia más amplia. Algunos han escrito artículos para los periódicos. Algunos hombres de alta posición en la iglesia han hecho circular cartas que nunca se imprimieron. Otros han hecho imprimir y circular sus cartas. Parece haber habido por todo el país un sistema de correspondencia hecho para crear desconfianza. En los días del presidente Edwards se siguió sustancialmente el mismo camino, en vista de lo cual él dice en su obra sobre los avivamientos:

«Debe tenerse gran cuidado de que la prensa no se emplee para ningún fin contrario a los intereses de esta obra. Leemos que, cuando Dios peleó contra Sísara para liberar a su iglesia oprimida, los que solían manejar la pluma de escribiente vinieron en ayuda del Señor en aquel asunto.—Jueces 5:14. Fueran quienes fueran los hombres de Israel a los que se refiere, como las palabras fueron dictadas por un Espíritu que tenía una visión perfecta de todos los acontecimientos hasta el fin del mundo, y que en este cántico tenía especialmente a la vista aquel gran acontecimiento de la liberación de la iglesia de Dios en los postreros días, del cual esta liberación de Israel era un tipo, no es improbable que se refieran a los autores, a los que habían de pelear con sus plumas contra el reino de Satanás. Por tanto, los que publican folletos en perjuicio de esta obra, que tienden directa o indirectamente a hacerla sospechosa y a desanimarla o estorbarla, harían bien en considerar a fondo si esta no es en verdad la obra de Dios, y si, siéndolo, no es probable que Dios salga como fuego para consumir todo lo que se interponga en su camino, y así queme esos folletos; y si no hay peligro de que el fuego que en ellos se enciende chamusque a sus autores».

Todos estos tienen que arrepentirse. Dios nunca los perdonará, ni gozarán jamás de su bendición sobre su predicación, ni tendrán el honor de trabajar en avivamientos, hasta que se arrepientan. El presidente Edwards inculcó este deber a los ministros de su tiempo en los términos más enérgicos. Sin duda ha habido ahora, como los hubo entonces, faltas de ambos lados. Y tiene que haber un arrepentimiento profundo y una confesión mutua de faltas de ambos lados.

«Hay que hacer mucho en cuanto a confesar las faltas, de ambos lados; porque sin duda son muchas y grandes las faltas que se han cometido en las riñas y confusiones, y en las mezclas de luz y tinieblas, que ha habido últimamente. Apenas hay deber más contrario a nuestras disposiciones corrompidas y más mortificante para el orgullo del hombre; pero hay que cumplirlo. El arrepentimiento de las faltas es, de manera peculiar, un deber propio cuando el reino de los cielos se ha acercado, o cuando esperamos o deseamos especialmente que venga, como se ve por la predicación de Juan el Bautista. Y si Dios nos llama ahora en voz alta a arrepentirnos, entonces también nos llama a dar las debidas muestras de nuestro arrepentimiento. Estoy persuadido de que los que se han opuesto abiertamente a esta obra, o de vez en cuando han hablado de ella a la ligera, no pueden ser excusados a los ojos de Dios sin confesar abiertamente su falta en ello, especialmente si son ministros. Si de algún modo, directa o indirectamente, se han opuesto a la obra, o se han conducido en sus actuaciones públicas o en su conversación privada de tal manera que han predispuesto la mente de su pueblo contra la obra, si en lo sucesivo llegan a convencerse de la bondad y del carácter divino de aquello a que se han opuesto, de ningún modo deben paliar el asunto, ni excusarse, ni pretender que siempre pensaron así y que solo objetaban tales y cuales imprudencias, sino que deben declarar abiertamente su convicción y condenarse a sí mismos por lo que han hecho; porque es contra Cristo contra quien han hablado al hablar a la ligera de esta obra y predisponer a otros contra ella; sí, peor que eso, es contra el Espíritu Santo. Y aunque lo hayan hecho por ignorancia y en incredulidad, sin embargo, cuando descubran quién es aquel a quien se han opuesto, sin duda Dios los tendrá por obligados a confesarlo públicamente.

«Y por otro lado, si los que han sido celosos en promover la obra se han desviado abiertamente mucho del camino en alguno de los casos antes mencionados, y han hecho lo que es contrario a las reglas cristianas, con lo cual han perjudicado abiertamente a otros, o han violado gravemente el buen orden, y así han hecho algo que ha herido a la religión, tienen que confesarlo públicamente y humillarse, como quien quita las piedras y prepara el camino del pueblo de Dios. Los que han puesto grandes piedras de tropiezo en el camino de otros con su transgresión abierta están obligados a quitarlas con su arrepentimiento abierto».

Hay ministros en nuestros días —lo digo no con falta de caridad sino con fidelidad, y quisiera tenerlos a todos aquí delante de mí mientras lo digo— que parecen haber ocupado gran parte de su tiempo durante años en hacer poco más que actuar, hablar y escribir de manera que se creen sospechas respecto a los avivamientos. Y no puedo dudar que a sus iglesias, como dice el presidente Edwards, les iría mejor sin ningún ministro, a menos que se arrepientan y recobren la bendición de Dios.

2. Las iglesias que se han opuesto a los avivamientos tienen que humillarse y arrepentirse. Las iglesias que se han mantenido al margen o han estorbado la obra tienen que arrepentirse de su pecado, o Dios no irá con ellas. Mirad ahora esas iglesias que han estado arrojando sospechas sobre los avivamientos. ¿Disfrutan de avivamientos? ¿Desciende sobre ellas el Espíritu Santo para ensancharlas y edificarlas? Hay una de las iglesias de esta ciudad cuyo consistorio ha estado publicando en los periódicos lo que llaman su «Acta y Testimonio», hecha para excitar una sospecha irrazonable e infundada contra muchos ministros que trabajan con éxito en la promoción de los avivamientos». ¿Y cuál es el estado de esa iglesia? ¿Han tenido un avivamiento? Pues según el informe oficial a la Asamblea General, ha menguado en un año un veintisiete por ciento. Y todas esas iglesias seguirán menguando, a pesar de todo lo demás que pueda hacerse, a menos que se arrepientan y tengan un avivamiento. Podrán aparentar ser muy piadosas y celosas por la honra de Dios, pero Dios no creerá que son sinceras. Y él manifestará su desagrado no derramando su Espíritu. Si tuviera una voz lo bastante fuerte, quisiera que cada una de estas iglesias y de estos ministros que han calumniado los avivamientos me oyera decir que creo que han contribuido a echar el sudario de la muerte sobre la iglesia, y que la maldición de Dios ya está sobre ellos, y permanecerá a menos que se arrepientan. Dios ya ha enviado flaqueza a sus almas, y muchos de ellos lo saben.

3. Los que han estado empeñados en promover la obra también tienen que arrepentirse. Todo lo que hayan hecho mal tiene que ser motivo de arrepentimiento, o los avivamientos no volverán como en los días pasados. Dondequiera que se haya manifestado un espíritu equivocado, o se hayan irritado y exasperado ante la oposición y hayan perdido los estribos, o hayan confundido la fidelidad cristiana con las palabras duras y un espíritu equivocado, tienen que arrepentirse. Los que se oponen nunca podrían detener por sí solos un avivamiento, a menos que los que lo promueven se extravíen. Así que tenemos que arrepentirnos si hemos dicho cosas censuradoras, u orgullosas, o arrogantes, o severas. Un tiempo como este no es tiempo para ponernos a justificarnos. Nuestro primer llamamiento es a arrepentirnos. Que cada uno se arrepienta de sus propios pecados, y no se pongan a reñir y a pelear sobre quién tiene más culpa.

4. La iglesia tiene que adoptar una postura correcta respecto a la política. No supongáis ahora que voy a predicar un sermón político, o que deseo que os unáis para formar un partido cristiano en la política. No, no creo en eso. Pero ha llegado el tiempo en que los cristianos tienen que votar por hombres honrados y adoptar una postura coherente en la política, o el Señor los maldecirá. Tienen que ser ellos mismos hombres honrados y, en lugar de votar por un hombre porque pertenece a su partido, del Banco o contra el Banco, de Jackson o contra Jackson, tienen que averiguar si es honrado y recto, y digno de confianza. Tienen que hacer ver al mundo que la iglesia no sostendrá en un cargo a ningún hombre del que se sepa que es un bribón, o un adúltero, o un profanador del día de reposo, o un jugador, o un borracho. Tal es la difusión de la información y la facilidad de comunicación en nuestro país, que todo hombre puede saber a quién da su voto. Y si da su voto solo a hombres honrados, el país se verá obligado a tener gobernantes rectos. Todos los partidos se verán obligados a presentar hombres honrados como candidatos. Los cristianos han sido sumamente culpables en este asunto. Pero ha llegado el tiempo en que tienen que actuar de otra manera, o Dios maldecirá a la nación y retirará su Espíritu. Como en el tema de la esclavitud y de la templanza, así en este tema la iglesia tiene que obrar rectamente o el país se arruinará. Dios no puede sostener este país libre y bendito, que amamos y por el que oramos, a menos que la iglesia adopte una postura correcta. La política es parte de la religión en un país como este, y los cristianos tienen que cumplir su deber para con el país como parte de su deber para con Dios. A veces parece como si los cimientos de la nación se estuvieran pudriendo, y los cristianos parecen obrar como si pensaran que Dios no ve lo que hacen en la política. Pero yo os digo que sí lo ve, y que bendecirá o maldecirá a esta nación según el camino que tome.

5. Las iglesias tienen que adoptar una postura correcta en el tema de la esclavitud. Y aquí surge la pregunta: ¿cuál es la postura correcta? Y PRIMERO expondré algunas cosas que deben evitarse.

(1.) Ante todo, hay que evitar un mal espíritu. Nada es más a propósito para dañar a la religión, y para dañar a los mismos esclavos, que el que los cristianos se enzarcen en una controversia airada sobre el tema. Es un tema sobre el cual no tiene por qué haber controversia airada entre cristianos. Los que profesan la religión y tienen esclavos, como los que profesan la religión y venden ron, podrán procurar justificarse, y podrán enojarse con los que presionan su conciencia y los llaman a abandonar sus pecados. Esos orgullosos que profesan la religión y piensan que un hombre es culpable, o que es una vergüenza, por tener la piel negra, podrán dejar que sus prejuicios prevalezcan hasta el punto de taparse los oídos, y estar dispuestos a reñir con los que les urgen el tema. Pero lo repito: el tema de la esclavitud es un tema sobre el cual los cristianos, los hombres de oración, no tienen por qué y no deben discrepar.

(2.) Otra cosa que debe evitarse es el intento de adoptar una postura neutral en este tema. Los cristianos no pueden adoptar una postura neutral en este tema, ahora que se ha planteado para su discusión, como tampoco pueden adoptarla en el tema de la santificación del día de reposo. Es un gran pecado nacional. Es un pecado de la iglesia. Las iglesias, con su silencio y permitiendo que los dueños de esclavos pertenezcan a su comunión, han estado consintiendo en él. Todas las denominaciones han sido más o menos culpables, aunque los cuáqueros se han lavado las manos de él en los últimos años. Es inútil que las iglesias pretendan que se trata meramente de un pecado político. Lo repito: es el pecado de la iglesia, en el que todas las denominaciones han consentido. Han declarado virtualmente que es lícito. El solo hecho de permitir que los dueños de esclavos permanezcan tranquilamente en plena comunión en sus iglesias es la expresión más fuerte y más pública de su opinión de que no es pecado. Por tanto, que la iglesia pretenda adoptar una postura neutral en este tema es completamente absurdo. El hecho es que no está en terreno neutral en absoluto. Mientras tolere a los dueños de esclavos en su comunión, ELLA JUSTIFICA LA PRÁCTICA. Y lo mismo podría un enemigo de Dios pretender que no es ni santo ni pecador, que va a adoptar una postura neutral, y orar «buen Señor y buen diablo», porque no sabe qué lado será el más popular.

(3.) Debe ponerse gran cuidado en evitar un espíritu censurador por ambas partes. Es un asunto sobre el cual ha habido, y probablemente seguirá habiendo durante algún tiempo, diferencia de opinión entre los cristianos en cuanto al mejor modo de resolver la cuestión. Y debe tratarse con gran tolerancia por ambas partes. Un espíritu de denuncia, que impugna los motivos unos de otros, no es cristiano; tiende a contristar al Espíritu de Dios y a sofocar los avivamientos, y es igualmente dañino para la iglesia y para los esclavos mismos.

En SEGUNDO lugar, mencionaré varias cosas que, a mi juicio, la iglesia está imperiosamente llamada a hacer en este asunto:

(1.) Los cristianos de todas las denominaciones deben dejar a un lado el prejuicio e informarse sobre este asunto sin ninguna demora. Inmensas multitudes de los que profesan la religión se han entregado al prejuicio hasta tal punto que no están dispuestos a leer ni a escuchar, ni a llegar a una recta comprensión del asunto. Pero los cristianos no pueden orar en este estado de ánimo. Desafío a cualquiera a poseer el espíritu de oración mientras tenga demasiados prejuicios para examinar esta o cualquier otra cuestión de deber. Si la luz no brillara, los cristianos podrían permanecer a oscuras en este punto y aun así poseer el espíritu de oración. Pero si se niegan a venir a la luz, no pueden orar. Ahora apelo a todos vosotros los que estáis aquí presentes y que no habéis examinado este asunto porque no estabais dispuestos a examinarlo: decid si tenéis el espíritu de oración. Donde los ministros, los cristianos en particular o iglesias enteras resisten la verdad en este punto ahora, cuando está tan extensamente difundida y presente ante la opinión pública, no creo que disfruten ni puedan disfrutar de un avivamiento de la religión.

(2.) Los escritos que contengan discusiones moderadas y juiciosas sobre este asunto, y las exposiciones de hechos que están ante el público, deben circular tranquila y extensamente, y toda la iglesia debe examinarlos con cuidado y con oración. No quiero decir con esto que la atención de la iglesia deba quedar tan absorbida por ello que descuide la cuestión principal: salvar las almas que están en medio de ella. No quiero decir que se hagan sobre este asunto movimientos tan prematuros que asombren a la comunidad cristiana y la envuelvan en una riña; sino que los hombres de oración deben obrar con juicio y que, tan pronto como pueda difundirse suficiente información en la comunidad, las iglesias deben, con mansedumbre pero con FIRMEZA, tomar una posición decidida sobre el asunto y expresar ante toda la nación y ante el mundo su aborrecimiento de este pecado.

La agitación antimasónica que prevaleció hace algunos años causó tales estragos en las iglesias, y produjo durante un tiempo tanto distanciamiento y tanta mala voluntad entre ministros y pueblo, y la primera introducción de este asunto ha ido acompañada de tales conmociones, que muchos buenos ministros, que ellos mismos se oponen enteramente a la esclavitud, temen presentar el asunto a su pueblo, por miedo de que sus iglesias no tengan bastante religión para abordarlo, considerarlo con calma y decidir sobre él con el espíritu del evangelio. Sé que hay peligro de esto. Pero aun así el asunto tiene que presentarse a las iglesias. Y si se introduce con discreción y con mucha oración, hay muy pocas iglesias de las que han disfrutado de avivamientos, y que en la actualidad están en algo cercano a un espíritu de avivamiento, que no puedan ser llevadas a recibir la verdad sobre este asunto. Que no haya error en esto. La denuncia de la masonería publicada por William Morgan apareció en 1826. La agitación y la discusión consiguientes continuaron hasta 1830. Entretanto, las iglesias habían dado de manera muy general su testimonio contra la masonería, y habían resuelto que no podían tener comunión con los masones que siguieran adheridos a ella. En consecuencia, las logias masónicas por lo general se disolvieron y entregaron sus cartas constitutivas. Hubo una desbandada general de los que profesaban ser cristianos fuera de las logias. Esto preparó el camino, y en 1830 comenzó, en el centro de la región antimasónica, el mayor avivamiento que el mundo había visto hasta entonces, y se extendió por todo el campo donde las iglesias habían tomado esa decisión, hasta que sus convertidos llegaron a 100.000 almas.

Quizá ninguna iglesia de este país haya pasado por una prueba más severa en este asunto que esta. Era una iglesia de cristianos jóvenes y, en su mayor parte, sin experiencia. Y muchas circunstancias concurrieron, en mi ausencia, a producir confusión y malos sentimientos entre ellos. Pero, hasta donde conozco ahora el estado de ánimo de esta iglesia, no sé de ninguna mala voluntad entre ellos sobre este asunto. El Señor nos ha bendecido, el Espíritu ha descendido sobre nosotros como rocío, y un número considerable se ha añadido a nuestra comunión cada mes desde mi regreso. Sin duda hay en esta iglesia quienes sienten este asunto en grados muy diferentes. Y sin embargo puedo decir honestamente que no tengo noticia de la menor diferencia de convicción entre ellos. Desde el principio, antes de emprender mi viaje al extranjero, hemos tomado sobre la esclavitud la misma posición que sobre la templanza. Hemos excluido de nuestra comunión a los dueños de esclavos y a todos los que tienen parte en ese tráfico. Algunos de fuera de esta iglesia han censurado esta conducta como injustificable y falta de caridad, y de ningún modo quisiera hacer de mi propio juicio, ni del ejemplo de esta iglesia, una regla para el gobierno de otros ministros e iglesias. Aun así, creo en conciencia que no está lejos el tiempo en que las iglesias estarán unidas en esta expresión de aborrecimiento contra este pecado. Si no bautizo la esclavitud con algún nombre suave y cristiano, si la llamo PECADO, tanto la coherencia como la conciencia llevan a la conclusión inevitable de que, mientras se persevere en el pecado, sus perpetradores no pueden ser sujetos aptos para la comunión y la confraternidad cristianas.

A esto se objeta que hay muchos ministros en la iglesia presbiteriana que son dueños de esclavos. Y se dice que es muy incoherente que nos neguemos a admitir a un dueño de esclavos a nuestra comunión y, sin embargo, pertenezcamos a la misma iglesia que ellos, nos sentemos con ellos en los cuerpos eclesiásticos y los reconozcamos como ministros. A esto respondo que no tengo potestad para proceder contra esos ministros, y ciertamente no he de separarme de la iglesia porque algunos de sus ministros o miembros sean dueños de esclavos. Mi deber es pertenecer a la iglesia, aunque el diablo pertenezca a ella. Donde tengo autoridad, excluyo de la comunión a los dueños de esclavos, y siempre lo haré mientras viva. Pero donde no tengo autoridad, si la mesa de Cristo está puesta, me sentaré a ella, en obediencia a su mandamiento, sea quien sea el que se siente o se quede fuera.

De ningún modo quiero denunciar como hipócritas a todos esos ministros y profesantes de la religión que tienen esclavos, ni decir que no son cristianos. Pero esto sí digo: que mientras continúen en esa actitud, la causa de Cristo y de la humanidad exige que no se les reconozca como tales, a menos que queramos ser partícipes de pecados ajenos. No es más incoherente excluir a los dueños de esclavos, aunque los haya en la iglesia presbiteriana, que excluir a las personas que beben o venden licores. Porque hay muchísimos vendedores de ron que pertenecen a la iglesia presbiteriana.

Creo que ha llegado el tiempo —y aunque no soy profeta, creo que se verá que ha llegado— en que el avivamiento en los Estados Unidos continuará y prevalecerá no más lejos ni más deprisa de lo que la iglesia tome la posición correcta sobre este asunto. La iglesia es testigo de Dios. El hecho es que la esclavitud es, por excelencia, el pecado de la iglesia. Es precisamente el hecho de que ministros y profesantes de la religión de distintas denominaciones tengan esclavos lo que santifica toda esta abominación a los ojos de los impíos. ¿Quién no sabe que, en el asunto de la templanza, todo borracho del país se escabulle detrás de algún diácono que vende ron o de algún ministro que bebe vino? La objeción y el refugio más comunes de los intemperantes y de los bebedores moderados es que los que profesan la religión lo practican. Es esto lo que crea la imperiosa necesidad de excluir de la comunión a los traficantes de licores y a los bebedores de ron. Que las iglesias de todas las denominaciones hablen claro sobre la templanza; que cierren sus puertas a todos los que tienen algo que ver con esa abominación que reparte la muerte, y la causa de la templanza habrá triunfado. Unos pocos años aniquilarían el tráfico. Exactamente así sucede con la esclavitud.

Es la iglesia la que principalmente sostiene este pecado. Su testimonio unido sobre este asunto zanjaría la cuestión. Que los cristianos de todas las denominaciones se presenten con mansedumbre, pero con firmeza, y pronuncien su veredicto; que limpien sus comuniones y se laven las manos de esto; que proclamen y escriban en la cabeza y en la frente de esta gran abominación: ¡PECADO!, y en tres años se formaría una opinión pública que lo arrastraría todo por delante, y no quedaría en esta tierra ni un esclavo encadenado ni un capataz de esclavos cruel y amenazante.

Aun así, puede decirse que en muchas iglesias este asunto no puede introducirse sin crear confusión y mala voluntad. Puede ser. Así ha sucedido con el asunto de la templanza, y también con el de los avivamientos. En algunas iglesias no pueden introducirse ni la templanza ni los avivamientos sin producir disensión. Las escuelas dominicales, las operaciones misioneras y todo lo de esa clase han encontrado oposición y han producido disensiones en muchas iglesias. Pero ¿es esa razón suficiente para excluir estos asuntos? Y donde las iglesias han excluido estos asuntos por temor a la contienda, ¿han sido bendecidas con avivamientos? Todo el mundo sabe que no. Pero donde las iglesias han tomado una posición firme sobre estos asuntos, aunque algunos individuos, y a veces muchos, se hayan opuesto, aun así han sido bendecidas con avivamientos. Donde cualquiera de estos asuntos se introduce con cuidado y con oración; donde se presenta con un espíritu recto y se da a cada uno su verdadera importancia relativa; si en tales casos hay quienes provocan disturbios y resisten, que la culpa caiga donde debe. Hay algunas personas que ellas mismas están dispuestas a pelear con este asunto, y que siempre están listas para exclamar: «No introduzcáis estas cosas en la iglesia; crearán oposición». Y si el ministro y el pueblo que ora sienten que es su deber presentar el asunto, ellas mismas crean un disturbio y luego dicen: «Ahí lo tenéis; ya os lo dije; mirad ahora lo que ha hecho vuestra introducción de este asunto; va a hacer pedazos la iglesia». Y mientras ellas mismas hacen todo lo que pueden por crear división, culpan de la división al asunto, y no a sí mismas. Hay algunas personas así en muchas de nuestras iglesias. Y ni las escuelas dominicales, ni las misiones, ni los avivamientos, ni la causa antiesclavista, ni ninguna otra cosa que honre a Dios o beneficie las almas de los hombres, saldrá adelante en las iglesias sin que estas almas tan precavidas se ofendan por ello.

Sin embargo, estas cosas se han introducido y han salido adelante, una por una, en algunas iglesias con más oposición, en otras con menos, y quizá en algunas sin oposición alguna. Y tan cierto como que Dios es el Dios de la iglesia, tan seguro como que el mundo ha de ser convertido, este asunto tiene que ser considerado por la iglesia y declarado pecado por ella. Sería infinitamente mejor que no hubiera iglesia en el mundo antes que ella intentara permanecer neutral o diera un falso testimonio sobre un asunto de tanta importancia como la esclavitud, sobre todo ahora que el asunto se ha planteado y es imposible, por la naturaleza misma del caso, que su testimonio no pese en la balanza de un lado o del otro.

Si preguntáis: «¿Qué ha de hacerse?—¿lo convertiremos en el tema que absorba toda conversación, y desviaremos la atención del asunto importantísimo de la salvación de las almas que están en medio de nosotros?», respondo: No. Que una iglesia exprese su opinión sobre el asunto, y quede en paz. Hasta donde sé, estamos enteramente en paz sobre este asunto. Hemos expresado nuestra opinión; hemos cerrado nuestra comunión a los dueños de esclavos, y nos ocupamos de otras cosas. No tengo noticia de la menor agitación malsana entre nosotros por este asunto. Y donde se ha convertido en un tema absorbente de conversación en algún lugar, creo que en la mayoría de los casos se ha debido a la oposición pertinaz e irrazonable de unos pocos individuos a que siquiera se conceda audiencia al asunto.

6. Si la iglesia desea promover avivamientos, tiene que santificar el día de reposo. Hay muchísima profanación del día de reposo en el país. Los comerciantes lo quebrantan, los viajeros lo quebrantan, el Gobierno lo quebranta. Hace algunos años se intentó, en la parte occidental de este estado, establecer y sostener una línea de barcos y diligencias que guardara el día de reposo. Pero se vio que la iglesia no quería sostener la empresa. Muchos de los que profesan la religión no querían viajar en esas diligencias, ni que sus mercancías se enviaran en barcos de canal que se detendrían sin viajar el día de reposo. En un tiempo los cristianos se empeñaron mucho en pedir al Congreso que suspendiera el correo del día de reposo, y ahora parecen avergonzarse de ello. Pero una cosa es certísima: que si no se hace algo, y pronto, y con eficacia, para promover la santificación del día de reposo por parte de la iglesia, el día de reposo se irá por la borda, y no solo tendremos el correo circulando en el día de reposo y las oficinas de correos abiertas, sino que dentro de poco nuestros tribunales de justicia y nuestras cámaras legislativas permanecerán abiertos el día de reposo. ¿Y qué puede hacer la iglesia, qué hará esta nación, SIN NINGÚN DÍA DE REPOSO?

7. La iglesia tiene que tomar la posición correcta en el asunto de la Templanza y la Reforma Moral, y en todos los asuntos de moral práctica que se presentan para ser decididos de tiempo en tiempo.

Hay en las iglesias quienes se mantienen al margen del asunto de la Reforma Moral, y que temen que se diga algo desde el púlpito contra la lascivia. En este asunto la iglesia no debe esperar que se le permita tomar una posición neutral. En la providencia de Dios, está planteado para su discusión. Los males se han puesto de manifiesto; se ha hecho el llamado a la reforma. ¿Y qué ha de reformar a la humanidad sino la verdad? ¿Y quién presentará la verdad si no la iglesia y el ministerio? ¡Fuera con la idea de que los cristianos pueden permanecer neutrales y callados, y aun así disfrutar de la aprobación y la bendición de Dios!

En todos esos casos, el ministro que guarda silencio es contado entre los del otro bando. Todo el mundo sabe que así sucede en un avivamiento. No es necesario que una persona despotrique contra la obra. Con solo quedarse callada y tomar una posición neutral, todos los enemigos del avivamiento la considerarán de su lado. Así también en el asunto de la templanza. No hace falta que una persona arremeta contra la sociedad del agua fría para estar en las mejores relaciones con los borrachos y los bebedores moderados. Basta con que abogue por el uso moderado del vino, basta con que siga bebiéndolo como un lujo, y todos los borrachos lo cuentan de su lado. Si se niega a dar su influencia a la causa de la templanza, el otro bando lo reclama, naturalmente, como amigo. En todos estos asuntos, cuando se presentan, las iglesias y los ministros tienen que tomar la posición correcta, y tomarla abiertamente, y mantenerse en ella, y llevarla hasta el fin, si esperan disfrutar de la bendición de Dios en los avivamientos. Tienen que echar de sus comuniones a los miembros que, en desprecio de la luz que se ha derramado sobre ellos, siguen bebiendo licores o traficando con ellos.

8. Hay que hacer más por todos los grandes objetos de la benevolencia cristiana. Tiene que haber esfuerzos mucho mayores por la causa de las misiones, de la educación y de la Biblia, y de todas las demás ramas de la empresa religiosa, o la iglesia desagradará a Dios. Miradlo. Pensad en las misericordias que hemos recibido, en la riqueza, el número y la prosperidad de la iglesia. ¿Hemos pagado a Dios conforme a los beneficios que hemos recibido, de modo que se vea que la iglesia es generosa y está dispuesta a dar su dinero y a trabajar para Dios? No. Lejos de ello. ¿Hemos multiplicado nuestros medios y ampliado nuestros planes en proporción al crecimiento de la iglesia? ¿Está Dios satisfecho con lo que se ha hecho, o tiene motivo para estarlo? ¡Un avivamiento como el que han disfrutado las iglesias de América durante los últimos diez años! Debiéramos haber hecho diez veces más de lo que hemos hecho por las misiones, las Biblias, la educación, los tratados, las iglesias libres, y por todos los medios destinados a promover la religión y salvar almas. Si las iglesias no despiertan en este asunto y no se entregan a la obra en una escala mayor, pueden esperar que el avivamiento en los Estados Unidos cese.

9. Si los cristianos de los Estados Unidos esperan que los avivamientos se extiendan y prevalezcan hasta que el mundo sea convertido, tienen que dejar de escribir cartas y publicar artículos que tienden a despertar sospechas y recelos respecto de los avivamientos, y tienen que poner ellos mismos manos a la obra. Si toda la iglesia, como cuerpo, se hubiera puesto a trabajar hace diez años, y hubiera continuado como lo han hecho unos pocos individuos que yo podría nombrar, no habría ahora un pecador impenitente en el país. El milenio habría llegado plenamente a los Estados Unidos antes de este día. En vez de quedarse quietos y escribir cartas desde Berkshire, que los ministros que piensan que vamos por mal camino se pongan el arnés y vayan adelante, y nos muestren un camino más excelente. Que nos enseñen con su ejemplo cómo hacerlo mejor. No niego que hayamos cometido equivocaciones y errores. No niego que algunas personas hagan en los avivamientos muchas cosas que están mal. Pero ¿es esa la manera de corregirlas, hermanos? No lo hacía así Pablo. Él corregía a sus hermanos diciéndoles con bondad que les mostraría un camino más excelente. Que nuestros hermanos pongan manos a la obra y vayan adelante. Oigamos el clamor desde todos sus púlpitos: ¡A LA OBRA! Que vayan delante, allí donde el Señor vaya con ellos y desnude su brazo, y yo, por mi parte, los seguiré. Con tal que SIGAN ADELANTE, y que veamos los Estados Unidos convertidos a Dios, que cesen todas las cuestiones menores.

Si no, y si los avivamientos cesan en esta tierra, los ministros y las iglesias serán culpables de toda la sangre de todas las almas que vayan al infierno a consecuencia de ello. No hay necesidad de que la obra cese. Si la iglesia cumple todo su deber, el milenio puede llegar a este país en tres años. Pero si ha de continuar este escribir cartas, llenando el país de sospechas y recelos; si siempre ha de ser así, que dos tercios de la iglesia se queden atrás y no hagan otra cosa que criticar en tiempo de avivamiento, la maldición de Dios caerá sobre esta nación, y eso antes de mucho.

OBSERVACIONES.

1. Ya es hora de que haya grandes escudriñamientos del corazón entre los cristianos y los ministros. Hermanos, este no es tiempo de resistir la verdad, ni de poner reparos y criticar porque la verdad se dice con claridad. No es tiempo de recriminarse ni de contender, sino que tenemos que escudriñar nuestro propio corazón y humillarnos delante de Dios.

2. Tenemos que arrepentirnos y abandonar nuestros pecados, y mejorar nuestros caminos y nuestras obras, o el avivamiento cesará. Nuestras dificultades eclesiásticas TIENEN QUE CESAR, y todas las diferencias menores deben dejarse a un lado y abandonarse, para unirnos en promover los grandes intereses de la religión. Si no, los avivamientos cesarán de entre nosotros, y la sangre de millones de perdidos se hallará en nuestras faldas.

Si la iglesia cumpliera todo su deber, pronto completaría el triunfo de la religión en el mundo. Pero si ha de continuar esta guerra del Acta y Testimonio, y este sistema de espionaje, de insinuación y de denuncia, no solo cesarán los avivamientos, sino que la sangre de los millones que irán al infierno antes de que la iglesia se reponga del golpe se hallará en las faldas de los hombres que han suscitado y sostenido esta terrible contienda.

4. Los que han hecho circular informes calumniosos acerca de los avivamientos tienen que arrepentirse. Se ha dicho mucho acerca de herejía, y de que algunos hombres niegan la influencia del Espíritu, lo cual carece por completo de fundamento y ha sido inventado de la nada. Y los que han inventado esos informes, y los que los han hecho circular contra sus hermanos, tienen que arrepentirse y orar a Dios para recibir su perdón.

5. Vemos la constante tendencia que hay en los cristianos a la decadencia y al descarrío. Esto es cierto de todos los convertidos de todos los avivamientos. Mirad el avivamiento en los días del presidente Edwards. La obra siguió adelante hasta que se convirtieron 30.000 almas, y para entonces tantos ministros y cristianos llegaron a tal estado, escribiendo libros y folletos de un lado y del otro, que lo echaron todo por la borda, y el avivamiento cesó. Los que se habían opuesto a la obra se volvieron obstinados y violentos, y los que la promovían perdieron su mansedumbre y se volvieron irritables, y entonces fueron arrastrados a los mismos males que falsamente se les habían imputado.

Y ahora, ¿qué haremos? Esta grande y gloriosa obra de Dios parece dar señales de declive. El avivamiento no está muerto—¡bendito sea Dios por ello!—, ¡no está muerto! No; de todas partes del país oímos que los cristianos leen sobre el tema e indagan acerca del avivamiento. En algunos lugares hay ahora avivamientos poderosos. ¿Y qué haremos para alzar el estandarte, para mover a toda esta nación y convertir a todo este gran pueblo al Señor? Tenemos que OBRAR RECTAMENTE. Todos tenemos que tener un espíritu mejor, tenemos que postrarnos en el polvo, tenemos que obrar unidos, tenemos que emprender esta gran obra con todo nuestro corazón, y entonces Dios nos bendecirá y la obra seguirá adelante.

¿Cuál es la condición de esta nación? Sin duda, Dios tiene alzada la vara de la GUERRA sobre la cabeza de esta nación. Espera, antes de soltar sus juicios, para ver si la iglesia obrará rectamente. La nación está bajo su desagrado, porque la iglesia se ha conducido de tal manera respecto de los avivamientos. Y supongamos ahora que viniera la guerra: ¿dónde quedarían nuestros avivamientos? ¡Cuán pronto se tragaría la guerra el espíritu de avivamiento! El espíritu de la guerra es cualquier cosa menos el espíritu de los avivamientos. ¿Quién atenderá a los reclamos de la religión cuando la opinión pública esté absorbida por el tema avasallador de la guerra? Ved ahora cómo esta nación se ve, de repente, llevada al borde de la guerra. Dios blande su espada llameante sobre nuestras cabezas. ¿Se arrepentirá la iglesia? Es a LA IGLESIA a quien Dios tiene principalmente en vista. ¿Cómo evitaremos la maldición de la guerra? Solo mediante una reforma en la iglesia. Es en vano esperar que los políticos eviten la guerra. Quizá ellos, en general, estarían a favor de la guerra. Muy probablemente, lo que hicieran para evitarla nos precipitaría derecho en ella. Si la iglesia no quiere sentir, no quiere despertar, no quiere obrar, ¿adónde miraremos en busca de ayuda? Si la iglesia absolutamente no quiere moverse, no quiere temblar a la vista de los justos juicios de Dios suspendidos sobre nuestras cabezas, ciertamente estamos cerca de la maldición como nación.

6. Lo que se haga tiene que hacerse pronto. La balanza está en el fiel. Si no avanzamos, tendremos que retroceder. Las cosas no pueden quedar como están. Si la iglesia no se levanta, si no tenemos un avivamiento más poderoso que el que hemos tenido, muy pronto no tendremos ninguno. Hemos tenido un avivamiento tan grande que ahora los avivamientos pequeños no interesan a la opinión pública. Tenéis que obrar como individuos. Cumplid vuestro propio deber. Tenéis una responsabilidad. Arrepentíos pronto. No esperéis a otro año. ¿Quién sino Dios sabe cuál será el estado de estas iglesias si las cosas siguen así otro año sin un avivamiento grande y general de la religión?

7. Es común, cuando las cosas van del todo mal en la iglesia, que cada individuo critique a la iglesia y a sus hermanos, y pase por alto su propia parte de la culpa. Que nadie gaste su tiempo criticando esa cosa abstracta, «la Iglesia». Antes bien, como miembros individuales de la iglesia de Cristo, que cada uno obre, y obre rectamente, y se postre en el polvo, y nunca hable con orgullo ni con censura. ¡ADELANTE! ¿Quién dejaría una obra semejante para ponerse a escribir cartas, y descender al campo de Ono a ver si no pueden arreglarse todas estas disputas mezquinas, dejando que la obra cese? Ocupémonos de nuestra obra, y dejemos que el Señor cuide del resto. Cumplamos nuestro deber, y dejemos el resultado a Dios.

Desde que se pronunciaron estos discursos se ha avanzado mucho en todas las empresas benéficas de este país. El tiempo ha zanjado la cuestión de la pureza y el valor inestimable de aquellos avivamientos contra los cuales existió tanta oposición equivocada en la iglesia presbiteriana. Hoy se sabe que la grande y desastrosa reacción que predijeron los opositores no se ha visto. Debe admitirse ahora que los convertidos de aquellos avivamientos han constituido la fuerza de las iglesias, y que su influencia cristiana se ha sentido en todo el país. Nunca ha habido avivamientos cuyo poder y pureza hayan quedado más cabalmente establecidos por el tiempo y la experiencia que aquella grande y bendita obra de Dios contra la cual se levantó tal tormenta de oposición. La oposición fue evidentemente un gran error. Que no se diga que la oposición era exigida por los grandes males que acompañaron aquella obra, y que esos males y errores fueron detenidos y corregidos por la oposición. El hecho es que los supuestos errores y males que se tomaron como justificación de la oposición nunca existieron en un grado tal que justificara la alarma o la oposición. He escrito una narración de aquellos avivamientos en la que he considerado la cuestión más a fondo. Las iglesias sí abrazaron la templanza y otras ramas de la reforma hasta el punto de evitar aquellos males contra los cuales se les advirtió. En la cuestión de la esclavitud, la iglesia dio su testimonio demasiado tarde para evitar la guerra. Pero los dueños de esclavos se alarmaron y exasperaron mucho por la oposición siempre creciente a su institución en toda aquella región del norte donde se habían sentido las influencias de los avivamientos. Tomaron las armas para defender y perpetuar la abominación, y al hacerlo la abolieron.

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