Discursos sobre el avivamiento de la religión
Discurso XIV. Medidas para promover los avivamientos

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Discurso XIV. Medidas para promover los avivamientos

DISCURSO XIV.

MEDIDAS PARA PROMOVER LOS AVIVAMIENTOS.

Texto.—Estos hombres, siendo judíos, alborotan nuestra ciudad, y predican ritos que no nos es lícito recibir ni hacer, pues somos romanos.—Hechos 16:20, 21.

«ESTOS hombres» de quienes aquí se habla eran Pablo y Silas, que fueron a Filipos a predicar el evangelio y alborotaron mucho a la gente de aquella ciudad, porque suponían que la predicación perjudicaría sus ganancias mundanas. Y así llevaron a los predicadores del evangelio ante los magistrados de la ciudad, como reos, y los acusaron de enseñar doctrinas, y sobre todo de emplear medidas, que no eran lícitas.

Al disertar sobre estas palabras me propongo mostrar:

I. Que bajo la dispensación del evangelio Dios no ha establecido ningún sistema particular de medidas que deba emplearse y seguirse invariablemente para promover la religión.

II. Mostrar que nuestras formas actuales de culto público, y todo lo demás en lo que se refiere a las medidas, se han alcanzado poco a poco y por una sucesión de Nuevas Medidas.

I. He de mostrar que bajo el evangelio Dios no ha establecido ninguna medida particular que deba usarse.

Bajo la dispensación judía había formas particulares ordenadas y prescritas por Dios mismo, de las cuales no era lícito apartarse. Pero esas formas eran todas típicas, y estaban destinadas a prefigurar a Cristo, o algo relacionado con la nueva dispensación que Cristo había de introducir. Y por eso eran fijas, y todos sus detalles estaban prescritos minuciosamente por autoridad divina. Pero nunca fue así bajo el evangelio. Cuando vino Cristo, la dispensación ceremonial o típica quedó abrogada, porque el propósito de aquellas formas se había cumplido, y por tanto ya no servían para nada. Siendo él el antitipo, los tipos quedaron naturalmente abolidos con su venida. Entonces se predicó EL EVANGELIO como el medio señalado para promover la religión; y se dejó a la discreción de la iglesia determinar, de tiempo en tiempo, qué medidas se adoptarían y qué formas se seguirían para dar al evangelio su poder. Se nos deja a oscuras en cuanto a las medidas que siguieron los apóstoles y los primeros predicadores, salvo en lo que podemos deducir de algunas indicaciones ocasionales del libro de los Hechos. No sabemos cuántas veces cantaban ni cuántas veces oraban en el culto público, ni siquiera si cantaban u oraban en absoluto en sus reuniones ordinarias de predicación. Cuando Jesucristo estaba en la tierra, trabajando entre sus discípulos, no se ocupaba de formas ni de medidas. En este respecto hacía de tiempo en tiempo exactamente lo que habría sido natural que hiciera cualquier hombre en tales casos, sin nada que se pareciera a una forma o un modo fijo de hacerlo. Los judíos lo acusaban de no hacer caso de sus formas. Su objetivo era predicar y enseñar a los hombres la verdadera religión. Y cuando después predicaron los apóstoles, con el Espíritu Santo enviado del cielo, no oímos nada de que tuvieran un sistema particular de medidas para llevar adelante su obra, ni de que un apóstol hiciera algo de una manera particular porque otros lo hacían de esa manera. Su comisión fue: «Id y predicad el evangelio, y haced discípulos a todas las naciones». No prescribía ninguna forma. No admitía ninguna. Nadie puede pretender sacar de esta comisión un conjunto de formas o instrucciones particulares en cuanto a las medidas. Hacedlo —de la mejor manera que podáis—, pedid sabiduría a Dios, usad las facultades que él os ha dado, buscad la dirección del Espíritu Santo, id adelante y hacedlo. Esa era su comisión. Y su objetivo era dar a conocer el evangelio de la manera más eficaz, hacer que la verdad resaltara de un modo impactante, a fin de captar la atención y asegurar la obediencia del mayor número posible. Nadie puede encontrar en la Biblia ninguna forma establecida para hacerlo. Lo que allí resalta prominentemente como lo principal es predicar el evangelio. La forma queda fuera de la cuestión.

Es evidente que, al predicar el evangelio, hay que adoptar alguna clase de medidas. Hay que poner el evangelio ante la mente de la gente, y hay que tomar medidas para que puedan oírlo y para inducirlos a prestarle atención. Esto se hace construyendo templos, celebrando reuniones regulares o de otro tipo, y así sucesivamente. Sin algunas medidas, jamás podrá lograrse que surta efecto entre los hombres.

II. He de mostrar que nuestras formas actuales de culto público, y todo lo demás en lo que se refiere a las medidas, se han alcanzado poco a poco y por una sucesión de Nuevas Medidas.

1. Mencionaré algunas cosas en cuanto al ministerio.

Hace muchos años, los ministros acostumbraban llevar un hábito peculiar. Así es todavía en los países católicos. Así solía ser aquí. Los ministros tenían un traje peculiar, tanto como los soldados. Solían llevar sombrero de tres picos, y alzacuello de bandas en vez de corbata o corbatín, y calzón corto, y peluca. Por mucho pelo que un hombre tuviera en la cabeza, tenía que cortárselo y ponerse peluca. Y además tenía que llevar toga. Todas estas cosas eran costumbre, y se consideraba que todo clérigo estaba obligado a llevarlas, y no se tenía por apropiado que oficiara sin ellas. Sin duda todas ellas se habían introducido mediante una sucesión de innovaciones, pues no tenemos ninguna buena razón para creer que los apóstoles y los primeros ministros vistieran de manera distinta de los demás hombres.

Pero ahora se ha renunciado a todas estas cosas, una por una, mediante una sucesión de innovaciones o nuevas medidas, hasta el punto de que hoy en muchas iglesias un ministro puede subir al púlpito y predicar sin que nadie lo note, aunque vista como cualquier otro hombre. Y cuando se hizo esto con cada una de ellas, la iglesia se quejó tanto como si se hubiera abandonado una institución divina. Se denunció como una innovación. Cuando los ministros empezaron a dejar el sombrero de tres picos y a llevar sombreros como los demás hombres, eso afligió muchísimo a los mayores; les parecía tan «indigno», decían, que un ministro llevara un sombrero redondo. Cuando en 1827 yo llevé un gorro de piel, un ministro dijo que «aquello era demasiado para un ministro».

Cuando, hace unos pocos años, los ministros empezaron a llevar sombreros blancos, muchos lo tuvieron por una innovación lamentable y muy indigna. Y aun ahora son tan intolerantes en algunos lugares que un clérigo me contó, hace apenas unos días, que al viajar por Nueva Inglaterra el verano pasado con un sombrero blanco, pudo notar que eso perjudicaba su influencia. Este espíritu no debe considerarse inofensivo; tengo buenas razones para saber que no lo es. Los hombres que piensan ven que es pura intolerancia, y corren un peligro enorme de ver por eso todo lo relativo a la religión bajo la misma luz. Ese ha sido el resultado en muchos casos. Hoy apenas hay un ministro en el país que no se sienta obligado a llevar levita negra, como si fuera una institución divina. La iglesia todavía está llena de una especie de reverencia supersticiosa por tales cosas. Esto es una gran piedra de tropiezo para muchas mentes.

Del mismo modo, cuando los ministros dejaron las bandas y se pusieron corbata o corbatín, se dijo que se estaban volviendo seglares, y muchos se quejaron. Aun ahora, en algunos lugares, un ministro no se atrevería a dejarse ver en el púlpito con corbata o corbatín. La gente sentiría que no tenía clérigo si él no llevaba bandas. Un ministro de esta ciudad le preguntó a otro, hace apenas unos días, si sería admisible llevar un corbatín negro en el púlpito. Lo llevaba en su trato ordinario con su gente, pero dudaba de si convendría llevarlo en el púlpito.

Lo mismo ocurrió con el calzón corto: se lo tenía por esencial al carácter ministerial. Aun ahora, en los países católicos, todo sacerdote lleva calzón corto. Allí hasta los muchachitos que se preparan para el oficio sacerdotal llevan su sombrero de tres picos, medias negras y calzón corto. Esto parecería ridículo entre nosotros. Pero antes se practicaba en este país. Hubo un tiempo en que la buena gente se habría escandalizado si un ministro hubiera subido al púlpito con pantalones largos. Habrían pensado que con sus innovaciones iba a arruinar sin duda la iglesia. Me han contado que hace algunos años, en Nueva Inglaterra, cierto clérigo anciano se oponía tanto a la nueva medida de que un ministro llevara pantalones largos, que de ningún modo los permitía en su púlpito. Un joven iba a predicar en su lugar, y no tenía calzón corto, y el viejo ministro no le dejaba oficiar con pantalones largos. «Pues —dijo—, mi gente pensaría que he traído un petimetre al púlpito, si ve allí a un hombre con pantalones largos, y eso causaría una conmoción entre ellos». Y así, al final, el joven tuvo que pedir prestado un calzón al anciano caballero, que le quedaba demasiado corto, e hizo una figura bastante ridícula. Pero cualquier cosa era mejor que una innovación tan terrible como predicar en pantalones largos. Pero la razón ha triunfado.

Exactamente igual sucedió con las pelucas. Recuerdo a un ministro que, aunque era bastante joven, solía llevar una enorme peluca blanca. Y la gente hablaba como si hubiera un derecho divino en ello, y era casi tan difícil renunciar a ella como renunciar a la Biblia misma. También las togas se consideraban esenciales al carácter ministerial. Y aun ahora, en muchas congregaciones de este país, la gente no tolera a un ministro en el púlpito a menos que lleve una amplia toga de seda, con mangas enormes tan grandes como su cuerpo. Incluso en algunas de las iglesias congregacionales de Nueva Inglaterra no soportan renunciar a ella. Ahora bien, ¿cómo llegó la gente a suponer que un ministro tiene que llevar toga o peluca para predicar con eficacia? ¿Por qué se consideraba que todo clérigo estaba obligado a usar estas cosas? ¿Cómo es que no se ha renunciado a ninguna de ellas en las iglesias sin producir en ellas una conmoción? Se ha renunciado a todas, una por una, y muchas congregaciones se han visto turbadas por un tiempo con la innovación. Pero ¿pretenderá alguien que la causa de la religión ha sufrido daño por ello? La gente sentía que apenas podía adorar a Dios sin ellas, pero es evidente que su apego a ellas no formaba parte de su religión, es decir, no formaba parte de la religión cristiana. Era pura superstición. Y cuando se les quitaron estas cosas se quejaron, como Micaía: «Os habéis llevado mis dioses». Pero sin duda su carácter religioso mejoró al quitárseles estos objetos de reverencia supersticiosa. De modo que la iglesia, en conjunto, ha salido muy ganando con las innovaciones. Así veis que el modo actual de vestir de un ministro se ha alcanzado mediante una serie de nuevas medidas.

2. En cuanto al orden del culto público.

Se han encontrado las mismas dificultades al efectuar cada cambio, porque la iglesia ha sentido como si Dios hubiera establecido justamente el modo al que ella estaba acostumbrada.

(1.) Los salterios. Antes se acostumbraba cantar los Salmos de David. Con el tiempo se introdujo una versión de los Salmos en rima. Esto era muy malo, por supuesto. Cuando los ministros intentaron introducirla, las iglesias se vieron turbadas, la gente se opuso violentamente, y la innovación causó grandes problemas. Pero la nueva medida triunfó.

Después se presentó otra versión en un estilo poético mejor, y su introducción encontró oposición y mucha contienda, por ser una nueva medida. Y por último la versión de Watts, a la que todavía se oponen en muchas iglesias. No más lejos que en 1828, estando yo en Filadelfia, me contaron que un ministro de allí estaba predicando a su congregación un ciclo de conferencias sobre la salmodia, con el propósito de llevarlos a usar una versión de salmos e himnos mejor que la que acostumbraban. Y aun ahora, en muchísimas congregaciones, hay personas que se salen del templo si se anuncia un salmo o himno de un libro nuevo. Y si se adoptaran los Salmos de Watts, se separarían y formarían una nueva congregación antes que tolerar semejante innovación. La misma clase de sentimiento ha suscitado la introducción de los «Himnos de aldea» en las reuniones de oración. En una congregación presbiteriana de esta ciudad, hace pocos años, la esposa del ministro quiso introducir los Himnos de aldea en las reuniones de oración de mujeres, sin atreverse a ir más allá. Creía que lo iba a lograr. Pero algunas almas cautelosas descubrieron que el libro se había hecho en Nueva Inglaterra, y se negaron a admitirlo. «Será cosa de hopkinsianos, digo yo».

(2.) Dictar los himnos por líneas. Antes, cuando había pocos libros, era costumbre dictar los himnos línea por línea, como se decía. El diácono se ponía de pie delante del púlpito y leía el salmo o himno, una línea o dos líneas a la vez, y luego cantaba, y todos los demás se unían. Con el tiempo empezaron a introducir libros, y a dejar que cada uno cantara de su libro. ¡Y qué innovación! ¡Ay, qué confusión y qué desorden produjo! ¿Cómo podía la buena gente adorar a Dios cantando sin que el diácono dictara el himno con su tono santo? Porque la santidad parecía consistir en gran parte en el tono, que era tal que apenas se podía distinguir si leía o cantaba.

(3.) Los coros. Después se impuso otra innovación. Se pensó que era mejor que un coro selecto de cantores se sentara aparte y cantara, a fin de dar ocasión de mejorar la música. Pero hubo una oposición encarnizada. ¡Oh, cuántas congregaciones se vieron desgarradas y partidas en pedazos por el deseo de los ministros y de algunas personas principales de lograr una mejora en el cultivo de la música formando coros de cantores! La gente hablaba de innovaciones y nuevas medidas, y pensaba que grandes males iban a venir sobre las iglesias, porque los cantores se sentaban aparte, cultivaban la música y aprendían tonadas nuevas que los mayores no sabían cantar. No era así cuando ellos eran jóvenes, y no iban a tolerar en la iglesia tales luces nuevas y novedades.

(4.) Los diapasones. Cuando se cultivó la música y los coros se sentaron juntos, los cantores quisieron un diapasón de soplo. Antes, cuando el diácono o el chantre dictaba las líneas, él arrancaba con la tonada y los demás seguían como podían. Pero cuando los directores de coro empezaron a usar diapasones para dar a todas sus voces exactamente el mismo tono, ¡qué inmensa confusión se produjo! Oí decir a un clérigo que un anciano del pueblo donde él vivía antes se levantaba y salía del templo cada vez que oía al chantre soplar su diapasón. «¡Fuera ese silbato!», decía. «¡Qué! ¡Silbar en la casa de Dios!». Lo tenía por una profanación.

(5.) La música instrumental. Con el tiempo, en algunas congregaciones, se introdujeron diversos instrumentos con el fin de ayudar a los cantores y mejorar la música. Cuando se introdujo por primera vez el violón, causó un gran alboroto. La gente insistía en que lo mismo daría tener un violín en la casa de Dios. «Pero si es un violín; está hecho igual que un violín, solo que un poco más grande, ¿y quién puede adorar donde hay un violín? Al rato querréis bailar en el templo». ¿Quién no ha oído hablar de estas cosas como de asuntos de la más vital importancia para la causa de la religión y la pureza de la iglesia? Ministros reunidos en graves asambleas eclesiásticas han pasado días discutiéndolas. En un sínodo de la iglesia presbiteriana, hace solo unos pocos años, algunos hablaron seriamente de que merecía disciplina cierta iglesia porque tenía un órgano en la casa de Dios. Y esto hace pocos años. Y hay muchas iglesias hoy que no tolerarían un órgano. No se alterarían ni la mitad si se les dijera que los pecadores van al infierno que si se les dijera que va a haber un órgano en el templo. ¡Oh, en cuántos lugares es más fácil conseguir que la iglesia haga cualquier otra cosa antes que avenirse de un modo sencillo y natural a hacer lo que se necesita, y lo más sabio y lo mejor, para promover la religión y salvar almas! Obran como si tuvieran un «Así dice el Señor» para cada costumbre y práctica que se les ha transmitido, o que ellos mismos han seguido largo tiempo, por absurda o perjudicial que sea.

(6.) Las oraciones improvisadas. ¡Cuántas personas hay que hablan exactamente como si el Libro de Oración fuera de institución divina! Y supongo que multitudes lo creen así. Y en algunas partes de la iglesia no se le permitiría a un hombre orar sin tener su libro delante.

(7.) Predicar sin notas. Hace unos pocos años, invitaron a una señora de Filadelfia a oír predicar a cierto ministro, y ella se negó porque él no leía sus sermones. Parecía pensar que sería una profanación que un hombre subiera al púlpito y hablara, tal como si estuviera hablando con la gente de algún asunto interesante e importante. ¡Como si Dios hubiera ordenado el uso de notas y sermones escritos! No saben que las notas mismas son una innovación, y además moderna. Se introdujeron en una época de dificultades políticas en Inglaterra. Los ministros temían que se les acusara de predicar algo contra el gobierno, a menos que pudieran mostrar lo que habían predicado teniéndolo todo escrito de antemano. Y con un espíritu servil cedieron a consideraciones políticas, e impusieron a la iglesia un yugo de servidumbre. Y ahora, en muchos lugares, no pueden tolerar la predicación improvisada.

(8.) Arrodillarse para orar. Esto ha causado un gran alboroto en muchas partes del país. Hubo un tiempo, en las iglesias congregacionales de Nueva Inglaterra, en que un hombre o una mujer se avergonzaba de que lo vieran arrodillado en una reunión de oración, por miedo a que lo tomaran por metodista. He orado en familias donde yo era el único que se arrodillaba. Todos los demás se quedaban de pie, para no imitar a los metodistas, supongo, y no dar así su aprobación a innovaciones en la forma establecida. Otros, en cambio, hablan como si no hubiera otra postura aceptable en la oración que la de rodillas.

3. Los trabajos de los laicos.

(1.) Las oraciones de los laicos. Antes se ponían muchas objeciones a que ningún hombre orara o tomara parte en la dirección de una reunión de oración, a menos que fuera clérigo. Se solía decir que el que un laico orara en público era entrometerse en la dignidad de los ministros, y no debía tolerarse. Un ministro de Pensilvania me contó que, hace unos años, convocó una reunión de oración en el templo, y los ancianos se opusieron y la echaron del edificio. Dijeron que no consentirían semejante cosa; que habían contratado a un ministro para que orara, y que él lo haría, y que no iban a tener a hombres comunes orando.

Los ministros y muchos otros se han opuesto de manera muy extendida a que un laico ore en público, y especialmente en presencia de un ministro. Eso rebajaría la autoridad del clero, y no debía tolerarse. En un sínodo celebrado en este Estado se convocó una reunión de oración sinodal. La comisión organizadora, como iba a ser un acto formal, designó de antemano a las personas que habían de tomar parte, y nombró a dos clérigos y a un laico. El laico era un hombre de talento e instrucción iguales a los de la mayoría de los ministros. Pero un doctor en teología se levantó y objetó seriamente a que se le pidiera a un laico orar ante aquel sínodo. No era lo acostumbrado, dijo; infringía los derechos del clero, y él no quería innovaciones. ¡Qué estado de cosas!

(2.) La exhortación de los laicos. Esta ha sido una cuestión de enorme importancia, que ha agitado a toda Nueva Inglaterra y a muchas otras partes del país: si se debe permitir a los laicos exhortar en reuniones públicas. Muchos ministros se han esforzado por cerrarles la boca a los laicos por completo. Pasaban por alto la práctica de las iglesias primitivas. Hace casi cien años se hizo tanta oposición a esta práctica que el presidente Edwards tuvo de hecho que tomar el asunto y escribir una esmerada defensa de los derechos y deberes de los laicos. Pero la oposición no ha cesado del todo hasta el día de hoy. «¡Qué! ¡Que un hombre que no es ministro hable en público! Causará confusión, rebajará el ministerio; ¿qué pensará la gente de nosotros, los ministros, si permitimos que hombres comunes hagan lo mismo que hacemos nosotros?». ¡Asombroso!

Pero ahora todas estas cosas han pasado, en la mayoría de los lugares, y los laicos pueden orar y exhortar sin la menor objeción. Los males que se temían de los trabajos de los laicos no se han hecho realidad, y muchos ministros se alegran de que ejerzan sus dones haciendo el bien.

4. Reuniones de oración de mujeres. En los últimos años, las reuniones de oración de mujeres han encontrado una oposición generalizada en este Estado. ¡Qué cosa tan espantosa! Un ministro, ya fallecido, contaba que, cuando intentó por primera vez establecer estas reuniones, tuvo en contra a todo el clero de los alrededores. «¿Poner a las mujeres a orar? Vaya, lo siguiente, supongo, será ponerlas a predicar». Y se abrigaron serios temores por la seguridad de Sion si se permitía a las mujeres reunirse para orar. Y aun hoy no se toleran en algunas iglesias.

Así ha sucedido con todos los movimientos activos de la iglesia. Las misiones, las escuelas dominicales y todo lo de esa clase han encontrado oposición, y han ganado el arraigo que hoy tienen en la iglesia solo a fuerza de una sucesión de luchas y una serie de innovaciones. Hace algunos años, una Asociación Bautista de Pensilvania renegó de toda comunión con cualquier ministro que hubiera recibido una educación liberal o que apoyara las misiones, las sociedades bíblicas, las escuelas dominicales, las sociedades de templanza, etc. Todo esto fue denunciado como Nuevas Medidas, que no se hallaban en la Biblia y que necesariamente llevarían a la distracción y la confusión en las iglesias. Lo mismo han hecho algunos en las iglesias alemanas. Y en muchas iglesias presbiterianas hay quienes adoptan la misma postura y denuncian todas estas cosas, con la excepción, quizá, de un ministerio instruido, como innovaciones, nuevas medidas, nuevas luces, ir con las propias fuerzas y cosas por el estilo, y como propias para causar un gran mal.

5. Mencionaré a varios hombres que, por la providencia divina, fueron puestos en primera fila al introducir estas innovaciones.

(1.) Los apóstoles fueron grandes innovadores, como todos sabéis. Después de la resurrección, y después de que el Espíritu Santo fue derramado sobre ellos, se pusieron a remodelar la iglesia. Derribaron el sistema judío de medidas y lo arrancaron de raíz, hasta no dejar apenas vestigio de él.

(2.) Lutero y los reformadores. Todos sabéis con qué dificultades tuvieron que luchar, y la razón fue que intentaban introducir nuevas medidas: nuevos modos de cumplir los deberes públicos de la religión y nuevos recursos para llevar el evangelio con poder al corazón de los hombres. Todas las cosas extrañas y ridículas de los católicos romanos se mantenían en la iglesia con terca obstinación, como si fueran de autoridad divina. Y el intento de cambiarlas levantó tal agitación que estuvo a punto de bañar en sangre a toda Europa.

(3.) Wesley y sus colaboradores. Wesley no se separó al principio de la Iglesia establecida de Inglaterra, sino que formó pequeñas clases por todas partes, que crecieron hasta ser una iglesia dentro de la iglesia. Permaneció en la iglesia episcopal, pero introdujo tantas medidas nuevas que llenó toda Inglaterra de agitación, alboroto y oposición, y en todas partes fue denunciado como innovador, como levantador de sediciones y como maestro de cosas nuevas que no era lícito recibir.

Whitefield era un hombre de la misma escuela y, como Wesley, un innovador. Creo que él y varios de sus compañeros fueron expulsados de la universidad por organizar una medida tan nueva como una reunión de oración en grupo. Se juntaban para orar y exponer las Escrituras, y esto era una novedad tan atrevida que no se podía tolerar. Cuando Whitefield vino a este país, ¡qué oposición tan asombrosa se levantó! Muchas veces estuvo a punto de perder la vida, y escapó apenas con la piel de sus dientes. Hoy todo el mundo lo considera la gloria de la época en que vivió. Y muchos de nuestra propia denominación se han despojado de sus prejuicios hasta el punto de considerar a Wesley no solo un hombre bueno, sino sabio y eminentemente útil. Entonces casi toda la iglesia los miraba con animosidad, temiendo que las innovaciones que él introducía destruyeran la iglesia.

(4.) El presidente Edwards. Este gran hombre fue famoso en su tiempo por sus nuevas medidas. Entre otras innovaciones, se negó a bautizar a los hijos de padres impenitentes. La práctica de bautizar a los hijos de los impíos se había introducido en las iglesias de Nueva Inglaterra en el siglo anterior y se había vuelto casi universal. El presidente Edwards vio que esa práctica era errónea y se negó a seguirla, y su negativa sacudió todas las iglesias de Nueva Inglaterra. Cien ministros se unieron y se propusieron derribarlo. Él escribió un libro sobre el tema y los derrotó a todos. Aquello produjo una de las mayores agitaciones que jamás hubo en Nueva Inglaterra. Nada, salvo quizá la Guerra de la Independencia, produjo jamás una agitación igual.

La Asociación General de Connecticut se negó a dar su apoyo a Whitefield, por ser tan innovador. «¡Vaya, si predica al aire libre y en cualquier parte!». ¡Espantoso! ¡Qué cosa tan terrible, que un hombre predique en los campos o en las calles! Echadlo fuera.

Todos estos eran hombres consagrados, que buscaban maneras de hacer el bien y salvar almas. Y exactamente la misma clase de oposición encontraron por parte de todos los cuerpos eclesiásticos, que les obstruían el camino y procuraban destruir su reputación y su influencia. Un libro, que aún se conserva, fue escrito en tiempos del presidente Edwards por un doctor en teología y firmado por multitud de ministros, contra Whitefield y Edwards, sus colaboradores y sus medidas. En esta ciudad un ministro publicó una carta contra Whitefield que planteaba las mismas objeciones contra las innovaciones que oímos hoy. En la época de la reciente oposición a los avivamientos en el Estado de Nueva York, se llevó una copia de esta carta al director de una publicación religiosa con el ruego de que la publicara. Él se negó, y dio por razón que, si se publicaba, muchos la aplicarían a la controversia que hoy está en curso. Lo menciono solo para mostrar cuán idéntica es la oposición que se levanta en las distintas épocas contra todas las nuevas medidas destinadas a hacer avanzar la causa de la religión.

6. En la presente generación se han introducido muchas cosas que han resultado útiles, pero que han sido combatidas con el argumento de que eran innovaciones. Y como muchos todavía no tienen una opinión formada sobre ellas, he creído conveniente hacer algunas observaciones al respecto. Hay tres cosas en particular que han llamado sobre todo la atención, y por eso hablaré de ellas. Son las reuniones de inquiridores, las reuniones prolongadas y el banco de los ansiosos. Todas ellas encuentran oposición y se las llama nuevas medidas.

(1.) Reuniones de inquiridores. Las primeras de que oí hablar con ese nombre fueron en Nueva Inglaterra, donde se convocaban con el fin de mantener conversaciones personales con pecadores ansiosos y adaptar la instrucción al caso de cada individuo, para llevarlos inmediatamente a Cristo. Su propósito es evidentemente filosófico, pero se las ha combatido porque eran nuevas. Hay dos modos de dirigir una reunión de inquiridores, y cualquiera de los dos puede lograr su objetivo.

(a.) Dedicar unos momentos a conversar personalmente con cada individuo y conocer su estado de ánimo, y luego, en un discurso dirigido a todos, abordar todos sus errores y resolver juntas todas sus dificultades.

(b.) Ir uno por uno, tomar cada caso individual, recorrer todo el terreno con cada persona por separado y lograr que prometan entregar su corazón a Dios. De cualquiera de las dos maneras son importantes, y en la práctica han resultado sumamente eficaces. Pero multitudes las han objetado porque eran nuevas.

(2.) Reuniones prolongadas. Estas no son nuevas, sino que se han practicado siempre, de una u otra forma, desde que hay iglesia en la tierra. Las fiestas judías no eran otra cosa que reuniones prolongadas. En cuanto a la manera, se dirigían de forma distinta de como se hace ahora. Pero el propósito era el mismo: dedicar una serie de días a los servicios religiosos, a fin de producir en la mente del pueblo una impresión más poderosa de las cosas divinas. Todas las denominaciones cristianas, cuando la religión prospera entre ellas, celebran reuniones prolongadas. En Escocia solían comenzar el jueves en todas sus temporadas de comunión y continuar hasta después del día de reposo. Los episcopales, los bautistas y los metodistas celebran todos reuniones prolongadas. Sin embargo, en nuestros días se les ha hecho oposición, particularmente entre los presbiterianos, se las ha llamado nuevas medidas y se las ha considerado cargadas de toda clase de males, a pesar de que han sido bendecidas de manera tan manifiesta y tan extensa. Sugeriré unas cuantas cosas que conviene considerar respecto a ellas.

(a.) Al convocarlas, debe tenerse en cuenta la situación del pueblo; si la iglesia puede prestarles atención y dedicar su tiempo a sostener la reunión. En algunos casos se ha descuidado esta regla. Algunos han creído correcto interrumpir los negocios necesarios de la comunidad. En el campo convocaban la reunión en tiempo de cosecha, y en la ciudad en lo más intenso de la temporada comercial, cuando todos los hombres estaban necesariamente ocupados y apremiados por sus trabajos temporales. En defensa de este proceder se dice que nuestros asuntos deben ceder siempre ante los asuntos de Dios; que las cosas eternas son tanto más importantes que las temporales que los negocios del mundo, de cualquier clase y en cualquier momento, deben ceder y dar lugar a una reunión prolongada. Pero los negocios del mundo en que estamos ocupados no son asuntos nuestros. Son tan asunto de Dios, y tan deber nuestro, como lo son nuestras oraciones y nuestras reuniones prolongadas. Si no consideramos así nuestros negocios, todavía no hemos aprendido la primera lección de la religión; no hemos aprendido a hacerlo todo a gloria de Dios. Con este modo de ver las cosas, que separa nuestros negocios de la religión, vivimos seis días para nosotros mismos y el séptimo para Dios. Los deberes verdaderos nunca chocan entre sí. Los días de la semana tienen sus deberes propios, y el día de reposo los suyos, y hemos de ser igualmente piadosos todos los días de la semana y en el cumplimiento de los deberes de cada día. Hemos de arar, sembrar, vender nuestras mercancías y atender a nuestras diversas ocupaciones con la misma sencillez de mira puesta en la gloria de Dios con que vamos a la iglesia el día de reposo, oramos en familia y leemos la Biblia. Este es un primer principio de la religión. El que no conoce este principio ni obra conforme a él todavía no ha aprendido el abecé de la piedad. Ahora bien, hay épocas particulares del año en que Dios, en su providencia, llama a los hombres a atender a sus negocios, porque en ese tiempo el trabajo del mundo es especialmente urgente y tiene que hacerse entonces o no hacerse: la siembra y la cosecha para el agricultor, y las temporadas comerciales para el comerciante. Y no tenemos derecho a decir, en esas épocas particulares, que dejaremos nuestros negocios para tener una reunión prolongada. El hecho es que los negocios no son nuestros. Y a menos que Dios, por alguna indicación especial de su providencia, muestre que es de su agrado que nos apartemos a tener una reunión prolongada en tales tiempos, considero que convocarlas es tentar a Dios. Equivale a decir: «Oh Dios, estos negocios del mundo son asuntos nuestros, y estamos dispuestos a dejarlos a un lado por los asuntos tuyos». A menos que Dios haya indicado que es de su agrado derramar su Espíritu y avivar su obra en tal época, y haya así llamado a su pueblo a dejar por un tiempo sus ocupaciones ordinarias y atender de modo especial a una reunión prolongada, me parece que Dios podría decirnos en tales circunstancias: «¿Quién demandó esto de vuestras manos?»

Dios tiene derecho a disponer de nuestro tiempo como le plazca, a exigirnos que dediquemos cualquier parte de nuestro tiempo, o todo él, a los deberes de la instrucción y la devoción. Y cuando las circunstancias lo exigen claramente, es nuestro deber dejar a un lado cualquier otro negocio y hacer esfuerzos directos y continuos por la salvación de las almas. Si llevamos nuestros negocios según principios rectos, con motivos rectos y enteramente para la gloria de Dios, nunca pondremos reparos a apartarnos para asistir a una reunión prolongada siempre que parezca haber un llamado a ello en la providencia de Dios. Un hombre que se considera mayordomo o dependiente no tiene por una carga descansar de sus labores en el día de reposo, sino por un privilegio. El dueño egoísta puede resistirse a suspender sus negocios el día de reposo. Pero el dependiente, que no trabaja para sí sino para su patrón, considera un privilegio descansar el día de reposo. Así nosotros, si hacemos nuestros negocios para Dios, no lo tendremos por duro si él nos impone el deber de suspender nuestros negocios del mundo y asistir a una reunión prolongada. Más bien deberíamos considerarlo como un día de fiesta. Por tanto, siempre que oigáis a un hombre alegar que no puede dejar sus negocios para asistir a una reunión prolongada, que su deber es atender a sus negocios, hay razón para temer que considera los negocios como suyos y la reunión como asunto de Dios. Si sintiera que los negocios de la tienda o de la granja son tan asunto de Dios como asistir a una reunión prolongada, sin duda estaría muy dispuesto a descansar de sus afanes mundanos, subir a la casa de Dios y ser refrigerado siempre que hubiera una indicación, de parte de Dios, de que la comunidad era llamada a esa obra. Es muy digno de notarse que las fiestas judías estaban señaladas en aquellas épocas del año en que había menos presión de negocios mundanos indispensables.

En algunos casos, tales reuniones se han convocado en plena presión de las temporadas de negocios y no han dado ningún buen resultado, evidentemente por no atender a la regla aquí expuesta. En otros casos, se han convocado reuniones en épocas de gran presión de negocios mundanos y han sido señaladamente bendecidas. Pero en esos casos la bendición vino porque la reunión fue convocada en obediencia a las indicaciones de la voluntad de Dios, por personas que tenían discernimiento espiritual y entendían las señales de los tiempos. Y en muchos casos, sin duda, han asistido individuos que realmente creían estar dejando sus propios negocios para atender a los asuntos de Dios, y en tales casos hicieron lo que creían un verdadero sacrificio, y Dios en su misericordia les concedió la bendición.

(b.) Por lo general, una reunión prolongada debe ser dirigida de principio a fin, y su trabajo realizado principalmente, por el mismo ministro, si es posible. A veces se han celebrado reuniones prolongadas confiando en ministros que iban llegando día tras día. Y no tenían bendición alguna. Y la razón era obvia. No venían con la disposición de ánimo necesaria para entrar en la obra, y no conocían el estado de ánimo de la gente, de modo que no sabían qué predicar. Suponed que un enfermo llamara cada día a un médico distinto. Este no sabría cuáles habían sido los síntomas, ni cuál había sido el curso de la enfermedad o del tratamiento, ni qué remedios se habían probado, ni qué podía soportar el paciente. ¡Vaya, seguro que mataría al paciente! Exactamente así ocurre en una reunión prolongada sostenida por una sucesión de ministros. Ninguno de ellos entra en su espíritu, y por lo general hacen más mal que bien.

Por lo general, no debe convocarse una reunión prolongada a menos que se pueda conseguir la clase de ayuda adecuada y contar con uno o dos ministros que se comprometan a quedarse en el lugar hasta que termine la reunión. Entonces probablemente obtendrán una rica bendición.

(c.) No debe haber tantas reuniones públicas que estorben los deberes del aposento y de la familia. De lo contrario, los cristianos perderán su espiritualidad y soltarán su asidero en Dios, y la reunión decaerá.

(d.) Las familias no deben afanarse tanto en atender a los forasteros que descuiden la oración y otros deberes. Sucede a menudo que, cuando se celebra una reunión prolongada, algunas de las principales familias de la iglesia —me refiero a aquellas con las que principalmente se cuenta para sostener las reuniones— no entran en la obra en absoluto. Y la razón es que andan distraídas en muchos servicios. A menudo se toman molestias innecesarias para atender a los huéspedes que vienen de lejos a la reunión, y se esfuerzan muy neciamente por ofrecer una hospitalidad no solo cómoda, sino suntuosa. Siempre debe entenderse que el deber de las familias es tener el menor trabajo y la menor ostentación posibles, y ejercer su hospitalidad de la manera más sencilla, para que todos tengan tiempo de orar, de ir a la reunión y de atender a las cosas del reino.

(e.) Guardaos a toda costa de trasnochar sin necesidad. Si la gente se acuesta tarde noche tras noche, inevitablemente desgastará el cuerpo, su salud fallará y vendrá una reacción. A veces se dejan excitar tanto que pierden el sueño y se vuelven irregulares en las comidas, hasta que se derrumban, y la reacción tiene que venir. A menos que se ponga el mayor cuidado en mantener la regularidad, la excitación llegará a ser tan grande que la naturaleza cederá, se agotarán y la obra se detendrá.

(f.) Debe evitarse cuidadosamente todo sectarismo. Si un espíritu sectario se manifiesta, sea en la predicación, en la oración o en la conversación, contrarrestará todo el bien de la reunión.

(g.) Velad para no poner la confianza en una reunión prolongada, como si ella por sí misma fuera a producir un avivamiento. Este es un punto de gran peligro, y siempre lo ha sido. Esta es la gran razón por la que la iglesia, en sucesivas generaciones, siempre ha tenido que abandonar sus medidas: porque los cristianos habían llegado a confiar en ellas para tener éxito. Así ha sucedido en algunos lugares con las reuniones prolongadas. Han sido tan bendecidas que en algunos lugares la gente ha pensado que bastaba con tener una reunión prolongada para recibir una bendición, y que los pecadores se convertirían como cosa natural. Y así han convocado su reunión sin ninguna preparación en la iglesia, se han limitado a mandar llamar de fuera a algún ministro de renombre y lo han puesto a predicar, como si eso fuera a convertir a los pecadores. Es obvio que a una reunión organizada de esta manera se le negaría la bendición.

(h.) Evitad adoptar la idea de que no se puede gozar de un avivamiento sin una reunión prolongada. Algunas iglesias han caído en un estado de sentimiento enfermizo sobre este asunto. Su celo se ha vuelto enteramente espasmódico y febril, de modo que nunca piensan en hacer nada para promover un avivamiento si no es de esa manera. Cuando se celebra una reunión prolongada, parecen maravillosamente celosos, y luego se hunden en un estado de letargo hasta que otra reunión prolongada produce otro espasmo. Y ahora multitudes en la iglesia piensan que es necesario abandonar las reuniones prolongadas porque se abusa de ellas de este modo. Hay que precaverse contra esto en cada iglesia, para que no se vean obligadas a abandonarlas y perder todos los beneficios que las reuniones prolongadas están llamadas a producir.

(3.) El banco de los ansiosos.

Con esto me refiero a señalar algún asiento particular en el lugar de reunión, adonde puedan acudir los ansiosos para que se les hable de modo particular, se ore por ellos y a veces se converse con ellos individualmente. Últimamente esta medida ha encontrado más oposición que cualquiera de las otras. ¿Cuál es la gran objeción? Yo no la veo. El propósito del banco de los ansiosos es sin duda filosófico y conforme a las leyes de la mente. Tiene dos aspectos:

1. Cuando una persona está seriamente turbada en su ánimo, todo el mundo sabe que hay una fuerte tendencia a ocultarlo. Cuando alguien está abrumado por el sentimiento de su condición, si lográis que esté dispuesto a que se sepa, si lográis que rompa las cadenas del orgullo, habéis ganado un punto importante hacia su conversión. Esto concuerda con la filosofía de la mente humana. ¡Cuántos miles hay que bendecirán a Dios por la eternidad por haber sido llevados, cuando la verdad los apremiaba, a dar este paso, con el cual desecharon la idea de que era algo terrible que alguien supiera que se tomaban en serio su alma!

2. Otro aspecto del banco de los ansiosos es detectar el engaño y la ilusión, y así prevenir falsas esperanzas. Se le ha hecho oposición alegando que tendía a crear ilusiones y falsas esperanzas. Pero esta objeción no es razonable. La verdad es lo contrario. Supongamos que yo predicara sobre el tema de la templanza, y que primero mostrara los males de la intemperancia, y presentara al borracho y a su familia, y mostrara los diversos males que se producen, hasta que todos los corazones palpitaran de emoción. Luego pinto el gran peligro de beber con moderación, y muestro cómo conduce a la embriaguez y a la ruina, y que no hay seguridad sino en la ABSTINENCIA TOTAL, hasta que cien corazones están dispuestos a decir: «Nunca más en el mundo beberé otra gota de licor fuerte; si lo hago, puedo esperar acabar en la tumba de un borracho». Ahora me detengo, hago circular el compromiso, y todo el que esté plenamente resuelto está dispuesto a firmarlo. Pero ¡cuántos empezarán a echarse atrás y a vacilar cuando comencéis a pedirles que firmen un compromiso de abstinencia total! Uno se dice a sí mismo: «¿Lo firmo o no? Creía que estaba decidido, pero esto de firmar un compromiso de no volver a beber jamás... de eso no estoy tan seguro». Así veis que, cuando a una persona se le pide que dé un compromiso, si resulta que no está decidida, pone de manifiesto que no era sincera. Es decir, nunca llegó sobre el asunto a una resolución en la que pudiera confiarse para gobernar su vida futura. Lo mismo sucede con el pecador despertado. Predicadle, y en ese momento cree que está dispuesto a hacer cualquier cosa; cree que está resuelto a servir al Señor; pero llevadlo a la prueba, pedidle que haga una sola cosa, que dé un solo paso que lo identifique con el pueblo de Dios o que contraríe su orgullo: su orgullo se levanta y se niega; su ilusión queda al descubierto, y se encuentra todavía siendo un pecador perdido; mientras que, si no lo hubierais hecho, quizá se habría marchado halagándose con la idea de que era cristiano. Si le decís: «Ahí está el banco de los ansiosos; sal y declara tu determinación de estar del lado del Señor», y no está dispuesto a hacer algo tan pequeño como eso, entonces no está dispuesto a hacer nada, y ahí lo tenéis, puesto al descubierto ante su propia conciencia. Pone de manifiesto la ilusión del corazón humano y evita muchísimas conversiones espurias, al mostrar a quienes de otro modo se imaginarían dispuestos a hacer cualquier cosa por Cristo que, en realidad, no están dispuestos a hacer nada.

La iglesia siempre ha sentido la necesidad de tener algo de esta clase que sirviera precisamente a este propósito. En los días de los apóstoles, el bautismo cumplía este propósito. Se predicaba el evangelio al pueblo, y luego se llamaba a todos los que estaban dispuestos a ponerse del lado de Cristo a ser bautizados. Ocupaba exactamente el lugar que hoy ocupa el banco de los ansiosos, como manifestación pública de su determinación de ser cristianos. Y en los tiempos modernos, quienes se han opuesto violentamente al banco de los ansiosos se han visto obligados a adoptar algún sustituto, o no habrían podido avanzar en la promoción de un avivamiento. Algunos han adoptado el recurso de invitar a las personas preocupadas por su alma a quedarse para conversar después de que el resto de la congregación se hubiera retirado. Pero ¿qué diferencia hay? Esto es tanto establecer una prueba como lo otro. Otros, a quienes les daría mucha vergüenza emplear el banco de los ansiosos, han pedido a quienes sientan algo respecto a este asunto que permanezcan sentados en sus asientos cuando los demás se retiren. Otros han llamado a los ansiosos a pasar al salón de conferencias. El objeto de todo esto es el mismo, y el principio es el mismo: sacar a la gente del refugio de la falsa vergüenza. Supe de un hombre, muy avanzado en su oposición a las nuevas medidas, que en una de sus reuniones pidió a todos los que estuvieran dispuestos a someterse a Dios, o desearan que se orase por ellos, que lo indicaran inclinándose hacia delante y apoyando la cabeza en el banco de delante. ¿Quién no ve que esto era una mera evasión del banco de los ansiosos, que estaba pensado para cumplir el mismo propósito en su lugar, y que él lo adoptó porque sentía que algo de esa clase era importante?

Ahora bien, ¿qué objeción hay contra ocupar un asiento particular, o ponerse en pie, o pasar al salón de conferencias? Todo ello significa lo mismo cuando se hace debidamente. Y en principio no son novedades en absoluto. En sustancia, esto se ha hecho siempre. En los días de Josué, él llamó al pueblo a decidir lo que iba a hacer, y ellos hablaron allí mismo en la reunión: «Al Señor serviremos; al Señor nuestro Dios serviremos, y a su voz obedeceremos».

OBSERVACIONES.

1. Si examinamos la historia de la iglesia, veremos que nunca ha habido una reforma extensa sino mediante nuevas medidas. Siempre que las iglesias se asientan en una forma de hacer las cosas, pronto llegan a confiar en el hacerlo externo, y así retienen la forma de la religión mientras pierden la sustancia. Y entonces siempre ha resultado imposible despertarlas de modo que se logre la reforma de los males y se produzca un avivamiento de la religión siguiendo simplemente esa forma establecida. Quizá no sea demasiado decir que es imposible para Dios mismo lograr reformas sino mediante nuevas medidas. Por lo menos, es un hecho que Dios siempre ha escogido este camino, como el más sabio y el mejor que podía idear o adoptar. Y aunque siempre ha sucedido que las mismas medidas que Dios ha escogido emplear, y que ha bendecido para avivar su obra, han sido combatidas como nuevas medidas y han sido denunciadas, él ha seguido obrando según el mismo principio. Cuando ha visto que cierto modo ha perdido su influencia por haberse convertido en una forma, introduce alguna medida nueva que IRRUMPA en sus hábitos perezosos y DESPIERTE a una iglesia dormida. Y de ello ha resultado gran bien.

2. Las mismas distinciones que existen ahora, en sustancia, han existido siempre en todas las épocas de reforma y avivamiento de la religión. Siempre ha habido quienes se aferraban particularmente a sus formas y nociones, y a su manera precisa de hacer las cosas, como si tuvieran un «Así dice el Señor» para cada una de ellas. A quienes discrepaban de ellos, a quienes procuraban hacer avanzar el arca de la salvación, los han llamado metodistas, Nuevas Luces, radicales, Nueva Escuela, Nueva Teología y otros diversos nombres oprobiosos. Y las decadencias que han seguido se han debido invariablemente a dos causas, que la iglesia de ningún modo debería pasar por alto.

(1.) La Vieja Escuela, o partido de las Viejas Medidas, ha perseverado en su oposición y se ha aferrado ávidamente a cualquier indiscreción real o aparente de los amigos de la obra.

En tales casos, las iglesias han perdido gradualmente su confianza en la oposición a las nuevas medidas, y el grito de «Nueva Teología» y de «Innovación» ha dejado de alarmarlas. Ven que la bendición de Dios está con aquellos a quienes así se acusa de nuevas medidas e innovación, y la continua oposición de la Vieja Escuela, junto con el continuo éxito de la Nueva Escuela, ha destruido su confianza en la oposición, y se cansan de oír el incesante grito de «Nuevas Luces», «Nueva Teología» y «Nuevas Medidas». Así la balanza se ha inclinado, y las iglesias han pronunciado un veredicto a favor de la Nueva Escuela y de condena contra la Vieja Escuela.

(2.) Pero ahora, fijaos bien: justamente aquí, en este estado de cosas, el diablo ha sacado ventaja una y otra vez, y se han levantado individuos que, sostenidos por la confianza de las iglesias en el partido de las Nuevas Medidas, y viéndolas hartas de oposición y dispuestas a hacer cualquier cosa que promoviera los intereses del reino de Cristo, se han lanzado ellos mismos de cabeza, y en algunos casos han arrastrado a las iglesias al mismo vórtice de aquellas dificultades que sus opositores habían predicho. Así, cuando ya se había librado la batalla y obtenido la victoria, el celo temerario de algunos individuos bienintencionados pero impetuosos ha provocado una reacción que ha tendido un manto de luto sobre las iglesias durante años. Así sucedió, como es bien sabido, en los días del presidente Edwards. He aquí una roca sobre la que ahora se ha construido un faro, y si la iglesia encalla ahora en ella, ambos partidos quedan enteramente sin excusa. Ahora es bien sabido, o debería saberse, que la decadencia que siguió a los avivamientos de aquellos días, junto con las decadencias que se han producido repetidamente, se debieron a la influencia combinada de la oposición continua y obstinada de la Vieja Escuela y del mal espíritu y la temeridad finales de algunos individuos de la Nueva Escuela.

Y aquí debe darse claramente la voz de alarma a ambos partidos, no sea que el diablo prevalezca contra nosotros en el mismo punto y en las mismas circunstancias en que tantas veces ha prevalecido. ¿Nunca aprenderá la iglesia sabiduría de la experiencia? ¡Cuántas veces, oh, cuántas veces habrán de repetirse estas escenas antes de que venga el milenio! ¿Cuándo llegará el día en que la iglesia pueda ser avivada y la religión prevalezca sin suscitar tal oposición en la iglesia que acabe provocando una reacción?

3. El clamor actual contra las nuevas medidas es sumamente ridículo, si consideramos de dónde viene y todas las circunstancias del caso. Es verdaderamente asombroso que ministros serios se sientan realmente alarmados por las nuevas medidas de hoy, como si las nuevas medidas fueran algo nuevo debajo del sol, y como si la forma y la manera actuales de hacer las cosas hubieran descendido de los apóstoles y estuvieran establecidas por un «Así dice el Señor»: cuando la verdad es que cada paso del avance de la iglesia desde las densas tinieblas del papado se ha dado mediante la introducción de una nueva medida tras otra. Hoy miramos con asombro, y casi nos inclinamos a mirar con desprecio, el grito de «Innovación» que precedió a nuestros días; y al repasar los temores que multitudes en la iglesia abrigaron en tiempos pasados con respecto a la innovación, nos cuesta explicar lo que nos parecen las objeciones y dificultades infundadas y absurdas, por no decir ridículas, que ellos planteaban. Pero, oyentes míos, ¿no es asombroso que, a estas alturas, después de que la iglesia ha tenido tanta experiencia en estos asuntos, hombres serios y piadosos se sientan seriamente alarmados ante la introducción de las sencillas, filosóficas y muy prosperadas medidas de los últimos diez años? Como si las nuevas medidas fueran algo que no se debe tolerar, de tendencia sumamente desastrosa, y que debiera despertar las notas y los ecos de alarma en cada rincón de la iglesia.

4. Vemos por qué quienes han estado armando alboroto por las nuevas medidas no han tenido éxito en promover avivamientos.

Han estado absortos en los males, reales o imaginarios, que han acompañado esta grande y bendita obra de Dios. Que ha habido males, nadie pretenderá negarlo. Pero sí creo que jamás ha existido, desde que el mundo comenzó, un avivamiento de tanto poder y extensión como el que ha prevalecido durante los últimos diez años que no haya ido acompañado de males tan grandes o mayores. Aun así, una gran parte de la iglesia ha estado asustándose a sí misma y a otros al prestar constante atención a los males de los avivamientos. Uno de los profesores de un seminario teológico presbiteriano creyó su deber escribir una serie de cartas a los presbiterianos, que circularon ampliamente, cuyo objeto parecía ser dar la voz de alarma por todos los confines de la iglesia respecto a los males que acompañan a los avivamientos. Mientras los hombres estén absortos en los males, en lugar de en las excelencias de una bendita obra de Dios, ¿cómo puede esperarse que sean útiles para promoverla? Digo todo esto con gran bondad, pero aun así es un punto sobre el que no debo callar.

5. Sin nuevas medidas es imposible que la iglesia logre ganar la atención del mundo para la religión. Hay tantos asuntos apasionantes que se presentan constantemente ante la mente pública, tanto ir y venir, tantos que gritan «Helo aquí» y «Helo allí», que la iglesia no puede mantener su terreno ni atraer la atención sin una predicación muy estimulante y suficiente novedad en las medidas para ganarse el oído del público. Las medidas de los políticos, de los incrédulos y de los herejes, la rebatiña tras la riqueza, el aumento del lujo y los diez mil influjos excitantes y contrarios que pesan sobre la iglesia y sobre el mundo, ganarán su atención y apartarán a todos los hombres del santuario y de los altares del Señor, a menos que crezcamos en sabiduría y piedad, y adoptemos sabiamente aquellas nuevas medidas que sean apropiadas para atraer la atención de los hombres al evangelio de Cristo. Ya he dicho, en el curso de estos discursos, que las novedades no deben introducirse más deprisa de lo que realmente se necesiten. Deben introducirse con la mayor sabiduría, cautela y oración, y de una manera apropiada para suscitar la menor oposición posible. Pero nuevas medidas tenemos que tenerlas. Y quiera Dios impedir que la iglesia se asiente en cualquier conjunto de formas y deje estereotipada la presente o cualquier otra edición de sus medidas.

6. Es evidente que necesitamos una predicación más estimulante para responder al carácter y a las necesidades de esta época. Los ministros, por lo general, empiezan a darse cuenta de ello. Y algunos se quejan de ello y suponen que se debe a las nuevas medidas, como ellos las llaman. Dicen que ministros a los que nuestros padres se habrían alegrado de oír ahora no son escuchados, no consiguen un cargo pastoral ni reúnen un auditorio. Y piensan que las nuevas medidas han pervertido el gusto de la gente. Pero esa no es la dificultad. El carácter de la época ha cambiado, y esos hombres no se han adaptado a él, sino que conservan el mismo estilo de predicación rígido, seco y pesado que servía hace medio siglo.

Mirad a los metodistas. Muchos de sus ministros son indoctos, en el sentido común del término, muchos de ellos sacados directamente del taller o de la granja, y sin embargo han reunido congregaciones, se han abierto camino y han ganado almas en todas partes. Dondequiera que han ido los metodistas, su modo de predicar llano, directo y sencillo, pero cálido y animado, siempre ha reunido congregaciones. Pocos ministros presbiterianos han reunido asambleas tan grandes o ganado tantas almas. ¿Y se nos va a decir ahora que debemos seguir el mismo modo viejo y formal de hacer las cosas en medio de todos estos cambios? Tan posible sería hacer retroceder el río Hudson como convertir al mundo con semejante predicación. Quienes adopten un estilo de predicación diferente, como han hecho los metodistas, nos dejarán atrás. El mundo escapará de la influencia de este ministerio a la antigua, o más bien a la nueva usanza. Es imposible que la mente pública quede sujeta por semejante predicación. Hemos de tener una predicación estimulante y poderosa, o el diablo se llevará al pueblo, salvo lo que puedan salvar los metodistas. Es imposible que nuestros ministros sigan haciendo bien a menos que haya innovaciones en cuanto al estilo de predicación. Muchos ministros ya se están dando cuenta de que un predicador metodista, sin las ventajas de una educación liberal, reúne a su alrededor una congregación que un ministro presbiteriano, quizá con diez veces más saber, no puede igualar, porque no tiene la manera ferviente del otro y no derrama fuego sobre sus oyentes cuando predica.

7. Vemos la importancia de que los ministros jóvenes adquieran ideas correctas sobre los avivamientos. En multitud de casos he visto que se pone gran empeño en asustar a nuestros jóvenes que se preparan para el ministerio acerca de los males de los avivamientos, las nuevas medidas y cosas semejantes. En algunos seminarios teológicos se enseña a los jóvenes a considerar las nuevas medidas como si fueran verdaderos inventos del diablo. ¿Cómo pueden tener avivamientos tales hombres? Así, cuando salen, miran a su alrededor, vigilan y se sobresaltan, como si el diablo estuviera allí. Hace algunos años, unos jóvenes de Princeton publicaron un ensayo sobre los «males de los avivamientos». Me gustaría saber ahora cuántos de esos jóvenes han gozado de avivamientos entre su gente desde que están en el ministerio; y, si alguno los ha tenido, me gustaría saber si no se ha arrepentido de aquel escrito sobre los males de los avivamientos.

Si tuviera una voz tan potente que se oyera en Princeton, hablaría a esos jóvenes sobre este tema. Ya es hora de hablar claro sobre este punto. La iglesia gime en todos sus confines por falta de ministros idóneos. Hombres buenos trabajan, y están dispuestos a trabajar noche y día, para ayudar a educar a jóvenes para el ministerio, a fin de promover avivamientos de la religión; y cuando salen del seminario, algunos de ellos rehúyen todas las medidas que Dios bendice tanto como al papado mismo.

¿Ha de ser siempre así? ¿Hemos de educar a jóvenes para el ministerio y que salgan muertos de miedo ante las nuevas medidas, como si nunca hubiera existido tal cosa como nuevas medidas? Deberían saber que las nuevas medidas no son cosa nueva en la iglesia. Que SIGAN ADELANTE, que se mantengan ellos mismos en la obra y no se asusten por las nuevas medidas. Me ha dolido ver que algunos hombres, al dar cuenta de avivamientos, evidentemente se han sentido obligados a detallar minuciosamente las medidas empleadas, para evitar la inferencia de que se introdujeron medidas nuevas; sintiendo, evidentemente, que aun la iglesia menospreciaría el avivamiento a menos que pareciera haber sido promovido sin nuevas medidas. Además, esta cautela al detallar las medidas para demostrar que no hubo nada nuevo parece admitir que las nuevas medidas son malas porque son nuevas, y que un avivamiento es más valioso porque no fue promovido mediante nuevas medidas. De esta manera, temo que ya se ha hecho mucho mal, y si la práctica continúa, se llegará a esto: a que un avivamiento haya de juzgarse por el hecho de que ocurriera en relación con medidas nuevas o viejas. Jamás aprobaré semejante espíritu, ni me rebajaré a proteger el relato de un avivamiento contra la imputación de medidas nuevas o viejas. Creo que las nuevas medidas son legítimas; es decir, que no es objeción contra una medida el que sea nueva o vieja.

Que un ministro entre de lleno en su obra y derrame su corazón ante Dios pidiendo una bendición, y siempre que vea la necesidad de alguna medida para presentar la verdad con más poder a la mente del pueblo, que la adopte sin temor, y Dios no le negará su bendición. Si los ministros no avanzan, y no predican el evangelio con poder y fervor, y no se salen de sus carriles para hacer algo nuevo con el fin de salvar almas, contristarán al Espíritu Santo hasta alejarlo, y Dios los visitará con su maldición y levantará otros ministros para hacer la obra en el mundo.

8. Es derecho y deber de los ministros adoptar nuevas medidas para promover avivamientos. En algunos lugares la iglesia se ha opuesto a su ministro cuando este ha intentado emplear las medidas que Dios ha bendecido para un avivamiento, y ha llegado al extremo de abandonar sus reuniones de oración, dejar de trabajar por salvar almas y mantenerse al margen de todo, porque su ministro ha adoptado lo que ellos llaman nuevas medidas. No importa cuán razonables sean las medidas en sí mismas, ni cuán oportunas, ni cuánto las bendiga Dios. Basta con que se las llame nuevas medidas, y no quieren tener nada que ver con nuevas medidas ni tolerarlas entre el pueblo. Y así riñen por el camino, contristan al Espíritu de Dios hasta alejarlo y detienen el avivamiento, mientras el mundo a su alrededor va camino del infierno.

Finalmente.— Esta celosa adhesión a formas y modos particulares de hacer las cosas, que ha llevado a la iglesia a resistir las innovaciones en las medidas, huele fuertemente a fanatismo. Y lo que no es poco singular es que los fanáticos de esta índole son siempre los primeros en gritar «fanatismo». ¿Qué es sino fanatismo lo que hace que la Iglesia católica romana se aferre con tal obstinación a sus modos, formas, ceremonias y necedades particulares? Obran como si todas estas cosas estuvieran establecidas por autoridad divina; como si hubiera un «Así dice el Señor» para cada una de ellas. Con justicia llamamos a esto un espíritu de fanatismo y lo consideramos digno de reprensión. Pero es igual de absolutamente fanático que la Iglesia presbiteriana, o cualquier otra iglesia, se muestre quisquillosa por sus formas particulares y actúe como si ellas estuvieran establecidas por autoridad divina. El hecho es que Dios no ha establecido en ninguna iglesia ninguna forma particular, ni manera de culto, para promover los intereses de la religión. Las Escrituras guardan completo silencio sobre estos asuntos bajo la dispensación del evangelio, y la iglesia queda en libertad para ejercer su propio criterio en todo lo relativo a tales cuestiones. Y espero que no se considere falta de bondad que diga otra vez que, a mi parecer, el celo poco amable y airado por cierto modo y manera de hacer las cosas, y el grito arrogante y exterminador contra las nuevas medidas, HUELEN FUERTEMENTE A FANATISMO.

Lo único en que se insiste bajo la dispensación del evangelio, en cuanto a las medidas, es que haya decencia y orden. «Hágase todo decentemente y con orden». Se nos exige guardarnos de toda confusión y conducta desordenada. Pero ¿qué es decencia y orden? ¿Se pretenderá que una reunión de inquiridores, o una reunión prolongada, o un banco de los ansiosos, es incompatible con la decencia y el orden? Yo deploraría muy sinceramente, y resistiría con toda firmeza, cualquier cosa indecorosa y desordenada en el culto de la casa de Dios. Pero no supongo que por «orden» hayamos de entender ningún modo fijo particular en que alguna iglesia haya acostumbrado celebrar su culto.

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