Capítulo 1 · 7 min de lectura · 9 min de escucha
Mi llamamiento a predicar el evangelio
Entre cuatro y cinco años después de mi santificación, en cierta ocasión, cayó sobre mí un silencio solemne, y me quedé como si alguien estuviera a punto de hablarme, aunque no tenía tal pensamiento en mi corazón.—Pero, para mi total sorpresa, pareció sonar una voz que creí oír claramente, y que sin duda alguna entendí, y que me dijo: «¡Ve a predicar el evangelio!». Al instante respondí en voz alta: «Nadie me creerá». Escuché otra vez, y otra vez la misma voz pareció decir—«Predica el evangelio; yo pondré palabras en tu boca, y convertiré a tus enemigos en tus amigos».
Al principio supuse que Satanás me había hablado, porque había leído que él podía transfigurarse en ángel de luz con el fin de engañar. Inmediatamente me retiré a un lugar apartado, e invoqué al Señor para saber si él me había llamado a predicar, y si yo estaba engañada o no; cuando se presentó a mi vista la forma y la figura de un púlpito, con una Biblia encima, cuyo lomo se me mostraba tan claramente como si hubiera sido un hecho real.
A consecuencia de esto, mi mente quedó tan agitada que, durante la noche siguiente, tomé un texto y prediqué dormida. Me parecía que delante de mí estaba una gran multitud, mientras yo les exponía las cosas de la religión. Tan violentos eran mis esfuerzos y tan fuertes mis exclamaciones, que me desperté con el sonido de mi propia voz, que despertó también a la familia de la casa donde yo vivía. Dos días después fui a ver al predicador a cargo de la Sociedad Africana, que era el reverendo Richard Allen, el mismo ya nombrado en estas páginas, para decirle que sentía que era mi deber predicar el evangelio. Pero al acercarme a la calle donde estaba su casa, que se hallaba en la ciudad de Filadelfia, el valor empezó a faltarme; tan terrible parecía la cruz, que me pareció que no sería capaz de llevarla. Antes de ponerme en camino para ir a verlo, tan agitada estaba mi mente que perdí por completo el apetito para mi alimento diario. Varias veces, en el camino, me volví atrás; pero otras tantas sentí que mis fuerzas se renovaban, y pronto descubrí que cuanto más me acercaba a la casa del ministro, menor era mi temor. Así, en cuanto llegué a la puerta, mis temores se calmaron, la cruz fue quitada, todo me pareció agradable—estaba tranquila.
Le dije entonces que el Señor me había revelado que yo debía predicar el evangelio. Él respondió preguntándome en qué esfera deseaba moverme. Le dije que entre los metodistas. Entonces respondió que una tal señora Cook, una dama metodista, había pedido también algún tiempo antes el mismo privilegio; la cual, según se creía, había hecho mucho bien por medio de la exhortación y dirigiendo reuniones de oración; y a quien se le había permitido hacerlo con la licencia verbal del predicador que estaba a cargo en aquel tiempo. Pero en cuanto a que las mujeres predicaran, dijo que nuestra Disciplina no sabía absolutamente nada de ello—que no contemplaba mujeres predicadoras. Me alegré de oír esto, porque me quitaba el temor de la cruz—pero apenas cruzó este sentimiento por mi mente, descubrí que el amor por las almas se había apartado de mí en cierta medida; aquella santa energía que ardía dentro de mí como un fuego empezó a sofocarse. Esto lo percibí pronto.
¡Oh, cuán cuidadosos debemos ser, no sea que por nuestros reglamentos de gobierno y disciplina eclesiástica traigamos descrédito aun sobre la palabra de vida! Porque, por impropio que hoy en día pueda parecer que una mujer predique, se debe recordar que ninguna cosa es imposible para Dios. ¿Y por qué habría de pensarse que es imposible, heterodoxo o impropio que una mujer predique?, puesto que el Salvador murió por la mujer tanto como por el hombre.
Si el hombre puede predicar porque el Salvador murió por él, ¿por qué no la mujer?, puesto que murió también por ella. ¿No es él un Salvador completo, en lugar de medio Salvador?, como parecerían querer hacerlo ver quienes sostienen que es malo que una mujer predique.
¿No predicó María primero al Salvador resucitado, y no es la doctrina de la resurrección el punto culminante mismo del cristianismo—no pende de ella toda nuestra esperanza, como argumenta San Pablo? ¿No predicó entonces María, una mujer, el evangelio?, pues ella predicó la resurrección del Hijo de Dios crucificado.
Pero algunos dirán que María no expuso la Escritura y que, por lo tanto, no predicó en el sentido propio del término. A esto respondo que puede ser que el término predicar no significara en aquellos tiempos primitivos exactamente lo que ahora se le hace significar; quizá era entonces mucho más sencillo que ahora—si no lo hubiera sido, los pescadores sin letras no habrían podido predicar el evangelio en absoluto, pues no tenían instrucción.
A esto podrán replicar quienes están resueltos a no creer que sea correcto que una mujer predique, que los discípulos, aunque eran pescadores y además ignorantes de letras, fueron inspirados para hacerlo. A lo cual yo respondería que, aunque eran inspirados, esa inspiración no les impidió mostrar su ignorancia de las letras y de la sabiduría humana; esto lo descubrió pronto la multitud, al escuchar los comentarios de los envidiosos sacerdotes judíos. Si, pues, el predicar el evangelio por don del cielo viene únicamente por inspiración, ¿está Dios limitado?, ¿tiene que tomar exclusivamente al hombre? ¿No puede, no lo hizo, y no es capaz de inspirar a una mujer para que predique la sencilla historia del nacimiento, la vida, la muerte y la resurrección de nuestro Señor, y de acompañarla además con poder al corazón del pecador? En cuanto a mí, estoy plenamente persuadida de que el Señor me llamó a trabajar en su viña conforme a lo que he recibido. Si no lo ha hecho, ¿cómo podría él, con coherencia, dar testimonio en favor de mis pobres labores al despertar y convertir a los pecadores?
En mis andanzas de un lado a otro entre los hombres, predicando según mi capacidad, he encontrado con frecuencia familias que me decían que hacía varios años que no iban a una reunión, y que sin embargo, mientras escuchaban lo que Dios quería decir por medio de su pobre instrumento femenino, han creído con temblor—con lágrimas que les rodaban por las mejillas, señales de contrición y de arrepentimiento para con Dios. Creo firmemente que he sembrado semilla, en el nombre del Señor, que aparecerá con su fruto en el gran día de las cuentas, cuando Cristo venga a reunir sus joyas.
En cierta ocasión me asaltó la idea de que tarde o temprano caería de la gracia y al fin perdería mi alma. Con frecuencia acudí al trono de la gracia por este asunto, pero no hallaba alivio; la tentación seguía persiguiéndome. Me afligía cada vez más, hasta que en cierta ocasión, cuando el Espíritu me imprimió con fuerza en la mente que entrara en mi aposento y llevara mi caso una vez más al Señor, el Señor me concedió acercarme a él y a su propiciatorio, esta vez de un modo extraordinario; porque mientras luchaba con él por la victoria sobre esta inclinación a dudar de si perseveraría, apareció una forma de fuego, como del tamaño de la mano de un hombre, estando yo de rodillas; en el mismo momento apareció a los ojos de la fe un hombre vestido con una túnica blanca, desde los hombros hasta los pies; de él salió una voz que decía: «Nunca volverás de la cruz». Desde entonces nunca he dudado, sino que creo que Dios me guardará hasta el día de la redención. Ahora podía adoptar el lenguaje mismo de San Pablo y decir que nada habría podido apartarme del amor de Dios, que es en Cristo Jesús. Desde aquel tiempo, 1807, hasta el presente, 1833, ni siquiera he dudado del poder y la bondad de Dios para guardarme sin caída, por la santificación del Espíritu y fe de la verdad.
Capítulo 1 completado
Mi llamamiento a predicar el evangelio