Capítulo 7 · 2 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
La pureza, don de Dios
2 Corintios 4:7 dice: “Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros.”
Mis queridos camaradas: llego ahora a una de las partes más importantes de este tema: ¿cómo puede obtenerse un corazón limpio? Casi puedo oír la pregunta que se levanta dentro de vosotros: “Es bueno, precioso y deseable—pero ¿cómo puedo tenerlo?”
Echemos una breve mirada atrás al camino que hemos recorrido juntos.
Primero consideramos lo que es verdaderamente la santidad—no una exaltación emocional constante, ni una vida que deja lugar al pecado. Luego vimos su valor: paz, utilidad y el favor continuo de Dios. También establecimos que esta vida es posible para cualquiera—joven o viejo, rico o pobre—porque Dios es poderoso para limpiar y para sostener una vida santa.
Ahora llegamos al corazón del asunto: ¿cómo se obtiene? Dos poderes en acción. Cuando preguntáis: “¿Qué debo hacer para ser limpio?”, la respuesta es esta: algo debe hacerse, y una parte os corresponde a vosotros.
Hay dos fuerzas implicadas: lo divino — Dios; lo humano — vosotros. Dios y el hombre obran juntos, igual que en la vida diaria. Vosotros trabajáis, y Dios provee. En la conversión os arrepentisteis y creísteis—y Dios os salvó. Aquí sucede lo mismo. Del principio al fin, es Dios quien salva. Fijad firmemente esta verdad en vuestra mente: el corazón limpio viene de Dios solamente. Solo Él puede quitar el orgullo, la ira, el egoísmo y todo pecado interior—y reemplazarlos con amor y paz. Esta es la obra del Espíritu Santo, el fuego purificador. Qué consuelo—saber que Aquel que es poderoso también está dispuesto.
Vuestra parte: la fe. Mientras Dios hace la obra, vuestra responsabilidad es clara: debéis creer. La Escritura enseña que el corazón es purificado por la fe. Cuando un alma viene a Dios, se rinde plenamente a Su voluntad y confía en que Él la limpiará—en ese mismo momento la obra queda hecha. La fe dice: “Ahora es mío.”
Lo que no limpiará el corazón. Seamos claros acerca de lo que no puede producir esta pureza: 1. No el esfuerzo humano. Ninguna persona puede limpiar vuestro corazón—ni un predicador, ni un dirigente, ni un amigo. Solo Cristo puede hacerlo.
2. No la sola actividad religiosa. Las reuniones, las oraciones y los cantos ayudan, pero sin fe verdadera están vacíos.
3. No el conocimiento. Podéis comprender profundamente la santidad y aun así no experimentarla jamás.
4. No el arrepentimiento solo. Muchos sienten dolor por el pecado y tratan de cambiar, pero se detienen antes de creer en la liberación plena.
5. No la consagración sola. Podéis ofreceros a Dios, pero sin Su poder no podéis vivirla.
El paso final. Todo esto puede conduciros adelante—pero hay un paso que debéis dar: la fe.
Podéis decir: “Deseo” “Me arrepiento” “Me entrego” Pero ¿diréis: “Creo que Dios me limpia ahora”?
Ese es el paso final—el momento en que el deseo se convierte en realidad.