Sobre la encarnación
Nadie, pues, podía otorgar la incorrupción

Capítulo 20 · 3 min de lectura · 4 min de escucha

Nadie, pues, podía otorgar la incorrupción

§20. Nadie, pues, podía otorgar la incorrupción sino el que había creado; nadie restaurar la semejanza de Dios sino su propia Imagen; nadie vivificar sino la Vida; nadie enseñar sino el Verbo. Y él, para pagar nuestra deuda de muerte, debía también morir por nosotros y resucitar del sepulcro como nuestras primicias. Mortal, por tanto, tenía que ser su cuerpo; corruptible, su cuerpo no podía serlo.

Hemos expuesto ya, pues, en parte, hasta donde era posible y hasta donde nosotros mismos habíamos podido entenderla, la razón de su aparición corporal: que no estaba en poder de ningún otro convertir lo corruptible en incorrupción sino del Salvador mismo, que también al principio había hecho todas las cosas de la nada; que ningún otro podía crear de nuevo para los hombres la semejanza de la imagen de Dios sino la Imagen del Padre; que ningún otro podía hacer inmortal lo mortal sino nuestro Señor Jesucristo, que es la Vida misma; y que ningún otro podía enseñar a los hombres acerca del Padre y destruir el culto de los ídolos sino el Verbo, que ordena todas las cosas y es el único verdadero Hijo unigénito del Padre. 2. Pero puesto que era necesario también que se saldara la deuda que todos tenían —pues, como ya he dicho, todos debían morir, y por esta causa especialmente vino entre nosotros—, con este fin, después de las pruebas de su divinidad por sus obras, ofreció luego también su sacrificio en favor de todos, entregando su templo a la muerte en lugar de todos, a fin de, en primer lugar, dejar a los hombres libres y exentos de su antigua transgresión, y además mostrarse más poderoso aun que la muerte, exhibiendo su propio cuerpo incorruptible como primicias de la resurrección de todos. 3. Y no te sorprendas si repetimos con frecuencia las mismas palabras sobre el mismo asunto. Pues, ya que hablamos del designio de Dios, exponemos el mismo sentido en más de una forma, no sea que parezcamos omitir algo y nos expongamos a la acusación de un tratamiento insuficiente; porque es mejor sufrir el reproche de la repetición que omitir algo que debiera consignarse. 4. El cuerpo, pues, como participaba de la misma naturaleza que todos —ya que era un cuerpo humano, aunque por un milagro sin igual fue formado de una virgen sola—, siendo mortal, había de morir también, conforme a sus semejantes. Pero en virtud de la unión del Verbo con él, ya no estaba sujeto a la corrupción según su propia naturaleza, sino que, a causa del Verbo que había venido a habitar en él, quedaba fuera del alcance de la corrupción. 5. Y así sucedió que dos maravillas se realizaron a la vez: que la muerte de todos se consumó en el cuerpo del Señor, y que la muerte y la corrupción quedaron enteramente abolidas a causa del Verbo que estaba unido a él. Porque era necesaria la muerte, y la muerte debía sufrirse en favor de todos, para que se pagara la deuda que todos tenían. 6. Por eso, como dije antes, el Verbo, puesto que no le era posible morir, por ser inmortal, tomó para sí un cuerpo capaz de morir, a fin de ofrecerlo como suyo en lugar de todos, y, padeciendo en favor de todos por su unión con él, «destruir al que tenía el imperio de la muerte, es a saber, al diablo, y librar a los que por el temor de la muerte estaban por toda la vida sujetos a servidumbre».

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