Capítulo 1 · 3 min de lectura · 5 min de escucha
Prefacio
Lector cristiano:
Quiero exponerte en pocas palabras las razones que me movieron a consentir en la publicación del discurso que sigue. Entre ellas ocupa el primer lugar la consideración del estado y la condición presentes de la generalidad de los que profesan la fe, y las pruebas visibles de la disposición de sus corazones y espíritus, que ponen de manifiesto una gran incapacidad para hacer frente a las tentaciones que los rodean, nacidas tanto de la paz de que gozan en el mundo como de las divisiones que hay entre ellos. Estoy persuadido de que esto es de tanta importancia que, si con ello solo doy ocasión a que otros insten con más eficacia sobre la conciencia de los hombres la obra de considerar sus caminos, y den una dirección más clara para alcanzar el fin propuesto, tendré por bien empleada mi parte en esta empresa. A esto se añadió la observación de los peligrosos errores de algunos que en estos últimos días se han encargado de dar instrucciones para la mortificación del pecado; quienes, desconociendo el misterio del evangelio y la eficacia de la muerte de Cristo, han vuelto a imponer sobre la cerviz de sus discípulos el yugo de una mortificación obrada por uno mismo, que ni ellos ni sus padres pudieron jamás llevar. Ensalzan y urgen una mortificación que no se corresponde con la del evangelio ni en su naturaleza, ni en su sujeto, ni en sus causas, ni en sus medios, ni en sus efectos; y que produce invariablemente los deplorables frutos de la superstición, la justicia propia y la angustia de conciencia en quienes toman sobre sí la carga que así se les ata.
Lo que aquí se propone con debilidad espero humildemente que responda al espíritu y a la letra del evangelio, y a la experiencia de quienes saben lo que es andar con Dios conforme al tenor del pacto de gracia. De modo que, si no esto, al menos algo de esta clase es muy necesario en este tiempo para promover y adelantar esta obra de la mortificación evangélica en el corazón de los creyentes, y para guiarlos por sendas seguras, en las que hallen descanso para sus almas. Tengo algo que añadir en lo que a mí particularmente toca. Habiendo predicado sobre este asunto con algún fruto que me consoló, por la gracia de aquel que da simiente al que siembra, fui instado por diversas personas, en cuyo corazón están los caminos de Dios, a publicar de este modo lo que había expuesto, con las adiciones y cambios que juzgara necesarios. Movido por sus deseos, traje a la memoria la deuda en que desde hace algunos años estoy obligado con varios nobles y dignos amigos cristianos, en cuanto a un tratado de la comunión con Dios que les prometí hace algún tiempo; y pensé entonces que, si con esto no podía saldar la deuda mayor, tal vez pudiera ofrecerles este discurso sobre la contienda con uno mismo, como interés por su paciencia en esperar el de la paz y la comunión con Dios. Consideré además que, por la providencia, me había visto empeñado en el debate público de diversas controversias religiosas, lo cual parecía reclamar algo de otro género y de uso más general, como fruto de la elección y no de la necesidad. Por estas y otras razones semejantes sale a la luz pública este breve discurso, y ahora te lo presento. Espero poder confesar con sinceridad que el deseo de mi corazón delante de Dios, y el designio principal de mi vida en el puesto en que la buena providencia de Dios me ha colocado, es que la mortificación y la santidad universal sean promovidas en mi propio corazón y en el corazón y los caminos de otros, para la gloria de Dios; a fin de que el evangelio de nuestro Señor y Salvador Jesucristo sea adornado en todo. Para alcanzar ese fin, si este pequeño discurso (de cuya publicación esta es la suma de la cuenta que daré) puede ser útil en algo al más pequeño de los santos, será tenido por respuesta a las débiles oraciones con que lo acompaña su indigno autor,
John Owen.
Capítulo 1 completado
Prefacio