Capítulo 8 · 5 min de lectura · 7 min de escucha
John Hyde, el que oraba — El apóstol de la oración en la India
Quién fue
John Nelson Hyde nació el 9 de noviembre de 1865 en Carrollton, Illinois, hijo de un ministro presbiteriano que oraba para que Dios enviara obreros a su mies. Graduado del Seminario Teológico McCormick en 1892, Hyde se embarcó rumbo a la región del Panyab, en el norte de la India, llevando consigo una sordera parcial, condición que quienes lo amaban llegaron a ver como la manera en que Dios cerraba su oído exterior al ruido del mundo y abría más plenamente su oído interior al cielo.
Trabajó en la India durante casi veinte años, llegó a ser el intercesor más famoso de su generación y murió de un tumor maligno en 1912, a los cuarenta y seis años, con el cuerpo agotado. Sus amigos contaban que un médico había encontrado su corazón desplazado dentro del pecho, y creían que la larga tensión de sus intercesiones entre lágrimas lo había causado. Dejó tras de sí a creyentes indios que lo lloraron como a un padre, y un legado de oración que sigue definiendo lo que significa ser intercesor.
Su enseñanza central sobre la oración
La vida de oración de Hyde no puede entenderse al margen de la categoría que la gobernaba: la carga. No abordaba la oración como una disciplina que mantener ni como un deber que cumplir. La abordaba como un peso que no podía soltar: un amor profundo, doliente, dado por el Espíritu, por los inconversos de la India, que se expresaba inevitablemente en una intercesión prolongada, entre lágrimas y agonía. Quienes lo conocieron describían a un hombre que parecía físicamente oprimido por la perdición espiritual que lo rodeaba, como si pudiera sentirla oprimiéndole el pecho. No era morbosidad ni teatro religioso. Era el desbordamiento auténtico de un amor que el Espíritu Santo había puesto en él, un amor que no hallaba expresión adecuada sino en la oración.
Encarnó lo que Pablo describió en Gálatas 4:19: «Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros». El intercesor que verdaderamente lleva una carga por el alma de otro no se limita a mencionar a esa persona ante Dios; trabaja por ella con la intensidad de una mujer en las horas más duras del parto: pujando, gimiendo, negándose a soltar hasta que se produce el nacimiento espiritual. Hyde había recibido esta clase de carga por personas concretas, por los obreros indios y los misioneros que se reunían en la Convención anual de Sialkot, y por la gran masa de los millones de la India que nunca habían oído el nombre de Jesús.
La descripción que hace Pablo del gemir del propio Espíritu —«el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles» (Romanos 8:26)— no era para Hyde un mero consuelo teológico; era la realidad vivida de su vida de oración. Él era simplemente un vaso a través del cual se movía la intercesión del propio Espíritu.
La fecundidad práctica de la vida de oración de Hyde fue asombrosa. Los relatos devocionales cuentan que, en torno a la Convención de Sialkot de 1908, hizo pacto con Dios por al menos un alma al día y vio a más de cuatrocientas personas venir a Cristo ese año; que elevó su petición a dos al día, y luego a cuatro. Ningún registro misionero de la época confirma esas cifras exactas, pero el campo por el que oraba da su propio testimonio: en Moga, donde trabajó en sus últimos años, los bautismos aumentaron año tras año hasta llegar a 685 en 1910. El fruto se multiplicaba en proporción a la carga que estaba dispuesto a llevar. No era una fórmula que aplicaba; era una relación que profundizaba. Cada año de oración había ahondado su conocimiento del corazón de Dios por la India, había aumentado su propia capacidad de llevar la carga y había ensanchado su confianza en que el deseo de Dios de salvar a los perdidos era aún mayor que el suyo.
Hyde enseñó con su ejemplo que la intercesión por identificación —la oración que entra en la condición de aquel por quien se ora— era la forma de oración más costosa y más eficaz. No oraba por los perdidos de la India desde una distancia segura y cómoda. Lloraba por ellos. A veces pasaba días sin comer, no como una exhibición espiritual, sino porque la carga que llevaba era tan pesada que no dejaba lugar al apetito. Era el espíritu de Romanos 9:1–3, donde Pablo escribe, con una intensidad sorprendente, que desearía ser él mismo maldito, apartado de Cristo, si con ello se lograra la salvación de su propio pueblo. Hyde pagó ese precio de buena gana, y la consecuencia se hizo visible tanto en su fruto como en su cuerpo.
Oraba también con una fe extraordinaria: la fe serena y asentada de un hombre que había pasado tantas horas en la presencia de Dios que ya no podía dudar seriamente de su voluntad de salvar. Oraba sobre la base del deseo que Dios mismo había declarado: «El Señor no tarda su promesa, como algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento» (2 Pedro 3:9). Cuando Hyde oraba por la salvación de un alma, no le pedía a Dios que hiciera algo que él se resistía a hacer. Se unía al deseo del propio corazón de Dios, y esa alineación del deseo del intercesor con el deseo de Dios era precisamente la razón por la que sus oraciones recibían respuesta con tanta constancia.
El legado de John Hyde, «el que oraba», es un reproche permanente a la oración superficial, apresurada y distraída que pasa por intercesión en buena parte de la iglesia contemporánea, y una invitación permanente a algo más profundo. Las palabras de Santiago son igualmente verdaderas para cada generación: «La oración del justo, obrando eficazmente, puede mucho» (Santiago 5:16). Hyde era justo, no por su propio mérito, sino en Cristo. Y su oración, obrando eficazmente, pudo mucho. La misma combinación está al alcance de todo creyente dispuesto a pagar el precio de una intercesión genuina.
Una oración
Espíritu Santo, concédenos una medida de la carga que llevó John Hyde, «el que oraba»: un amor por los perdidos tan profundo que nos ponga de rodillas, una compasión por los ciegos espirituales tan ardiente que no podamos descansar hasta que vean. Llénanos de tu propia intercesión por un mundo que no conoce a su Salvador. Amén.
Capítulo 8 completado
John Hyde, el que oraba — El apóstol de la oración en la India