Hombres que conmovieron el cielo
George Müller — El hombre cuya oración alimentó a los huérfanos

Capítulo 7 · 5 min de lectura · 6 min de escucha

George Müller — El hombre cuya oración alimentó a los huérfanos

Quién fue

George Müller nació en 1805 en Prusia, hijo de un recaudador de impuestos, y según su propio y franco relato pasó sus primeros años entre la deshonestidad, los pequeños hurtos y la embriaguez; incluso estuvo preso brevemente en su adolescencia. En 1825, mientras asistía a una reunión de oración en una casa particular, se encontró con el Dios vivo y fue transformado. Se estableció en Bristol, Inglaterra, se unió a los Hermanos de Plymouth y en 1836 abrió su primer orfanato casi con las manos vacías. A lo largo de toda una vida de ministerio cuidó a más de 10.000 niños huérfanos, estableció 117 escuelas que dieron educación cristiana a 120.000 niños y sostuvo a cientos de misioneros en todo el mundo, todo ello sin un solo llamamiento público para pedir fondos, todo únicamente por medio de la oración. Antes de morir en 1898, a los noventa y dos años, había registrado más de 50.000 oraciones contestadas.

Su enseñanza central sobre la oración

La piedra angular de toda la vida de oración de Müller era una sencillez radical: tomarle la palabra a Dios. No tomarle la palabra a una vaga sensación de posibilidad espiritual, ni quedarse en el nivel de las impresiones emocionales o de un optimista sentimiento religioso, sino tomarle la palabra en el nivel preciso, literal y textual de sus promesas escritas en las Escrituras. Müller identificaba una promesa concreta, meditaba en ella hasta estar seguro de que se aplicaba a su situación y luego la presentaba delante de Dios como fundamento de su petición: con calma, con paciencia y con la confianza serena de un hombre que tiene en la mano un documento firmado. Su analogía favorita era la del cheque bancario: un hombre que tenía un cheque válido, girado contra una cuenta solvente, no le rogaba al banco que lo pagara. Lo presentaba y esperaba a que se completara la operación.

El pasaje de las Escrituras al que volvía con más constancia era la promesa del propio Jesús: «Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque cualquiera que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se abrirá» (Mateo 7:7–8). Müller creía que la palabra «cualquiera» era la más importante de ese pasaje. No cualquiera que sea un gigante espiritual: cualquiera que pide. La promesa era universal, y Müller se negaba a tratarla como algo menos. Escribió: «El comienzo de la ansiedad es el fin de la fe, y el comienzo de la verdadera fe es el fin de la ansiedad». Era la convicción, ganada a pulso, de un hombre que había puesto a prueba la promesa diez mil veces y la había hallado digna de confianza cada vez.

Müller enseñaba también que la condición del corazón delante de Dios era inseparable de la eficacia de la oración. Se cuidaba de confesar el pecado conocido antes de presentar sus peticiones a Dios, e insistía en que la falta de perdón no resuelta, la desobediencia voluntaria o un corazón dividido eran las grandes represas que detenían el río de la oración contestada. Se apoyaba en 1 Juan 3:22 —«cualquier cosa que pidamos, la recibimos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él»—, no como una fórmula basada en las obras, sino como una verdad relacional: la oración contestada fluye a través de un corazón genuinamente orientado hacia Dios en obediencia y amor.

Su énfasis más característico era la práctica de la oración concreta por necesidades concretas, con la expectativa concreta de respuestas concretas. Müller llevaba diarios de oración detallados, en los que anotaba la fecha exacta, la petición exacta y la respuesta exacta de cada una de las más de cincuenta mil oraciones que registró.

Cada respuesta registrada era una piedra en el memorial de la fidelidad de Dios. El salmista lo había entendido: «Gustad, y ved que es bueno el Señor» (Salmo 34:8). Müller había gustado, una y otra vez, y nunca perdió el apetito.

Una de las historias más famosas de los orfanatos de Ashley Down ilustra su teología de la oración. Cierta mañana, trescientos niños se sentaron a desayunar, y no había en la casa ni un solo bocado de comida. Müller dio gracias por los alimentos como si ya se los hubieran provisto. Minutos después, un panadero llamó a la puerta con un excedente inesperado de pan. Antes de que se repartiera, apareció un lechero: su carro se había averiado frente a las rejas y necesitaba descargar todo su cargamento de leche fresca. Ni un solo niño se quedó sin comer. Para Müller, aquello era simplemente el desarrollo normal de Marcos 11:24: «Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo habéis recibido, y os vendrá». Había creído. Había recibido. Como siempre.

La última enseñanza de Müller, y quizá la más importante, trataba del propósito de la oración contestada: no era ante todo para beneficio del que ora, sino para la gloria de Dios. Su vida fue un alegato de setenta años a favor de la fiabilidad de las Escrituras. Como había escrito Pablo: «Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros, a él sea gloria» (Efesios 3:20–21). Müller había descubierto que ese «mucho más abundantemente» no era una exageración poética, sino una descripción sobria de cómo obra Dios en realidad cuando su pueblo ora de verdad.

Una oración

Padre, danos la fe sencilla, como de niño, de George Müller: una fe que te toma la palabra sin vacilar, una fe que se arrodilla ante una alacena vacía y se levanta con confiada expectación. Enséñanos a hacer de ti nuestro primer recurso, y no nuestro último refugio. Amén.

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