Vida de Antonio
De cierta doncella y de Pafnucio el confesor

Capítulo 21 · 1 min de lectura · 2 min de escucha

De cierta doncella y de Pafnucio el confesor

58. Había también una muchacha de Busiris Tripolitana que padecía una enfermedad terrible y muy repugnante. Porque lo que le supuraba de los ojos, de la nariz y de los oídos caía al suelo y al instante se convertía en gusanos. Estaba además paralítica y bizca. Sus padres, habiendo oído que unos monjes iban a ver a Antonio, y creyendo en el Señor que sanó a la mujer que padecía flujo de sangre, pidieron que se les permitiera viajar con ellos junto con su hija. Y cuando ellos se lo concedieron, los padres, con la muchacha, se quedaron fuera de la montaña con Pafnucio, el confesor y monje; pero los monjes entraron a ver a Antonio. Y apenas quisieron hablarle de la doncella, él se les adelantó y les contó con detalle tanto los padecimientos de la niña como el modo en que había viajado con ellos. Luego, cuando le pidieron que la dejara entrar, Antonio no lo permitió, sino que dijo: «Id, y si no ha muerto, la hallaréis sanada; porque no es obra mía, miserable de mí, que ella venga a verme, sino que su curación es obra del Salvador, que en todo lugar muestra su misericordia a los que lo invocan. Por eso el Señor se ha inclinado hacia ella mientras oraba, y su bondad me ha declarado que sanará a la niña allí donde ahora está». Y así se obró el prodigio; y al salir encontraron a los padres llenos de gozo y a la muchacha sana.

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