Vida y diario de David Brainerd
Segunda parte de su diario público de la continuación y el progreso de una notable obra de gracia entre los indios de Nueva Jersey y Pensilvania, llevado por encargo de la Sociedad de Escocia para la Propagación del Conocimiento Cristiano.—Reanudación de las labores en Crossweeksung

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Segunda parte de su diario público de la continuación y el progreso de una notable obra de gracia entre los indios de Nueva Jersey y Pensilvania, llevado por encargo de la Sociedad de Escocia para la Propagación del Conocimiento Cristiano.—Reanudación de las labores en Crossweeksung

5 de noviembre de 1745.—19 de junio de 1746.

Crossweeksung, Nueva Jersey, 1745.

Día del Señor, 24 de noviembre.—«Prediqué en las dos partes del día sobre la historia de Zaqueo. Lucas 19:1-9. En el último ejercicio, cuando expuse la salvación que llega al pecador cuando se hace hijo de Abraham, es decir, verdadero creyente, e insistí en ella, la palabra pareció ir acompañada de poder divino a los corazones de los oyentes. Muchos quedaron muy conmovidos por la verdad divina; se avivaron convicciones anteriores; una o dos personas fueron despertadas de nuevo; y en todos ellos, sin excepción, se vio una entrega muy afectuosa al culto divino. Las impresiones que sentían parecían ser el efecto genuino de la palabra de Dios, llevada hasta sus corazones por el poder y la influencia del Espíritu divino.

26 de noviembre.—«Después de pasar algún tiempo en conversaciones privadas con mi gente, les prediqué en público sobre Juan 5:1-9. Se me concedió una libertad y un fervor especiales al hablar, y una energía poderosa acompañó a la verdad divina. Muchos lloraban y sollozaban con ternura, y casi nadie en toda la asamblea parecía indiferente. La influencia que se apoderó de los oyentes parecía suave y, sin embargo, punzante y eficaz. No produjo ninguna conmoción bulliciosa de las pasiones, sino que parecía tocar hondamente el corazón y provocar, en los que estaban convencidos de su estado perdido, gemidos profundos y lágrimas; y en otros, que ya habían hallado consuelo, un quebranto dulce y humilde. Era como las lluvias suaves pero constantes que riegan la tierra eficazmente sin golpear con violencia su superficie. Algunos de los recién despertados estaban hondamente angustiados por sus almas y parecían anhelar con ardor tener parte en Cristo; y algunos de ellos, terminado el culto público, decían con angustia de espíritu “que no sabían qué hacer, ni cómo lograr que sus malvados corazones fueran cambiados”, etc.

28 de noviembre.—«Prediqué en público a los indios, después de haber procurado en privado instruir a algunos y animarlos a los deberes del cristianismo. Expuse y comenté la sagrada historia de la transfiguración de nuestro Señor. Lucas 9:28-36. Al insistir en este pasaje de las Escrituras tuve como propósito principal la edificación y el consuelo del pueblo de Dios. Observé que algunos, que tengo razones para creer que de veras lo son, se conmovían en extremo al oír de la gloria de Cristo en su transfiguración, y se llenaban de anhelo de estar con él, para contemplar su gloria a cara descubierta.

«Terminado el culto público, pregunté a una de ellas, que lloraba y sollozaba con mucha ternura, qué deseaba ahora. Ella respondió: “Oh, estar con Cristo. No sabía cómo quedarse aquí”, etc. Fue un tiempo bendito de refrigerio para los creyentes en general. El Señor Jesucristo parecía manifestarles su gloria divina, como cuando se transfiguró delante de sus discípulos; y todos estaban dispuestos a decir, con los discípulos: “Señor, bueno es para nosotros estar aquí”.

«La influencia de la palabra de Dios no se limitó a quienes habían dado pruebas de tener verdadera gracia, aunque esta vez preparé mi predicación para ellos y la dirigí sobre todo a ellos. Pareció más bien un tiempo de poder divino en toda la asamblea, de modo que la mayoría quedó conmovida en alguna medida. En particular, un anciano, recién despertado, fue llevado ahora a una preocupación honda y apremiante por su alma, y preguntaba con ansia “cómo podría hallar a Jesucristo”. Dios parece seguir concediéndonos su presencia divina, y que la influencia de su bendito Espíritu acompañe su palabra, al menos en alguna medida, en todas nuestras reuniones de culto.

30 de noviembre.—«Prediqué al caer la tarde, después de pasar algunas horas en conversación privada con algunos de los míos sobre los asuntos de sus almas. Expliqué la historia del rico y Lázaro. Lucas 16:19-26. La palabra causó una impresión poderosa en muchos de la asamblea, sobre todo mientras hablaba de la dicha de Lázaro en el seno de Abraham. Pude notar que esto los conmovía mucho más que lo que dije de la miseria y los tormentos del rico; y así ha sido de ordinario con ellos. Casi siempre se han mostrado mucho más conmovidos por las verdades consoladoras que por las terribles de la palabra de Dios. Lo que ha angustiado a muchos de ellos bajo convicción es descubrir que les faltaba la felicidad de los piadosos y que no podían alcanzarla; al menos, a menudo han parecido más conmovidos por esto que por los terrores del infierno. Pero, sea cual sea el medio de su despertar, está claro que muchos llegan a sentir hondamente su pecado y su miseria, la maldad y la obstinación de sus propios corazones, su total incapacidad para ayudarse a sí mismos o para venir a Cristo en busca de ayuda sin auxilio divino; y así son llevados a ver que, si no han de perecer, necesitan que Cristo lo haga todo por ellos, y a postrarse al pie de la misericordia soberana.

Día del Señor, 1 de diciembre.—«Prediqué a mi gente por la mañana sobre Lucas 16:27-31. En muchos se vio un afecto no fingido, y algunos parecían hondamente impresionados por la verdad divina. Por la tarde prediqué a un grupo de blancos; los indios asistieron con diligencia, y muchos de ellos pudieron entender buena parte del discurso. Por la noche volví a hablar a mi gente, les di advertencias e instrucciones particulares sobre su conducta en diversos aspectos, y les insté a velar sobre su comportamiento, puesto que estaban rodeados de quienes acechaban su tropiezo y estaban prontos a arrastrarlos a tentaciones de toda clase, para luego desacreditar la religión por sus faltas.

Día del Señor, 8 de diciembre.—«Prediqué sobre la historia del ciego. Juan 9. Esta vez no se vio en la asamblea ningún efecto notable de la palabra. Los que últimamente se habían preocupado mucho por sus almas no parecían ahora tan conmovidos ni tan ansiosos de tener parte en Cristo como solían, aunque asistieron al culto con seriedad y diligencia. Tales han sido aquí las obras del Señor, despertando a los pecadores y tocando de tiempo en tiempo, con un sentir renovado de las cosas divinas, los corazones de los que han llegado a un consuelo firme, que ahora resulta extraño ver a la asamblea sentada con los ojos secos, sin sollozos ni gemidos.

12 de diciembre.—«Prediqué sobre la parábola de las diez vírgenes. Mateo 25. El poder divino pareció acompañar en alguna medida esta predicación; en ella se me concedió una libertad y una claridad poco comunes al hablar, y fui capacitado para exponer las verdades divinas y explicarlas a la capacidad de mi gente de un modo que me superaba. En muchas personas se vio una preocupación afectuosa por sus almas, aunque en general no parecía tan honda y apremiante como lo había sido antes. Aun así, era refrescante ver a muchos deshechos en lágrimas y en sollozos sinceros; unos por el sentir del amor divino, y otros por la falta de él.

15 de diciembre.—«Prediqué a los indios sobre Lucas 13:24-28. La verdad divina cayó con peso y poder sobre los oyentes y pareció alcanzar el corazón de muchos. Al caer la tarde volví a hablarles sobre Mateo 25:31-46. También esta vez la palabra pareció ir acompañada de una influencia divina, e hizo una impresión poderosa en la asamblea en general, así como en muchos de un modo muy especial y particular. Fue un tiempo asombroso de gracia. La palabra del Señor este día “era viva y eficaz, y más penetrante que toda espada de dos filos”, y traspasó el corazón de muchos. La asamblea quedó muy conmovida y profundamente trabajada; pero sin tanta conmoción visible de las pasiones como la que se vio al comienzo de esta obra de gracia. Las impresiones que la palabra de Dios hizo en los oyentes parecían sólidas, racionales y profundas; dignas de las verdades solemnes por medio de las cuales se produjeron, y muy lejos de ser efecto de algún susto repentino o de una turbación infundada del ánimo. ¡Oh, cómo parecían doblegarse los corazones de los oyentes bajo el peso de la verdad divina, y qué evidente era ahora que la recibían y la sentían “no como palabra de hombres, sino como la palabra de Dios”! Nadie puede formarse una idea justa del aspecto de nuestra asamblea en ese momento, sino quien haya visto una congregación solemnemente sobrecogida y hondamente impresionada por el poder y la influencia especiales de las verdades divinas que se le anunciaban en el nombre de Dios.

16 de diciembre.—«Prediqué a mi gente por la noche sobre Lucas 11:1-13. Después de insistir un rato en el versículo nueve, donde hay un mandato y un estímulo a pedir el favor divino, los llamé a pedir un corazón nuevo con la mayor insistencia, como el hombre de la parábola que estaba exponiendo pidió panes a medianoche. Hubo mucho afecto y preocupación en la asamblea, y en especial una mujer parecía en gran angustia por su alma. Llegó a tal agonía buscando a Cristo, que el sudor le corrió por el rostro durante bastante tiempo, aunque la noche era muy fría; y sus clamores amargos eran las señales más conmovedoras de lo que había en su corazón.

21 de diciembre.—«Como mi gente había alcanzado ya un conocimiento considerable de los principios del cristianismo, me pareció oportuno establecer entre ellos una lección catequística, y esta noche intenté algo de esa forma: les hacía preguntas conforme al Catecismo Menor de la Asamblea, recibía sus respuestas y luego explicaba cada pregunta e insistía en ella según parecía necesario y oportuno. Después procuré hacer alguna aplicación práctica del conjunto. Este fue el método que inicié. Pudieron responder con prontitud y con sensatez a muchas preguntas importantes que les propuse, de modo que, al ponerlos a prueba, hallé que su conocimiento doctrinal superaba mis propias expectativas. En la aplicación de mi discurso, cuando llegué a deducir y exponer la dicha de quienes tienen a un Dios tan grande y glorioso como el que se había descrito antes “por amigo y porción eterna”, varios se conmovieron mucho; y sobre todo cuando los exhorté y procuré persuadirlos a reconciliarse con Dios por medio de su amado Hijo, y asegurarse así una parte en su favor eterno. De modo que, con este método de enseñanza, no solo parecían iluminados e instruidos, sino también conmovidos y ocupados en los asuntos de su alma.

Día del Señor, 22 de diciembre.—«Prediqué sobre la historia del joven del Evangelio. Mateo 19:16-22. Estoy persuadido de que Dios la hizo una palabra oportuna para algunas almas, y en particular para una, la misma que mencioné en mi diario el día 16 de este mes, que nunca antes había alcanzado un consuelo firme, aunque tengo sobradas razones para pensar que había experimentado un cambio salvador algunos días antes. Ahora se mostraba en un estado de ánimo celestial, sosegada y gozosa en la voluntad divina. Cuando hablé con ella en particular y le pregunté cómo había obtenido alivio y liberación de las angustias espirituales que había sufrido últimamente, respondió en un inglés chapurreado: “Yo probar, yo probar salvar a mí; al final, mi fuerza toda acabada; (refiriéndose a su capacidad de salvarse a sí misma;) no poder yo moverme nada más. Entonces al final yo obligada dejar que solo Jesucristo mandarme al infierno, si él quiere.” Le dije: “Pero tú no querías ir al infierno, ¿verdad?”. Respondió: “No poder yo evitarlo. Mi corazón, él ser malo con todo. No poder yo hacerlo bueno”, (queriendo decir que veía que era justo que fuera al infierno, porque su corazón era malo, y lo seguiría siendo a pesar de todo lo que ella pudiera hacer por enmendarlo). Le pregunté cómo había salido de ese estado. Respondió, todavía en el mismo lenguaje chapurreado: “Poco a poco, mi corazón estar alegre muchísimo”. Le pregunté por qué estaba alegre su corazón. Contestó: “Alegre mi corazón, Jesucristo hacer conmigo lo que él quiere. No importar a mí dónde me pone; amarlo a él con todo”, etc. No era fácil convencerla de que no estaba dispuesta a ir al infierno si a Cristo le placía enviarla allí; aunque la verdad, evidentemente, era que su voluntad estaba tan absorbida en la voluntad divina que no podía imaginarse ningún infierno que le fuera terrible o indeseable, con tal que fuera la voluntad de Dios enviarla a él. Al caer la tarde volví a hablarles con el método catequístico que había comenzado la noche anterior. Cuando llegué a aplicar la verdad que les había explicado y a responder la pregunta: “Pero ¿cómo sabré si Dios me ha escogido para vida eterna?”, instándolos a venir y entregar su corazón a Cristo, y así “hacer firme su elección”, se mostraron muy conmovidos, y los que estaban bajo preocupación se empeñaron de nuevo en buscar una parte en él; mientras que otros, que ya habían hallado consuelo antes, se sintieron refrescados al encontrar en sí mismos ese amor a Dios que era prueba del amor con que él los había elegido.

25 de diciembre.—«Como los indios solían en Navidad beber y entregarse a la juerga con algunos de los blancos de estas regiones, me pareció oportuno reunirlos este día y hablarles de las cosas divinas; y así lo hice, sobre la parábola de la higuera estéril. Lucas 13:6-9. Estoy persuadido de que una influencia divina acompañó la palabra en esta ocasión. El poder de Dios se manifestó en la asamblea, no produciendo clamores notables, sino sacudiendo a varias pobres criaturas embotadas que casi nunca antes se habían inquietado por nada. El poder que acompañaba a la verdad divina parecía obrar en ellos más como el terremoto que como el torbellino. Sus pasiones no se alarmaron tanto como solía ocurrir aquí en tiempos pasados, pero su juicio parecía poderosamente convencido por la influencia soberana y victoriosa de la verdad divina. Las impresiones causadas en la asamblea en general no parecían superficiales, sino profundas y conmovedoras para el corazón. ¡Oh, qué dispuestos parecían ahora todos a abrazar y cumplir todo lo que oían y de lo que se convencían que era su deber! ¡Dios estaba de veras en medio de nosotros, doblegando y ablandando corazones obstinados! ¡Cuántas lágrimas y cuántos sollozos se veían y se oían entonces entre nosotros! ¡Qué viveza y qué atención tan concentrada! ¡Qué afán y qué intensidad de ánimo se veían en toda la asamblea durante el culto! Parecían velar y esperar las gotas de la palabra de Dios, como la tierra sedienta la “lluvia temprana y tardía”.

«Después les hablé sobre el deber de los maridos y las esposas, a partir de Efesios 5:22-33, y tengo razones para pensar que fue una palabra oportuna. Pasé además un rato por la noche inculcándoles las verdades en que había insistido en mi discurso anterior acerca de la higuera estéril; y noté que una influencia poderosa seguía acompañando lo que se decía.

26 de diciembre.—«Esta noche me visitó una persona en gran angustia espiritual; el caso más notable de esta clase que he visto jamás. Creo que tenía más de ochenta años; y parecía muy quebrantada y muy aniñada por la edad, de modo que parecía imposible que hombre alguno le infundiera noción alguna de las cosas divinas; ni siquiera darle instrucción doctrinal, porque parecía incapaz de aprender. La trajeron de la mano a mi casa, y parecía en extrema angustia. Le pregunté qué le pasaba. Respondió: “que su corazón estaba angustiado y temía no hallar nunca a Cristo”. Le pregunté cuándo había empezado a preocuparse, y le hice otras diversas preguntas sobre su angustia. A todas respondió, en sustancia, de este modo: “Que me había oído predicar muchas veces, pero nunca había entendido nada de ello, nunca lo había sentido en el corazón, hasta el domingo pasado, y entonces le llegó”, dijo, “como si le hubieran clavado una aguja en el corazón; y desde entonces no tenía descanso ni de día ni de noche”. Añadió “que la víspera de Navidad, estando reunidos varios indios en la casa donde ella estaba, y hablando de Cristo, su conversación le traspasó el corazón de tal modo que no podía sentarse, sino que cayó en su cama; y en ese momento se fue”, como ella lo expresó, “y se sintió como si soñara, y sin embargo está segura de que no soñaba. Estando así ida, vio dos caminos; uno parecía muy ancho y torcido, y ese iba hacia la mano izquierda. El otro parecía recto y muy angosto, y ese subía la colina hacia la mano derecha. Caminó”, dijo, “un rato por el angosto camino de la derecha, hasta que por fin algo pareció estorbarle el paso. A veces lo llamaba oscuridad; luego lo describía de otro modo, y parecía compararlo con un tronco o una barra. Entonces recordó lo que me había oído decir sobre esforzarse por entrar por la puerta angosta, aunque apenas le había prestado atención cuando me oyó predicar sobre ese tema; y pensó que treparía por encima de esa barra. Pero justo cuando pensaba en esto, volvió otra vez”, como ella decía, queriendo decir que volvió en sí; “y entonces su alma se angustió en extremo, temiendo que ahora se había vuelto atrás y había abandonado a Cristo, y que por eso ya no había esperanza de misericordia para ella”.

«Como sabía que los trances y las visiones imaginarias son de peligrosa tendencia en la religión cuando se buscan y se confía en ellos, no pude sino preocuparme mucho por esta experiencia, sobre todo al principio; temía que fuera un designio de Satanás para empañar aquí la obra de Dios, introduciendo escenas visionarias, terrores imaginarios y toda clase de desórdenes y engaños mentales en lugar de las genuinas convicciones de pecado y de las influencias iluminadoras del bendito Espíritu; y estuve casi resuelto a declarar que lo tenía por una de las artimañas de Satanás, y a prevenir a mi gente contra esta y otras experiencias semejantes. Sin embargo, decidí primero indagar en su conocimiento, para ver si tenía alguna noción justa de las cosas que pudiera ser la causa de su angustiosa preocupación actual, o si era un mero susto nacido solo de terrores imaginarios. Le hice numerosas preguntas sobre el estado primitivo del hombre, y más aún sobre su estado presente, y sobre su propio corazón; y las respondió con sensatez, para sorpresa mía. Me pareció casi imposible, si no del todo, que una pagana, vuelta niña por la edad, adquiriera en ese estado tanto conocimiento por mera instrucción humana, sin ser iluminada de manera notable por una influencia divina. Luego le presenté la provisión que hace el evangelio para la salvación de los pecadores, y el poder y la buena voluntad de Cristo “para salvar perpetuamente a todos, tanto viejos como jóvenes, los que vienen a él”. A esto pareció dar un asentimiento sincero; pero al instante replicó: “Sí, pero yo no puedo venir; mi malvado corazón no quiere venir a Cristo; no sé cómo venir”, etc. Esto lo decía con angustia de espíritu, golpeándose el pecho, con lágrimas en los ojos y con tal ansia en la mirada que de veras movía a compasión. Parece estar realmente convencida de su pecado y su miseria, y de su necesidad de un cambio de corazón. Su preocupación es duradera y constante, de modo que no se ve razón para que esta experiencia no tenga un desenlace salvador. De hecho, parece haber motivo para esperar tal desenlace, puesto que anhela tanto tener parte en Cristo que su corazón, como ella dice, ora de día y de noche.

«Hasta qué punto puede Dios servirse de la imaginación para despertar a algunas personas en estas y otras circunstancias semejantes, no pretendo determinarlo. Si esta experiencia procede o no de una influencia divina, lo dejaré al juicio de otros. Pero esto debo decir: que sus efectos hasta ahora indican que así es; y, a mi parecer, no puede explicarse de ningún modo racional sino por la influencia de algún espíritu, bueno o malo. Estoy seguro de que la mujer nunca había oído las cosas divinas del modo en que ahora las veía; y parecería extraño que llegara a tener una noción tan racional de ellas por el mero obrar de su propia fantasía, sin alguna ayuda superior, o al menos ajena. Con todo, debo decir que he considerado una de las glorias de esta obra de gracia entre los indios, y una prueba especial de que procede de una influencia divina, que hasta ahora no se hubiera visto nada de esto: ni nociones visionarias, ni trances, ni imaginaciones mezcladas con esas convicciones racionales de pecado y con los sólidos consuelos que muchos han experimentado. Y, si se hubiera cumplido mi deseo, no habría aparecido en absoluto nada de esta naturaleza.

28 de diciembre. «Prediqué a mi gente con el método catequístico que inicié hace poco. En la aplicación de mi discurso, en la que comparaba el estado presente del hombre con su estado primitivo, mostraba de dónde había caído y las miserias en que ahora está envuelto y a las que está expuesto en su estado natural, e instaba a los pecadores a considerar su deplorable situación sin Cristo y a esforzarse por tener parte en él, el Señor, según confío, concedió una notable influencia de su bendito Espíritu para acompañar lo que se decía; y se vio una gran preocupación en la asamblea. Muchos se deshacían en lágrimas y sollozos, y las impresiones que recibían parecían profundas y conmovedoras para el corazón. En particular, hubo dos o tres personas que parecían llegadas a los últimos ejercicios de una obra preparatoria, y reducidas casi al extremo: estaban en gran medida convencidas de que les era imposible ayudarse a sí mismas o enmendar su propio corazón, y parecían a punto de abandonar toda esperanza en sí mismas y de arrojarse en Cristo, pobres, desvalidas y perdidas. Sin embargo, estaban en angustia y aflicción, porque no veían seguridad en hacerlo a menos que pudieran hacer algo por salvarse a sí mismas. Una de esas personas era la anciana ya mencionada, que ahora se mostraba “trabajada y cargada” por el sentir de su pecado y su miseria, y por su necesidad, so pena de perecer, de tener parte en Cristo.

Día del Señor, 29 de diciembre.—«Prediqué sobre Juan 3:1-5. Había presentes varios blancos, como es costumbre el domingo. La predicación fue acompañada de poder y pareció tener en los oyentes una influencia silenciosa, pero honda y penetrante. Muchos lloraban y sollozaban con ternura. Hubo lágrimas entre los blancos tanto como entre los indios. Algunos no pudieron contenerse y clamaron en voz alta, aunque no fueron muchos los así afectados. Pero las impresiones causadas en sus corazones se mostraban sobre todo en la extraordinaria intensidad de su atención y en sus hondos suspiros y lágrimas.

«Terminado el culto público, me fui a mi casa, con la intención de volver a predicar tras un breve intermedio. Pero pronto empezaron a entrar, uno tras otro, con lágrimas en los ojos, para saber “qué debían hacer para ser salvos”. El Espíritu divino aplicó de tal manera a sus corazones lo que les dije, que la casa pronto se llenó de clamores y gemidos. Todos acudieron juntos en esta ocasión; y los que yo tenía razones para creer que estaban sin Cristo fueron casi todos presa de una honda preocupación por sus almas. Fue un tiempo asombroso de poder entre ellos; parecía como si Dios hubiera inclinado los cielos y descendido. Tan asombrosamente poderosa era la obra en viejos y jóvenes, que parecía que ninguno quedaría en un estado de seguridad carnal y natural, sino que Dios estaba a punto de convertir a todo el mundo. Llegué a pensar, entonces, que nunca más desesperaría de la conversión de ningún hombre ni mujer viviente, fueran quienes fueran o como fueran.

«Es imposible dar una descripción justa y viva del aspecto de las cosas en aquel momento; al menos una que transmita una idea clara y adecuada de los efectos de esta influencia. Podía verse a varios regocijándose de que Dios no hubiera retirado de este lugar la poderosa influencia de su bendito Espíritu; refrescados al ver a tantos que se esforzaban por entrar por la puerta angosta; y tan animados de preocupación por ellos que querían empujarlos hacia adelante, como lo expresaron algunos. Al mismo tiempo podía verse a muchos, hombres y mujeres, viejos y jóvenes, en lágrimas; y a algunos en angustia de espíritu, que en su mismo semblante parecían malhechores condenados camino del lugar de la ejecución, con una pesada inquietud asentada en el rostro; de modo que aquí parecía haber, según pensé, una imagen viva del solemne día de la rendición de cuentas: una mezcla de cielo e infierno, de gozo y de angustia inexpresables.

«La preocupación y el afecto religioso eran tales que no pude intentar dirigir entre ellos ningún ejercicio religioso formal, sino que pasé el tiempo hablando con uno y con otro, según me parecía más apropiado y oportuno para cada cual; a veces me dirigía a todos juntos; y al final concluí con oración. Tal era su situación en aquel momento que apenas pude tener media hora de descanso de hablar, desde una media hora antes de las doce, cuando comencé el culto público, hasta pasadas las siete de la noche. Parecía haber cuatro o cinco personas despertadas de nuevo este día y la noche anterior; algunas de las cuales habían llegado entre nosotros hacía muy poco.

30 de diciembre. «Me visitaron cuatro o cinco jóvenes preocupados por sus almas; la mayoría de ellos despertados muy recientemente. Lloraron mucho mientras hablaba con ellos y procuraba hacerles sentir la necesidad de huir a Cristo sin demora para ser salvos.

31 de diciembre.—«Pasé algunas horas de este día visitando a mi gente de casa en casa y conversando con ellos sobre sus asuntos espirituales; procurando hacer sentir a las almas sin Cristo la necesidad de una renovación del corazón; y apenas salí de una casa sin dejar a alguno de sus moradores en lágrimas, y al parecer ansiosamente empeñado en tener parte en Cristo.

«Los indios se han reunido ahora en este lugar desde todas partes y se han construido pequeñas cabañas, de modo que más de veinte familias viven a menos de un cuarto de milla de mí. Una situación muy conveniente tanto para la instrucción pública como para la privada.

1 de enero de 1746.—«Pasé bastante tiempo visitando otra vez a mi gente. Apenas encontré a uno que no estuviera bajo alguna impresión seria acerca de sus asuntos espirituales.

2 de enero.—«Visité a algunas personas recién llegadas entre nosotros, que casi nunca habían oído nada del cristianismo, salvo el nombre vacío. Procuré instruirlas, en particular en los primeros principios de la religión, del modo más sencillo y familiar que pude. Llegan entre nosotros casi continuamente forasteros de lugares remotos, de modo que tengo ocasión de exponer e inculcar una y otra vez los primeros principios del cristianismo.

4 de enero.—«Proseguí con mi método catequístico de instrucción. Hallé a mi gente capaz de responder a las preguntas con propiedad, más allá de lo que podía esperarse de personas sacadas hacía tan poco de las tinieblas paganas. En la aplicación de mi discurso se vio cierta preocupación y afecto en la asamblea; y sobre todo en aquellos de quienes tenía la esperanza de que eran verdaderamente regenerados; al menos varios de ellos quedaron muy conmovidos y refrescados.

Día del Señor, 5 de enero.—«Prediqué sobre Mateo 12:10-13. No se vio en el culto tanta viveza y afecto como de costumbre. Las mismas verdades que a menudo habían producido muchas lágrimas y sollozos en la asamblea parecían ahora no tener ninguna influencia especial sobre nadie. Al caer la tarde me propuse continuar con mi método habitual de catequesis; pero mientras estábamos en la primera oración, el poder de Dios pareció descender sobre la asamblea de un modo tan notable, y tantos se mostraron bajo una preocupación apremiante por sus almas, que me pareció mucho más conveniente insistir en la abundante provisión que la gracia divina ha hecho para la redención de los pecadores que perecen, e instarlos a aceptar sin tardanza la gran salvación, que hacerles preguntas sobre puntos de doctrina. Lo más práctico parecía lo más oportuno en que insistir, mientras tantos se mostraban tan extraordinariamente ansiosos de tener parte en el gran Redentor.

«Este día la mujer que mencioné en mi diario del 22 de diciembre hizo profesión pública de su fe. Desde que recibió consuelo por primera vez, ha mostrado de tiempo en tiempo un estado de ánimo muy dulce y celestial. Una mañana en particular vino a verme, mostrando en su semblante un gozo y una satisfacción poco comunes; y cuando le pregunté la razón, respondió “que Dios le había hecho sentir que era justo que él hiciera lo que quisiera con todas las cosas; y que sería justo si echara al infierno a su marido y a su hijo; y que veía tan justo que Dios hiciera lo que quisiera con ellos que no podía sino regocijarse en Dios aunque los enviara al infierno;” aunque era evidente que los amaba entrañablemente. Además me preguntó si no me habían enviado a predicar a los indios unas buenas personas de muy lejos. Le respondí: “Sí, las buenas personas de Escocia”. Ella contestó “que la noche anterior su corazón amaba tanto a aquellas buenas personas que apenas pudo dejar de orar por ellas toda la noche; su corazón se iba a Dios por ellas”. Así, la bendición de los que estaban a punto de perecer parece estar a punto de venir sobre esas personas piadosas que han dado de sus bienes para la propagación del Evangelio.

Día del Señor, 12 de enero.—«Prediqué sobre Isaías 55:6. La palabra de Dios pareció caer sobre los oyentes con un peso y una influencia divinos, y se mostró evidentemente como “no palabra de hombres”. Estoy persuadido de que el bendito Espíritu acompañó lo que se dijo hasta el corazón de muchos; de modo que hubo un poderoso reavivamiento de la convicción en muchos que ya antes estaban bajo ejercicios espirituales.

«Al caer la tarde catequicé según mi método habitual. Cerca del final de mi discurso se vio una gran preocupación y mucho afecto en los oyentes, que fueron en aumento mientras seguía invitándolos a venir a un Redentor todo suficiente para la salvación eterna. El Espíritu de Dios parece estar contendiendo de tiempo en tiempo con las almas aquí. Son despertadas con tanta frecuencia y tantas veces que, por ahora, parecen incapaces de volver a adormecerse.

13 de enero.—«Me visitaron varias personas hondamente preocupadas por sus almas; una de ellas, despertada recientemente. Es una obra de lo más grata tratar con almas que preguntan con ansia “qué deben hacer para ser salvas”. Así como nunca debemos “cansarnos de hacer bien”, la obligación parece especialmente fuerte cuando la obra es tan deseable. Sin embargo, debo decir que mi salud está tan quebrantada, y mis fuerzas tan agotadas por mis trabajos y mi manera solitaria de vivir, sin ninguna criatura humana conmigo en la casa, que sus repetidas y casi incesantes peticiones de ayuda y dirección me resultan a veces sumamente pesadas, y me agotan tanto que no sirvo para nada en absoluto, del todo incapaz de proseguir mi tarea, a veces durante días seguidos. Lo que contribuye mucho a esta dificultad es que me veo obligado a emplear mucho tiempo en comunicarles poca cosa, pues muchas veces hay que exponer antes muchas cuestiones previas para poder hablar directamente de lo que principalmente me propongo; cuestiones que se darían por sabidas sin más donde hubiera un conocimiento doctrinal suficiente.

14 de enero.—«Pasé algún tiempo en conversación privada con mi gente, y hallé a algunos dispuestos a consolarse, según me pareció, sobre fundamentos endebles. Ahora están despertados en general, y se ha vuelto tan vergonzoso, además de aterrador para la conciencia, carecer de religión, que corren un peligro inminente de conformarse con una apariencia de gracia antes que vivir bajo el temor y la vergüenza de un estado no regenerado.

18 de enero.—«Proseguí con mi método catequístico de enseñanza. Se vio una gran solemnidad y un afecto considerable en la asamblea. Encuentro muy provechoso este método de instrucción. Cuando lo comencé, me inquietaba el temor de que mis discursos fueran inevitablemente tan doctrinales que solo sirvieran para iluminar la cabeza, pero no para conmover el corazón. Pero el resultado fue muy distinto; pues hasta ahora estos ejercicios han sido notablemente bendecidos tanto en lo segundo como en lo primero.

Día del Señor, 19 de enero.—«Prediqué a mi gente sobre Isaías 55:7. Al caer la tarde catequicé según mi método ordinario, y este pareció ser un tiempo poderoso de gracia entre nosotros. Muchos quedaron muy conmovidos. Las convicciones se avivaron con poder, y los cristianos fueron refrescados y fortalecidos; y un alma trabajada y cargada, según tengo sobradas razones para esperar, fue llevada al verdadero descanso y a un consuelo firme en Cristo; y después me dio tal relato del trato de Dios con su alma que me resultó plenamente satisfactorio, además de refrescante.

«Me dijo que muchas veces me había oído decir que las personas deben verse y sentirse totalmente impotentes y perdidas; que deben quedar vacías de toda confianza en sí mismas y de toda esperanza de salvarse por sí mismas, para poder venir a Cristo en busca de salvación. Durante mucho tiempo se había esforzado por llegar a esa visión de las cosas, suponiendo que sería un estado de ánimo excelente quedar así vacío de toda confianza en su propia bondad; que Dios tendría en cuenta ese estado, se complacería entonces en él y le daría la vida eterna. Pero cuando llegó a sentirse en esa condición de impotencia y perdición, la halló del todo contraria a todos sus pensamientos y expectativas; de modo que no era el mismo estado, ni en verdad nada parecido al estado que había estado buscando. En lugar de ser un buen estado de ánimo, ahora no hallaba en sí mismo más que maldad, y veía que le era para siempre imposible hacerse mejor. Se asombraba, decía, de haber esperado alguna vez enmendar su propio corazón. Estaba atónito de no haber visto nunca antes que le era del todo imposible, con todos sus recursos y esfuerzos, hacer nada en ese sentido, puesto que ahora el asunto se le presentaba con una luz tan clara. En lugar de imaginar ahora que Dios se complacería en él por causa de ese estado de ánimo y de esa visión de su condición perdida, veía claramente, y sentía, que sería justo que Dios lo enviara a la miseria eterna; y que no había ninguna bondad en lo que entonces sentía; porque no podía dejar de ver que estaba desnudo, que era pecador y miserable, y que en esa visión no había nada que mereciera el amor ni la compasión de Dios.

«Veía estas cosas de un modo tan claro y convincente que le parecía, decía, que podría convencer a todo el mundo de su total incapacidad para ayudarse a sí mismos y de su indignidad de recibir ayuda alguna de Dios. Con ese estado de ánimo vino esta noche al culto público; y mientras yo invitaba a los pecadores a venir a Cristo desnudos y vacíos, sin ninguna bondad propia que los recomendara para ser aceptados por él, pensó para sí que muchas veces había intentado venir y entregar su corazón a Cristo, y solía esperar que algún día podría hacerlo; pero ahora estaba convencido de que no podía, y le parecía del todo inútil intentarlo nunca más; y no hallaba ánimo, decía, para intentarlo de nuevo, porque veía que no serviría de nada en absoluto; ni esperaba ya una oportunidad mejor o más capacidad en el futuro, como antes, porque veía y estaba plenamente convencido de que su propia fuerza fallaría para siempre.

Mientras meditaba de este modo, vio, decía, con su corazón (que es una expresión común entre ellos), algo indeciblemente bueno y hermoso, que nunca antes había visto; y “esto le robó el corazón, quisiera él o no”. No sabía, decía, qué era lo que veía. No dijo “este es Jesucristo”; pero era una gloria y una hermosura como nunca antes había visto. Ahora no entregó su corazón, como antes se había propuesto e intentado hacer; sino que se fue por sí solo tras aquella gloria que entonces descubrió. Solía hacer un trato con Cristo: entregarle su corazón para obtener a cambio la vida eterna. Pero ahora no pensaba nada en sí mismo ni en lo que sería de él en el futuro; sino que estaba complacido, y su mente enteramente absorta en la indecible excelencia de lo que entonces contemplaba. Al cabo de un tiempo, el camino de salvación por Cristo le agradó maravillosamente; de modo que le parecía indeciblemente deseable ser salvo del todo por la mera gracia gratuita de Dios en él. La consecuencia de esta experiencia es que parece conservar el sentir y el gusto de las cosas divinas, y mantener una vida seria y de verdadera religión.

28 de enero.—«Los indios de estas regiones se han endeudado en tiempos pasados por su excesiva bebida; y algunos se han aprovechado de ellos y les han causado molestias y gastos haciendo arrestar a algunos; por lo cual se suponía que sus tierras de caza estaban en gran parte en serio peligro y podrían serles arrebatadas pronto. Sabiendo que no podrían subsistir juntos en estas regiones, para formar una congregación cristiana, si se les quitaban estas tierras, cosa que se tenía por muy probable, consideré mi deber hacer todo lo posible por impedir tan desdichado suceso. Tras informar del asunto a los señores encargados de esta misión, según la mejor información que pude obtener, ellos juzgaron oportuno emplear el dinero que habían estado y seguían recaudando para el bien religioso de los indios, al menos una parte, en saldar sus deudas y asegurar estas tierras, para que no pesara sobre ellos ningún enredo que estorbara el asentamiento y el prometedor crecimiento de una congregación cristiana de indios en estas regiones. Habiendo recibido órdenes suyas, pagué en nombre de los indios ochenta y dos libras y cinco chelines, en moneda de Nueva Jersey, a ocho chelines la onza; y así evité el peligro o la dificultad en este respecto.

«Puesto que Dios ha obrado una maravillosa obra de gracia entre estos indios, y ahora inclina a otros de lugares remotos a unirse a ellos casi continuamente; y puesto que ha abierto una puerta para prevenir la dificultad que acabo de mencionar, la cual parecía amenazar gravemente tanto sus intereses religiosos como su bienestar terrenal, es de esperar que se proponga establecer para sí una iglesia entre ellos, y transmitir la verdadera religión a su posteridad.

30 de enero.—«Prediqué a los indios sobre Juan 3:16, 17. Se vio en los oyentes una atención solemne y algún afecto; en especial, varias personas que llevaban mucho tiempo preocupadas por sus almas parecían de nuevo movidas y empeñadas en buscar una parte en Cristo. Una de ellas, con mucha preocupación, me dijo después “que su corazón estaba tan traspasado por mi predicación que no sabía adónde volverse ni qué hacer”.

31 de enero.—«Este día llegó entre nosotros la persona que yo había escogido y contratado como maestro de escuela para los indios, y toda mi gente le dio una cordial bienvenida. Acto seguido repartí varias docenas de cartillas entre los niños y los jóvenes.

1 de febrero—«Mi maestro de escuela comenzó su tarea entre los indios. Tiene de ordinario unos treinta niños y jóvenes en su escuela durante el día, y unas quince personas casadas en la escuela nocturna. El número de casados es menor de lo que sería si pudieran estar más constantemente en casa y disponer de tiempo, fuera de sus ocupaciones necesarias, para asistir a estas lecciones.

«Por la noche catequicé según mi método habitual. Hacia el final de mi discurso un poder sorprendente pareció acompañar la palabra, especialmente para algunas personas. Un hombre de bastante edad, que había sido un notable borracho, hechicero y asesino, y que había sido despertado algunos meses antes, fue llevado ahora al extremo en su angustia espiritual; de modo que tembló durante horas y se veía a punto de caer en el infierno, sin ningún poder para rescatarse ni aliviarse. Varios otros, igual que él, se mostraban en gran preocupación y ansiosos de alcanzar un cambio salvador.

Día del Señor, 2 de febrero.—«Prediqué sobre Juan 5:24, 25. Se vio, como de costumbre, alguna preocupación y afecto en la asamblea. Al caer la tarde proseguí con mi método habitual de catequesis. Noté que mi gente respondía a las preguntas que se le proponían con más prontitud que nunca. Es evidente que avanzan cada día en conocimiento doctrinal. Pero, lo que es aún más deseable, el Espíritu de Dios sigue obrando entre ellos, por lo cual se propaga en sus mentes un conocimiento experimental, y no solo especulativo.

5 de febrero.—«Prediqué por la noche a un número considerable de indios; y muchos de ellos se mostraron muy conmovidos y quebrantados por las cosas divinas.

8 de febrero.—«Pasé buena parte del día visitando a mi gente de casa en casa y conversando con ellos sobre los asuntos de sus almas. Muchos lloraban mientras les hablaba, y no parecían preocupados por nada tanto como por tener parte en el gran Redentor. Por la noche catequicé como de costumbre. La verdad divina hizo alguna impresión en los oyentes, acompañada en algunos de un afectuoso empeño del alma.

Día del Señor, 9 de febrero.—«Prediqué a mi gente sobre la historia del ciego. Marcos 10:46-52. La palabra de Dios pareció esta vez llena de peso y de poder sobre la asamblea, e hizo una impresión considerable en muchos; en particular, varios que de ordinario habían sido notablemente embotados y descuidados bajo los medios de gracia fueron ahora despertados y lloraron con ternura. En todos los oyentes se vio la atención más intensa, así como ternura y afecto. Dos personas profesaron públicamente a Cristo.

«Al caer la tarde catequicé. Dios hizo de este un tiempo poderoso para algunos. Muchos quedaron conmovidos. Las convicciones anteriores parecían avivarse con poder. Hubo asimismo uno, que había sido un vil borracho, notablemente despertado. Parecía en gran angustia de alma; lloró y tembló, y siguió así hasta cerca de la medianoche. Hubo también una pobre alma trabajada y cargada, que había estado mucho tiempo bajo una angustia tan constante y apremiante como jamás he visto, que ahora fue llevada a una calma consoladora, y parecía doblegada y reconciliada con la soberanía divina; y me dijo que ahora sentía y veía que era justo que Dios hiciera con ella lo que quisiera, y que su corazón se sentía complacido y satisfecho de que así fuera; aunque últimamente había sentido a menudo que su corazón se rebelaba y contendía con Dios porque él la enviaría, si así le placía, al infierno después de todo lo que ella había hecho. Añadió que la pesada carga bajo la cual había estado ya le había sido quitada; que había intentado recobrar su preocupación y su angustia, temiendo que el Espíritu de Dios se apartara de ella y la dejara del todo indiferente, pero que no pudo recobrarla; que sentía que nunca podría hacer nada para salvarse, sino que perecería para siempre si Cristo no lo hacía todo por ella; que no merecía que él la ayudara; y que sería justo si la dejaba perecer. Pero Cristo podía salvarla aunque ella no pudiera hacer nada para salvarse, etc.; y en esto parecía descansar».

Forks of Delaware, febrero de 1746.

Día del Señor, 16 de febrero.—«Sabiendo que muchos de los indios de estas regiones estaban obstinadamente en contra del cristianismo, y que algunos se habían negado en tiempos pasados a oírme predicar, pensé que sería oportuno y beneficioso para la causa cristiana aquí traer conmigo a varios de mis creyentes de Crossweeksung, para que conversaran con ellos sobre asuntos religiosos; con la esperanza de que fuera un medio para convencerlos de la verdad e importancia del cristianismo el ver y oír a algunos de su propia nación hablar de las cosas divinas y mostrar un ardiente deseo de que otros fueran sacados de las tinieblas paganas, como ellos mismos lo habían sido. Con este fin escogí a media docena de los más serios e inteligentes de aquellos indios, y, habiéndolos traído a Forks of Delaware, me reuní este día con ellos y con los indios de este lugar. Probablemente a muchos de estos últimos no se les habría podido persuadir de asistir a esta reunión de no ser por estos indios creyentes que me acompañaron hasta aquí y les predicaron. Algunos de los que en tiempos pasados habían sido sumamente contrarios al cristianismo se comportaron ahora con sobriedad; y otros se rieron y se burlaron. Sin embargo, la palabra de Dios cayó con tal peso y poder que muchos parecían aturdidos, y expresaron su disposición a oírme de nuevo sobre estos asuntos.

«Después oré con los blancos presentes y les dirigí unas palabras; y no pude dejar de observar algunos efectos visibles de la palabra entre ellos, como lágrimas y sollozos. Terminado el culto público, pasé algún tiempo esforzándome por convencer a los que se burlaban de la verdad e importancia de aquello en lo que había estado insistiendo, y procuré así despertar su atención a la verdad divina. Por lo que observé entonces y después, tuve motivos para pensar que mis esfuerzos surtieron un efecto considerable en uno de los peores de ellos.

«Los pocos indios allí presentes que solían ser mis oyentes en estas regiones, pues algunos se habían trasladado de aquí a Crossweeksung, parecían algo bien dispuestos hacia mí y contentos de volver a verme. Sin embargo, habían sido tan atacados por algunos de los paganos opositores que casi tenían vergüenza o miedo de mostrar su amistad.

17 de febrero.—«Después de pasar mucho tiempo hablando a los indios en sus respectivas casas, los reuní y les repetí e inculqué lo que antes les había enseñado. Después les prediqué sobre Hechos 8:5-8. Una influencia divina pareció acompañar la palabra. Varios de los indios de aquí parecían algo despertados, y mostraron lágrimas y sollozos sinceros. Mi gente de Crossweeksung siguió con ellos día y noche repitiendo e inculcando las verdades que yo les había enseñado; y a veces oraban y cantaban salmos entre ellos, hablando unos con otros, a oídos de ellos, de las grandes cosas que Dios había hecho por ellos y por los indios de donde venían. Según me dijo mi gente, esto parecía hacerles más efecto que cuando les dirigían directamente la palabra.

18 de febrero.—«Prediqué a una asamblea de irlandeses, a casi quince millas de distancia de los indios.

19 de febrero.—«Prediqué otra vez a los indios, después de haber pasado bastante tiempo conversando con ellos más en privado. Se notó una gran solemnidad, y cierta inquietud y emoción entre los indios de estos parajes, así como un dulce enternecimiento entre los que vinieron conmigo. A muchos de los indios de aquí parecían habérseles quitado los prejuicios y la aversión al cristianismo; y se mostraban bien dispuestos e inclinados a oír la palabra de Dios.

20 de febrero.—«Prediqué a una pequeña reunión de alemanes, que rara vez habían oído predicar el evangelio, y algunos de ellos, por lo menos, eran muy ignorantes; pero muchos de ellos han sido movidos últimamente a indagar con seriedad el camino de la salvación. Prestaron una atención admirable; y algunos se conmovieron mucho bajo la palabra, y después dijeron, según me informaron, que nunca en toda su vida habían recibido tanta luz acerca del camino de la salvación. Me pidieron que me quedara con ellos, o que volviera a predicarles. Me dolió no poder acceder a su petición. No pude menos que conmoverme por su situación; porque eran como “ovejas que no tienen pastor”, y algunos parecían estar en cierto grado de angustia por el pecado, y tenían una necesidad especial de la ayuda de un guía espiritual experimentado.

21 de febrero.—«Prediqué a cierto número de personas, muchas de ellas holandesas. Varios de los alemanes antes mencionados asistieron al sermón, aunque vivían a ocho o diez millas de distancia. Muchos de los indios de estos parajes vinieron también por su propia voluntad a la reunión, con mi gente de Crossweeksung. Hubo dos en particular que, aunque el domingo pasado se habían opuesto al cristianismo y se habían burlado de él, ahora se comportaron con sobriedad. ¡Ojalá continúen estas señales alentadoras!

22 de febrero.—«Prediqué a los indios. Parecían más libres de prejuicios y más favorables al cristianismo que antes; y algunos de ellos se mostraron conmovidos por la verdad divina.

Día del Señor, 23 de febrero.—«Prediqué a los indios sobre Juan 6:35-37. Después del culto público hablé en particular con varios de ellos, y los invité a bajar a Crossweeksung y quedarse allí, al menos por algún tiempo; sabiendo que entonces estarían libres de las burlas y tentaciones de los paganos que se oponen, y además en condiciones de oír exponer las verdades divinas, tanto en público como en privado. Obtuve de algunos la promesa de que pronto nos harían una visita y recibirían más instrucción. Parecían bastante iluminados, y muy libres de sus prejuicios contra el cristianismo. Pero es muy de temer que sus prejuicios revivan otra vez, a menos que puedan gozar aquí de los medios de instrucción, o trasladarse a donde tengan tales ventajas y estén lejos de sus conocidos paganos.

Crossweeksung, marzo de 1746.

1 de marzo.—«Catequicé según mi método habitual. Me agradó y me reanimó verlos responder a las preguntas que se les hacían con tan notable prontitud, discreción y conocimiento. Hacia el final de mi plática la verdad divina hizo considerable impresión en los oyentes, y produjo lágrimas y sollozos en algunos que estaban inquietos por su alma; y más especialmente un dulce y humilde enternecimiento en varios que, tengo razón para esperar, eran verdaderamente regenerados.

Día del Señor, 2 de marzo.—«Prediqué sobre Juan 15:16. La congregación no parecía tan viva en su atención como de costumbre, ni tan conmovida por la verdad divina en general como ha sido común. Algunos de mi gente que subieron conmigo a las Forks of Delaware, habiendo regresado ya, vinieron acompañados de dos de los indios de las Forks que me habían prometido una pronta visita. Quiera el Señor encontrarse con ellos aquí. Ahora apenas pueden entrar en una casa sin hallar conversación cristiana, por la cual es de esperar que sean a la vez instruidos y despertados.

«Hablé otra vez a los indios por la tarde, y observé entre ellos cierta animación y entrega en el culto divino, aunque no igual a lo que muchas veces se ha visto aquí. No conozco ninguna asamblea de cristianos donde parezca haber tanto de la presencia de Dios, donde el amor fraternal prevalezca tanto, y donde yo hallara tanto deleite en el culto público de Dios en general, como en mi propia congregación; aunque no hace más de nueve meses adoraban a demonios y a ídolos mudos bajo el poder de las tinieblas y la superstición paganas. ¡Asombroso cambio este!, obrado nada menos que por el poder y la gracia divinos. De parte del Señor es esto, y con razón es maravilla en nuestros ojos.

5 de marzo.—«Pasé algún tiempo, al caer la tarde, en oración, cantando y hablando a mi gente de las cosas divinas; y observé entre ellos una grata ternura y emoción. Su situación actual es tan compacta y cómoda que se les reúne fácil y rápidamente con solo el sonido de una caracola (una concha semejante a la de un bígaro), de modo que tienen frecuentes oportunidades de asistir a ejercicios religiosos en público. Esto parece ser un gran medio, bajo Dios, para mantener viva en su mente la impresión de las cosas divinas.

8 de marzo.—«Catequicé por la tarde. Mi gente respondió bien a las preguntas que se le hicieron. Puedo percibir que su conocimiento en la religión aumenta día a día. Y, lo que es aún más deseable, la influencia divina, que ha sido tan notable entre ellos, parece continuar todavía en buena medida. La presencia divina pareció estar en la reunión esta tarde.

«Algunos, que tengo buena razón para pensar que son verdaderos cristianos, se enternecieron con el sentido de la bondad divina y de su propia esterilidad e ingratitud, y parecían aborrecerse a sí mismos, como uno de ellos lo expresó después. Las convicciones también parecieron revivir en varios casos; y la verdad divina fue acompañada de tal influencia sobre la asamblea en general, que con justicia podría llamarse una tarde de poder divino.

Día del Señor, 9 de marzo.—«Prediqué sobre Lucas 10:38-42. La palabra de Dios fue acompañada de poder y energía sobre los oyentes. Muchos se conmovieron y se inquietaron por obtener la única cosa necesaria. Varios que han dado buenas pruebas de estar verdaderamente regenerados se conmovieron mucho con el sentido de su falta de espiritualidad, y vieron la necesidad que tenían de crecer en la gracia. La mayor parte de los que en tiempos pasados habían estado bajo alguna impresión de las cosas divinas parecieron ahora tener esas impresiones reavivadas.

«Por la tarde me propuse catequizar según mi método habitual; pero, mientras estábamos en la primera oración en la lengua india, como de costumbre, gran parte de la asamblea estaba tan movida y conmovida por las cosas divinas que me pareció oportuno y conveniente omitir las preguntas por esa vez, e insistir en las verdades más prácticas. Así lo hice, sacando más provecho del pasaje de la Escritura sobre el que había hablado en la primera parte del día. Pareció haber una poderosa influencia divina en la congregación. Varios que, según tengo razón para pensar, son verdaderamente piadosos, se conmovieron tan hondamente con el sentido de su propia esterilidad y del indigno trato que habían dado al bendito Redentor, que lo miraban como traspasado por ellos mismos, y hacían llanto; sí, algunos de ellos estaban afligidos como quien se aflige por el primogénito.

«Algunos pobres pecadores despertados parecían también estar en angustia de alma por obtener parte en Cristo; de modo que hubo gran llanto en la asamblea: ¡muchos gemidos profundos, sollozos y lágrimas! Y uno o dos, recién llegados entre nosotros, fueron despertados considerablemente.

«Me parece que habría reanimado el corazón de cualquiera que ame de veras los intereses de Sion haber estado en medio de esta influencia divina, y haber visto sus efectos sobre santos y pecadores. El lugar del culto divino parecía a la vez solemne y dulce; y se había hecho tan amado por la manifestación de la presencia y la gracia divinas, que quienes tenían algún gusto por las cosas divinas no podían menos que clamar: “¡Cuán amables son tus moradas, oh Señor de los ejércitos!”. Terminado el culto público, muchos vinieron a mi casa, donde cantamos y hablamos de las cosas divinas; y la presencia de Dios pareció estar también aquí en medio de nosotros.

«Mientras cantábamos hubo una persona, la mujer mencionada en mi diario del 9 de febrero, que, me atrevo a decir, si se me permite decir tanto de alguna persona que haya visto jamás, estaba “llena de gozo inefable y glorificado”; y no pudo contenerse sin prorrumpir en oración y alabanzas a Dios delante de todos nosotros, con muchas lágrimas, clamando, a veces en inglés y a veces en su lengua india: “¡Oh bendito Señor!, ¡ven, ven! ¡Oh, llévame; déjame morir, e ir a Jesucristo! Temo que, si vivo, volveré a pecar. ¡Oh, déjame morir ahora! ¡Oh querido Jesús, ven! ¡No puedo quedarme, no puedo quedarme! ¡Oh, cómo puedo vivir en este mundo; llévate mi alma de este lugar de pecado! ¡Oh, que nunca más vuelva a pecar! ¡Oh, qué haré, qué haré, querido Jesús! ¡Oh querido Jesús!”. En este éxtasis continuó algún tiempo, pronunciando sin cesar estas y otras expresiones semejantes. El gran argumento que presentaba a Dios para que se la llevara de inmediato era que “si vivía, pecaría contra él”. Cuando se hubo recobrado un poco, le pregunté si Cristo era ahora dulce para su alma. Entonces, volviéndose hacia mí con lágrimas en los ojos, y con todas las señales de la más profunda humildad que he visto jamás en persona alguna, dijo: “Muchas veces te he oído hablar de la bondad y la dulzura de Cristo, que él era mejor que todo el mundo. Pero, ¡oh!, yo no sabía nada de lo que querías decir. ¡Nunca te creí, nunca te creí! Pero ahora sé que es verdad”; o palabras semejantes. Le respondí: “¿Y ves en Cristo lo suficiente para el mayor de los pecadores?”. Ella contestó: “¡Oh, suficiente, suficiente para todos los pecadores del mundo, con tal que vinieran!”. Cuando le pregunté “si no podía hablarles de la bondad de Cristo”, volviéndose hacia algunas almas sin Cristo que estaban allí, muy conmovidas, les dijo: “¡Oh, en Cristo hay suficiente para ustedes, con tal que vengan! ¡Oh, esfuércense, esfuércense por entregarle su corazón!”, etc. Al oír mencionar algo de la gloria del cielo, que en aquel mundo no hay pecado, volvió a caer en el mismo éxtasis de gozo y de deseo de la venida de Cristo, repitiendo sus expresiones anteriores: “¡Oh querido Señor, déjame ir! ¡Oh, qué haré, qué haré! Quiero ir a Cristo. No puedo vivir. ¡Oh, déjame morir!”, etc.

«Continuó en este dulce estado durante más de dos horas antes de poder volver a su casa. Soy muy consciente de que puede haber grandes gozos, que lleguen incluso al éxtasis, donde aun así no hay prueba sólida de que estén bien fundados. Pero en el caso presente no parecía faltar ninguna prueba para demostrar que este gozo era divino, ya sea en cuanto a lo que lo preparó, a lo que lo acompañó o a lo que le siguió.

«De todas las personas que he visto bajo ejercicio espiritual, casi nunca vi a ninguna que pareciera más doblegada y quebrantada bajo la convicción de pecado y de miseria, o lo que suele llamarse una obra preparatoria, que esta mujer; ni casi a nadie que pareciera conocer mejor su propio corazón que ella. Con frecuencia se quejaba conmigo de la dureza y rebeldía de su corazón. Me decía que su corazón se levantaba y contendía con Dios cuando pensaba que él haría con ella lo que quisiera, y la enviaría al infierno, a pesar de sus oraciones, sus buenas disposiciones, etc., y que su corazón no estaba dispuesto a venir a Cristo para salvación, sino que buscaba ayuda en todas partes menos en él. Así como parecía notablemente consciente de su obstinación y oposición a Dios cuando estaba bajo convicción, así también parecía no menos notablemente doblegada y reconciliada con su soberanía antes de obtener alivio o consuelo alguno; de lo cual dejé constancia en mi diario del 9 de febrero. Desde entonces ha parecido respirar constantemente el temple y el espíritu de la nueva criatura; clamando por Cristo, no por temor del infierno como antes, sino con fuertes deseos de él como su única porción satisfactoria; y muchas veces ha llorado y sollozado amargamente porque, según le parecía, no lo amaba ni podía amarlo. Cuando algunas veces le he preguntado por qué se veía tan triste, y si era porque tenía miedo del infierno, respondía: “No, no estoy afligida por eso; pero mi corazón es tan malo que no puedo amar a Cristo”; y en seguida rompía a llorar. Pero aunque este ha sido el estado habitual de su mente durante varias semanas seguidas, de modo que el ejercicio de la gracia parecía evidente a otros, ella parecía del todo insensible a ello, y nunca tuvo un consuelo notable ni una satisfacción sensible hasta esta tarde.

«Este dulce y sorprendente éxtasis parecía brotar de un verdadero descubrimiento espiritual de la gloria, la arrebatadora belleza y la excelencia de Cristo; y no de nociones groseras e imaginarias de su naturaleza humana, como la de verlo en tal lugar o postura, colgado de la cruz, sangrando y muriendo, sonriendo dulcemente, y cosas semejantes; ilusiones por las cuales algunos se han dejado arrastrar. Tampoco nacía de sórdidas aprensiones egoístas de que se le hubiera concedido algún beneficio cualquiera; sino de una visión de su excelencia personal y su trascendente hermosura, que despertaba en ella aquellos vehementes deseos de gozar de él que ahora manifestaba, y la hacía anhelar “partir del cuerpo, para estar presente al Señor”.

«Lo que acompañó a este consuelo arrebatador fue tal que mostraba abundantemente que su fuente era divina, y que era verdaderamente “gozo por el Espíritu Santo”. Ahora veía las verdades divinas como realidades vivas, y podía decir: “¡Sé que estas cosas son así; siento que son verdad!”. Ahora su alma estaba resignada a la voluntad divina en el punto más delicado; de modo que, cuando le dije: “¿Y si Dios te quitara a tu marido (que entonces estaba muy enfermo), cómo crees que podrías soportarlo?”, respondió: “Él pertenece a Dios, y no a mí; puede hacer con él lo que le plazca”. Ahora tenía el sentido más tierno de la maldad del pecado, y mostraba la mayor aversión a él, anhelando morir para ser librada de él. Ahora podía confiar libremente todo lo suyo a Dios, para el tiempo y para la eternidad. Cuando le pregunté “cómo estaría dispuesta a morir y dejar a su niño pequeño, y qué pensaba que sería de él en ese caso”, contestó: “Dios cuidará de él. Le pertenece a él. Él cuidará de él”. Ahora parecía tener el sentido más humillante de su propia bajeza e indignidad, de su debilidad e incapacidad para guardarse del pecado y perseverar en el camino de la santidad, y clamaba: “Si vivo, pecaré”. Pensé entonces que nunca en toda mi vida había visto tal manifestación de éxtasis y de humildad reunidos en una misma persona.

«Lo que siguió a este gozo no es menos deseable y satisfactorio que lo que lo acompañó. Desde entonces parece ser una cristiana sumamente tierna, de corazón quebrantado, afectuosa, devota y humilde; tan ejemplar en su vida y conducta como cualquier persona de mi congregación. Que siga “creciendo en la gracia y en el conocimiento de Cristo”.

10 de marzo. «Hacia la noche los indios se reunieron por su propia voluntad, y cantaron, oraron y hablaron entre sí de las cosas divinas; y en ese momento hubo mucha emoción entre ellos. Algunos, que según se espera son piadosos, parecían enternecidos por las cosas divinas; y otros parecían muy inquietos por su alma. Al percibir su entrega y su fervor en los ejercicios religiosos, fui a estar con ellos, oré y les di una palabra de exhortación; y observé a dos o tres algo conmovidos e inquietos, que casi nunca antes habían parecido estar bajo impresión religiosa alguna. Pareció ser un día y una tarde de poder divino. Muchos conservaban las vivas impresiones de las cosas divinas que se habían hecho en su mente el día anterior.

14 de marzo.—«Me visitó un número considerable de mi gente, y pasé algún tiempo con ellos en ejercicios religiosos.

15 de marzo. «Por la tarde catequicé. Mi gente respondió a las preguntas que se le hicieron con sorprendente prontitud y juicio. Se notó cierto fervor, y un sentido vivo de las cosas divinas, entre aquellos que tengo razón para esperar que son verdaderos cristianos, mientras hablaba sobre la paz de la conciencia y el gozo en el Espíritu Santo. Estos parecían avivados y animados en el culto divino, aunque no se veía tanta inquietud entre aquellos que tengo razón para pensar que están en un estado sin Cristo.

Día del Señor, 16 de marzo.—«Prediqué a mi congregación sobre Hebreos 2:1-3. La verdad divina pareció tener una influencia bastante considerable sobre algunos de los oyentes, y produjo muchas lágrimas, así como profundos suspiros y sollozos, entre los que han dado prueba de ser verdaderos cristianos, y también entre otros. Las impresiones hechas en los oyentes parecían en general profundas y conmovedoras del corazón; no superficiales, ruidosas ni fingidas.

«Hacia la noche hablé otra vez sobre la gran salvación. La palabra fue acompañada de nuevo de cierto poder sobre los oyentes. Muchos lloraron con emoción y, según todas las apariencias, sin fingimiento; de modo que el Espíritu de Dios parecía moverse sobre la faz de la asamblea. La mujer mencionada en mi diario del último día del Señor hizo profesión de su fe, y pareció estar en una disposición de ánimo devota, humilde y excelente.

«Como mi casa estaba llena de mi gente por la tarde, pasé el tiempo con ellos en ejercicios religiosos hasta que mis fuerzas casi se agotaron. Son tan incansables en los ejercicios religiosos, e insaciables en su sed de conocimiento cristiano, que a veces apenas puedo evitar trabajar de tal modo que agoto en gran manera mis fuerzas y mi ánimo.

19 de marzo.—«Varias de las personas que fueron conmigo a las Forks of Delaware el pasado febrero, y que habían sido detenidas allí por la grave enfermedad de uno de sus compañeros, regresaron a casa apenas hoy. Entonces mi gente se reunió en general por su propia voluntad, para pasar algún tiempo en ejercicios religiosos; y especialmente para dar gracias a Dios por su bondad protectora hacia los que habían estado ausentes durante varias semanas, y por su misericordia al restablecer al que había estado enfermo; y porque ahora los había devuelto a todos sanos y salvos. Como yo estaba ausente entonces, pidieron a mi maestro de escuela que los ayudara a llevar adelante su solemnidad religiosa; y él me cuenta que se mostraron fervorosos y conmovidos en repetidas oraciones, cantos, etc.

22 de marzo.—«Catequicé por la tarde según mi método habitual. Mi gente respondió a las preguntas con gran satisfacción mía. No se notó nada muy notable en la asamblea, considerando lo que ha sido común entre nosotros. Aunque puedo decir con justicia que la atención esmerada, la ternura y la emoción, las muchas lágrimas y los sollozos conmovedores que se veían en muchos de la asamblea, habrían sido muy notables, si no fuera porque Dios ha hecho comunes estas cosas entre nosotros, aun con los forasteros poco después de llegar, una y otra vez. Estoy lejos de pensar que toda apariencia y todo caso particular de emoción que ha habido entre nosotros haya sido verdaderamente genuino y puramente fruto de una influencia divina. Sé que no es así; y no dudo que ha habido alguna mezcla corrupta, algo de paja además del trigo; sobre todo desde que la inquietud religiosa se ha vuelto tan común y extendida aquí.

Día del Señor, 23 de marzo.—«Habiendo llegado entre nosotros durante la semana pasada unos quince forasteros, personas adultas, varios de los cuales nunca habían estado en una reunión religiosa hasta ahora, me pareció conveniente hablar este día de una manera especialmente adaptada a su situación y capacidad; y así lo intenté sobre Oseas 13:9: “Te perdiste, oh Israel”. Por la mañana expuse, de la manera más sencilla que pude, la apostasía y el estado arruinado del hombre, después de haber dicho algunas cosas acerca del ser y las perfecciones de Dios, y de cómo creó al hombre en un estado de rectitud y felicidad. Por la tarde procuré exponer la gloriosa provisión que Dios ha hecho para la redención de criaturas apóstatas, dando a su propio Hijo amado para que padeciera por ellas y satisficiera la justicia divina en su favor. No hubo en la asamblea aquella emoción e inquietud que ha sido común entre nosotros; aunque se notó en general una atención deseable, aun en la mayoría de los forasteros.

«Cerca de la puesta del sol sentí una inquietud poco común en mi ánimo, especialmente por los pobres forasteros: que Dios hubiera retenido tanto su presencia y la poderosa influencia de su Espíritu de la asamblea en los ejercicios del día, y les hubiera negado así aquel grado de convicción que yo esperaba que tuvieran. Con este ánimo visité varias casas, y hablé con cierta inquietud y emoción a varias personas en particular; pero sin mucha apariencia de éxito hasta que llegué a una casa donde estaban varios de los forasteros. Allí las solemnes verdades de que hablé parecieron surtir efecto; primero en algunos niños; luego en varias personas adultas que ya habían estado algo despertadas; y después en varios de los forasteros paganos.

«Continué mi plática con cierto fervor, hasta que casi todos los que estaban en la casa se deshicieron en lágrimas, y muchos lloraban en voz alta y parecían ansiosos por obtener parte en Cristo. Con esto, muchos acudieron pronto de todas las casas de alrededor, y llenaron tanto el lugar que tuvimos que trasladarnos a la casa donde solíamos reunirnos para el culto público. La congregación se reunió en seguida, y, como muchos parecían notablemente conmovidos, hablé algún tiempo sobre Lucas 19:10, procurando exponer la misericordia, la compasión y el interés de Cristo por los pecadores perdidos, desamparados y arruinados. Hubo en la asamblea mucha inquietud y emoción visibles; y no dudo que una influencia divina acompañó lo que se dijo al corazón de muchos. Hubo cinco o seis de los forasteros, hombres y mujeres, que parecieron considerablemente despertados; y, en particular, un joven muy rudo, que parecía que nada podría conmoverlo, fue llevado ahora a temblar como el carcelero, y a llorar durante largo rato.

«Los paganos que fueron despertados parecieron despojarse de una vez de su aspereza salvaje y de sus costumbres paganas, y se volvieron sociables, ordenados y humanos en su trato. Cuando llegaron, exhorté a mi gente creyente a que se esforzara con ellos como lo había hecho con otros forasteros una y otra vez, para instruirlos en el cristianismo. Pero cuando algunos intentaban algo así, los forasteros pronto se levantaban y se iban a otras casas para no oír tales pláticas. Entonces algunas de las personas serias acordaron repartirse por las distintas partes del poblado, de modo que adondequiera que fueran los forasteros, se encontraran con alguna plática instructiva y con fervientes exhortaciones acerca de su salvación. Pero ahora no hacía falta valerse de ninguna estrategia para tener ocasión de conversar con algunos de ellos sobre sus asuntos espirituales; porque estaban tan tocados por el sentido de su estado de perdición, que de buen grado se rendían a las exhortaciones más directas que se les hacían acerca de su pecado y su miseria, y de su necesidad de conocer al gran Redentor y tener parte en él.

24 de marzo.—«Conté a los indios para ver cuántas almas había reunido Dios aquí desde mi llegada a estos parajes; y hallé que ahora había juntas unas ciento treinta personas, entre viejos y jóvenes. Varios de los que son mis oyentes habituales, quizá en número de quince o veinte, estaban ausentes en esta ocasión. Si todos hubieran estado juntos, el número sería ahora muy considerable; sobre todo teniendo en cuenta cuán pocos estaban reunidos cuando llegué por primera vez a esta parte del país: el total no llegaba entonces a diez personas.

«Mi gente salió hoy con el propósito de desbrozar parte de sus tierras, a más de quince millas de este poblado, para establecerse allí en forma compacta, donde pudieran tener la ventaja de asistir al culto público de Dios, de que sus hijos fueran enseñados en una escuela, y al mismo tiempo tener comodidad para sembrar, pues su tierra, en el lugar de nuestra residencia actual, es de poco o ningún valor para ese fin. Siendo el propósito de establecerse así juntos y cultivar sus tierras, cosa que hicieron muy poco en su estado pagano, de tanta necesidad e importancia para su bien religioso como para su comodidad temporal, me pareció conveniente reunirlos y mostrarles el deber de trabajar con fidelidad y diligencia, y que ya no debían ser “en el cuidado perezosos”, como lo habían sido siempre en su estado pagano. Procuré inculcarles la importancia de ser laboriosos, diligentes y enérgicos en la realización de su trabajo; especialmente en la coyuntura presente, pues se acercaba ya la época de la siembra, para que pudieran vivir juntos y gozar de los medios de gracia y de instrucción. Después de darles instrucciones para su trabajo, que les hacían mucha falta, así como para su conducta en diversos aspectos, expliqué, canté y procuré grabar en ellos el salmo del Dr. Watts,

Si Dios no edifica la casa, etc.

y después de encomendarlos a Dios, a ellos y el propósito de su salida, orando con ellos, los despedí a su trabajo.

«Por la tarde leí y expuse a los de mi gente que aún estaban en casa, y a los forasteros recién llegados, la sustancia del capítulo 3 de los Hechos. Muchos parecían enternecerse bajo la palabra; especialmente mientras hablaba sobre el versículo 19: “Así que, arrepentíos y convertíos”, etc. Varios de los forasteros también se conmovieron. Cuando después les pregunté si ahora no sentían que su corazón era malo, como yo les había enseñado, una de ellas respondió: “Sí, ahora lo sentía”. Aunque antes de venir aquí, al oír que yo enseñaba a los indios que su corazón era enteramente malo por naturaleza, y que necesitaba ser cambiado y hecho bueno por el poder de Dios, había dicho: “Su corazón no era malo, y nunca en su vida había hecho nada malo”. Este, en verdad, parece ser el caso de ellos, creo que universalmente, en su estado pagano. Parecen no tener conciencia de pecado ni de culpa, a menos que puedan acusarse de algún acto grosero de pecado contra los mandamientos de la segunda tabla.

27 de marzo.—«Hablé a varios de mi gente en una de sus casas de manera más privada. Indagué en particular sobre su estado espiritual, para ver bajo qué impresiones se encontraban. Les expuse las señales de un estado regenerado, así como las de uno no regenerado; y procuré adaptar y dirigir mi plática a cada uno según entendía que era su estado. Antes de terminar mi plática se había reunido un número considerable; y varios parecían muy conmovidos mientras yo insistía en la necesidad y la importancia infinita de llegar a un estado renovado. Encuentro que el trato particular y directo con las almas en privado suele tener mucho éxito.

29 de marzo.—«Por la tarde catequicé, como de costumbre los sábados. Traté de los beneficios que los creyentes reciben de Cristo en la muerte. Las preguntas fueron respondidas con gran prontitud y acierto; y aquellos que tengo razón para pensar que son el pueblo amado de Dios se enternecieron dulcemente en general. Se notó tal viveza y vigor en su atención a la palabra de Dios, y tal anhelo de ser hechos partícipes de los beneficios mencionados, que parecían no solo estar “esperando”, sino “apresurándose para la venida del día de Dios”. Las verdades divinas parecían destilar sobre los oyentes con una eficacia suave pero enternecedora, como la refrescante “lluvia sobre la hierba cortada”. La asamblea en general, así como los que parecen verdaderamente piadosos, se conmovieron con algunas breves descripciones de la dicha de los piadosos en la muerte; y la mayoría de ellos mostraron entonces una ferviente inclinación a clamar: “Muera yo de la muerte de los rectos, y mi postrimería sea como la suya”; aunque muchos no se empeñaban debidamente en obtener el cambio de corazón que es necesario para ese bendito fin.

Día del Señor, 30 de marzo.—«Hablé sobre Mateo 25:31-40. Hubo una conmoción muy considerable y un tierno enternecimiento en la asamblea. Espero que se hayan producido en la mente de muchos algunas impresiones reales, profundas y duraderas de las cosas divinas. Hubo un anciano, recién llegado entre nosotros, que pareció considerablemente despertado, y que nunca antes había sentido inquietud alguna por su alma. Por la tarde catequicé. No hubo entre el pueblo de Dios aquella ternura y aquel fervor enternecido que se habían visto la tarde anterior y muchas otras veces. Respondieron a las preguntas con claridad y bien, y estuvieron devotos y atentos en el culto divino.

31 de marzo.—«Reuní a mi gente, como lo había hecho el lunes por la tarde anterior, y les hablé otra vez de la necesidad y la importancia de trabajar con empeño para poder vivir juntos y gozar de los medios de gracia, etc. Después de elevar entre ellos una solemne oración a Dios pidiendo su bendición sobre sus esfuerzos, los despedí a su trabajo. Muchos de ellos, tanto hombres como mujeres, parecían ofrecerse de buena voluntad para esta tarea; y algunos se mostraban ansiosos de que Dios fuera con ellos y les comenzara su pequeño pueblo; para que, por su bendición, fuera un lugar cómodo para ellos y los suyos, tanto para procurarse lo necesario para la vida como para asistir al culto de Dios.

5 de abril.—«Catequicé por la tarde. Pareció haber en la asamblea en general cierta emoción y un ferviente empeño en el culto divino, especialmente hacia el final de mi plática. Después del culto público, varios de los que tengo razón para pensar que son verdaderamente piadosos vinieron a mi casa, y parecían deseosos de seguir conversando sobre las cosas divinas. Mientras hablaba con ellos acerca de sus experiencias espirituales, haciéndoles notar que la obra de Dios en el corazón de todos sus hijos era en sustancia la misma, y que sus pruebas y tentaciones también eran semejantes, y mostrándoles la obligación que tenían de amarse unos a otros de un modo especial, parecieron enternecerse en ternura y afecto los unos hacia los otros. Pensé que esta señal particular de que eran discípulos de Cristo, a saber, que tenían amor los unos con los otros, casi nunca había parecido más evidente que en esta ocasión.

Día del Señor, 6 de abril.—«Prediqué sobre Mateo 7:21-23. Se vieron en los oyentes efectos considerables de la palabra, y muy deseables: una atención ferviente, una gran solemnidad, muchas lágrimas y profundos suspiros, que en buena medida se contenían con modestia y parecían sinceros y sin ninguna conmoción indecorosa de las pasiones. Muchos de los creyentes fueron llevados a un examen serio y minucioso de su estado espiritual al oír que “no todo el que dice a Cristo: Señor, Señor, entrará en su reino”. Algunos expresaron el temor de haberse engañado a sí mismos y abrazado una falsa esperanza, porque veían que habían hecho tan poco de la voluntad de su Padre que está en los cielos.

«Hubo un hombre llevado a una inquietud muy grande y apremiante por su alma, que se hizo más patente sobre todo después de retirarse del culto público. Lo que dice que le causó tan gran desasosiego no fue tanto algún pecado en particular, como que nunca había hecho en absoluto la voluntad de Dios, sino que había pecado continuamente, y por eso no tenía derecho al reino de los cielos. Por la tarde les expuse la disciplina de Cristo en su iglesia, y el modo en que se ha de tratar a los que pecan; y entonces los creyentes se conmovieron mucho, especialmente cuando oyeron que el ofensor, si persiste obstinado, debe ser finalmente tenido y tratado “como gentil”, como un pagano, que no tiene parte ni suerte entre el pueblo visible de Dios. De esto parecían tener la más temible aprensión, pues un estado de paganismo, del cual habían sido sacados hacía tan poco, les parecía muy espantoso.

«Después del culto público visité varias casas para ver cómo pasaban el resto del día de reposo, y para tratar con ellos solemnemente los grandes asuntos de su alma. El Señor pareció sonreír sobre mis esfuerzos privados, y hacer estas exhortaciones particulares y personales más eficaces en algunos que mis pláticas públicas.

7 de abril.—«Hablé a mi gente por la tarde sobre 1 Corintios 11:23-26. Procuré exponerles la institución, la naturaleza y los fines de la Cena del Señor, así como las cualidades y la preparación necesarias para participar debidamente de esa ordenanza. Muchos parecían muy conmovidos por el amor de Cristo, manifestado al hacer esta provisión para consuelo de su pueblo en un momento en que él mismo estaba a punto de entrar en sus más agudos sufrimientos.

Día del Señor, 20 de abril.—«Hablé, por la mañana y por la tarde, sobre Lucas 24, explicando la mayor parte del capítulo y haciendo observaciones sobre él. Hubo una atención deseable en los oyentes, aunque no se vio entre ellos tanta emoción y ternura como era habitual. Nuestra reunión estuvo muy concurrida, pues había presentes diversos forasteros que nunca antes habían estado con nosotros.

«Por la tarde catequicé. Mi gente respondió a las preguntas con prontitud y claridad; y pude percibir que avanzaban en el conocimiento de los principios del cristianismo. Se notó entonces un tierno enternecimiento en la asamblea. Varios que confío son verdaderamente piadosos fueron reanimados y vivificados, y por su conversación y su conducta después del culto público parecían tener “los corazones unidos en amor”. Fue un tiempo dulce y bendito, como muchos otros con que mi pobre gente ha sido favorecida en los meses pasados. Dios ha hecho que este pequeño vellón sea mojado una y otra vez con el bendito rocío de su gracia divina, mientras toda la tierra alrededor ha estado comparativamente seca.

25 de abril.—«Aparté este día, como preparación para la administración de la Cena del Señor, para ayuno solemne y oración. El propósito era implorar la bendición de Dios sobre la renovación de nuestro pacto con él y unos con otros, de andar juntos en el temor de Dios, en amor y comunión cristiana, y suplicar que su presencia estuviera con nosotros al acercarnos, como nos proponíamos, a su mesa; así como humillarnos delante de Dios por el aparente retiro, al menos en cierta medida, de aquella bendita influencia que ha prevalecido tanto entre nosotros sobre personas de todas las edades; y también por la creciente apariencia de descuido, vanidad y vicio entre algunos que en otro tiempo parecían tocados y conmovidos por la verdad divina, y llevados a cierta conciencia de su miserable estado de perdición por naturaleza. También se pretendía que oráramos con insistencia por el asentamiento pacífico de los indios juntos en un solo cuerpo, para que fueran una congregación bien dispuesta para el culto de Dios, y que Dios desbaratara todos los intentos que se hacían, o pudieran hacerse, contra ese piadoso propósito.

. Se levantó en esta época un terrible clamor contra los indios en varios lugares del país, con insinuaciones de que yo los estaba adiestrando para degollar a la gente. Muchos deseaban que fueran desterrados de estos parajes, y algunos profirieron grandes amenazas para asustarlos y disuadirlos de establecerse en la mejor y más conveniente porción de sus propias tierras, amenazando con molestarlos ante la ley y pretendiendo tener ellos mismos derecho a esas tierras, aunque nunca se las habían comprado a los indios.

«La solemnidad fue guardada y atendida con seriedad, no solo por los que se proponían comulgar en la mesa del Señor, sino por toda la congregación. En la primera parte del día procuré exponer a mi gente la naturaleza y el propósito de un ayuno, como ya había intentado hacerlo más brevemente antes, e instruirlos en los deberes de tal solemnidad. Por la tarde insistí en las razones especiales que había para que nos dedicáramos a estos ejercicios solemnes en este momento; tanto por la necesidad que teníamos de la ayuda divina para prepararnos debidamente para esa sagrada ordenanza, a la que algunos de nosotros nos proponíamos asistir en breve, si la divina Providencia lo permitía, como por la manifiesta decadencia de la obra de Dios aquí en cuanto a la convicción y conversión eficaz de los pecadores, pues últimamente han sido pocos los profundamente despertados de un estado de falsa seguridad. El culto de Dios fue celebrado con gran solemnidad y reverencia, con mucha ternura y muchas lágrimas, por los que parecían verdaderamente piadosos; y hubo cierta apariencia de poder divino sobre los que habían sido despertados algún tiempo antes y que aún estaban inquietos por su alma.

«Después de repetidas oraciones y de atender a la palabra de Dios, expuse a los creyentes, con toda la brevedad y sencillez que pude, la sustancia de la doctrina de la fe cristiana, como lo había hecho anteriormente; y obtuve de nuevo su gozoso asentimiento. Luego los guié a una renovación solemne de su pacto, en el cual se habían entregado explícita y públicamente a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, declarándolo su Dios; y al mismo tiempo renunciaban a sus vanidades paganas, a sus prácticas idólatras y supersticiosas; comprometiéndose solemnemente a tomar la Palabra de Dios, en la medida en que la conocían o se les diera a conocer, como regla de su vida; prometiendo andar juntos en amor, velar sobre sí mismos y unos sobre otros, llevar una vida de seriedad y devoción, y cumplir los deberes que a cada uno correspondían según su condición, etc. Este acto solemne se realizó con mucha gravedad y seriedad, y al mismo tiempo con la mayor prontitud, libertad y alegría; y una unión religiosa y una armonía de alma parecían coronar toda la solemnidad. No pude menos que pensar por la tarde que había habido señales manifiestas de la presencia divina con nosotros en todos los diversos servicios del día; aunque también era evidente que no había entre las almas sin Cristo aquella inquietud que muchas veces se ha visto aquí.

26 de abril.—«Hacia el mediodía oré con un niño moribundo, y di una palabra de exhortación a los presentes para que se prepararan para la muerte, que pareció hacer efecto en algunos. Por la tarde hablé a mi gente sobre Mateo 26:26-30, acerca del autor, la naturaleza y los propósitos de la Cena del Señor; y procuré señalar quiénes son los que reciben dignamente esa ordenanza. Los creyentes se conmovieron, y aun se enternecieron con la verdad divina, con la visión del amor de Cristo al morir. Varios otros, que habían estado durante algunos meses bajo convicción de su estado de perdición, parecían ahora muy movidos de inquietud y empeñados de nuevo en buscar parte en Cristo; aunque no puedo decir que la palabra de Dios pareciera tan viva y eficaz, tan aguda y penetrante para la asamblea, como lo había sido algunas veces antes.

«Por la tarde catequicé a los que habían de participar de la Cena del Señor al día siguiente, sobre la institución, la naturaleza y el fin de esa ordenanza; y quedé abundantemente satisfecho en cuanto a su conocimiento doctrinal y su idoneidad en ese aspecto para participar de ella. Asimismo parecían tener en general un sentido conmovedor de la solemnidad de esta sagrada ordenanza, y estar humillados por el sentido de su propia indignidad para acercarse a Dios en ella; y estar sinceramente deseosos de prepararse debidamente para participar. Su corazón estaba lleno de amor de unos para con otros, y esa era la disposición de ánimo que parecían empeñados en conservar y llevar consigo a la mesa del Señor. En el canto y la oración que siguieron a la catequesis se notó entre ellos una grata ternura y enternecimiento; y tales señales de amor y afecto fraternal que casi obligaban a decir: “Señor, bueno es que estemos aquí”; bueno es morar donde destila una influencia tan celestial.

Día del Señor, 27 de abril.—«Prediqué sobre Tito 2:14: “Que se dio a sí mismo por nosotros”, etc. La palabra de Dios fue acompañada esta vez de cierta apariencia de poder divino sobre la asamblea, de modo que la atención y la gravedad de los oyentes fueron notables; y especialmente hacia el final del ejercicio muchas personas se conmovieron mucho. Administré la Cena del Señor a veintitrés personas de los indios, siendo casi igual el número de hombres y de mujeres; varios otros, en número de cinco o seis, que de otro modo habrían comulgado con nosotros, estaban ahora ausentes en las Forks of Delaware. La ordenanza se celebró con gran solemnidad, y con una ternura y un afecto sumamente deseables. Fue notable que durante la administración de la ordenanza, especialmente en la distribución del pan, parecían conmoverse de la manera más viva, como si Cristo hubiera sido realmente crucificado delante de ellos. Las palabras de la institución, cuando se repetían y se ampliaban durante la administración, parecían hallar la misma acogida, ser recibidas con la misma fe libre y plena y el mismo fervor del alma, como si el Señor Jesucristo mismo hubiera estado presente y les hubiera hablado personalmente. Los afectos de los comulgantes, aunque considerablemente elevados, estaban sin embargo gratamente regulados y contenidos dentro de los debidos límites. De modo que hubo un enternecimiento dulce, suave y afectuoso, sin ninguna conmoción indecorosa ni bulliciosa de las pasiones.

«Después de descansar algún tiempo tras la administración de la Cena, sumamente cansado por la necesaria extensión de la obra, fui de casa en casa y conversé en particular con la mayoría de los comulgantes, y hallé que casi todos habían sido reanimados en la mesa del Señor “como con vino nuevo”. Nunca en toda mi vida vi tal manifestación de amor cristiano en ningún pueblo. Era tan notable, que bien podría uno haber exclamado con grata sorpresa: “Miren cómo se aman unos a otros”. Creo que no podía haber mayores señales de afecto mutuo entre el pueblo de Dios en los primeros días del cristianismo que las que ahora se veían aquí. El espectáculo era tan deseable, y tan digno del evangelio, que no se podía decir de él nada menos que era “de parte del Señor”, la obra genuina de aquel “que es amor”.

«Hacia la noche hablé otra vez sobre el texto antes mencionado, Tito 2:14; e insistí en el fin y propósito inmediato de la muerte de Cristo, a saber, redimir a su pueblo de toda iniquidad, etc. Este pareció ser un tiempo de poder divino entre nosotros. Los creyentes fueron muy reanimados, y parecían notablemente tiernos y afectuosos, llenos de amor, gozo y paz, y deseosos de ser completamente “redimidos de toda iniquidad”; de modo que algunos de ellos me dijeron después que “nunca habían sentido nada semejante”. Las convicciones también parecieron revivir en muchos casos; y fueron despertadas varias personas a las que nunca antes había visto bajo impresión religiosa alguna.

«Tal fue la influencia que acompañó a nuestra asamblea, y tan indeciblemente deseable la disposición de ánimo de que muchos gozaron en el culto divino, que casi daba pena concluir el culto público. La congregación, una vez despedida, aunque ya casi era de noche, parecía reacia a dejar el lugar y los ejercicios que se les habían hecho tan queridos por los beneficios recibidos, mientras destilaba sobre ellos una bendita influencia vivificadora. En conjunto, debo decir que quedé muy satisfecho en varios aspectos con respecto a la administración de esta ordenanza. Tengo abundantes razones para pensar que los que vinieron a la mesa del Señor tenían un buen grado de conocimiento doctrinal de la naturaleza y el propósito de la ordenanza, y que obraron con entendimiento en lo que hicieron.

«En los servicios preparatorios hallé, puedo decirlo con justicia, una libertad poco común para exponer a su entendimiento y capacidad el pacto de gracia, y para mostrarles la naturaleza de esta ordenanza. Asimismo comprendían perfectamente que no era más que una señal, y no el cuerpo y la sangre reales de Cristo; que estaba destinada al refrigerio y la edificación del alma, y no al banquete del cuerpo. Conocían también el fin de la ordenanza: que en ella eran llamados a conmemorar el amor de Cristo al morir.

«Esta suficiencia de conocimiento doctrinal, junto con su participación grave y decorosa en la ordenanza, su tierno enternecimiento en ella y la dulce disposición cristiana que mostraron después, me dio gran satisfacción en cuanto a habérsela administrado. ¡Oh, qué tiempo tan dulce y bendito fue este! Dios mismo, estoy persuadido, estaba en medio de su pueblo. No dudo que muchos, al terminar el día, podían decir de todo corazón: “En verdad, un día pasado así en la casa de Dios es mejor que mil en otra parte”. Parecía no haber más que un solo corazón entre los piadosos. La dulce unión, la armonía y el entrañable amor y ternura que había entre ellos eran, a mi parecer, el emblema más vivo del mundo celestial que yo había visto jamás.

28 de abril.—«Concluí la solemnidad de la Cena del Señor con una plática sobre Juan 14:15: “Si me amáis, guardad mis mandamientos”. Se notó entonces una ternura muy grata en los oyentes en general, pero especialmente en los comulgantes. ¡Oh, cuán libres, cuán fervorosos y afectuosos se mostraban estos en el servicio de Dios! Parecían dispuestos a que se les horadara la oreja junto a la puerta de la casa de Dios, y a ser sus siervos para siempre.

«Al observar a muchos en esta excelente disposición, y a la asamblea en general conmovida, y eso por una influencia divina, me pareció conveniente aprovechar esta ocasión favorable, como Ezequías aprovechó el tiempo propicio de su gran Pascua, 2 Crónicas 31, para promover la bendita reforma comenzada entre ellos, y para comprometer a los que parecían serios y piadosos a perseverar en ella. Así pues, les propuse que entraran de nuevo en pacto delante de Dios de velar sobre sí mismos y unos sobre otros, no fuera que deshonraran el nombre de Cristo cayendo en prácticas pecaminosas e indecorosas; y especialmente que velaran contra el pecado de la embriaguez, “el pecado que tan fácilmente los rodea”, y contra las tentaciones que llevan a él, así como contra toda apariencia de mal en ese aspecto. Aceptaron con gusto la propuesta, y se unieron explícitamente en ese pacto; tras lo cual procedí, de la manera más solemne de que fui capaz, a poner a Dios por testigo de sus sagrados compromisos, y les recordé la grandeza de la culpa que contraerían si lo quebrantaban, y les advertí asimismo que Dios sería un testigo terrible contra los que se atrevieran a hacerlo, en el día del Señor, grande y manifiesto. Fue un tiempo de asombrosa solemnidad; y un temor reverente divino se dejó ver en el rostro de toda la asamblea durante este acto. Los sollozos, suspiros y lágrimas de emoción eran ahora frecuentes entre los oyentes; y no dudo que muchos clamores silenciosos subieron entonces a la Fuente de la gracia pidiendo gracia suficiente para cumplir estos compromisos solemnes.

Día del Señor, 4 de mayo.—«Habiéndose trasladado ya mi gente a sus tierras, mencionadas en mi diario del 24 de marzo, donde entonces estaban y donde desde entonces han ido preparándose para un asentamiento compacto, a fin de disfrutar con más comodidad del evangelio y de otros medios de instrucción, así como de las comodidades de la vida, hoy los visité, pues ahora me veo obligado a hospedarme con una familia inglesa a cierta distancia de ellos; y les prediqué por la mañana sobre Marcos 4:5. Procuré mostrarles la razón que había para temer que muchas apariencias prometedoras y muchos comienzos esperanzadores en la religión resultaran malogrados, como la semilla que cayó en pedregales.

«Por la tarde prediqué sobre Romanos 8:9: “Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de él”. Tengo razones para pensar que este discurso fue especialmente oportuno y que produjo buen efecto en algunos de los oyentes. Después pasé algunas horas en conversación privada con mi gente, y me esforcé por corregir algunas cosas que me parecían mal entre algunos de ellos.

5 de mayo.—«Visité de nuevo a mi gente y me ocupé de sus asuntos temporales, dándoles indicaciones sobre sus labores. Cada día descubro más y más cuánta importancia tendrá probablemente para sus intereses religiosos que se vuelvan laboriosos y trabajadores, que aprendan las tareas de la labranza y sean capaces, en buena medida, de procurarse por sí mismos lo necesario y lo conveniente para la vida; porque su actual manera de vivir los expone mucho a tentaciones de diversas clases.

9 de mayo.—«Prediqué sobre Juan 5:40, a cielo abierto en el desierto, pues los indios no tienen todavía en este lugar ninguna casa para el culto público, ni apenas refugios para sí mismos. Las verdades divinas causaron considerable impresión en el auditorio, y fue un tiempo de gran solemnidad, ternura y afecto.

«Hoy recibí en la comunión al hechicero, asesino, etc., mencionado en mi diario del 8 de agosto de 1745 y del 1 de febrero de 1746, que parece ser un ejemplo tan notable de la gracia divina que no puedo dejar de dar aquí un breve relato de él. Vivía cerca de las Forks of Delaware, y a veces asistía a mis reuniones allí, durante más de un año; pero, como muchos otros de ellos, era extremadamente aficionado a la bebida fuerte, y no parecía en absoluto reformado por los medios que yo empleaba con ellos para su instrucción y conversión. En ese tiempo asesinó además a un joven indio de buena apariencia, lo cual lo sumió en una especie de horror y desesperación, de modo que se mantuvo lejos de mí y se negó a oírme predicar durante varios meses seguidos, hasta que tuve la oportunidad de conversar libremente con él y de animarlo, diciéndole que su pecado podía ser perdonado por amor de Cristo. Después de esto volvió a asistir a veces a mis reuniones.

«Pero lo peor de toda su conducta era su hechicería. Era uno de los que entre los indios se llaman a veces powaws; y, a pesar de que asistía con frecuencia a mi predicación, seguía practicando sus antiguos encantamientos y sus trucos de juglar, “diciéndose ser algún grande, y a él oían todos atentamente”, suponiéndolo poseedor de un gran poder. Cuando yo les he instruido acerca de los milagros que hizo Cristo al sanar a los enfermos, etc., y los he presentado como prueba de su misión divina y de la verdad de su doctrina, ellos han señalado enseguida los prodigios de esa clase que este hombre había realizado con sus encantamientos mágicos. Por eso tenían un alto concepto de él y de sus ideas supersticiosas, lo cual parecía ser un obstáculo fatal para que algunos de ellos recibieran el evangelio. Muchas veces había pensado que sería un gran favor para el propósito de evangelizar a estos indios que Dios quitara a aquel miserable del mundo, porque apenas tenía esperanza alguna de que llegara a ser bueno. Pero Dios, cuyos pensamientos no son como los pensamientos del hombre, se ha complacido en seguir con él un camino mucho más deseable; un camino conforme a su propia naturaleza misericordiosa, y, confío, provechoso para su propia causa entre los indios, además de eficaz para la salvación de su pobre alma. A Dios sea la gloria de ello.

«La primera preocupación genuina por su alma se despertó al ver a mi intérprete y a su esposa profesar públicamente a Cristo en las Forks of Delaware, el 21 de julio de 1745; lo cual influyó tanto en él que, con la invitación de un indio que era amigo del cristianismo, me siguió hasta Crossweeksung a comienzos de agosto para oírme predicar; y allí permaneció varias semanas, en el tiempo del más notable y poderoso despertar entre los indios. En ese tiempo fue despertado más eficazmente y llevado a una gran preocupación por su alma. Y entonces, según él dice, al “sentir la palabra de Dios en su corazón”, como él lo expresa, su espíritu de hechicería lo abandonó por completo, de modo que desde entonces no ha tenido más poder de esa naturaleza que cualquier otro hombre vivo. Declara también que ahora ni siquiera sabe cómo solía hacer sus encantamientos y conjuros, y que no podría hacer nada de esa naturaleza por mucho que lo deseara.

«Continuó bajo convicción de su estado pecaminoso y perdido, y con un grado considerable de preocupación por su alma, durante todo el otoño y la primera parte del invierno pasado; pero no fue tan profundamente ejercitado hasta algún momento de enero. Entonces la palabra de Dios se apoderó de él de tal manera que cayó en una profunda angustia, y no sabía qué hacer ni hacia dónde volverse. Me dijo entonces que, cuando solía oírme predicar de vez en cuando en el otoño, mi predicación le punzaba el corazón y lo dejaba muy inquieto, pero no lo llevaba a una angustia tan grande, porque todavía esperaba poder hacer algo para su propio alivio; pero ahora, decía, yo lo había acorralado en un rincón tan estrecho que no tenía hacia dónde volverse y no podía evitar estar angustiado. Continuó constantemente bajo la pesada carga y la opresión de un espíritu herido, hasta que al fin fue llevado a la aguda angustia y extrema agonía de alma mencionadas en mi diario del 1 de febrero, que duraron aquella noche y parte del día siguiente. Después de esto fue llevado a la mayor calma y serenidad de ánimo; su temblor y su pesada carga desaparecieron, y parecía perfectamente sosegado, aunque, a su parecer, apenas tenía esperanza alguna de salvación.

«Observé que se le veía notablemente sereno, y por eso le pregunté cómo estaba. Respondió: “Está hecho, está hecho, ahora todo está hecho”. Le pregunté qué quería decir. Contestó: “Ya nunca podré hacer nada más para salvarme; todo está hecho para siempre. No puedo hacer más”. Le pregunté si no podía hacer un poco más, antes que ir al infierno. Respondió: “Mi corazón está muerto. Nunca podré ayudarme a mí mismo”. Le pregunté qué pensaba que sería de él entonces. Contestó: “Tengo que ir al infierno”. Le pregunté si le parecía justo que Dios lo enviara al infierno. Respondió: “Oh, es justo. El diablo ha estado en mí desde que nací”. Le pregunté si sentía esto cuando estaba en tan gran angustia la noche anterior. Contestó: “No; entonces no pensaba que fuera justo. Pensaba que Dios me enviaría al infierno, y que ya estaba cayendo en él; pero mi corazón disputaba con Dios, y no quería decir que fuera justo que me enviara allí. Pero ahora sé que es justo; porque siempre he servido al diablo; y mi corazón no tiene ahora ninguna bondad, sino que es tan malo como siempre”, etc. Pensé que casi nunca había visto a una persona más eficazmente apartada de la confianza en sus propios recursos y esfuerzos para salvarse, ni que pareciera yacer más claramente a los pies de la misericordia soberana, que a este hombre bajo esta manera de ver las cosas.

«En este estado de ánimo continuó varios días, pronunciando sentencia de condenación sobre sí mismo y reconociendo constantemente que sería justo que fuera condenado, y que esperaba que esa sería su porción por la grandeza de sus pecados. Sin embargo, era evidente que tenía una secreta esperanza de misericordia, aunque imperceptible para él mismo, que lo guardaba no solo de la desesperación, sino de toda angustia apremiante; de modo que, en lugar de estar triste y abatido, su mismo semblante se veía agradable y apacible.

«Mientras estaba en este estado, varias veces me preguntó “cuándo volvería a predicar”, y parecía deseoso de oír la palabra de Dios todos los días. Le pregunté “por qué quería oírme predicar, puesto que su corazón estaba muerto y todo estaba hecho; que nunca podría ayudarse a sí mismo y que esperaba tener que ir al infierno”. Respondió: “Me gusta oírte hablar de Cristo, a pesar de todo”. Añadí: “Pero ¿de qué te servirá eso, si al final tienes que ir al infierno?”, usando ahora con él su propio lenguaje, pues antes, de vez en cuando, me había esforzado de la mejor manera que podía por presentarle la excelencia de Cristo, su plena suficiencia y su disposición a salvar a pecadores perdidos, y a personas exactamente en su caso; aunque sin ningún fruto en cuanto a darle algún consuelo especial. Contestó: “Quisiera que otros vinieran a Cristo, aunque yo mismo tenga que ir al infierno”. Era notable que parecía tener un gran amor por el pueblo de Dios, y nada lo afectaba tanto como pensar en ser separado de ellos. Esto parecía ser una parte muy terrible del infierno al que se veía condenado. También era notable que en este tiempo era sumamente diligente en el uso de todos los medios para la salvación del alma, aunque tenía la visión más clara de la ineficacia de los medios para darle ayuda. Decía con frecuencia que todo lo que hacía no significaba nada en absoluto; y sin embargo nunca fue más constante en hacerlo: asistía a diario a la oración secreta y a la familiar, y era sorprendentemente diligente y atento al oír la palabra de Dios; de modo que ni desesperaba de la misericordia, ni presumía de esperar en sus propias obras, sino que usaba los medios porque Dios los ha señalado para la salvación, y porque quería esperar en Dios a la manera de Dios.

«Después de haber continuado en este estado de ánimo más de una semana, mientras yo predicaba en público, pareció tener una visión viva y refrescante para el alma de la excelencia de Cristo y del camino de salvación por medio de él, que lo deshizo en lágrimas y lo llenó de admiración, consuelo, satisfacción y alabanza a Dios. Desde entonces se ha mostrado como un cristiano humilde, devoto y afectuoso; serio y ejemplar en su conversación y conducta; se queja con frecuencia de su esterilidad, de su falta de calor, vida y actividad espiritual, y sin embargo es favorecido a menudo con influencias vivificadoras y refrescantes. En todos los aspectos, hasta donde soy capaz de juzgar, lleva las señales de uno “creado de nuevo en Cristo Jesús para buenas obras”.

«Su celo por la causa de Dios me agradó cuando estuvo conmigo en las Forks of Delaware el pasado febrero. Había en el lugar donde prediqué un indio anciano que amenazó con hechizarme a mí y a la gente piadosa que me acompañaba; y este hombre enseguida lo desafió a que hiciera lo peor que pudiera, diciéndole que él mismo había sido un hechicero tan grande como él, y que, no obstante, tan pronto como sintió en su corazón aquella palabra que esta gente amaba, refiriéndose a la palabra de Dios, su poder de hechicería lo abandonó de inmediato. “Y lo mismo te pasaría a ti”, le dijo, “si tan solo una vez la sintieras en tu corazón; y no tienes poder para hacerles daño, ni siquiera para tocar a uno de ellos”, etc. De modo que puedo concluir mi relato de él observando, en alusión a lo que se dijo de san Pablo, que ahora con celo “defiende y predica con su vida la fe que en otro tiempo destruía”, o que al menos contribuyó a obstaculizar. Dios tenga la gloria del asombroso cambio que ha obrado en él.

Día del Señor, 18 de mayo.—«Prediqué en ambas partes del día sobre Apocalipsis 3:20: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo”. Hubo cierto enternecimiento afectuoso hacia el final del culto de la mañana, y uno o dos casos de nuevo despertar. En el intervalo del culto público aproveché la ocasión para hablar a muchos de manera más privada sobre la bondad y la paciencia del bendito Redentor al estar a la puerta y llamar, al continuar sus llamamientos llenos de gracia a los pecadores que por largo tiempo habían descuidado y abusado de su gracia; lo cual pareció hacer algún efecto en varios.

«Por la tarde la verdad divina fue recibida con solemnidad y con algunas lágrimas, aunque no hubo aquel poderoso despertar e influencia vivificadora que en tiempos pasados había sido común en nuestras asambleas. El aspecto del auditorio era comparativamente desalentador, y estuve a punto de temer que Dios estaba por retirar de nosotros la bendita influencia de su Espíritu.

19 de mayo.—«Visité a mi gente y le prediqué sobre Hechos 20:18, 19, y procuré corregir sus ideas acerca de los afectos religiosos; mostrándoles, por un lado, cuán deseables son el afecto religioso, la ternura y el ferviente empeño en el culto y el servicio de Dios, cuando ese afecto brota de un verdadero descubrimiento espiritual de las glorias divinas, de un justo sentido de la excelencia y perfecciones trascendentes del Dios bendito, y de una visión de la gloria y hermosura del gran Redentor; y que tales visiones de las cosas divinas nos moverán naturalmente a “servir al Señor con muchas lágrimas, con mucho afecto y fervor, y sin embargo con toda humildad”. Por otro lado, señalé lo pecaminoso que es buscar afectos elevados de manera inmediata y por sí mismos; es decir, hacer de ellos el objeto en el que nuestro ojo y nuestro corazón se fijan primera y principalmente, cuando la gloria de Dios debería ser ese objeto. Les mostré que, si el corazón está fijo directa y principalmente en Dios, y el alma empeñada en glorificarlo, algún grado de afecto religioso será su efecto y acompañante. Pero buscar el afecto directa y principalmente, tener el corazón puesto ante todo en ello, es colocarlo en el lugar de Dios y de su gloria. Si se busca para que otros lo noten y nos admiren por nuestra espiritualidad y nuestro adelanto en la religión, entonces es abominable orgullo; si es por sentir el placer de estar conmovido, entonces es idolatría y complacencia propia. Me esforcé también por mostrar lo desagradables que son esos afectos que a veces se producen en las personas por el poder de la imaginación y por sus propios intentos con ese fin, mientras seguía procurando recomendarles aquel afecto religioso, aquel fervor y devoción que deben acompañar todos nuestros ejercicios religiosos, y sin los cuales la religión no será más que un nombre vacío y un cadáver sin vida. Este pareció ser un discurso oportuno, y resultó muy satisfactorio para algunas de las personas piadosas que antes estaban ejercitadas por ciertas dificultades relacionadas con este punto. Después me ocupé de mi gente y le di indicaciones sobre sus asuntos temporales.

24 de mayo.—«Visité a los indios y me ocupé de sus asuntos seculares, que no son capaces de manejar por sí mismos sin el cuidado y consejo constantes de otros. Después hablé a algunos de ellos en particular sobre sus intereses espirituales.—Disfruté hoy en cierta medida del mismo estado de ánimo que sentí el día anterior.

Día del Señor, 25 de mayo.—«Prediqué en ambas partes del día sobre Juan 12:44-48. Hubo cierto grado de poder divino acompañando la palabra de Dios. Varios lloraron y parecieron considerablemente conmovidos; y una mujer, que desde hacía mucho estaba bajo aflicción espiritual, obtuvo ahora claridad y consuelo, y pareció alegrarse en Dios su Salvador. Fue un día de gracia y de bondad divina; un día en el que, confío, se hizo algo por la causa de Dios entre mi gente; un tiempo de consuelo y dulzura para muchos de los piadosos, aunque no hubo sobre la congregación aquella influencia que era común hace algunos meses.

Día del Señor, 1 de junio.—«Prediqué tanto por la mañana como por la tarde sobre Mateo 11:27, 28. La presencia de Dios parecía estar en la asamblea, y muchos se enternecieron y conmovieron considerablemente bajo la verdad divina. Había un aspecto deseable en la congregación en general, una atención ferviente y una ternura agradable; y parecía como si Dios se propusiera visitarnos con nuevas lluvias de gracia divina. Recibí entonces en la comunión a cinco personas, y no poco me reanimó esta añadidura a la iglesia de los que espero serán salvos. Tengo razones para esperar que Dios, últimamente, en nuestra celebración de la Cena del Señor y desde entonces, ha traído a sí a varias personas que por mucho tiempo habían estado bajo aflicción y preocupación espiritual, aunque ha habido pocos casos de personas despertadas recientemente de un estado de seguridad. Los que han sido consolados en estos días parecen haber sido traídos de una manera más silenciosa, pues ni su preocupación ni su consuelo han sido tan poderosos y notables como se vio en aquellos sobre quienes se obró más repentinamente al comienzo de esta obra de gracia.

7 de junio.—«Habiéndome pedido el reverendo William Tennent que fuera su asistente en la administración de la Cena del Señor, esta mañana cabalgué hasta Freehold para prestar esa ayuda. Como también mi gente había sido invitada a asistir a aquella solemnidad, aprovecharon con alegría la oportunidad, y hoy asistieron conmigo a los cultos preparatorios.

Día del Señor, 8 de junio.—«La mayor parte de mi gente que había sido comulgante en la mesa del Señor, estando presente en esta ocasión, comulgó con otros en la santa ordenanza, a petición, y confío que para satisfacción y consuelo, de muchos del pueblo de Dios que habían anhelado ver este día, y cuyos corazones se habían regocijado en esta obra de gracia entre los indios, la cual preparó el camino para lo que resultó tan grato en esta ocasión. Los de mi gente que comulgaron parecieron en general gratamente conmovidos en la mesa del Señor, y algunos de ellos considerablemente enternecidos con el amor de Cristo, aunque no fueron tan notablemente reanimados y alimentados esta vez como cuando les administré esta ordenanza solo en nuestra propia congregación. Algunos de los presentes se conmovieron al ver a los que habían estado “alejados de la república de Israel, y extranjeros a los pactos de la promesa”, que de todos los hombres habían vivido “sin esperanza y sin Dios en el mundo”, ahora acercados a Dios, como su pueblo profesante, mediante una participación solemne y devota en esta sagrada ordenanza. Así como muchos del pueblo de Dios fueron reanimados por esta escena, y movidos por ella a bendecir a Dios por la extensión de su reino en el mundo, así también otros, según me dijeron, fueron despertados por ella, al comprender el peligro en que estaban de ser ellos mismos finalmente echados fuera, mientras veían a otros del oriente y del occidente preparándose, y es de esperar que en buena medida preparados, para sentarse en el reino de Dios. En esta ocasión otros de mi gente que no eran comulgantes también fueron considerablemente conmovidos; las convicciones revivieron en varios casos; y uno, el hombre mencionado en particular en mi diario del día 6 de este mes, obtuvo consuelo y satisfacción, y desde entonces me ha dado tal relato de sus ejercicios espirituales, y de la manera en que obtuvo alivio, que parece muy esperanzador. Parece como si Aquel que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, hubiera ahora “resplandecido en su corazón, y le hubiera dado la luz” y el conocimiento experimental “de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo”.

9 de junio.—«Un número considerable de mi gente se reunió temprano en un lugar retirado del bosque, y oraron, cantaron y conversaron de las cosas divinas; y algunas personas piadosas de entre los blancos los vieron conmovidos y entregados, y a algunos de ellos en lágrimas, en estos ejercicios religiosos.

«Después de haber asistido a los cultos de clausura de la Cena del Señor, regresaron a casa, muchos de ellos regocijándose por toda la bondad de Dios que habían visto y sentido; de modo que este pareció ser un tiempo provechoso a la vez que consolador para muchos de mi congregación. Su presencia en esta ocasión, y el que varios de ellos comulgaran en la mesa del Señor con otros cristianos, fue, confío, para la honra de Dios y el bien de la religión en estas regiones, pues tengo razones para pensar que muchos fueron vivificados por medio de ello.

13 de junio.—«Prediqué a mi gente sobre la nueva criatura, a partir de 2 Corintios 5:17. La presencia de Dios parecía estar en la asamblea. Fue una reunión dulce y agradable, en la que el pueblo de Dios fue reanimado y fortalecido, al contemplar su rostro en el espejo de la palabra de Dios y hallar en sí mismos las señales y rasgos de la nueva criatura. También algunos pecadores preocupados fueron conmovidos de nuevo, y se empeñaron otra vez en asegurar sus intereses eternos.

«Tres indios fueron recibidos en esta ocasión en la comunión. Una de ellos era la mujer muy anciana de cuyos ejercicios di cuenta en mi diario del 26 de diciembre. Ahora me dio un relato muy preciso, razonable y satisfactorio del notable cambio que experimentó algunos meses después del comienzo de su preocupación, el cual, debo decir, parecía ser la genuina operación del Espíritu divino, hasta donde soy capaz de juzgar. Aunque se había vuelto tan infantil por la edad que yo no podía hacer nada a modo de preguntas, ni apenas hacerle entender nada de lo que le preguntaba, sin embargo, cuando la dejaba seguir con su propia historia, podía dar una relación muy clara y detallada de los muchos y variados ejercicios del alma que había experimentado: tan profundas eran las impresiones que habían dejado en su mente aquella influencia y aquellos ejercicios. Tengo grandes razones para pensar que ha nacido de nuevo en su vejez, pues tiene, supongo, más de ochenta años.

19 de junio.—«Visité a mi gente con dos de los reverendos corresponsales. Pasé algún tiempo conversando con algunos de ellos sobre cosas espirituales, y me ocupé un poco de sus asuntos temporales.

«Hoy se cumple un año completo desde la primera vez que prediqué a estos indios en Nueva Jersey. ¡Qué cosas asombrosas ha obrado Dios, en este espacio de tiempo, por este pobre pueblo! ¡Qué cambio sorprendente aparece en su carácter y conducta! ¡Cómo, en este breve período, paganos huraños y salvajes se han transformado en cristianos agradables, afectuosos y humildes, y sus aullidos de borrachera y de paganismo se han convertido en alabanzas devotas y fervientes a Dios! Ellos, que “en otro tiempo eran tinieblas, ahora son luz en el Señor”. ¡Anden “como hijos de luz, e hijos del día”! Y ahora, al que puede confirmarlos según el evangelio y la predicación de Cristo, al solo Dios sabio, sea gloria por Jesucristo, por los siglos de los siglos. Amén».

Capítulo 9 completado

Segunda parte de su diario público de la continuación y el progreso de una notable obra de gracia entre los indios de Nueva Jersey y Pensilvania, llevado por encargo de la Sociedad de Escocia para la Propagación del Conocimiento Cristiano.—Reanudación de las labores en Crossweeksung

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