Vida y diario de David Brainerd
Desde su licencia para predicar hasta su nombramiento como misionero

Capítulo 4 · 12 min de lectura · 16 min de escucha

Desde su licencia para predicar hasta su nombramiento como misionero

30 de julio.-25 de noviembre de 1742.

30 de julio de 1742.—«Fui a caballo de Danbury a Southbury; prediqué allí sobre 1 Pedro 4:8. Tuve mucho de la presencia consoladora de Dios en el ejercicio. Me pareció tener poder con Dios en la oración, y poder para apoderarme del corazón de la gente al predicar.

12 de agosto. (Cerca de Kent.)—«Esta mañana y anoche me vi agitado por duras pruebas interiores: no tenía fuerzas para orar, sino que parecía excluido de Dios. Había perdido en gran medida la esperanza de que Dios me enviara entre los paganos lejanos, y de verlos acudir en multitud a Cristo. Vi tanto de mi vileza, que me asombraba de que Dios me dejara vivir y de que la gente no me apedreara; ¡y mucho más de que quisieran oírme predicar! Me parecía que nunca más podría predicar; sin embargo, hacia las nueve o las diez la gente vino, y me vi obligado a predicar; y bendito sea Dios, me dio su presencia y su Espíritu en la oración y en la predicación, de modo que fui muy asistido y hablé con poder sobre Job 14:14. Algunos indios que residían aquí clamaron con gran angustia, y todos parecieron profundamente preocupados. Después de haber orado y de haberlos exhortado a buscar al Señor con constancia, y de haber contratado a una inglesa para que llevara entre ellos una especie de escuela, nos marchamos.»

Día del Señor, 15 de agosto.—«Sentí mucho consuelo y entrega a Dios este día. Por la noche, fue reconfortante quedarme a solas con Dios y derramar mi alma. ¡Oh, quién puede concebir la dulzura de la comunión con el Dios bendito, sino los que la han experimentado! Gloria a Dios para siempre, porque puedo gustar del cielo aquí abajo.

17 de agosto.—«Sumamente abatido de espíritu, me hiere y me desgarra el corazón pensar cuánta exaltación propia, orgullo espiritual y acaloramiento de carácter mezclé antes con mis esfuerzos por promover la obra de Dios; y a veces anhelo postrarme a los pies de los opositores y confesar qué criatura tan pobre e imperfecta he sido y sigo siendo. ¡El Señor me perdone y me haga en adelante “prudente como serpiente, y sencillo como paloma”! Después disfruté de considerable consuelo y deleite del alma.

19 de agosto.—«Este día, estando a punto de partir de la casa del señor Bellamy, en Bethlehem, donde había residido algún tiempo, oré con él y con dos o tres otros amigos cristianos. Nos entregamos a Dios de todo corazón, para ser suyos para siempre: la eternidad me parecía muy cercana mientras oraba. Aunque nunca volviera a ver a estos cristianos en este mundo, me parecía que no faltaban sino unos momentos para encontrarme con ellos en otro mundo.

23 de agosto.—«Tuve un tiempo dulce en la oración secreta: el Señor se acercó a mi alma y me llenó de paz y de consolación divina. ¡Oh, mi alma gustó la dulzura del cielo, y fue llevada a orar por el mundo, para que viniera a Cristo! Tuve mucho consuelo en los pensamientos y esperanzas de la recolección de los paganos; fui grandemente asistido en la intercesión por amigos cristianos.»

1 de septiembre.—«Fui a Judea a la ordenación del señor Judd. El señor Bellamy predicó sobre Mateo 24:46: “Bienaventurado aquel siervo al cual, cuando su señor venga, lo halle haciendo así”. Me sentí muy solemne; tuve mis pensamientos muy puestos en aquel tiempo en que nuestro Señor vendrá, lo cual refrescó mucho mi alma; solo temía no ser hallado fiel, porque tengo un corazón tan vil. Mis pensamientos estuvieron mucho en la eternidad, donde me encanta morar. Bendito sea Dios por este tiempo solemne. Volví a caballo a casa esta noche con el señor Bellamy, conversé con algunos amigos hasta muy tarde, y luego me retiré a descansar en un estado de ánimo sereno.

4 de septiembre.—«Muy mal de salud, sumamente abatido en el alma y a una terrible distancia de Dios. Hacia la noche, pasé algún tiempo en provechosas reflexiones sobre Romanos 8:2. Ya cerca de la noche, tuve un tiempo muy dulce en oración; Dios me capacitó para luchar ardientemente por el avance del reino del Redentor; rogué con fervor por mi querido hermano John (quien con el tiempo llegó a ser su sucesor como misionero entre los indios), para que Dios lo hiciera más peregrino y extranjero en la tierra, y lo preparara para una utilidad singular en el mundo; y mi corazón se regocijó dulcemente en el Señor al pensar en cualesquiera aflicciones que pudieran sobrevenirle a él o a mí en el avance del reino de Cristo. Fue una hora dulce y consoladora para mi alma, mientras se me concedía libertad para rogar, no solo por mí mismo, sino también por muchas otras almas.

16 de septiembre.—«Por la noche disfruté mucho de Dios en la oración secreta: sentí una resignación poco común a ser y hacer lo que a Dios le agradara. Desde hace algunos días he sentido gran turbación a causa de mi conducta pasada: mi amargura y mi falta de bondad y amor cristianos han afligido mucho mi alma. ¡El Señor me perdone mi acaloramiento poco cristiano y mi falta de un espíritu de mansedumbre!

21 de octubre.—«Tuve un sentido muy profundo de la vanidad del mundo la mayor parte del día; apenas me importaba más que si hubiera de entrar en la eternidad a la hora siguiente. Por la bondad divina, me sentí muy serio y solemne. ¡Oh, me encanta vivir al borde de la eternidad en mis contemplaciones y meditaciones! Esto me da un sentido y una percepción dulces, sobrecogedores y reverentes de Dios y de las cosas divinas, cuando me veo, por así decirlo, de pie ante el tribunal de Cristo.

22 de octubre.—«Hoy estuve desprendido del mundo de manera poco común: mi alma se deleitaba en ser “extranjero y peregrino sobre la tierra”; sentí en mí la disposición de no tener nunca nada que ver con este mundo. Me agradó mucho el carácter que se da de algunos del antiguo pueblo de Dios en Hebreos 11:13: “Confesaron que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra”, con su práctica diaria; ¡y ojalá yo pudiera hacer siempre lo mismo! Pasé algún tiempo en una agradable arboleda, en oración y meditación. ¡Oh, es dulce estar así desprendido de los amigos y de mí mismo, y muerto al mundo presente, para vivir enteramente para el Dios bendito y del Dios bendito! Me vi pequeño, bajo y vil, tal como soy en mí mismo. Por la tarde prediqué en Bethlehem sobre Deuteronomio 8:2. Dios me ayudó a hablar al corazón de queridos cristianos. Bendito sea el Señor por este tiempo; confío en que ellos y yo nos regocijaremos por ello por toda la eternidad. El querido señor Bellamy entró mientras yo hacía la primera oración (pues había regresado a casa de un viaje), y después de la reunión nos fuimos juntos y pasamos la velada conversando dulcemente sobre cosas divinas y orando juntos, con tierno amor el uno por el otro, y nos retiramos a descansar con el corazón en un estado serio y espiritual.

26 de octubre.—«[En West Suffield.] Estuve en gran angustia, bajo el sentido de mi propia indignidad. Me parecía que merecía más bien ser echado del lugar que el que alguien me tratara con bondad o viniera a oírme predicar. Y en verdad mi ánimo estaba tan abatido en ese momento (como en muchos otros) que me era imposible tratar con fidelidad a las almas inmortales. No podía tratar con ellas de cerca y con fidelidad: me sentía tan infinitamente vil en mí mismo. ¡Oh, qué polvo y ceniza soy yo para pensar en predicar el evangelio a otros! En verdad, nunca podré ser fiel ni por un momento, sino que de cierto “recubriré con lodo suelto” si Dios no me concede una ayuda especial. Por la noche fui al lugar de reunión, y me pareció casi tan fácil que alguien se levantara de la tumba y predicara como que lo hiciera yo. Sin embargo, Dios me concedió algo de vida y de poder, tanto en la oración como en el sermón; y tuvo a bien levantarme y mostrarme que él podía capacitarme para predicar. ¡Oh, la maravillosa bondad de Dios para con un pecador tan vil! Volví a mi alojamiento, disfruté de cierta dulzura en la oración a solas, y me lamenté de no poder vivir más para Dios.

4 de noviembre.—«[En Lebanon.] Vi mucho de mi nada la mayor parte de este día; pero me preocupó no tener un sentido mayor de mi insuficiencia e indignidad. ¡Oh, es dulce yacer en el polvo! Pero es angustioso sentir en mi alma ese infierno de corrupción que aún permanece en mí. Por la tarde tuve un sentido de la dulzura de una entrega estricta, íntima y constante a Dios, y mi alma fue confortada con sus consolaciones. Mi alma sintió una inquietud agradable y a la vez dolorosa, no fuera a pasar algunos momentos sin Dios. ¡Oh, que yo siempre viva para Dios! Por la noche me visitaron algunos amigos, y pasamos el tiempo en oración y en una conversación que tendía a nuestra edificación. Fue un tiempo consolador para mi alma: sentí un intenso deseo de emplear cada momento para Dios. Dios es inefablemente misericordioso conmigo continuamente. En tiempos pasados me dio una dulzura inexpresable en el cumplimiento del deber. Con frecuencia mi alma ha disfrutado mucho de Dios, pero ha estado pronta a decir: “Señor, bueno es que estemos aquí”, y así a ceder a la pereza mientras vivía de mis gozos. Pero últimamente Dios ha tenido a bien mantener mi alma hambrienta casi continuamente, de modo que he estado lleno de una especie de dolor agradable. Cuando verdaderamente disfruto de Dios, siento mis deseos de él más insaciables y mi sed de santidad más inextinguible; y el Señor no me permite sentirme como si estuviera plenamente abastecido y saciado, sino que me mantiene siempre extendiéndome hacia adelante. Me siento estéril y vacío, como si no pudiera vivir sin más de Dios; me siento avergonzado y culpable delante de él. Veo que “la ley es espiritual, mas yo soy carnal”. No vivo, no puedo vivir para Dios. ¡Oh, santidad! ¡Oh, más de Dios en mi alma! ¡Oh, este dolor agradable! Hace que mi alma vaya en pos de Dios; su lenguaje es: “Seré saciado cuando despierte a la semejanza de Dios”, pero nunca, nunca antes; y por consiguiente, estoy comprometido a “proseguir al blanco” día tras día. ¡Oh, que pueda sentir esta hambre continua y no ser retardado, sino más bien animado, por cada racimo de Canaán, a extenderme hacia adelante en el camino angosto para el pleno disfrute y posesión de la herencia celestial! ¡Oh, que nunca me demore en mi viaje celestial!»

Día del Señor, 7 de noviembre.—«[En Millington.] Me parecía que un miserable tan impío como yo nunca podría llegar a aquella bienaventuranza de ser “santo, como Dios es santo”. Al mediodía anhelé la santificación y la conformidad con Dios. ¡Oh, eso es EL TODO, EL TODO! El Señor me ayude a ir en pos de Dios para siempre.

8 de noviembre.—«Hacia la noche disfruté de mucha dulzura en la oración secreta, de modo que mi alma anhelaba llegar al país celestial, el bendito paraíso de Dios. Por la bondad divina, apenas he visto en dos meses un día en que la muerte no me haya parecido tan agradable, en un momento u otro del día, que me habría regocijado de que fuera el último, a pesar de mis presentes pruebas y conflictos interiores. Confío en que el Señor me hará al fin vencedor, y más que vencedor, y en que podré usar aquel lenguaje triunfante: “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?”

19 de noviembre.—«[En New-Haven.] Recibí una carta del reverendo señor Pemberton, de Nueva York, en la que me pedía que fuera allá cuanto antes para consultar acerca de la evangelización de los indios de aquellas regiones, y para reunirme con ciertos caballeros de allí a quienes se habían confiado esos asuntos. Mi mente se llenó al instante de inquietud; así que me retiré con dos o tres amigos cristianos y oramos; y en verdad fue un tiempo dulce para mí. Pude dejarme a mí mismo y todos mis asuntos en manos de Dios; y, despidiéndome de los amigos, fui a caballo a Ripton, y me consoló tener la oportunidad de ver y conversar con el querido señor Mills.»

24 de noviembre.—«Llegué a Nueva York; seguía muy preocupado por la importancia de mi asunto; hice muchas peticiones fervientes a Dios por su ayuda y dirección; me aturdieron el ruido y el tumulto de la ciudad; disfruté de poco tiempo a solas con Dios, pero mi alma lo anhelaba.

25 de noviembre.—«Pasé mucho tiempo en oración y súplica: fui examinado acerca de mi experiencia cristiana, mi conocimiento de la teología y de algunos otros estudios, y mi idoneidad para la importante obra de evangelizar a los paganos, y se me hizo sentir mi gran ignorancia y mi incapacidad para el servicio público. Tuve los pensamientos más humillantes acerca de mí mismo; sentí que era el peor miserable que jamás hubiera vivido: me dolía en lo más hondo del corazón que alguien me mostrara algún respeto. ¡Ay!, pensaba, ¡cuán tristemente se engañan conmigo! ¡Cuán amargamente quedarían defraudados si conocieran mi interior! ¡Oh, mi corazón! Y en este estado de abatimiento me vi obligado a ir a predicar ante una asamblea considerable, delante de algunos ministros graves y doctos; pero sentí tal opresión por el sentido de mi vileza, ignorancia e incapacidad para presentarme en público, que casi quedé vencido por ella; mi alma se afligía por la congregación, porque tuvieran que sentarse allí a oír predicar a un perro muerto como yo. Me consideré infinitamente en deuda con la gente, y anhelé que Dios los recompensara con las recompensas de su gracia. Pasé gran parte de la velada a solas.»

. El señor Brainerd fue examinado por los corresponsales en Nueva York, Nueva Jersey y Pensilvania de la Sociedad Escocesa para la Propagación del Conocimiento Cristiano, a quienes se había encomendado la administración de sus asuntos en aquellas regiones, y que estaban entonces reunidos en Nueva York.

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