Las enseñanzas clave de Richard Baxter
Conclusión

Capítulo 18 · 5 min de lectura · 6 min de escucha

Conclusión

Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano. 1 CORINTIOS 15:58

Quince capítulos pueden dar a entender que Richard Baxter enseñó muchísimas cosas. En cierto sentido así fue: escribió unos ciento cuarenta libros y tenía opinión sobre todo. Pero el principio que opera por debajo es uno solo, y está enunciado en el versículo de arriba. Es este: la eternidad es real; por tanto, trabaja. Ahí está el hombre entero. Las dos mitades de su reputación, el teólogo del cielo y el modelo de diligencia pastoral, no son dos intereses que coincidieran por casualidad en una misma persona. Son causa y efecto. Catequizaba a tejedores analfabetos dos días por semana porque creía que cada uno de ellos existiría para siempre. Escribió sobre el reposo de los santos y luego se comportó como si no hubiera tiempo alguno para descansar, y en eso no hay contradicción de ninguna clase. Quita la eternidad y el trabajo se vuelve fanatismo. Quita el trabajo y la eternidad se vuelve sentimentalismo. Baxter mantuvo unidas ambas cosas, y todo lo demás en este libro se sigue de ahí: la urgencia de su evangelización, el peso que daba a la instrucción personal, la seriedad con el tiempo, el hogar como campo de misión, la negativa a dividirse por cosas secundarias cuando lo principal era tan inmenso.

El peligro de este libro

Si has leído hasta aquí, hay un riesgo particular, y es el contrario del que acompaña a los demás volúmenes de esta serie. Baxter agota. Su listón es altísimo, su tono es apremiante, y era capaz de una diligencia que casi nadie puede igualar, cosa que no siempre reconocía. Un lector concienzudo puede terminarlo convencido de que nunca ha hecho nada bien en su vida, y quedar paralizado en lugar de movido. Eso sería un mal uso. Baxter escribió para despertar a los satisfechos, no para aplastar a los bien dispuestos, y su propia teología ofrece el correctivo. La aceptación del creyente descansa en Cristo y no en su productividad. El hombre que pasó la vida instando a otros a trabajar terminó la suya observando, desde la cama, que estaba casi bien, no que hubiera hecho lo suficiente.

Porque él conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo. SALMO 103:14

Así que toma una sola cosa. No el programa entero: una cosa. Fija una hora para el culto familiar, o empieza a reunirte con una persona, o reserva veinte minutos para meditar en lo que está por venir. El método de Baxter nunca fue la grandiosidad; fue una práctica modesta sostenida durante años.

Dos cosas para llevar contigo

Primero, el peso eterno de la gente corriente. Si Baxter tiene un don para la iglesia moderna, es este. Miró a una ciudad de tejedores de dos mil personas sin nada de particular y vio dos mil almas inmortales, y eso reorganizó su agenda. Esa visión, más que cualquier técnica, es lo que produjo el ministerio que todos han admirado desde entonces. Segundo, la brevedad de la lista. Baxter pasó cuarenta años discutiendo y concluyó que las cosas que es necesario creer son menos y más sencillas de lo que suponen los polemistas, que la diferencia entre cristianos piadosos es menor de lo que pensamos, y que la diferencia entre los piadosos y los impíos es mayor. Toda generación necesita oírlo y ninguna ha tenido nunca muchas ganas.

Una última palabra sobre el hombre

Hemos sido sinceros sobre sus fallos. La mayor parte de su propia tradición juzgó que su doctrina de la justificación comprometía la gratuidad del evangelio, y el capítulo sobre la fe y la justificación expone por qué la objeción tiene peso. Era pendenciero, y el mayor escritor inglés sobre la paz cristiana se peleó con casi todo el mundo. Escribió demasiado y lo admitió. Forzó un cuerpo enfermo más allá de lo que podía soportar y lo llamó fidelidad. Su juicio político, según él mismo reconoció, se equivocó una y otra vez. Nada de esto se menciona para empequeñecerlo. Se menciona porque él mismo lo mencionó, por extenso, en una autobiografía que contiene uno de los ejercicios de autoevaluación más sinceros de la lengua inglesa: un anciano que enumera los modos en que su mente había cambiado, y que se descubre menos seguro, menos impresionado por la inteligencia y más lento para condenar que a los treinta años. Eso vale más que las virtudes de la mayoría. Un maestro que ha aprendido algo de sus propios errores es más útil que uno que nunca cometió ninguno.

Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros. 2 CORINTIOS 4:7

Kidderminster lo recordó durante generaciones. El manual que escribió a toda prisa para una asociación de ministros del condado sigue siendo lectura obligada para los estudiantes de teología tres siglos y medio después. El libro que escribió a los treinta y uno en lo que creía su lecho de muerte lleva consolando a los moribundos desde entonces. No esperaba nada de ello. Esperaba estar muerto para la primavera.

UNA ORACIÓN
Señor, creo en la eternidad, y no ha cambiado casi nada de mi semana.
Dame la mirada de Baxter: que mire a la gente corriente que me rodea y vea almas que sobrevivirán a las estrellas, y que eso reordene lo que hago con mis horas.
Guárdame de quedar aplastado por lo que no puedo hacer. Que tome una sola cosa y sea fiel en ella durante años.
Y acorta mi lista. Que sostenga con firmeza lo grande, con soltura lo pequeño y con caridad a todo hermano.
Estoy casi bien, y casi en casa. Mantenme en mi puesto hasta entonces. Amén.
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