Las enseñanzas clave de Gareth Evans
De la mano del Padre

Capítulo 5 · 8 min de lectura · 10 min de escucha

De la mano del Padre

Porque yo, el Señor, soy tu Dios, que te sostiene de tu mano derecha y te dice: No temas, yo te ayudo. ISAÍAS 41:13

Si la fe no es algo que generamos nosotros, ¿qué es? La respuesta de Evans, expuesta en Él sostiene mis mañanas, en Piedras de paso y en su sermón sobre la fe, es de lo más característico de su enseñanza. La fe, tal como él la define, es Dios mismo tocando el corazón humano y moviéndolo hacia su voluntad. La iniciativa es siempre de Dios; la obediencia que responde es nuestra. La fe no se ve, pues, en la fuerza con que creemos, sino en cómo respondemos.

Su imagen favorita para esto no es un héroe que mueve montañas, sino un niño pequeño que camina por la acera de la mano de su padre.

Ejemplos, no héroes

El argumento empieza con una sorpresa. Si te pidieran escoger personajes bíblicos para ilustrar el andar por fe, sugiere Evans, quizá elegirías a Daniel, a Elías o a Caleb. Pero cuando Pablo, Santiago y el autor de Hebreos eligen sus ejemplos, esos nombres faltan. En su lugar encontramos a Abraham, que dos veces hizo pasar a su mujer por su hermana para salvar el pellejo; a Sara, que se rió de la promesa de Dios; a Jacob, un engañador; a Moisés, que había matado a un hombre; y, lo más sorprendente, a Rahab la ramera, mentirosa y traidora a su propia ciudad.

Por la fe Rahab la ramera no pereció juntamente con los incrédulos, habiendo recibido a los espías en paz. HEBREOS 11:31

Algunos llaman a Hebreos 11 el capítulo de los héroes de la fe. Evans no ve héroes allí. Ve a personas corrientes, llenas de defectos, a quienes Dios condujo por caminos muy distintos para cumplir sus propósitos. Unos conquistaron reinos; otros fueron aserrados. Unos escaparon de la espada; otros murieron por ella. Si la fe fuera cuestión de creer con fuerza, el capítulo no tendría sentido. Pero si la fe es Dios moviéndose en una persona y esa persona cediendo, entonces tiene todo el sentido, y significa que cualquiera, por débil que sea, puede empezar hoy a andar por fe.

El mismo patrón aparece en los Evangelios. Evans observa que Jesús elogió la fe de solo seis personas, por su nombre o por el episodio, y que su elección es igual de sorprendente: un centurión romano, una mujer con un largo flujo de sangre que era ritualmente impura, una madre cananea, el ciego Bartimeo, una mujer pecadora que le ungió los pies y un leproso samaritano que volvió a dar gracias.

Al oír esto, Jesús se maravilló de él, y volviéndose, dijo a la gente que le seguía: Os digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe. LUCAS 7:9

Al menos tres no eran judíos, varios eran impuros, y todos eran pecadores. Lo que tenían en común, sostiene Evans, es que cada uno respondió en obediencia a un testimonio interior: el centurión reconoció la autoridad de Jesús, la mujer extendió la mano para tocar su manto aunque nadie se lo había enseñado, la cananea y Bartimeo vieron en él al Hijo de David, el leproso volvió para adorar. En todos los casos, dice, la fe se mostró y se cumplió en la obediencia.

Primero la revelación, luego la obediencia

Evans encuentra la misma secuencia en la gran confesión de Pedro en Cesarea de Filipo. Jesús le dice a Pedro que quién es el Cristo no se lo reveló carne ni sangre, sino el Padre que está en los cielos. Primero viene la revelación, de parte de Dios; después siguen la confesión y la obediencia. La roca sobre la que Cristo edifica su iglesia, sugiere Evans, no es el temperamento impulsivo de Pedro, sino una fe de esta clase: la iniciativa de Dios correspondida por la respuesta del hombre.

Noé es su caso más claro del Antiguo Testamento. No era difícil creer a Dios cuando hablaba; lo que hizo de Noé un hombre de fe fue que hizo todo lo que Dios le mandó, construyendo una embarcación para un diluvio que nunca había visto.

Y lo hizo así Noé; hizo conforme a todo lo que Dios le mandó. GÉNESIS 6:22

Abraham, del mismo modo, salió sin saber adónde iba. No discutió ni negoció. Obedeció.

La mano de un Padre

Aquí entra la imagen del niño que usa Evans. El andar por fe, dice, es una sumisión diaria a la voluntad de Dios, tanto a lo que él ha revelado en la Escritura como a lo que todavía no nos ha revelado. Es un niño pequeño que no suelta la mano de su padre. El niño no sabe si el paseo de hoy terminará en la tienda de golosinas o en el dentista. Evans añade, con una sonrisa, que si vamos a menudo a la tienda de golosinas de la vida, sin duda el Padre tendrá que llevarnos alguna vez al dentista. A veces una pelota rueda hasta la calzada, el niño se suelta y corre tras ella, y el gran peligro se le echa encima. Pero mucho antes de que llegue, el Padre ha tirado del niño de vuelta a la acera. No es la mano del niño la que lo salva, sino la del Padre.

Con todo, yo siempre estuve contigo; me tomaste de la mano derecha. Me has guiado según tu consejo, y después me recibirás en gloria. SALMO 73:23–24

Esta es la convicción que hay detrás del título de su libro sobre la fe. El futuro nos está oculto, dice Evans de muchas maneras y en muchos lugares, pero Aquel que sostiene el futuro no está oculto, y nos tiene tomados de la mano.

Evans encuentra también la idea en un versículo que ama, Gálatas 2:20, donde la versión King James habla de vivir por la fe del Hijo de Dios. Sostiene que esa es la traducción correcta, y que Pablo quiere decir que el creyente vive por la propia fe de Cristo obrando en él, no simplemente por su propia fe en Cristo. Los especialistas están realmente divididos sobre cómo traducir la expresión de Pablo, y ambas lecturas tienen una larga historia; el lector no necesita zanjar la cuestión para recibir la verdad que Evans extrae de ella, que se enseña con claridad en otros lugares. La vida cristiana es Cristo viviendo en nosotros.

Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. GÁLATAS 2:20

Fe y obras reconciliadas

Para Evans, esta manera de entender la fe disuelve también la vieja tensión entre Pablo y Santiago. Recuerda que Lutero habló con célebre desdén de Santiago. Pero si la fe es un corazón que obedece al impulso de Dios, entonces Santiago se limita a decir que donde no hay obediencia no hay fe; está muerta. Pablo dice que somos justificados por la fe, no por las obras de la ley; Santiago dice que la fe viva siempre se manifiesta en lo que hacemos. Las dos cosas son verdad.

Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma. SANTIAGO 2:17

Mansos y moldeables

Evans relaciona todo esto con los mansos, a quienes Jesús llamó bienaventurados. La mansedumbre no es debilidad, sino disposición a ser enseñado: el barro que cede a la mano del alfarero. Esa es la obra de la fe: un corazón tan en sintonía con Dios que se mueve cuando él se mueve. No habla de oír voces; la mayor parte del tiempo el Padre guía en silencio, por medio de la Escritura, de las circunstancias y del testimonio interior de su Espíritu, como explora el próximo capítulo.

PARA REFLEXIONAR Y ACTUAR

1. Lee Hebreos 11 de una sentada y anota los fracasos de las personas que allí se nombran. Deja que la lista te anime: Dios también puede guiarte a ti.

2. Pregúntate dónde te ha mostrado Dios ya claramente su voluntad sin que hayas obedecido todavía. Da un paso de obediencia esta semana.

3. Imagínate como un niño de la mano del Padre. ¿Dónde sientes la tentación de soltarte y correr tras algo al otro lado de la calle? Nómbralo delante de él.

4. Si te ha angustiado el mañana, escribe algo que te preocupe y ora por ello, devolviendo al Padre la mano que lo sostiene.

5. Piensa si te dejas enseñar. Pregunta a alguien que te conozca bien si eres fácil o difícil de corregir, y escucha la respuesta.

UNA ORACIÓN
Padre, tú escogiste a mentirosos, intrigantes y forasteros como ejemplos de fe, y me has escogido a mí. Gracias por guiar a gente corriente.
Dame un corazón manso y dócil, moldeable en tus manos, presto a obedecer cuando tú te mueves.
Cuando suelte tu mano y corra tras las cosas que relucen, devuélveme a tu lado antes de que me aplasten, y perdóname.
No puedo ver mis mañanas, pero tú sí. Sostén hoy mi mano. Amén.
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