Capítulo 3 · 8 min de lectura · 10 min de escucha
Lo que la fe no es
Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan. HEBREOS 11:6
El libro Él sostiene mis mañanas no se abre con una definición, sino con una herida. Evans habla de una mujer a la que visitó durante una enfermedad larga y desconcertante, una creyente fiel que apenas podía salir de casa. Un día la encontró llorando. Una amiga de su iglesia la había llamado para decirle que el grupo de oración había decidido dejar de orar por ella, porque si tuviera fe suficiente ya se habría sanado. Evans vio enseguida que algo había ido muy mal en la idea que aquella iglesia tenía de la fe, y escribió un libro entero para corregirlo.
Ese comienzo explica por qué el tema le importa tanto. Para Evans la fe no es una doctrina abstracta; es una emergencia pastoral. Las ideas equivocadas sobre la fe causan un daño real. Cargan de culpa a los enfermos, empujan a las iglesias a decisiones insensatas y alejan de Dios a creyentes desilusionados, convencidos de que él les ha fallado. Por eso, antes de decir qué es la fe, despeja el terreno diciendo lo que no es.
La fe no es mera creencia
La primera confusión es entre la fe y la creencia. Evans no quiere decir que creer cosas verdaderas no importe; quiere decir que el asentimiento de la mente no es la fe que salva ni la que agrada a Dios. Santiago lo dice sin rodeos:
Tú crees que Dios es uno; bien haces: también los demonios creen, y tiemblan. SANTIAGO 2:19
Las encuestas, observa Evans, muestran con regularidad que muchísimas personas en países como Canadá creen que Jesús resucitó de entre los muertos. Eso no cambia de forma visible su manera de vivir. Una creencia que deja la vida intacta no es lo que el Nuevo Testamento llama fe.
Recuerda cómo, en la escuela judía donde enseñaba en Toronto, el rabino principal le confió en una ocasión su pesar porque sus alumnos creían en Dios solo con la cabeza. En Él sostiene mis mañanas, Evans vuelve el lamento del rabino contra la iglesia. Muchos de los que se sientan en nuestros bancos, sugiere, son exactamente como aquellos alumnos: tienen conocimiento intelectual, pero ninguna experiencia viva de Cristo.
La fe no es presunción
La segunda confusión es entre la fe y la presunción. En más de uno de sus libros y sermones, Evans habla de iglesias que decidieron construir muy por encima de sus posibilidades porque Dios evidentemente las estaba bendiciendo, y que tacharon de falto de fe a quien dudaba. Cuando subieron los tipos de interés y cerró una empresa de la zona, la deuda las aplastó, la gente se marchó y muchos acabaron culpando a Dios. A su juicio, habían confundido una apuesta religiosa con la fe, dando por sentado en silencio que, si la apuesta fallaba, la culpa sería de Dios.
Para Evans, el ejemplo más claro de la diferencia es la tentación de Jesús. Satanás lo invita a convertir las piedras en pan y a arrojarse desde el templo, citando la Escritura para demostrar que los ángeles lo sostendrán. Jesús podría haber hecho ambas cosas. Pero actuar sobre una promesa al margen de la voluntad del Padre no habría sido fe; habría sido presunción.
Y respondiendo Jesús, le dijo: Dicho está: No tentarás al Señor tu Dios. LUCAS 4:12
Evans es cuidadoso en este punto. No desprecia a quienes edifican su vida sobre las promesas de Dios; dice claramente que hay mucho de bueno en enseñar a la gente a apoyarse en la Palabra. Pero insiste en que debemos leer bien la Palabra, reclamar solo las promesas que se aplican a nosotros y cumplir sus condiciones cuando las tienen. Algunas promesas son incondicionales: nada puede separar al creyente del amor de Dios. Otras, como la paz y el gozo que Jesús prometió en el Aposento Alto, pertenecen a los que guardan su palabra.
La fe no es esperanza
La tercera confusión es una a la que Evans vuelve una y otra vez: confundir la fe con la esperanza. Gran parte de lo que la enseñanza popular llama fe, sugiere, es en realidad esperanza. Cuando un cristiano dice, en efecto, que Dios lo ha dicho, que él lo cree y que con eso basta, está expresando una expectativa confiada en lo que Dios ha prometido. Es algo precioso, pero es esperanza. En varios de sus libros, Evans resume la distinción con un contraste sencillo: la esperanza pertenece a la mente y se manifiesta en confianza; la fe pertenece al corazón y se manifiesta en obediencia. Encuentra un indicio de ello en la imagen que Pablo usa de la armadura del cristiano:
Pero nosotros, que somos del día, seamos sobrios, vestidos con la coraza de fe y de amor, y con la esperanza de salvación como yelmo. 1 TESALONICENSES 5:8
La coraza protege el corazón, y es la fe y el amor; el yelmo protege la cabeza, y es la esperanza. El capítulo seis de este libro volverá sobre la esperanza, que en opinión de Evans la iglesia ha descuidado gravemente.
La fe no es pensamiento positivo
La cuarta confusión es con el pensamiento positivo. El mundo empresarial, señala Evans, lleva mucho tiempo enseñando que uno llega a ser lo que piensa que es, y buena parte de la iglesia ha tomado prestada la idea. Aquí es donde se muestra más incisivo: con los maestros que dicen a los enfermos que nieguen sus síntomas y a los pobres que confiesen prosperidad, y con el uso de técnicas de visualización en la oración por sanidad. No puedes, viene a decir, llegar a la salud ni a la oración contestada a fuerza de pensarlo. Esa enseñanza no es fe, por mucha Escritura que se cite para respaldarla.
Aun así, también aquí es justo. Cree en la sanidad divina, como siempre ha hecho la tradición de la Alianza en la que sirvió, y considera la sanidad una de las riquezas ganadas en la cruz. Él mismo ha visto a Dios sanar. Pero insiste en que no hay fórmula para obtenerla, en que Dios sigue siendo soberano al concederla y en que ninguna cantidad de creer, orar o llorar puede obligarlo. Para Evans, el hombre que clamó a Jesús por su hijo es un modelo de fe mucho mejor que el que reclama con aplomo:
E inmediatamente el padre del muchacho clamó, y dijo con lágrimas: Señor, creo; ayuda mi incredulidad. MARCOS 9:24
Sopesar las distinciones
Las cuatro negaciones de Evans son pastoralmente sabias, y muchísimos creyentes han sido liberados por ellas. Vale la pena añadir, con delicadeza, que el Nuevo Testamento no siempre mantiene las palabras tan separadas como él. En griego, el sustantivo «fe» y el verbo «creer» comparten la misma raíz, de modo que en el Evangelio de Juan creer en Cristo es sencillamente tener fe en él. La esperanza y la fe están también estrechamente entrelazadas en Hebreos 11:1. El propio Evans reconoce que la fe salvadora comienza con creer, y su verdadero blanco no es el creer como tal, sino un creer que nunca llega al corazón ni a la voluntad. Leídas así, sus distinciones son una ayuda, no un vocabulario nuevo que haya que imponer.
Lo más profundo se mantiene firme. La fe no es una cantidad que generamos, y su ausencia no explica todo dolor. Ningún creyente debería decir jamás a un hermano o una hermana que sufre que tenga más fe, como si el asunto estuviera en sus manos.
El justo vivirá por fe; mas si retrocediere, no agradará a mi alma. HEBREOS 10:38
El justo vive por la fe; no vive de sentimientos, de fórmulas ni de una confianza forzada. Qué es esa fe, en positivo, es el tema del próximo capítulo.
PARA REFLEXIONAR Y ACTUAR
1. Piensa en alguna ocasión en que a ti, o a alguien cercano, se le dijo que un problema se debía a falta de fe. ¿Cómo te afectó? Lleva ese recuerdo a Dios con sinceridad.
2. Pregúntate a cuál de las cuatro confusiones eres más propenso: la creencia sin vida, la presunción, la esperanza tomada por fe o el pensamiento positivo.
3. Recuerda una decisión que en su día llamaste un paso de fe. ¿Fue una respuesta obediente a Dios, o fue presunción? ¿Qué harías de otra manera?
4. Si conoces a alguien que está enfermo o pasa apuros, proponte no opinar sobre el tamaño de su fe. Visítalo, ora con él y sencillamente acompáñalo.
5. Lee despacio Lucas 4:1–13 y observa cómo Jesús responde a cada tentación con la Escritura bien entendida.
UNA ORACIÓN
Señor Jesús, tú te negaste a actuar con presunción ante tu Padre aun cuando tenías hambre y estabas solo. Guárdame de tratar tus promesas como herramientas al servicio de mi voluntad.
Perdóname por las veces que he confundido la seguridad con la fe, o la creencia de mi cabeza con la confianza de mi corazón.
Donde haya herido a otros insinuando que su sufrimiento se debía a su propia falta de fe, perdóname y hazme amable.
Creo; ayuda mi incredulidad. Amén.
Capítulo 3 completado
Lo que la fe no es