Capítulo 13 · 7 min de lectura · 9 min de escucha
La roca de ofensa
Y dijo a sus discípulos: Imposible es que no vengan ofensas; mas ¡ay de aquel por quien vienen! LUCAS 17:1
Si la unidad es la prioridad de Dios, razona Evans, también ha de ser el blanco del enemigo. En La llave en mi mano describe las artimañas que Satanás usa contra los creyentes: el rugido del león, que juega con nuestras emociones; los dardos de fuego de las mentiras, apuntados a nuestra mente; y el anzuelo del pescador, lanzado a las heridas antiguas. Pero la artimaña sobre la que más escribe, y sobre la que más a menudo predica, es la ofensa. Está convencido de que provoca más divisiones en las iglesias, más abandonos de misioneros en el campo y más pastores que dejan el ministerio que ninguna otra.
La ofensa no es pecado
Evans parte de una distinción que sorprende a muchos lectores. La ofensa y el pecado no son lo mismo. Jesús mismo fue roca de ofensa, como dicen tanto Pablo como Pedro, y no tuvo pecado.
Y piedra de tropiezo, y roca de ofensa a los que tropiezan en la palabra, siendo desobedientes. 1 PEDRO 2:8
Los fariseos se ofendían con él, sus propios paisanos se ofendían con él, y hasta su familia se sintió ofendida. A veces, sugiere Evans, Jesús parece haber causado ofensa deliberadamente. Otras veces, como con el impuesto del templo, procuró evitarla. Sentirse ofendido no es pecado en sí mismo. Lo que hacemos con la ofensa es otra cuestión.
Lo encuentra en la historia de Caín. Dios no rechazó la ofrenda de Caín porque Caín hubiera pecado; nada en el texto dice que su ofrenda fuera mala. Pero Caín se enojó y decayó su semblante, y Dios le advirtió que el pecado acechaba a la puerta. Primero vino la ofensa; el pecado llegó solo cuando Caín se negó a dominarlo.
Si bien hicieres, ¿no serás enaltecido? y si no hicieres bien, el pecado está a la puerta; con todo esto, a ti será su deseo, y tú te enseñorearás de él. GÉNESIS 4:7
Lo que cuesta la ofensa
En La llave en mi mano, y de nuevo en Él sostiene mis mañanas, Evans recorre cinco ejemplos de los Evangelios de personas que se ofendieron, y lo que eso les costó. El oyente del terreno pedregoso recibe la palabra con gozo, pero se ofende cuando llega la aflicción, y no da fruto. La gente de Nazaret se ofende con el hijo del carpintero, y él hace allí pocos milagros. Judas se ofende por el derroche de un perfume costoso, y sale a traicionar a su Maestro, habiendo perdido toda confianza en él. Pedro se ofende la noche del arresto y niega a Cristo ante una criada, y pierde su testimonio. Y muchos discípulos, ofendidos por las palabras duras de Jesús acerca de comer su carne, vuelven atrás y ya no andan con él.
Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él. JUAN 6:66
Ni fruto, ni milagros, ni confianza, ni testimonio, ni comunión: esa es, para Evans, la cosecha de la ofensa alimentada en vez de resuelta.
Ofendidos con Jesús
Dos de sus ejemplos son especialmente personales. Juan el Bautista, en la cárcel, esperaba que el primo al que había proclamado como el Cordero de Dios viniera a liberarlo. Jesús no vino. Juan mandó a preguntarle si de verdad era él el que había de venir, y Jesús respondió con una lista de sus obras y una advertencia delicada.
Y bienaventurado es el que no halle ofensa en mí. MATEO 11:6
El segundo es María de Betania. Cuando murió Lázaro, Marta salió al encuentro de Jesús, pero María se quedó en casa. Cuando por fin acudió, dijo las mismas palabras que su hermana, pero Jesús le respondió de otra manera: lloró. Evans sugiere que María se había ofendido porque él no había llegado a tiempo, y que Jesús lloró, no por Lázaro, a quien estaba a punto de resucitar, sino porque su amiga estaba ofendida con él.
Es una lectura sorprendente, y ha ayudado a muchos a ver bajo una luz nueva su propio dolor ante los tiempos de Dios. Pero hay que decir con claridad que va más allá de lo que afirma el texto. Juan nos dice que Jesús lloró cuando vio llorar a María y a los que la acompañaban, y muchos lectores entienden sus lágrimas como compasión y dolor ante los estragos de la muerte. La interpretación de Evans conviene sostenerla como una aplicación posible, más que como el sentido del pasaje.
Por qué Dios lo permite
¿Por qué permite Dios que vengan las ofensas? Evans responde que nos revelan algo de nosotros mismos. Juan el Bautista había dicho que a Cristo le convenía crecer y a él menguar, pero aún necesitaba aprender que los tiempos eran de Dios y no suyos. Los creyentes caen con facilidad en la tentación de intentar dirigir a Dios para que haga las cosas a su manera, y de ofenderse cuando no lo hace. Las ofensas son uno de los medios por los que Dios nos prueba y nos refina, y sacan a la luz el orgullo, las falsas expectativas y el deseo de destacar.
Enumera causas comunes: choques de personalidad, expectativas no expresadas y no cumplidas, malentendidos, envidia de los dones ajenos, orgullo herido y simple rebeldía.
Qué hacer con ella
El consejo de Evans, en La llave en mi mano, es sencillo y práctico, y lo plantea como una secuencia. Primero, asume la responsabilidad de la ofensa: es tuya, porque puede que la otra persona no haya pecado en absoluto; eres tú quien la recogió. Después, aprende de ella: pregúntate qué te está mostrando Dios acerca de ti mismo. Luego, suéltala: decide dejarla a un lado, ora por ello, bendice a quien te ofendió y pide al Espíritu gracia si te pesa demasiado. Por último, déjala atrás: no permitas que se instale en tu corazón. Y, finalmente, cuida de no ser causa de ofensa para otros.
Mirad bien que ninguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura os estorbe, y por ella muchos sean contaminados. HEBREOS 12:15
Añade un punto de Mateo 18 que a muchos les resulta liberador. Jesús nos dice que vayamos al hermano que ha pecado contra nosotros. No nos dice que vayamos a todo aquel que nos haya ofendido. Se evitarían muchos conflictos si los creyentes sencillamente dejaran a un lado sus ofensas en lugar de confrontar a otros por ellas, y muchos más si quienes desean dejar una iglesia lo hicieran con gracia, hablando con su pastor en vez de simplemente alejarse sin más.
Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis lugar al diablo. EFESIOS 4:26–27
El enojo y el dolor son sentimientos, y los sentimientos no son pecado en sí mismos. Pero, si no se resuelven, dan al diablo un punto de apoyo. El consejo de Evans es ocuparse de ellos el mismo día.
PARA REFLEXIONAR Y ACTUAR
1. Pide al Señor que te muestre cualquier ofensa que estés cargando, contra una persona, una iglesia o incluso contra él. Escríbela.
2. Lleva esa ofensa por la secuencia de Evans: asume la responsabilidad de ella, aprende de ella, suéltala y déjala atrás. No te saltes el aprendizaje.
3. ¿Hay algún aspecto en el que te hayas ofendido por los tiempos de Dios? Llévaselo a él con sinceridad, como María acabó acudiendo a Jesús.
4. En un conflicto actual, distingue entre sentirte ofendido y que hayan pecado contra ti. Si han pecado contra ti, considera ir en privado, como indica Mateo 18:15.
5. Pregúntate si estás causando ofensa a alguien. Si es así, ve y arréglalo.
UNA ORACIÓN
Señor Jesús, fuiste roca de ofensa para muchos, y yo también he tropezado cuando no actuaste como yo esperaba. Perdóname.
Muéstrame las ofensas que he recogido y cargado. Dame gracia para asumir la responsabilidad de ellas, para aprender de ellas, para dejarlas a un lado y para dejarlas contigo.
Guarda mi corazón de la amargura, y no permitas que el sol se ponga sobre mi enojo.
Bienaventurado es el que no halle ofensa en ti. Haz que yo sea así. Amén.
Capítulo 13 completado
La roca de ofensa