Las enseñanzas clave de Gareth Evans
Un pueblo del pacto

Capítulo 12 · 7 min de lectura · 9 min de escucha

Un pueblo del pacto

Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí. 1 CORINTIOS 11:25

La llave en mi mano, el primer libro de Evans, no comienza con las heridas ni con el perdón, sino en el aposento alto. Lo mismo hace todo un capítulo de Un festín a la mesa. Su razón es sencilla. Si supieras que solo te queda un día de vida, pregunta, ¿qué harías? No lo emplearías en cosas triviales. Reunirías a los que amas, les dirías lo que más importa y arreglarías cualquier cosa pendiente entre vosotros. La noche antes de morir, Jesús hizo exactamente eso. Se ocupó de las prioridades.

Tres requisitos

Evans encuentra tres requisitos en las palabras de Jesús a sus discípulos en Juan 13 y 14.

El primero es el servicio. Los discípulos llegaron con los pies polvorientos y sin ningún siervo que se los lavara, y Jesús mismo tomó la toalla y el lebrillo y les lavó los pies, incluidos los de Judas, que lo iba a entregar esa misma noche.

Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. JUAN 13:14

Evans no cree que Jesús se refiriera principalmente a un rito, aunque los cultos de lavamiento de pies le han resultado de bendición. Quería decir que debemos refrescarnos unos a otros de la suciedad que se nos pega al andar por este mundo. Ese, dice, es uno de los propósitos principales de la comunión cristiana, y una de las razones por las que él va a la iglesia: para que le laven los pies. Lo trágico es que a menudo entre los creyentes se arroja tanta suciedad como entre los incrédulos.

El segundo es el amor. Jesús dio un mandamiento nuevo, no una opción: que nos amemos unos a otros como él nos ha amado. Que nos caigamos bien, observa Evans con ironía, no está mandado; que nos amemos, sí, y el amor excluye el chisme y la murmuración y nos dispone a honrar a los demás y a preferirlos.

Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. JUAN 13:34

El tercero es la obediencia a su palabra. «Si me amáis, guardad mis mandamientos».

Promesas y pacto

Junto a los requisitos, Jesús hizo promesas: un lugar preparado en la casa del Padre, su regreso, el Consolador, una paz que el mundo no puede dar ni quitar, y un gozo cumplido. Evans señala que estas promesas son promesas del pacto. Disfrutarlas depende de que los discípulos cumplan su parte: ser siervos, amadores y obedientes.

Por eso lo llama el pacto del aposento alto. Un pacto, explica, es un acuerdo entre dos partes, y en el mundo antiguo los pactos se sellaban con derramamiento de sangre. Cuando Jesús tomó la copa y la llamó el nuevo pacto en su sangre, los discípulos, señala, no preguntaron qué quería decir. Lo entendieron. Y así, dice Evans, cada vez que tomamos el pan y la copa, renovamos nuestro acuerdo. Al comer el pan declaramos que somos parte del cuerpo de Cristo. Al beber la copa nos comprometemos de nuevo a servirnos unos a otros, a amarnos unos a otros y a obedecer su palabra. Describe su propia costumbre en la Mesa del Señor: mira a la congregación mientras toma el pan, y renueva en silencio esos tres compromisos mientras toma la copa.

Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así de aquel pan, y beba de aquella copa. 1 CORINTIOS 11:28

La unidad que evangeliza

Del aposento alto Evans pasa a la oración de Jesús en Juan 17 y a lo que considera el método de evangelización más descuidado por la iglesia. No puedes, observa, arrancar una sola página de la Biblia y dársela a alguien como si fuera un folleto evangelístico. Pero sí puedes señalar capítulos enteros que nos dicen cómo quiere Dios que el mundo crea.

Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. JUAN 17:21

Cuando el pueblo de Dios vive unido como siervos y amadores, en obediencia, dice, el mundo conocerá y creerá. La propia vida en común de la iglesia es el mensaje que Dios quiere que el mundo lea. Por eso suplica a la iglesia que haga frente a sus divisiones y amarguras, que el mundo ve con tanta claridad, tan pronto como a las falsas enseñanzas.

Un solo cuerpo

Evans dedica mucho espacio a la imagen paulina de la iglesia como un cuerpo: no una organización hecha por hombres, sino un organismo hecho por Dios, en el que todo creyente, de cualquier denominación, ha sido bautizado por un solo Espíritu. No está en contra de las denominaciones como tales. Pero cuando nuestras agrupaciones nos separan de quienes están en Cristo y difieren en estilos de adoración o en interpretaciones secundarias, atraemos condenación sobre nosotros mismos.

Ni el ojo puede decir a la mano: No te necesito, ni tampoco la cabeza a los pies: No tengo necesidad de vosotros. 1 CORINTIOS 12:21

La trágica verdad

No escatima palabras sobre cuánto se queda corta la iglesia. Matrimonios cristianos que deberían mostrar al mundo el amor de Cristo por su esposa terminan en divorcio con la misma frecuencia que los demás. Hijos criados en hogares cristianos llevan las heridas de padres que los provocaron a ira. Gente de negocios le dice que los cristianos pueden ser de los peores con quienes tratar. Los misioneros, señala, abandonan el campo más a menudo por relaciones rotas que por enfermedad o por dinero, y los pastores dejan sus iglesias tras unos pocos años de expectativas defraudadas. Las iglesias compiten por los miembros de otras y a veces se destrozan en peleas que recuerda todo el pueblo. Tras cada ejemplo pregunta, en efecto, qué debe pensar de ello el mundo que nos observa.

No lo pregunta para condenar. Lo pregunta porque cree que el enemigo de nuestras almas ha hecho de la ruptura de las relaciones su estrategia principal, precisamente porque la unidad es la prioridad de Dios. Los dos capítulos siguientes abordan su remedio.

Una advertencia sobre la enfermedad

Hay una parte de la enseñanza de Evans sobre el pacto que requiere cuidado. A partir de la advertencia de Pablo de que algunos corintios estaban débiles y enfermos porque tomaban la Cena del Señor indignamente, y de la instrucción de Santiago de llamar a los ancianos, sugiere que algunas enfermedades entre los creyentes pueden estar relacionadas con relaciones rotas en el cuerpo, y que los ancianos deberían discernir si hace falta una reconciliación antes de orar. Tiene razón en que la Escritura establece esa relación en algunos casos, y su preocupación pastoral es genuina. Pero esa misma Escritura muestra que la mayoría de las enfermedades no tienen tal causa, como dijo Jesús del ciego de nacimiento, y el propio Evans se opone con firmeza a quienes dicen a los enfermos que su enfermedad demuestra algún fallo en ellos. Su enseñanza se recibe mejor como un llamado a examinarnos a nosotros mismos ante la Mesa, nunca como un diagnóstico que aplicar a otros.

PARA REFLEXIONAR Y ACTUAR

1. La próxima vez que tomes la Cena del Señor, renueva conscientemente los tres compromisos del aposento alto: servir, amar y obedecer.

2. Piensa en alguien de tu iglesia a quien haya que lavarle los pies esta semana, alguien cansado o desanimado. Haz algo práctico para refrescarlo.

3. ¿Hay algún hermano o hermana que no te cae bien? Pide a Dios gracia para amarlo, y muestra ese amor con un acto concreto.

4. Piensa si tu iglesia ha tomado la herejía de la práctica tan en serio como la herejía de doctrina. Ora por la unidad de las iglesias de tu ciudad, mencionándolas por su nombre.

5. Si guardas amargura contra alguien del cuerpo, no tomes la copa hasta que al menos hayas empezado a buscar la reconciliación.

UNA ORACIÓN
Señor Jesús, la noche en que fuiste entregado tomaste una toalla y lavaste los pies de tus amigos, y los de aquel que te iba a entregar. Hazme siervo como tú.
Me has mandado amar como tú me has amado. No puedo hacerlo sin tu gracia; dámela para las personas a quienes más me cuesta amar.
Al comer el pan y beber la copa, haz que yo cumpla de veras lo que prometo: servir a tu pueblo, amar a tu pueblo y obedecer tu palabra.
Haznos uno, Señor, para que el mundo crea que el Padre te envió. Amén.
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