Capítulo 90 · 6 min de lectura · 8 min de escucha
En el huerto de Getsemaní
DURANTE LA semana de la Pascua, cuando la ciudad de Jerusalén tenía tres o cuatro veces más gente que de costumbre, las puertas de sus murallas permanecían abiertas día y noche, aunque durante la mayor parte del año se cerraban al ponerse el sol. Era cerca de la medianoche del jueves cuando Jesús y sus discípulos, que venían del aposento de la cena, salieron por una puerta de la muralla oriental, un poco al norte del templo. Bajaron al valle del arroyo Cedrón y cruzaron el arroyo por un puente. Al otro lado del valle llegaron a un huerto de olivos llamado el huerto de Getsemaní. Jesús había ido muchas veces a aquel huerto, porque era un lugar tranquilo, y le gustaba orar a la sombra de sus olivos. El huerto tenía una tapia alrededor, y a la entrada Jesús dijo a sus discípulos:
«Sentaos aquí, mientras yo voy adentro del huerto a orar».
Llevó consigo a tres de sus discípulos, Simón Pedro, Jacobo y Juan su hermano, y con estos tres entró en el huerto. Los discípulos comenzaron a notar que su Maestro mostraba ahora señales de una honda tristeza, como si estuviera lleno de dolor. Dijo a los tres discípulos:
«Mi alma está muy triste, triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad».
Luego avanzó un poco más, se postró con el rostro en tierra y oró al Padre:
«¡Oh, Padre mío! ¡Padre mío! —exclamó—. ¡Tú lo puedes todo! ¡Aparta de mí esta copa, te lo ruego! Pero no pido que se haga mi voluntad, sino solamente la tuya».
«La copa» de la que hablaba Jesús era el terrible sufrimiento que muy pronto iba a caer sobre él. En aquellos últimos momentos, al ver que su juicio y su muerte se acercaban como una nube negra, su espíritu se estremeció. Tan intensa era su oración que el sudor le corría por el rostro como gotas de sangre. En ese momento vino un ángel del cielo y se puso a su lado para animarlo y fortalecerlo.
Se levantó y fue al lugar donde había dejado a los tres discípulos. Se habían quedado dormidos, vencidos por la pena que sentían al saber que pronto iban a perder a su Maestro. Jesús habló a Pedro:
«Simón, ¿duermes? ¿No has podido velar conmigo ni una sola hora? Velad y orad todos, para que no entréis en tentación. Yo sé que vuestro espíritu está dispuesto, pero vuestro cuerpo es débil».
Otra vez se apartó y oró con las mismas palabras:
«¡Padre mío! ¡Padre mío! ¡Tú lo puedes todo! ¡Aparta de mí esta copa! Pero no quiero que se haga mi voluntad, sino la tuya».
Al volver, los halló otra vez dormidos, porque los ojos se les cerraban de sueño y no podían tenerlos abiertos. Cuando despertaron, no sabían qué decirle, porque les daba vergüenza que los hubiera encontrado dormidos por segunda vez. Jesús los dejó y oró por tercera vez. En esta oración dijo:
«¡Oh, Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad!».
Fue una vez más adonde estaban los tres discípulos, y los halló dormidos, igual que antes. Entonces les dijo:
«Ya podéis seguir durmiendo y descansar, porque ya es tarde para que me ayudéis. ¡Ha llegado mi hora! El Hijo del hombre es entregado en manos de hombres malvados. ¡Vamos, levantaos, que aquí está cerca el traidor!».
Y en ese mismo instante, mientras él decía estas palabras, el traidor, Judas Iscariote, irrumpió en el huerto con una multitud de hombres armados con espadas y palos. A estos hombres los habían enviado los principales sacerdotes y los gobernantes para prender a Jesús. Unos espías habían estado vigilando cerca de la casa mientras Jesús hablaba después de la cena, y otros vigilaban junto a la puerta cuando Jesús salió por ella. Habían avisado a los principales sacerdotes que Jesús estaba en el huerto, y mientras él oraba a su Padre, estos hombres, guiados por Judas Iscariote, se apresuraban hacia aquel lugar para hacerlo prisionero.
Los hombres que habían venido a prender a Jesús no estaban seguros de que, siendo de noche, aunque brillaba la luna llena, pudieran reconocerlo entre sus discípulos. Le dijeron a Judas:
«¿Cómo sabremos en la oscuridad, bajo los árboles, quién es el que tenemos que prender?».
«Fijaos en mí —dijo Judas—, y cuando me acerque a un hombre y lo bese, prendedlo, porque aquel a quien yo bese será el hombre que buscáis».
Así que Judas entró en el huerto, donde para entonces todos los demás discípulos estaban reunidos alrededor de Jesús. Llegó corriendo, diciendo: «¡Maestro! ¡Maestro!», y lo besó, como si se alegrara de verlo.
«Judas —dijo Jesús—, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?».
Luego salió al encuentro de la tropa de hombres que estaban allí con sus linternas y antorchas, sus espadas y sus lanzas.
«¿A quién buscáis?», preguntó a aquellos hombres.
«A Jesús de Nazaret», le respondieron.
«Yo soy», dijo Jesús. En el instante en que dijo esto, retrocedieron como asustados y cayeron rostro en tierra. Después de un momento, les preguntó otra vez:
«¿A quién buscáis?».
Y ellos volvieron a responder: «A Jesús de Nazaret».
«Ya os he dicho —dijo Jesús— que yo soy. Si me buscáis a mí, dejad que estos se vayan».
Porque aun en aquella hora Jesús no pensaba en su propia seguridad, sino en sus discípulos. La demora de unos momentos dio a los discípulos algo de valor. Comenzaron a preguntar:
«Señor, ¿heriremos con la espada?».
Simón Pedro, sin esperar la respuesta de Jesús, sacó una espada que había traído consigo, y con ella hirió a uno de los siervos del sumo sacerdote, un hombre llamado Malco, y le cortó la oreja derecha; porque para entonces la tropa ya se había levantado del suelo y se acercaba. Jesús dijo:
«Dejadme hacer al menos esto»; y le tocó la oreja, y al instante la oreja quedó sana otra vez.
«Vuelve tu espada a su lugar —dijo Jesús a Pedro—. Los que toman espada, a espada perecerán. ¿No sabes que con una palabra yo podría pedírselo a mi Padre, y aun ahora él me enviaría doce legiones de ángeles para guardarme? La copa que mi Padre me ha dado, ¿no la he de beber?».
Luego se volvió hacia la tropa de hombres que habían venido a prenderlo.
«¿Como contra un ladrón habéis salido a prenderme, con espadas y con palos? Cada día estaba con vosotros en el templo, y no extendisteis las manos contra mí. Pero esta es vuestra hora, y el poder de las tinieblas se sale con la suya».
Entonces los discípulos, viendo que no podían hacer nada para defender a Jesús, huyeron y lo dejaron solo. Los hombres de la tropa pusieron cadenas a Jesús y se lo llevaron.
Pero Juan siguió a la comitiva, y también Pedro, ansiosos por ver lo que harían con su Señor. El joven Juan Marcos también lo iba siguiendo, cuando uno de la tropa intentó agarrarlo por la ropa. Él dejó en manos de aquel hombre la sábana de lino con que se cubría, y se escapó llevando sobre el cuerpo solo la ropa interior.
Capítulo 90 completado
En el huerto de Getsemaní