Capítulo 82 · 5 min de lectura · 7 min de escucha
Jesús anuncia días oscuros por venir
JESÚS CRUZÓ el atrio de los gentiles o de los extranjeros, el gran atrio exterior del templo, en dirección al monte de los Olivos. A ese lado del atrio se encontraba el pórtico de Salomón, una doble fila de columnas con un techo encima para dar sombra y proteger del sol. Bajo este pórtico bajaron por una escalinata de mármol para salir del recinto del templo por una puerta llamada «la Puerta Dorada». Cuando se acercaban a esa puerta, los discípulos le hicieron fijarse en las grandes piedras del muro, en las columnas y en los espléndidos edificios que los rodeaban.
«¿Estáis mirando estas piedras y estos edificios? —dijo Jesús—. Os digo ahora que viene el tiempo, y no está lejos, en que todas estas piedras serán arrancadas, y de estos hermosos edificios no quedará piedra en pie en su lugar; ¡todo será derribado!»
Los discípulos oyeron estas palabras con alarma y con tristeza. Sabían que su Señor hablaba como profeta, y que todo lo que él decía se cumpliría con seguridad. Pero ellos veían a Jerusalén como la ciudad santa, y al templo como la casa de Dios. Para ellos, la caída de la ciudad y del templo parecía el fin del mundo entero. En silencio siguieron a Jesús, cruzaron el valle del arroyo Cedrón y subieron por las empinadas laderas del monte de los Olivos. En la cumbre se sentaron a descansar, y desde allí miraban, al otro lado del valle, la ciudad, con sus torres y sus tejados que se alzaban ante sus ojos. Mientras estaban sentados en el monte, Pedro y Andrés, junto con los hermanos Jacobo y Juan, se acercaron a Jesús y le dijeron:
«Dinos, Maestro, ¿qué quieren decir tus palabras, y cuándo sucederán estas cosas tan terribles? ¿Te vas a ir y luego volverás otra vez? ¿Cómo podremos saber cuándo esperarte?»
Entonces, sentado en el monte, con los doce discípulos a su alrededor, Jesús les habló largamente de las cosas que habían de venir. Comenzó advirtiéndoles que no siguieran a los hombres que dijeran ser el Cristo, el Rey de Israel.
«Mirad que nadie os engañe —les dijo—. Porque vendrán muchos diciendo: “Yo soy el Cristo, el Rey de Israel”, y engañarán a mucha gente. Pero no sigáis a ninguno de esos falsos Cristos.
«Oiréis hablar de guerras que ya han llegado y rumores de guerras que están por venir; pero no os asustéis. Es necesario que estas cosas sucedan, pero todavía no es el fin. Se levantará nación contra nación, y reino contra reino; oiréis de terremotos en muchos lugares; y vendrán tiempos en que no habrá pan para que coman los hambrientos. Pero todo esto es solo el principio de los dolores; y lo peor está aún por venir.
«Pero antes de que sucedan estas cosas, hay otros sufrimientos que tendréis que afrontar por ser mis discípulos. Se levantarán enemigos contra vosotros. Os llevarán ante concilios y tribunales para ser juzgados; os prenderán y os azotarán en las sinagogas de los judíos; compareceréis ante gobernadores y reyes para dar cuenta de vosotros mismos como seguidores míos. Pero cuando os prendan y os lleven a juicio, no os preocupéis por lo que habréis de decir; porque en esa hora de prueba se os darán las palabras justas. No seréis vosotros los que habléis, sino el Espíritu de Dios, que hablará por medio de vosotros.
«En esos tiempos de prueba, los padres y las madres se volverán contra sus hijos, y los hermanos entregarán a sus hermanos que creen en mí. A algunos de vosotros os matarán en aquellos días. Y todos os aborrecerán por ser mis discípulos. Pero si sois fieles hasta el fin, aun hasta la muerte, seréis salvos para vida eterna».
Luego Jesús habló de los tiempos terribles que habían de venir sobre Jerusalén y sobre la tierra de los judíos. Dijo:
«Cuando veáis grandes ejércitos acampados sobre estos montes, alrededor de Jerusalén, sabed entonces que ha llegado el tiempo en que la ciudad y el templo serán destruidos. Que esa sea la señal para que todos los que estén en Judea se escondan en los montes. Si en ese momento un hombre está sobre el terrado de su casa, que no baje a sacar nada de su casa; y el que esté en el campo, que no vuelva a casa a buscar su manto; sino que huya deprisa tal como está, con la ropa que lleva puesta, y busque un escondite seguro.
«Si en tiempos como esos alguien os dice: “¡Aquí está el Cristo!”, o: “¡Allí está!”, no lo creáis, porque vendrán falsos Cristos y aparecerán falsos profetas; y harán señales y prodigios, de tal manera que engañarán aun a algunos del pueblo mismo de Dios. De cierto os digo que muchos de los que ahora viven verán cumplirse todas estas cosas».
Jesús ya había dicho a sus discípulos que pronto se iría y los dejaría, pero que, a su debido tiempo, volvería otra vez. Ahora les habló de su «venida otra vez».
«En cuanto a la venida del Hijo del hombre, nadie sabe el día ni la hora; ningún hombre sabe cuándo será, ni los ángeles, ni aun el Hijo mismo, sino solo el Padre. Sucederá entonces como en los días de Noé: la gente seguía comiendo y bebiendo, casándose y dándose en casamiento, hasta el día en que Noé entró en el arca; y no se dieron cuenta de nada hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos.
«Así será cuando venga el Hijo del hombre. Entonces estarán dos hombres trabajando juntos en el campo; uno será tomado, y el otro será dejado. Dos mujeres estarán moliendo grano con el molino de mano; una será tomada, y la otra será dejada. Velad, pues, porque nunca sabéis en qué día vendrá el Señor. Tened por seguro esto: si el dueño de la casa hubiera sabido a qué hora de la noche vendría el ladrón, habría velado esperándolo, y nunca habría dejado que entraran a robar en su casa. Así que estad preparados en todo momento, porque cuando menos lo esperéis vendrá el Hijo del hombre».
Capítulo 82 completado
Jesús anuncia días oscuros por venir