La vida de Cristo de Hurlbut para jóvenes y mayores
El don más grande y los extranjeros que vinieron de lejos

Capítulo 81 · 4 min de lectura · 5 min de escucha

El don más grande y los extranjeros que vinieron de lejos

LA SALA del templo donde Jesús habló aquel martes, el último día de su enseñanza en público, se llamaba «el Tesoro», porque junto a sus paredes había cofres o arcas en los que la gente que venía a adorar echaba su dinero como ofrenda para pagar los sacrificios de los pobres. Cuando Jesús se levantó para salir de la sala, se fijó en la gente que echaba su dinero en aquellas arcas. Algunos hombres ricos hacían alarde de dar grandes sumas de dinero, y lo dejaban caer despacio, moneda tras moneda, para que sonara al caer en el arca.

Entró una mujer pobre, cuyo vestido mostraba que era viuda, y echó en el arca dos moneditas de cobre que juntas valían solo un cuarto de centavo. Jesús la vio y, llamando a sus discípulos, les dijo:

«De cierto os digo que, a los ojos de Dios, esta viuda pobre ha echado en el arca más dinero que todos los demás. Todos los otros han echado dinero que les sobraba y que no necesitaban; pero ella, en su pobreza, ha dado todo lo que tenía, ¡todo su sustento!»

Luego Jesús salió del Tesoro con sus discípulos por la puerta del oriente, tan ricamente adornada que la llamaban «la Puerta Hermosa». Bajaron al atrio de los gentiles, y al pie de las escaleras se encontraron con unos hombres cuyo aspecto y vestido mostraban que no eran judíos, sino extranjeros. Eran griegos, venidos de una tierra lejana. Esperaban a Jesús al pie de las escaleras, porque, como no eran judíos, les estaba prohibido entrar en los atrios interiores del templo.

Estos griegos se acercaron a uno de los doce discípulos, Felipe, que era de Betsaida, en el norte de Galilea, y sabía hablar su idioma.

«Señor —le dijeron a Felipe—, querríamos ver a Jesús».

Felipe no estaba seguro de si su Maestro querría hablar con aquellos hombres, porque los judíos mantenían a distancia a los gentiles o extranjeros: nunca comían con ellos y apenas les dirigían la palabra. Felipe pensó que Andrés, el hermano de Pedro, sabría si debían llevar a esos hombres a Jesús o no; así que se lo dijo a Andrés, y Andrés fue delante y se acercó a Jesús con los griegos.

«Ha llegado la hora —dijo Jesús— en que el Hijo del hombre ha de ser levantado y ha de morir. Porque solo muriendo puedo dar fruto. Cuando un grano de trigo cae en la tierra, si su cáscara de fuera no muere, queda solo; pero si muere, se convierte en semilla y da una cosecha de muchos granos de trigo. El que ama su vida y la guarda, la pierde; pero el que no se preocupa por su vida aquí, la tendrá para siempre. Si alguno está dispuesto a servirme, sígame; y donde yo voy, allí estará también conmigo mi servidor. Si alguno es mi servidor, mi Padre lo honrará».

En aquel momento vino a la mente de Jesús que en menos de tres días estaría colgado, muerto, en la cruz. Por un instante aquel pensamiento le causó dolor. «Mi alma está muy turbada, y tengo tristeza en el corazón —dijo Jesús—; ¿y qué diré? ¿Diré: “Padre, sálvame de esta hora que tan pronto viene”? No, no diré eso, porque precisamente para esa hora de muerte en la cruz he vivido hasta ahora. Diré: “Padre, ¡honra tu propio nombre!”»

Entonces se oyó una voz del cielo, que decía: «Ya he honrado mi nombre, y lo honraré otra vez».

La gente que estaba alrededor decía: «Eso que acabamos de oír ha sido un trueno».

«No —decían otros—, ¡un ángel le ha hablado a este hombre!»

«No ha venido esta voz por mi causa —dijo Jesús—, sino por causa de vosotros. Pronto llegará la hora en que Dios juzgará a este mundo, y el príncipe del mal, que gobierna este mundo, será echado fuera».

Entonces Jesús pensó en su muerte cercana en la cruz; en lo que había de traer al mundo; en cómo, después de su muerte, los hombres creerían en todas partes en él como su Señor y Salvador; no solo los judíos, sino también los griegos y la gente de todas las naciones; y dijo:

«Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos traeré a mí mismo».

Poco después Jesús salió del templo, y nunca más volvió a poner el pie en él.


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