La vida de Cristo de Hurlbut para jóvenes y mayores
El juez injusto, y el fariseo y el cobrador de impuestos

Capítulo 68 · 2 min de lectura · 3 min de escucha

El juez injusto, y el fariseo y el cobrador de impuestos

JESÚS CONTÓ a sus discípulos una parábola para enseñarles que debían orar siempre, sin cansarse y sin desanimarse nunca. Esta parábola se llama «La parábola del juez injusto».

«En cierta ciudad —dijo— había un juez que en su oficio no procuraba hacer lo justo, sino que muchas veces era injusto y malvado; porque no tenía temor de Dios ni le importaba lo que la gente dijera de él. Y en aquella ciudad había una viuda que venía muchas veces a ver a este juez, clamando una y otra vez: “¡Hazme justicia contra el hombre que me ha hecho daño!”.

«Durante algún tiempo el juez no le hizo ningún caso, porque para él lo justo y lo injusto eran la misma cosa. Pero al cabo de un tiempo el juez se dijo a sí mismo:

«“Aunque no temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me molesta tanto y no me deja en paz, haré lo que me pide, porque ya estoy cansado de que venga y de que esté reclamando su derecho a gritos todos los días”.

«Escuchad —dijo el Señor Jesús— lo que dice este juez injusto. Y si un hombre al que no le importa lo justo ni lo injusto acaba por responder a un ruego, ¿cuánto más escuchará vuestro Padre celestial a sus propios hijos cuando claman a él día y noche, aunque parezca que los hace esperar mucho la respuesta a sus oraciones? Os digo que Dios les hará justicia y responderá a sus oraciones, ¡y muy pronto! Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿hallará en la tierra a quienes lo estén esperando y crean en él?».

Jesús contó también una parábola a algunas personas que estaban muy seguras de su propia bondad y miraban a los demás por encima del hombro. Es la parábola de «El fariseo y el cobrador de impuestos».

«Dos hombres —dijo Jesús— subieron al templo a orar. Uno de ellos era fariseo, y el otro era cobrador de impuestos. El fariseo se puso de pie y comenzó a orar para sí mismo, no a Dios, con palabras como estas:

«“Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, ladrones, injustos y malvados, ni siquiera como este cobrador de impuestos. Dos veces cada semana me quedo sin comer, para mostrar que adoro a Dios; doy a la casa de Dios la décima parte de todo lo que gano”.

«Pero el cobrador de impuestos se quedó lejos, y no quería ni siquiera alzar los ojos al cielo. Se golpeaba el pecho, diciendo:

«“¡Oh Dios, ten misericordia de mí y perdona mis pecados!”.

«Os digo —dijo Jesús— que este cobrador de impuestos volvió a su casa con sus pecados perdonados, y no el fariseo. Porque todo el que se enaltece será humillado, y todo el que se humilla será enaltecido».


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