Capítulo 54 · 6 min de lectura · 8 min de escucha
La pregunta del escriba y la elección de María
MIENTRAS JESÚS iba camino de Jerusalén, uno de los maestros de la ley —a quienes los judíos llamaban «escribas»— se le acercó con una pregunta. Estos escribas judíos eran enemigos de Jesús en todas partes, y continuamente le hacían preguntas, no para aprender, sino para ver si de alguna manera podían ponerlo en apuros.
Este escriba dijo a Jesús: «Maestro, ¿qué debo hacer para tener la vida eterna?».
«¿Qué dice la ley de Dios? —respondió Jesús—. ¿Qué lees en ella?».
Él respondió: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y amarás a tu prójimo como a ti mismo».
«Has respondido bien —dijo Jesús—; haz eso, y vivirás».
Pero el escriba, queriendo justificarse y pensando poner a Jesús en un aprieto, dijo: «¿Y quién es mi prójimo?».
Entonces Jesús le contó a aquel hombre la parábola o historia de «El buen samaritano».
«Una vez había un hombre —dijo Jesús— que bajaba por un camino solitario de Jerusalén a Jericó. Los ladrones que se esconden entre los montes de aquella región se lanzaron sobre él, le quitaron todo lo que tenía y lo golpearon hasta casi matarlo; luego huyeron y lo dejaron medio muerto a la orilla del camino. Sucedió que un sacerdote bajaba por ese mismo camino. Vio al hombre tendido allí, pero en vez de acercarse a ayudarlo, pasó de largo por el otro lado del camino. Después llegó a aquel lugar un levita, uno de los que ayudan a los sacerdotes en los servicios del templo; y él también pasó por el otro lado, manteniéndose con cuidado lejos del hombre que sufría.
«Pero poco después bajó por el mismo camino un samaritano, uno de esa gente a la que todos los judíos odian y desprecian. Este hombre, cuando encontró al pobre hombre tendido en el camino, se bajó del asno en que iba montado y se inclinó sobre él. Sintió compasión por el que sufría y le vendó las heridas, después de echarles un poco de aceite y vino. Luego levantó al hombre, lo colocó con cuidado sobre su propio asno y, caminando a su lado, lo llevó a una posada y lo cuidó toda aquella noche. A la mañana siguiente sacó de su bolsa dos monedas de plata, se las dio al posadero y le dijo: “Cuida de este hombre hasta que se ponga bien; y si gastas más de esto, yo te lo pagaré cuando vuelva a pasar por aquí”.
«Ahora bien —preguntó Jesús—, ¿cuál de estos tres hombres, el sacerdote, el levita o el samaritano, te parece que se mostró verdadero prójimo del pobre hombre que cayó en manos de los ladrones?».
El escriba respondió: «El que tuvo compasión de él».
Jesús le dijo: «Entonces ve, y haz tú lo mismo que hizo este hombre». Quería mostrar al escriba que «nuestro prójimo» es el que más necesita nuestra ayuda, sea quien sea.
Cuando Jesús se acercó a Jerusalén, no entró enseguida en la ciudad ni buscó alojamiento dentro de sus muros, porque sabía bien que estaba llena de enemigos suyos, y que los sacerdotes y los gobernantes intentarían prenderlo y darle muerte. Esperaba morir en Jerusalén al cabo de algunos meses, como tantas veces había dicho a sus discípulos —aunque ellos no podían creerlo—, pero todavía no había llegado el tiempo de su muerte. Para tener un hogar mientras asistía a la fiesta de las Tiendas, fue a una aldea que estaba a unas dos millas de Jerusalén, al este del monte de los Olivos. Esta aldea se llamaba Betania, y en ella vivía una familia en la que todos eran grandes amigos de Jesús: Marta, su hermana María y el hermano menor de ambas, Lázaro. Con esta familia se alojaba Jesús cuando visitaba Jerusalén.
Marta era la hermana mayor y la que llevaba la casa. Recibió a Jesús de todo corazón y se puso muy atareada atendiendo a lo que él necesitaba. Pero María, su hermana menor, lo dejó todo y se sentó a los pies del Señor, deseosa de escuchar sus palabras. Marta, algo preocupada por sus muchos quehaceres, sobre todo por preparar una comida para Jesús, no estaba contenta con lo que hacía su hermana. Se acercó a Jesús y le dijo:
«Señor, ¿te parece bien que mi hermana me deje a mí todo el trabajo? Dile que me ayude».
«Marta, Marta —respondió el Señor—, estás inquieta y te afanas por muchísimas cosas. Solo una cosa es de veras necesaria. María ha escogido el mejor plato, y no se lo van a quitar».
Jesús quería decir que Marta no necesitaba preparar una comida con muchos platos, porque a él le bastaba una comida sencilla; y que María había hecho bien en escoger, en lugar de la comida, las palabras que él decía, que eran de verdad un banquete para su alma.
En cierta ocasión Jesús estaba orando en un lugar. Puede que fuera en el monte de los Olivos, entre Betania y Jerusalén, porque Jesús iba allí a menudo a orar. Cuando terminó su oración, los discípulos se acercaron a él y le dijeron:
«Maestro, Juan el Bautista enseñó a sus discípulos a orar. ¿No nos darás tú también una oración que podamos usar?».
Jesús les dijo: «Os daré esta oración. Cuando oréis, decid: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Sea hecha tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén”».
Jesús dio también a sus discípulos una parábola o historia sobre la perseverancia en la oración. Dijo:
«Imaginad que uno de vosotros tiene un amigo, y va a su casa a medianoche, y llama a su puerta tan fuerte que lo despierta, y le dice: “¡Amigo, por favor, levántate y préstame tres panes! Un amigo mío acaba de llegar de repente a mi casa y no tengo nada que darle de comer”; e imaginad que el otro le responde desde dentro: “No me molestes; la puerta ya está cerrada y estoy acostado con mis niños. ¡No puedo levantarme a darte nada!”. Os digo que, aunque no se levante a darle nada solo porque es su amigo, si sigue llamando el tiempo suficiente, al final se levantará y le dará todo lo que necesite, porque insiste en pedirlo.
«Así que yo os digo: pedid, y el don será vuestro; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá la puerta. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá la puerta.
«¿Hay entre vosotros algún padre que, si su hijo le pide pan, le dé una piedra? Si le pide un pescado, ¿le dará una serpiente? O si le pide un huevo, ¿le dará un escorpión? Pues si vosotros, aun sin ser tan buenos como debierais, estáis dispuestos a dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará el Espíritu Santo a los hijos que se lo pidan?».
Capítulo 54 completado
La pregunta del escriba y la elección de María