Capítulo 53 · 4 min de lectura · 5 min de escucha
De paso por Samaria
CUANDO YA la mayoría de los que subían a Jerusalén para la fiesta de las Tiendas habían salido de Capernaúm, Jesús emprendió el viaje con sus discípulos. Todos los que lo veían ir hacia Jerusalén, y aun sus propios discípulos, pensaban que ahora sí iba de camino para ocupar su trono y gobernar al pueblo como rey de Israel.
Justo cuando se ponían en marcha, un hombre que era uno de los maestros de la ley se acercó a Jesús y le dijo:
«Maestro, te seguiré adondequiera que vayas». Pensaba que, si seguía a Jesús, podría conseguir algún puesto alto en su reino. Pero Jesús vio que aquel hombre lo seguía solo por interés, y le dijo:
«No ganarás nada con seguirme. Las zorras tienen sus cuevas, y las aves del campo tienen sus nidos; pero el Hijo del hombre no tiene un lugar donde recostar la cabeza».
A otro hombre Jesús le dijo: «¡Sígueme!». El hombre respondió: «Déjame que primero vaya y entierre a mi padre».
Jesús le dijo a este hombre: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; y tú ve y anuncia por todas partes la noticia del reino de Dios».
Con esto Jesús quería decir que de asuntos como el entierro de los muertos podían ocuparse otros, aunque no conocieran la verdad que da la vida; pero Jesús quería que este hombre fuera enseguida a predicar su evangelio.
Hubo otro hombre que dijo a Jesús: «Te seguiré; pero déjame que primero vaya a decir “adiós” a mis amigos de mi casa».
«El que mira atrás —respondió Jesús— después de haber puesto la mano en el arado no sirve para el reino de Dios».
Para su obra, Jesús quería hombres de corazón entero, que lo dejaran todo para seguirlo y servirle.
En este viaje a Jerusalén Jesús no tomó el camino que baja por el valle del Jordán, que era el que se seguía de costumbre. Esta vez decidió pasar por Samaria, quizá porque no quería llevar consigo una multitud de gente, y pocos judíos iban a Jerusalén pasando por Samaria.
Al acercarse a una aldea samaritana, envió a algunos de sus discípulos a buscar en ella un lugar donde alojarse. Pero los samaritanos no quisieron dejar entrar en su aldea a Jesús y a sus discípulos, porque vieron que eran judíos que iban camino de Jerusalén. Los samaritanos y los judíos se odiaban unos a otros y no querían mostrarse ninguna bondad.
Jacobo y Juan, dos de los discípulos, se enojaron muchísimo con aquella gente que cerraba la puerta a su Maestro. Le dijeron:
«Señor, ¿quieres que hagamos bajar fuego del cielo, como hizo el profeta Elías, y que quememos esa aldea malvada?».
Pero Jesús les dijo: «Vuestro espíritu no es el que debe ser. Yo no vine a destruir la vida de los hombres, sino a salvarla. Vamos a otra aldea».
Estando todavía en la frontera entre Galilea y Samaria, al entrar en una aldea, le salieron al encuentro diez hombres que tenían la terrible enfermedad de la lepra. Se quedaron de pie a lo lejos, porque a los leprosos no se les permitía acercarse a la gente; y gritaban en voz alta:
«¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!».
«Id —respondió Jesús—, y mostraos a los sacerdotes».
En el templo había un cuarto adonde iba todo hombre que tenía alguna enfermedad parecida a la lepra, con erupciones en la piel. En ese cuarto lo tenían durante algún tiempo; y si se veía que su enfermedad no era lepra, después de ciertas ofrendas y lavamientos se le permitía volver a casa y estar otra vez entre la gente. Aquellos hombres se pusieron en camino hacia su templo: los que eran judíos, hacia el templo de Jerusalén; y si alguno era samaritano, hacia el templo de los samaritanos en el monte Gerizim, cerca de la ciudad de Siquem. Mientras iban, y al ir así mostraban su fe en Jesús, de pronto se dieron cuenta de que la lepra había desaparecido y de que estaban completamente sanos.
Nueve de aquellos diez hombres, después de quedar sanos, siguieron su camino hacia el templo. Pero uno de ellos, al ver que ya no era leproso, se detuvo, alabó a Dios a gran voz, corrió a los pies de Jesús y se postró sobre su rostro delante de él, dándole gracias por haberlo sanado. Este hombre era samaritano.
«¿No fueron diez los que quedaron sanos? —dijo Jesús—. ¿Y dónde están los nueve? ¿Solo hubo uno que volviera a dar gracias a Dios, y ese, un extranjero?».
Y Jesús dijo a aquel samaritano agradecido: «Levántate, y vete; tu fe te ha sanado».
Capítulo 53 completado
De paso por Samaria