La vida de Cristo de Hurlbut para jóvenes y mayores
Los primeros seguidores de Jesús

Capítulo 18 · 7 min de lectura · 8 min de escucha

Los primeros seguidores de Jesús

DESPUÉS DE SUS cuarenta días en el desierto, Jesús comenzó su obra de ganar a los hombres para el reino de Dios. Su plan, al principio, era hablar con los hombres uno por uno, hasta poder reunir a su alrededor un pequeño grupo de personas que creyeran en sus palabras como maestro y lo siguieran como su guía. Los hombres más preparados para ser sus primeros seguidores eran algunos de los que ya habían sido enseñados por Juan el Bautista. Así que, desde el desierto, Jesús volvió a dirigir sus pasos hacia el norte, y subió por el camino tan transitado que llevaba a Betábara, donde había sido bautizado hacía casi dos meses.

En Betábara, con Juan el Bautista, había un grupo de jóvenes a quienes se conocía como los «discípulos» de Juan, es decir, hombres que se quedaban con él para aprender sus enseñanzas cuando la multitud ya se había ido a casa. Algunos de ellos eran pescadores del mar de Galilea que habían dejado sus redes y su trabajo para poder escuchar a Juan.

Juan estaba de pie con algunos de estos hombres a su alrededor cuando vieron, a cierta distancia, a un desconocido que subía por el camino. Aquellos discípulos de Juan no sabían quién era aquel hombre, pero Juan lo recordaba, porque la luz que había brillado desde el cielo sobre su rostro en el momento de su bautismo, y la voz que vino de los cielos, habían grabado a Jesús en su memoria. Señaló a Jesús y dijo:

«¡Mirad! ¡Allí está el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo! Este es aquel de quien yo hablé cuando dije: “Después de mí vendrá un hombre que es mayor que yo, y que no bautizará en agua, sino en el Espíritu Santo”. Sobre este hombre vi que el Espíritu descendía como paloma y reposaba sobre él. Y os digo a todos que este hombre es el Hijo de Dios».

Mientras Juan decía estas palabras, Jesús se perdió de vista, y Juan y sus discípulos no volvieron a verlo aquel día. Pero al día siguiente, cuando Juan estaba con dos de sus seguidores, Jesús pasó otra vez por allí, y Juan volvió a mirarlo y dijo a los jóvenes:

«¡Mirad! ¡El Cordero de Dios!».

En cuanto los dos jóvenes oyeron estas palabras, dejaron a Juan y caminaron hacia Jesús. Cuando se acercaban, Jesús se volvió y les dijo:

«¿Por qué me seguís? ¿Qué es lo que queréis?».

Ellos le dijeron: «Maestro, queremos saber dónde te hospedas, para poder verte y hablar contigo».

«Venid y ved», dijo Jesús; y los llevó a la casa donde estaba hospedado como invitado. En aquellos tiempos los judíos recibían en sus casas a los que iban de viaje y necesitaban un lugar donde descansar unos días. Eran como las diez de la mañana cuando aquellos dos hombres se sentaron en la casa con Jesús, y se quedaron con él todo el resto del día, hasta que se puso el sol, escuchándolo mientras les hablaba del reino de Dios. Sus palabras les llegaron directamente al corazón, y aquel día esos dos jóvenes creyeron en Jesús como su Mesías, su Cristo; es decir, el Rey de Israel, prometido desde hacía mucho por los profetas del Antiguo Testamento y esperado durante largo tiempo por el pueblo de Israel. Las dos palabras, Mesías y Cristo, significan lo mismo. Una está en la lengua hebrea; la otra, en la griega, y ambas quieren decir «el Ungido», o «el Rey de Israel».

Así, en el primer día de su enseñanza, Jesús encontró dos seguidores. Los dos eran pescadores del mar de Galilea, que no quedaba a muchas millas de allí. Uno era un hombre llamado Juan, a quien más tarde se llamó «el discípulo a quien Jesús amaba», porque de todos sus seguidores, Juan era el más cercano a Jesús. Mucho tiempo después, Juan escribió uno de los libros más preciosos de la Biblia, «el Evangelio según Juan», que nos muestra, más que ningún otro libro, lo más íntimo del corazón de Jesús.

El otro joven se llamaba Andrés. Enseguida pensó en su hermano mayor, Simón, que también era seguidor de Juan el Bautista. Fue a buscar a Simón y le dijo:

«¡Hemos hallado al Mesías, de quien hablaron los profetas!».

Habló en la lengua hebrea, que era el idioma de su pueblo. Si hubiera hablado en griego, la lengua en que se escribió por primera vez el Nuevo Testamento, habría dicho: «Hemos hallado al Cristo»; es decir, al Rey. Andrés llevó a su hermano Simón a Jesús; y en cuanto Jesús lo miró, antes de que Andrés dijera su nombre, le dijo:

«Tú eres Simón, hijo de Jonás. Pero yo te daré un nombre nuevo. En el tiempo que vendrá serás llamado “la Roca”».

En la lengua hebrea, la palabra que significa «roca» es «Cefas» o «Kefas». En griego es «Pedro». Desde entonces a Simón a veces lo llamaban Cefas, pero más a menudo Pedro. Llegó a ser un guía entre los seguidores de Jesús, y muchos años después escribió uno, quizá dos, de los libros del Nuevo Testamento.

Jesús tenía ya tres seguidores que creían en él como su Señor y Rey; y al día siguiente encontró un cuarto. Este hombre se llamaba Felipe, y era de un lugar llamado Betsaida, en la orilla norte del mar de Galilea. Jesús le dijo a Felipe:

«Sígueme».

Y él también se unió al pequeño grupo de los discípulos o seguidores de Jesús. Felipe pensó enseguida en un amigo suyo, un hombre muy bueno y puro, que, según creía, se alegraría de unirse a él como seguidor de Jesús. Fue a buscarlo y lo encontró de pie debajo de una higuera. Le dijo:

«Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la ley, y de quien hablaron los profetas: el Cristo. Se llama Jesús, el hijo de José; y viene del pueblo de Nazaret».

Ahora bien, el pueblo de Natanael era Caná, a pocas millas de Nazaret. Natanael tenía a Nazaret por un lugar despreciable. No podía creer que el gran Rey de Israel, el Cristo, saliera de semejante aldea. Esperaba que viniera de alguna gran ciudad, como Jerusalén, o de Belén, la ciudad de David. No sabía que Jesús había nacido en Belén; de hecho, nunca había oído hablar de Jesús, y dijo:

«¿Me estás diciendo que de Nazaret puede salir algo bueno?».

Felipe no era lo bastante sabio como para explicarle a Natanael las razones por las que creía en Jesús. Es difícil poner en palabras algunos de nuestros pensamientos más profundos. Pero le dio a Natanael una respuesta muy sabia.

«Bueno —dijo Felipe—, ven y ve a Jesús por ti mismo».

Jesús nunca había visto antes a Natanael, pero cuando este se acercaba, Jesús dijo a los que estaban allí:

«¡Mirad! Aquí viene un verdadero israelita, un hombre de Dios, en cuyo corazón no hay nada malo».

Natanael se sorprendió mucho de estas palabras de Jesús. Dijo:

«¿De dónde me conoces?».

«Antes que Felipe te llamara —respondió Jesús—, cuando estabas debajo de la higuera, te vi».

«Maestro —dijo Natanael—, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel».

Jesús le dijo:

«¿Crees porque te dije: “Te vi debajo de la higuera”? Todavía verás cosas mayores que estas. De cierto os digo que veréis el cielo abierto, y a los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del hombre».

Con «el Hijo del hombre», Jesús se refería a sí mismo. Usaba esas palabras para mostrar que, aunque era «el Hijo de Dios», también era un hombre entre los hombres.

Jesús había estado predicando, o hablando con unos pocos hombres acerca del reino de Dios, y ya había ganado cinco seguidores. Puede que hubiera otros, porque poco después encontramos entre sus discípulos a Jacobo, el hermano de Juan.


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