Humildad ·La humildad y la fe

Capítulo 9 · 7 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

La humildad y la fe

“¿Cómo podéis creer, cuando recibís gloria los unos de los otros y no buscáis la gloria que viene del único Dios?” Juan 5:44.

En un discurso que oí hace poco, el orador dijo que las bendiciones de la vida cristiana superior eran a menudo como los objetos expuestos en el escaparate de una tienda: uno podía verlos con claridad y, sin embargo, no podía alcanzarlos. Si se le dijera que extendiera la mano y los tomara, un hombre respondería: No puedo. Hay un grueso cristal entre ellos y yo. Y aun así, los cristianos pueden ver con claridad las benditas promesas de perfecta paz y descanso, de amor y gozo desbordantes, de comunión y fructificación permanentes, y sentir, no obstante, que hay algo en medio que estorba la verdadera posesión. Las promesas hechas a la fe son tan libres y seguras, las invitaciones y los alientos tan fuertes, el gran poder de Dios con que puede contar está tan cercano y tan libre. Por tanto, el orgullo es lo único que impide que la fe y la bendición sean nuestras.

En el texto, Jesús nos revela que es en verdad el orgullo lo que hace imposible la fe. Juan 5:44 dice: “¿Cómo podéis creer, cuando recibís gloria los unos de los otros” Al ver cómo en su naturaleza misma el orgullo y la fe están en irreconciliable oposición, aprenderemos que la fe y la humildad tienen una misma raíz, y que nunca podremos tener más fe verdadera que la humildad verdadera que tengamos. Veremos que en verdad podemos tener fuerte convicción intelectual y certeza de la verdad mientras el orgullo se guarda en el corazón, pero que este hace imposible la fe viva, la que tiene poder con Dios.

Solo necesitamos pensar por un momento en lo que es la fe. ¿No es la confesión de la nada y de la impotencia, la entrega y la espera para dejar que Dios obre? ¿No es en sí misma la cosa más humillante que puede haber, la aceptación de nuestro lugar de dependientes, que nada pueden reclamar, obtener ni hacer sino lo que la gracia concede? La humildad es la disposición que prepara el alma para vivir de la confianza. Aun el más secreto aliento del orgullo, en la búsqueda de sí, la voluntad propia, la confianza propia o la exaltación propia, no es sino el fortalecimiento de aquel yo que no puede entrar en las cosas del reino ni poseerlas, porque rehúsa permitir que Dios sea lo que es y debe ser: el Todo en todos. La fe es el órgano o sentido para la percepción y aprehensión del mundo celestial y sus bendiciones. La fe busca la gloria que viene de Dios, y esta solo viene donde Dios es todo.

Mientras tomemos gloria los unos de los otros, mientras busquemos, amemos y guardemos celosamente la gloria de esta vida, la honra y la reputación que vienen de los hombres, no buscamos, ni podemos recibir, la gloria que viene de Dios. El orgullo hace imposible la fe. La salvación viene por una cruz y un Cristo crucificado. La salvación es la comunión con el Cristo crucificado en el Espíritu de su cruz. La salvación es unión con Dios y deleite en Él; la salvación es participación en la humildad de Jesús. ¿Es de extrañar que nuestra fe sea tan débil, cuando el orgullo reina todavía tanto, y apenas hemos aprendido siquiera por largo tiempo a anhelar la humildad, ni a orar por ella, como la parte más necesaria y bendita de la salvación?

La humildad y la fe están más unidas en la Escritura de lo que muchos saben. Véase en la vida de Cristo. Hay dos casos en que Él habló de una gran fe. ¿No había el centurión, de cuya fe se maravilló, diciendo: “Os digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe.”, hablado así: “Señor, no soy digno de que entres debajo de mi techo” ¿Y no había la madre a quien Él dijo: “¡Oh mujer, grande es tu fe!” (Mateo 15:28) aceptado el nombre de perro, y dicho: “Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas'? (Mateo 15:27) Es la humildad que lleva al alma a ser nada delante de Dios la que quita también todo estorbo a la fe, y hace que esta solo tema deshonrarlo al no confiar en Él por completo.

Hermano, ¿no tenemos aquí la causa del fracaso en la búsqueda de la santidad? ¿No es esto, aunque no lo sabíamos, lo que hizo nuestra consagración y nuestra fe tan superficiales y tan pasajeras? No teníamos idea de hasta qué punto el orgullo y el yo obraban todavía secretamente dentro de nosotros, ni de cómo solo Dios, por su entrada y su gran poder, podía echarlos fuera. No entendíamos cómo nada sino la naturaleza nueva y divina, tomando por entero el lugar del viejo yo, podía hacernos realmente humildes.

No sabíamos que la humildad absoluta, incesante y universal debe ser la disposición raíz de toda oración y de todo acercamiento a Dios, así como de todo trato con el hombre; y que igual podríamos intentar ver sin ojos, o vivir sin aliento, que creer, o acercarnos a Dios, o morar en su amor, sin una humildad y bajeza de corazón que todo lo penetre.

Hermano, ¿no hemos estado cometiendo un error al tomarnos tanto trabajo para creer, mientras todo el tiempo estaba allí el viejo yo en su orgullo, procurando apoderarse de la bendición y de las riquezas de Dios? No es de extrañar que no pudiéramos creer. Cambiemos de rumbo. Busquemos ante todo humillarnos bajo la poderosa mano de Dios: Él nos exaltará. La cruz, la muerte y el sepulcro, en los cuales Jesús se humilló, fueron su camino a la gloria de Dios.

Sea nuestro único deseo y nuestra ferviente oración ser humillados con Él y como Él; aceptemos con gozo cuanto pueda humillarnos delante de Dios o de los hombres; solo este es el camino a la gloria de Dios. Quizá te sientas inclinado a hacer una pregunta. He hablado de algunos que tienen benditas experiencias, o que son medios de traer bendición a otros, y que sin embargo carecen de humildad. Preguntas si estos no prueban que tienen fe verdadera, y aun fuerte, aunque muestran con demasiada claridad que todavía buscan demasiado la honra que viene de los hombres. Hay más de una respuesta que puede darse.

Pero la respuesta principal en nuestra presente relación es esta: tienen, en verdad, una medida de fe, en proporción a la cual, con los dones especiales que les han sido concedidos, es la bendición que traen a otros.

Pero en esa misma bendición, la obra de su fe es estorbada por la falta de humildad. La bendición es a menudo superficial o pasajera, porque no abren el camino para que Dios sea todo. Una humildad más profunda traería, sin duda, una bendición más profunda y más plena. El Espíritu Santo, no solo obrando en ellos como Espíritu de poder, sino morando en ellos en la plenitud de su gracia, y especialmente la de la humildad, se comunicaría a través de ellos a estos convertidos para una vida de poder, de santidad y de firmeza que hoy se ve demasiado poco.

“¿Cómo podéis creer, cuando recibís gloria los unos de los otros” (Juan 5:44). ¡Hermano! Nada puede curarte del deseo de recibir gloria de los hombres, ni de la susceptibilidad y el dolor y la ira que vienen cuando no se te da, sino el entregarte a buscar solo la gloria que viene de Dios.

Sea para ti todo la gloria del Dios todo glorioso. Serás librado de la gloria de los hombres y del yo, y estarás contento y gozoso de ser nada. De esta nada crecerás fuerte en la fe, dando gloria a Dios, y hallarás que cuanto más profundo te hundas en la humildad delante de Él, tanto más cerca está Él de cumplir todo deseo de tu Fe.

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Humildad Andrew Murray

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