Humildad ·La humildad y el pecado

Capítulo 8 · 9 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

La humildad y el pecado

“Los pecadores, de los cuales yo soy el primero.” 1 Timoteo 1:15 La humildad se identifica a menudo con la penitencia y la contrición. Como consecuencia, parece no haber otro modo de fomentar la humildad sino manteniendo el alma ocupada con su pecado. Hemos aprendido que la humildad es algo más. Hemos visto en la enseñanza de nuestro Señor Jesús y en las epístolas cuán a menudo se inculca esta virtud sin referencia alguna al pecado. En la naturaleza misma de las cosas, en toda la relación de la criatura con el Creador, en la vida de Jesús tal como Él la vivió y nos la imparte, la humildad es la esencia misma de la santidad y de la bienaventuranza. Es el desplazamiento del yo por la entronización de Dios, donde Dios es todo y el yo no es nada.

Es este aspecto de la verdad el que he sentido especialmente necesario recalcar, la nueva profundidad e intensidad que el pecado del hombre y la gracia de Dios dan a la humildad de los santos. Solo tenemos que mirar a un hombre como el apóstol Pablo para ver cómo, a través de su vida como hombre rescatado y santo, vive inextinguiblemente la profunda conciencia de haber sido pecador. Todos conocemos los pasajes en que se refiere a su vida como perseguidor y blasfemo.

“Yo soy el más pequeño de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí la iglesia de Dios… he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo.” (1 Cor. 15: 9, 10) . “A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, me fue dada esta gracia de anunciar entre los gentiles las inescrutables riquezas de Cristo” (Efesios 3:8). “Habiendo sido yo antes blasfemo, perseguidor e insolente opositor; mas fui recibido a misericordia, porque lo hice por ignorancia, en incredulidad… Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero.” (1 Timoteo 1: 13, 15) . La gracia de Dios lo había salvado.

Dios no se acordó más de sus pecados para siempre; pero él nunca pudo olvidar cuán terriblemente había pecado.

Cuanto más se gozaba en la salvación de Dios, y cuanto más su experiencia de la gracia de Dios lo llenaba de gozo indecible, tanto más clara era su conciencia de que era un pecador salvado, y de que la salvación no tenía sentido ni dulzura sino en cuanto el sentimiento de ser pecador se la hacía preciosa y real. Ni por un momento podía olvidar que era a un pecador a quien Dios había tomado en sus brazos y coronado con su amor.

Los textos que acabamos de citar se alegan a menudo como la confesión de Pablo de un pecar diario. Basta leerlos con cuidado en su contexto para ver cuán poco es este el caso. Tienen un sentido mucho más profundo; se refieren a aquello que dura por toda la eternidad, y que dará su hondo trasfondo de asombro y adoración a la humildad con que los rescatados se inclinan ante el trono, como quienes han sido lavados de sus pecados en la sangre del Cordero. Nunca, ni aun en la gloria, podrán ser otra cosa que pecadores rescatados. Ni por un momento en esta vida puede el hijo de Dios vivir en la plena luz de su amor, sino sintiendo que el pecado, del cual ha sido salvado, es su único derecho y título a todo lo que la gracia ha prometido hacer.

La humildad con que vino primero como pecador adquiere un nuevo sentido cuando aprende cómo le corresponde como criatura. Y entonces, una y otra vez, la humildad en que nació como criatura tiene sus tonos más profundos y ricos de adoración en la memoria de lo que es ser un monumento del maravilloso amor redentor de Dios. El verdadero alcance de lo que todas estas expresiones de San Pablo nos enseñan resalta con fuerza cuando notamos el hecho notable de que, a través de toda su carrera cristiana, nunca hallamos de su pluma, ni aun en aquellas epístolas en que tenemos las efusiones más intensamente personales, nada que sea confesión de pecado. En ninguna parte hay mención de falta o defecto; en ninguna parte sugerencia alguna a sus lectores de que haya faltado a su deber, o pecado contra la ley del amor perfecto.

Al contrario, hay pasajes, y no pocos, en que se vindica a sí mismo en un lenguaje que nada significa si no apela a una vida sin falta delante de Dios y de los hombres. “Vosotros sois testigos, y Dios también, de cuán santa, justa e irreprensiblemente nos condujimos con vosotros los creyentes.” (1 Tesalonicenses 2:10). “Porque nuestra gloria es esta: el testimonio de nuestra conciencia, de que con sencillez y sinceridad de Dios, no con sabiduría terrenal, sino con la gracia de Dios, nos hemos conducido en el mundo, y mucho más con vosotros.” (2 Corintios 1:12).

Esto no es un ideal ni una aspiración; es una apelación a lo que su vida real había sido. Comoquiera que expliquemos esta ausencia de confesión de pecado, todos admitirán que debe señalar a una vida en el poder del Espíritu Santo, tal como rara vez se realiza o se espera en estos días. Deseo recalcar que la ausencia de tal confesión de pecar solo da más fuerza a la verdad de que no es en el pecar diario donde se hallará el secreto de la humildad más profunda, sino en la posición habitual, que ni por un momento ha de olvidarse, y que precisamente la gracia más abundante mantendrá más claramente viva: que nuestro único lugar, el único lugar de bendición, nuestra única posición permanente delante de Dios, debe ser la de aquellos cuyo gozo más alto es confesar que son pecadores salvados por gracia.

Con el profundo recuerdo de Pablo de haber pecado tan terriblemente en el pasado, antes de que la gracia lo encontrara, y la conciencia de ser guardado del pecar presente, iba siempre unido el recuerdo permanente del oscuro poder escondido del pecado, siempre listo para entrar, y solo mantenido fuera por la presencia y el poder de Cristo que mora en el interior.

“Porque yo sé que en mí no mora el bien;” - estas palabras de Romanos 7:18 describen la carne tal como es hasta el fin. La gloriosa liberación de Romanos 8:2 “Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte” no es ni la aniquilación ni la santificación de la carne, sino una victoria continua dada por el Espíritu al mortificar las obras del cuerpo. Como la salud expulsa la enfermedad, la luz se traga las tinieblas y la vida vence a la muerte, la morada interior de Cristo por el Espíritu es la salud, la luz y la vida del alma.

Con esto, la convicción de impotencia y de peligro templa siempre la fe en la acción momentánea e ininterrumpida del Espíritu Santo, hasta hacer de ella aquel sentido acrisolado de dependencia que hace de la fe y del gozo más altos las siervas de una humildad que solo vive por la gracia de Dios. Los tres pasajes arriba citados muestran todos que fue la maravillosa gracia concedida a Pablo, y de la cual sentía necesidad a cada momento, la que lo humilló tan profundamente. La gracia de Dios que estaba con él, y que lo capacitó para trabajar más abundantemente que todos ellos; la gracia de predicar a los paganos las inescrutables riquezas de Cristo; la gracia que fue más abundante con la fe y el amor que es en Cristo Jesús: fue esta gracia, cuya naturaleza y gloria misma es ser para pecadores, la que mantuvo tan intensamente viva la conciencia de haber pecado una vez, y de estar expuesto a pecar.

“Donde el pecado abundó, sobreabundó la gracia” Romanos 5:20. Esto revela cómo la esencia misma de la gracia es tratar con el pecado y quitarlo, y cómo siempre ha de ir unida la experiencia más abundante de la gracia con la conciencia de ser pecador. No es el pecado, sino la gracia de Dios, mostrando al hombre y recordándole siempre cuán pecador era, lo que lo mantendrá verdaderamente humilde. No es el pecado, sino la gracia, lo que me hará en verdad conocerme pecador, y hará del lugar del pecador, el del más profundo abatimiento propio, el lugar que nunca abandono.

Temo que no son pocos los que, con fuertes expresiones de condenación y denuncia de sí mismos, han procurado humillarse, y tienen que confesar con tristeza que un espíritu humilde, un “corazón de humildad,” con sus acompañamientos de bondad y compasión, de mansedumbre y paciencia, está todavía tan lejos como siempre. Estar ocupados con el yo, aun en medio del más profundo aborrecimiento propio, jamás puede librarnos del yo. Es la revelación de Dios, no solo por la ley que condena el pecado, sino por su gracia que libra de él, lo que nos hará humildes.

La ley puede quebrantar el corazón con temor; solo la gracia obra aquella dulce humildad que llega a ser un gozo para el alma como su segunda naturaleza. Fue la revelación de Dios en su santidad, acercándose para darse a conocer en su gracia, lo que hizo que Abraham y Jacob, Job e Isaías, se inclinaran tan bajo. Es el alma en la cual Dios el Creador, como el Todo de la criatura en su nada, y Dios el Redentor en su gracia, como el Todo del pecador en su pecaminosidad, es esperado, confiado y adorado, la que se hallará tan llena de su presencia que no habrá lugar para el yo.

Solo así puede cumplirse la promesa: “Y la altivez del hombre será abatida, y la soberbia de los hombres será humillada; y solo Jehová será exaltado en aquel día. “Isaías 2:17.

Es el pecador que mora en la plena luz del santo amor redentor de Dios, en la experiencia de aquella plena morada interior del amor divino que viene por Cristo y el Espíritu Santo, quien no puede menos de ser humilde. No el estar ocupado con tu pecado, sino el estar ocupado con Dios, trae liberación del yo.

Índice

Humildad Andrew Murray

Página 1 / 1 · 9 min restantes en el capítulo