Capítulo 7 · 8 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
La humildad y la santidad
“Quédate donde estás, no te acerques a mí, porque soy demasiado santo para ti.” Isaías 65:5.
Hablamos del movimiento de Santidad en nuestros tiempos, y alabamos a Dios por él. Oímos hablar mucho de buscadores de la santidad y de profesores de enseñanzas y reuniones de santidad. Las benditas verdades de la santidad en Cristo, y de la santidad por la fe, se recalcan como nunca antes. La gran prueba de si la santidad que profesamos alcanzar es verdad y vida será si se manifiesta en la creciente humildad que produce. En la criatura, la humildad es lo único que se necesita para permitir que la santidad de Dios more en ella y resplandezca a través de ella. En Jesús, el Santo de Dios que nos santifica, una humildad divina fue el secreto de su vida, su muerte y su exaltación; la única prueba infalible de nuestra santidad será la humildad ante Dios y ante los hombres que nos distinga. La humildad es la flor y la hermosura de la santidad.
La señal principal de la santidad falsificada es su falta de humildad. Todo buscador de la santidad necesita estar en guardia, no sea que inconscientemente lo que se comenzó en el espíritu se perfeccione en la carne, y el orgullo se deslice donde menos se espera su presencia. Dos hombres subieron al templo a orar, el uno fariseo y el otro publicano. No hay lugar ni posición tan sagrados donde el fariseo no pueda entrar. El orgullo puede alzar su cabeza en el mismo templo de Dios, y hacer de su adoración el escenario de su propia exaltación.
Desde el tiempo en que Cristo expuso así su orgullo, el fariseo se ha puesto el ropaje del publicano, y el que confiesa una profunda pecaminosidad, igual que el que profesa la más alta santidad, debe estar vigilante. Precisamente cuando más ansiosos estamos de tener el corazón en el templo de Dios, hallaremos que los dos hombres suben a orar. Y el publicano descubrirá que su peligro no viene del fariseo que está a su lado, que lo desprecia, sino del fariseo que lleva dentro, que se aprueba y se exalta.
En el templo de Dios, cuando pensamos estar en el lugar santísimo, en la presencia de su santidad, guardémonos del orgullo. “Y un día vinieron los hijos de Dios a presentarse delante de Jehová, y entre ellos vino también Satanás.” Job 1:6 “Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano.” Lucas 18:11. Es en aquello que es justamente motivo de acción de gracias; es en la misma acción de gracias que rendimos a Dios. Puede ser en la misma confesión de que Dios lo ha hecho todo donde el yo halla su motivo de complacencia. Sí, aun cuando en el templo solo se oye el lenguaje de la penitencia y de la confianza en la sola misericordia de Dios, el fariseo puede entonar la nota de alabanza, y al dar gracias a Dios, estar felicitándose a sí mismo.
El orgullo puede vestirse con las vestiduras de la alabanza o de la penitencia. Aunque las palabras, “no soy como los otros hombres,” sean rechazadas y condenadas, su espíritu puede hallarse con demasiada frecuencia en nuestros sentimientos y en nuestro lenguaje hacia nuestros compañeros de adoración y nuestros semejantes. ¿Quieres saber si esto es realmente así? Escucha tan solo la manera en que las Iglesias y los cristianos hablan a menudo unos de otros. ¡Qué poco se ve de la mansedumbre y la ternura de Jesús!
Se recuerda tan poco que la humildad profunda debe ser la nota dominante de lo que los siervos de Jesús dicen de sí mismos o unos de otros. ¿No hay acaso muchas Iglesias o asambleas de los santos, muchas misiones o convenciones, muchas sociedades o comités, aun muchas misiones allá en tierras de paganos, donde la armonía ha sido perturbada y la obra de Dios estorbada, porque hombres que son contados por santos han probado, en susceptibilidad, precipitación, impaciencia, defensa propia, afirmación propia, juicios ásperos y palabras poco amables, que no estimaban cada uno a los demás como mejores que ellos mismos, y que su santidad tiene bien poco de la mansedumbre de los santos?
En la historia espiritual, los hombres pueden haber tenido tiempos de gran humillación y quebrantamiento, pero esto es distinto de estar revestidos de humildad, de tener un espíritu humilde, de tener aquella bajeza de ánimo en la cual cada uno se cuenta siervo de los demás, y así muestra el mismo sentir que hubo también en Jesucristo. “No te acerques a mí, porque soy demasiado santo para ti.” Isaías 65:5. ¡Qué parodia de la santidad! Jesús el Santo es el Humilde; el más santo será siempre el más humilde. No hay santo sino Dios; por tanto, tenemos tanto de santidad cuanto tenemos de Dios.
Nuestra humildad real es lo que tenemos de Dios, porque la humildad no es sino la desaparición del yo en la visión de que Dios es todo. El más santo será el más humilde. ¡Ay! Aunque ya no se halla a menudo el judío de descarada jactancia de los días de Isaías, pues aun nuestros modales nos han enseñado a no hablar así, ¡cuán a menudo se ve todavía su espíritu, sea en el trato con los santos hermanos o con los hijos del mundo!
En el espíritu con que se dan las opiniones, se emprende la obra y se exponen las faltas, cuántas veces, aunque el ropaje sea el del publicano, la voz es todavía la del fariseo. “Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres” ¿Se hallará tal humildad, que los hombres se cuenten en verdad todavía menores que el más pequeño de todos los santos, siervos de todos? Hay “el amor no tiene envidia ni se jacta; no se envanece” 1 Corintios 13:4 donde el espíritu de amor es derramado en el corazón, donde la naturaleza divina llega a un pleno nacimiento, donde Cristo, el manso y humilde Cordero de Dios, es verdaderamente formado en el interior.
Ahí está el poder de un amor perfecto que se olvida de sí mismo y halla su bienaventuranza en bendecir a otros, en soportarlos y honrarlos, por débiles que sean. Donde entra este amor, allí entra Dios. Y donde Dios ha entrado en su poder y se revela como el todo, allí la criatura viene a ser nada. Donde la criatura viene a ser nada delante de Dios, no puede ser sino humilde para con la criatura, su semejante. La presencia de Dios deja de ser cosa de tiempos y de ocasiones, y viene a ser la cubierta bajo la cual el alma mora siempre, y su profundo abatimiento delante de Dios viene a ser el lugar santo de su presencia, de donde proceden todas sus palabras y obras.
Quiera Dios enseñarnos que nuestros pensamientos, palabras y sentimientos respecto de nuestros semejantes son su prueba de nuestra humildad para con Él, y que nuestra humildad delante de Él es el único poder que puede capacitarnos para ser siempre humildes con nuestros semejantes. Nuestra humildad debe ser la vida de Cristo, el Cordero de Dios, dentro de nosotros.
Tomen advertencia todos los maestros de santidad, ya sea en el púlpito o en la plataforma, y todos los buscadores de la santidad, ya sea en el aposento o en la convención. No hay orgullo tan peligroso, porque ninguno es tan sutil e insidioso, como el orgullo de la santidad. No es que un hombre diga jamás, ni aun piense, “No te acerques a mí, porque soy demasiado santo para ti.” Isaías 65:5. No, en verdad; el pensamiento sería mirado con horror. Pero crece, del todo inconscientemente, un hábito escondido del alma, que siente complacencia en sus logros y no puede dejar de ver cuánto va delante de otros.
Puede reconocerse, no siempre en alguna especial afirmación o alabanza de sí mismo, sino sencillamente en la ausencia de aquel profundo abatimiento propio que no puede menos de ser la señal del alma que ha visto la gloria de Dios (Job 42: 5, 6; Isa.6:5). Se revela, no solo en palabras o pensamientos, sino en un tono, una manera de hablar de los demás, en los cuales quienes tienen el don del discernimiento espiritual no pueden menos de reconocer el poder del yo. Aun el mundo, con sus ojos agudos, lo nota y lo señala como prueba de que la profesión de una vida celestial no lleva frutos especialmente celestiales.
¡Oh, hermanos! Guardémonos. A menos que, con cada avance en lo que pensamos que es la santidad, aumentemos nuestro estudio de la humildad, podremos hallar que nos hemos estado deleitando en hermosos pensamientos y sentimientos, en solemnes actos de consagración y de fe, mientras que la única señal segura de la presencia de Dios, la desaparición del yo, faltaba todo el tiempo. Venid, y huyamos a Jesús, y escondámonos en Él hasta que seamos revestidos de su humildad.
Eso solo es nuestra santidad.