Humildad ·La humildad y la muerte al yo

Capítulo 10 · 11 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

La humildad y la muerte al yo

“Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte” Filipenses 2:8.

La humildad es el camino a la muerte, porque en la muerte da la más alta prueba de su perfección.

La humildad es la flor de la cual la muerte al yo es el fruto perfecto. Jesús se humilló a sí mismo hasta la muerte, y abrió el camino por el que también nosotros debemos andar. Así como no hubo para Él manera de probar hasta lo sumo su entrega a Dios, ni de renunciar a nuestra naturaleza humana y elevarse de ella a la gloria del Padre sino a través de la muerte, así sucede también con nosotros.

La humildad debe conducirnos a morir al yo; así probamos cuán enteramente nos hemos entregado a ella y a Dios. Solo así somos librados de la naturaleza caída, y hallamos la senda que conduce a la vida en Dios, a ese pleno nacimiento de la nueva naturaleza, de la cual la humildad es el aliento y el gozo. Hemos hablado de lo que Jesús hizo por sus discípulos cuando les comunicó su vida de resurrección. En el descenso del Espíritu Santo, Él, la mansedumbre glorificada y entronizada, vino realmente del cielo Él mismo para morar en ellos.

Ganó el poder de hacerlo por medio de la muerte; en su naturaleza más íntima, la vida que impartió era una vida salida de la muerte, una vida que había sido entregada a la muerte y ganada a través de la muerte. El que vino a morar en ellos era Él mismo Uno que había estado muerto y que ahora vive para siempre jamás. La vida de Jesús, su persona y su presencia llevan las marcas de la muerte, las de una vida engendrada de la muerte. Esa vida en sus discípulos lleva siempre también las marcas de la muerte. Solo cuando el Espíritu de la muerte, del que murió, mora y obra en el alma, puede conocerse el poder de su vida.

La primera y principal marca del morir del Señor Jesús, de las marcas de muerte que señalan al verdadero seguidor de Jesús, es la humildad. Por estas dos razones, solo la humildad conduce a la muerte perfecta, y solo la muerte perfecciona la humildad. La humildad y la muerte son una en su misma naturaleza. La humildad es el capullo; en la muerte, el fruto madura hasta la perfección.

La humildad conduce a la muerte perfecta. La humildad significa la renuncia al yo y el tomar el lugar de una perfecta nada delante de Dios. Jesús se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte. En la muerte dio la más alta, la perfecta prueba de haber entregado su voluntad a la voluntad de Dios.

En la muerte, Jesús se entregó a sí mismo, con su natural resistencia a beber la copa. Renunció a la vida que tenía en unión con nuestra naturaleza humana, murió al yo y al pecado que lo tentaba, y así, como hombre, entró en la vida perfecta de Dios. De no haber sido por su humildad sin límites, que lo llevaba a contarse como nada sino como un siervo para hacer y sufrir la voluntad de Dios, jamás habría muerto. Esto nos da la respuesta a la pregunta que tan a menudo se hace, y cuyo sentido tan pocas veces se comprende con claridad. ¿Cómo puedo morir al yo? La muerte al yo no es obra tuya; es obra de Dios.

En Cristo estás muerto al pecado; la vida que hay en ti ha pasado por el proceso de la muerte y la resurrección, y puedes estar seguro de que en verdad estás muerto al pecado. Pero la plena manifestación del poder de esta muerte en tu disposición y conducta depende de la medida en que el Espíritu Santo imparta el poder de la muerte de Cristo. Y aquí es donde se necesita la enseñanza: si quieres entrar en plena comunión con Cristo en su muerte, y conocer la plena liberación del yo, humíllate. Este es tu único deber.

Preséntate delante de Dios en tu total desamparo; consiente de corazón en el hecho de tu impotencia para darte muerte o darte vida a ti mismo, y húndete en tu propia nada, en espíritu de mansa, paciente y confiada entrega a Dios. Acepta toda humillación, y mira a todo prójimo que te prueba o te irrita como un medio de gracia para humillarte. Aprovecha toda oportunidad de humillarte delante de tus semejantes como una ayuda para permanecer humilde delante de Dios.

Dios aceptará tal humillación de ti mismo como la prueba de que tu corazón entero la desea, como lo mejor de todo; ora por ella, como tu preparación para su poderosa obra de gracia, cuando, por el poderoso fortalecimiento de su Espíritu Santo, Él revele a Cristo plenamente en ti, de modo que Él, en su forma de siervo, sea verdaderamente formado en ti y more en tu corazón. Es el camino de la humildad el que conduce a la muerte perfecta, a la experiencia plena y perfecta de que estamos muertos en Cristo.

Luego sigue: Solo esta muerte conduce a la humildad perfecta. Oh, guárdate del error que tantos cometen, que bien quisieran ser humildes, pero temen serlo demasiado. Tienen tantas salvedades y limitaciones, tantos razonamientos y cuestionamientos acerca de lo que la verdadera humildad ha de ser y hacer, que nunca se rinden a ella sin reservas. Guárdate de esto. Humíllate hasta la muerte. Es en la muerte al yo donde la humildad se perfecciona. Ten por cierto que en la raíz de toda experiencia real de más gracia, de todo verdadero avance en la consagración, de toda creciente conformidad a la semejanza de Jesús, debe haber una muerte al yo que se pruebe ante Dios y ante los hombres en nuestras disposiciones y hábitos.

Es tristemente posible hablar de la vida de muerte y del andar en el Espíritu, mientras aun el amor más tierno no puede menos que ver cuánto queda del yo. La muerte al yo no tiene marca de muerte más segura que una humildad que se despoja de toda reputación, que se vacía a sí misma y toma la forma de siervo. Es posible hablar mucho y con honestidad de la comunión con un Jesús despreciado y desechado, y de llevar su cruz, mientras la humildad mansa y sencilla, bondadosa y apacible del Cordero de Dios no se ve y apenas se busca.

El Cordero de Dios significa dos cosas: mansedumbre y muerte. Procuremos recibirlo en ambas formas. En Él son inseparables; así deben serlo también en nosotros. ¡Qué tarea tan desesperada si nosotros tuviéramos que hacer la obra! La naturaleza jamás puede vencer a la naturaleza, ni aun con la ayuda de la gracia. El yo jamás puede echar fuera al yo, ni siquiera en el hombre regenerado. ¡Alabado sea Dios! La obra ha sido hecha, acabada y perfeccionada para siempre. La muerte de Jesús, una vez y para siempre, es nuestra muerte al yo. Y la ascensión de Jesús, su entrada una vez y para siempre en el Lugar Santísimo, nos ha dado al Espíritu Santo para comunicarnos con poder, y hacer verdaderamente nuestro, el poder de la vida de muerte.

A medida que el alma, en la búsqueda y práctica de la humildad, sigue las pisadas de Jesús, se despierta su conciencia de la necesidad de algo más. Su deseo y su esperanza se avivan, su fe se fortalece, y aprende a mirar hacia arriba, y a reclamar y recibir esa verdadera plenitud del Espíritu de Jesús, que puede mantener cada día su muerte al yo y al pecado en todo su poder, y hacer de la humildad el espíritu que todo lo penetra en nuestra vida. (Véase la nota “C” al final de este capítulo.) Romanos 6:3 dice: “¿No sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?”

Romanos 6:11 dice: “Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús.” Toda la conciencia propia del cristiano ha de estar imbuida y caracterizada por el espíritu que animó la muerte de Cristo.

Uno ha de presentarse siempre a Dios como quien ha muerto en Cristo, y en Cristo está vivo de entre los muertos, llevando en su cuerpo el morir del Señor Jesús. Su vida lleva siempre la doble marca: sus raíces hundiéndose en verdadera humildad en lo profundo de la tumba de Jesús, la muerte al pecado y al yo; su cabeza alzada en poder de resurrección hacia el cielo donde Jesús está.

Creyente, reclama por fe la muerte y la vida de Jesús como tuyas. Entra en su tumba, en el reposo del yo y de sus obras, el reposo de Dios. Con Cristo, que encomendó su espíritu en las manos del Padre, humíllate y desciende cada día a esa perfecta y desvalida dependencia de Dios.

Dios te levantará y te ensalzará. Húndete cada mañana en profunda, profunda nada, en la tumba de Jesús; cada día la vida de Jesús se manifestará en ti.

Sea una humildad voluntaria, amorosa, reposada y feliz la marca de que en verdad has reclamado tu primogenitura, el bautismo en la muerte de Cristo. “Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.” Hebreos 10:14. Las almas que entren en su humillación hallarán en Él el poder para ver y considerar muerto al yo, y, como quienes han aprendido y recibido de Él, para andar con toda humildad y mansedumbre, soportándose unos a otros en amor. La vida de muerte se ve en una mansedumbre y una humildad como las de Cristo.

NOTA C Morir al yo, o salir de debajo de su poder, no es cosa que pueda hacerse por ninguna resistencia activa que le opongamos con los poderes de la naturaleza. El único camino verdadero para morir al yo es el camino de la paciencia, la mansedumbre, la humildad y la resignación a Dios. Esta es la verdad y la perfección del morir al yo. Porque si te pregunto qué significa el Cordero de Dios, ¿no habrás de decirme que es y significa la perfección de la paciencia, la mansedumbre, la humildad y la resignación a Dios? ¿No habrás de decir, por tanto, que un deseo y una fe de estas virtudes es un acudir a Cristo, es una entrega de ti mismo a Él, y la perfección de la fe en Él? Y entonces, porque esta inclinación de tu corazón a hundirse en la paciencia, la mansedumbre, la humildad y la resignación a Dios es verdaderamente renunciar a todo lo que eres y a todo lo que tienes del Adán caído, es dejar perfectamente todo lo que tienes para seguir a Cristo. Es tu más alto acto de fe en Él. Cristo no está en ninguna parte sino en estas virtudes; cuando ellas están, Él está en su propio reino. Sea este el Cristo a quien sigas.

“El Espíritu del amor divino no puede tener nacimiento alguno en ninguna criatura caída, hasta que esta quiera y escoja estar muerta a todo yo, en una paciente y humilde resignación al poder y a la misericordia de Dios.” Busco toda mi salvación por los méritos y la mediación del manso, humilde, paciente y sufriente Cordero de Dios, el único que tiene poder para producir el bendito nacimiento de estas virtudes celestiales en mi alma. No hay posibilidad de salvación sino en y por el nacimiento del manso, humilde, paciente y resignado Cordero de Dios en nuestras almas.

Cuando el Cordero de Dios ha producido un nacimiento real de su propia mansedumbre, humildad y plena resignación a Dios en nuestras almas, entonces es el día del nacimiento del Espíritu de amor en nuestras almas, el cual, cuando lo alcancemos, festejará nuestras almas con tal paz y gozo en Dios que borrará el recuerdo de todo lo que antes llamábamos paz o gozo. “Este camino hacia Dios es infalible. Esta infalibilidad se funda en el doble carácter de nuestro Salvador.

1. En cuanto es el Cordero de Dios, principio de toda mansedumbre y humildad en el alma.

2. En cuanto es la Luz del cielo, y bendice la naturaleza eterna, y la convierte en un reino de los cielos: cuando estamos dispuestos a hallar descanso para nuestras almas en mansa y humilde resignación a Dios, entonces es cuando Él, como Luz de Dios y del cielo, irrumpe gozosamente en nosotros, torna nuestras tinieblas en luz, y comienza dentro de nosotros ese reino de Dios y de amor que jamás tendrá fin.”

Véase Wholly For God. (Todo el pasaje merece un estudio cuidadoso, pues muestra del modo más notable cómo el continuo hundirse en humildad delante de Dios es, de parte del hombre, el único camino para morir al yo).

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Humildad Andrew Murray

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