Capítulo 2 · 2 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
La confesión pública de Cristo
Habiendo comenzado bien la vida cristiana al tomar la debida actitud hacia Cristo en una transacción privada entre él y tú, el siguiente paso es una confesión pública de la relación que ahora existe entre tú y Jesucristo. Jesús dice en Mat. 10:32: “Cualquiera pues que me confesare delante de los hombres, le confesaré yo también delante de mi Padre que está en los cielos.” Él exige una confesión pública. La exige por tu propio bien. Este es el camino de la bendición. Muchos intentan ser discípulos de Jesús sin que el mundo lo sepa. Nadie lo ha logrado jamás. Ser discípulo en secreto equivale a no ser discípulo en absoluto. Si uno ha recibido verdaderamente a Cristo, no puede guardarlo para sí. “Porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Mat. 12:34). Tan importante es la confesión pública de Cristo, que Pablo la pone en primer lugar al exponer las condiciones de la salvación. Dice: “Que si confesares con tu boca al Señor Jesús, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia; mas con la boca se hace confesión para salud” (Rom. 10:9, 10). La vida de confesión es la vida de plena salvación. Más aún, la vida de confesión es la vida de la única salvación verdadera. Cuando confesamos a Cristo delante de los hombres aquí abajo, él nos confiesa delante del Padre en el cielo, y el Padre nos da el Espíritu Santo como sello de nuestra salvación.
No basta con que confesemos a Cristo una sola vez, como, por ejemplo, cuando somos confirmados, o cuando nos unimos a la iglesia, o cuando pasamos al frente en una reunión de avivamiento. Debemos confesar a Cristo constantemente. No debemos avergonzarnos de nuestro Señor y Rey. Debemos hacer saber a la gente que estamos de su parte. En el hogar, en la iglesia, en nuestro trabajo y en nuestro esparcimiento, debemos hacer saber a los demás dónde estamos. Por supuesto, no hemos de hacer alarde de nuestro cristianismo ni de nuestra piedad, pero no debemos dejar a nadie en duda de si pertenecemos a Cristo. Hemos de dejar ver que nos gloriamos en él como nuestro Señor y Rey.
El no confesar a Cristo es una de las causas más frecuentes de la reincidencia. Los cristianos entran en nuevas relaciones donde no se les conoce como cristianos y donde son tentados a ocultar ese hecho; ceden a la tentación y pronto se encuentran a la deriva. Cuanto más valoras a Jesucristo, más te valorará él a ti. Te librará de muchas tentaciones el que se sepa claramente que eres alguien que reconoce a Cristo como Señor en todas las cosas.