Cómo traer a los hombres a Cristo
Cómo tratar con los que desean ser salvos y saben cómo, pero tienen dificultades

Capítulo 5 · 15 min de lectura · 19 min de escucha

Cómo tratar con los que desean ser salvos y saben cómo, pero tienen dificultades

Hallaremos que un número muy grande de las personas a quienes procuramos llevar a Cristo desean de veras ser salvas y saben cómo, pero se enfrentan con dificultades que consideran insuperables.

1. Una de las dificultades es: «Soy demasiado gran pecador». 1 Timoteo 1:15 responde plenamente a esto. Un domingo por la mañana, un hombre que había llevado una vida desenfrenada y errante, que hacía poco había perdido 35.000 dólares y estaba separado de su esposa, me dijo, en respuesta a mi pregunta de por qué no era cristiano: «Soy demasiado gran pecador para ser salvo». Me dirigí al instante a 1 Timoteo 1:15: «Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero». Él respondió enseguida: «Pues yo soy el primero de los pecadores». «Bien —le dije—, entonces ese versículo habla de usted». Me respondió: «Es una promesa preciosa». Le dije: «¿La aceptará ahora?», y él dijo: «Sí». Entonces le dije: «Arrodillémonos y digámoselo a Dios», y nos arrodillamos, y él confesó a Dios sus pecados y le pidió que, por amor de Cristo, se los perdonara. Le pregunté si de veras había aceptado a Cristo, y me dijo que sí. Le pregunté si de veras creía que era salvo, y me dijo que lo creía. Aprovechó muy pronto la oportunidad de confesar a Cristo. Al poco tiempo se marchó de la ciudad, pero pude seguirle la pista. Llegó a ser un cristiano activísimo: de día trabajaba en su negocio, pero todas las noches de la semana se ocupaba en alguna forma de obra cristiana. Se reconcilió con su esposa, adoptaron a un niño pequeño de un orfanato y tuvieron un feliz hogar cristiano. Lucas 19:10 es también un pasaje muy útil para tratar con esta clase de hombres; es especialmente útil cuando alguien dice: «Estoy perdido». Puedes decirle: «Tengo un pasaje escrito expresamente para ti. Si de veras quieres decir lo que dices, eres precisamente el hombre a quien Jesús busca: “Porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido”». Romanos 5:6‒8 es un pasaje muy eficaz. Una noche detuve a un hombre que salía apresuradamente de una reunión. Le puse la mano en el hombro y le dije: «¿No levantó usted la mano esta noche pidiendo oración?». Me dijo: «Sí». Le dije: «Entonces, ¿por qué se va con tanta prisa? ¿Sabe que Dios le ama?». Me respondió: «Usted no sabe con quién está hablando». «No me importa con quién estoy hablando, pero sé que Dios le ama». Él dijo: «Soy el ladrón más vil de Minneapolis». Le dije: «Si es usted el ladrón más vil de Minneapolis, entonces sé que Dios le ama», y abrí mi Biblia en Romanos 5:8: «Dios encarece su amor para con nosotros, en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros». «Ahora bien —le dije—, si es usted el ladrón más vil de Minneapolis, es un pecador, y este versículo dice que Dios ama a los pecadores». El hombre se quebrantó y, pasando conmigo a otra sala, me contó su historia. Acababa de salir de la cárcel, donde había estado por un delito; esa misma noche había salido a cometer lo que, según dijo, habría sido uno de los robos más audaces jamás cometidos en la ciudad de Minneapolis; con sus dos cómplices pasaba por una esquina donde por casualidad oyó que se celebraba una reunión al aire libre, se detuvo unos minutos a escuchar y, a pesar de las protestas y los juramentos de sus compañeros, se quedó hasta el final de la reunión y vino con nosotros a la misión. Después de contarme su historia nos arrodillamos en oración. Entre lágrimas clamó a Dios por misericordia, pues la preciosa promesa de Dios lo había llevado a creer que Dios amaba a un pecador, aun tan vil como él. Mateo 9:12, 13; Romanos 10:13 (subraya «todo aquel»); Juan 3:16 (subraya el «todo aquel»); Isaías 1:18; 1 Juan 4:14; Juan 2:1‒2; Isaías 44:22; Isaías 43:25 son también pasajes útiles para tratar con esta clase de hombres. Isaías 1:18 y Salmos 51:14 son especialmente útiles para tratar con hombres que han cometido un homicidio. Nunca le digas a nadie que sus pecados no son grandes. A veces conviene decir a estos hombres: «Sí, tus pecados son grandes, más grandes de lo que piensas, pero todos han sido saldados», y mostrarles Isaías 53:6; 1 Pedro 2:24. Una vez vino a verme una mujer muy agitada. Después de muchos intentos inútiles, por fin pudo desahogar su corazón. Catorce años antes había matado a un hombre y había llevado el recuerdo de aquel acto en su conciencia hasta casi volverse loca. Cuando nos contó la historia a otro cristiano y a mí, buscamos Isaías 53:6. Después de leerle el versículo con mucho cuidado, le pregunté qué había hecho el Señor con su pecado. Tras unos momentos de reflexión profunda y angustiada, dijo: «Lo ha cargado sobre Cristo». Tomé un libro en la mano. «Ahora —le dije—, que mi mano derecha la represente a usted, mi mano izquierda a Cristo, y este libro su pecado». Puse el libro sobre mi mano derecha y le dije: «¿Dónde está ahora su pecado?». Ella dijo: «Sobre mí». «Ahora —le dije—, ¿qué ha hecho Dios con él?». Dijo: «Lo ha cargado sobre Cristo», y pasé el libro a la otra mano. «¿Dónde está ahora su pecado?», le pregunté. Pasó mucho rato antes de que pudiera reunir el valor para responder, y entonces, con un esfuerzo desesperado, dijo: «Sobre Cristo». Le dije: «Entonces, ¿está todavía sobre usted?». Poco a poco la luz llegó a su rostro y prorrumpió en un clamor: «No, está sobre Él, está sobre Cristo». Juan 1:29; Hechos 10:43; Hebreos 7:25 son también textos útiles para tratar con esta clase de hombres.

2. Otra dificultad con que nos encontramos a menudo es: «No podré perseverar», o «Tengo miedo de fracasar». 1 Pedro 1:5 es útil para mostrar que no somos nosotros quienes hemos de guardarnos, sino que somos «guardados por el poder de Dios». Juan 10:28, 29 muestra que la seguridad del que acepta a Cristo no depende de su «perseverar», sino del poder del Padre y del Hijo para guardarlo. 2 Timoteo 1:12 muestra que es asunto de Cristo, y no nuestro, guardar lo que se le ha confiado, y que él es poderoso para hacerlo. Isaías 41:10, 13 son también útiles. Judas 24 muestra que, podamos o no guardarnos de caer, Cristo es poderoso para guardarnos sin caída. 2 Crónicas 32:7, 8; Romanos 14:4; 2 Tesalonicenses 3:3 son también buenos textos para usar. 1 Corintios 10:13 es especialmente útil cuando alguien teme que lo sorprenda alguna gran tentación y que caiga.

3. Otra dificultad, muy semejante a la anterior, es: «Soy demasiado débil». Con una persona así, usa 2 Corintios 12:9, 10. Pregúntale: «¿Dónde es que se perfecciona el poder de Cristo?». Cuando responda: «En la debilidad», dile: «Entonces, cuanto más débil seas en tus propias fuerzas, mejor». Filipenses 4:13 muestra que, por débiles que seamos, todo lo podemos en Cristo que nos fortalece. 1 Corintios 10:13 mostrará que Dios conoce perfectamente nuestra debilidad y no permitirá que seamos tentados más de lo que podemos resistir.

4. «No puedo dejar mis malos caminos ni mis malos hábitos.» Gálatas 6:7, 8 les mostrará que deben dejarlos o perecer. Filipenses 4:13 les mostrará que pueden dejarlos con la fuerza de Cristo. Es un plan excelente dirigir al que teme no poder dejar sus malos hábitos a Cristo como Salvador resucitado, 1 Corintios 15:3, 4. Una vez vino a verme un hombre y me dijo: «Vengo a usted para saber si hay alguna manera de obtener poder para vencer mis malos hábitos». Me contó su historia: se había convertido en su niñez, pero había venido a Chicago, había caído en malas compañías y se había hundido, y ahora no podía librarse de sus pecados. Le dije: «Usted conoce solo la mitad del evangelio, el evangelio de un Salvador crucificado. Confiando en el Salvador crucificado halló el perdón. Pero Jesucristo es también un Salvador resucitado, 1 Corintios 15:4. “Toda potestad le es dada”, Mateo 28:18. Él tiene poder para darle la victoria sobre sus malos hábitos. ¿Cree usted eso?». Me dijo: «Sí». «Usted confió —proseguí— en el Cristo crucificado y halló el perdón, ¿no es así?». «Sí», respondió. «Ahora —le dije—, ¿confiará en el Cristo resucitado para que lo salve del poder de sus pecados?». «Sí, confiaré». «Arrodillémonos, pues, y digámoselo a él». Nos arrodillamos y lo hablamos todo con el Salvador. Cuando se levantó, hasta su semblante había cambiado. «Me alegro tanto de haber venido», dijo. Algún tiempo después recibí una carta suya en la que me contaba que hallaba constante victoria confiando en el Cristo resucitado.

5. «Me perseguirán si me hago cristiano.» Nunca le digas a nadie que no será perseguido; muéstrale más bien, con pasajes como 2 Timoteo 2:12; 2 Timoteo 3:12; Mateo 5:10, 11, 12; Marcos 8:35; Hechos 14:22, que la persecución es el único camino a la gloria. Muéstrales con Romanos 8:18 que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse. Muéstrales con Hechos 5:41; 1 Pedro 2:20, 21 que es un privilegio ser perseguido por causa de Cristo. Hebreos 12:2, 3 es útil para mostrarles adónde mirar para obtener la victoria en la persecución.

6. «Perjudicará mi negocio», o «No puedo ser cristiano en mi negocio actual». Dirige a una persona así a Marcos 8:36. Esto le mostrará que es mejor perder su negocio que perder su alma. Después de grabar suficientemente este pensamiento en su mente, muéstrale Mateo 6:32, 33, que contiene la promesa de Dios de que, si ponemos en primer lugar a Dios y su reino, él proveerá para todas nuestras verdaderas necesidades temporales. Mateo 16:24‒27; Lucas 12:16‒21; 16:24‒26 son también pasajes muy eficaces para usar con esta clase.

7. «Es demasiado lo que hay que dejar.» Marcos 8:36 les mostrará que más les vale dejarlo todo que perder su alma. Filipenses 3:7, 8; Salmos 16:11 les mostrarán que lo que dejan no es nada comparado con lo que reciben. Salmos 84:11; Romanos 8:32 les mostrarán que Dios no les pedirá que dejen ninguna cosa buena; en otras palabras, que lo único que Dios les pide que dejen son las cosas que les hacen daño. Una joven se negó una vez a venir al Salvador, diciendo: «Es demasiado lo que hay que dejar». «¿Cree usted que Dios la ama?», le respondí. «Por supuesto». «¿Cuánto cree que la ama?». Pensó un momento y respondió: «Lo suficiente para dar a su Hijo para que muriera por mí». «Si Dios la amó lo suficiente para dar a su Hijo para que muriera por usted, ¿cree que le pedirá que deje alguna cosa que le convenga conservar?». «No». «¿Desea usted conservar alguna cosa que no le convenga conservar?». «No». «Entonces más le vale venir a Cristo enseguida». Y así lo hizo. 1 Juan 2:17; Lucas 12:16‒21 les mostrarán cuán sin valor son las cosas que tratan de conservar.

8. «La vida cristiana es demasiado difícil.» Di al inquirente: «Déjame mostrarte por la palabra de Dios que te equivocas al pensar que la vida cristiana es difícil». Luego llévalo a Mateo 11:30; Proverbios 3:17; Salmos 16:11; 1 Juan 5:3, y muéstrale que la vida cristiana no es difícil, sino sumamente agradable. Después llévalo a Proverbios 13:15 y muéstrale que la vida difícil es la del pecador.

9. «Tengo miedo de mis compañeros impíos»; o «Perderé a mis amigos si acepto a Cristo». Proverbios 29:25 les mostrará la consecuencia de ceder al temor del hombre y la seguridad del que confía en el Señor. Proverbios 13:20 les mostrará el resultado de aferrarse a sus compañeros, y Salmos 1:1 mostrará la bienaventuranza de dejar las malas compañías. 1 Juan 1:3 muestra cuánto mejor es la compañía que uno gana que la que pierde al venir a Cristo.

10. «Mi corazón es demasiado duro.» Ezequiel 36:26, 27 les mostrará que, aunque su corazón sea duro como la piedra, eso no importa, porque Dios les dará un corazón nuevo.

11. «No siento nada.» Pregunta al inquirente qué clase de sentimiento cree que debe tener antes de venir a Cristo. Si se trata de la paz de la que hablan los cristianos, muéstrale con Gálatas 5:22; Efesios 1:13; Hechos 5:32; 1 Pedro 1:8; Mateo 10:32 que ese sentimiento es el resultado de aceptar a Cristo y confesarlo, y que no puede esperarlo hasta que acepte y confiese a Cristo. Si el sentimiento que cree que debe tener es el de ser pecador, muéstrale por Isaías 55:7 que lo que Dios exige no es sentir que somos pecadores, sino apartarnos del pecado. O bien, por Hechos 16:31; Juan 1:12, que Dios no nos pide que sintamos que somos pecadores, sino que confesemos que lo somos y confiemos en Cristo como Salvador. Isaías 55:1; Apocalipsis 22:17 mostrarán al inquirente que todo el sentimiento que necesita es el deseo de ser salvo.

Sin embargo, con esta clase de inquirentes conviene muchas veces mostrarles los pasajes indicados para «Los indiferentes» hasta que de veras sientan que son pecadores.

12. «Busco a Cristo, pero no puedo hallarlo.»

Jeremías 29:13 muestra que, cuando lo buscamos de todo corazón, lo hallaremos. Una noche, hablando con una mujer en una reunión posterior, me dijo: «Hace dos años que busco a Cristo y no puedo hallarlo». Le respondí: «Yo puedo decirle cuándo lo hallará». Me miró sorprendida, y yo busqué Jeremías 29:13 y leí: «Y me buscaréis y me hallaréis, cuando me busquéis de todo vuestro corazón». «Ahí está —le dije—; eso le muestra cuándo hallará a Cristo. Lo hallará cuando lo busque de todo su corazón. ¿Lo ha hecho así?». Después de pensarlo un poco, respondió: «No». «Pues bien —le dije—, arrodillémonos aquí mismo ahora». Así lo hizo, y a los pocos momentos se regocijaba en Cristo. Puedes dirigir al que tiene esta dificultad a Lucas 15:1‒10; 19:10. Estos pasajes muestran que Jesús busca al pecador, y puedes decirle: «Si de veras buscas a Cristo, un Salvador que busca y un pecador que busca no tardarán mucho en encontrarse».

13. «No puedo creer.»

En la mayoría de los casos en que alguien dice esto, la verdadera dificultad que hay detrás de su incapacidad para creer es la falta de disposición a abandonar el pecado. Juan 5:44 es un buen pasaje para usar con una persona así, o Isaías 55:7. Al usar este último pasaje, mantén la atención del hombre fija en el hecho de que todo lo que Dios le pide es que se aparte del pecado y se vuelva a Él.

14. «Dios no me recibirá», o «He dejado pasar mi día de gracia», o «Temo haber cometido el pecado imperdonable».

Las personas que dicen esto sinceramente son, por regla general, la clase más difícil de tratar de todas las que encontrarás. Juan 6:37 es el gran texto para usar con ellas, pues muestra que Jesús recibirá a cualquiera que venga a él. Mantenlo continuamente en ese punto: «Al que a mí viene, no le echo fuera»; y si siguen diciendo: «No me recibirá», repite el texto, confiando en que el Espíritu de Dios haga penetrar la verdad. Más de un alma totalmente abatida ha hallado luz y paz por medio de este versículo de la palabra de Dios. Apocalipsis 22:17 es también útil, pues muestra que cualquiera que quiera puede tomar del agua de la vida de balde. Isaías 55:1 muestra que cualquiera que desee la salvación puede tenerla. Isaías 1:18 muestra que, por grandes que sean los pecados de un hombre, aun así hay perdón. Hechos 10:43 y Juan 3:16 muestran que «todo aquel» que crea en Cristo hallará perdón y vida eterna. Romanos 10:13 muestra que cualquiera, sea quien sea y sea lo que sea, que «invocare el nombre del Señor, será salvo». A veces conviene buscar Hebreos 6:4‒6 y Mateo 12:31‒32 y mostrar al inquirente qué es exactamente el pecado imperdonable y cuáles son sus resultados. Mateo 12:31, 32 muestra que es la blasfemia contra el Espíritu Santo; pregúntale entonces sin rodeos: «¿Has blasfemado alguna vez contra el Espíritu Santo?». Hebreos 6:4‒6 muestra que la dificultad no está en que Dios no quiera perdonar, sino en que el hombre no quiere arrepentirse, y que quien se preocupa por su salvación evidentemente no ha cometido el pecado imperdonable ni ha dejado pasar su día de gracia. Un poco de instrucción en este sentido es muchas veces todo lo que hace falta.

15. «Es demasiado tarde.»

Cuando un inquirente dice esto, muchas veces conviene usar 2 Corintios 6:2 y decirle que Dios dice que es precisamente el tiempo. Lucas 23:39‒43 es útil porque muestra que aun en la última hora Jesús escuchará el clamor del pecador. 2 Pedro 3:9 mostrará que su voluntad es que ninguno perezca, sino que retarda el juicio para salvar a cuantos quieran venir. Deuteronomio 4:30, 31 es un pasaje especialmente útil, porque dice que «aun en los postreros días», si te vuelves al Señor, él será misericordioso. Isaías 1:18 y Apocalipsis 22:17 pueden usarse aquí por sí solos.

Capítulo 5 completado

Cómo tratar con los que desean ser salvos y saben cómo, pero tienen dificultades

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