Capítulo 2 · 6 min de lectura · 8 min de escucha
Cómo comenzar
Cuando Dios nos ha llevado a pensar que quiere que nos esforcemos por conducir a Cristo a una persona determinada, la primera pregunta que se nos presenta es: «¿Cómo debo comenzar?». Si la persona ha entrado en una sala de consulta, o se ha quedado a una reunión posterior, o aunque solo esté presente en una reunión de oración, en la escuela dominical o en algún otro culto ordinario de la iglesia, es relativamente fácil. Puedes preguntarle entonces si es cristiano, o si no le gustaría serlo, o por qué no lo es, o alguna otra pregunta directa y sencilla que conduzca inevitablemente a una conversación sobre este tema. Pero si se trata de alguien por quien te has interesado fuera de la reunión religiosa, y que quizá es un completo desconocido, a primera vista no parece tan sencillo; y sin embargo no es tan difícil. Se puede entablar conversación con la persona sobre algún tema general, o sobre algo que sugieran los acontecimientos del momento, y llevarla pronto al gran asunto. La conversación de Cristo con la mujer de Samaria, en el capítulo 4 de Juan, es un ejemplo muy instructivo de esto. Muchas veces, aun tratando con completos desconocidos, conviene abordar el tema de inmediato y preguntarles si son cristianos, o si son salvos, o algo semejante. Si esto se hace con cortesía y seriedad, con frecuencia hará pensar aun a personas descuidadas y terminará en su conversión. Es asombroso cuán a menudo quien emprende esta obra con humilde dependencia de Dios y bajo su dirección encuentra el camino preparado, y cuán pocas veces recibe un desaire. Un día el que esto escribe se cruzó con un hombre en una de las calles más concurridas de Chicago. Al pasar junto a él, sentí el impulso de hablarle del Salvador. Me detuve un momento para pedir a Dios que me mostrara si el impulso venía de Él, y luego me di la vuelta y seguí al hombre. Lo alcancé en medio de la calle, le puse la mano en el hombro y le dije: «Amigo mío, ¿es usted cristiano?». Se sobresaltó y dijo: «¡Qué pregunta tan extraña para hacerle a un hombre!». Le respondí: «Lo sé, y no hago esa pregunta a todo desconocido, pero Dios puso en mi corazón hacérsela a usted». Entonces me contó que su primo era ministro y le había estado instando precisamente sobre este asunto, y que él mismo se había graduado en el Amherst College, pero la bebida lo había arruinado. Después de conversar un poco más nos separamos, pero más tarde aquel hombre aceptó a Cristo como su Salvador.
Muchas veces lo mejor es ganarse la confianza y el afecto de una persona antes de abordar el tema. Es bueno escoger a alguien y luego trazar tus planes para ganarlo para Cristo. Cultiva su amistad, muéstrale muchas atenciones y hazle muchos favores, grandes y pequeños, y por fin, cuando llegue el momento oportuno, plantéale la gran cuestión. Un viejo y redomado incrédulo de Chicago fue ganado para Cristo de esta manera por una joven que lo encontró enfermo y solo. Ella lo visitaba día tras día y le mostraba mucha bondad, y a medida que la tisis se apoderaba más de él, le habló del Salvador y tuvo el gozo de verlo aceptar a Cristo.
Un tratado bien escogido, puesto en la mano de la persona con quien deseas hablar, muchas veces conducirá al tema con facilidad y naturalidad. Un día yo viajaba en tren y oraba para que Dios me usara para conducir a alguien a su Hijo. Una señorita, hija de un ministro, con quien ya había conversado algo sobre este tema, entró con una amiga y se sentó en el asiento justo delante del mío. Saqué un pequeño paquete de tratados, escogí uno que parecía apropiado para el caso, se lo entregué y le pedí que lo leyera. Mientras ella leía, yo oraba. Cuando terminó, me incliné hacia ella y le pregunté qué le parecía. Estaba profundamente conmovida, y le pregunté si no aceptaría a Cristo allí mismo. Pronto se atendieron y resolvieron sus dificultades, y aceptó a Cristo. Al bajar del tren me dio las gracias muy de corazón por lo que había hecho por ella.
Con frecuencia encontrarás a alguien cuyo rostro delata infelicidad o descontento; en tal caso es fácil preguntarle a la persona si es feliz, y cuando responda «no», puedes decirle: «Yo puedo hablarte de Alguien que te hará feliz, con tal que lo aceptes». La destreza para iniciar una conversación vendrá con la práctica. Al principio uno puede sentirse bastante torpe, pero a medida que avancemos adquiriremos soltura.
Una vez abierto el tema, lo primero que hay que averiguar es en qué situación se encuentra la persona con quien tratas; entonces sabrás cómo tratar su caso con sabiduría. En los capítulos que siguen inmediatamente a este se presentarán todas las clases de hombres que es probable encontrar, y lo primero que hay que determinar es a qué clase pertenece cada individuo. Pero ¿cómo podemos averiguar a qué clase pertenece una persona? Primero: haciéndole preguntas. Preguntas como: «¿Eres cristiano?», «¿Eres salvo?», «¿Sabes que tus pecados te han sido perdonados?», «¿Tienes vida eterna?», «¿Confiesas a Cristo abiertamente delante del mundo?», «¿Eres amigo de Jesús?», «¿Has nacido de nuevo?». Uno puede contestar estas preguntas sin decir la verdad, sea por ignorancia o por el deseo de engañarte. No obstante, sus respuestas y la manera de darlas te mostrarán mucho acerca de su verdadero estado. Segundo: observando su rostro. El rostro de un hombre muchas veces revela lo que sus palabras tratan de ocultar. Quien se ejercite en estudiar los rostros de aquellos con quienes trata, pronto será capaz de conocer en muchos casos el estado exacto de esas personas, independientemente de lo que digan. Tercero: por el Espíritu Santo. Si tan solo esperamos en Él para ello, el Espíritu Santo muchas veces hará brillar en nuestra mente, como un relámpago, una visión de la situación del hombre y precisamente la escritura que necesita.
Una vez que hemos averiguado en qué situación se encuentra la persona con quien tratamos, lo siguiente es conducirla tan directamente como podamos a aceptar a Jesucristo como su Salvador y Señor personal. Siempre debemos tener presente que el propósito primordial de nuestra obra no es conseguir que las personas se unan a la iglesia, ni que abandonen sus malos hábitos, ni que hagan ninguna otra cosa que esto: aceptar a Jesucristo como su Salvador —el que llevó sus pecados en su cuerpo sobre el madero y por medio de quien pueden tener un perdón inmediato y completo— y como su Señor, a quien entregan absolutamente la dirección de sus pensamientos, sentimientos, propósitos y acciones. Una vez que hayas conducido a alguien a aceptar así a Cristo, el paso siguiente será mostrarle por la palabra de Dios que tiene el perdón de los pecados y la vida eterna. Hechos 10:43; 13:39; Juan 3:36; 5:24 servirán para este propósito. El paso siguiente será mostrarle cómo tener éxito en la vida cristiana en la que ha entrado. Más adelante se explicará cómo hacerlo. A cada persona hay que conducirla a aceptar a Cristo mediante el uso de la palabra de Dios. En los capítulos que siguen inmediatamente a este procuraremos mostrar qué porciones concretas de la palabra usar en cada caso y cómo usarlas.
Capítulo 2 completado
Cómo comenzar