Capítulo 8 · 7 min de lectura

Enoc

«Por la fe Enoc fue traspuesto para no ver muerte, y no fue hallado, porque lo traspuso Dios; y antes que fuese traspuesto, tuvo testimonio de haber agradado a Dios.»

(Hebreos 11:5).

La historia de Enoc se relata muy brevemente en Génesis 5:18-24.

Otra pregunta de un cuestionario bíblico para niños dice: «¿Quién fue el hombre que más vivió?» ¡Matusalén, el hijo de Enoc!

Enoc vivió sobre la tierra durante 365 años, caminando con Dios antes de que «Dios lo llevara». Este caminar con Dios fue un caminar de fe, sin la cual es imposible agradar a Dios (Hebreos 11:16).

Él conocía lo que era tener comunión íntima con su Creador, oír su voz y conocer su dirección.

¡Cuán dulce debió de haber sido esa comunión! Aunque Enoc mostraba evidencia de la caída de Adán y Eva, aun así gozaba de la presencia de Dios. También hoy, cuando todo a nuestro alrededor puede parecer corrompido, y el mal parece prevalecer, el hijo de Dios que camina por fe puede aún tener dulce comunión con su Señor.

La historia está llena de relatos de creyentes cuyas circunstancias eran sumamente difíciles, pero cuyo testimonio era radiante porque conocían la presencia divina.

«Por la fe Enoc fue traspuesto» (Hebreos 11:5).

¿Qué significa esto? ¡Ciertamente no quiere decir que Enoc creyó tanto que sería traspuesto, que Dios lo hizo por él!

Más bien, fue el acto soberano de Dios el que lo traspuso, ¡a fin de enseñarnos una gran verdad!

La esperanza de la resurrección. ¿Qué principio bíblico podemos aprender de este breve relato que tenga significado para nosotros hoy?

Claramente, está el principio de la vida eterna.

Para quienes caminan con Dios en fe, existe la promesa de la resurrección, o del arrebatamiento en su segunda venida, para vida eterna. Tanto Pablo como Pedro, al estar delante del pueblo, declararon que esta es la esperanza de todos los creyentes. En verdad, Pablo sabía que esta era la causa principal de su persecución. «Acerca de la esperanza y de la resurrección de los muertos se me juzga» (Hechos 23:6). Otras religiones podrán enseñar la reencarnación, o una salvación basada en obras de justicia; sin embargo, nuestro mensaje es inquebrantable en su declaración de una resurrección para vida eterna para todos los que caminan por fe con Dios.

Esta esperanza por la cual Pablo y Pedro, y todos los apóstoles, estuvieron dispuestos a morir, está fundada en un hecho —como lo está toda esperanza cristiana, a diferencia de las esperanzas del mundo. Permítanme recordarles que la esperanza cristiana se define mejor como «una expectación anhelante de aquello que es cierto». Nuestra esperanza de resurrección está fundada en el acontecimiento más glorioso de toda la historia: la resurrección de Jesús de entre los muertos.

Cuando uno mira objetivamente todos los relatos, las teorías y las opiniones acerca de aquel primer domingo de resurrección, debe llegar a la conclusión de que el hecho más atestiguado de toda la historia es que Jesús de Nazaret, habiendo sido crucificado en una cruz romana, y sepultado en una tumba prestada, resucitó de entre los muertos, y resucitó a una vida nueva.

Se apareció a los discípulos y a muchos otros. El apóstol Pablo registra que más de 500 hermanos fueron testigos oculares de su nueva vida, casi todos los cuales aún vivían para dar testimonio de aquel hecho al tiempo en que el apóstol escribía, muchos años después. Estos hombres no tenían nada que ganar perpetrando una mentira y todo que perder insistiendo en la verdad. Había gran persecución contra los creyentes, muchos de los cuales perdieron la vida porque no querían negar lo que para ellos era un hecho.

La tradición nos dice que cada uno de los apóstoles, excepto Juan, fueron martirizados por lo que sabían: ¡que Jesús resucitó de entre los muertos!

Ahora entendían lo que Él había querido decir cuando les enseñó: «Todavía un poco, y el mundo no me verá más; pero vosotros me veréis; porque yo vivo, y vosotros también viviréis» (Juan 14:19). Esta había de ser su esperanza —una expectación anhelante de aquello que es seguro— y la promesa ejemplificada en el testimonio de Enoc.

La resurrección de Jesús es el argumento fundamental de nuestra fe cristiana. Sin ella, no hay cristianismo. Tal religión no sería diferente de todas las demás, puesto que no puede ofrecer esperanza. También es importante por las siguientes razones: 1. Muestra la justicia de Dios, quien exaltó a Cristo a una vida de gloria, así como Cristo se había humillado hasta la muerte (Filipenses 2:8-9).

2. La resurrección completó el misterio de nuestra salvación y redención. Por su muerte, Cristo nos libró de la pena del pecado (Romanos 5:8); por su padecimiento nos libró de la maldición de la Ley (Gálatas 3:13); y por su resurrección nos restituyó los más importantes privilegios perdidos por el pecado (Romanos 4:25).

3. Por su resurrección reconocemos a Cristo como el Dios inmortal, la causa eficiente y ejemplar de nuestra propia resurrección (1 Corintios 15:21 y Filipenses 3:20-21) y como el modelo y la fuente de nuestra nueva vida de gracia (Romanos 6:4-6 y Romanos 9-11).

El testimonio de Pablo. Fue a causa de su esperanza de resurrección para vida eterna que los primeros creyentes fueron perseguidos. La Escritura nos registra el testimonio del apóstol Pablo, estando en juicio delante de los principales sacerdotes y del Concilio. «Acerca de la esperanza y de la resurrección de los muertos se me juzga» (Hechos 23:6).

El Concilio estaba compuesto por dos partidos principales: los religiosos fariseos, creyentes en una resurrección de los guardadores de la ley, y los políticos saduceos, incrédulos. Naturalmente, hubo disensión ante las palabras de Pablo, de modo que se ordenó a la tropa que llevara a Pablo de vuelta a su celda.

Entonces surgió una conspiración política con el propósito de asesinar al apóstol, pero el comandante militar romano fue advertido del complot, y ordenó que Pablo fuese llevado a Antípatris, donde Félix, el gobernador romano, tenía su palacio.

Delante del gobernador, Pablo repite su esperanza en la resurrección, tanto de los justos para vida, como de los impíos para juicio (Hechos 24:15,21).

No sabiendo qué hacer con Pablo ni cómo apaciguar a sus acusadores, Félix lo mantuvo en prisión hasta que, dos años más tarde, le sucedió un nuevo gobernador, Festo. El apóstol fue hecho un espectáculo, siendo llamado a hablar de su «insensata» creencia delante de Festo y de sus invitados, el rey Agripa y su esposa Berenice. Pablo no se acobarda ante este auditorio. De nuevo afirma: «Por esta gran esperanza estoy en juicio, oh rey. ¿Por qué os parece increíble, oh vosotros, que Dios resucite a los muertos?» (Hechos 26:7-8). Más tarde comparecería delante del César, donde podemos estar seguros de que no vaciló en dar el mismo testimonio, aunque ello resultó en su muerte. Pero, ¿por qué habría de temer a la muerte? Ya había escrito: «He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos, mas todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados. Porque es menester que esto corruptible sea vestido de incorrupción, y esto mortal sea vestido de inmortalidad. Y cuando esto corruptible fuere vestido de incorrupción, y esto mortal fuere vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte con victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? El aguijón de la muerte es el pecado, y la potencia del pecado, la ley. Mas a Dios gracias, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo» (1 Corintios 15:51-57).

Esta no es una verdad nueva, sino un misterio. Siempre que Pablo escribe acerca de un misterio, se refiere a una verdad que siempre ha existido, pero que solo ahora está siendo revelada (Romanos 16:25-26).

Fue Jesús quien primero habló acerca del misterio del reino (Marcos 13:11), pero Pablo también usó esta expresión muchas veces.

Un buen tema para el estudio bíblico personal sería examinar las siguientes referencias: el misterio del «injerto» de los gentiles (Romanos 11:25), el misterio de su voluntad (Efesios 1:9), el misterio de los gentiles (Efesios 3:3), el misterio del matrimonio (Efesios 5:32), el misterio del Evangelio (Efesios 6:19), el misterio de Cristo en vosotros (Colosenses 1:26-27), el misterio de Cristo mismo (Colosenses 2:2), el misterio de iniquidad (2 Tesalonicenses 2:7), el misterio de la fe (1 Timoteo 3:9), y el misterio de la piedad (1 Timoteo 3:16).

Este misterio, esta verdad, esta gloriosa esperanza de resurrección para vida eterna, nos fue revelado por primera vez en el testimonio de Enoc.

Resumen. «Por la fe Enoc fue traspuesto» (Hebreos 11:5), para que sepamos que tenemos una gloriosa esperanza: la de la vida eterna.

Esta no es una doctrina del Nuevo Testamento, sino que siempre ha sido parte de los propósitos de Dios para su pueblo.

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