George Müller de Bristol
El relato de los tratos del Señor

Capítulo 8 · 23 min de lectura · 30 min de escucha

El relato de los tratos del Señor

LAS COSAS sagradas no admiten ni siquiera un toque descuidado.

El relato que George Müller escribió de los tratos del Señor se lee, sobre todo en algunas partes, casi como un escrito inspirado, porque es sencillamente el trazo de la dirección divina en una vida humana: no las obras ni los planes, los sufrimientos ni los servicios de este hombre, sino los tratos del Señor con él y sus obras por medio de él.

Nos recuerda aquel pasaje notable de los Hechos de los Apóstoles donde, en el espacio de veinte versículos, Dios es presentado con audacia quince veces como el único Actor en todos los acontecimientos. Pablo y Bernabé relataron, a oídos de la iglesia de Antioquía y después en Jerusalén, no lo que ellos habían hecho para el Señor, sino todo lo que él había hecho con ellos, y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe; qué grandes señales y maravillas había hecho Dios por medio de ellos entre los gentiles. Y con el mismo espíritu, Pedro, ante el concilio, subraya cómo Dios había escogido su boca para que por ella los gentiles oyeran la palabra del evangelio y creyeran; cómo les había dado el Espíritu Santo y no había hecho diferencia entre judío y gentil, purificando por la fe sus corazones; y cómo aquel que conoce todos los corazones les había dado así testimonio. Luego Jacobo, en el mismo tono, se refiere a la manera en que Dios había visitado a los gentiles para tomar de ellos un pueblo para su nombre; y concluye con dos citas o adaptaciones del Antiguo Testamento que resumen con acierto todo el asunto:

«El Señor, que hace todas estas cosas».

«Conocidas son a Dios desde el principio del mundo todas sus obras». (Hechos 14:27 a 15:18).

El sentido de semejante fraseología repetida no admite error. Dios aparece aquí como el único agente o actor, y aun los apóstoles más destacados, como Pablo y Pedro, solo como sus instrumentos. No hay en la palabra de Dios veinte versículos que contengan lecciones más enfáticas y repetidas sobre la insuficiencia y la nada del hombre, y sobre la suficiencia total y la omnipotencia de Dios. Era Dios quien obraba sobre el hombre por medio del hombre. Era él quien escogió a Pedro para ser su portavoz, él cuya llave abría las puertas cerradas, él quien visitó a las naciones, quien convirtió a pecadores en santos, quien ya entonces estaba tomando un pueblo para su nombre, purificando corazones y dándoles testimonio; era él, y solo él, quien hacía todas estas cosas maravillosas, conforme a su conocimiento y a su plan de lo que haría desde el principio. No estamos leyendo tanto los Hechos de los Apóstoles como los hechos de Dios por medio de los apóstoles. ¿No fue quizá este mismo pasaje de este libro inspirado el que sugirió el título de este diario: «Los tratos del Señor con George Müller»?

A este relato o diario, en su conjunto, solo podemos echar una rápida ojeada. En esta exposición más breve, condensada a propósito para que la lea un público más amplio, incluso la gente ocupada, no podía tratarse ese relato con mayor detalle, pues en su forma original abarca unas tres mil páginas impresas y contiene cerca de un millón de palabras. Para quienes puedan y quieran leer ese relato más minucioso, está disponible a bajo precio,* y se recomienda vivamente su lectura atenta y pausada. Pero para el propósito presente, la historia de su vida, tal como se encuentra en estas páginas, adopta una forma a la vez más breve y diferente.

* Cinco volúmenes a 16s. Publicados por Jas. Nisbet & Co., Londres. Con los Informes Anuales posteriores a 3d. cada uno.

El diario se compone en gran parte de los informes anuales de la obra, que lo condensan y luego lo complementan, y natural y necesariamente incluye no solo miles de pequeños detalles, sino también mucha repetición inevitable año tras año, porque cada nuevo informe podía caer en manos de algunos que nunca habían leído los de años anteriores. El deseo y el propósito de esta memoria más breve es presentar los puntos sobresalientes del relato, repasar toda la historia de su vida como desde las grandes cumbres o miradores que se hallan en este notable diario; de modo que, como el observador que desde la alta cima de una montaña mira hacia los distintos puntos cardinales y obtiene así una vista rápida, impresionante, comparativa y completa de todo el paisaje, el lector pueda abarcar como de un vistazo aquellos rasgos marcados del carácter y la trayectoria de este hombre piadoso que incitan a dar pasos nuevos y más avanzados en la fe y en la vida santa. Algunas pocas entradas características del diario tendrán aquí su lugar; otras, solo en sustancia; mientras que de la mayor parte bastará con ofrecer una visión general, clasificando los hechos principales y dando bajo cada clase unos pocos ejemplos e ilustraciones representativos.

Al considerar este relato en su conjunto, deben notarse con cuidado ciertas particularidades destacadas. Tenemos aquí el registro y la revelación de siete experiencias notables:

1. Una experiencia de apuros económicos frecuentes y a veces prolongados.

El dinero disponible para las necesidades personales, para las de cientos y miles de huérfanos y para las diversas ramas de la obra del Instituto de Conocimiento Bíblico se reducía a menudo a una sola libra, o incluso a un penique, y a veces a nada. Había, pues, necesidad de esperar constantemente en Dios, acudiendo directamente a él para toda provisión. Durante meses, si no años seguidos, y en varios periodos de la obra, la provisión llegó solo de mes en mes, de semana en semana, de día en día, ¡de hora en hora! Así la fe se mantenía en vivo ejercicio y en continuo entrenamiento.

2. Una experiencia de la inmutable fidelidad de Dios Padre.

Los apuros fueron largos y penosos, pero nunca hubo un solo caso en que faltara la ayuda; nunca una hora de comer sin al menos una comida frugal, nunca una necesidad o una crisis sin la provisión y el sostén divinos. El señor Müller le dijo al autor: «No una vez, ni cinco, ni quinientas, sino miles de veces en estos sesenta años, no hemos tenido a mano lo suficiente para una comida más, ni en alimentos ni en fondos; pero ni una sola vez nos ha fallado Dios; ni una sola vez hemos pasado hambre nosotros ni los huérfanos, ni nos ha faltado ningún bien». De 1838 a 1844 hubo un periodo de apuros especiales y prolongados; sin embargo, cuando de verdad llegaba el momento de la necesidad, la provisión siempre se daba, aunque a menudo en el último momento.

3. Una experiencia de la obra de Dios sobre la mente, el corazón y la conciencia de los contribuyentes a la obra.

Bien vale la pena recorrer paso a paso estas miles de páginas, aunque solo sea para seguir la mano de Dios que toca los resortes de la acción humana en todo el mundo, a su manera y en momentos de gran necesidad, y que ajusta la cantidad y el día y la hora exactos de la provisión a la necesidad existente. Literalmente desde los confines de la tierra, hombres, mujeres y niños que nunca habían visto al señor Müller y que no podían saber nada de la estrechez del momento fueron movidos, en el punto exacto de la crisis, a enviar ayuda justo en la suma o en la forma más necesaria. En incontables casos, mientras él estaba de rodillas pidiendo, la respuesta llegó en una correspondencia tan estrecha con la petición que excluía la casualidad como explicación y obligaba a creer en un Dios que oye la oración.

4. Una experiencia de depender habitualmente del Dios invisible y de nada más.

Los informes, publicados cada año para dar a conocer al público la historia y el progreso de la obra y rendir cuentas de la mayordomía a los muchos donantes que tenían derecho a un informe, no hacían ningún llamamiento directo pidiendo ayuda. En una ocasión, y de gran necesidad, el señor Müller se sintió guiado a retener el informe anual acostumbrado, no fuera que algunos interpretaran el relato de la obra ya hecha como un llamamiento a ayudar en la obra por hacer, restando así gloria al Gran Proveedor.* Solo el Dios vivo fue y es el Patrón de estas instituciones; y ni siquiera el más sabio ni el más rico, el más noble ni el más influyente de los seres humanos ha sido jamás considerado como su sostén.

* Por ejemplo, el Vol. II, 102, registra que el informe dado corresponde a 1846-1848, sin que se publicara informe para 1847; y en la página 113, con fecha del 25 de mayo, aparecen estas palabras: «no siendo ni con mucho suficiente para cubrir los gastos de la casa», etc.; y el 28 y el 30 de mayo, otras como estas: «ahora nuestra pobreza», «en esta nuestra gran necesidad», «en estos días de estrechez». El señor Wright cree que precisamente por ese motivo el señor Müller no publicó el informe de 1847.

5. Una experiencia de cuidado escrupuloso al aceptar y usar los donativos.

He aquí un modelo para todos los que actúan como mayordomos de Dios. Siempre que había algún motivo de duda en cuanto a la conveniencia o la oportunidad de recibir lo que se ofrecía, se rehusaba, por apremiante que fuera la necesidad, a menos que o hasta que todos esos aspectos objetables hubieran desaparecido. Si se sabía que el donante no pagaba deudas legítimas, de modo que el dinero se debía en justicia a otros; si el donativo venía cargado y trabado con restricciones que impedían su libre uso para Dios; si estaba destinado a fines de dotación o como provisión para la vejez del señor Müller, o para el futuro de las instituciones; o si había alguna evidencia o sospecha de que el donativo se daba de mala gana, con renuencia o por vanagloria, se rehusaba y se devolvía en el acto. En algunos casos, aun cuando se trataba de sumas grandes, se instaba a los donantes a esperar hasta que más oración y reflexión dejaran claro que actuaban bajo la dirección divina.

6. Una experiencia de extrema cautela para no incurrir siquiera en una descuidada revelación del hecho de una necesidad apremiante ante el público de fuera.

A los colaboradores de las instituciones se les permitía entrar en una comunión tan estrecha y tener tal conocimiento del estado exacto de la obra, como ayudantes no solo en las labores comunes, sino también en las oraciones y renuncias comunes. Sin ese conocimiento no podían servir, orar ni sacrificarse con inteligencia. Pero a estos colaboradores se les encargaba de la manera más solemne y reiterada que nunca revelaran a los de fuera, ni siquiera en las crisis más graves, necesidad alguna de la obra. El único y exclusivo recurso había de ser siempre el Dios que oye el clamor de los necesitados; y cuanto mayor era el apuro, mayor era la cautela para que ni siquiera pareciera que se apartaba la mirada de la ayuda divina hacia la humana.

7. Una experiencia de creciente audacia de la fe al pedir y confiar en cosas grandes.

A medida que la fe se ejercitaba, se fortalecía, de modo que llegó a ser tan fácil y natural pedir con confianza cien, mil o diez mil libras como antes lo había sido pedir una libra o un penique. Después de que la confianza en Dios se fortaleciera mediante la disciplina y de que Dios se mostrara fiel, no requería más osadía echarse sobre Dios para la provisión de dos mil niños y un gasto anual de al menos veinticinco mil libras para ellos que, en los primeros periodos de la obra, acudir a él para que cuidara de veinte huérfanos desamparados con un costo de doscientas cincuenta libras al año. Solo usando la fe evitamos perderla en la práctica; y, por el contrario, usar la fe es perder la incredulidad que estorba los poderosos actos de Dios.

Este breve resumen del contenido de miles de entradas es el resultado de un examen repetido y cuidadoso, página tras página, en que se han registrado pacientemente, con exactitud escrupulosa y puntillosa, los innumerables detalles de la larga experiencia del señor Müller como colaborador de Dios. Se sentía no solo mayordomo de un Señor celestial, sino también depositario de dádivas humanas, y por eso procuraba «hacer lo honrado delante de todos los hombres». Podría no haber publicado jamás un informe ni haber expuesto estos asuntos minuciosos a la vista del público, y aun así haber sido un mayordomo igualmente fiel para con Dios; pero en tal caso no habría sido un depositario igualmente fiel para con los hombres.

Con frecuencia, en nuestros días, hay hombres que reciben sumas considerables de dinero de diversas fuentes para obras de beneficencia y, sin embargo, no rinden cuentas de esa administración. Por honrados que sean, no solo obran con imprudencia, sino que con su proceder dan aprobación a otros para quienes esa conducta irresponsable es un manto para el fraude sistemático. Toda la trayectoria del señor Müller resulta tanto más intachable porque, en este aspecto, su administración del gran encargo que tenía desafía la investigación más minuciosa.

El breve repaso de las lecciones que enseña su diario bien puede sobresaltar al espíritu incrédulo y descreído de nuestra época escéptica. Quienes dudan del poder de la oración para hacer descender bendiciones reales, o confunden la fe en Dios con la credulidad y la superstición, bien pueden asombrarse y quizá tropezar ante semejante despliegue de hechos. Pero si algún lector duda todavía de los hechos, o piensa que aquí se presentan con un ropaje engañoso o rodeados de una aureola imaginaria, queda invitado a examinar por sí mismo los registros singularmente minuciosos que George Müller fue guiado por Dios a poner ante el mundo en forma impresa, que por eso mismo no admite cambio alguno, y a acompañar de un desafío audaz y repetido a cualquiera que quisiera someter cada afirmación al escrutinio más severo y demostrar, si podía, que un solo dato era en algún aspecto falso, exagerado o engañoso. La ausencia de todo entusiasmo en la precisión serena y matemática del relato hace sentir al lector que el autor fue casi mecánicamente exacto en su registro, e inspira la confianza de que contiene la verdad absoluta y desnuda.

Una advertencia debería escribirse con letras grandes y claras, como el mensaje evangélico de Habacuc —«El justo por su fe vivirá»—, para que aun una mirada de paso pueda captarla. Que nadie atribuya a George Müller un don milagroso de fe tal que lo elevara por encima de los creyentes comunes y lo pusiera fuera del alcance de las tentaciones y flaquezas a que están expuestas todas las almas falibles. Estaba constantemente expuesto a los asaltos satánicos, y lo encontramos confesando a menudo los mismos pecados que los demás, y aun la incredulidad, y a veces abrumado por un dolor genuino por sus desvíos de Dios. De hecho, se sentía por naturaleza más perverso que la mayoría, y completamente impotente aun como creyente: ¿no fue precisamente esta pobreza de espíritu y este llanto por el pecado, esta conciencia de su total indignidad y dependencia, lo que tanto lo impulsaba hacia el trono de la gracia y hacia el Padre todo misericordioso y todopoderoso? Porque era tan débil, se apoyaba con fuerza en el brazo poderoso de aquel cuyo poder no solo se manifiesta, sino que solo puede perfeccionarse, en la debilidad.*

* 2 Corintios 12:1-10.

A quienes piensan que ningún hombre puede ejercer tal poder en la oración ni vivir tal vida de fe sin ser una excepción a las flaquezas comunes de los mortales, les será útil encontrar, en este mismo diario tan iluminado por el registro de la bondad de Dios, las sombras oscuras del pecado y la culpa conscientes. Aun en medio de misericordias e intervenciones abundantes, sufría tentaciones de desconfianza y desobediencia, y a veces tenía que lamentar su poder sobre él, como cuando una vez se sorprendió quejándose en su interior de la pierna de cordero fría que constituía el plato principal de su comida del domingo. Descubrimos al leer que estamos en comunión con un hombre que no solo estaba sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, sino que se sentía más que la mayoría expuesto al dominio del mal, y necesitado por tanto de un poder especial que lo guardara. Apenas había emprendido su nuevo camino de entera dependencia de Dios, cuando se confesó «tan pecador» que durante algún tiempo abrigó el pensamiento de que «de nada serviría confiar en el Señor de esta manera», y temió haber ido quizá ya demasiado lejos en esa dirección al comprometerse con semejante rumbo.* Es cierto que esta tentación fue pronto vencida y Satanás confundido; pero de vez en cuando se le lanzaban dardos de fuego semejantes, que había que apagar con el mismo escudo de la fe. Nunca, hasta la última hora de su vida, pudo confiar en sí mismo, ni aflojar por un momento su asidero en Dios, ni descuidar la palabra de Dios y la oración, sin caer en pecado. El «viejo hombre» del pecado siguió siendo siempre demasiado fuerte para George Müller solo, y cuanto más vivía una «vida de confianza», menos ponía su confianza en sí mismo.

* Vol. I. 73.

Otro hecho que se vuelve más notorio con la lectura de cada nueva página de su diario es que, en las cosas comunes y pequeñas tanto como en las extraordinarias y grandes, no daba un paso sin consultar primero los oráculos de Dios y buscar su dirección en oración creyente. El lema de su vida era conocer la voluntad de Dios antes de emprender cualquier cosa, y esperar hasta que estuviera clara, porque solo así puede uno ser bendecido en su propia alma o prosperado en la obra de sus manos.* Muchos discípulos, relativamente audaces para buscar la ayuda de Dios en las grandes crisis, no acuden a él con igual audacia en asuntos que parecen demasiado triviales para ocupar el pensamiento de Dios o invitar la intervención de aquel que tiene contados aun los cabellos de nuestra cabeza y no permite que perezca ni un solo pelo. El autor de este diario escapó de esta gran trampa y llevaba al Señor aun el asunto más pequeño.

* Vol. I. 74.

Además, en su diario procura constantemente librar de reproche el buen nombre de aquel a quien sirve: no puede consentir que a un Dios así se le tenga por un Señor duro. Ya en julio de 1831 circuló el falso rumor de que él y su esposa estaban medio muertos de hambre y de que ciertas dolencias corporales eran consecuencia de la falta de lo necesario para vivir; y él se ve obligado a dejar constancia de que, aunque a menudo se vieron tan reducidos que no les quedaba ni un penique y tenían sobre la mesa el último pan, nunca se habían sentado todavía a una comida sin algún alimento nutritivo. Este testimonio lo repitió de tiempo en tiempo, hasta poco antes de su partida a la casa del Padre en lo alto; y por tanto puede aceptarse como válido para toda aquella vida de fe que se extendió a lo largo de casi setenta años.

Una palabra de testimonio afín, dada por primera vez en ese mismo tiempo y reiterada de igual modo en distintos momentos de su peregrinación, se refiere a la fidelidad del Señor al acompañar su palabra con poder, conforme a aquella promesa positiva e inequívoca de Isaías 55:11 acerca de su palabra: «no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié». Es muy notable que esto no se dice de la palabra del hombre, por sabia, importante o sincera que sea, sino de la palabra de Dios. Tenemos, pues, razón para esperar y reclamar que, en la medida en que nuestro mensaje no sea de invención ni autoridad humanas, sino el mensaje de Dios por medio de nosotros, nunca dejará de cumplir su voluntad y su encargo divino, sea cual sea su aparente fracaso en el momento. El señor Müller, refiriéndose a su propia predicación, da testimonio de que en casi todos los lugares, si no en todos, donde predicó la palabra de Dios, ya fuera en capillas grandes o en salas pequeñas, el Señor puso el sello de su propio testimonio. Observó, sin embargo, que la bendición no seguía de manera tan evidente ni tan abundante a sus cultos al aire libre: solo en un caso había llegado a saber que hubiera resultados notables, y fue el de un oficial del ejército que había venido a burlarse. El señor Müller pensó que quizá agradaba al Señor no dejarle ver el fruto real de su labor en las reuniones al aire libre, o que no había habido por ellas suficiente oración con fe; pero concluyó que esa manera de predicar no era su obra en aquel momento, puesto que Dios no la había sellado tan visiblemente con bendición.

Su diario hace muy frecuente referencia a la debilidad física y a los impedimentos que padecía.

La lucha contra la flaqueza corporal duró casi toda su vida, y añade una nueva lección a la historia de su vida. La fuerza de la fe tuvo que triunfar sobre la debilidad de la carne. A menudo lo encontramos padeciendo males corporales, y a veces tan graves que quedaba incapacitado para el trabajo.

Por ejemplo, a comienzos de 1832 se le rompió un vaso sanguíneo en el estómago y perdió mucha sangre por la hemorragia. El día siguiente era precisamente el día del Señor, y había que atender cuatro puntos de predicación de fuera, de los cuales su incapacidad haría retirar a un obrero para que ocupara su lugar en casa. Tras una hora de oración sintió que se le concedía fe para levantarse, vestirse e ir a la capilla; y, aunque estaba muy débil, tanto que el corto paseo lo fatigó, fue ayudado a predicar como de costumbre. Después del culto, un amigo médico le reprochó su proceder, por considerar que podía causarle un daño permanente; pero él respondió que él mismo lo habría considerado presunción si el Señor no le hubiera dado la fe. Predicó tanto por la tarde como por la noche, cada vez más fuerte en lugar de más débil con cada esfuerzo, y sin sufrir después recaída alguna.

Al leer la biografía del señor Müller y el registro de experiencias como estas, no es probable que todos estén de acuerdo con la sabiduría de su proceder en cada caso. Unos lo elogiarán, mientras que otros quizá lo condenen. Él mismo matiza esta entrada de su diario con una saludable advertencia: que ningún lector debe seguir su ejemplo en semejante asunto si no se le ha dado fe; pero le asegura que, si Dios le da fe para emprender algo así por él, esa confianza resultará como moneda de buena ley y será honrada cuando se presente. Él mismo no siguió siempre un proceder semejante, porque no siempre tenía una fe semejante, y esto lo lleva a trazar en su diario una valiosa distinción entre el don de la fe y la gracia de la fe, que merece una consideración cuidadosa.

Observó que repetidas veces oró con enfermos hasta que se restablecieron, pidiendo incondicionalmente la bendición de la salud corporal, cosa que, según dice, más adelante no habría podido hacer. Casi siempre, en tales casos, la petición fue concedida, aunque en algunos no. Una vez, en su propio caso, ya en 1829, había sido sanado de una dolencia corporal de larga duración, que nunca volvió. Sin embargo, este mismo hombre de Dios padeció después enfermedades que no fueron sanadas de igual manera, y en más de un caso se sometió a una costosa operación en manos de un hábil cirujano.

Algunos dirán sin duda que aun este hombre de fe carecía de la fe necesaria para la sanidad de su propio cuerpo; pero debemos dejar que hable por sí mismo, sobre todo porque da su propio parecer sobre el don y la gracia de la fe. Dice que el don de la fe se ejerce siempre que «hacemos o creemos algo cuando no hacerlo o no creerlo no sería pecado»; pero la gracia de la fe, «cuando hacemos o creemos aquello que no hacer o no creer sí sería pecado»; en un caso no tenemos un mandamiento ni una promesa inequívocos que nos guíen, y en el otro sí. El don de la fe no siempre está en ejercicio, pero la gracia sí debe estarlo, puesto que tiene la palabra definida de Dios en que apoyarse, y la ausencia o aun la debilidad de la fe en tales circunstancias implica pecado. Hubo casos, añade, en que al Señor le agradó a veces concederle algo semejante al don de la fe, de modo que podía pedir incondicionalmente y esperar con confianza.

Podemos ya dejar este diario en su conjunto, habiendo considerado así los rasgos generales que caracterizan sus muchas páginas. Pero repitámoslo: para cualquier lector que examine por sí mismo con cuidado su contenido, su lectura resultará un medio de gracia. Leer un poco cada vez, y acompañarlo de reflexión y examen de sí mismo, resultará muy estimulante para la fe, aunque a menudo muy humillante por el contraste consciente que sugiere la incredulidad y la infidelidad del lector. Este hombre vivió de un modo singular con Dios y en Dios, y tenía los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal. Su conciencia se volvió cada vez más sensible y su juicio singularmente perspicaz, de modo que descubría falacias donde escapan al ojo común, y preveía peligros que, como escollos ocultos por delante, amenazan con dañar y quizá destruir el servicio, si no el carácter. Y por eso, tan lejos está el autor de esta memoria de querer desplazar aquel diario, que más bien procura incitar a muchos que no lo han leído a examinarlo por sí mismos. Encontrarán que señala una senda de íntimo andar diario con Dios, donde, paso a paso, con vigilancia circunspecta, la conducta y aun los motivos son observados y pesados en las propias balanzas de Dios.

Para resumir muy brevemente la impresión que deja la lectura atenta de todo este relato, junto con los informes anuales complementarios, es sencillamente esta: CONFIANZA EN DIOS.

En un breve esbozo de Beate Paulus, la Frau Pastorin suplica a Dios en una gran crisis que no la abandone, y añade con gracia pintoresca que estaba «dispuesta a ser la segunda a quien él abandonara», pero «resuelta a no ser la primera».* George Müller creía que en todas las épocas jamás había habido un solo creyente verdadero y confiado para quien Dios hubiera resultado falso o infiel, y estaba perfectamente seguro de que se podía confiar sin riesgo en aquel que, «si fuéremos infieles, él permanece fiel; él no puede negarse a sí mismo».† Dios no solo ha hablado, sino que ha jurado; su palabra está confirmada por su juramento: no pudiendo jurar por otro mayor, juró por sí mismo. Y todo esto para que tengamos un fortísimo consuelo; para que tengamos audacia al aventurarnos en él, asiéndonos de su promesa y reteniéndola con firmeza. La incredulidad hace a Dios mentiroso y, peor aún, perjuro, porque lo considera infiel no solo a su palabra, sino a su juramento. George Müller creyó, y porque creyó, oró; y orando, esperó; y esperando, recibió. Bienaventurado el que cree, porque se cumplirán las cosas que le fueron dichas de parte del Señor.

* Faith’s Miracles, pág. 43.

† 2 Timoteo 2:13.

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