Capítulo 7 · 24 min de lectura · 31 min de escucha
El púlpito y el pastorado
Ninguna obra para Dios supera en dignidad y responsabilidad al ministerio cristiano. Es a la vez la flor consumada de la plantación divina, la dote inestimable de su iglesia, y por medio de él obra el poder de Dios para salvación.
Aunque George Müller había comenzado su «candidatura a las órdenes sagradas» siendo un hombre inconverso, que buscaba sencillamente una profesión humana con la esperanza de un beneficio lucrativo, había oído el llamamiento de Dios a una vocación divina, y de vez en cuando predicaba el evangelio, aunque no en un campo fijo.
Estando en Teignmouth a comienzos de 1830, donde predicaba por invitación, se le pidió que ocupara el lugar del ministro que estaba a punto de marcharse; pero respondió que en aquel momento se sentía llamado por Dios no a un cargo estable, sino más bien a una especie de evangelización itinerante. Durante ese tiempo predicó en Shaldon en lugar de Henry Craik, y así entró en contacto más estrecho con este hermano, a quien su corazón quedó unido con lazos de amor y simpatía que se fueron fortaleciendo a medida que el trato se hacía más íntimo.
Ciertos oyentes de Teignmouth, y entre ellos algunos predicadores, no gustaban de sus sermones, aunque Dios los respaldaba; y esto le llevó a reflexionar sobre las causas probables de esa oposición y sobre si era alguna indicación de cuál era su deber. Pensó que sin duda esperaban de un predicador las gracias externas de la oratoria, y por eso no se sentían atraídos por un extranjero cuyo hablar carecía de encantos retóricos y que ni siquiera dominaba con soltura el inglés. Pero estaba seguro de que su desagrado tenía una causa más profunda, sobre todo porque no podía dejar de advertir que, el verano anterior, cuando él mismo era menos espiritual y tenía menos discernimiento de la verdad, las mismas personas que ahora se le oponían estaban complacidas con él. Su conclusión final fue que el Señor quería obrar por medio de él en Teignmouth, pero que Satanás, como de costumbre, hacía el papel de estorbador, y movía a los propios hermanos a oponerse a la verdad. Y como, a pesar de los opositores, eran tantos y tan a menudo los que expresaban el deseo de que ministrara en la capilla, resolvió quedarse por un tiempo, hasta ser rechazado abiertamente como testigo de Dios o hasta recibir una clara dirección divina hacia otro campo de trabajo.
Anunció este propósito y declaró a la vez con toda claridad que, si le negaban el salario, eso no afectaría su decisión, puesto que no predicaba como asalariado de los hombres, sino como siervo de Dios, y con gusto le encomendaría a él la provisión de sus necesidades temporales. Al mismo tiempo, sin embargo, les recordó que era tanto su deber como su privilegio ministrar en lo material a quienes les servían en lo espiritual, y que, aunque él no buscaba dádivas, sí buscaba fruto que abundara en su cuenta.
Estas experiencias en Teignmouth fueron típicas: «Algunos asentían a lo que se decía, pero algunos no creían»; unos dejaron la capilla y otros se quedaron; unos fueron guiados y alimentados, mientras otros mantenían una fría indiferencia, cuando no mostraban una abierta hostilidad. Pero el Señor estuvo a su lado y lo fortaleció, poniendo su sello sobre su testimonio; y el Señor que provee movió además a dos hermanos, sin que nadie se lo pidiera, a suplir todas las necesidades diarias de su siervo. Al cabo de un tiempo, la pequeña iglesia de dieciocho miembros llamó por unanimidad al joven predicador al pastorado, y él consintió en quedarse con ellos por una temporada, sin abandonar su intención original de ir de un lugar a otro según el Señor lo guiara. Se le ofreció un estipendio de cincuenta y cinco libras anuales, que aumentó algo a medida que crecía la membresía de la iglesia; y así el estudiante de la universidad de Halle quedó establecido en su primer púlpito y su primer pastorado.
Mientras predicaba en Sidmouth, en abril de 1830, tres hermanas creyentes mantuvieron en su presencia una conversación sobre «el bautismo de los creyentes», que vino a sugerir otro paso importante en su vida, de un alcance más amplio de lo que a primera vista parece.
Como era natural, le preguntaron su opinión sobre el asunto del que hablaban, y él respondió que, habiendo sido bautizado de niño, no veía necesidad de ser bautizado otra vez. Cuando le preguntaron además si alguna vez había escudriñado con oración la palabra de Dios para conocer su testimonio sobre esta cuestión, confesó con franqueza que no lo había hecho.
En el acto, con una claridad de palabra inconfundible y con rara fidelidad, una de aquellas hermanas en Cristo le dijo sin rodeos: «Entonces te ruego que nunca más vuelvas a hablar de ello hasta que lo hayas hecho».
George Müller no era hombre que se ofendiera ni que se resistiera ante una respuesta así. Era demasiado honrado y concienzudo para desechar sin la debida reflexión cualquier desafío a escudriñar los oráculos de Dios en busca de su testimonio sobre una cuestión dada. Además, si en aquel mismo tiempo su predicación era enfática en alguna dirección, lo era en la audacia con que insistía en que toda enseñanza del púlpito y toda práctica cristiana debían someterse a una sola gran prueba, a saber, la piedra de toque de la palabra de Dios. Siendo ya un Elías en espíritu, su gran propósito era reparar el altar del Señor que estaba arruinado, poner al descubierto y reprender todo lo que estorbaba un culto y un servicio plenamente bíblicos y, si era posible, restaurar la sencillez apostólica de doctrina y de vida.
Mientras pensaba y oraba sobre este asunto, tuvo que reconocer ante sí mismo que nunca había examinado seriamente las Escrituras para conocer su enseñanza sobre el lugar y la relación del bautismo en la vida del creyente, ni siquiera había orado pidiendo luz al respecto. Sin embargo, había hablado repetidas veces contra el bautismo de los creyentes, y así vio que era posible que él mismo hubiera estado oponiéndose a la enseñanza de la Palabra. Resolvió, pues, estudiar el tema hasta llegar a una conclusión definitiva, satisfactoria y bíblica; y en adelante, tanto si era llevado a defender el bautismo de niños como el de los creyentes, hacerlo únicamente sobre bases bíblicas.
El método de estudio que siguió fue característicamente sencillo, minucioso y práctico, y lo mantuvo siempre después. Primero pidió a Dios la enseñanza del Espíritu, para que sus ojos fueran abiertos al testimonio de la Palabra y su mente iluminada; luego emprendió un examen sistemático del Nuevo Testamento de principio a fin. En la medida de lo posible procuró despojarse por completo de todo sesgo de opinión o práctica anterior, de toda predisposición o prejuicio; oró y se esforzó por librarse de la influencia de la tradición humana, de la costumbre popular y de la sanción eclesiástica, o de ese estorbo más sutil, el orgullo personal de la propia coherencia. Era lo bastante humilde para estar dispuesto a retractarse de cualquier enseñanza errónea y renunciar a cualquier posición falsa, y para abrazar aquella sabia máxima: «No te empeñes en ser coherente; sé sencillamente ¡veraz!» Fuera cual fuera el caso de otros que afirman haber examinado la misma cuestión por sí mismos, el resultado en su caso fue que llegó a la conclusión, y según él creía a partir de la palabra de Dios y por el Espíritu de Dios, de que solo los creyentes son los sujetos propios del bautismo, y de que solo la inmersión es su modo propio. Dos pasajes de la Escritura tuvieron una prominencia muy marcada en llevarlo a estas conclusiones, a saber: Hechos 8:36-38 y Romanos 6:3-5. El caso del eunuco etíope lo convenció firmemente de que el bautismo es propio solo como acto de un creyente que confiesa a Cristo; y el pasaje de la Epístola a los Romanos lo persuadió igualmente de que solo la inmersión en agua puede expresar la sepultura figurada con Cristo y la resurrección con él, a las que allí y en otros lugares se da tanta prominencia. No pretendía atacar a los hermanos que sostienen otros puntos de vista cuando dejó constancia tan clara en su diario de las convicciones honradas e ineludibles a las que llegó; pero era demasiado leal tanto a la palabra de Dios como a su propia conciencia para callar unas opiniones alcanzadas con tanto cuidado y oración por medio del escudriñamiento de las Escrituras.
La convicción le obligó a obrar, pues en él no había espíritu de componenda; y en consecuencia se bautizó sin demora. Años después, al repasar su trayectoria, deja constancia de su solemne convicción de que «de todas las verdades reveladas, ninguna está más claramente revelada en las Escrituras —ni siquiera la doctrina de la justificación por la fe—, y de que el asunto solo se ha oscurecido porque los hombres no han estado dispuestos a dejar que las Escrituras solas decidan la cuestión».
Da testimonio también, de paso, de que ningún verdadero amigo en el Señor le volvió jamás la espalda a causa de su bautismo, como él suponía que algunos harían; y de que casi todos esos amigos se habían bautizado desde entonces. Es cierto que en cierto modo sufrió alguna pérdida económica por este paso dado en obediencia a su convicción, pero el Señor no permitió que a la larga saliera perdiendo ni siquiera en esto, porque le compensó con generosidad cualquier sacrificio semejante, aun en las cosas que pertenecen a esta vida. Concluye este repaso de su trayectoria añadiendo que, por su ejemplo, muchos otros fueron llevados tanto a examinar de nuevo la cuestión del bautismo como a someterse a la ordenanza.
Experiencias como estas plantean una pregunta honrada: ¿no hay una necesidad imperiosa de someter todas las costumbres y prácticas religiosas actuales a la única prueba de su conformidad con el modelo de la Escritura? Nuestro Señor reprendió duramente a los fariseos de su tiempo por «invalidar el mandamiento de Dios por su tradición», y, después de dar un ejemplo, añadió: «y muchas cosas hacéis semejantes a estas».* Es muy fácil que obtengan aceptación doctrinas y prácticas que son producto del eclesiasticismo, y que ni tienen la sanción de la palabra de Dios ni resisten la luz escrutadora de su testimonio. Cipriano nos ha advertido que ni siquiera la antigüedad es autoridad, sino que puede ser solo vetustas erroris: la vejez del error. ¡Qué reformas radicales se harían en el culto, la enseñanza y la práctica modernos —en toda la conducta de los discípulos y en la administración de la iglesia de Dios— si el único criterio definitivo de todo juicio fuera este: ¿Qué enseñan las Escrituras?» ¡Y qué revoluciones podrían producirse en nuestra propia vida como creyentes si primero sometiéramos toda noción de la verdad y toda costumbre de vida a esta sola prueba de la autoridad de la Escritura, y luego, con el valor de la convicción, nos atreviéramos a obrar conforme a esa palabra, sin contar el costo, sino procurando con diligencia presentarnos a Dios aprobados! ¿Es posible que haya discípulos modernos que «invaliden el mandamiento de Dios para guardar su tradición»?
* Mateo 15:6. Marcos 7:9-13.
Este paso que dio el señor Müller respecto del bautismo fue solo el precursor de muchos otros, todos los cuales, según él creía, eran conformes a aquella Palabra que, como lámpara a los pies del creyente, ha de alumbrar su camino.
Durante ese mismo verano de 1830, el estudio continuado de la Palabra lo convenció de que, aunque no hay un mandamiento directo de hacerlo, la práctica bíblica y apostólica era partir el pan cada día del Señor. (Hechos 20:7, etc.) Asimismo, le pareció claramente enseñado en Romanos 12; 1 Corintios 12; Efesios 4, etc., que el Espíritu de Dios debe tener libertad sin estorbo para obrar por medio de cualquier creyente según los dones que le ha concedido. También estas conclusiones procuró este siervo de Dios traducirlas enseguida en conducta, y tal conformidad trajo una prosperidad espiritual creciente.
Por ese mismo tiempo, ciertos reparos de conciencia maduraron hasta convertirse en la firme convicción de que, por el mismo principio de obediencia a la palabra de Dios, ya no podía consentir en recibir un salario fijo como ministro de Cristo. Para esta última postura, que tanto influyó en su vida, expone los siguientes motivos, que se recogen aquí porque muestran el fundamento de la actitud que mantuvo toda su vida:
1. Un salario fijo supone una suma fija, que difícilmente puede pagarse sin un ingreso fijo procedente del alquiler de bancos o de alguna otra fuente semejante. Esto le parecía claramente contrario a la enseñanza del Espíritu de Dios en Santiago 2:1-6, puesto que el hermano pobre no puede costearse asientos tan buenos como el rico, con lo cual se introducen en las asambleas de la iglesia distinciones odiosas y acepción de personas, y así se fomenta el espíritu de casta.
2. Un alquiler fijo de bancos puede convertirse a veces en una carga, incluso para el discípulo de buena voluntad. Quien contribuiría con gusto al sostén de un pastor si se le permitiera hacerlo según su capacidad y cuando le fuera posible, podría sentirse oprimido por la exigencia de pagar una suma fija en una fecha fija. Las circunstancias cambian tanto que alguien con la misma disposición alegre de antes puede verse incapaz de dar como solía, y quedar así expuesto a un penoso apuro y a la humillación si se le obliga a dar una suma fija.
3. Todo el sistema tiende a esclavizar al siervo de Cristo. Ha de ser excepcionalmente fiel e intrépido quien no sienta la tentación de callar o modificar en algún grado su mensaje para agradar a los hombres, cuando recuerda que las mismas personas que más merecen la reprensión y más fácilmente se ofenden son quizá las que más contribuyen a su salario.
Piensen otros lo que quieran de razones como estas, a él le resultaron tan convincentes que las comunicó con franqueza y prontitud a sus hermanos; y así, ya en el otoño de 1830, cuando estaba a punto de cumplir veinticinco años, adoptó una postura de la que nunca se retractó: que en adelante no recibiría salario fijo alguno por ningún servicio prestado al pueblo de Dios. Al tiempo que exponía con calma los fundamentos bíblicos de esa postura, sobre esos mismos fundamentos recomendaba las ofrendas voluntarias, ya fueran de dinero o de otros medios de sustento, como el reconocimiento apropiado del servicio prestado por el ministro de Dios y como sacrificio acepto, agradable a Dios. Poco después, viendo que, cuando tales dádivas voluntarias llegaban directamente de mano de los donantes, había peligro de que algunos se sintieran satisfechos de sí mismos por la cuantía de lo que daban, y otros igualmente humillados por la pequeñez de sus ofrendas, con el consiguiente daño para ambas clases de donantes, dio un paso más: hizo colocar una caja en la capilla, sobre la cual se escribió que quien deseara hacer algo para su sostén podía depositar en ella la ofrenda que su capacidad y su disposición le indicaran. Su intención era que así el acto fuera enteramente como a la vista de Dios, sin riesgo de un orgullo pecaminoso ni de una falsa humildad.
Además, sintió que, para ser del todo coherente, no debía pedir ayuda a ningún hombre, ni siquiera para cubrir los gastos necesarios de los viajes en el servicio del Señor, ni tampoco exponer de antemano sus necesidades de tal manera que equivaliera a pedir ayuda indirectamente. Todos estos métodos los consideraba formas de confiar en un brazo de carne, de acudir al hombre en busca de ayuda en lugar de ir enseguida, siempre y únicamente, al Señor. Y añade: «Llegar a esta conclusión delante de Dios requirió más gracia que renunciar a mi salario».
Estos pasos sucesivos se registran aquí de manera explícita y en su orden exacto porque conducen directamente a la meta última de la obra y el testimonio de su vida. Tales decisiones fueron eslabones vitales que unieron a este hombre extraordinario con los «negocios de su Padre», en los que pronto iba a entrar más de lleno; y todas ellas fueron necesarias para la plenitud del testimonio mundial que había de dar acerca de un Dios que oye la oración y de la seguridad absoluta de confiar en él, y solo en él.
El 7 de octubre de 1830, George Müller, al hallar esposa, halló el bien y alcanzó un nuevo favor del Señor. La señorita Mary Groves, hermana de aquel dentista abnegado cuya renuncia a todas las cosas por el campo misionero tanto le había impresionado años antes, se casó con este hombre de Dios, y durante cuarenta benditos años fue para él una ayuda idónea. Fue una unión casi ideal, si no del todo, por la cual él daba gracias a Dios continuamente; y aunque el reino de ella era de aquellos que no vienen con advertencia», el cetro de su influencia se extendió mucho más lejos de lo que jamás podrán apreciar quienes fueron ajenos a su vida personal y doméstica. Fue una mujer singular, y su estima sobrepujaba largamente a la de las piedras preciosas. El corazón de su marido estaba en ella confiado, y la gran familia de huérfanos que fueron para ella como hijos se levantan aún hoy para llamarla bienaventurada.
La vida matrimonial tiene a menudo su periodo de distanciamiento, aun cuando la separación pasajera cede ante un amor más profundo, a medida que los cónyuges quedan más verdaderamente unidos por la asimilación mutua de lo más íntimo de su ser. Pero al señor y la señora Müller nunca les sobrevino una experiencia así, ni siquiera de distanciamiento pasajero. Desde el principio creció el amor, y con él la confianza mutua. Uno de los primeros lazos que unieron a estos dos en uno fue el vínculo de una abnegación compartida. Obedeciendo al pie de la letra Lucas 12:33, vendieron lo poco que tenían y dieron limosna, y desde entonces no se hicieron tesoros en la tierra (Mateo 6:19-34; 19:21). El paso dado entonces —aceptar, por amor de Cristo, la pobreza voluntaria— nunca fue lamentado, sino que fue motivo de gozo cada vez mayor; y con cuánta fidelidad se siguió por el mismo camino de continuo sacrificio quedará suficientemente claro cuando se recuerde que, casi sesenta y ocho años después, George Müller pasó de repente a la vida del más allá siendo un hombre pobre: su testamento, al ser admitido a validación, mostraba que todos sus bienes personales, declarados bajo juramento, ascendían a apenas ciento sesenta libras. Y aun eso no habría estado en su poder si no hubiera existido la necesidad diaria de las comodidades indispensables para el cuerpo y de las herramientas para su trabajo. Parte de esa suma era dinero recibido poco antes y aún no empleado para su Señor, sino guardado a su disposición. Nada, ni siquiera la ropa que vestía, lo consideraba suyo. Fue un mayordomo coherente.
Esta despedida definitiva de todas las posesiones terrenales, en 1830, dejó a estos recién casados con la mirada puesta solo en el Señor. Desde entonces habían de poner a prueba abundante y diaria tanto su fe en el Gran Proveedor como la fidelidad del Gran Prometedor. Quizá no sea impropio adelantar aquí lo que se relatará más a fondo después: que, día tras día y hora tras hora, durante más de sesenta años, George Müller pudo sellar que Dios es verdadero. Si pocos hombres han podido seguir así en las cosas más pequeñas el cuidado de Dios sobre sus hijos, es en parte porque pocos se han abandonado tan por completo a ese cuidado. Se atrevió a confiar en aquel para quien aun los cabellos de nuestra cabeza están todos contados, y que de manera conmovedora nos recuerda que cuida de lo que, con gracia pintoresca, se ha llamado «el pajarillo de propina». Mateo registra (10:29) que se venden dos pajarillos por un cuarto, y Lucas (12:6) que se venden cinco por dos cuartos; de modo que parecería que, cuando se ofrecían dos cuartos, se añadía de propina un pajarillo más, como algo de tan poco valor que podía regalarse junto con los otros cuatro. Y sin embargo, aun de ese único pajarillo, que ni se tomaba en cuenta en el trato, Dios cuida. Ni uno de ellos está olvidado delante de Dios, ni cae a tierra sin él. ¡Con qué fuerza llega entonces la seguridad: «Así que no temáis: más valéis vosotros que muchos pajarillos»!
Así lo comprobó George Müller. Desde entonces se le concedió conocer como nunca antes, y como pocos han llegado a saberlo, hasta qué punto puede uno acercarse verdaderamente a Dios como «tú que oyes la oración». Dios puede guardar a sus hijos que confían en él no solo de caer, sino aun de tropezar; porque durante todos aquellos años posteriores, que abarcaron la vida de dos generaciones, no hubo vuelta atrás. Aquellas preciosas promesas que en fe y esperanza fueron «asidas» en 1830 fueron «mantenidas firmes» hasta el fin. (Hebreos 6:18; 10:23). Y la fidelidad divina resultó un fondeadero seguro en las tempestades más prolongadas y violentas. El ancla de la esperanza, segura y firme, que entra hasta dentro del velo, nunca fue arrancada de su firme asidero en Dios. En cincuenta mil casos, calculaba el señor Müller, podía señalar respuestas claras a oraciones concretas; y en multitud de casos en que el cuidado de Dios no se pudo señalar de manera precisa, era día tras día como una presencia que lo rodeaba, pasajera pero invisible, o como una atmósfera de vida y de fuerza.
El 9 de agosto de 1831, la señora Müller dio a luz un niño muerto, y durante seis semanas estuvo gravemente enferma. Entretanto, su marido se lamenta de que su corazón estuviera tan frío y tan carnal, y sus oraciones fueran a menudo tan vacilantes y formales; y descubre, aun detrás de su celo por Dios, disposiciones nada espirituales. Se reprocha especialmente no haber pensado con más seriedad en el peligro del parto, para orar con más fervor por su esposa; y vio con claridad que la perspectiva de ser padre no la había recibido con gozo como una bendición, sino más bien como si supusiera una nueva carga y un estorbo en la obra del Señor.
Mientras este hombre de Dios desnuda su corazón en su diario, el lector no puede menos que sentir que «como en el agua el rostro responde al rostro, así el corazón del hombre al del hombre». ¡Cuántos siervos de Dios no tienen una idea más elevada del divino privilegio de una paternidad santificada! Una esposa y un hijo son dones preciosísimos de Dios cuando se reciben de su mano en respuesta a la oración. No solo no son estorbos, sino que son ayudas, utilísimas para preparar al siervo de Cristo para ciertas partes de su obra para las cuales ninguna otra preparación es tan adecuada. Sirven para enseñarle muchas lecciones valiosísimas y para completar su carácter con una belleza y una utilidad mucho más armoniosas. Y cuando se recuerda cómo puede así proveerse una piadosa asociación en santidad y utilidad, y sobre todo una piadosa descendencia a lo largo de muchas generaciones, se verá cuán perverso es el espíritu que trata el santo matrimonio y su fruto en los hijos con ligereza y desprecio. Ni olvidemos aquella promesa: «Si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos». (Mateo 18:19). La palabra griega que significa «ponerse de acuerdo» es sinfonizar, y sugiere una armonía musical en la que los acordes están afinados en la misma tonalidad y son pulsados por una mano maestra. ¡Considera qué bendita preparación para esa sinfonía habitual en la oración se halla en la unión de un esposo y una esposa en el Señor! ¿No será a esto a lo que se refiere el Espíritu cuando manda al marido y a la mujer vivir en unidad, como «coherederos de la gracia de la vida», y añade: «para que vuestras oraciones no tengan estorbo»? (1 Pedro 3:7).
Dios usó esta severa lección para bendición permanente de George Müller. Le mostró cuán abierto estaba su corazón al sutil poder del egoísmo y de la carnalidad, y cuán necesaria era esta disciplina para enseñarle el carácter sagrado de la vida conyugal y de la responsabilidad paterna. Desde entonces se juzgó a sí mismo, para no ser «juzgado por el Señor». (1 Corintios 11:31).
Una crisis como la grave enfermedad de su esposa trajo consigo la necesidad de muchos gastos extraordinarios, para los cuales no se había hecho previsión alguna, no por descuido ni imprevisión, sino por principio. El señor Müller sostenía que acumular reservas es incompatible con una plena confianza en Dios, quien en tal caso nos remitiría a nuestros ahorros antes de responder a la oración por más provisión. La experiencia en este trance justificó su fe; porque no solo fueron suplidas todas las necesidades imprevistas, sino aun los manjares delicados y los refrigerios necesarios para la enferma y débil; y los dos médicos que la atendieron rehusaron con gentileza toda remuneración por unos servicios que se prolongaron durante seis semanas. Así se dio del Señor más de lo que se habría podido guardar para esta época de prueba, aun si se hubiera intentado.
El principio de encomendar al cuidado del Señor las necesidades futuras, puesto en práctica en esta ocasión, lo siguieron él y su esposa con coherencia mientras vivieron y trabajaron juntos. La experiencia los confirmó en la convicción de que una vida de confianza prohíbe acumular tesoros para necesidades imprevistas previstas, puesto que para Dios ninguna emergencia es imprevista y ninguna necesidad queda sin provisión; y se puede confiar en él tan implícitamente para las necesidades extraordinarias como para nuestro pan cotidiano.
Otra ley más, emparentada con esta y profundamente arraigada en el modo de vida del señor Müller, era no contraer nunca deudas, ni para fines personales ni para la obra del Señor. Este asunto quedó resuelto de una vez para siempre sobre bases bíblicas (Romanos 13:8), y él y su esposa resolvieron que, si era necesario, padecerían hambre antes que comprar algo sin pagarlo en el momento de comprarlo. Así siempre sabían cuánto tenían para comprar y qué les quedaba para dar a otros o emplear en las necesidades ajenas.
Había todavía otra ley de vida incorporada temprano al decálogo personal del señor Müller. Consideraba que cualquier dinero que estuviera en sus manos ya destinado o asignado a un uso específico no era suyo para usarlo, ni siquiera temporalmente, para ningún otro fin. Así, aunque a menudo se vio reducido al punto más bajo en cuanto a recursos temporales, no tomaba en cuenta ninguno de esos fondos reservados para otros gastos o debidos para otros propósitos. Miles de veces se halló en apuros en los que desviar fondos por un tiempo parecía la única y fácil salida, pero en los que eso solo lo habría llevado a nuevas dificultades. Este principio, adoptado con inteligencia, lo mantuvo con firmeza: lo que pertenece propiamente a una rama determinada de la obra, o ha sido ya apartado para cierto uso, aunque todavía esté en caja, no ha de contarse como disponible para ninguna otra necesidad, por apremiante que sea. Confiar en Dios implica que él conoce de tal modo las circunstancias exactas que no nos obligará a semejante malversación. Errores gravísimos y fatales han surgido en tales apuros por falta de conciencia tanto como de fe: echar mano de un fondo para cubrir el descubierto de otro, con la esperanza de reponer después lo así retirado. Un conocido rector universitario estuvo a punto de llevar a la bancarrota a la institución que presidía, y a sí mismo a una ruina moral peor, todo como resultado de un solo error: el dinero donado para dotar ciertas cátedras se había empleado en gastos corrientes, hasta que la confianza pública quedó casi irremediablemente dañada.
Así, una vida de fe ha de ser no menos una vida de conciencia. La fe y la confianza en Dios, y la verdad y la fidelidad para con los hombres, caminaron juntas en este viaje de la vida en acuerdo ininterrumpido.
Capítulo 7 completado
El púlpito y el pastorado