Capítulo 6 · 18 min de lectura · 23 min de escucha
Nuevos pasos y etapas de preparación
LA pasión por las almas es un fuego divino, y en el corazón de George Müller ese fuego comenzó entonces a arder con más intensidad y a exigir salida.
En agosto de 1827 su mente se volvió hacia la obra misionera de un modo más definido que antes. Al enterarse de que la Sociedad Continental de Gran Bretaña buscaba un ministro para Bucarest, se ofreció por medio del doctor Tholuck, quien, en nombre de la Sociedad, andaba en busca de un candidato adecuado. Para su gran sorpresa, su padre dio su consentimiento, aunque Bucarest estaba a más de mil millas de distancia y era tan verdaderamente tierra de misión como cualquier otro campo. Tras una breve visita a su casa volvió a Halle, con el rostro firmemente puesto hacia su lejano campo y el corazón buscando, en oración, prepararse para el sacrificio y las penalidades que esperaba. Pero Dios tenía otros planes para su siervo, y nunca fue a Bucarest.
En el mes de octubre siguiente, Hermann Ball, que pasaba por Halle y asistió a la pequeña reunión semanal en el cuarto de Müller, le contó cómo su salud quebrantada le impedía continuar su obra entre los judíos de Polonia; y al instante brotó en la mente de George Müller un fuerte deseo de ocupar su lugar. Aquella obra lo atraía doblemente: porque lo pondría en estrecho contacto con Israel, el pueblo escogido de Dios, aunque extraviado; y porque le daría ocasión de aprovechar aquellos estudios de hebreo que tanto lo absorbían.
Precisamente en aquel tiempo, al visitar al doctor Tholuck, este le preguntó, para su sorpresa, si alguna vez había sentido deseos de trabajar entre los judíos, pues el doctor Tholuck actuaba entonces como agente de la Sociedad de Londres para promover las misiones entre ellos. Esta pregunta avivó naturalmente la llama de su deseo ya encendido; pero poco después, como Bucarest se había convertido en escenario de la guerra que entonces se libraba entre rusos y turcos, se abandonó por el momento el proyecto de enviar allí un ministro. Pero una puerta pareció abrirse delante de él justo cuando otra se cerraba detrás.
El comité de Londres, al saber que estaba disponible como misionero a los judíos, le propuso ir a aquella ciudad durante seis meses como estudiante misionero para prepararse para la obra. Entrar así en una especie de período de prueba resultaba penoso para la carne; pero, como parecía justo que hubiera ocasión de conocerse mutuamente el comité y el candidato, a fin de asegurar una colaboración armoniosa, se sintió dispuesto a acceder a la propuesta.
Había, sin embargo, un obstáculo formidable. Los varones súbditos de Prusia debían servir por lo general tres años en el ejército, y los estudiantes de humanidades que habían aprobado los exámenes universitarios, al menos un año. George Müller, que no había cumplido ni siquiera este plazo más corto, no podía, sin una exención real, obtener siquiera un pasaporte para salir del país. Se solicitó tal exención, pero fue denegada. Entretanto cayó enfermo, y al cabo de diez semanas sufrió una recaída. Estando en Leipzig con un profesor norteamericano con quien fue a la ópera, tomó imprudentemente algunos refrigerios entre los actos, lo cual le provocó de nuevo la enfermedad. Se le había roto un vaso sanguíneo en el estómago, y volvió a Halle para no entrar nunca más en un teatro. Más tarde, cuando le pidieron que fuera a Berlín por unas semanas a enseñar alemán, fue, con la esperanza de hallar en la capital prusiana acceso a la corte por medio de personas de rango y conseguir la deseada exención. Pero también allí fracasó. Ya no parecía haber manera de escapar del servicio militar, y se presentó a examen, pero fue declarado físicamente no apto para el servicio. Por la providencia de Dios cayó en manos bondadosas, y, examinado por segunda vez y hallado no apto, quedó desde entonces completamente exento de por vida de todo servicio en el ejército.
Las líneas del propósito de Dios convergían misteriosamente. Había llegado el momento; el Maestro habló, y fue hecho: todas las cosas se movieron en una sola dirección, la de librar a su siervo del servicio a su país, para que, bajo el Capitán de su salvación, sufriera trabajos como buen soldado de Cristo, sin enredarse en los negocios de esta vida. Aparte de esto, su estancia en la capital no había sido infructuosa, pues había predicado cinco veces por semana en el asilo de pobres y conversado los domingos con los presos de la cárcel.
En febrero de 1829 partió hacia Londres, visitando de camino a su padre en Heimersleben, adonde este había regresado tras retirarse de su cargo; y llegó a la metrópoli inglesa el 19 de marzo. Como estudiante de este nuevo seminario su libertad quedó muy restringida, pero, como ninguna regla chocaba con su conciencia, se sometió. Estudiaba unas doce horas diarias, dedicándose sobre todo al hebreo y a materias afines estrechamente ligadas al campo que esperaba. Consciente del peligro de aquella muerte del alma que a menudo resulta de una absorción excesiva en los estudios intelectuales, aprendió de memoria buena parte del Antiguo Testamento hebreo y llevó adelante sus tareas con espíritu de oración, buscando la ayuda de Dios en los asuntos relacionados con el deber diario, por mínimos que fueran.
Tentado a usar continuamente su lengua materna por vivir con sus compatriotas alemanes, hizo poco progreso en el inglés, cosa que después lamentó; y por eso solía aconsejar a quienes se proponen trabajar entre un pueblo extranjero que no solo vivan entre ellos para aprender su lengua, sino que se mantengan alejados, en lo posible, de sus propios compatriotas, de modo que se vean obligados a usar la lengua que ha de darles acceso a aquellos entre quienes trabajan.
En relación con este traslado a Gran Bretaña, un suceso en apariencia trivial dejó en él una huella duradera: otra prueba de que en la vida no hay cosas pequeñas. Sobre un gozne muy pequeño puede girar una puerta enorme. De hecho, a menudo son los acontecimientos aparentemente insignificantes los que moldean nuestra historia, nuestra obra y nuestro destino.
Un estudiante mencionó de pasada a un dentista de Exeter, un tal señor Groves, que por amor del Señor había renunciado a su profesión, que le rendía mil quinientas libras al año, y con su esposa e hijos se había ofrecido como misionero a Persia, confiando sencillamente en el Señor para todas sus necesidades materiales. Este acto de confianza abnegada tuvo para el señor Müller un extraño atractivo, y no podía apartarlo de su mente; de hecho, lo anotó expresamente en su diario y escribió acerca de ello a sus amigos en su tierra. Fue otra lección de fe, y precisamente en la línea de aquella confianza de la que, durante más de sesenta años, había de ser un ejemplo y una ilustración tan notables.
A mediados de mayo de 1829 cayó enfermo y se sintió sin esperanza de recuperación. La enfermedad va acompañada a menudo de una extraña revelación de uno mismo. Su convicción de pecado y de culpa en su conversión había sido demasiado superficial y somera para dejar recuerdo alguno después. Pero, como sucede a menudo en la historia de los santos de Dios, el sentido de culpa, que al principio parecía no tener raíces en la conciencia y apenas existir, penetró más hondo en su ser y se hizo más fuerte a medida que conocía más a Dios y se hacía más semejante a él. Esta experiencia común de las almas salvadas admite una explicación sencilla. Nuestras ideas de las cosas dependen principalmente de dos condiciones: primera, la claridad de nuestra visión de la verdad y del deber; y segunda, la norma de medida y de comparación. Cuanto más vivimos en Dios y para Dios, más se iluminan nuestros ojos para ver la enormidad y la deformidad del pecado, de modo que reconocemos con más nitidez lo aborrecible del mal; y con tanta mayor claridad reconocemos la perfección de la santidad de Dios y la hacemos patrón y modelo de nuestra propia vida santa.
El músico o el artista aficionado tiene una falsa complacencia en su propia obra, muy imperfecta, solo en la medida en que su oído, su vista o su gusto no están aún educados para discernir con exactitud; pero a medida que se perfecciona en un arte y lo aprecia más, reconoce cada defecto o imperfección de su obra anterior, hasta que la ejecución musical le parece un fracaso lamentable y la pintura un simple borrón. El cambio, sin embargo, está enteramente en el obrero y no en la obra: tanto la música como la pintura son en sí mismas lo que eran, pero el hombre es capaz de algo tanto mejor que su norma de comparación se ha elevado a un nivel superior, y su capacidad para un juicio verdadero se ha ampliado en la misma proporción.
Así también un hijo de Dios que, como Elías, está delante de él como siervo que espera, dispuesto y obediente, y que tiene a la vez semejanza con Dios y poder con Dios, puede meterse bajo el enebro del desaliento, abatido por el sentimiento de su indignidad y de su merecido castigo. A medida que crece la piedad, el sentido de la impiedad se hace más agudo, y por eso los sentimientos nunca miden con exactitud la verdadera asimilación a Dios. Nos veremos peores a nuestros propios ojos cuando a los suyos seamos mejores, y a la inversa.
Un criado mahometano se atrevió a desafiar públicamente a un predicador que, en un bazar de la India, afirmaba la depravación universal de la raza humana, asegurando que él conocía al menos a una mujer que era inmaculada, absolutamente sin falta, y que esa mujer era su propia ama cristiana. El predicador tuvo la ocurrencia de preguntarle a su vez si tenía algún medio de saber si esa era la opinión que ella tenía de sí misma, lo cual hizo que el mahometano confesara que allí estaba el misterio: muchas veces la habían oído orar confesándose la más indigna de los pecadores.
Volviendo de esta digresión: el señor Müller, no solo durante esta enfermedad, sino hasta el súbito final de su vida, tuvo un sentido creciente del pecado y de la culpa, que a veces habría sido abrumador si no hubiera sabido, por el testimonio de la Palabra, que «el que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia». De su propia culpa volvía los ojos a la cruz donde había sido expiada, y al propiciatorio donde el perdón sale al encuentro del pecador arrepentido; y así la tristeza por el pecado se convertía en el gozo del justificado.
Esta confianza de ser acepto en el Amado despojó de tal modo a la muerte de sus terrores que, durante esta enfermedad, deseaba más bien partir y estar con Cristo; pero al cabo de quince días se le declaró mejorado, y, aunque seguía anhelando el descanso celestial, se sometió a la voluntad de Dios para una estancia más larga en la tierra de su peregrinación, sin prever el gozo que había de hallar en vivir para Dios, ni cuánto había de conocer de los días de los cielos sobre la tierra.
Durante esta enfermedad mostró también la creciente tendencia, que su vida posterior manifestó de modo tan señalado, a presentar al Señor en oración aun los asuntos más mínimos. Rogaba constantemente a Dios que guiara a su médico, y cada nueva dosis de medicina iba acompañada de una nueva petición de que Dios la usara para su bien y le permitiera esperar con paciencia su voluntad. Al avanzar hacia la recuperación buscó descanso en Teignmouth, donde, poco después de su llegada, se reabrió la capilla «Ebenezer». Fue también allí donde el señor Müller conoció al señor Henry Craik, que durante tantos años fue no solo su amigo, sino su colaborador.
Fue también por este tiempo cuando, según él mismo relata, ciertas grandes verdades comenzaron a aclarársele y a destacar con mucho relieve. Este período de preparación personal es de tanta importancia por su influencia en toda su carrera posterior que el lector debe tener acceso a su propio testimonio.*
* Véase el Apéndice B.
Al volver a Londres, fortalecido tanto en la salud del alma como en el vigor del cuerpo, propuso a sus compañeros de estudios una reunión diaria por la mañana, de 6 a 8, para orar y estudiar la Biblia, en la que cada uno compartiría con los demás lo que el Señor le diera a entender de cualquier pasaje leído. Estos ejercicios espirituales resultaron tan provechosos, y alimentaron de tal modo el apetito por las cosas divinas, que, después de perseverar en oración hasta muy entrada la noche, a veces a medianoche buscaba la comunión de algún hermano del mismo sentir, y así prolongaba el tiempo de oración hasta la una o las dos de la madrugada; y aun entonces el sueño se aplazaba a menudo por su desbordante gozo en Dios. Así, bajo su gran Maestro, este discípulo aprendió, temprano en su historia espiritual, aquella lección suprema: que para todo hijo de Dios la palabra de Dios es el pan de vida, y la oración de fe, el aliento de vida.
Apenas llevaba el señor Müller diez días de vuelta en Londres cuando su salud volvió a decaer, y se apoderó de él con fuerza la convicción de que no debía gastar sus escasas fuerzas en un estudio que lo tenía encerrado, sino ponerse en seguida a su obra; y esta convicción se vio confirmada al recordar la luz adicional que Dios le había dado y la pasión más honda que ahora sentía por servirle con más libertad y plenitud. Bajo la presión de esta persuasión de que tanto su bienestar físico como el espiritual se verían favorecidos por un trabajo real a favor de las almas, pidió a la Sociedad un pronto nombramiento para su campo de servicio; y para que pudieran comisionarlo con más confianza, pidió que se enviara con él a algún hombre experimentado como consejero y compañero de trabajo.
Después de esperar en vano durante seis semanas una respuesta a esta solicitud, sintió otra fuerte convicción: que esperar a que sus semejantes lo enviaran a su campo y a su obra no era bíblico y, por tanto, era un error. Bernabé y Saulo fueron llamados por su nombre y enviados por el Espíritu Santo antes de que la iglesia de Antioquía hubiera tomado ninguna medida; y él se sentía tan llamado por el Espíritu a su obra que se vio movido a comenzar de inmediato, sin esperar autorización humana. ¿Y por qué no entre los judíos de Londres? Acostumbrado a obrar con prontitud según sus convicciones, se puso a repartir entre ellos tratados con su nombre y su dirección, para que cualquiera que deseara orientación personal pudiera encontrarlo. Los buscaba en sus lugares de reunión, leía las Escrituras a horas fijas con unos cincuenta muchachos judíos y enseñaba en una escuela dominical. Así, en lugar de quedarse como un barco en dique seco para reparaciones, fue botado a la obra cristiana, aunque, como otros obreros entre los despreciados judíos, se vio expuesto a pequeñas pruebas y persecuciones, llamado a sufrir oprobio por el nombre de Cristo.
Antes de que terminara el otoño de 1829, se apoderó de él una nueva duda: si podía en buena conciencia seguir vinculado de la manera habitual a esta Sociedad de Londres; y el 12 de diciembre resolvió romper todos esos lazos, salvo bajo ciertas condiciones. Para hacer plena justicia tanto al señor Müller como a la Sociedad, sus propias palabras se hallarán de nuevo en el Apéndice.*
* Véase el Apéndice C.
A principios del año siguiente quedó claro que solo podría trabajar en relación con una sociedad así si esta consentía en que sirviera sin salario y trabajara cuando y donde el Señor pareciera dirigirle. Así lo escribió, y recibió una respuesta firme pero amable en el sentido de que consideraban «inconveniente emplear a quienes no estaban dispuestos a someterse a su dirección en lo relativo a las operaciones misioneras», etc.
Así se rompió este vínculo con la Sociedad. Él sentía que obraba conforme a la luz que Dios le daba, y, sin culpar en nada a la Sociedad, nunca se arrepintió después de este paso ni revocó este juicio. A quienes repasan esta larga vida, tan llena de los frutos de un servicio poco común a Dios y a los hombres, les resultará del todo evidente que el Señor estaba empujando a George Müller, con suavidad pero con persistencia, fuera del camino común, hacia otro en el que había de andar muy cerca de él; y que las decisiones que, aun en asuntos menores, favorecían el propósito de Dios eran más sabias y de más peso de lo que entonces podía verse.
Al leer el diario del señor Müller, uno recuerda constantemente que era un hombre sujeto a las mismas flaquezas que los demás. En la mañana de Navidad de ese año, tras un tiempo de gozo singular, despertó para hallarse en el Pantano del Desaliento, sin ningún sentido de gozo, y la oración le parecía tan infructuosa como los vanos forcejeos de un hombre en el fango. En la reunión acostumbrada de la mañana, un hermano lo instó a perseverar en oración a pesar de todo, hasta que su corazón volviera a derretirse delante del Señor: sabio consejo para todos los discípulos cuando la presencia del Señor parece extrañamente retirada. La perseverancia constante en la oración nunca debe verse estorbada por la falta de un gozo sensible; de hecho, es una máxima segura que cuanto menos gozo, más necesidad. Interrumpir la comunión con Dios, por la causa que sea, solo hace más difícil reanudarla y recuperar el hábito y el espíritu de oración; mientras que derramar con persistencia la súplica, junto con una actividad continuada en el servicio de Dios, pronto devuelve el gozo perdido. Por tanto, siempre que uno cede a la depresión espiritual hasta el punto de abandonar, o aun de suspender, la comunión en la cámara secreta o la obra cristiana, el diablo triunfa.
Tan rápida fue la recuperación del señor Müller de este lazo satánico, mediante la perseverancia en la oración, que en la noche de aquel mismo día de Navidad, cuyo amanecer había estado tan nublado, expuso la Palabra en el culto familiar de la casa donde cenaba como invitado, y con tal ayuda de Dios que dos sirvientes que estaban presentes fueron profundamente convencidos de pecado y buscaron su consejo.
Aquí llegamos a otro hito en el viaje de esta vida. George Müller había llegado al final del año 1829, y el Señor lo había conducido por un camino verdaderamente notable. Hacía apenas unos cuatro años que había hallado el camino angosto y comenzado a andar por él, y era todavía un joven en su vigésimo quinto año. Sin embargo, ya se le habían enseñado algunos de los grandes secretos de una vida santa, feliz y útil, que llegaron a ser la base de toda la estructura de su servicio posterior.
En efecto, al mirar atrás a estos cuatro años, parecen colmados de experiencias significativas y memorables, todas las cuales anunciaban su obra futura, aunque él todavía no veía en ellas la señal del Señor. Su conversión en una sencilla asamblea de creyentes, donde el culto y la palabra de Dios eran los únicos atractivos, fue el punto de partida de una carrera en la que cada paso parece un gran avance. ¡Piensa en un joven convertido, con un pasado tan lleno de lazos que le reprochaba y lo retenía, aprendiendo en estos pocos años lecciones tan avanzadas de renuncia: quemando el manuscrito de su novela, renunciando a la muchacha que amaba, volviendo la espalda a la seductora perspectiva de comodidad y riqueza para aceptar la abnegación por Dios, desligándose de la dependencia de su padre y rehusando luego todo salario fijo para que no se restringiera su libertad de testimonio, y escogiendo un modo sencillo y expositivo de predicar en lugar de complacer el gusto popular! Fíjate luego en cómo se alimentaba de la palabra de Dios; cómo cultivaba el hábito de escudriñar las Escrituras y de orar en secreto; cómo se echaba en Dios, no solo para sus necesidades materiales, sino para recibir sostén al llevar todas sus cargas, grandes o pequeñas; y cómo tan temprano se ofreció para el campo misionero y ansiaba con impaciencia entrar en él. Mira luego el amor soberano de Dios, que le impartía en grado tan eminente el espíritu de niño, enseñándole a no confiar en sus propios estados de ánimo variables, sino en la palabra inmutable de su promesa; enseñándole a esperar pacientemente en él sus órdenes, y a no mirar a la autoridad o dirección humanas; y librándolo de manera tan singular del servicio militar de por vida, y reteniéndolo misteriosamente lejos del remoto campo misionero, ¡para formarlo para su misión única ante la humanidad y ante los siglos venideros!
Estos son algunos de los puntos destacados de este relato hasta aquí, los cuales, para cualquier mente imparcial, han de demostrar que una Mano más alta estaba moldeando este vaso escogido en su rueda de alfarero, ¡y dándole forma inequívocamente para el servicio singular al que estaba destinado!
Capítulo 6 completado
Nuevos pasos y etapas de preparación