George Müller de Bristol
Preparando el vaso escogido

Capítulo 5 · 20 min de lectura · 25 min de escucha

Preparando el vaso escogido

EL obrero de Dios necesita esperar en él para conocer la obra que ha de hacer y el campo donde ha de servirle.

Algunos discípulos maduros de Halle aconsejaron a George Müller que, por el momento, esperara así en quietud la dirección divina y que, entretanto, no diera más pasos hacia el campo misionero. Sin embargo, él no se sentía capaz de dejar a un lado la cuestión, y estaba tan impaciente por resolverla que cometió el error tan común de intentar llegar a una decisión de manera carnal. Recurrió a la suerte, y no solo eso, ¡sino a la suerte tal como se echa en el regazo de la lotería! Dicho de otro modo, primero echó suertes en privado y luego compró un billete de una lotería real, esperando que sus pasos fueran guiados, en un asunto tan solemne como la elección de un campo para el servicio de Dios, ¡por el giro de la «rueda de la fortuna»! Si su billete obtenía un premio, iría; si no, se quedaría en casa. Como le tocó una pequeña suma, lo aceptó en consecuencia como una «señal», y en seguida se presentó a la Sociedad Misionera de Berlín, pero no fue aceptado porque su solicitud no iba acompañada del consentimiento de su padre.

Así, mientras el hombre proponía, una Mano más alta disponía. Dios mantuvo fuera del campo misionero, en aquella coyuntura, a uno tan del todo incapaz para su obra que ni siquiera había aprendido la lección primordial: que quien quiera trabajar con Dios debe primero esperar en él y esperarle a él, y que toda prisa indebida en tal asunto es peor que un desperdicio. El que hizo esperar a Moisés cuarenta años antes de enviarlo a sacar al Israel cautivo, el que apartó a Saulo de Tarso tres años en Arabia antes de enviarlo como apóstol a las naciones, y el que dejó aun a su propio Hijo treinta años en la oscuridad antes de su manifestación como Mesías, ese Dios no tiene ninguna prisa por poner a trabajar a otros siervos. A todas las almas impacientes les dice: «Mi tiempo aún no se ha cumplido; mas vuestro tiempo siempre está presto».

Solo dos veces después de esto recurrió George Müller a la suerte: una vez, ante una literal bifurcación del camino, cuando la suerte lo llevó a tomar el ramal equivocado; y más tarde en un asunto mucho más importante, pero con un resultado semejante. En ambos casos descubrió que había sido mal guiado, y desde entonces abandonó todos esos métodos de azar para determinar la voluntad de Dios. Aprendió dos lecciones, que nuevos tratos de Dios fueron grabando cada vez más hondo en él:

Primera, que la guía segura en toda crisis es la oración de fe unida a la palabra de Dios.

Segunda, que la incertidumbre continuada acerca del propio rumbo es razón para seguir esperando.

Estas lecciones no deben pasarse por alto a la ligera, porque son demasiado valiosas. La carne no soporta ninguna demora, ni en la decisión ni en la acción; por eso todas las elecciones carnales son inmaduras y prematuras, y todos los caminos carnales son equivocados y faltos de espiritualidad. Con frecuencia Dios demora para movernos a orar, y aun las respuestas a la oración se aplazan para que el espíritu natural y carnal se mantenga a raya y la voluntad propia se incline ante la voluntad de Dios.

Al repasar con calma su trayectoria muchos años después, George Müller vio que había «corrido apresuradamente a la suerte» como atajo para zanjar un asunto dudoso, y que, sobre todo en la cuestión del llamamiento de Dios al campo misionero, aquello había sido escandalosamente impropio. Vio también cuán incapaz había sido entonces para la obra que buscaba: ¡más le habría valido preguntarse cómo alguien tan ignorante y tan necesitado de ser enseñado podía pensar en enseñar a otros! Aunque era hijo de Dios, todavía no habría podido dar una exposición o explicación clara de las verdades más elementales del evangelio. Lo único necesario, pues, habría sido buscar, mediante mucha oración y estudio de la Biblia, un conocimiento más profundo y una experiencia más honda de las cosas divinas antes que nada. Llegó a ver que la impaciencia por resolver un asunto tan importante era en sí misma una descalificación positiva para el verdadero servicio, pues revelaba incapacidad para sufrir trabajos como buen soldado de Jesucristo. Hay una tensión y un desgaste constantes sobre la espera paciente, que es rasgo necesario de la prueba misionera, y en particular de la prueba de las cosechas diferidas. ¡Quien al principio no podía tolerar demora en tomar su primera decisión, ni esperar a que Dios diera a conocer su voluntad a su manera y a su tiempo, no habría tenido en el campo la larga paciencia del labrador que aguarda el precioso fruto de su trabajo, ni habría afrontado con quietud de espíritu los mil problemas desconcertantes de la obra entre los paganos!

Además, creció en él la convicción de que, si hubiera podido seguir la suerte, su elección habría sido el error de su vida. En aquel tiempo tenía puesta la mente en las Indias Orientales como campo. Sin embargo, todos los acontecimientos posteriores mostraron claramente que la elección de Dios para él era del todo diferente. Sus repetidos ofrecimientos encontraron repetidas negativas, y aunque en ocasiones posteriores obró con la mayor deliberación y solemnidad, no halló ninguna puerta abierta, sino que en todos los casos fue impedido de llevar a cabo su sincero propósito. Tampoco podía justificarse la suerte como indicio de su llamamiento final al campo misionero, porque su propósito era concreto, a saber, averiguar no si en algún momento de su vida había de salir, sino si en aquel momento había de ir o quedarse. Toda la vida posterior de George Müller demostró que Dios tenía para él un plan enteramente distinto, que aún no estaba dispuesto a revelar y que su siervo aún no estaba preparado para ver ni seguir. Si alguna vez la vida de un hombre fue un plan de Dios, sin duda lo fue esta; y la dirección clara y enfática del Señor, cuando se dio a conocer, no fue en esa dirección. Había destinado a George Müller un campo más grande que las Indias y un testimonio más amplio aun que el mensaje del evangelio a los pueblos paganos. «No se le permitió» ir a «Bitinia» porque «Macedonia» aguardaba su ministerio.

Con frecuencia, fervor y minuciosidad crecientes, George Müller fue llevado a presentar a Dios en oración todos los asuntos que pesaban sobre su mente. Este hombre había de ser, de un modo peculiar, un ejemplo para los creyentes como intercesor; y por eso Dios le dio desde el principio una disposición muy sencilla e infantil hacia él. En muchas cosas había de dejar atrás la niñez en conocimiento y en fuerza y hacerse hombre, pues es señal de inmadurez errar por ignorancia y ser vencido por debilidad. Pero en la fe y en el espíritu filial siguió siendo siempre un niño pequeño. El señor J. Hudson Taylor nos recuerda con acierto que, mientras en la naturaleza el orden normal del crecimiento va de la niñez a la edad adulta y así a la madurez, en la gracia el verdadero desarrollo es un continuo retroceso hacia la cuna: debemos hacernos niños pequeños y seguir siéndolo, no perdiendo, sino más bien ganando, sencillez infantil de espíritu. La hombría más madura del discípulo no es sino la perfección de su niñez. George Müller nunca fue tan real, verdadera y plenamente un niño pequeño en todas sus relaciones con su Padre como en el nonagésimo tercer año de su edad.

Así, guardado providencialmente de ir a las Indias, comenzó una obra concreta en su propia tierra, aunque todavía tenía poco conocimiento real del arte divino de colaborar con Dios. Hablaba a otros del bienestar de su alma, escribía a antiguos compañeros de pecado y repartía tratados y folletos misioneros. Tampoco faltó aliento a sus trabajos, aunque a veces sus métodos eran torpes y aun grotescos, como cuando, hablando en el campo a un mendigo sobre su necesidad de salvación, intentó vencer su apática indiferencia hablándole cada vez más alto, ¡como si el simple hecho de gritarle a los oídos pudiera quebrantar la dureza de su corazón!

En 1826 intentó predicar por primera vez. Había sido el instrumento para volver al Señor a un maestro de escuela inconverso que vivía a unas seis millas de Halle, y este maestro le pidió que fuera a ayudar a un clérigo anciano y achacoso de la parroquia. Como estudiante de teología tenía libertad para predicar, pero la conciencia de su ignorancia lo había retenido hasta entonces. Pensó, no obstante, que aprendiendo de memoria el sermón de otro podría ser de provecho a los oyentes, y así lo emprendió. Prepararlo fue un trabajo servil, pues le llevó casi toda una semana memorizar el sermón, y pronunciarlo fue un trabajo sin gozo, pues no había en él nada del poder vivo que acompaña al mensaje y al testimonio que Dios da a un hombre. Su conciencia aún no estaba lo bastante iluminada para ver que hacía un papel falso al predicar como propio el sermón de otro; ni tenía el discernimiento espiritual para percibir que no es el camino de Dios poner a predicar a un hombre que no conoce lo suficiente ni su palabra ni la vida del Espíritu en su interior como para preparar su propio discurso. ¡Cuán pocos, aun entre los predicadores, sienten que la predicación es una vocación divina y no una mera profesión humana; que el ministerio de la verdad implica el testimonio de la experiencia, y que predicar el sermón de otro es, en el mejor de los casos, un antinatural andar sobre zancos!

George Müller «salió del paso» en su penoso esfuerzo del 27 de agosto de 1826, recitando este sermón aprendido de memoria a las ocho de la mañana en la capilla auxiliar, y tres horas más tarde en la iglesia parroquial. Cuando le pidieron que volviera a predicar por la tarde, no teniendo un segundo sermón aprendido de memoria, tuvo que guardar silencio o depender del Señor para recibir ayuda. Pensó que al menos podría leer el capítulo cinco de Mateo y exponerlo con sencillez. Pero apenas había comenzado la primera bienaventuranza cuando se sintió grandemente asistido. No solo se le abrieron los labios, sino que también se le abrieron las Escrituras; su propia alma se ensanchó, y una paz y un poder del todo desconocidos en sus mansas y mecánicas repeticiones de la mañana acompañaron las exposiciones más sencillas de la tarde, con esta ventaja añadida: que hablaba al nivel de la gente y no por encima de sus cabezas, y su lenguaje coloquial y ferviente cautivaba su atención.

De regreso a Halle, se dijo: «Esta es la verdadera manera de predicar», si bien sentía cierto recelo de que un estilo de exposición tan sencillo no conviniera tanto a una congregación urbana culta y refinada. Aún tenía que aprender cómo las palabras persuasivas de humana sabiduría hacen vana la cruz de Cristo, y cómo la misma sencillez que hace inteligible la predicación a los iletrados asegura que también los más cultivados la entiendan, mientras que lo contrario no es cierto.

He aquí otro paso en su preparación, muy importante, para el servicio posterior. A lo largo de toda su vida había de contarse entre los predicadores más sencillos y más bíblicos. Esta primera prueba en el púlpito dio lugar a frecuentes sermones, y en la medida en que su lenguaje se mantenía en la sencillez que es en Cristo, hallaba gozo en su obra y cosecha de ella. El sermón memorizado de algún gran predicador podía arrancar alabanzas humanas, pero era el testimonio sencillo de la Palabra, y del creyente acerca de la Palabra, lo que recibía la alabanza de Dios. Su predicación no fue entonces muy reconocida por Dios en fruto. Sin duda el Señor veía que no estaba preparado para segar, y apenas para sembrar: había todavía demasiado poca oración en la preparación y demasiada poca unción en la predicación, y por eso sus trabajos fueron comparativamente estériles en resultados.

Por este mismo tiempo dio otro paso, quizá el más significativo hasta entonces por su relación con la forma precisa de la obra tan estrechamente unida a su nombre. Durante unos dos meses aprovechó el alojamiento gratuito que se ofrecía a los estudiantes pobres de teología en las famosas Casas de Huérfanos construidas por A. H. Francke. Este santo varón, profesor de teología en Halle, que había muerto cien años antes (1727), había sido guiado a fundar un orfanato en entera dependencia de Dios. Casi sin darse cuenta, toda la obra de la vida de George Müller en Bristol halló a la vez su inspiración y su modelo en el orfanato de Francke en Halle. El mismo edificio donde se alojaba este joven estudiante fue para él una lección práctica: una prueba visible, verdadera y tangible de que el Dios vivo oye la oración y puede, en respuesta solo a la oración, levantar una casa para niños huérfanos. Aquella lección nunca se perdió, ¡y George Müller entró en la sucesión apostólica de tan santa labor! Con frecuencia deja constancia de cuánto debía su propia obra de fe a aquel ejemplo de sencilla confianza en la oración que dio Francke. Siete años más tarde leyó su biografía, y con ello se sintió aún más impulsado a seguirle a él, así como él siguió a Cristo.

La vida espiritual de George Müller en aquellos primeros días fue extrañamente desigual. Por ejemplo, él, que como estudiante luterano de teología ensayaba a predicar, colgó en su cuarto un crucifijo enmarcado, con la esperanza de tener así presentes los sufrimientos de Cristo y caer con menos frecuencia en el pecado. Tales ayudas, sin embargo, le sirvieron de poco, pues mientras se apoyaba en esos puntales artificiales, parecía que pecaba con más frecuencia.

En aquel tiempo trabajaba en exceso, escribiendo a veces catorce horas al día, y esto le provocó un abatimiento nervioso que lo expuso a diversas tentaciones. Se aventuró a entrar en una confitería donde se vendía vino y cerveza, y luego sufrió los reproches de su conciencia por una conducta tan impropia de un creyente; y se sorprendió alimentando pensamientos desagradecidos y poco generosos acerca de Dios, quien, en lugar de visitarlo con el castigo merecido, multiplicaba sus tiernas misericordias.

Escribió a una dama rica, generosa y de título, pidiéndole un préstamo, y recibió exactamente la suma solicitada, con una carta, no de ella, sino de otra persona a cuyas manos había llegado su carta por «una providencia singular», y que la firmaba como «Un adorador rendido del Salvador Jesucristo». Aunque movido a enviar el dinero solicitado, el autor añadía sabias palabras de advertencia y consejo, palabras tan ajustadas a la necesidad exacta de George Müller que este vio claramente la Mano más alta que había guiado al escritor anónimo. En aquella carta se le instaba a «procurar, velando y orando, ser librado de toda vanidad y complacencia propia», a hacer su «principal objetivo ser cada vez más humilde, fiel y sosegado», y a no ser de aquellos que «dicen “Señor, Señor”, pero no le tienen hondamente en su corazón». Se le recordaba también que «el cristianismo no consiste en palabras, sino en poder, y que debe haber vida en nosotros».

Este mensaje de Dios por medio de una persona desconocida lo conmovió profundamente, y tanto más cuanto que había llegado, con su contenido, en el momento en que no solo era culpable de una conducta impropia de un discípulo, sino que alimentaba duros pensamientos acerca de su Padre celestial. Salió a caminar solo, y tan hondamente lo tocaron la bondad de Dios y su propia ingratitud, que se arrodilló detrás de un seto y, aunque había un pie de nieve, se olvidó de sí mismo durante media hora en alabanza, oración y entrega de sí.

Y sin embargo, tan engañoso es el corazón humano, que pocas semanas después se hallaba en un estado tal de apartamiento que, por un tiempo, volvió a estar descuidado y sin oración, y un día procuró ahogar la voz de la conciencia en la copa de vino. El Padre misericordioso no entregó a su hijo a la locura y al pecado. El que en otro tiempo habría podido llegar muy lejos en la disipación, ahora hallaba que unos pocos vasos de vino eran más que suficientes; su gusto por tales placeres había desaparecido, y también el poder de acallar el silbo apacible y delicado de la conciencia y del Espíritu de Dios.

Tales vaivenes en la experiencia cristiana se debían en parte a la falta de relaciones santas y de compañía piadosa. Todo discípulo necesita ayuda para vivir en santidad, y este joven creyente anhelaba aquel impulso espiritual que brinda la comunión con creyentes afines. En las vacaciones había hallado tal refrigerio para el alma en Gnadau, el asentamiento moravo a unas tres millas de la residencia de su padre, pero la misma Halle le ofrecía poca ayuda. Iba a menudo a la iglesia, pero rara vez oía el evangelio, y en aquella ciudad de más de 30,000 habitantes, con todos sus ministros, no halló un solo clérigo iluminado. Por eso, cuando podía oír a un predicador como el doctor Tholuck, caminaba diez o quince millas para gozar de tal privilegio. Las reuniones continuaban en casa del señor Wagner; y los domingos por la noche solían reunirse unos seis o más estudiantes creyentes, y ambas reuniones fueron medios de gracia. Desde la Pascua de 1827, mientras permaneció en Halle, esta última reunión se celebró en su propio cuarto, y merece contarse junto a aquellas pequeñas reuniones del «Club Santo» en el Lincoln College de Oxford, que cien años antes habían formado a los Wesley y a Whitefield para sus grandes carreras. Antes de que George Müller dejara Halle, la asistencia a esta reunión semanal en su cuarto había llegado a veinte.

Estas reuniones fueron en todo momento muy sencillas y primitivas. Además de la oración, el canto y la lectura de la palabra de Dios, uno o más hermanos exhortaban o leían fragmentos de libros piadosos. Allí el joven Müller abría libremente su corazón a los demás, y por medio de sus consejos y oraciones fue librado de muchos lazos.

Una lección que aún le faltaba aprender era que la única fuente de toda sabiduría y fuerza son las Sagradas Escrituras. Muchos discípulos prefieren en la práctica los libros religiosos al Libro de Dios. Ciertamente había descubierto que buena parte de las lecturas con que demasiados que profesan creer ocupan su mente no eran más que paja sin valor, como las novelas francesas y alemanas; pero todavía no había adquirido el hábito de leer la palabra de Dios a diario y de forma sistemática, como en su vida posterior, casi con exclusión de otros libros. En su nonagésimo segundo año dijo a quien esto escribe que estaba seguro de que, por cada página de cualquier otra lectura, leía diez de la Biblia. Pero hasta aquel día de noviembre de 1825 en que se encontró por primera vez con un grupo de discípulos que oraban, nunca, que él recordara, había leído un solo capítulo del Libro de los libros; y durante los cuatro primeros años de su nueva vida dio en la práctica preferencia a las obras de hombres no inspirados sobre los Oráculos Vivos.

Una vez despertado en él un verdadero gusto por las Escrituras, no podía entender cómo había podido tratar alguna vez el Libro de Dios con tal descuido. Le parecía evidente que, habiéndose dignado Dios hacerse Autor, inspirando a santos hombres para escribir las Escrituras, impartiría en ellas las verdades más vitales; su mensaje abarcaría todos los asuntos que conciernen al bien del hombre, y por tanto, bajo el doble impulso del deber y del deleite, deberíamos acudir instintiva y habitualmente a la Biblia. Además, al leer y estudiar este Libro de Dios, se sentía admitido a un trato cada vez más íntimo con el Autor. Durante los últimos veinte años de su vida lo leyó atentamente de principio a fin cuatro o cinco veces al año, con una conciencia creciente de que por ese medio aumentaba rápidamente en el conocimiento de Dios.

Es extraño que algún verdadero creyente pase por alto tales motivos para estudiar la Biblia. Ruskin, al escribir «De los tesoros del rey», alude a la ambición universal de «progresar en la vida», que significa «entrar en la buena sociedad». ¡Cuántos obstáculos encuentra uno para conseguir que lo presenten a los grandes y buenos de este mundo, y aun después para llegar hasta ellos, para obtener una audiencia con los reyes y reinas de la sociedad humana! Sin embargo, tenemos abierta una sociedad de personas del más alto rango que nos recibirán y conversarán con nosotros todo el tiempo que queramos, sean cuales sean nuestra ignorancia, nuestra pobreza o nuestra humilde condición: la sociedad de los autores; y la llave que abre su cámara privada de audiencias son sus libros.

Así escribe Ruskin, y todo esto es bellamente cierto; pero ¡cuán pocos, aun entre los creyentes, aprecian el privilegio de tener acceso al gran Autor del universo por medio de su palabra! Pobres y ricos, encumbrados y humildes, ignorantes y sabios, jóvenes y ancianos, todos por igual son bienvenidos a la cámara de audiencias del Rey de reyes. El conocimiento más íntimo de Dios es posible con una condición: que escudriñemos sus Sagradas Escrituras, con oración y de forma habitual, y traduzcamos en obediencia lo que allí encontremos. Para el que así medita en la ley de Dios de día y de noche, para el que mira atentamente en esta perfecta ley de la libertad y persevera en ella, la promesa es singular, y se halla en ambos Testamentos: «Todo lo que hace, prosperará»; «este será bienaventurado en lo que hace». (Compárese Salmo 1:3; Josué 1:8; Santiago 1:25).

Tan pronto como George Müller halló este manantial de deleite y de éxito, bebió habitualmente de esta fuente de aguas vivas. En su vida posterior lamentó que, a causa de su temprano descuido de esta fuente de sabiduría y fuerza divinas, hubiera permanecido tanto tiempo en la infancia espiritual, con su ignorancia y su impotencia. En la medida y por el tiempo en que se detuvo así su crecimiento en el conocimiento de Dios, se vio también estorbado su crecimiento en la gracia. Su estrecho andar con Dios comenzó en el punto en que aprendió que tal andar es siempre a la luz de aquella palabra inspirada de la que Dios declara que es para el alma obediente «lámpara a los pies y lumbrera al camino». El que quiera mantener un trato íntimo con el Señor debe hallar habitualmente en las Escrituras el camino real de esa comunión. La aristocracia de Dios, su nobleza, los príncipes de su reino, no son los sabios, los poderosos y los de alta cuna de la tierra, sino a menudo los pobres, los débiles y los despreciados de los hombres, que permanecen en su presencia y tienen devota comunión con él por medio de su palabra inspirada.

¡Bienaventurados los que así han aprendido a usar la llave que da libre acceso, no solo a los Tesoros del Rey, sino al Rey mismo!

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