Capítulo 4 · 22 min de lectura · 28 min de escucha
El nuevo nacimiento y la nueva vida
PASADOS ya para siempre los días perdidos del pecado, comenzaron a amanecer los días del cielo sobre la tierra, que irían en aumento hasta el día perfecto.
Entramos en el segundo período de esta vida que estamos repasando. Después de veinte años de malas obras, George Müller se convirtió a Dios, y la naturaleza radical del cambio demuestra y pone de manifiesto de modo sorprendente la soberanía de la Gracia todopoderosa. Había sido guardado en medio de escenas de pecado escandaloso y flagrante, y sacado a salvo de muchos peligros, así como de dos enfermedades graves, porque en él habían de cumplirse propósitos divinos de misericordia. Ninguna otra explicación puede dar cuenta cabal de los hechos.
Recuerden quienes quieran explicar una conversión así sin tener en cuenta a Dios que ocurrió en un momento en que este joven pecador estaba tan despreocupado como siempre; cuando hacía años que no leía la Biblia ni poseía un ejemplar de ella; cuando rara vez había asistido a un culto y nunca había oído siquiera un solo sermón evangélico; cuando ningún creyente le había dicho jamás lo que es creer en el Señor Jesucristo y vivir con la ayuda de Dios y conforme a su Palabra; cuando, de hecho, no tenía idea alguna de los primeros rudimentos de la doctrina de Cristo, ni conocía la verdadera naturaleza de una vida santa, sino que creía que todos los demás eran como él, salvo en el grado de depravación e iniquidad. Este joven había llegado así a la edad adulta sin haber aprendido esa verdad elemental de que los pecadores y los santos no se diferencian en grado, sino en naturaleza; de que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; y, sin embargo, el duro corazón de un hombre así, en un momento así y en tales condiciones, fue tan trabajado por el Espíritu Santo que de pronto halló entrada en una nueva esfera de vida, con nuevas aptitudes para su nueva atmósfera.
La Mano divina en esta historia resulta doblemente clara cuando, mirando ahora hacia atrás, vemos que este fue también el período de preparación para la obra de su vida; una preparación tanto más misteriosa cuanto que él no tenía todavía idea ni presentimiento alguno de esa obra. Durante los diez años siguientes veremos al divino Alfarero, para quien George Müller era un instrumento escogido para el servicio, moldeando y adaptando la vasija para su uso. Cada paso es un paso de preparación, pero solo puede entenderse a la luz que aquel futuro proyecta hacia atrás sobre el singular ministerio a la iglesia y al mundo para el cual este nuevo convertido fue apartado por Dios, sin saberlo en absoluto, y al cual había de quedar tan particularmente consagrado.
Un sábado por la tarde, hacia mediados de noviembre de 1825, Beta le dijo a Müller, cuando volvían de un paseo, que esa noche iba a una reunión en casa de un creyente, adonde solía ir los sábados, y donde unos pocos amigos se reunían para cantar, orar y leer la palabra de Dios y un sermón impreso. Semejante programa no ofrecía nada capaz de atraer a un hombre del mundo que buscaba sus placeres diarios en la mesa de juego y en la copa de vino, en el baile y en el teatro, y cuyas compañías eran jóvenes disipados; y, sin embargo, George Müller sintió al instante el deseo de ir a esa reunión, aunque no habría sabido decir por qué. Había sin duda dentro de él un vacío consciente, nunca llenado, y alguna voz interior e instintiva le susurraba que allí podría hallar alimento para el hambre de su alma: algo que lo saciara, tras lo cual había andado toda su vida a tientas, sin saberlo y a ciegas. Expresó el deseo de ir, y su amigo dudó en animarlo, temiendo que un devoto tan alegre y temerario de los placeres viciosos se sintiera incómodo en semejante reunión. Con todo, pasó a buscar al joven Müller y lo llevó a la reunión.
Durante sus extravíos como descarriado, Beta se había unido a George Müller en sus malos caminos y lo había ayudado en ellos; pero, al regresar del viaje a Suiza, su conciencia de pecado había revivido de tal manera que lo constriñó a hacer una confesión completa a su padre; y, por medio de un amigo cristiano, un tal Dr. Richter, antiguo estudiante de Halle, había conocido al señor Wagner, en cuya casa se celebraban las reuniones. Así que los dos jóvenes fueron juntos, y el antiguo descarriado fue usado por Dios para «convertir al pecador del error de su camino, salvar un alma de muerte y cubrir multitud de pecados».
Aquel sábado por la noche fue el punto decisivo en la historia y el destino de George Müller. Se encontró en una compañía extraña, en un ambiente nuevo, respirando una atmósfera nueva. Su torpeza le hacía sentirse tan inseguro de ser bien recibido que presentó alguna excusa por estar allí. Pero nunca olvidó la bondadosa respuesta del hermano Wagner: «¡Ven cuantas veces quieras! La casa y el corazón están abiertos para ti». Poco sabía entonces lo que más tarde aprendió por bendita experiencia: ¡qué gozo llena y estremece el corazón de los santos que oran cuando un malhechor dirige sus pasos, por tímidamente que sea, hacia un lugar de oración!
Todos los presentes se sentaron y cantaron un himno. Luego un hermano, que más tarde fue a África con la Sociedad Misionera de Londres, se puso de rodillas y oró pidiendo la bendición de Dios sobre la reunión. Aquel arrodillarse delante de Dios en oración causó en Müller una impresión que nunca se borró. Tenía veinte años y, sin embargo, nunca había visto a nadie orar de rodillas, y por supuesto él mismo jamás se había arrodillado delante de Dios, pues la costumbre prusiana era estar de pie en la oración pública.
Se leyó un capítulo de la palabra de Dios y, como todas las reuniones en que se exponían las Escrituras, salvo que lo hiciera un clérigo ordenado, estaban prohibidas por irregulares, se leyó un sermón impreso. Cuando, después de otro himno, oró el dueño de la casa, George Müller decía para sí: «Soy mucho más instruido que este hombre iletrado, pero no podría orar tan bien como él». Por extraño que parezca, ya brotaba en su alma un gozo nuevo, del que habría podido dar tan poca explicación como de su inexplicable deseo de ir a aquella reunión. Pero así fue; y, de camino a casa, no pudo menos que decirle a Beta: «Todo lo que vimos en nuestro viaje a Suiza, y todos nuestros placeres pasados, no son nada comparados con esta noche».
No podía recordar si, al llegar a su cuarto, se arrodilló él mismo a orar, pero nunca olvidó que una paz y un reposo nuevos y extraños lo alcanzaron de algún modo mientras yacía en la cama aquella noche. ¿Eran las alas de Dios las que se plegaban sobre él, después de toda su vana huida lejos del verdadero nido donde el Águila divina revolotea sobre sus polluelos?
¡Qué soberanos son los caminos de Dios al obrar! En un pecador como Müller, los teólogos habrían exigido una gran «obra de la ley» como puerta necesaria a una vida nueva. Sin embargo, en aquel tiempo había tan poca convicción profunda de culpa y condenación como conocimiento profundo de Dios y de las cosas divinas; y quizá precisamente porque había tan poco de lo segundo había tan poco de lo primero.
Nuestras rígidas teorías de la conversión fracasan todas ante hechos como estos. Hemos oído de una niña que confió en Cristo para su salvación con tal sencillez que no podía dar cuenta de ninguna «obra de la ley». Y cuando uno de aquellos antiguos examinadores, que creía que no podía haber conversión genuina sin un período de profunda convicción, le preguntó: «Pero, querida, ¿y el Pantano del Desaliento?», ella hizo una reverencia y dijo: «Por favor, señor, ¡yo no vine por ese camino!»
Los ojos de George Müller estaban apenas medio abiertos, como si viera a los hombres como árboles que andan; pero Cristo había tocado esos ojos. Sabía poco del gran Sanador, pero de algún modo había tocado el borde del manto de su gracia, y había salido virtud de aquel que lleva esa túnica sin costura y que responde aun al más leve contacto del alma que anda a tientas buscando la salvación. Y así encontramos aquí otra prueba de la infinita variedad del obrar de Dios, que, como el hecho mismo de ese obrar, es tan maravillosa. Aquel sábado por la noche de noviembre de 1825 fue para este joven estudiante de Halle la encrucijada de los caminos. Había gustado que el Señor es benigno, aunque él mismo no podía explicar el nuevo gusto por las cosas divinas que le hacía parecer demasiado larga una semana de espera para otra comida; de modo que tres veces antes del sábado siguiente buscó la casa del hermano Wagner, para escudriñar allí las Escrituras con la ayuda de los hermanos.
Perderíamos una de las lecciones principales de la historia de esta vida si pasáramos con demasiada prisa sobre un acontecimiento como esta conversión y la manera exacta en que ocurrió, porque aquí se halla el primer gran paso de la preparación que Dios hizo del obrero para su obra.
Nada hay más maravilloso en la historia que las señales y pruebas inconfundibles de una adaptación previa. Los sucesos de nuestra vida no son disjecta membra: fragmentos dispersos, inconexos y fortuitos. En el libro de Dios todos estos acontecimientos estaban escritos de antemano, cuando aún no existía nada más que el plan en la mente de Dios, que había de irse formando con el tiempo en la historia real, como quizá se sugiere en Salmo 139:16 (nota marginal).
Vemos piedras y maderos llevados a un solar de construcción, las piedras de distintas canteras y los maderos de diversos talleres, y distintos obreros han trabajado en ellos en tiempos y lugares que impedían todo contacto o cooperación consciente. Las condiciones se oponen a toda acción concertada de antemano y, sin embargo, sin desbastar ni cortar, la piedra encaja con la piedra y el madero con el madero, espigas y mortajas, proporciones y dimensiones, todo se corresponde, de modo que, cuando el edificio está terminado, está tan perfectamente proporcionado y tan exactamente ajustado como si todo se hubiera preparado en un solo taller y se hubiera armado de antemano a modo de prueba. En tales circunstancias ningún hombre cuerdo dudaría de que una sola mente rectora, un arquitecto y maestro de obras, había proyectado aquella estructura, por muchas que fueran las canteras, los talleres y los obreros.
Y así sucede con la historia de la vida que estamos escribiendo. Los materiales que habían de edificarse en una sola estructura de servicio procedían de mil fuentes y fueron moldeados por muchas manos, pero había una adecuación mutua y una adaptación común al fin propuesto que prueban que aquel cuya mente y cuyo plan abarcan los siglos tenía un propósito supremo al que todos los agentes humanos contribuían sin saberlo. El asombro ante esta visión de la hechura de Dios irá creciendo en nosotros a medida que miremos por debajo y por detrás de los meros sucesos humanos para ver la Mano divina que va dando forma a todos estos acontecimientos y experiencias, en apariencia inconexos, y los va edificando juntos en una sola obra de vida.
Por ejemplo, ¿cuál hemos visto que fue el paso y la etapa inicial de la historia espiritual de George Müller? En una pequeña reunión de creyentes, donde por primera vez vio a un hijo de Dios orar de rodillas, halló su primer acercamiento a un Dios que perdona. Observemos: este hombre había de quedar en adelante singular y particularmente identificado con sencillas asambleas bíblicas de creyentes según el modelo más primitivo y apostólico: reuniones de oración y alabanza, de lectura y exposición de la Palabra, como sin duda las que se celebraban en casa de María, la madre de Juan Marcos; asambleas destinadas principal y primordialmente a los creyentes, celebradas dondequiera que se hallara un lugar, sin dar importancia a edificios consagrados y sin ningún atractivo secular ni estético. Tales asambleas habían de quedar tan unidas a toda la vida, la obra y el testimonio de George Müller que serían inseparables de su nombre, y fue en una asamblea así donde, la noche antes de morir, anunció su último himno y elevó su última oración.
Y no solo eso, sino que la oración de rodillas, tanto en secreto como en tal compañía de creyentes, había de ser en adelante el gran secreto central de su vida santa y de su servicio santo. Sobre esta piedra angular de la oración había de edificarse toda la obra de su vida. De sir Henry Lawrence solían decir los soldados nativos durante el motín de Lucknow que, «cuando miraba dos veces al cielo, una vez a la tierra y luego se acariciaba la barba, sabía lo que tenía que hacer». Y de George Müller bien puede decirse que había de ser, durante más de setenta años, el hombre que de manera notoria miraba al cielo para saber lo que debía hacer. La oración pidiendo dirección divina directa en cada crisis, grande o pequeña, había de ser el secreto de toda su carrera. ¿Hay algo casual en la manera exacta en que fue conducido por primera vez a Dios, y en el carácter preciso de las escenas que quedaron así marcadas con un interés y una importancia tan duraderos?
El pensamiento de un plan divino que así se pone de relieve en este punto lo veremos ilustrado de manera singular al observar cómo piedra tras piedra y madero tras madero son llevados al solar de la construcción, y todos tan mutuamente ajustados que no se oye el ruido de ninguna herramienta humana mientras se edifica la obra de su vida.
Desde luego, un hombre que había sido tan disoluto y pródigo debía por lo menos comenzar, al convertirse, a vivir una vida cambiada. No es que abandonara de golpe los viejos pecados, pues una transformación tan completa exige un conocimiento de la palabra y la voluntad de Dios más profundo del que George Müller tenía todavía. Pero dentro de él obraba un nuevo Poder que separa y santifica. Sentía aversión por los placeres perversos y por sus antiguos compañeros; dejó por completo de frecuentar las tabernas, y una lengua mentirosa sintió en torno a sí ataduras nuevas y extrañas. Se puso guarda a la puerta de los labios, y cada palabra que salía quedaba expuesta a ser examinada, de modo que los viejos hábitos de un hablar indómito fueron detenidos y corregidos.
En aquel tiempo estaba traduciendo al alemán, para la imprenta, una novela francesa, con la esperanza de emplear lo que ganara con ese trabajo en una visita a París, etc. Primero abandonó el plan del viaje de placer; luego surgió la pregunta de si no debía abandonar también el trabajo mismo. Ya fuera porque sus convicciones no eran claras o porque su valor moral no bastaba, siguió adelante con la novela. La terminó, pero nunca se publicó. Obstáculos providenciales impidieron o retrasaron la venta y la publicación del manuscrito, hasta que una visión espiritual más clara le mostró que todo el asunto no era de fe y era, por tanto, pecado, de modo que no quiso ni vender ni imprimir la novela, sino que la quemó; otro paso significativo, porque fue su primer acto valiente de abnegación en rendición a la voz del Espíritu; y así quedó lista otra piedra u otro madero para el edificio venidero.
Comenzó entonces, en distintas direcciones, una buena batalla contra el mal. Aunque todavía débil y a menudo vencido ante la tentación, no «perseveraba en pecado» habitualmente, ni ofendía a Dios sin un dolor que es según Dios. Los pecados manifiestos se hicieron menos frecuentes y los secretos menos seductores. Leía la palabra de Dios, oraba a menudo, amaba a sus condiscípulos, buscaba las asambleas de la iglesia por motivos rectos, y se puso con valentía del lado de su nuevo Señor, a costa del vituperio y la burla de sus compañeros de estudios.
El siguiente paso notable de George Müller en su nuevo camino fue el descubrimiento de lo precioso que es la palabra de Dios.
Al principio no tuvo más que un atisbo de las profundas minas de riqueza que más tarde exploró. Pero toda la historia de su vida gira de tal modo en torno a ciertos grandes textos que, siempre que aparezcan en este relato, deben ir en mayúsculas para señalar su importancia. Y, de todos ellos, aquel «pequeño evangelio» de Juan 3:16 es el primero, porque por él halló una salvación plena:
«DE TAL MANERA AMÓ DIOS AL MUNDO, QUE HA DADO A SU HIJO UNIGÉNITO, PARA QUE TODO AQUEL QUE EN ÉL CREE NO SE PIERDA, MAS TENGA VIDA ETERNA.»
De estas palabras obtuvo su primer vislumbre de la filosofía del plan de salvación: por qué y cómo el Señor Jesucristo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero como nuestro Sustituto vicario y Fiador sufriente, y cómo sus padecimientos en Getsemaní y en el Gólgota hicieron para siempre innecesario que el pecador arrepentido y creyente cargara con su propia iniquidad y muriera por ella.
Captar de veras este hecho es el comienzo de una fe verdadera y salvadora, lo que el Espíritu llama «echar mano». Quien cree y sabe que Dios lo amó así primero, se descubre amando a Dios a su vez, y la fe obra por el amor para purificar el corazón, transformar la vida y vencer al mundo.
Así fue con George Müller. Halló en la palabra de Dios un gran hecho: el amor de Dios en Cristo. De ese hecho echó mano la fe, no el sentimiento; y luego el sentimiento vino de forma natural, sin que hubiera que esperarlo ni buscarlo. El amor de Dios en Cristo lo constriñó a un amor, infinitamente indigno, por cierto, de aquel al que respondía, pero que le daba un impulso nuevo, antes desconocido. Lo que todas las órdenes, castigos y súplicas de su padre, junto con todos los apremiantes dictados de su propia conciencia, los motivos de conveniencia y los repetidos propósitos de enmienda, no habían logrado en absoluto, el amor de Dios lo impulsó y lo capacitó a hacerlo: renunciar a una vida de pecaminosa complacencia de sí mismo. Así aprendió muy pronto esa doble verdad que después amó apasionadamente enseñar a otros: que en la sangre del Cordero expiatorio de Dios está el Manantial tanto del perdón como de la purificación. Ya busquemos perdón del pecado o poder sobre el pecado, la única fuente y el único secreto están en la obra de Cristo por nosotros.
El nuevo año de 1826 fue de veras un año nuevo para esta alma recién nacida. Comenzó entonces a leer revistas misioneras, que encendieron una llama nueva en su corazón. Sintió un anhelo, todavía poco reflexivo, de ser él mismo un mensajero a las naciones, y la oración frecuente ahondó y confirmó esa impresión. A medida que crecía su conocimiento del campo mundial, nuevos datos acerca de la miseria y la desolación de los pueblos paganos fueron como combustible que alimentaba esta llama del espíritu misionero.
Sin embargo, un apego carnal casi apagó por un tiempo este fuego de Dios en su interior. Se sintió atraído por una joven de su misma edad, creyente profesa, a la que había conocido en las reuniones de los sábados por la noche; pero tenía motivos para pensar que sus padres no la dejarían ir a una vida misionera, y empezó, medio inconscientemente, a pesar en la balanza su anhelo de servir frente a su pasión por una criatura semejante a él. La inclinación, ¡ay!, pesó más que el deber. La oración perdió su poder y por un tiempo casi se interrumpió, con la consiguiente disminución del gozo. Su corazón se apartó del campo extranjero y, de hecho, de todo servicio abnegado. Pasaron seis semanas en este estado de decaimiento espiritual, cuando Dios tomó un camino extraño para recobrar al descarriado.
Un joven hermano, Hermann Ball, rico, culto, con todas las perspectivas prometedoras de este mundo para atraerlo, hizo un gran sacrificio. Escogió Polonia como campo y el trabajo entre los judíos como su misión, negándose a quedarse en casa para descansar en el blando nido de una comodidad lujosa y complaciente consigo misma. Esta decisión causó en el joven Müller una honda impresión. Se vio obligado a comparar con ella su propia conducta. Por una pasión amorosa por una joven había abandonado la obra a la que se sentía llamado por Dios, y se había quedado sin gozo y sin oración; otro joven, con mucho más que lo atraía hacia el mundo, había renunciado a todos los placeres y tesoros del mundo por un servicio abnegado entre los despreciados judíos de Polonia. Hermann Ball actuaba y escogía como Moisés en la crisis de su historia, mientras que él, George Müller, actuaba y escogía más bien como aquel profano Esaú, que por una vianda vendió su primogenitura. El resultado fue una nueva renuncia: dejó a la joven que amaba y rompió una relación que se había formado sin fe ni oración y que había resultado una fuente de alejamiento de Dios.
Aquí señalamos otro paso nuevo y significativo en la preparación para la obra de su vida: un decidido avance, que llegó a ser un modelo para el resto de su vida. Por segunda vez una decisión por Dios le había costado una notable abnegación. Antes había quemado su novela; ahora, sobre el mismo altar, entregó al fuego consumidor una pasión humana que ejercía sobre él una influencia no santificada. Conforme a la medida de luz que tenía hasta entonces, George Müller estaba plenamente entregado a Dios, sin reservas, y por eso andaba en la luz. No tuvo que esperar mucho la remuneración, porque la sonrisa de Dios le compensó la pérdida de un amor humano, y la paz de Dios era suya porque el Dios de paz estaba con él.
Todo nuevo manantial de gozo interior exige un cauce por donde desbordarse, y así se sintió impulsado a dar testimonio. Escribió a su padre y a su hermano contándoles su feliz experiencia, rogándoles que buscaran y hallaran un reposo semejante en Dios, pensando que bastaba con que conocieran el camino que lleva a tal gozo para que estuvieran igualmente deseosos de entrar en él. Pero una respuesta airada fue todo lo que su carta provocó.
Por aquel mismo tiempo el famoso Dr. Tholuck ocupó la cátedra de teología en Halle, y la llegada de un hombre tan piadoso a la facultad atrajo a estudiantes piadosos de otros centros de enseñanza, y amplió así el círculo de creyentes de George Müller, que por la gracia le ayudaron mucho. Naturalmente, el espíritu misionero revivió, y con un fervor tan acrecentado que pidió permiso a su padre para unirse a alguna institución misionera de Alemania. Su padre no solo se disgustó mucho, sino que sufrió una gran decepción, y le dirigió reproches muy duros de soportar. Le recordó a George todo el dinero que había gastado en su educación con la esperanza de que se lo devolviera obteniendo un «beneficio» tal que asegurara a su padre un hogar cómodo y sustento para su vejez; y, en un arrebato de ira, exclamó que ya no lo consideraría como hijo.
Luego, viendo a ese hijo inconmovible en su serena firmeza, cambió de tono y pasó de las amenazas a lágrimas de súplica, mucho más difíciles de resistir que los reproches. El resultado de la entrevista fue un tercer paso significativo en la preparación para la misión de la vida de su hijo. Su resolución de seguir la dirección del Señor a cualquier precio permaneció intacta, pero ahora vio con claridad que solo podía ser independiente del hombre siendo más enteramente dependiente de Dios, y que en adelante no debía aceptar más dinero de su padre. Recibir tal sostén implicaba obedecer sus deseos, pues le parecía claramente injusto esperar de él el costo de su formación cuando no tenía perspectiva ni intención de cumplir las expectativas que conocía. Si había de vivir del dinero de su padre, tenía la obligación tácita de llevar a cabo sus planes y buscar un buen beneficio como clérigo en su tierra. Así aprendió George Müller, muy temprano en la vida, la valiosa lección de que uno debe preservar su independencia si no quiere poner en peligro su integridad.
Dios estaba guiando a su siervo en su juventud a echarse sobre él para las provisiones temporales. Este paso no se dio sin costo, porque los dos años que aún le quedaban en la universidad requerirían más gastos que cualquier tiempo anterior. Pero también así de temprano halló en Dios un fiel Proveedor y un Amigo en la necesidad. Poco después, ciertos caballeros norteamericanos, tres de los cuales eran profesores universitarios,* que estaban en Halle y deseaban recibir clases de alemán, fueron aconsejados por el Dr. Tholuck para que tomaran a George Müller como tutor; y la paga por las lecciones que les daba y las conferencias que les escribía fue tan generosa que todas sus necesidades quedaron más que cubiertas. Así también, en los comienzos de su vida, quedó escrito con letras grandes en las cámaras de su memoria otro texto de oro de la palabra de Dios:
«¡TEMED AL SEÑOR, VOSOTROS SUS SANTOS!
PORQUE NO HAY FALTA PARA LOS QUE LE TEMEN.»
(Salmo 34:9.)
* Uno de ellos era el reverendo Charles Hodge, después tan conocido como profesor del Seminario Teológico de Princeton, etc.
Capítulo 4 completado
El nuevo nacimiento y la nueva vida