Capítulo 3 · 20 min de lectura · 25 min de escucha
De su nacimiento a su nuevo nacimiento
UNA vida humana llena de la presencia y del poder de Dios es uno de los dones más escogidos de Dios a su iglesia y al mundo.
Las cosas que no se ven y son eternas le parecen al hombre carnal lejanas e indistintas, mientras que lo que se ve y es temporal le resulta vívido y real. En la práctica, cualquier objeto de la naturaleza que pueda verse o tocarse es así más real y efectivo para la mayoría de los hombres que el Dios vivo. Todo hombre que anda con Dios y halla en él un pronto auxilio en todo tiempo de necesidad; que pone sus promesas a prueba en la práctica y las verifica en la experiencia real; todo creyente que con la llave de la fe abre los misterios de Dios, y con la llave de la oración abre los tesoros de Dios, ofrece así a la humanidad una demostración y una ilustración del hecho de que «él es, y es galardonador de los que le buscan».
George Müller fue precisamente ese argumento y ese ejemplo encarnados en carne humana. He aquí un hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras y tentado en todo según nuestra semejanza, pero que creyó a Dios y fue afirmado por creer; que oró con fervor para poder vivir una vida y hacer una obra que fueran una prueba convincente de que Dios oye la oración y de que es seguro confiar en él en todo tiempo; y que ha dado precisamente el testimonio que deseaba. Como Enoc, caminó de veras con Dios, y tuvo abundante testimonio de haber agradado a Dios. Y cuando, el día diez de marzo de 1898, se nos dijo de George Müller que «desapareció», supimos que «le llevó Dios»: aquello pareció más un traslado que una muerte.
Para quienes conocen bien la larga historia de su vida y, sobre todo, para quienes lo conocieron íntimamente y sintieron el poder del contacto personal con él, fue uno de los santos más maduros de Dios y, en sí mismo, una prueba viviente de que la vida de fe es posible; de que Dios puede ser conocido, de que se puede tener comunión con él, hallarlo, y de que puede llegar a ser un compañero consciente en la vida diaria. George Müller demostró, para sí mismo y para todos los demás que quieran recibir su testimonio, que para quienes están dispuestos a tomarle la palabra a Dios y a rendir el yo a su voluntad, él es «el mismo ayer, y hoy, y por los siglos»; que los días de la intervención y la liberación divinas han pasado solo para aquellos en quienes han pasado los días de la fe y la obediencia; en una palabra, que la oración de fe obra todavía las maravillas que nuestros padres nos contaron de los tiempos antiguos.
Quizá la mejor manera de estudiar la vida de este hombre sea dividirla en ciertos períodos bien marcados, en los que se reparte de forma natural, si atendemos a aquellos acontecimientos y experiencias principales que son como signos de puntuación o divisiones de párrafo; por ejemplo:
1. Desde su nacimiento hasta su nuevo nacimiento o conversión: 1805-1825.
2. Desde su conversión hasta su plena entrada en la obra de su vida: 1825-35.
3. Desde ese punto hasta la época de sus giras misioneras: 1835-75.
4. Desde el comienzo hasta el final de esas giras: 1875-92.
5. Desde el final de sus giras hasta su muerte: 1892-98.
Así, el primer período abarcaría veinte años; el segundo, diez; el tercero, cuarenta; el cuarto, diecisiete; y el último, seis. Por desiguales que sean en duración, cada uno forma una especie de época, señalada por ciertos rasgos destacados y característicos que sirven para distinguirla y hacen que sus lecciones sean especialmente importantes y memorables. Por ejemplo, el primer período es el de los días perdidos del pecado, cuya gran lección es la amargura y la inutilidad de una vida desobediente. En el segundo período pueden seguirse los notables pasos de preparación para la gran obra de su vida. El tercero abarca la realización efectiva de la misión divina que se le había encomendado. Luego, durante diecisiete o dieciocho años, lo encontramos dando en todas partes de la tierra su testimonio mundial acerca de Dios; y los últimos seis años los usó Dios para suavizar y madurar su carácter cristiano. Durante esos años quedó en una soledad singular, pero eso solo le hizo apoyarse más en la compañía divina, y quienes tuvieron con él el trato más íntimo notaron que estaba más inclinado que nunca a las cosas celestiales, y que la hermosura del Señor su Dios estaba sobre él.
El primer período puede recorrerse con rapidez, porque abarca solo los años desperdiciados de una juventud y una primera edad adulta pecaminosas y disolutas. Interesa sobre todo porque ilustra la soberanía de aquella Gracia que sobreabunda aun para el primero de los pecadores. ¿Quién puede leer la historia de esos veinte años y seguir hablando de la piedad como producto de la evolución? En su caso, más que evolución hubo una revolución, tan marcada y completa como quizá se haya visto jamás en los anales de la salvación. Si lord George Lyttelton solo pudo explicar la conversión de Saulo de Tarso por un poder sobrenatural, ¡qué habría pensado de la transformación de George Müller! Saulo tenía a su favor una conciencia, aunque extraviada, y una moralidad, aunque farisaica. George Müller era un pecador flagrante contra la honradez y la decencia más elementales, y toda su primera trayectoria fue una rebelión no solo contra Dios, sino contra su propio sentido moral. Si Saulo fue un transgresor endurecido, ¡cuán insensible debió de ser George Müller!
Era natural de Prusia, nacido en Kroppenstaedt, cerca de Halberstadt, el 27 de septiembre de 1805. Menos de cinco años después sus padres se trasladaron a Heimersleben, a unas cuatro millas de allí, donde su padre fue nombrado recaudador de impuestos; y unos once años más tarde se mudaron de nuevo, a Schoenebeck, cerca de Magdeburgo, donde había obtenido otro cargo.
George Müller no recibió una formación paterna adecuada. La preferencia de su padre por él fue perjudicial tanto para él como para su hermano, como en la familia de Jacob, pues engendró celos y distanciamiento. Se ponía dinero con demasiada liberalidad en manos de estos muchachos, con la esperanza de que aprendieran a usarlo y a ahorrarlo; pero el resultado fue más bien un derroche descuidado y vicioso, pues llegó a ser la fuente de muchos pecados infantiles de complacencia. Peor aún: cuando se les pedía que rindieran cuentas de su mayordomía, recurrían a la mentira y al engaño para encubrir sus gastos derrochadores. El joven George engañaba sistemáticamente a su padre, ya con anotaciones falsas de lo que había recibido, ya con declaraciones falsas de lo que había gastado o le quedaba. Cuando se descubrían sus artimañas, el castigo que seguía no producía enmienda alguna; su único efecto era idear trampas y fraudes más ingeniosos. Como el muchacho espartano, George Müller no tenía por falta robar, sino solo que se descubriera su robo.
Su propio y breve relato de su niñez muestra a un muchacho muy malo, y no intenta disimularlo. Antes de cumplir diez años era un ladrón habitual y un experto en el engaño; ni siquiera los fondos del gobierno confiados a su padre estaban a salvo de sus manos. Las sospechas llevaron a tenderle una trampa en la que cayó: se contó cuidadosamente una suma de dinero y se dejó donde él la hallaría y tendría ocasión de robarla. La tomó y la escondió bajo el pie, dentro del zapato; pero, al registrarlo y encontrarse el dinero, quedó claro a quién podían atribuirse las diversas sumas que habían desaparecido antes.
Su padre quería que se formara para clérigo, y antes de que cumpliera once años lo envió a la escuela clásica de la catedral de Halberstadt para prepararse para la universidad. Que un muchacho así fuera apartado deliberadamente para un oficio y una vocación tan sagrados, por un padre que conocía sus desviaciones y faltas morales, parece increíble; pero, donde existe una iglesia estatal, el ministerio del evangelio tiende a tratarse como una profesión humana más que como una vocación divina, y así los requisitos de idoneidad descienden a menudo al bajo nivel secular, y el objetivo principal pasa a ser el llamado «beneficio», que, ¡ay!, con demasiada frecuencia es independiente de una vida santa.
Desde entonces los estudios del muchacho se mezclaron con la lectura de novelas y con diversas complacencias viciosas. Los naipes, y aun la bebida fuerte, se apoderaron de él. La noche en que su madre yacía moribunda, su hijo de catorce años andaba tambaleándose por las calles, borracho; y ni siquiera la muerte de ella logró detener su mal camino ni despertar su conciencia dormida. Y, como ha de suceder siempre que recordatorios tan solemnes no hacen mejor a uno, no hizo sino empeorar.
Cuando llegó a la edad de la confirmación tuvo que asistir a la clase de instrucción religiosa preparatoria; pero, como para él era una mera formalidad, a la que acudía con espíritu descuidado, se dio otro paso en falso: las cosas sagradas se trataron como comunes, y así la conciencia se volvió aún más insensible. En la víspera misma de su confirmación y de su primera participación en la Mesa del Señor fue culpable de pecados graves; y el día anterior, cuando se presentó ante el clérigo para la acostumbrada «confesión de pecados», planeó y llevó a cabo otro fraude desvergonzado: ¡se quedó con once doceavas partes del estipendio de la confirmación que su padre le había confiado!
Con tales disposiciones de ánimo y tales hábitos de vida, George Müller fue confirmado en la Pascua de 1820 y comenzó a participar de la comunión. ¡Confirmado, sí! pero en el pecado: no solo inmoral y no regenerado, sino tan ignorante de los rudimentos mismos del evangelio de Cristo que no habría sabido exponer a un alma que preguntara los sencillos términos del plan de salvación. Había, es verdad, en torno a actos tan serios y sagrados, una vaga solemnidad que dejaba una impresión pasajera y conducía a propósitos superficiales de vivir mejor; pero no había verdadero sentido del pecado ni arrepentimiento para con Dios, ni dependencia alguna de una fuerza superior; y, sin estas cosas, los esfuerzos por enmendarse a sí mismo nunca resultan de provecho ni producen frutos duraderos.
La historia de esta niñez perversa presenta poca variedad, salvo la del pecado y el delito. Es un largo relato de malas obras y del dolor que traen consigo. Una vez, cuando había derrochado temerariamente todo su dinero, el hambre lo empujó a robar un trozo de pan basto a un soldado que se hospedaba en la misma casa; y, mirando atrás mucho tiempo después a aquella hora de extremidad, exclamó: «¡Qué cosa tan amarga es el servicio de Satanás, aun en este mundo!»
Cuando su padre se trasladó a Schoenebeck en 1821, pidió que lo enviaran a la escuela de la catedral de Magdeburgo, con la esperanza íntima de romper así con sus lazos pecaminosos y sus compañeros viciosos y, en un ambiente nuevo, hallar ayuda para reformarse. No carecía, pues, de aspiraciones, al menos ocasionales, de mejora moral; pero de nuevo cometió el error común y fatal de pasar por alto la Fuente de toda verdadera mejora. «No había Dios en todos sus pensamientos». Descubrió que dejar un lugar por otro no era dejar atrás su pecado, porque se llevaba a sí mismo consigo.
Su padre, con una extraña ceguera, lo dejó a cargo de ciertas reformas en su casa de Heimersleben, y dispuso entretanto que leyera a los clásicos con el clérigo residente, el reverendo Dr. Nagel. Siendo así, por un tiempo, su propio dueño, la tentación le abrió de par en par sus puertas. Se le permitió cobrar las deudas de los deudores de su padre, y otra vez recurrió al fraude: gastó grandes sumas de ese dinero y ocultó que se había pagado.
En noviembre de 1821 fue a Magdeburgo y a Brunswick, adonde lo atraía su pasión por una joven católica romana a la que había conocido allí poco después de su confirmación. En esta ausencia del hogar dio un paso tras otro en el camino de la complacencia perversa. Ante todo, mintiendo a su tutor obtuvo su consentimiento para marcharse; luego vino una semana de pecado en Magdeburgo y el derroche de los recursos de su padre en un hotel costoso de Brunswick. Agotado su dinero, fue a casa de un tío hasta que lo despidieron; después, en otro hotel caro, acumuló cuentas hasta que, cuando le exigieron el pago, tuvo que dejar su mejor ropa como garantía, librándose a duras penas del arresto. Luego, en Wolfenbuttel, volvió a intentar la misma osada maniobra, hasta que, no teniendo nada que dejar en prenda, se escapó; pero esta vez lo atraparon y lo mandaron a la cárcel. Este muchacho de dieciséis años era ya mentiroso y ladrón, estafador y borracho, diestro solo en el delito, compañero de criminales convictos y él mismo en la celda de un criminal. Pocos días después compartió esa celda con un ladrón; y los dos conversaban como colegas del robo, contándose sus aventuras, y el joven Müller, para no quedarse atrás, ¡inventaba cuentos mentirosos de fechorías para hacerse pasar por el más famoso de los dos!
Pasaron diez o doce días en esta miserable compañía, hasta que un desacuerdo los llevó a un silencio hosco. Y así transcurrieron veinticuatro días oscuros, desde el 18 de diciembre de 1821 hasta el 12 de enero siguiente, durante todos los cuales George Müller estuvo encerrado en prisión, y durante parte de los cuales buscó como un favor la compañía de un ladrón.
Su padre se enteró de su deshonra y envió dinero para saldar sus cuentas del hotel y otras «costas», y para pagar su regreso a casa. Pero tal era su obstinada maldad que, al salir de la celda de un presidiario para presentarse ante su padre ofendido, aunque indulgente, escogió como compañero de viaje a un hombre declaradamente perverso.
Su padre lo castigó con severidad, y él sintió que debía hacer algún esfuerzo por recobrar su favor. Por eso estudió con ahínco y tomó alumnos de aritmética y de alemán, francés y latín. Esta reforma exterior agradó tanto a su padre que pronto olvidó, además de perdonar, sus malas obras; pero otra vez solo se había limpiado lo de fuera del vaso y del plato: el corazón secreto seguía siendo perverso en extremo, y toda su vida, tal como Dios la veía, era una abominación.
George Müller comenzó entonces a forjar lo que más tarde llamó «toda una cadena de mentiras». Cuando su padre ya no consintió que siguiera en casa, se marchó, en apariencia a Halle, la ciudad universitaria, para examinarse, pero en realidad a Nordhausen, para procurar el ingreso en el gimnasio. Evitó Halle porque temía su severa disciplina, y preveía que la sujeción le resultaría doblemente penosa al encontrarse a cada paso con muchachos conocidos que, como estudiantes de la universidad, tendrían mucha más libertad que él. Al volver a casa trató de ocultar este fraude a su padre; pero, justo antes de partir de nuevo para Nordhausen, se supo la verdad, lo cual hizo necesarios nuevos eslabones en aquella cadena de mentiras para justificar su sistemática desobediencia y su engaño. Su padre, aunque enojado, le permitió ir a Nordhausen, donde permaneció desde octubre de 1822 hasta la Pascua de 1825.
Durante esos dos años y medio estudió clásicos, francés, historia, etc., viviendo con el director del gimnasio. Su conducta mejoró tanto que ganó su favor y se le ponía como ejemplo ante los demás muchachos, y se le permitía acompañar al maestro en sus paseos para conversar con él en latín. En esa época era un estudiante aplicado: se levantaba a las cuatro de la mañana durante todo el año y se dedicaba a sus libros hasta las diez de la noche.
Sin embargo, según su propia confesión, detrás de toda esta corrección formal se ocultaban el pecado secreto y un completo alejamiento de Dios. Sus vicios le provocaron una enfermedad que lo tuvo trece semanas encerrado en su cuarto. No carecía de cierta inclinación religiosa, que lo llevó a leer libros como las obras de Klopstock; pero no se interesaba por la palabra de Dios ni sentía remordimiento alguno por pisotear la ley de Dios. En su biblioteca, que contaba ya con unos trescientos libros, no había ninguna Biblia. A Cicerón y a Horacio, a Molière y a Voltaire los conocía y apreciaba, pero de las Sagradas Escrituras era burdamente ignorante, y tan indiferente a ellas como ignorante de ellas. Dos veces al año, conforme a la costumbre general, participaba de la Cena del Señor, como los demás que habían pasado la edad de la confirmación, y en esas ocasiones no podía evitar del todo cierta impresión religiosa. Cuando el pan y el vino consagrados tocaban sus labios, a veces juraba enmendarse y durante unos días se abstenía de algunos pecados manifiestos; pero no había vida espiritual que actuara como una fuerza interior, y sus votos se olvidaban casi tan pronto como los hacía. El viejo Satanás era demasiado fuerte para el joven Müller, y, cuando se despertaban las poderosas pasiones de su naturaleza mala, sus propósitos y esfuerzos eran tan impotentes para sujetarlo como lo fueron las cuerdas nuevas con que ataron a Sansón para retenerlo cuando despertó de su sueño.
Cuesta creer que este joven de veinte años pudiera mentir sin ruborizarse y con un aire de perfecta sinceridad. Cuando la disipación lo arrastró al fango de las deudas y su asignación no alcanzaba para sacarlo de él, recurrió de nuevo a las más ingeniosas artimañas de la falsedad. Fingió que el dinero desperdiciado viviendo perdidamente se lo habían robado con violencia y, para llevar adelante el engaño, ensayó el papel como un actor. Forzando las cerraduras de su baúl y del estuche de su guitarra, corrió a medio vestir al cuarto del director, fingiendo espanto, y declaró que había sido víctima de un robo; y despertó tal compasión que unos amigos reunieron una colecta para cubrir sus supuestas pérdidas. Sin embargo, se despertó la sospecha de que había estado representando una farsa, y nunca recobró la confianza del maestro; y aunque ni siquiera entonces tenía sentido del pecado, la vergüenza de verse descubierto en semejante bajeza e hipocresía le hizo rehuir para siempre el encontrarse de nuevo con la esposa del director, quien, en su larga enfermedad, lo había cuidado como una madre.
Tal era el hombre que no solo fue admitido con honrosa posición como estudiante universitario, sino aceptado como candidato a las órdenes sagradas, con permiso para predicar en la iglesia luterana establecida. Este estudiante de teología no sabía nada de Dios ni de la salvación, e ignoraba incluso el plan evangélico de la gracia salvadora. Sentía la necesidad de una vida mejor, pero ningún motivo piadoso lo movía. La reforma era una cuestión de pura conveniencia: seguir en la disolución acabaría por desenmascararlo, y ninguna parroquia lo querría como pastor. Para obtener una «cura» valiosa y un buen «beneficio» tenía que adquirir conocimientos de teología, aprobar un buen examen y tener al menos una reputación decente. La prudencia mundana lo instaba a aplicarse, por un lado, a sus estudios y, por otro, a reformarse.
Otra vez fue derrotado, porque aún no había hallado la única fuente y el secreto de toda fortaleza. Apenas había entrado en Halle cuando sus propósitos se mostraron frágiles como una telaraña, incapaces de apartarlo de sus complacencias viciosas. Es cierto que se abstuvo de las riñas callejeras y de los duelos, porque habrían restringido su libertad, pero no conocía todavía freno moral alguno. Pronto gastó su dinero, y pidió prestado hasta que no encontró a nadie que le prestara, y luego empeñó su reloj y su ropa.
No podía sino sentirse desdichado, pues estaba claro a qué meta de pobreza y miseria, de deshonra y oprobio, conducen tales caminos. La conveniencia le instaba a gritos a abandonar su mala vida, pero la piedad no tenía aún voz alguna en ella. Llegó, sin embargo, a escoger como amigo a un joven, antiguo compañero de escuela, llamado Beta, cuya seriedad tranquila, según esperaba, podría estabilizar su propio rumbo. Pero se apoyaba en una caña quebrada, porque Beta era él mismo un descarriado. De nuevo cayó enfermo. Dios le hizo «cargo de los pecados de su mocedad». Al cabo de algunas semanas se encontró mejor, y una vez más su conducta adoptó la apariencia de una mejora.
Seguía faltando el verdadero resorte de toda vida bien ordenada, y el pecado pronto estalló en complacencias impías. George Müller era un experto en el ingenio del vicio. Lo que le quedaba lo empeñó para conseguir dinero, y con Beta y otros dos salió en un paseo de placer de cuatro días en carruaje, y luego planeó un viaje más largo por los Alpes. Había obstáculos en el camino, pues les faltaban tanto el dinero como los pasaportes; pero la fertilidad de su inventiva barrió todos esos obstáculos. Cartas falsificadas, que aparentaban ser de sus padres, consiguieron pasaportes para el grupo, y libros dejados en prenda procuraron el dinero. Pasaron cuarenta y tres días viajando, casi siempre a pie; y durante esta gira George Müller, que, como Judas, llevaba la bolsa común, resultó, como él, un ladrón, porque se las arregló para que sus compañeros pagaran la tercera parte de sus propios gastos.
El grupo estaba de vuelta en Halle antes de que terminara septiembre, y George Müller fue a casa a pasar el resto de sus vacaciones. Para dar a su padre una explicación verosímil del uso de su asignación, ideó con facilidad una nueva cadena de mentiras. Tan pronto y tan tristemente se quebrantaron otra vez todos sus buenos propósitos.
Al encontrarse una vez más en Halle, poco sabía que había llegado el momento en que había de llegar a ser un hombre nuevo en Cristo Jesús. Iba a hallar a Dios, y ese descubrimiento iba a desviar hacia un cauce nuevo toda la corriente de su vida. El pecado y la miseria de estos veinte años no se habrían consignado, con renuencia, sino para dejar más claro que su conversión fue una obra sobrenatural, inexplicable sin Dios. Ciertamente no había nada en él mismo que pudiera «evolucionar» hasta tal resultado, ni había nada en su «entorno». En aquella ciudad universitaria no había fuerzas naturales capaces de producir una revolución de carácter y de conducta como la que él experimentó. Allí se reunían mil doscientos sesenta estudiantes, y novecientos de ellos eran estudiantes de teología; pero aun de estos últimos, aunque a todos se les permitía predicar, ni la centésima parte, dice él, «temía al Señor» de verdad. El formalismo había desplazado a la religión pura y sin mácula, y en muchos de ellos la inmoralidad y la incredulidad se encubrían tras una profesión de piedad. ¡Ciertamente un hombre así, en semejante ambiente, no podía experimentar ningún cambio radical de carácter y de vida sin la intervención de algún gran poder de fuera y de lo alto! Qué fuerza fue esa, y cómo obró sobre él y en él, es lo que vamos a ver ahora.
Capítulo 3 completado
De su nacimiento a su nuevo nacimiento