Capítulo 26 · 26 min de lectura · 33 min de escucha
Últimas miradas, hacia atrás y hacia adelante
El alpinista, a la hora del ocaso, echa naturalmente una última y prolongada mirada atrás al panorama que se ve desde la elevada altura, antes de comenzar su descenso al valle. Y, antes de cerrar este volumen, nosotros echamos con igual naturalidad una mirada más hacia atrás sobre esta vida singularmente santa y útil, para recibir de su belleza nueva inspiración y aprender algunas lecciones nuevas de vida santa y de servicio desinteresado.
George Müller fue divinamente preparado para su obra y encajado en ella, como la espiga encaja en la mortaja, o la cabeza de un hueso en su cavidad en la articulación. Tenía aptitudes, tanto naturales como de gracia, para la vida de servicio a la que fue llamado, y estas aptitudes hicieron posible una carrera de santidad y servicio excepcionales, gracias a su completa entrega a la voluntad de Dios y a su fe de niño en su palabra.
Tres cualidades o rasgos sobresalen muy notablemente en él: la verdad, la fe y el amor. Nuestro Señor enseñó con frecuencia a sus discípulos que el espíritu de niño es el alma del discipulado, y en el niño ideal estos tres rasgos son centrales. La verdad es un centro, en torno al cual giran la franqueza y la sinceridad infantiles, la autenticidad y la sencillez. La fe es otro, en torno al cual giran la confianza y la seguridad, la docilidad y la humildad. El amor es otro centro, alrededor del cual se agrupan el desinterés y la generosidad, la mansedumbre y el reposo del espíritu. En el niño típico o perfecto, por tanto, coexistirían todas estas bellas cualidades, y en la medida en que se hallan en un discípulo, es digno de ser llamado hijo de Dios.
En el señor Müller se hallaban todos estos rasgos, y unidos en un grado que muy rara vez se encuentra en un solo hombre, y este hecho explica suficientemente su notable semejanza con Cristo y su fecundidad en el servicio a Dios y a los hombres. Ningún retrato suyo hecho con la pluma que no destaque mucho estos rasgos puede ser exacto en el dibujo ni cálido en el colorido. Es difícil exagerar su importancia en relación con lo que George Müller fue e hizo.
La verdad es la piedra angular de toda excelencia, porque sin ella ninguna otra cosa es verdadera, genuina o real. Desde la hora de su conversión, su veracidad fue cada vez más dominante y manifiesta. De hecho, había en él una exactitud escrupulosa que a veces parecía innecesaria. Uno sonríe ante la precisión matemática con que expone los hechos, dando los años, días y horas transcurridos desde que fue traído al conocimiento de Dios, o desde que comenzó a orar por algún objeto determinado; y las libras, chelines, peniques, medios peniques y hasta cuartos de penique que forman la suma total gastada en algún propósito dado. Vemos la misma exactitud concienzuda en las repeticiones de afirmaciones, ya sea de principios o de sucesos, que encontramos en su diario, y en las que muchas veces no cambia ni una palabra. Pero todo esto tiene un significado. Inspira una confianza absoluta en el registro de los tratos del Señor.
En primer lugar, porque muestra que el escritor se ha disciplinado en la exactitud de sus afirmaciones. Muchas falsedades no son una mentira intencionada, sino una inexactitud involuntaria. Tres de nuestras facultades humanas afectan poderosamente a nuestra veracidad: una es la memoria, otra la imaginación y otra la conciencia. La memoria toma nota de los hechos, la imaginación colorea los hechos con fantasías, y la conciencia aplica el sentido moral para separar lo real de lo irreal. Donde la conciencia no es sensible y dominante, la memoria y la imaginación se confundirán de tal modo que los hechos y las fantasías no llegarán a separarse. Se permitirá a la imaginación revestir los acontecimientos y las experiencias de un halo de gloria o de una nube de prejuicio, a tal punto que el narrador contará constantemente, no lo que ve claramente escrito en el libro de su memoria, sino lo que contempla pintado en el lienzo de su propia imaginación. La exactitud será sacrificada, quizá medio inconscientemente, a sus propias fantasías; exagerará o rebajará según lo lleven sus propios impulsos; y así un hombre que no mentiría deliberadamente puede ser habitualmente indigno de confianza: no puedes saber, y a menudo él tampoco puede saber, cuál sería la verdad exacta una vez disipada toda la irrealidad con que ha sido revestida, como las nubes púrpuras y doradas en torno a una montaña, dejando ver el risco desnudo de roca pelada tal como es en sí mismo.
George Müller sentía la inmensa importancia de la afirmación exacta. Por eso se disciplinó en la exactitud. La conciencia presidía su relato y exigía que todo lo demás se sacrificara escrupulosamente a la veracidad. Pero, más que esto, Dios lo hizo, en cierto sentido, un hombre sin imaginación, comparativamente libre de las tentaciones de un temperamento entusiasta. Era un matemático más que un poeta, un artesano más que un artista, y no veía las cosas revestidas de un falso halo. Era reflexivo, no impulsivo; sereno y no excitable. Por naturaleza pesaba cada palabra antes de hablar y examinaba cada afirmación antes de darle forma con la pluma o con la lengua. Y por eso las mismas cualidades que a algunos pueden hacer que su relato parezca desprovisto de encanto, y aun repelentemente prosaico, añaden a su valor como exposición llana, concienzuda, sin imaginación, sin adornos y digna de confianza de los hechos. Si un hombre de mente más poética hubiera escrito aquel diario, el lector se habría encontrado constante e inconscientemente haciendo concesiones al entusiasmo del escritor, rebajando los hechos a causa del colorido imaginativo. El relato habría sido quizá más ameno, pero no tan fiable; y en esta historia de los tratos del Señor nada era tan indispensable como la verdad exacta. Valdría comparativamente poco si no fuera innegable. El Señor preparó al hombre que vivió aquella vida de fe y oración, y que escribió la historia de esa vida, para inspirar confianza, de modo que aun los escépticos y los que dudaban sentían que estaban leyendo, no una novela ni un poema, sino una historia.
La fe fue el segundo de estos rasgos centrales de George Müller, y fue puramente producto de la gracia. Se nos dice, en aquella primera gran lección sobre la fe en la Escritura (Génesis 15:6), que Abram creyó al Señor; literalmente, dijo Amén al Señor. La palabra «Amén» no significa «Así sea», sino más bien «así será». La palabra del Señor vino a Abram diciendo que esto «no será», sino que otra cosa «será»; y Abram sencillamente dijo de todo corazón: «Amén», «será como Dios ha dicho». Y Pablo parece imitar la fe de Abram cuando, en el naufragio frente a Malta, dijo: «Yo confío en Dios que será así como se me ha dicho». Esa es la fe en su ejercicio más sencillo, y esa era la fe de George Müller. Hallaba la palabra del Señor en su bendito Libro, una nueva palabra de promesa para cada nueva crisis de prueba o necesidad; ponía el dedo sobre el texto mismo y luego alzaba los ojos a Dios y decía: «Tú has hablado. Yo creo». Persuadido de la verdad infalible de Dios, descansaba en su palabra con una fe inquebrantable, y en consecuencia estaba en paz.
Nada es más notable, en toda la carrera de este hombre de Dios, que abarcó sesenta y cinco años, que la constancia de su fe y la firmeza que dio a todo su carácter. Tener una palabra de Dios le bastaba. Edificaba sobre ella, y cuando vinieron los ríos y combatieron aquella casa, ¡cómo iba a caer! Nunca fue confundido ni obligado a huir. Aunque el terremoto sacuda la tierra y el cielo, deja al verdadero creyente heredero de un reino inconmovible; porque el propósito de todo ese sacudimiento es quitar lo que puede ser sacudido, para que permanezca lo que no puede serlo.
Si el señor Müller tuvo alguna gran misión, no fue fundar una institución mundial de ninguna clase, por útil que fuera para esparcir Biblias, libros y tratados, o para albergar y alimentar a miles de huérfanos, o para establecer escuelas cristianas y ayudar a obreros misioneros. Su misión principal fue enseñar a los hombres que es seguro confiar en la palabra de Dios, descansar implícitamente en todo lo que él ha dicho y obedecer explícitamente todo lo que ha mandado; que la oración ofrecida con fe, confiando en su promesa y en la intercesión de su amado Hijo, nunca se ofrece en vano; y que la vida vivida por fe es un andar con Dios, justo a las puertas mismas del cielo.
El amor, el tercero de aquella trinidad de gracias, fue el otro gran secreto y la otra gran lección de esta vida. ¿Y qué es el amor? No es meramente un afecto complaciente hacia lo que es amable, que a menudo no es más que un deleite medio egoísta en la compañía y la comunión de los que nos aman. El amor es el principio del desinterés: el amor «no busca lo suyo»; es la preferencia del placer y el provecho ajenos sobre los propios, y por eso se ejerce hacia los ingratos y los que no son amables, para elevarlos a un nivel más alto. Tal amor es benevolencia más que complacencia, y así es «de Dios», porque él ama a los ingratos y a los malos: y el que ama es nacido de Dios y conoce a Dios. Tal amor es obediencia a un principio de desinterés, y hace que el sacrificio de sí mismo sea habitual y aun natural. Mientras el lema de Satanás es «¡Ten compasión de ti!», el lema de Cristo es ¡Niégate a ti mismo!». La reprensión más severa que jamás hizo nuestro Señor fue la que dirigió a Pedro cuando se convirtió en un Satanás al aconsejar a su Maestro que adoptara la máxima de Satanás.* Pablo nos manda: «Acuérdate de Jesucristo»,† y Pedro: «Seguid sus pisadas».‡ Si buscamos el sentido más íntimo de estos dos breves lemas, hallaremos que, en el carácter de Jesucristo, nada era más notable que la obediencia de la fe y la entrega a Dios; y en su carrera, que se nos manda seguir, la renuncia del amor, o el sacrificio de sí mismo por el hombre. La burla era sublimemente verdadera: «A otros salvó, a sí mismo no puede salvar»; fue porque salvaba a otros que no podía salvarse a sí mismo. La semilla debe entregar su propia vida por amor de la cosecha; y el que quiera ser vida para otros debe, como su Señor, consentir en morir.
* Mateo 16.
† 2 Timoteo 2 (griego).
‡ 1 Pedro 2:21.
Este es el verdadero sentido de aquel mandato: «Niéguese a sí mismo, y tome su cruz». Negarse a sí mismo no es cortar un placer aquí y otro allá, sino poner el hacha a la raíz del árbol del yo, del cual todos los placeres no son más que ramas mayores o menores. La justicia propia y la confianza en uno mismo, la búsqueda de lo propio y el agradarse a sí mismo, la voluntad propia, la defensa propia, la gloria propia: estas son unas pocas de las miríadas de ramas de ese árbol profundamente arraigado. ¿Y de qué sirve que se corte una o más de ellas, si esa poda de unas pocas ramas solo devuelve la vida del yo a otras, para que se desarrolle en ellas con más vigor?
¿Y qué es llevar la cruz? Hablamos de nuestras «cruces», pero la palabra de Dios nunca usa esa palabra en plural, porque no hay más que una cruz: la cruz en la que se crucifica la vida del yo, la cruz de la renuncia voluntaria a uno mismo. ¿Cómo llegó Cristo a la cruz? Leemos en Filipenses los siete escalones de su descenso del cielo al Calvario. Tenía todo lo que aun el Hijo de Dios podía tener por precioso, hasta la participación igual y real de la gloria de Dios. Y, sin embargo, ¿qué hizo por amor del hombre? No se aferró siquiera a su igualdad con Dios; se anonadó a sí mismo, tomó forma de siervo, fue hecho semejante a la humanidad caída; más aún, se humilló a sí mismo aun como hombre, identificándose con nuestra pobreza, nuestra miseria y nuestro pecado; aceptó la muerte por nosotros, y eso, la muerte de vergüenza en el madero de maldición. Cada paso fue hacia abajo, hasta que Aquel que había sido adorado por los ángeles fue injuriado por ladrones, ¡y la corona de gloria fue desplazada por la corona de espinas! Eso significó la cruz para él. Y él dice: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome la cruz y sígame». Esta cruz no se nos impone como muchas de las pequeñas molestias y pruebas que llamamos «nuestras cruces»; somos nosotros quienes la tomamos, en voluntario sacrificio de nosotros mismos por amor de él. Escogemos la abnegación, perder nuestra vida en el sacrificio para hallarla de nuevo en el servicio. Ese es el olvido de sí que es propio del amor. Y el señor Müller lo ilustró. Desde la hora en que comenzó a servir al Crucificado, entró cada vez más plenamente en la participación de sus padecimientos, procurando ser hecho conforme a su muerte. Renunció a buscar fortuna y fama; se desprendió del mundo con sus lazos y sus goces; se apartó aun de sus prácticas dudosas, probó aun las tradiciones y costumbres eclesiásticas por la palabra de Dios, y paso a paso se conformó al modelo mostrado en esa palabra. Cada uno de esos pasos fue una nueva negación de sí mismo, pero era seguirle a él. Escogió la pobreza voluntaria para que otros fueran ricos, y la pérdida voluntaria para que otros obtuvieran ganancia. Su vida fue un largo esfuerzo por bendecir a otros, por ser el canal que les llevara la verdad, el amor y la gracia de Dios. Como Pablo, se gozaba en tales padecimientos por otros, porque así cumplía en su carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la iglesia.* Y si no se tiene en cuenta el sacrificio voluntario del Amor, la vida de George Müller seguirá siendo un enigma. La lealtad a la verdad, la obediencia de la fe, el sacrificio del amor: estas forman la triple llave que nos abre todas las cámaras cerradas de aquella vida, y estas, en otro sentido, abrirán cualquier otra vida a la entrada de Dios y le presentarán una puerta abierta a todos los aposentos del propio ser. George Müller no tuvo el monopolio de la vida santa y del servicio santo. Siguió a su Señor, tanto en la entrega a la voluntad de Dios como en el sacrificio de sí mismo por el bien del hombre, y en esto estaba todo su secreto.
* Colosenses 1:24.
A uno que le preguntó el secreto de su servicio le dijo: «Hubo un día en que morí, morí por completo»; y, mientras hablaba, se inclinaba más y más, hasta casi tocar el suelo, «morí a George Müller, a sus opiniones, preferencias, gustos y voluntad; morí al mundo, a su aprobación o a su censura; morí a la aprobación o la crítica aun de mis hermanos y amigos; y desde entonces solo he procurado presentarme a Dios aprobado».
Cuando George Müller confió en la sangre para su salvación, tomó la posición de Abel; cuando emprendió un andar consagrado, tomó la de Enoc; cuando entró en comunión con Dios para la obra de su vida, se puso al lado de Noé; cuando descansó solo en la palabra de Dios, fue uno con Abraham; y cuando murió al yo y al mundo, alcanzó la entrega de sí mismo de Moisés.
Las cualidades divinas de este grande y buen hombre no lo hicieron menos hombre. Su separación para Dios no implicaba ningún aislamiento antinatural de sus semejantes. Como Terencio, podía decir: «Hombre soy, y nada de lo humano me es ajeno». Para conocer bien al señor Müller, había que conocerlo en su vida diaria, sencilla y hogareña. Tuve el privilegio de verlo a menudo, y en su propio aposento de la Casa de Huérfanos n.º 3. Su cuarto era de tamaño mediano, amueblado con pulcritud pero con sencillez, con mesa y sillas, un diván y un escritorio, etc. Su Biblia casi siempre estaba abierta, como un libro al que acudía continuamente.
Era alto y delgado, siempre vestido con pulcritud, muy erguido, y de paso firme y fuerte. Su semblante, en reposo, podría haberse tenido por severo, de no ser por la sonrisa que tan habitualmente le iluminaba los ojos y le recorría las facciones que dejaba su huella en las líneas de su rostro. Sus maneras eran de una sencilla cortesía y de una dignidad sin afectación: nadie en su presencia habría sentido ganas de frivolidades vanas, y había en él un cierto aire indescriptible de autoridad y majestad que recordaba a un príncipe de nacimiento; y, sin embargo, se mezclaba con todo esto una sencillez tan infantil que aun los niños se sentían a gusto con él. En su habla nunca perdió del todo esa peculiar cualidad extranjera que llamamos acento, y siempre hablaba con una articulación lenta y mesurada, como si hubiera puesto doble guarda a la puerta de sus labios. En él, aquel miembro rebelde, la lengua, estaba domado por el Espíritu Santo, y tenía aquella marca de lo que Santiago llama «varón perfecto, que también puede con freno gobernar todo el cuerpo».
Quienes lo conocieron poco y lo vieron solo en sus momentos serios podrían haber pensado que le faltaba aquella cualidad tan propiamente humana, el humor. Pero no era un asceta, ni estaba desprovisto de ese elemento de inocente apreciación de lo cómico y de ese vivo gusto por una buena anécdota que parecen esenciales a un hombre completo. Su hábito era la sobriedad, pero disfrutaba de una broma libre de toda mancha de impureza y que no tuviera aguijón para otros. A quienes mejor conocía y amaba les mostraba su verdadero yo en sus momentos juguetones, como cuando, en Ilfracombe, subiendo con su esposa y otros las alturas que dominan el mar, se adelantó un poco, se sentó hasta que los demás lo alcanzaron, y luego, apenas se habían sentado, se levantó y dijo tranquilamente: «Bueno, ya hemos descansado bien; sigamos». Este solo ejemplo puede bastar para mostrar que su comunión con su divino Maestro no disminuía ni estorbaba su plena solidaridad con el hombre. Defectuosa ha de ser la piedad que levanta una barrera entre un alma santa y todo lo que pertenece a la humanidad. El que nos escogió del mundo nos envió de vuelta a él, para hallar allí nuestra esfera de servicio; y para ese servicio debemos mantenernos en contacto estrecho y vital con los seres humanos, como lo hizo nuestro divino Señor mismo.
Servir a Dios era para George Müller una pasión. En el mes de mayo de 1897 se le persuadió a tomar en Huntly un breve descanso de su constante trabajo diario en las casas de huérfanos. La noche en que llegó dijo: ¿Qué oportunidad hay aquí de servir al Señor? Cuando se le hizo notar que acababa de dejar un trabajo continuo, y que era tiempo de descansar, respondió que, estando ahora libre de sus labores habituales, sentía que debía ocuparse de alguna otra manera en servir al Señor, cuya glorificación era el objeto de su vida. En consecuencia se organizaron reuniones, y predicó tanto en Huntly como en Teignmouth.
Al echar esta última mirada atrás sobre esta vida de peculiar santidad y servicio, una lección parece escrita a lo ancho de ella con letras inconfundibles: LA ORACIÓN QUE PREVALECE. Si una vida humana consagrada es un ejemplo que Dios usa para enseñarnos la filosofía de la vida santa, entonces este hombre estaba destinado a mostrarnos cómo la oración, ofrecida con fe sencilla, tiene poder ante Dios.
Un párrafo de la Escritura presenta de modo notable la verdad que la epístola viviente de George Müller recalca e ilustra; se halla en Santiago 5:16-18:
«La oración del justo, obrando eficazmente, puede mucho», es la frase que abre el párrafo. Ninguna traducción le ha hecho jamás justicia. Rotherham la vierte: «Mucho puede la súplica de un hombre justo, que obra interiormente». La Versión Revisada inglesa traduce: «puede mucho en su obrar». La dificultad de traducirla no está en la oscuridad sino en la plenitud del sentido del original. Hay aquí un participio griego en voz media (ενεργουμενη), que puede indicar «ya la causa, ya el momento de la eficacia de la oración», y puede significar «por su obrar», o «mientras está obrando activamente». La idea es que tal oración tiene en sí una energía sobrenatural. Quizá la mejor clave del sentido de estas palabras sea interpretarlas a la luz de todo el párrafo:
«Elías era hombre sujeto a las mismas pasiones que nosotros, y oró fervientemente para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra por tres años y seis meses. Y otra vez oró, y el cielo dio lluvia, y la tierra produjo su fruto».
Dos cosas se nos presentan aquí con claridad: primero, que Elías no era más que un hombre, de igual naturaleza que los demás hombres y sujeto a todas las flaquezas y debilidades humanas; y, segundo, que este hombre fue un poder tal porque era un hombre de oración: oró fervientemente; literalmente, «oró con oración»; oró de manera habitual e insistente. Nadie puede leer la breve historia de Elías tal como la da la palabra de Dios sin ver que era un hombre como nosotros. Bajo el enebro de la duda y el desaliento, se quejó de su estado y deseó morir. En la cueva de una desesperación morbosa, hubo que salirle al encuentro y someterlo con la visión de Dios y por el silbo apacible y delicado. Era igual que los demás hombres. No es, pues, porque estuviera por encima de las locuras y flaquezas humanas, sino porque estaba sujeto a ellas, por lo que se nos presenta como ejemplo alentador del poder que prevalece en la oración. Se asió del Brazo Todopoderoso porque era débil, y se mantuvo asido porque soltarse era dejar que prevaleciera la debilidad. Sin embargo, este hombre, solo por la oración, cerró las compuertas del cielo durante tres años y medio, y luego con la misma llave las abrió. Sí, este hombre probó el sentido de aquellas palabras maravillosas: «Mandadme acerca de la obra de mis manos». (Isaías 45:11.) Dios puso por un tiempo las fuerzas de la naturaleza bajo el dominio de la oración de este solo hombre: un mortal frágil, débil y necio cerró y abrió los manantiales de las aguas porque tenía la llave de Dios.
George Müller fue sencillamente otro Elías. Como él, hombre sujeto a todas las debilidades humanas, tuvo sus accesos de desaliento y murmuración, de desconfianza y obstinación; pero oraba y seguía orando. Negaba ser un hacedor de milagros en cualquier sentido que implicara una elevación de carácter y de dones por encima de otros condiscípulos, como si fuera un santo especialmente privilegiado; pero en cierto sentido sí era un hacedor de milagros, si por ello se entiende que obró maravillas imposibles para el hombre natural y carnal. Para Dios todo es posible, y así se declara también que lo es para el que cree. Dios quiso que George Müller, dondequiera que se presenciara su obra o se lea su historia, fuera un reproche permanente a la impotencia práctica del discípulo común. Mientras los hombres se preguntan si la oración puede lograr maravillas semejantes a las de antaño, he aquí un hombre que responde a la pregunta con la lógica indiscutible de los hechos. La falta de poder siempre significa falta de oración. No es necesario que seamos perfectos y sin pecado, ni que seamos elevados a una dignidad especial de privilegio y de dones, para manejar esta maravillosa arma de poder ante Dios; pero sí es necesario que seamos hombres y mujeres de oración: oración habitual, creyente e insistente.
George Müller no consideraba nada demasiado pequeño para ser objeto de oración, porque nada es demasiado pequeño para ser objeto del cuidado de Dios. Si él cuenta nuestros cabellos, y advierte la caída de un pajarillo, y viste la hierba del campo, nada que concierna a sus hijos está por debajo de su tierno pensamiento. En toda emergencia, su único recurso era llevar su necesidad a su Padre. Cuando, en 1858, un legado de quinientas libras seguía sin pagarse tras catorce meses en el Tribunal de la Cancillería, se rogó al Señor que hiciera que este dinero pronto fuera puesto en sus manos; y él sacó con la oración aquel legado de las ataduras de la Cancillería, como la oración, mucho tiempo antes, sacó a Pedro de la cárcel. El dinero se pagó contra toda probabilidad humana, y con intereses del cuatro por ciento. Cuando se ofrecían grandes donativos, se oraba pidiendo gracia para saber si aceptarlos o rehusarlos, a fin de no asir con avidez ningún dinero por sí mismo; y oraba para que, si no podía aceptarse sin someterse a condiciones que deshonraran a Dios, se rehusara con tanta gracia, amor y humildad, y a la vez con tanta firmeza, que la manera de rechazarlo y devolverlo mostrara que él no actuaba en su propio interés, sino como siervo bajo la autoridad de un Señor más alto.
Estos son asuntos más graves, y bien podían llevarse a Dios en busca de dirección y ayuda. Pero George Müller no se detenía aquí. En los asuntos menores, aun hasta los más pequeños, buscaba y recibía una ayuda semejante. Su amigo más antiguo, Robert C. Chapman, de Barnstaple, contó al autor el siguiente sencillo incidente:
En los primeros días de su amor a Cristo, visitando a un amigo y viéndolo afilar una pluma de ave, le dijo: «Hermano H——, ¿oras a Dios cuando afilas tu pluma?». La respuesta fue: «Bien estaría hacerlo, pero no puedo decir que ore cuando afilo mi pluma». El hermano Müller replicó: «Yo siempre lo hago, y así afilo mi pluma mucho mejor».
Al echar esta última mirada atrás a este hombre de Dios, sobresalen en él siete cualidades notables, cuya combinación lo hizo lo que fue: una rectitud sin mancha, una sencillez de niño, una precisión de hombre de negocios, la tenacidad en el propósito, la audacia de la fe, la oración habitual y una alegre entrega de sí mismo. Su vida santa era condición necesaria de su servicio abundante, como parece insinuarse tan bellamente en el versículo diecisiete del Salmo noventa:
«Sea la hermosura del Señor nuestro Dios sobre nosotros, Y confirma tú la obra de nuestras manos sobre nosotros».
¿Cómo puede la obra de nuestras manos ser verdaderamente confirmada por la bendición de nuestro Señor, si su hermosura no está también sobre nosotros, la hermosura de su santidad que transforma nuestra vida y da testimonio de su obra en nosotros?
Basta en cuanto a la mirada hacia atrás. No debemos terminar sin una mirada hacia adelante también. Hay dos notables dichos de nuestro Señor que se complementan entre sí y deberían ponerse uno junto al otro:
«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame».
«Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará».
Uno de ellos presenta la cruz; el otro, la corona; uno, la renuncia; el otro, la recompensa. En ambos casos es: «Sígame»; pero en el segundo de estos pasajes el seguimiento de Cristo va más allá de la cruz del Calvario; atraviesa el sepulcro hasta la Vida de Resurrección, el Santo Andar de los Cuarenta Días en el Espíritu, la Ascensión a los lugares celestiales, el asiento a la Diestra de Dios, la Reaparición en su Segunda Venida y la comunión de su Reinado final en Gloria. Y dos recompensas se destacan especialmente: primero, el Hogar Eterno con Cristo; y, segundo, la Honra Excelsa del Padre. Con demasiada frecuencia miramos solo la cruz y la crucifixión, y así vemos nuestra vida en Cristo solo en su unidad con él en el padecer y el servir; necesitamos mirar más allá y ver nuestra unidad con él en la recompensa y el galardón, si hemos de tener una visión completa de su promesa y de nuestra esperanza. Negarse a sí mismo no es tanto un empobrecimiento como un aplazamiento: sacrificamos un bien presente por amor de un bien futuro y mayor. Aun nuestro Señor mismo fue fortalecido para sufrir la cruz y menospreciar la vergüenza por el gozo puesto delante de él y la gloria de su victoria final. Si hubo siete escalones de descenso en la humillación, hay siete de ascenso en la exaltación, hasta que bajo sus pies toda rodilla se doble en homenaje y toda lengua confiese su señorío universal. El que descendió es el mismo que también subió por encima de todos los cielos para llenarlo todo.
George Müller tuvo por pérdida todo lo que los hombres tienen por ganancia, pero fue por la excelencia del conocimiento de Jesús, su Señor. Lo perdió todo y lo tuvo por basura, pero fue para ganar a Cristo y ser hallado en él; para conocerle, y no solo la participación de sus padecimientos y la conformidad a su muerte, sino el poder de su resurrección, la conformidad a su vida y la comunión en su gloria. Dejó atrás todo lo que el mundo valora, pero se extendió a lo que está delante y prosiguió hacia la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús. «Así que, todos los que somos perfectos, esto mismo sintamos».
Cuando el Señor Jesús estaba en la tierra, había un discípulo al que amaba, que también se recostaba sobre su pecho, ocupando el lugar de favor que solo uno podía ocupar. Pero ahora que él está en el cielo, todo discípulo puede ser el amado, ocupar el lugar de favor y recostarse en su seno. No hay monopolio exclusivo de privilegio y bendición. El que sigue de cerca y permanece en él conoce la peculiar cercanía del contacto, el honor de la intimidad, reservados para los que son llamados, elegidos y fieles, y siguen al Cordero por dondequiera que va. Los siervos de Dios que se niegan a sí mismos van camino de la perfección final, siete veces perfecta, en casa con él y coronados de honra:
«Y no habrá más maldición;
sino que el trono de Dios y del Cordero estará en ella;
y sus siervos le servirán;
y verán su rostro;
y su nombre estará en sus frentes,
y allí no habrá más noche,
y reinarán por los siglos de los siglos».
¡Amén!
Capítulo 26 completado
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