Capítulo 24 · 29 min de lectura · 38 min de escucha
Una mirada a los donativos y a los donantes
HAY Uno que todavía está sentado frente al arca de la ofrenda, mirando los donativos que en ella se echan y pesando con imparcialidad su valor; él estima los millones del rico y las blancas de la viuda, no por la cantidad dada, sino por los motivos que impulsan la ofrenda y por la medida de sacrificio propio que se acepta por amor del Señor.
Las abundantes provisiones que llegaban a manos del señor Müller procedían por igual de quienes tenían abundancia de riquezas y de aquellos cuya única abundancia era la de su profunda pobreza; pero tanto los arroyuelos como los ríos venían de Dios. Uno de los encantos de esta historia es observar la variedad de personas y lugares, de sumas de dinero y formas de ayuda, relacionadas con los donativos hechos a la obra del Señor, y la exacta correspondencia entre la necesidad y la provisión, tanto en el momento como en la cantidad. Algunos ejemplos de ello se han dado ya en su orden histórico; pero, para obtener una visión más completa de las lecciones que sugieren, conviene clasificar algunos de los casos más notables e impresionantes, que son tan abundantes y que ofrecen indicaciones tan valiosas sobre la ciencia y el arte de dar.
Pueden extraerse valiosas lecciones del hermoso espíritu que mostraron los donantes y de la historia secreta de sus ofrendas.
En algunos casos los hechos no se conocieron sino mucho después, ni siquiera por el propio señor Müller; y, una vez conocidos, no podían revelarse al público mientras los interesados aún vivían. Pero cuando fue posible y oportuno desvelar estas cosas ocultas, se dieron a conocer para la gloria de Dios y el bien de otros, y brillan en las páginas de este relato como estrellas en el cielo. Pablo se gozaba en las ofrendas voluntarias de los discípulos filipenses, no porque buscara dádivas, sino fruto que abundara en su cuenta; no porque sus ofrendas suplieran su necesidad, sino porque llegaban a ser olor fragante, sacrificio acepto, agradable a Dios. Ese mismo gozo llenaba constantemente el corazón del señor Müller. Cada día se sentía renovado y fortalecido por las muchas pruebas de que los donativos recibidos habían sido primero santificados por la oración y la abnegación. Vivía y respiraba en medio de la fragancia de ofrendas de olor suave, y durante más de sesenta años se le permitió participar del gozo del Señor mismo por las ofrendas alegres, aunque a menudo costosas, de su pueblo. Por estar identificado con su Maestro, el siervo percibía el suave aroma de estos sacrificios mientras su incienso subía de los altares del Señor hacia el cielo. Aun en la tierra, las renuncias de su propia vida hallaban compensación en actuar así en nombre del Señor, recibiendo y repartiendo estas ofrendas; y, como él dice, «el Señor me hizo comprender así desde el principio que las casas de huérfanos y la obra eran SUYAS, no MÍAS».
Más de un frasco de nardo puro, de mucho precio, quebrado a los pies del Salvador por amor de los huérfanos, o para alimentar con el Pan de Vida a almas hambrientas, llenó la casa del olor del ungüento, de modo que vivir allí era respirar una atmósfera santificada de devoción.
Entre los primeros donantes de la obra estuvo una pobre costurera que, para sorpresa del señor Müller, trajo cien libras. Con su trabajo ganaba solo un promedio, por semana, de tres chelines y seis peniques, y además era débil de cuerpo. Un pequeño legado de menos de quinientas libras, procedente de la herencia de su abuela, le había correspondido a la muerte de su padre, según las disposiciones del testamento de la abuela. Pero aquel padre había muerto borracho y en bancarrota, y sus hermanos y hermanas habían llegado a un arreglo con los acreedores pagándoles cinco chelines por libra. A su conciencia le pareció que aquello era robar a los acreedores tres cuartas partes de lo que se les debía, y, aunque ellos no tenían ningún derecho legal sobre ella, les pagó en privado los otros quince chelines por libra de las deudas pendientes de su padre. Además, cuando su hermano inconverso y sus dos hermanas dieron cada uno cincuenta libras a su madre viuda, ella, como hija de Dios, sintió que debía dar el doble de esa cantidad. Para entonces su propia parte del legado se había reducido a un pequeño remanente, ¡y de ese remanente dio las cien libras para la obra de los huérfanos!
Como el principio firme del señor Müller era no aferrarse nunca con avidez a ningún donativo, cualquiera que fuese la necesidad o la cuantía de la ofrenda, antes de aceptar este dinero tuvo una larga conversación con aquella mujer, procurando impedir que diera por un motivo no santificado o con una prisa irreflexiva, sin calcular el costo. En tal caso, aceptar la ofrenda habría deshonrado a su Maestro, como si Dios tuviera necesidad de nuestras ofrendas. Sin embargo, un examen cuidadoso no reveló ningún motivo que no fuera puro y semejante al de Cristo; aquella mujer había llegado a su decisión con calma y deliberación. «El Señor Jesús —dijo ella— ha dado por mí hasta la última gota de su sangre, ¿y no habría de darle yo estas cien libras?» Quien en su obra para Dios entra en contacto con donantes así encuentra en ello un medio de gracia.
Este notable episodio presta un interés conmovedor a los comienzos de la obra de los huérfanos, y más aún si seguimos la historia de esta humilde costurera. Había sido una dadora habitual, pero de manera tan discreta que, mientras vivió, ni media docena de personas supieron del legado ni de este donativo. Después, sin embargo, salió a la luz que en muchos casos había dado, callada y muy discretamente, alimento, ropa y otras ayudas semejantes a pobres que lo merecían. Sus ofrendas eran tan desproporcionadas a sus recursos que su pequeño capital disminuyó rápidamente. Como es natural, el señor Müller se resistió mucho a aceptar lo que ella traía, hasta que vio que el amor de Cristo la constreñía. Entonces no pudo hacer menos que recibir su ofrenda en nombre de su Maestro, mientras, como el Maestro, exclamaba: «¡Oh mujer, grande es tu fe!»
Cinco rasgos hacían digna de alabanza su beneficencia. En primer lugar, todas estas obras de caridad se hicieron en secreto y sin ostentación alguna; por eso ella se mantuvo humilde, sin envanecerse por el aplauso humano; sus costumbres personales en el vestir y en la comida siguieron siendo tan sencillas después del legado como antes, y hasta el final trabajó con su aguja para sustentarse; y, por último, mientras sus ganancias se contaban en chelines y peniques, sus donativos se contaban en soberanos o en billetes de cinco libras, y en un caso por centenares de libras. Su dinero se había acabado por completo años antes de que fuera llamada a lo alto, pero el Dios fiel nunca olvidó su promesa: «No te desampararé, ni te dejaré». Nunca le faltó lo necesario, ni siquiera cuando la debilidad física le impidió seguir manejando la aguja; no pidió ayuda a ningún ser humano, sino que, en cualquier apuro, acudía a Dios, y no solo no sufrió escasez alguna, sino que, en medio de mucho sufrimiento físico, su boca se llenó de cánticos santos.
El señor Müller registra el primer legado como procedente de un querido muchacho que murió en la fe. Durante su última enfermedad había recibido como regalo unas monedas de plata nuevas, y pidió que aquello, su único tesoro en dinero, se enviara para los huérfanos. Con conmovedora ternura añade el señor Müller que este precioso legado de seis chelines y seis peniques y medio, recibido el 15 de septiembre de 1837, fue el primero que tuvieron. Quienes estiman todos los donativos por su valor en dinero difícilmente pueden comprender cuán bienvenido fue semejante legado; pero para un hombre como él, este pequeño donativo, legado por uno de los pequeños de Cristo y que representaba todo cuanto poseía, era de un valor inestimable.
En mayo de 1842, un reloj de oro con su cadena llegó acompañado de una breve nota, cuyo contenido sugiere las posibilidades de servicio que se nos abren cuando limitamos voluntariamente necesidades artificiales o imaginarias. La nota dice así: «Un peregrino no necesita un reloj como este para ser feliz; uno de clase inferior le bastará para mostrarle cuán velozmente vuela el tiempo y cuán deprisa avanza él hacia aquella Canaán donde el tiempo no será más; de modo que a usted le toca hacer con esto lo que bien le pareciere. Es la última reliquia de vanidad terrenal, y, mientras esté en el cuerpo, ¡sea yo guardado de toda idolatría!»
En marzo de 1884 llegó al señor Müller una contribución de alguien que, con un espíritu semejante, había podido aumentar la cantidad por encima de todas sus ofrendas anteriores vendiendo unas joyas que había dejado de lado conforme a 1 Pedro 3:3. ¡Cuánto adorno superfluo, llevado por discípulos, podría sacrificarse con bendición por amor del Señor! El único adorno que es de grande estima delante de él brillaría con mucho más lustre si fuera el único que se llevara.
Otro ejemplo de cómo sacar provecho de todas las cosas se vio en el caso de un donante que envió una caja con cuatro antiguas monedas de una corona que tenían una curiosa historia. Habían sido el regalo del día de bodas de un novio a su novia, quien, sin querer gastar el primer regalo de su marido, las guardó hasta que las entregó, como reliquias de familia, a sus cuatro nietos. Así, por fin, se pusieron a rendir intereses, después de muchos años de acumular «herrumbre» en una ociosidad e inutilidad atesoradas. Poco imaginaban el novio o la novia que estas monedas, después de más de cien años, saldrían de su escondite para ser puestas al servicio del Señor. Pocas personas han calculado jamás cuánto pierde toda buena causa por el simple hecho de retirar dinero de la circulación. Aquellas cuatro monedas de corona, si se hubieran invertido cuidadosamente de modo que su valor se duplicara, por interés compuesto, cada diez años, ¡habrían llegado a mil libras durante los años en que permanecieron ociosas!
Un donativo fue enviado como ofrenda al Señor, en lugar de usarse para comprar un anillo de compromiso, por dos creyentes que deseaban que sus vidas quedaran unidas por el vínculo más alto: el amor mutuo al Señor, que no escatimó su propia sangre por ellos.
En otra ocasión llegó una caja con una chaqueta de raso nueva, recién comprada, pero sacrificada por ser un lazo para el orgullo. Su entrega marcó una época, pues desde entonces su dueño resolvió gastar en ropa solo lo necesario y no malgastar el dinero del Señor en vestidos costosos. Los creyentes iluminados consideran todas las cosas como inalienablemente de Dios, y, aun al desviar voluntariamente su dinero hacia cauces sagrados en vez de egoístas, recuerdan todavía que ¡no le dan sino lo que ya es suyo! «El niño pequeño se siente orgulloso de poder echar el dinero en la caja después de que su padre le ha dado los medios y le ha dicho que lo haga; y así los hijos de Dios se ven a veces tentados a pensar que dan de lo suyo y a enorgullecerse de sus ofrendas, olvidando al Padre divino, que nos da todo lo que tenemos y nos manda devolvérselo todo.»
Un donativo de dos mil libras, del 29 de enero de 1872, llegó acompañado de una carta en la que el remitente confesaba que la posesión de bienes le había causado mucha inquietud de espíritu, y que se había desprendido de ellos convencido de que el Señor «no veía bien» que él poseyera tanto y por eso había permitido que esa posesión fuera para él una maldición más que una bendición. El apego a las posesiones siempre acarrea maldición, y así las riquezas externas se convierten en fuente de pobreza interior. Es dudoso que algún hijo de Dios haya atesorado jamás riquezas sin perder en progreso y gozo espirituales. La codicia es uno de los vicios más bajos y destructivos, y transforma al hombre a semejanza de la moneda que adora, volviéndolo duro, frío, metálico e insensible, de modo que, como se ha dicho con gracia, cae en su ataúd «con un tintineo».
Dios estima lo que damos por lo que retenemos, pues es posible entregar grandes sumas y aun así reservarse cantidades tanto mayores que no cabe abnegación alguna. Semejante manera de dar al Señor no nos cuesta nada.
En 1853, un hermano en el Señor sacó del bolsillo un rollo de billetes de banco que sumaban ciento diez libras y lo puso en la mano del señor Müller; aquello era más de la mitad de todos sus bienes terrenales. Dar así es un ejemplo de sacrificio propio a gran escala, y trae la bendición correspondiente.
Los motivos que impulsaban las ofrendas eran a menudo singularmente elocuentes. En octubre de 1857 llegó un donativo de un comerciante cristiano que, habiendo sufrido una fuerte pérdida económica, deseaba santificar su pérdida con una ofrenda para la obra del Señor. Poco después, un joven entregó otra ofrenda en agradecido recuerdo de que, veinticinco años antes, el señor Müller había orado por él, siendo niño, pidiendo a Dios que lo convirtiera. Otra ofrenda más, de tres mil quinientas libras, le llegó en 1858 con una carta en la que el donante explicaba que se había propuesto, además, dar a la obra de los huérfanos el lugar principal en su testamento, pero que ahora veía que era mucho mejor ser su propio albacea y dar toda la cantidad mientras vivía. ¡Qué inmensa ventaja resultaría, tanto para los donantes como para las causas que se proponen promover, si este principio se adoptara de forma general! Entre «la copa» del testador y «los labios» del legatario hay más de un tropiezo. Incluso una redacción equivocada de un testamento ha hecho perder o ha frustrado a menudo el propósito de un legado. El señor Müller tuvo que advertir a quienes pensaban hacer donaciones que nada de lo que se considerara bien inmueble podía destinarse a legados para instituciones benéficas, ni siquiera el dinero prestado sobre bienes inmuebles o derivado de ellos de cualquier otra forma. Esas condiciones ya no existen, pero ilustran con qué facilidad un testamento puede quedar sin efecto y frustrarse el propósito de un legado.
Muchos donantes se sintieron movidos a enviar ofrendas de gratitud por calamidades evitadas o desviadas: por ejemplo, por un caballo enfermo, dado por perdido por el veterinario, que se recuperó en respuesta a la oración. Otro donante, que se rompió el brazo izquierdo, envía su agradecido reconocimiento a Dios porque no fue el brazo derecho, ni alguna parte más vital, como la cabeza o el cuello.
Las ofrendas eran doblemente preciosas por la incansable fidelidad de Dios, que evidentemente las inspiraba y que seguía hablando al corazón de miles de personas, llevándolas a dar con tanta abundancia y constancia que ninguna necesidad quedó sin suplir. En 1859 fueron tan grandes los gastos de la obra que, si día tras día, durante los trescientos sesenta y cinco, se hubieran recibido cincuenta libras, los ingresos apenas habrían bastado. Y, sin embargo, por una sorprendente variedad y número de medios, y de personas y lugares no menos numerosos y variados, llegaron los donativos. El señor Müller no conocía personalmente ni a uno de cada veinte donantes, y a ninguno de todos los contribuyentes se le había pedido jamás una ofrenda; y aun así, hasta noviembre de 1858, se habían recibido ya más de seiscientas mil libras, en cantidades que iban desde ocho mil cien libras hasta un solo cuarto de penique.
Algunos donativos fueron notables por las circunstancias singulares que los rodearon. Mientras descansaba en Ilfracombe, en septiembre de 1865, un caballero entregó al señor Müller una suma de dinero, y al mismo tiempo le refirió los hechos que lo habían llevado a hacerlo. Era un hombre de negocios muy trabajador, propenso a dudar de la realidad de las cosas espirituales, y había puesto seriamente en duda la veracidad del relato de oraciones contestadas que había leído, salido de la pluma del señor Müller. Pero, ante aquella historia sencilla y franca, no lograba quedarse tranquilo en sus dudas, y al fin se propuso una prueba para saber si Dios estaba de veras con el señor Müller, como este afirmaba. Deseaba comprar cierta propiedad si se tasaba a un precio razonable, y resolvió que, si lograba obtenerla al precio bajo que él mismo se había fijado, le daría cien libras. Autorizó que se presentara una oferta en su nombre, pero, deseoso de enterarse cuanto antes del resultado de su empresa, fue él mismo al lugar de la subasta, y se sorprendió al ver que la propiedad se le adjudicaba efectivamente a su propio precio. Asombrado por lo que consideró una prueba de que Dios realmente obraba con el señor Müller y a favor de él, decidió ir en persona a entregarle la suma de dinero, y así conocerlo y ver al hombre cuyas oraciones Dios contestaba. Al no encontrarlo en Bristol, lo había seguido hasta Ilfracombe.
Después de oír su historia y de saber que procedía de cierta localidad, el señor Müller comentó las frecuentes pruebas de la extraña manera en que Dios obraba en la mente de personas que le eran del todo desconocidas, llevándolas a enviar donativos; y añadió: «Hace poco recibí una carta de un abogado de su misma vecindad, en la que me preguntaba la forma adecuada para un legado, porque un cliente suyo, cuyo nombre no daba, deseaba dejar mil libras a la obra de los huérfanos». Resultó que el hombre con quien estaba hablando era ese cliente anónimo, quien, convencido de que sus dudas eran equivocadas, había decidido disponer este legado.
En agosto de 1884, un hermano cristiano de los Estados Unidos fue a visitar al señor Müller. Le contó cuánto lo había bendecido Dios mediante la lectura de su testimonio publicado acerca de la fidelidad de Dios; y que, habiendo entrado en posesión de algunos bienes por la muerte de su hermana, había cruzado el mar para ver por sí mismo las casas de huérfanos y conocer a su fundador, y para entregarle, para la obra del Señor, todo el legado, de unas setecientas libras.
Solo diecisiete días después, una carta que acompañaba un donativo trajo nuevo gozo al corazón del señor Müller. Era del esposo de una de las huérfanas que, en su decimoséptimo año, había dejado la institución, y a quien el propio señor Müller, a su partida, había regalado los dos primeros volúmenes de los Informes. Su esposo los había leído con más provecho espiritual que ningún otro libro, salvo el Libro de los libros, y había hallado su fe muy fortalecida. Como era predicador laico de la Iglesia Metodista Libre, Dios usó los benditos impulsos que así había recibido para inspirar una entrega semejante en el grupo que tenía a su cargo.
Estos son unos pocos ejemplos de los innumerables estímulos que llevaban al señor Müller, al repasarlos, a alabar a Dios sin cesar.
Un médico cristiano incluyó diez libras en una carta, contando cómo primero había probado una religión de mero deber y había fracasado; luego, tras una grave enfermedad, aprendió una religión de amor, al comprender el amor de Dios hacia él en Cristo y aprender así a amar a los demás. En sus días de oscuridad había sido un gran amante de las flores y había levantado varios invernaderos; el cultivo de flores era su afición, y una hermosa colección de plantas raras, su orgullo. Desmontó y vendió uno de esos invernaderos y envió lo obtenido como «el precio de un ídolo, derribado por el poder de Dios». Otro donante incluyó una cantidad semejante procedente de la venta de libros y cuadros innecesarios; y un hombre pobre, su media corona, «el fruto de un arbolito de su jardín».
Una mujer pobre, que había consagrado a la obra de los huérfanos las crías de una coneja que tenía como mascota, cuando los gazapos estuvieron listos para la venta cambió de parecer y «sustrajo parte del precio»; esa parte, sin embargo, dos conejos, los encontró muertos el mismo día en que iban a venderse.
En julio de 1877, diez libras de procedencia anónima llegaron acompañadas de una carta que encierra otra lección instructiva. Años antes, el remitente había resuelto delante de Dios abandonar un hábito dudoso y enviar a la Institución lo que le costaba ese placer. El voto, hecho en tiempo de angustia, quedó sin cumplir hasta que Dios le trajo el pecado a la memoria por medio de una nueva angustia y de un mensaje especial de la Palabra: «No contristéis al Espíritu de Dios». Entonces le fue dada la victoria sobre el hábito, y, como esa práctica le había costado unos veintiséis chelines al año, envió la cantidad completa correspondiente al período durante el cual no había guardado el solemne pacto, con la promesa de nuevos donativos en cumplimiento de esa misma promesa al Señor. Este caso encierra más de una lección. Nos recuerda lo costosa que es buena parte de nuestra complacencia propia. Sir Michael Hicks-Beach, al presentar los Presupuestos de 1897, observó que lo que se desperdicia cada año en Gran Bretaña en las colillas de puros y cigarrillos se calcula en un millón y cuarto de libras: el equivalente de todo lo que los cristianos británicos gastan anualmente en las misiones extranjeras. Y muchas formas de gratificación propia, que en nada contribuyen ni a la salud ni al provecho, harían rebosar los tesoros del Señor si lo que cuestan se le consagrara a él. Además, este episodio nos recuerda los muchos votos hechos en tiempo de angustia que no se pagan en tiempo de alivio. Muchas aflicciones vuelven, como las nubes que se tornan tras la lluvia, para recordarnos promesas quebrantadas y obligaciones incumplidas con las que hemos contristado al Espíritu Santo de Dios. «Cumple lo que prometes; porque Dios no se complace en los insensatos». Y aquí se nos enseña también que una conciencia sensible e iluminada hará restitución a Dios tanto como a los hombres, y que la infidelidad pasada a un pacto solemne no se repara simplemente cumpliendo sus términos en adelante. Ningún hombre honrado deshonra una deuda pasada, ni transige con su integridad limitándose a empezar de nuevo y pagar sobre la marcha. La reforma echa una mirada retrospectiva y comienza por la restitución y la reparación de todos los agravios e infidelidades anteriores. Uno de los peores males de nuestros días es que aun los discípulos estén tan dispuestos a sepultar las deudas económicas y morales de su vida pasada en la tumba de un olvido demasiado fácil.
Un donante que antes vivía en Tunbridge Wells seguía un principio de dar contrario al del mundo. A medida que crecía su propia familia, en lugar de reducir sus ofrendas, daba, por cada hijo que Dios le concedía, el costo medio del sostenimiento de un huérfano, hasta que, teniendo siete hijos, sostenía a siete huérfanos.
Un donante anónimo escribió: «Yo pensaba que, cuando un hombre tenía lo suficiente para sus propias necesidades, debía entonces suplir las necesidades de otros, y por consiguiente nunca tenía lo suficiente. Ahora veo claramente que Dios espera que demos de lo que tenemos y no de lo que no tenemos, y que dejemos lo demás en sus manos. Por eso doy con fe y amor, sabiendo que, si busco primeramente el reino de Dios y su justicia, todas las demás cosas me serán añadidas».
Otro envía cinco libras en cumplimiento de una promesa secreta: si lograba aprobar el examen de oposición para la administración pública, haría una ofrenda de gratitud. Y añade que Satanás había intentado repetidas veces persuadirlo de que todavía no podía permitírselo y de que sería mejor enviarlo un poco más adelante. Muchos otros han oído la misma sutil sugerencia del mismo maestro de engaños y padre de mentira. Aplazar la ofrenda equivale, por lo general, a abandonarla en la práctica, pues el hábito de la dilación crece con una rapidez imperceptible.
Los dadores habituales daban testimonio, por lo general, de la dicha consciente de dar con método. Muchos que empezaron dando la décima parte, y quizá con un espíritu legalista, se sintieron impulsados, por el gozo creciente de dar, a aumentar no solo la cantidad, sino la proporción: a una quinta, una cuarta, una tercera parte, y hasta la mitad de sus ganancias. Algunos invirtieron por completo la regla de distribución con que habían comenzado; pues al principio daban el diezmo para los fines del Señor y se reservaban nueve décimas partes, mientras que más tarde destinaban nueve décimas partes a los fines del Señor y se reservaban para sí solo un diezmo. Quienes aprenden el profundo significado de las palabras de nuestro Señor: «Más bienaventurado es dar que recibir», hallan tal gozo en tenerlo todo a su disposición que aun sus gastos personales quedan sometidos al examen de la conciencia y del amor, no sea que algo se malgaste en extravagancias o en una complacencia propia descuidada. Frances Ridley Havergal, en sus últimos años, se sentía a sí misma y todo lo que poseía tan plena y gozosamente entregados a Dios que nunca entraba en una tienda a gastar un chelín sin preguntarse si sería para la gloria de Dios.
El señor Müller valoraba las ofrendas solo en la medida en que eran dinero del Señor, obtenido por medios lícitos y dado a la manera del Señor. Por eso, hasta el final, su conducta fue sumamente escrupulosa en la cautela con que aceptaba las ofrendas, aun en tiempos de la más dura estrechez.
En octubre de 1842 se sintió movido a ofrecer ayuda a una hermana que parecía estar en gran angustia y necesidad, ofreciéndose a compartir con ella, si hacía falta, aun su casa y su bolsa.
Este ofrecimiento la llevó a reconocer que tenía unas quinientas libras propias; y su conversación reveló que guardaba ese dinero como provisión contra una posible necesidad futura, y que se apoyaba en él en lugar de apoyarse en Dios. El señor Müller le dijo muy poco, pero, cuando ella se hubo retirado, suplicó al Señor que le hiciera tan reales las riquezas inagotables que poseía en Cristo, y su propio llamamiento celestial, que se sintiera constreñida a depositar a sus pies toda la suma que así era un lazo para su fe y un ídolo para su amor. No se cruzó entre ellos ni una palabra, hablada o escrita, sobre el asunto, ni siquiera llegó él a verla; pues su deseo expreso era que, si ella daba algún paso semejante, no fuera fruto de influencia o persuasión humana alguna, no fuera que un arrepentimiento posterior resultara a la vez en daño para ella y en deshonra para su Maestro.
Sin embargo, durante casi cuatro semanas derramó su corazón ante Dios pidiendo que ella fuera librada de la codicia. Entonces ella volvió a pedirle una entrevista y le contó cómo había estado procurando, día tras día, conocer la voluntad de Dios respecto de aquella suma atesorada, y había llegado a la clara convicción de que debía ponerla entera sobre su altar. Así, la considerable suma de quinientas libras estaba tan a su alcance, en un tiempo de grandísima necesidad, que una palabra del señor Müller bastaría para asegurarla. En lugar de decir esa palabra, la exhortó a no disponer así del dinero por el momento, sino a calcular el costo; a no hacer nada precipitadamente, no fuera a arrepentirse después, sino a esperar por lo menos quince días más antes de tomar una decisión definitiva. Su correspondencia con esta hermana puede encontrarse íntegra en su diario,* y es un modelo de devoto cuidado para no apoderarse de una ofrenda que pudiera estar movida por motivos equivocados o darse con un corazón no preparado. Cuando por fin se entregó, surgieron obstáculos inesperados que afectaban a la posesión efectiva y a la transferencia del dinero, de modo que pasó más de un tercio de año antes de que se recibiera; pero entretanto no hubo de su parte ni impaciencia ni desconfianza, y ni siquiera volvió a comunicarse con ella. Para gloria de Dios añadamos que ella dio después alegre testimonio de que ni por un momento lamentó haber dado toda la suma a su servicio, transfiriendo así su confianza del dinero al Maestro.
* Relato, I. 487 et seq.
En agosto de 1853, una pobre viuda de sesenta años, que había vendido la casita que constituía todo su patrimonio, depositó en otro lugar, en una alcancía para los huérfanos destinada al señor Müller, todo lo obtenido: noventa libras. Quienes se lo hicieron llegar al señor Müller, conociendo las circunstancias, le insistieron en que se quedara por lo menos con una parte de la suma, la convencieron de guardar cinco libras y enviaron las otras ochenta y cinco. El señor Müller, al enterarse de los hechos y temiendo que la ofrenda fuera fruto de un impulso repentino del que luego se arrepintiera, se ofreció a pagarle los gastos de viaje para poder entrevistarse con ella. Halló que ella tenía la mente bien decidida, desde diez años antes de vender la casa, a disponer así de lo que se obtuviera. Pero se resistía tanto más a aceptar la ofrenda porque, como ya la habían convencido de retirar cinco libras del donativo original, temía que ella deseara haberse reservado más; y solo después de que muchas instancias no lograron persuadirla de reconsiderar el paso, consintió en aceptarla. Aun entonces, sin embargo, para que no se hablara mal de él en este asunto, se negó a recibir parte alguna de la ofrenda para uso personal.
En octubre de 1867, una pequeña suma fue enviada por alguien que años antes se la había quitado a otro, y que deseaba así hacer restitución, creyendo que el creyente cristiano a quien se la había quitado aprobaría este modo de devolverla. El señor Müller la devolvió en seguida, sin importar la cantidad, para que la restitución se hiciera directamente a la persona que había sido robada o perjudicada, sosteniendo que esa persona debía recibirla primero y luego disponer de ella como le pareciera bien. Puesto que no pertenecía a quien la había tomado, no era suya para darla, ni siquiera en nombre de otro.
En una época de gran estrechez, el señor Müller recibió un paquete sellado que contenía dinero. Sabía de quién venía, y que la donante era una mujer no solo endeudada, sino a la que los acreedores reclamaban con frecuencia, en vano, lo que legítimamente se les debía. Era, pues, evidente que no era dinero suyo, y, por tanto, no le correspondía a ella darlo; y, sin abrir siquiera el envoltorio de papel, lo devolvió a la remitente, y esto en un momento en que no había en caja lo suficiente para cubrir los gastos de aquel mismo día. En junio de 1838, un desconocido que confesó un acto de fraude quiso hacer restitución, con intereses, por medio del señor Müller; y, en lugar de enviar el dinero por correo, el señor Müller se tomó la molestia de transmitirlo mediante órdenes bancarias, lo cual le permitía, en caso necesario, probar su fidelidad al actuar como intermediario de la transmisión: un ejemplo de la conocida máxima de que es el hombre honrado quien más cuidado pone en procurar lo honrado delante de todos los hombres.
El dinero enviado como producto de un concierto celebrado en beneficio de los huérfanos en el sur de Devon fue devuelto cortésmente. El señor Müller no dudaba de la buena intención de quienes habían promovido aquella iniciativa, pero creía que el dinero para la obra de Dios no debía obtenerse de esa manera, y solo deseaba el dinero provisto a la manera de Dios.
A los amigos que preguntaban si sus ofrendas habían llegado en un momento particularmente oportuno se les remitía al Informe siguiente para la respuesta. Reconocer que la ayuda había llegado muy a tiempo sería revelar indirectamente la necesidad, y podría interpretarse como una petición indirecta de más ayuda, ya que una ayuda especialmente oportuna se agotaría pronto. Y así este hombre de Dios evitó constantemente cualquier revelación semejante de un apuro, no fuera a obstaculizarse su principal objetivo, a saber, «mostrar cuán bienaventurado es tratar solo con Dios y confiar en él en los momentos más oscuros». Y aunque la necesidad era continua, y apenas se satisfacía una demanda surgía otra, no halló penosa esta vida ni se cansó jamás de ella.
Ya en mayo de 1846, la carta de un hermano contenía el siguiente párrafo:
«En cuanto a mis bienes, no veo claro mi camino. Confío en que todo esté de veras a disposición del Señor; y, si usted me hiciera saber de alguna necesidad de ellos en su servicio, cualquier suma inferior a doscientas libras estará a su disposición con un aviso de una semana, más o menos.»
La necesidad en aquel momento era grande. ¡Qué fácil y natural habría sido contestar que la obra de los huérfanos necesitaba entonces ayuda y que, como el señor Müller estaba a punto de salir de Bristol para descansar, sería un consuelo especial que su corresponsal enviara, digamos, unas ciento noventa libras! Pero tratar solo con el Señor en todo el asunto le parecía tan indispensable, tanto para fortalecer su propia fe como para la eficacia de su testimonio ante la iglesia y el mundo, que en seguida vio en esta tentación un lazo, y respondió que la necesidad de cualquier parte de la obra solo podía confiarse al Señor.
El dinero destinado a guardarse como fondo para su vejez o para posibles temporadas de enfermedad o emergencias familiares fue siempre rehusado. Un donativo así, de cien libras, se recibió el 12 de octubre de 1856, con una nota tan considerada y cristiana que la sutil tentación de hacerse tesoros en la tierra habría triunfado, de no ser por un corazón firmemente resuelto a que no hubiera dependencia alguna de semejante provisión humana. Había zanjado la cuestión de una vez para siempre, sin volver a plantearla: viviría día a día de la generosidad del Señor y haría una sola inversión, a saber, usar los medios que Dios le diera para suplir las necesidades de los pobres, confiando en que Dios lo recompensaría ricamente en la hora de su propia necesidad, conforme a la promesa:
«El que se compadece del pobre, presta al Señor; y él le devolverá lo que ha prestado». Proverbios 19:17.
Dios honró de inmediato esta disposición del señor Müller, de tal modo que su cortés carta, en la que rehusaba la ofrenda para sí, llevó al donante no solo a pedirle que usara las cien libras para la obra de los huérfanos, sino a añadir a esa suma otro donativo de doscientas libras más.
Capítulo 24 completado
Una mirada a los donativos y a los donantes