George Müller de Bristol
Al atardecer, luz

Capítulo 21 · 18 min de lectura · 23 min de escucha

Al atardecer, luz

LA escena final de esta hermosa y azarosa historia de vida tiene un interés que no es del todo triste. El señor Müller parece una montaña elevada, sobre cuya cumbre el sol de la tarde brilla con un esplendor que se demora, y cuyo pico dorado se alza muy por encima del nivel ordinario y pertenece más al cielo que a la tierra, en la calma clara y sin nubes de Dios.

Desde mayo de 1892, cuando terminó la última gira misionera, se dedicó principalmente a la obra del Instituto de Conocimiento Bíblico y a predicar en Bethesda y en otros lugares según Dios parecía disponerlo. Su salud era maravillosa, sobre todo si se considera cómo, siendo aún joven, frecuentes y graves enfermedades y una debilidad general lo habían declarado, al parecer, inhábil para todo servicio militar, y a muchos les hacían presagiar una muerte temprana o una rendición sin esperanza a la enfermedad. Había estado en el calor del trópico y en el frío ártico, en temporales y tifones en el mar, y en viajes por ferrocarril, a veces tan ininterrumpidamente largos como una travesía marítima. Había soportado la plaga de pulgas, mosquitos y hasta ratas. Había sufrido cambios de clima, de alimentación, de hábitos de vida, y la tensión de servicios casi diarios, y de todo había salido indemne. Este hombre, cuya salud nunca fue robusta, había pasado por trabajos que pondrían a prueba el temple de una constitución de hierro; este hombre, que muchas veces había quedado postrado por la enfermedad, a veces durante meses, y que en 1837 había temido que una persistente dolencia de la cabeza pudiera trastornarle la mente, podía decir, en su nonagésimo segundo año: «He podido trabajar todos los días y todo el día, y eso con facilidad, como hace setenta años». Cuando el autor celebraba reuniones en Bristol en 1896, en un aniversario muy sagrado para él, pidió a su amado padre Müller que hablara en la reunión de clausura de la serie, en el salón de la Y.M.C.A.; y así lo hizo, pronunciando un poderoso discurso de cuarenta y cinco minutos sobre la oración en relación con las misiones, y contando en parte la historia de su propia vida, con un vigor de voz y de porte que parecía desmentir su avanzada edad.*

* Apéndice K.

La maravillosa preservación de un hombre así a semejante edad nos recuerda a Caleb, quien a los ochenta y cinco años podía gloriarse en Dios de estar tan fuerte, aun para la guerra, como el día en que fue enviado a la tierra como uno de los espías; y el propio señor Müller atribuía esta preservación a tres causas: primera, el ejercitarse en tener siempre una conciencia sin remordimiento delante de Dios y delante de los hombres; segunda, el amor que sentía por las Escrituras y el constante poder reparador que ejercían sobre todo su ser; y tercera, aquella felicidad que hallaba en Dios y en su obra, que lo libraba de toda ansiedad y de todo desgaste innecesario en sus trabajos.

La gran verdad fundamental que este hombre heroico imprimió en su generación fue que el Dios vivo es el mismo hoy y por siempre que ayer y en todas las edades pasadas, y que, con igual confianza que las almas más confiadas de cualquier época, podemos creer su palabra y añadir a cada promesa, como Abraham, nuestro «Amén»: ¡ASÍ SERÁ!* Cuando, pocos días después de su muerte, el señor E. H. Glenny, conocido por muchos como el amado y abnegado amigo de la Misión al Norte de África, pasó por Barcelona, encontró escritas en un álbum, sobre la firma de Müller, las palabras: «Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos». Y, como el escritor de la Epístola a los Hebreos, citando el Salmo 102, podemos decir del Señor, mientras todo lo demás cambia y perece:

«TÚ PERMANECES»; «TÚ ERES EL MISMO».

Hacia el final de su vida, el señor Müller, siguiendo el consejo médico, moderó algo sus trabajos activos, predicando por lo general solo una vez cada domingo. Tuve el privilegio de oírlo en la mañana del día del Señor, 22 de marzo de 1896. Habló sobre el Salmo 77; desde luego, encontró allí su tema favorito, la oración; y, tomando aquel sermón como una muestra justa de su predicación habitual, era sin duda un notable expositor de las Escrituras aun a los noventa y un años de edad. Más adelante se hallará el bosquejo de este discurso.

* Génesis 15:6. (Hebreo.)

El domingo por la mañana, 6 de marzo de 1898, habló en la capilla de Alma Road, y el lunes por la noche siguiente estuvo en el culto de oración de Bethesda, en ambas ocasiones con su salud habitual. El miércoles por la noche siguiente ocupó su lugar acostumbrado en la reunión de oración de la Casa de Huérfanos y anunció los himnos:

«La innumerable multitud en lo alto» y «Cantaremos del Pastor que murió».

Cuando le dio las «buenas noches» a su amado yerno, no había ninguna señal externa de que sus fuerzas declinaran. Parecía hasta el último momento el anciano vigoroso de siempre, y se retiró a descansar como de costumbre. Se había pensado que alguien de edad tan avanzada debía tener quien lo atendiera de noche, sobre todo porque últimamente se habían notado indicios de debilidad del corazón, y él había cedido a la presión del amor y consentido en tal arreglo a partir de aquella noche. Pero el consentimiento llegó demasiado tarde. Nunca más iba a necesitar asistencia ni cuidados humanos. El jueves por la mañana, 10 de marzo, hacia las siete, le llevaron a su habitación la acostumbrada taza de té. A la llamada a la puerta no hubo más respuesta que un silencio ominoso. El asistente abrió la puerta, solo para encontrar al venerable patriarca muerto en el suelo, junto a la cama. Probablemente se había levantado para tomar algún alimento (siempre se dejaban a su alcance un vaso de leche y una galleta) y, mientras comía la galleta, se había sentido desfallecer y había caído, aferrándose al mantel al caer, pues este había sido arrastrado junto con algunas cosas que había sobre la mesa. Su médico, llamado sin demora, opinó que había muerto de un fallo cardíaco una o dos horas antes de que lo hallara su asistente.

Semejante partida, aun a tal edad, produjo una conmoción mundial. Las fuerzas morales y espirituales de aquel hombre alcanzaban y tocaban los confines de la tierra. No solo en Bristol ni solo en Gran Bretaña, sino al otro lado de las grandes aguas, hacia el oriente y hacia el occidente, se sintió el pulso de una profunda compasión. Los corazones sangraron por todo el globo cuando se anunció, por hilo telegráfico y cable submarino, que George Müller había muerto. De un gran inglés se dijo que su influencia solo podía medirse por «paralelos de latitud»; de George Müller podemos añadir: y por meridianos de longitud. Pertenecía a toda la iglesia y a todo el mundo, en un sentido único; y toda la raza humana sufrió una pérdida cuando murió.

El funeral, que tuvo lugar el lunes siguiente, fue un tributo popular de afecto como pocas veces se ve. Decenas de miles de personas se apostaron con reverencia a lo largo del recorrido del sencillo cortejo; los hombres dejaron sus talleres y oficinas, las mujeres sus elegantes hogares o sus humildes cocinas, todos deseosos de rendir una última muestra de respeto. Bristol nunca antes había presenciado una escena semejante.

Se celebró un breve servicio en la Casa de Huérfanos n.º 3, donde se reunieron más de mil niños que por segunda vez habían perdido a un «padre»; delante del atril, en el gran comedor, un ataúd de olmo, deliberadamente sencillo y, por expreso deseo, sin ofrendas florales, contenía todo lo que era mortal de George Müller, y en una placa de latón había una sencilla inscripción con la fecha de su muerte y su edad.

El señor James Wright pronunció el discurso, recordando a los allí reunidos que a todos nosotros, aun a quienes han vivido más cerca de Dios, nos llega la muerte mientras el Señor tarda; que es bienaventurado morir en el Señor; y que para los creyentes en Cristo aguarda una resurrección gloriosa. Las lágrimas que corrían por aquellas jóvenes mejillas eran más elocuentes que cualquier palabra como muestra de afecto por el difunto. El cortejo se formó en silencio. Entre quienes seguían el féretro había cuatro que habían sido internos de aquel primer hogar de huérfanos de Wilson Street. El dolor de los niños enterneció el corazón de los espectadores, y ojos no acostumbrados al llanto se humedecieron aquel día. Los diversos carruajes llevaban a los médicos, a los parientes y allegados del señor Müller, a los ancianos y diáconos de las iglesias con las que estaba vinculado, y a su equipo de colaboradores en la obra de Ashley Down. Luego seguían cuarenta o cincuenta vehículos más con delegaciones de diversas entidades religiosas, etc.

En Bethesda, cada palmo de espacio estaba lleno, y cientos de personas intentaron entrar en vano. Se cantó el himno que el señor Müller había anunciado en aquella última reunión de oración, la noche antes de su partida. El doctor Maclean, de Bath, elevó una oración, mezclada con alabanza por una vida tan larga de servicio y testimonio, de oración y de fe, y el señor Wright habló sobre Hebreos 13:7, 8:

«Acordaos de vuestros pastores, que os hablaron la palabra de Dios; la fe de los cuales imitad, considerando cuál haya sido el resultado de su conducta. Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos.»

Habló de aquellos gobernantes y guías espirituales que Dios pone sobre su pueblo, y del privilegio de imitar su fe, llamando la atención sobre las dos características de la fe de su amado suegro: primera, que se fundaba en aquella inconmovible Roca de los siglos, la palabra escrita de Dios; y segunda, que traducía los preceptos y las promesas de esa palabra a la vida diaria.

El señor Wright subrayó con mucho énfasis la aceptación por parte del señor Müller de todas las Escrituras como divinamente inspiradas. Solía decir a los creyentes jóvenes: «Pon el dedo sobre el pasaje en que descansa tu fe», y él mismo había leído la Biblia de principio a fin casi doscientas veces. Se alimentaba de la Palabra y por eso era fuerte. Halló el centro de esa Palabra en la Persona viva que ella encierra, y su único fundamento de confianza era la obra expiatoria de esa Persona. Siempre débil, miserable y vil a sus propios ojos, indigno de la más pequeña bendición, descansaba únicamente en el mérito y la mediación de su gran Sumo Sacerdote.

George Müller cultivaba la fe. Solía decir a sus colaboradores en la oración y el servicio: «No permitan jamás que entre en su mente una sombra de duda acerca del amor del corazón del Padre ni del poder del brazo del Padre». Y proyectaba toda su vida hacia adelante, y la miraba a la luz del Día del Juicio.

El discurso del señor Wright puso de relieve una o dos lecciones más de suma importancia, como, por ejemplo, que el Espíritu nos manda imitar, no las peculiaridades ni la filantropía de otros, sino su fe. Y aprovechó la ocasión para recordar a sus oyentes que la filantropía no era el objetivo principal ni el rasgo dominante de la vida del señor Müller, sino, por encima de todo, engrandecer y glorificar a Dios, «como el Dios todavía vivo que, ahora lo mismo que hace miles de años, oye las oraciones de sus hijos y ayuda a los que confían en él». Se refirió de manera conmovedora a la humildad que llevaba al señor Müller a hacer las cosas más grandes para Dios sin pensar en sí mismo, y mostró que Dios puede tomar y usar a quienes están dispuestos a ser solo instrumentos.

El señor Wright añadió: «Una y otra vez me han preguntado últimamente si la obra con los huérfanos seguirá adelante. Sigue adelante. Desde el comienzo del año hemos recibido entre cuarenta y cincuenta huérfanos nuevos, y esta semana esperamos recibir más. Los otros cuatro objetivos del Instituto, según la capacidad que Dios nos da, siguen llevándose a cabo. Creemos que todo lo que Dios quiera hacer respecto al futuro será digno de él. No sabemos mucho más, ni queremos saberlo. Él sabe lo que hará. Sin embargo, no puedo pensar que el Dios que ha bendecido la obra durante tanto tiempo deje sin respuesta nuestras oraciones en cuanto al futuro».

A continuación, el señor Benjamin Perry habló brevemente, describiendo al señor Müller como la personalidad más grande que Bristol había conocido entre sus ciudadanos. Se refirió a su poder como expositor de las Escrituras, y al hecho de que llevaba a otros, para su consuelo y sostén, lo que primero había sido alimento para su propia alma. Compartió algunos recuerdos personales, refiriéndose, por ejemplo, a su capacidad, en una vejez extrema, para seguir trabajando sin impedimento mental ni físico, libre de reumatismo, molestias o dolor, y rara vez agotado. Lo describió brevemente como alguien que, en respuesta al infinito amor de Dios, que lo había llamado de una vida de pecado a una vida de salvación y servicio, amaba a Dios por completo, por encima de todos y de todo, de modo que su mayor placer era agradarle y servirle. Como ilustración de su humildad, relató un incidente. Cuando hacía poco un amigo le había dicho: «Cuando Dios te llame a casa, será como un barco que entra en el puerto a toda vela», «¡Oh, no!», respondió el señor Müller, «es el pobre George Müller quien necesita orar cada día: “Sustenta tú mis pasos, para que mis pies no resbalen”». El final de vidas como las de Asa y Salomón era para el señor Müller una advertencia perpetua, que lo llevaba a orar para no apartarse nunca así del Señor en su vejez.

Tras una oración del señor J. L. Stanley, el coronel Molesworth anunció el himno

«Dulce es pensar en los que descansan».

Y después de otra oración del señor Stanley Arnot, el cuerpo fue llevado a su lugar de descanso en el cementerio de Arno’s Vale, y sepultado junto a los cuerpos de la primera y la segunda esposa del señor Müller; unos ochenta carruajes se unieron al cortejo hasta la tumba. Todo, de principio a fin, fue tan sencillo y sin ostentación como él mismo lo habría deseado. Junto a la tumba oró el coronel Molesworth, y el señor George F. Bergin leyó de 1 Corintios 15 y dijo unas palabras sobre el versículo diez, que tanto engrandece la gracia de Dios tanto en lo que somos como en lo que hacemos.

El señor E. K. Groves, sobrino del señor Müller, anunció como himno final el segundo que él había anunciado en aquella última reunión de oración en el orfanato.

«Cantaremos del Pastor que murió».

Luego el señor E. T. Davies elevó una oración, y el cuerpo quedó en su reposo imperturbado hasta que venga el Señor.

Se celebraron otros servicios conmemorativos en el salón de la Y.M.C.A. y, como era muy natural, en la Capilla Bethesda, con lo que se dio un digno cierre a esta serie de amorosos tributos al difunto. El día del Señor anterior al entierro, en casi todos los púlpitos de la ciudad se había hecho referencia, más o menos extensa, a la vida, el carácter y la trayectoria del amado santo que durante tantos años había vivido su vida irreprochable en Bristol. Asimismo, la prensa diaria y semanal rebosó de notas necrológicas y de tributos a su piedad, su valía y su obra.

En su funeral se observó con ternura que solo aquella última noche de su peregrinación terrenal confesó por primera vez sentirse débil y cansado en su trabajo; y pareció especialmente tierno de parte del Señor no permitir que aquella sensación de agotamiento le sobreviniera hasta el momento mismo en que iba a enviar su carro para llevarlo a su presencia. El último sermón del señor Müller en la Capilla Bethesda, tras un ministerio de sesenta y seis años, había sido sobre 2 Corintios 5:1:

«Sabemos que si nuestro tabernáculo terrestre se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna en los cielos.»

Era como si tuviera algún presentimiento de que pronto iba a dejar este su tabernáculo. Evidentemente no fue tomado por sorpresa. Había previsto que sus días se acercaban rápidamente a su término. Siete meses antes de su partida había comentado a su médico, en relación con la irregularidad de su pulso: «Significa la muerte».

Muchos de los queridos huérfanos, como cuando murió la primera señora Müller, escribieron pidiendo que se les permitiera contribuir a la erección de un monumento en memoria de su amado benefactor. Una joven sirvienta muy querida ya había reunido para ese fin más de veinte libras. Conforme a los deseos conocidos de su suegro, de que sobre sus restos se colocara solo la lápida más sencilla, el señor Wright creyó necesario frenar la afluencia de tales donativos, pues la suma disponible era del todo suficiente.

Se hicieron nuevas y apremiantes peticiones, tanto de amigos británicos como estadounidenses, para la erección de alguna estatua u otro gran monumento o memorial visible, y a estas peticiones se sumaron los periódicos locales. Al fin, ciertas cartas privadas llevaron al señor Wright a dirigirse a la prensa pública, como el mejor modo de acallar a la vez estas peticiones y expresar el motivo por el que se rechazaban tales propuestas. Escribió lo siguiente:

«Se me pide, como persona larga y estrechamente vinculada al difunto señor George Müller, que diga qué creo que estaría más de acuerdo con sus propios deseos como memorial adecuado de su persona.

«¿No será la mejor manera de responder a esta pregunta dejar que él hable por sí mismo?

«1.º Cuando construyó la Casa de Huérfanos n.º 1 y surgió la cuestión de qué nombre dar al edificio, evitó deliberadamente asociarlo con su propio nombre, y lo llamó “La Nueva Casa de Huérfanos, Ashley Down”. Nota bene: hasta el fin de su vida le desagradaba oír o leer las palabras “el Orfanato de Müller”. En consonancia con esto, durante años, en cada Informe anual, al referirse al orfanato, reiteraba la afirmación: “Las Nuevas Casas de Huérfanos de Ashley Down, Bristol, no son mis Casas de Huérfanos,... son las Casas de Huérfanos de Dios”. (Véase, por ejemplo, el Informe de 1897, p. 69.)

«2.º Durante años, de hecho hasta que tuvo casi ochenta años, se negó firmemente a permitir que se publicara ningún retrato suyo; y solo muy a regañadientes (por razones que expone con su característica minuciosidad en el prefacio de “Giras de predicación”) cedió al fin en este punto.

«3.º En el último Informe publicado, en la página 66, afirma: “El objetivo primordial que tuve a la vista al llevar adelante esta obra”, a saber, “que se viera que ahora, en el siglo XIX, Dios sigue siendo el Dios vivo, y que ahora, lo mismo que hace miles de años, escucha las oraciones de sus hijos y ayuda a los que confían en él”. Por estas palabras y estas maneras de obrar, ¿no es evidente que el único “memorial” que le importaba a George Müller era el que consiste en el efecto de su ejemplo, orientado hacia Dios, sobre sus semejantes? Cada alma convertida a Dios (instrumentalmente) por medio de sus palabras o su ejemplo constituye un memorial permanente de él como padre en Cristo de esa persona. Cada creyente fortalecido en la fe (instrumentalmente) por medio de sus palabras o su ejemplo constituye un memorial semejante de su maestro espiritual.

«Él sabía que Dios ya le había dado, en las riquezas de su gracia, muchos de esos memoriales; y partió de esta vida, como bien sé, abrigando la más viva esperanza de saludar allá arriba a miles más para quienes Dios se había complacido en hacerlo un cauce de rica bendición espiritual.

«Solía decirme a menudo, cuando abría una carta en la que el remitente exponía un relato de grave necesidad económica y le suplicaba ayuda por una suma que duplicaba, triplicaba o decuplicaba el total de los bienes terrenales que él (el señor Müller) poseía en ese momento: “¡Ah! Estas queridas personas no captan en absoluto la lección que intento enseñarles, porque acuden a mí, en lugar de ir a Dios”. Y si pudiera volver a nosotros por una hora y escuchar el relato de lo que sus amigos, sinceramente admiradores pero equivocados, se proponen hacer para perpetuar su memoria, puedo oírlo exclamar con un suspiro: “¡Ah! Estos queridos amigos no captan en absoluto la lección que durante setenta años traté de enseñarles”, a saber, “que un hombre no puede recibir nada si no le es dado de lo alto”, y que, por tanto, es al bendito Dador, y no al pobre receptor, a quien hay que glorificar.

«Atentamente, «JAMES WRIGHT.»

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