George Müller de Bristol
El período del testimonio por todo el mundo

Capítulo 19 · 30 min de lectura · 39 min de escucha

El período del testimonio por todo el mundo

Las verdaderas respuestas de Dios a la oración son a menudo aparentes negativas. Bajo la petición exterior él oye la voz del deseo interior, y responde a la intención del Espíritu más que a las palabras imperfectas, y quizá equivocadas, con que el anhelo busca expresarse. Además, su sabiduría infinita ve que una bendición mayor solo puede ser nuestra si se nos niega el bien menor que buscamos; y así toda oración verdadera confía en que él dará su propia respuesta, no a nuestra manera ni a nuestro tiempo, ni siquiera conforme al deseo que hemos expresado, sino más bien conforme a sus propios gemidos indecibles dentro de nosotros, que él sabe interpretar mejor que nosotros.

Mónica, la madre de Agustín, suplicó a Dios que su hijo disoluto no fuera a Roma, aquella sentina de iniquidad; pero a él se le permitió ir, y así entró en contacto con Ambrosio, obispo de Milán, por medio del cual se convirtió. Dios cumplió el deseo de la madre mientras le negaba su petición.

Cuando George Müller, cinco veces dentro de los primeros ocho años después de su conversión, se había ofrecido como misionero, Dios le había cerrado el camino; ahora, a los sesenta y cinco años, estaba a punto de permitirle, en un sentido que él jamás había soñado, ser misionero para el mundo. Desde el principio de su ministerio había sido más o menos un predicador itinerante, y había pasado no poco tiempo recorriendo Gran Bretaña y el continente; pero ahora había de ir a las regiones más allá y pasar la mayor parte de diecisiete años dando testimonio del Dios que oye la oración.

Estas extensas giras misioneras ocuparon el atardecer de la fecunda vida del señor Müller, de 1875 a 1892. Abarcaron, en mayor o menor medida, Europa, América, Asia, África y Australia; y por sí solas habrían bastado para llenar la obra de una vida ordinaria.

Su origen fue singular. En 1874, obligado por la salud de la señora Müller a buscar un cambio de aires, se hallaba predicando en la isla de Wight, y un amado hermano cristiano para quien había hablado, él mismo hombre de mucha experiencia en la predicación, le dijo que «aquel día había sido el más feliz de toda su vida»; y esta observación, junto con otras semejantes hechas anteriormente, le convenció tanto de que el Señor se disponía a usarlo para ayudar a los creyentes fuera de Bristol, que resolvió no limitar más sus labores en la palabra y la doctrina a un solo lugar, sino ir dondequiera que se abriera una puerta para su testimonio.

Al sopesar esta cuestión, se sintió movido por siete razones o motivos, que le llevaron a emprender estas giras:

1. Predicar el evangelio en su sencillez, y en especial mostrar que la salvación se funda, no en los sentimientos ni siquiera en la fe, sino en la obra consumada de Cristo; que la justificación es nuestra en el momento en que creemos, y que hemos de aceptar y reclamar nuestro lugar como aceptos en el Amado, sin tener en cuenta nuestros estados interiores de sentimiento o emoción.

2. Llevar a los creyentes a conocer su estado de salvación, y a comprender su posición en Cristo, pues gran número no solo de discípulos, sino aun de predicadores y pastores, carecían ellos mismos de toda paz y gozo verdaderos en el Señor, y por eso eran incapaces de conducir a otros al gozo y a la paz.

3. Hacer volver a los creyentes a las Escrituras, para que escudriñaran la Palabra y hallaran sus tesoros escondidos; para que lo probaran todo con esta piedra de toque divina y retuvieran solo lo que resistiera esa prueba; para que la hicieran objeto diario de examen meditativo y lleno de oración, a fin de traducirla en obediencia diaria.

4. Promover entre todos los verdaderos creyentes el amor fraternal; llevarlos a dar menos importancia a aquellas cosas no esenciales en que los discípulos difieren, y más a aquellas grandes verdades esenciales y fundamentales en que todos los verdaderos creyentes están unidos; ayudar a todos los que aman y confían en un mismo Señor a elevarse por encima de los estrechos prejuicios sectarios y de las barreras que impiden la comunión.

5. Fortalecer la fe de los creyentes, alentando una confianza más sencilla y una seguridad en Dios más real e inquebrantable, y particularmente en las respuestas seguras a la oración de fe, fundadas en sus promesas concretas.

6. Promover la separación del mundo y la muerte a él, y así aumentar en los hijos de Dios la mentalidad celestial; advirtiendo al mismo tiempo contra los extremos y extravagancias fanáticos, como la perfección sin pecado mientras se está en la carne.

7. Y, por último, fijar la esperanza de los discípulos en la bienaventurada venida de nuestro Señor Jesús; y, en relación con ella, instruirlos acerca del verdadero carácter y objeto de la presente dispensación, y de la relación de la iglesia con el mundo en este período en que se va recogiendo la Esposa de Cristo.

Estos siete propósitos pueden resumirse brevemente así: el objetivo del señor Müller era llevar a los pecadores a creer en el nombre del Hijo de Dios, y así a tener vida eterna; ayudar a quienes de este modo han creído a saber que tienen esta vida; enseñarles a edificarse sobre su santísima fe, escudriñando con diligencia la palabra de Dios y orando por el Espíritu Santo, de manera que esta vida llegue a ser cada vez más una posesión real y consciente; promover entre todos los discípulos la unidad del Espíritu y la caridad, que es el vínculo de la perfección, y ayudarles a manifestar esa vida ante el mundo; animarles a cultivar un carácter espiritual y no mundano, conforme a la vida de Dios en ellos; conducirlos a la oración de fe, que es a la vez la expresión y la expansión de la vida de fe; y dirigir su esperanza a la manifestación final del Señor, para que se purificaran como él también es limpio, y negociaran entre tanto que él viene. El señor Müller se entregaba así a la doble obra de la evangelización y la edificación, en una escala proporcionada a su amor por un mundo que perece, haciendo bien a todos según se presentaba la oportunidad, y mayormente a los de la familia de la fe.

De estos largos y atareados viajes misioneros basta con dar el bosquejo, o una visión general. El 26 de marzo de 1875 es una fecha importante, pues marca el punto de partida. Él mismo la llama «el comienzo de sus giras misioneras».

De Bristol fue a Brighton, Lewes y Sunderland —de camino a Sunderland predicó a un gran auditorio en el Tabernáculo Metropolitano, a petición del señor Spurgeon—, luego a Newcastle-on-Tyne, y de regreso a Londres, donde habló en la Conferencia de Mildmay Park, en el Tabernáculo de Talbot Road y en el «Edinburgh Castle». Esta gira terminó el 5 de junio, después de setenta discursos en público, a lo largo de unas diez semanas.

Habían pasado menos de seis semanas cuando, el 14 de agosto, comenzó la segunda gira, en la cual el impulso particular que le movía era el deseo de dar continuidad a la obra de avivamiento del señor Moody y el señor Sankey. Su breve estancia en cada lugar les impedía conducir a los nuevos convertidos a mayores logros en el conocimiento y en la gracia, y parecía haber necesidad de una enseñanza apropiada para afirmar a estos nuevos creyentes en la vida de obediencia. Por consiguiente, el señor Müller siguió a estos evangelistas en Inglaterra, Irlanda y Escocia, quedándose en cada lugar de una a seis semanas, y procurando instruir y edificar a los que habían sido llevados a Cristo. Entre los lugares visitados con este propósito en 1875 estuvieron Londres; luego Kilmarnock, Saltwater, Dundee, Perth, Glasgow y Kirkentilloch en Escocia, y Dublín en Irlanda; después, de vuelta en Inglaterra, fue a Leamington, Warwick, Kenilworth, Coventry, Rugby, etc. En algunos casos, notablemente en Mildmay Park, Dundee y Glasgow, Liverpool y Dublín, los auditorios sumaban de dos mil a seis mil personas, pero en todas partes descendió de lo alto rica bendición. Esta segunda gira se prolongó hasta el año nuevo, 1876, e incluyó Liverpool, York, Kendal, Carlisle, Annan, Edimburgo, Arbroath, Montrose, Aberdeen y otros lugares; y cuando terminó en julio, tras durar casi once meses, el señor Müller había predicado por lo menos trescientas seis veces, un promedio de casi un sermón por día, sin contar los días dedicados a viajar. Tan aceptables y provechosas resultaron estas labores que hubo más de cien invitaciones insistentes que no pudo aceptar.

La tercera gira fue por el continente. Ocupó la mayor parte del año que terminó el 26 de mayo de 1877, y abarcó París, diversos lugares de Suiza, Prusia y Holanda, Alsacia, Wurtemberg, Baden, Hesse-Darmstadt, etc. En total pronunció más de trescientos discursos en unas setenta ciudades y aldeas, a todas las cuales había sido invitado por carta. Cuando terminó esta gira quedaban sin aceptar más de sesenta invitaciones escritas, y el señor Müller descubrió que, por su obra y por sus escritos, era tan conocido en los países del continente que visitó como en Inglaterra.

Volviéndose ahora hacia América, la cuarta gira se extendió de agosto de 1877 a junio del año siguiente. Durante muchos años habían ido llegando invitaciones, con frecuencia creciente, de los Estados Unidos y del Canadá; y últimamente su insistencia le llevó a reconocer en ellas el llamamiento de Dios, sobre todo al pensar en los muchos miles de alemanes al otro lado del Atlántico que, al oírle hablar en su propia lengua materna, guardarían más silencio. (Hechos 22:2.)

El señor y la señora Müller desembarcaron en Quebec y de allí pasaron a los Estados Unidos, donde, durante diez meses, sus labores se extendieron por una vasta región que incluía los estados de Nueva York, Nueva Jersey, Massachusetts, Pensilvania, Maryland, el Distrito de Columbia, Virginia, Carolina del Sur, Georgia, Florida, Alabama, Luisiana y Misuri. Así, después de recorrer el litoral del Atlántico, cruzó a la costa del Pacífico, y a su regreso visitó Salt Lake City, en Utah —el centro mismo y baluarte del mormonismo—, Illinois, Ohio, etc. Habló con frecuencia a grandes congregaciones de alemanes y, en los estados del Sur, a la población de color; pero ninguna oportunidad de servicio que se le ofreció en esta gira le pareció tan inspiradora como las repetidas reuniones con ministros, evangelistas, pastores y obreros cristianos, y en favor de ellos; y, después de estas en importancia, sus encuentros con grandes grupos de estudiantes y profesores en las universidades, colegios, seminarios teológicos y otras escuelas de enseñanza superior. Echar la sal del evangelio en los mismos manantiales de la influencia social, en las fuentes de donde fluye el poder, era para él un privilegio sagradísimo. Su singular amplitud de espíritu, su caridad y su humildad atraían hacia él aun a los que discrepaban de él, y cristianos de todas las denominaciones se unieron para darle acceso al pueblo. Durante esta gira habló trescientas veces y viajó casi diez mil millas; y se declinaron más de cien invitaciones, por simple falta de tiempo y de fuerzas.

Tras una estancia de unos dos meses en Bristol, el 5 de septiembre de 1878 él y su esposa emprendieron la quinta de estas giras misioneras. Esta vez fue por el continente, donde ministró en inglés, alemán y francés; y en España e Italia, cuando estas lenguas no servían, sus discursos se daban por medio de un intérprete. Muchas puertas abiertas puso el Señor delante de él, no solo hacia las clases más pobres y humildes, sino también hacia las clases medias y altas. En la Riviera tuvo acceso a muchos miembros de la nobleza y la aristocracia que, procedentes de distintos países, buscaban salud y descanso en el clima templado del Mediterráneo, y en Mentone él y el señor Spurgeon tuvieron dulce conversación. En España el señor Müller se alegró mucho al ver con sus propios ojos las escuelas sostenidas enteramente con los fondos del Instituto de Conocimiento Bíblico, y al descubrir que, en cientos de casos, incluso padres papistas valoraban tanto estas escuelas que seguían enviando a sus hijos, a pesar de las amenazas y de las persuasiones de los sacerdotes romanistas. Descubrió, además, que los alumnos con frecuencia leían a sus padres en casa la palabra de Dios y les cantaban los himnos evangélicos aprendidos en estas escuelas, de modo que la influencia ejercida no quedaba limitada por su horizonte aparente, así como la luz del sol, difusa o refractada, alcanza con sus rayos iluminadores mucho más allá de la trayectoria visible del astro del día.

La obra tuvo que hacer frente a la oposición del gobierno. Cuando por primera vez se abrió en Madrid un local para cultos evangélicos, se colocó fuera un letrero que lo anunciaba. Se dieron órdenes oficiales de que el letrero fuera cubierto de pintura, para borrar la inscripción. El pintor del letrero, poco dispuesto a deshacer su propio trabajo y a estorbar la obra de Dios, cubrió el letrero con acuarela, que dejaría medio visible el anuncio original y que las lluvias pronto lavarían; ante lo cual el gobierno envió a su propio operario a embadurnar el letrero con una espesa capa de pintura al óleo.

El señor Müller, presto a anunciar el evangelio también a los que estaban en Roma, sintió su espíritu entristecido y conmovido dentro de él al ver aquella ciudad entregada por completo a la idolatría —no a la idolatría pagana, sino a la papal—, la Roma no de los césares, sino de los papas. Estando en Nápoles, subió al Vesubio. Aquellas masas de lava, que parecían de mayor volumen que la montaña misma, le impresionaron con el poder de Dios más que ninguna otra cosa que hubiera visto jamás. Al contemplar aquel cono humeante y pensar en la muerte líquida que había vomitado, dijo dentro de sí: «¡Qué no podrá hacer Dios!». Antes había sentido algo de su omnipotencia en el amor y en la gracia, pero ahora veía su manifestación en el juicio y en la ira. Su visita a los valles valdenses, donde tantos mártires habían sufrido destierro y cárcel, pérdida de bienes y pérdida de la vida por causa de Jesús, le conmovió hasta lo más hondo de su ser y avivó en él el espíritu de los mártires.

Cuando llegó de nuevo a Bristol, el 18 de junio de 1879, había estado ausente nueve meses y doce días, y había predicado doscientas ochenta y seis veces en cuarenta y seis pueblos y ciudades. Después de otras diez semanas en Bristol, él y su esposa zarparon de nuevo hacia América la última semana de agosto de 1879, y desembarcaron en Nueva York la primera semana de septiembre. Esta visita abarcó los estados situados entre el océano Atlántico y el valle del Misisipi —Nueva York y Nueva Jersey, Ohio, Indiana, Míchigan e Illinois, Wisconsin, Iowa, Minnesota—, y, desde London y Hamilton hasta Quebec, también el Canadá participó de la bendición. Esta visita duró solo doscientos setenta y dos días, pero predicó trescientas veces, y en más de cuarenta ciudades. Más de ciento cincuenta invitaciones escritas quedaron aún sin respuesta, y su número aumentaba cuanto más se prolongaba su estancia. Por tanto, el señor Müller dio por cierto que el Señor le llamaba a volver a América, después de otra breve estancia en Bristol, donde sentía necesario pasar una temporada cada año, para mantenerse en estrecho contacto con la obra en casa y aliviar por un tiempo al señor y la señora Wright de sus pesadas responsabilidades.

Así pues, el 15 de septiembre de 1880, dejando otra vez Bristol, estos viajeros se embarcaron al día siguiente para su séptima gira misionera, y desembarcaron diez días después en Quebec. El señor Müller sentía una aversión natural por el mar, pues en sus primeras travesías al continente había sufrido mucho de mareo; pero había emprendido estos largos viajes, no por su propio placer ni provecho, sino enteramente en el encargo de Dios; y consideraba una señal especial de la misericordia del Señor que, estando él dispuesto a soportar cualquier incomodidad o a arriesgar la vida por su causa, no hubiera sufrido lo más mínimo en sus seis travesías del Atlántico, y que en este viaje en particular se viera libre por completo de toda indisposición.

De Quebec fue a Massachusetts, Connecticut, Nueva York, Nueva Jersey y Pensilvania. Entre otros lugares de especial interés estuvieron Boston; Plymouth —el lugar donde desembarcaron los Peregrinos—; los colegios de Wellesley y South Hadley —las grandes escuelas de educación superior para la mujer—, y los centros más hacia el oeste, donde tuvo tan amplio acceso a los alemanes. Esta gira se extendió por una región menor que la anterior, y duró solo ocho meses; pero la impresión en la gente fue profunda y duradera. En total había hablado unas doscientas cincuenta veces; y la señora Müller había aprovechado muchas oportunidades de tratar personalmente con los que buscaban, y de repartir libros y folletos tanto entre creyentes como entre incrédulos. También había escrito para su esposo más de setecientas cartas, lo cual de por sí no era tarea ligera, pues supone un promedio de unas tres al día. El 30 de mayo de 1881 se hallaban de nuevo en costas británicas.

La octava larga gira de predicación, del 23 de agosto de 1881 al 30 de mayo de 1882, se dedicó al continente europeo, adonde una vez más el señor Müller se sintió guiado por el bajo estado de la vida religiosa en Suiza y Alemania.

Esta visita se extendió a Tierra Santa de un modo notablemente providencial. Después de hablar en Alejandría, El Cairo y Port Said, fue a Jaffa, y de allí a Jerusalén, el 28 de noviembre. Con pies reverentes pisó el suelo que una vez hollaron los pies del Hijo de Dios, visitando con honda emoción Getsemaní y el Gólgota, y cruzando el monte de los Olivos hasta Betania, de allí a Belén y de vuelta a Jaffa, y así a Haifa, el monte Carmelo y Beirut, Esmirna, Éfeso, Constantinopla, Atenas, Brindisi, Roma y Florencia. Una vez más fueron meses colmados de servicios de toda clase, cuyo fruto solo se verá en el día del Señor Jesús, con discursos en inglés, alemán y francés, o por medio de traducción al árabe, al armenio, al turco y al griego moderno. Visitar lugares era siempre algo meramente incidental al servicio más alto del Maestro. Durante esta octava gira, que abarcó unos ocho meses, el señor Müller habló cientos de veces, con todas las señales anteriores de la bendición de Dios sobre su siembra.

La novena gira, del 8 de agosto de 1882 al 1 de junio de 1883, se dedicó a labores en Alemania, Austria y Rusia, incluyendo Baviera, Hungría, Bohemia, Sajonia y Polonia. Fue para él un gozo especial dar testimonio en Kroppenstadt, su lugar de nacimiento, después de una ausencia de unos sesenta y cuatro años. En San Petersburgo, siendo huésped de la princesa Lieven, conoció en su mansión a muchas personas de alto rango y les ministró; también comenzó a celebrar reuniones en casa del coronel Paschkoff, que había sufrido no solo persecución sino también destierro por causa del Señor. Un día, mientras se leían las Escrituras en Buss con siete rusos pobres, un policía disolvió sumariamente la reunión y dispersó al pequeño grupo. En Lodz, en Polonia, recibió una carta en nombre de casi toda la población rogándole que se quedara más tiempo; y así las señales parecían multiplicarse a medida que avanzaba, de que estaba en la senda del deber y de que Dios estaba con él.

El 26 de septiembre de 1883 comenzó la décima gira, esta vez con el rostro vuelto hacia el Oriente. Casi sesenta años antes había deseado ir como misionero a las Indias Orientales; ahora el Señor le permitía cumplir ese deseo de una manera nueva y extraña, y la India fue el vigésimo tercer país visitado en sus giras. Viajó más de 21,000 millas y habló más de doscientas veces a misioneros y obreros cristianos, residentes europeos, euroasiáticos, hindúes, musulmanes, nativos instruidos, niños y niñas nativos del orfanato de Colar, etc. Así, a los setenta y nueve años, este siervo de Dios seguía en trabajos abundantes, y en toda su obra visiblemente bendecido por Dios.

Después de algunos meses predicando en Inglaterra, Escocia y Gales, el 19 de noviembre de 1885 él y su esposa partieron en su cuarta visita a los Estados Unidos, y en su undécima gira misionera larga. Cruzando hasta el Pacífico, fueron a Sídney, en Nueva Gales del Sur, y, después de siete meses en Australia, se embarcaron para Java, y de allí a China, adonde llegaron, a Hong Kong, el 12 de septiembre; Japón y el estrecho de Malaca se incluyeron también en esta visita al Oriente. El regreso a Inglaterra fue por Niza; y, después de recorrer casi 38,000 millas, el señor y la señora Müller llegaron a casa con buena salud el 14 de junio de 1887, tras una ausencia de más de un año y siete meses, durante los cuales el señor Müller había predicado cuando y dondequiera que se le ofrecía oportunidad.

Menos de dos meses después, el 12 de agosto de 1887, zarpó hacia Australia Meridional, Tasmania, Nueva Zelanda, Ceilán y la India. Esta duodécima gira larga terminó en marzo de 1890, tras recorrer miles de millas. El calor intenso obligó en cierta ocasión al señor Müller a dejar Calcuta, y en el viaje en tren a Darjeeling su esposa temió que muriera. Pero misericordiosamente le fue conservada la vida.

Fue en esta gira, en el mes de enero de 1890, estando en Jubbulpore y predicando con gran ayuda del Señor, cuando pusieron en manos del señor Müller una carta de un misionero de Agra, a quien el señor Wright había enviado un telegrama comunicando a su suegro la muerte de su querida Lydia. Durante casi treinta años ella había trabajado gratuitamente en las casas de huérfanos, y sería difícil llenar ese vacío; pero durante catorce años había sido para su esposo una compañera casi ideal, y durante casi cincuenta y ocho años un tesoro indecible para su padre; y he aquí otros dos vacíos que nunca podrían llenarse. Pero el corazón del señor Müller, como también el del señor Wright, se mantuvo en reposo por la firme confianza de que, por misteriosos que sean los caminos de Dios, todos sus tratos pertenecen a un mismo mecanismo espiritual armonioso en el que cada parte es perfecta y todas las cosas obran juntamente para bien. (Romanos 8:28.)

Este repentino duelo llevó al señor Müller a dar por terminada su gira misionera en el Oriente y partir para Bristol, a fin de consolar al señor Wright y aliviarle de una presión de trabajo excesiva.

Pasados dos meses, el señor y la señora Müller salieron una vez más de casa para otros extensos viajes misioneros. Fueron al continente y estuvieron ausentes desde julio de 1890 hasta mayo de 1892. Pasaron un año en Alemania y Holanda, Austria e Italia. Esta ausencia comprendió de hecho dos giras, sin intervalo entre ellas, y concluyó la serie de extensos viajes que abarcó diecisiete años.

Este hombre —desde los setenta hasta los ochenta y siete años—, cuando la mayoría de los hombres se retiran de toda actividad, había viajado por cuarenta y dos países y recorrido más de doscientas mil millas, una distancia equivalente a casi ocho vueltas al globo. Calculaba que durante estos diecisiete años había hablado a más de tres millones de personas; y, por todo lo que puede extraerse de los registros de estas giras, calculamos que debió de hablar, fuera de Bristol, entre cinco mil y seis mil veces. Qué clase de enseñanza y testimonio llenó estas giras no hace falta decírselo a quienes conocieron al predicador y maestro. Estando en Berlín en 1891, dio un discurso que sirve de ejemplo de las verdades vitales que solía presentar a la atención de sus condiscípulos. Damos un breve resumen:

Primero insistió en que los creyentes nunca debían desanimarse, ni aun en las mayores dificultades, y dio sólidas razones bíblicas en apoyo de su postura. Luego les señaló que la ocupación principal de cada día es, ante todo, procurar estar verdaderamente en reposo y felices en Dios. Después mostró cómo, por la palabra de Dios, todos los creyentes salvos pueden conocer su verdadera posición en Cristo, y cómo en circunstancias de especial perplejidad podían averiguar la voluntad de Dios. A continuación exhortó a los discípulos a procurar con intenso fervor llegar a conocer a Dios mismo tal como se revela en las Sagradas Escrituras, y a formar y mantener con cuidado hábitos piadosos de estudio sistemático de la Biblia y de oración, de vida santa y de ofrenda consagrada. Enseñó que solo Dios es la única porción del alma que la satisface plenamente, y que debemos resolvernos a poseerle y gozarle como tal. Concluyó subrayando, como el único, singular y absorbente propósito de cada día, glorificar a Dios en una entrega completa a su voluntad y a su servicio.

En todas estas giras misioneras, una vez más, la fidelidad de Dios se vio de manera notable en la generosa provisión de toda necesidad. Pasajes de vapor y largos viajes en tren; alojamiento en hoteles, por lo general preferido a la hospitalidad privada, que estorbaba seriamente los hábitos privados de devoción, el trabajo público y el debido descanso: tales gastos exigían un fuerte desembolso; el nuevo modo de vida, adoptado ahora por amor al Señor, costaba por lo menos tres veces más que la frugal economía doméstica de antes; y, sin embargo, en respuesta a la oración y sin acudir en absoluto a la ayuda humana, el Señor proveyó todo lo necesario.

Acostumbrado a buscar, paso a paso, aquellas señales de la aprobación divina que le animaban a seguir adelante, el señor Müller relata cómo, cuando se le enviaron cien libras para sus gastos personales, lo reconoció como una señal anticipada de su gran Proveedor, «por medio de la cual —escribe— Dios quería decir a mi propio corazón: “Me agrada tu obra y tu servicio al recorrer estas largas giras misioneras. Yo pagaré sus gastos, y aquí te doy una muestra de lo que todavía estoy dispuesto a hacer por ti”».

Hay otros dos hechos que el señor Müller registra especialmente en relación con estas giras: primero, la bondadosa dirección y protección de Dios sobre la obra de Bristol, de modo que no sufrió nada por su ausencia; y segundo, el hecho de que estos viajes no tuvieron relación alguna con la recaudación de dinero para la obra, ni siquiera con informar de ella al público. No se hizo referencia alguna a la Institución de Bristol, salvo cuando se le pedía con insistencia, y ni siquiera entonces siempre; ni se hicieron jamás colectas para ella. En la prensa aparecieron afirmaciones de que en América se habían reunido grandes sumas, pero su falsedad queda suficientemente demostrada por el hecho de que en su primera gira por América, por ejemplo, el total de todos esos donativos fue inferior a sesenta libras, no más de dos tercios del gasto de un solo día en las casas de huérfanos.

Estas giras misioneras no siempre fueron aprobadas ni siquiera por los amigos y consejeros del señor Müller. En 1882, mientras se pasaba por no poca dificultad y prueba, especialmente en cuanto a los fondos, no pocos de los que sentían un profundo interés por la Institución de Ashley Down habrían querido que el siervo de Dios pusiera fin a sus largas ausencias, pues les parecía que estas eran la causa principal de la disminución de los fondos. Él siempre estaba abierto al consejo, pero siempre se reservaba una decisión independiente; y, tras sopesar bien el asunto, estas fueron algunas de las razones que le llevaron a pensar que la obra de Dios en casa no requería su presencia personal:

1. Había observado año tras año que, bajo la supervisión piadosa y eficaz del señor Wright y de su gran equipo de colaboradores, todas las ramas del Instituto de Conocimiento Bíblico se habían hallado tan sanas y fructíferas durante estas ausencias como cuando el señor Müller estaba en Bristol.

2. La aprobación del Señor a esta obra de testimonio más amplio había sido concluyente en la forma y abundante en la medida, como se veía en la amplia provisión de fondos para estas giras, en las anchas puertas de acceso que se habían abierto y en el abundante fruto ya evidente en bendición para miles de almas.

3. La fuerte impresión en su mente de que esta era la obra que había de ocupar el «atardecer de su vida» se hizo cada vez más honda, y fue confirmada por tantas señales de la dirección de Dios que no podía dudar de que era guiado tanto por la providencia como por el Espíritu de Dios.

4. Aun estando ausente, nunca perdía la comunicación con los colaboradores de casa. Por lo general recibía noticias del señor Wright por lo menos cada semana, y así se le sometía por carta cualquier asunto que necesitara su consejo; la oración a Dios era tan eficaz lejos de Bristol como en el mismo lugar; y sus regresos periódicos a esa ciudad durante algunas semanas o meses entre una gira y otra le mantenían en estrecho contacto con todos los departamentos de la obra.

5. La consideración suprema, sin embargo, era esta: suponer que era necesario que el señor Müller mismo estuviera en casa para que se proveyeran los medios suficientes era una contradicción directa de los mismos principios sobre los cuales, y para mantener los cuales, se había comenzado toda la obra. La verdadera confianza en Dios está por encima de las circunstancias y las apariencias. Y esto había quedado demostrado; pues, durante el tercer año después de comenzar estas giras, los ingresos de los diversos departamentos del Instituto de Conocimiento Bíblico fueron mayores que nunca en los cuarenta y cuatro años anteriores de su existencia; y por eso, a pesar del afectuoso consejo de unos pocos donantes y amigos que aconsejaban que el señor Müller se quedara en casa, él se mantuvo firme en su propósito y en sus principios, en parte para demostrar que la presencia de ningún hombre es indispensable para la obra del Señor. «Yo honraré a los que me honran». (1 Samuel 2:30.) Consideraba el mayor honor de su vida dar este amplio testimonio de Dios, y Dios, en correspondencia, honró a su siervo al dar este testimonio.

Fue durante la primera y la segunda de estas giras americanas cuando el autor tuvo el privilegio de entrar en contacto personal con el señor Müller. Estando yo en San Francisco, en 1878, él debía hablar el domingo por la tarde, 12 de mayo, en Oakland, justo al otro lado de la bahía; pero mis escrúpulos de conciencia contra los viajes innecesarios en domingo me hicieron renunciar voluntariamente a lo que entonces parecía la única ocasión de ver y oír a un hombre cuya carrera yo había seguido durante más de veinte años, pues él había de partir hacia el Este unos días antes que yo y era probable que siempre fuera un poco por delante. Sin embargo, al llegar a Ogden, donde el ramal de Salt Lake City se une a la línea principal, el señor y la señora Müller subieron a mi tren, y viajamos juntos hasta Chicago. Me presenté a él, conversé con él a diario sobre las cosas divinas y, mientras nos deteníamos en Chicago, tuve numerosas oportunidades de oírle hablar allí.

Los resultados de este contacto estrecho y frecuente fueron singularmente benditos para mí, y, por invitación mía, en su siguiente gira vino a Detroit, Míchigan, y habló en la Iglesia Presbiteriana de Fort Street, de la que yo era pastor, los domingos 18 y 25 de enero de 1880, y las noches del lunes y del viernes intermedios.

Además de estas numerosas y favorables oportunidades de oír y conversar con el señor Müller que la providencia me brindó, él tuvo la bondad de reunirse conmigo durante varios días en mi estudio, una hora cada vez, para conversar sobre aquellas verdades más profundas de la palabra de Dios y experiencias más hondas de la vida cristiana acerca de las cuales yo deseaba entonces mucha más luz. Por ejemplo, deseaba entender con mayor claridad la enseñanza bíblica sobre la venida del Señor. Yo me había opuesto con mucha insistencia a lo que se conoce como la postura premilenial, y le expuse mis objeciones, a todas las cuales dio una sola respuesta: «Mi amado hermano, he oído todos tus argumentos y objeciones contra esta postura, pero tienen un defecto fatal: ninguno de ellos se basa en la palabra de Dios. Nunca llegarás a la verdad sobre ningún asunto de la revelación divina a menos que dejes a un lado tus prejuicios y, como un niño pequeño, preguntes sencillamente cuál es el testimonio de la Escritura».

Con paciencia y sabiduría desenredó la madeja enmarañada de mi perplejidad y de mis dificultades, y me ayudó a resolver sobre principios bíblicos todas las cuestiones de la llamada conveniencia. Al despedirse de mí, a punto de visitar otras ciudades, sus palabras se grabaron en mi memoria. Yo le había expresado mi creciente convicción de que el culto en las iglesias había perdido su sencillez primitiva; de que el sistema de alquiler de bancos era pernicioso; de que los salarios fijos para los ministros del evangelio no eran bíblicos; de que la iglesia de Dios debía ser administrada solo por hombres llenos del Espíritu Santo, y de que el deber de los cristianos hacia las masas que no asisten a la iglesia estaba gravemente descuidado, etc. Él me dijo con solemnidad: «Mi amado hermano, el Señor te ha dado mucha luz sobre estos asuntos, y te hará responsable en la misma medida del uso que hagas de ella. Si le obedeces y andas en la luz, tendrás más; si no, la luz te será retirada».

Es una lección singular sobre la importancia de una lengua ungida que cuarenta sencillas palabras, pronunciadas hace más de veinte años, hayan ejercido una influencia diaria en la vida de aquel a quien fueron dichas. En medio de sutiles tentaciones a transigir con las exigencias del deber y acallar la voz de la conciencia, o del Espíritu de Dios, y a seguir las tradiciones de los hombres antes que la palabra de Dios, esas palabras de aquel venerado siervo de Dios han vuelto a la mente con fuerza siempre nueva. Corremos el riesgo de perder los privilegios que no se emplean para Dios, y de oscurecer las convicciones que no se llevan a la práctica. La palabra de Dios para nosotros es «úsalo o piérdelo». «A cualquiera que tuviere, le será dado; y a cualquiera que no tuviere, aun lo que parece tener le será quitado». La esperanza y la oración de quien escribe estas memorias es que la lectura de estas páginas resulte una entrevista con el hombre cuyo memorial son, y que el testimonio dado por George Müller sea para muchos lectores fuente de bendición incalculable y para toda la vida.

No hace falta decir que llevar la convicción a la práctica es un sacrificio costoso. Puede hacer necesarias renuncias y separaciones que le dejan a uno con una extraña sensación de privación y de soledad. Pero quien quiera volar como el águila hacia las alturas donde reina el día sin nubes, y vivir a la luz del sol de Dios, debe consentir en vivir una vida relativamente solitaria. Ningún ave es tan solitaria como el águila. Las águilas nunca vuelan en bandadas: se ve una, o a lo sumo dos, y estas dos, una pareja. Pero la vida que se vive para Dios, aunque pierda la compañía humana, conoce la comunión divina, y el hijo de Dios que, como su Maestro, se propone «hacer siempre lo que a él agrada», puede decir como su Maestro: «No me ha dejado solo el Padre». «Estoy solo; mas no estoy solo, porque el Padre está conmigo». Quienquiera que siga con prontitud toda luz que Dios le dé, sin tener en cuenta la opinión, la costumbre, la tradición o la aprobación humanas, aprenderá el hondo significado de estas palabras: «Y conoceremos, y proseguiremos en conocer al Señor».

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El período del testimonio por todo el mundo

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