George Müller de Bristol
La sombra de un gran dolor

Capítulo 18 · 17 min de lectura · 22 min de escucha

La sombra de un gran dolor

«Con las nubes encubre la luz». Ninguna vida humana está libre de alguna experiencia de cielos nublados y días de tormenta, y a veces «las nubes se tornan tras la lluvia». Es una bendita experiencia reconocer el borde plateado de la nube de tormenta más oscura y, mejor aún, estar seguro de que la luz de Dios brilla detrás de un cielo que parece total y desesperadamente cubierto.

El año 1870 quedó para siempre tristemente memorable por la muerte de la señora Müller, que vivió justo lo suficiente para ver abierta la última de las Nuevas Casas de Huérfanos. Desde el comienzo de la obra, en noviembre de 1835, durante más de treinta y cuatro años, esta amada y abnegada esposa había sido también una colaboradora comprensiva.

Aquella vida conyugal se había acercado mucho al ideal de la dicha matrimonial, gracias a su mutua afinidad, a su fe común en Dios y su amor por su obra, y a su larga comunión en la oración y el servicio. En su caso, los días del noviazgo nunca quedaron atrás; de hecho, las tiernas y delicadas atenciones mutuas de aquellos primeros días más bien aumentaron que disminuyeron con el paso de los años; y quedó demostrada e ilustrada la gran máxima de que el secreto de ganar el amor es el secreto de conservarlo. Más aún, tal afecto crece y llega a ser cada vez más una fuente de deleite mutuo. Nunca había sido su amada «Mary» tan preciosa para su esposo como durante el mismo año de su partida.

Esta unión matrimonial fue tan feliz que el señor Müller no pudo callar su amoroso testimonio de que nunca, en ningún momento después de que ella fuera su esposa, la vio sin sentir un nuevo deleite. Y cada día solían hallar al menos unos momentos de descanso juntos, sentados después de la comida, tomados de la mano, en amorosa comunión de mente y corazón, hecha más completa por ese contacto físico, y, ya hablando, ya en silencio, teniendo comunión en el Señor. Su felicidad en Dios y el uno en el otro era perenne, perpetua, y crecía a medida que pasaban los años.

La solemne convicción del señor Müller era que toda esta dicha conyugal se debía a que ella no solo era una cristiana consagrada, sino a que su único objetivo común era vivir solo y enteramente para Dios; a que siempre tenían abundancia de trabajo para Dios, en el que estaban unidos de corazón; a que nunca se permitía que este trabajo estorbara el cuidado de sus propias almas ni sus momentos de oración privada y estudio de las Escrituras; y a que solían reservar cada día, y a menudo tres veces al día, un tiempo de oración y alabanza juntos, en el que presentaban ante el Señor los asuntos que en ese momento pedían acción de gracias y súplica.

La señora Müller nunca había sido una mujer muy robusta, y más de una vez había estado a punto de morir. En octubre de 1859, después de veintinueve años de vida y amor conyugal, el reumatismo la había postrado y había seguido con grandes sufrimientos durante unos nueve meses, completamente impedida e incapaz de trabajar; pero se tuvo por una señal especial del amor y la fidelidad de Dios que él usara esta misma aflicción para restablecer su salud y sus fuerzas, pues el descanso forzoso que se hizo necesario durante la mayor parte de un año fue, a juicio del señor Müller, un medio de prolongar su vida y su tiempo de servicio durante los diez años siguientes. Así, una dura prueba afrontada por ambos con fe había resultado en mucha bendición para el alma y para el cuerpo.

Las escenas finales de esta hermosa vida son casi demasiado sagradas para descubrirlas a ojos comunes. Durante algunos años antes de su partida, era evidente que su salud y su vitalidad declinaban. Sin embargo, a duras penas se la podía persuadir de que moderara su actividad o, aun cuando la atacó una tos angustiosa, de que permitiera llamar a un médico. Su esposo la guardaba y cuidaba con esmero, y gracias a una atención cuidadosa a la dieta y al reposo, a evitar exposiciones innecesarias y a recurrir constantemente a la oración, se la mantuvo con vida a través de mucha debilidad y a veces mucho dolor. Pero el sábado 5 de febrero por la noche se dio cuenta de que no podía mover uno de sus miembros, y fue evidente que el fin estaba cerca. Su mente estaba lúcida y su corazón en paz. Ella misma comentó: «Él vendrá pronto». Y pocos minutos después de las cuatro de la tarde del día del Señor, 6 de febrero de 1870, pasó dulcemente de los trabajos y pruebas humanos a estar siempre con el Señor.

Bajo el peso de semejante dolor, la mayoría de los hombres se habrían hundido en abismos de una desesperación casi sin esperanza. Pero este hombre de Dios, sostenido por un amor divino, buscó en seguida motivos de acción de gracias; y, en lugar de lamentarse por su pérdida, recordó y consignó con gratitud la bondad de Dios al llevarse a tal esposa, librando su espíritu santo de la esclavitud de la debilidad, la enfermedad y el dolor, en vez de dejarla en un sufrimiento prolongado y en la muda agonía de la impotencia; y, sobre todo, al introducirla en el deseo de su corazón, la presencia inmediata del Señor Jesús, y en el servicio más elevado de una esfera celestial. ¿No se parece al egoísmo ese dolor que se detiene tanto en nuestras propias privaciones que olvida la extática ganancia de los santos que han partido, quienes, apartados de nosotros y ausentes del cuerpo, están presentes con el Señor?

Solo en aquellas circunstancias de prueba extrema, que para los hombres comunes resultan un peso aplastante, demuestra la fe implícita en la sabiduría y el amor infalibles del Padre todo su poder para sostener. Donde la voluntad propia se pierde de verdad en la voluntad de Dios, la vida que está escondida en él se manifiesta con mayor resplandor en la hora más oscura.

La muerte de esta amada esposa lo ilustró. Pocas horas después de que le fuera quitada aquella que había compartido con él la planificación y el trabajo de esos largos años de servicio, el señor Müller acudió a la reunión de oración del lunes por la noche, que entonces se celebraba en la Capilla Salem, para unir como de costumbre sus oraciones y alabanzas a las de sus hermanos. Con el rostro literalmente resplandeciente, se levantó y dijo: «Amados hermanos y hermanas en Cristo, os pido que os unáis a mí en sincera alabanza y acción de gracias a mi precioso Señor por su misericordia al haber llevado a mi querida y amada esposa, del dolor y el sufrimiento que ha padecido, a su propia presencia; y así como me alegro de todo lo que es para su felicidad, así me alegro ahora al comprender cuánto más feliz es ella contemplando a su Señor, a quien tanto amó, que con cualquier gozo que haya conocido o pudiera conocer aquí. Os pido también que oréis para que el Señor me conceda participar de tal modo en su gozo que mi corazón afligido se ocupe de la bienaventuranza de ella en lugar de mi indecible pérdida». Estas notables palabras las ha facilitado uno que estuvo presente y en cuya memoria dejaron una impresión imborrable.

Este suceso causó una marcada impresión en todos los que asistieron a aquella reunión. Todos conocían a la señora Müller como una mujer y esposa de sumo valor, encantadora y santa. Tras casi cuarenta años de vida y amor conyugal, había dejado el hogar terrenal por el celestial. Para su esposo había sido una bendición indescriptible, y para su hija Lydia, a la vez una madre sabia y tierna y una compañera comprensiva. La pérdida para ambos nunca podría repararse en la tierra. Sin embargo, en estas circunstancias, a este hombre de Dios le fue dada gracia para olvidar la pérdida irreparable suya y de su hija, y para alabar a Dios por la indecible ganancia de la esposa y madre que había partido.

El cuerpo fue sepultado el 11 de febrero, y muchos miles de amigos afligidos mostraron la más profunda simpatía. Mil doscientos huérfanos formaron parte del cortejo fúnebre, así como todo el personal de colaboradores que pudo ausentarse de las casas. El esposo afligido, sostenido de forma extraordinaria por el brazo del Amigo Todopoderoso en quien confiaba, se encargó él mismo del servicio fúnebre, tanto en la capilla como en el cementerio. Después cayó gravemente enfermo, pero, en cuanto se lo permitieron sus fuerzas recobradas, predicó el sermón fúnebre de su esposa: otra ocasión memorable. Fue la serenidad sobrenatural de su paz ante semejante pérdida lo que llevó a su médico de cabecera a decir a un amigo: «Nunca había visto un hombre tan poco humano». Sí, poco humano en verdad, aunque muy lejos de ser inhumano: elevado por encima de la debilidad de la mera humanidad por un poder que no es del hombre.

Aquel sermón fúnebre fue un noble tributo a la bondad del Señor aun en la gran aflicción de su vida. El texto fue:

«Bueno eres tú, y bienhechor». (Salmo 119:68.)

Sus tres divisiones fueron: «El Señor fue bueno e hizo bien: primero, al dármela; segundo, al dejármela tanto tiempo; y tercero, al quitármela». Felizmente se conserva en el diario del señor Müller, y hay que leerlo para apreciarlo.*

* Relato, III. 575-594.

Esta unión, comenzada en oración, fue santificada en oración hasta el fin. La principal excelencia de la señora Müller residía en su piedad consagrada. Llevaba aquel único adorno que es de grande estima delante de Dios: el espíritu agradable y pacífico; la hermosura del Señor su Dios estaba sobre ella. Había compartido con comprensión las oraciones y las lágrimas de su esposo durante todo el largo tiempo de prueba de la fe y la paciencia, y había participado de todos los gozos y recompensas de las horas de triunfo. El propio testimonio del señor Müller acerca de ella no deja nada que añadir, pues es el tributo de quien la conoció por más tiempo y mejor. Escribe:

«Ella fue un don de Dios mismo, exquisitamente adecuada para mí aun en su temperamento natural. Miles de veces le dije: “Querida mía, Dios mismo te escogió para mí, como la esposa más adecuada que yo hubiera podido desear”».

En cuanto a su cultura, tenía la base de una educación sensata y práctica, coronada y adornada por talentos propios de una dama, que en su vida de casada no tuvo ni tiempo ni inclinación de cultivar. No solo era versada en idiomas y en estudios superiores como la astronomía, sino también en matemáticas; y esta última aptitud hizo de ella, durante treinta y cuatro años, una ayuda inestimable para su esposo, pues mes tras mes examinaba todos los libros de cuentas y los cientos de facturas de las matronas de las casas de huérfanos, y con ojo de experta detectaba el menor error.

Toda su formación y su aptitud natural indicaban una adecuación providencial a su obra, como «la clavija redonda en el agujero redondo». Su educación práctica en costura y su conocimiento de los materiales más útiles para los diversos usos domésticos la capacitaban para dirigir tanto la compra como la confección de paños y otros tejidos para ropa, ropa de cama, etc. Se movía por aquellas casas de huérfanos como un ángel de Amor, deleitándose desinteresadamente en ministerios tan humildes como preparar camas pulcras y limpias para que descansaran los pequeños, y arroparlos con mantas abrigadas cuando hacía frío. Por amor de aquel que tomó a los niños en sus brazos, llegó a ser para estos miles de huérfanos desamparados una madre que los criaba.

Poco después de su muerte se recibió una carta de una huérfana creyente que unos diecisiete años antes había salido a servir, en la que pedía, también en nombre de otros que habían estado en las casas, permiso para levantar una lápida sobre la tumba de la señora Müller como expresión de amor y de agradecido recuerdo. Dado el consentimiento, llegaron cientos de pequeñas ofrendas de huérfanos que durante los veinticinco años anteriores habían estado bajo su cuidado maternal: un hermoso tributo a su valía y una conmovedora ofrenda de quienes habían sido para ella como su familia más numerosa.

La querida hija Lydia había encontrado, dos años antes de la partida de la señora Müller, en una de las carteras de su madre, una nota sagrada escrita de su puño y letra, que mostró a su afligido padre dos días después de que su esposa partiera. Pertenece a las preciosas reliquias de su historia. Dice así:

«Si agradara al Señor llevarse a M. M. [Mary Müller] con una partida repentina, que ninguno de los amados que queden piense que es a modo de juicio, ni para ella ni para ellos. Tantas veces, gozando de una consciente cercanía del Señor, ha sentido cuán dulce sería partir ahora y estar para siempre con Jesús, que nada sino el golpe que sería para su amado esposo e hija, etc., ha refrenado en ella el anhelo de que así su espíritu feliz emprendiera el vuelo. ¡Precioso Jesús! ¡Hágase tu voluntad en esto, como en todo lo demás, y no la de ella!»

Estas palabras fueron para el señor Müller su último legado; y con el consuelo que le dieron, con la amorosa compañía de su preciosa Lydia, que hizo todo cuanto una hija podía hacer para ocupar el lugar de una madre, y con el recuerdo de aquel que ha dicho: «No te desampararé, ni te dejaré», prosiguió su solitario camino de peregrino, gozándose en el Señor, aunque sentía en el corazón una herida que más bien parecía ahondarse que sanar.

Pasaron dieciséis meses, y el señor James Wright, que como el señor Müller había perdido a su compañera, le pidió la mano de la amada Lydia. La petición tomó al señor Müller completamente por sorpresa, pero sintió que a ningún hombre vivo podría confiar y encomendar con más gozosa confianza el tesoro terrenal más preciado que le quedaba; y, siempre más solícito por la felicidad ajena que por la propia, animó a su hija a aceptar el amor que el señor Wright le ofrecía, cuando ella, como era natural, vacilaba por causa de su padre. El 16 de noviembre de 1871 se casaron, y comenzaron una vida de oración y comprensión mutuas que, como la de su padre y su madre, resultó sumamente y casi idealmente feliz, provechosa y útil.

Cuando este acontecimiento aún solo se vislumbraba, el señor Müller sentía con intensidad su propia soledad, y mucho más ante la esperada partida de su hija al hogar de su esposo. Sentía la necesidad de alguien que compartiera íntimamente sus trabajos y oraciones y le ayudara en la obra del Señor, y fue creciendo en él la convicción de que era voluntad de Dios que volviera a casarse. Después de mucha oración, decidió pedir a la señorita Susannah Grace Sangar que fuera su esposa, pues la conocía desde hacía más de veinticinco años como una discípula constante y la creía muy idónea para ser su ayuda en el Señor. Así pues, catorce días después del casamiento de su hija con el señor Wright, contrajo un vínculo semejante con la señorita Sangar, que durante años lo acompañó en la oración, en el dar desinteresado y en los trabajos por las almas.

La segunda señora Müller era de un mismo sentir con su esposo en cuanto a la mayordomía de los bienes del Señor. Él la halló pobre, pues lo que una vez había poseído lo había perdido; y de haber sido rica, él habría considerado su riqueza un obstáculo para el matrimonio, que la inhabilitaba para ser su compañera en una abnegación basada en principios bíblicos. Las riquezas o los bienes atesorados habrían sido para ambos una trampa, y así lo sentía también ella; de modo que, conservando aún antes de su boda un resto de doscientas libras, lo puso en seguida a disposición del Señor, uniéndose así a su esposo en una vida de pobreza voluntaria; y aunque después se le pagaron algunos legados, siguió siendo pobre por amor al Señor hasta el día de su muerte.

A menudo se le había preguntado al señor Müller qué sería de la obra cuando él, el maestro de obras, fuera quitado. A los hombres les cuesta apartar los ojos del instrumento y recordar que, en rigor, no hay más que un AGENTE, porque un agente es el que obra, y un instrumento es aquello con lo que obra el agente. Aunque se pudiera disponer, mediante una junta de fideicomisarios, la continuación de la obra de los huérfanos, ¿dónde se hallaría el hombre que tomara su dirección, un hombre cuyo espíritu fuera tan afín al del fundador que confiara en Dios y dependiera de él tal como lo había hecho antes el señor Müller? Tales eran las preguntas de los observadores algo dudosos o temerosos de la grande y ramificada obra que se llevaba a cabo bajo la supervisión del señor Müller.

Para todas estas preguntas tenía siempre preparada una sola respuesta, su invariable solución a todas las preocupaciones y perplejidades: el Dios vivo. El que había edificado las casas de huérfanos podía sostenerlas; el que había levantado a un hombre humilde para dirigir la obra en su nombre podía proveer un digno sucesor, como Josué, que no solo siguió a Moisés, sino que lo sucedió. El Señor de los ejércitos no tiene límites en sus recursos.

Con todo, se oró mucho para que el Señor proveyera tal sucesor, y la oración fue contestada en el señor James Wright. No fue escogido por ser yerno del señor Müller, pues la elección se hizo antes de que él siquiera pensara en casarse con Lydia Müller. Durante más de treinta años, desde su niñez, el señor Wright había sido bien conocido del señor Müller, quien había observado su crecimiento en las cosas de Dios. Durante trece años había sido ya su «mano derecha» en todos los asuntos más importantes; y, durante casi todo ese tiempo, el señor y la señora Müller lo habían presentado ante Dios en sus oraciones como su sucesor, y ambos se sentían divinamente seguros de que Dios lo capacitaría cada vez más para asumir toda la carga de la responsabilidad.

Cuando, en 1870, la esposa durmió en Jesús y el señor Müller mismo estaba enfermo, abrió su corazón al señor Wright en cuanto a la sucesión. La humildad lo llevó a rehuir semejante puesto, y su esposa de entonces temía que le resultara demasiado gravoso; pero todas las objeciones quedaron vencidas cuando se vio y se sintió que era el llamamiento de Dios. Fue veintiún meses después, en noviembre de 1871, cuando el señor Wright se casó con la única hija del señor Müller; de modo que es bien evidente que ni había buscado el puesto que ahora ocupa, ni fue nombrado para él por ser yerno del señor Müller, pues en aquel momento su primera esposa vivía y gozaba de salud. Desde mayo de 1872, por tanto, el señor Wright compartió con su suegro las responsabilidades del Instituto, y le dio gran gozo como socio y sucesor en plena sintonía con todos los grandes principios sobre los que se había fundado su obra.

Poco más de tres años después del segundo matrimonio del señor Müller, en marzo de 1874, la señora Müller enfermó, y dos días después tenía fiebre y estaba inquieta; al cabo de unas dos semanas sufrió una hemorragia que también la llevó muy cerca de las puertas de la muerte. Se repuso; pero siguieron la fiebre y el delirio y un insomnio pertinaz, hasta que por segunda vez pareció a punto de morir. De hecho, tan baja estaba su vitalidad que, todavía el 17 de abril, un experimentadísimo médico de Londres dijo que nunca había visto a ningún paciente recuperarse de semejante enfermedad; y así, por tercera vez, toda esperanza humana de restablecimiento parecía perdida. Y, sin embargo, en respuesta a la oración, la señora Müller fue levantada, y a finales de mayo la llevaron a la costa para cambiar de aires, y fue fortaleciéndose rápidamente hasta quedar del todo restablecida. Así el Señor la conservó para que fuera la compañera de su esposo en aquellos años de giras misioneras que le permitieron dar un testimonio de alcance mundial. De la sombra de sus aflicciones este amado hombre de Dios salía siempre para hallar aquel refrigerio divino que es como la «sombra de gran peñasco en tierra calurosa».

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