George Müller de Bristol
Siguiendo la columna de nube y de fuego

Capítulo 15 · 23 min de lectura · 29 min de escucha

Siguiendo la columna de nube y de fuego

«Por el Señor son ordenados los pasos del hombre bueno» (Salmo 37:23). Alguien añade con gracia: «¡Sí, y también las paradas!» La columna de nube y de fuego es símbolo de esa dirección divina que guía tanto en los pasos hacia adelante como en los intervalos de descanso. El señor Müller halló bienaventurado seguir, paso a paso, según Dios ordenaba su camino, y detenerse y esperar cuando él parecía mandar un alto.

A fines de mayo de 1843 se llegó a una crisis que fue un nuevo ejemplo de las experiencias a que está expuesta la fe en el andar con Dios, y una nueva ilustración del deber y del deleite de depender de él en todo y para todo, esperando habitualmente en él y confiando en que quitaría todo estorbo del camino del servicio.

Unos dieciocho meses antes, una señora alemana de Wurtemberg había ido a consultarle acerca de sus propios planes y, al ver que era casi una extraña para Dios, él le habló de su estado espiritual y le dio las dos primeras partes de su Relato. La lectura de aquellas páginas fue tan bendecida para ella que se convirtió a Dios, y se sintió movida a traducir el Relato a su propia lengua, como cauce de una bendición semejante para otros corazones.

Esta obra de traducción la llevó a cabo en parte, aunque de manera algo imperfecta; y todo lo sucedido impresionó al señor Müller como indicio de que Dios lo guiaba una vez más en dirección a Alemania, para otra temporada de trabajo en su tierra natal. Mucha oración ahondó su convicción de que no había leído mal la señal de Dios, y de que el tiempo de él había llegado ya plenamente. Él consigna algunos de los motivos que lo llevaron a esta conclusión.

1. En primer lugar, anhelaba animar a los hermanos creyentes que, por motivos de conciencia, se habían sentido obligados a separarse de las iglesias del Estado y a reunirse para el culto en condiciones más acordes con los principios del Nuevo Testamento y que asegurasen una mayor edificación.

2. Siendo él mismo alemán, y por tanto familiarizado con su lengua, sus costumbres y su manera de pensar, veía que estaba capacitado para ejercer entre sus compatriotas una influencia mayor que la que de otro modo tendría.

3. Se proponía publicar su Relato en la lengua en que había nacido, no tanto en forma de mera traducción como de un registro independiente de las experiencias de su vida, tal que se adaptase especialmente a su nueva misión.

4. Se le había abierto una puerta eficaz, y más ampliamente que nunca, sobre todo en Stuttgart; y aunque había muchos adversarios, estos no hacían sino volver más necesaria su ayuda a aquellos cuyo bienestar espiritual estaba en peligro.

5. Una carga clara había sido puesta en su corazón, como de parte del Señor, que la oración, en lugar de aliviar, acrecentaba —una carga que él sentía sin poder explicarla—, de modo que la determinación de visitar su tierra natal le daba cierta paz que no tenía cuando pensaba en quedarse en casa.

Para evitar equivocarse, con igual cuidado consigna los argumentos en contra.

1. La nueva casa de huérfanos, la n.º 4, estaba a punto de abrirse, y su presencia era deseable, si no necesaria.

2. Hacían falta unos cuantos cientos de libras, que debían quedar en manos de sus colaboradores para los gastos corrientes durante su ausencia.

3. También se necesitaba dinero para los gastos de viaje de él y de su esposa, cuya salud pedía un cambio de aires.

4. Serían necesarios fondos para publicar cuatro mil ejemplares de su Relato y evitar un precio de venta demasiado alto.

5. Aún no se había hallado para la nueva casa de huérfanos una directora adecuada para el puesto.

En esta cuidadosa ponderación de las cosas fallan muchos discípulos sinceros, propensos a impacientarse ante cualquier demora al tomar decisiones. Con demasiada frecuencia manda el impulso, y los planes de la propia voluntad arrastran a errores falsos y aun desastrosos. La vida es demasiado preciosa para arriesgar un solo fracaso así. Se nos ha dado una promesa de hondo significado:

«Encaminará a los mansos por el juicio, y enseñará a los mansos su camino» (Salmo 25:9).

Aquí hay un doble énfasis en la mansedumbre como condición de esa dirección y enseñanza. La mansedumbre es una verdadera preferencia por la voluntad de Dios. Donde existe este santo hábito del ánimo, todo el ser se vuelve tan abierto a la impresión que, sin ninguna señal o prenda exterior, hay un reconocimiento y una elección interior de la voluntad de Dios. Dios guía, no mediante una señal visible, sino inclinando el juicio. Esperar delante de él, pesando con franqueza en la balanza toda consideración a favor o en contra de un camino propuesto, y dispuesto a ver hacia qué lado se inclina el peso, es una disposición de mente y de corazón en la que uno está en condiciones de ser guiado; y Dios toca la balanza y hace que el fiel se incline como él quiere. Pero nuestras manos deben estar fuera de la balanza; de lo contrario, no debemos esperar intervención alguna de su parte a nuestro favor. Volviendo a la figura con que comienza este capítulo, el alma mansa sencilla y humildemente espera, y observa el movimiento de la Columna.

Una señal segura de este espíritu de mansedumbre es el completo reposo con que se miran los obstáculos aparentes a cualquier plan o camino propuesto. Cuando uno espera y desea solo conocer y hacer la voluntad de Dios, los estorbos no le causan ansiedad, sino una especie de gozo, pues ofrecen una nueva ocasión para la intervención divina. Si es la Columna de Dios la que seguimos, el mar Rojo no nos acobardará, porque no hará sino proporcionar un nuevo escenario para la manifestación del poder de aquel que puede hacer que las aguas se levanten como en un montón y sean como un muro a nuestro alrededor mientras pasamos por en medio del mar en seco.

El señor Müller había aprendido esta rara lección, y en este caso dice: «Sentía una secreta satisfacción en la grandeza de las dificultades que había en el camino. Lejos de abatirme por ellas, deleitaban mi alma; porque yo solo deseaba hacer la voluntad del Señor en este asunto».

Aquí se revela otro secreto del santo servicio. A aquel que pone siempre al Señor delante de sí, y para quien la voluntad de Dios es su delicia, le pertenece un hábito del alma que resuelve de antemano mil cuestiones difíciles y desconcertantes.

El caso que nos ocupa ilustra la bendición que se halla en tal mansa preferencia por la complacencia de Dios. Si era voluntad del Señor que esta gira por el Continente se emprendiera en aquel momento, las dificultades no tenían por qué abatirlo; porque las dificultades no podían ser de Dios; y, si no eran de Dios, no debían causarle inquietud, pues en respuesta a la oración todas serían quitadas. Si, por el contrario, esta visita propuesta al Continente no era en absoluto el plan de Dios, sino solo fruto de la propia voluntad; si algún motivo secreto, egoísta y quizá sutil lo estaba gobernando, entonces los estorbos bien podían ser intervenciones de Dios destinadas a detener sus pasos. En este último caso, el señor Müller juzgaba con razón que las dificultades del camino naturalmente lo irritarían y lo molestarían; que no le gustaría mirarlas y procuraría quitarlas con sus propios esfuerzos. En lugar de darle una satisfacción interior, como ocasión para que Dios interviniera en su favor, despertarían impaciencia y enojo, porque impedirían que la propia voluntad llevara a cabo sus propios propósitos.

Basta exponer tales distinciones a cualquier mente espiritual para que su sabiduría se haga evidente de inmediato. Cualquier hijo de Dios creyente puede medir con seguridad el grado de su entrega a la voluntad de Dios, en cualquier asunto, por el grado de impaciencia que siente ante los obstáculos del camino; porque, en la medida en que lo domina la propia voluntad, todo lo que parezca oponerse a sus planes o estorbarlos lo turbará o lo molestará; y, en lugar de dejar tranquilamente todos esos estorbos y obstáculos al Señor, para que él los trate como le plazca, a su manera y a su tiempo, el discípulo obstinado, con impaciencia y en la energía de la carne, se pondrá a quitarlos con sus propias maquinaciones y forcejeos, y no tolerará demora alguna.

Siempre que Satanás actúa como estorbador (1 Tesalonicenses 2:18), los obstáculos que pone en nuestro camino no tienen por qué acobardarnos; Dios permite que nos demoren o nos detengan por un tiempo solo como prueba de nuestra paciencia y de nuestra fe, y al estorbador satánico le saldrá al encuentro un Ayudador divino que barrerá todos sus obstáculos como con el aliento de su boca.

El señor Müller lo sentía así, y esperó en Dios para recibir luz y ayuda. Pero, después de cuarenta días de espera, los estorbos, en lugar de disminuir, más bien parecían aumentar. Se gastaba mucho más dinero del que entraba; en vez de hallarse otra directora adecuada, una hermana que ya trabajaba en la obra probablemente estaba a punto de retirarse, de modo que habría que cubrir dos vacantes en lugar de una. Sin embargo, su descanso y su paz de ánimo permanecían intactos. Persuadido de que estaba rendido a la voluntad de Dios, la fe no solo lo mantenía firme en su propósito, sino que veía los obstáculos ya vencidos, de manera que daba gracias de antemano. Porque Caleb «cumplió siguiendo al Señor», ni siquiera los gigantescos hijos de Anac, con sus ciudades amuralladas y sus carros de hierro, le causaban terror. Su amparo se había apartado de ellos, pero el Señor estaba con su seguidor creyente y lo fortaleció para expulsarlos y tomar posesión de su misma fortaleza como heredad propia.

Durante este período de paciente espera, el señor Müller comentó a una hermana creyente: «Bien, mi alma está en paz. El tiempo del Señor aún no ha llegado; pero, cuando llegue, él barrerá todos estos obstáculos como el viento se lleva el tamo». Un cuarto de hora después, quedó disponible un donativo de setecientas libras para los fines propuestos, de modo que tres de los cinco estorbos para esta gira por el Continente quedaron quitados al instante. Todos los gastos de viaje para él y su esposa, todos los fondos necesarios para la obra en casa con dos meses de anticipación, y todos los costos de publicar el Relato en alemán quedaron ahora provistos. Esto ocurrió el 12 de julio; y tan pronto después quedaron fuera del camino los impedimentos restantes que, para el 9 de agosto, el señor y la señora Müller partían hacia Alemania.

El viaje abarcó apenas siete meses, y el 6 de marzo de 1844 estaban una vez más en Bristol. Durante esta estancia en el extranjero no llevó diario, pero las cartas del señor Müller sirven como registro. Visitaron Róterdam, Weinheim, Colonia, Maguncia, Stuttgart, Heidelberg, etc., y el señor Müller repartió tratados y conversó con personas por el camino; pero su obra principal fue exponer la Palabra en pequeñas asambleas de creyentes que se habían separado de la iglesia del Estado a causa de lo que consideraban errores en la enseñanza, la práctica, las formas de culto, etc.

La primera hora de su estancia en Stuttgart le trajo una de las pruebas de fe más agudas que hasta entonces había experimentado. Él no revela en su diario de qué se trataba, pero ahora se sabe que se debió a la retirada de las setecientas libras, cuya donación lo había llevado a ir a Alemania. Este hecho no pudo consignarse entonces porque la persona lo habría sentido como un reproche. Tampoco fue esta la única prueba de fe durante su estancia en el extranjero; de hecho, algunas de estas pruebas fueron tantas, tan grandes, tan variadas y tan prolongadas que pusieron en pleno ejercicio toda la sabiduría y la gracia que había recibido de Dios, y todas las lecciones que antes había aprendido en la escuela de la experiencia le resultaron ahora útiles. Sin embargo, no solo su paz permaneció intacta, sino que da testimonio de que la convicción de que en todo esto se estaba mostrando la bondad de Dios arraigó de tal manera en lo más íntimo de su ser que no habría querido nada distinto. Las mayores pruebas dieron fruto en las más plenas bendiciones, y a veces en racimos de bendiciones. Lo movió de manera especial a una adoradora admiración y alabanza ver la sabiduría de Dios al haber demorado su visita hasta el momento preciso en que tuvo lugar. Si hubiera ido antes, habría ido demasiado pronto, sin la plena experiencia necesaria para hacer frente a las perplejidades de su obra. Cuando las tinieblas parecían oscurecer su camino, la fe lo mantenía a la expectativa de la luz, o al menos de la dirección en medio de la oscuridad; y halló que se cumplía literalmente aquella promesa:

«Conforme vayas andando, paso a paso, el camino se irá abriendo delante de ti» (véase el hebreo de Proverbios 4:12).

En Stuttgart halló y sintió, como Judas, que era «necesario contender eficazmente por la fe que ha sido una vez dada a los santos». Aun entre los creyentes, los errores habían echado raíces demasiado profundas. Se ponía un énfasis indebido sobre todo en el bautismo, al que se le hacía ocupar una prominencia y una importancia fuera de toda proporción de la fe. Un hermano había estado enseñando que sin él no hay nuevo nacimiento y que, por consiguiente, nadie podía, antes del bautismo, reclamar el perdón de los pecados; que los apóstoles no nacieron de lo alto hasta el día de Pentecostés, y que nuestro Señor mismo no había nacido de nuevo hasta su propio bautismo, ¡y que desde entonces, por el resto de su vida mortal, había dejado de estar bajo la ley! Se halló que prevalecían muchas otras ideas fantasiosas, como que el bautismo es la muerte real del viejo hombre por ahogamiento, y que es un pacto con el creyente en el cual Dios entra; que es pecado partir el pan con creyentes no bautizados o con miembros de la iglesia del Estado; y que el pan y la copa usados en la Cena del Señor no solo significan, sino que son el mismo cuerpo y la misma sangre del Señor, etc.

Una doctrina más grave y peligrosa, que fue necesario afrontar y refutar, era lo que el señor Müller llama aquel «terrible error», extendido casi universalmente entre los creyentes de aquel país, de que al final «todos serán salvos», no solo los hombres pecadores, sino «aun los mismos demonios».

Con calma y cortesía, pero con firmeza y valor, se hizo frente a estos errores y a otros afines con el claro testimonio de la Palabra. La refutación de la falsa enseñanza despertó un espíritu de amargura en los opositores de la verdad y, como sucede con demasiada frecuencia, el testimonio fiel dio ocasión a la acritud; pero el Señor estuvo al lado de su siervo y lo fortaleció de tal manera que fue guardado fiel y en paz.

Una grave carencia práctica que el señor Müller procuró remediar era la ignorancia de aquellas verdades más profundas de la Palabra que se refieren al poder y la presencia del Espíritu Santo de Dios en la iglesia, y al ministerio de los santos, unos para con otros, como miembros juntamente del cuerpo de Cristo, y como aquellos a quienes ese mismo Espíritu reparte particularmente, como quiere, dones espirituales para el servicio. Como resultado natural de no haber sido enseñados en estos importantes asuntos prácticos, las reuniones de los creyentes habían resultado más bien ocasiones de charla sin provecho que de la edificación de Dios que es por fe. La única esperanza de hacer frente a tales errores y suplir tal carencia estaba en la fiel enseñanza de las Escrituras, y él se encargó durante un tiempo de actuar como único maestro en estas reuniones, para que la palabra de Dios corriera y fuera glorificada. Después, cuando pareció haber entre los hermanos cierta comprensión adecuada de las verdades espirituales vitales, con su acostumbrada coherencia y humildad volvió a ocupar su lugar como un simple hermano entre los demás creyentes, todos los cuales tenían libertad para enseñar según el Espíritu los guiara y dirigiera. Sin embargo, no rehuía ningún deber ni responsabilidad que le impusiera un conocimiento más amplio y claro de la verdad o una experiencia más completa de su poder. Cuando la voz de sus hermanos lo llamaba a exponer la Palabra en asambleas públicas, aprovechaba con gusto toda ocasión de seguir instruyendo a partir de la Santa Escritura y de dar testimonio de Dios. Con gran énfasis insistía en la presencia rectora del Bendito Espíritu en todas las asambleas de los santos, y en el deber y el privilegio de dejar toda la dirección de tales asambleas a su divina disposición; y, en perfecto acuerdo con tal enseñanza, mostraba que el Espíritu Santo, si se le dejaba libre para administrarlo todo, guiaría a tales hermanos a hablar en los momentos y sobre los temas que a él le placieran; y que, siempre que sus deseos y preferencias fueran espirituales y no carnales, esa elección del Espíritu estaría siempre en armonía con la de ellos.

Estos puntos de vista sobre la administración del Espíritu en las asambleas de los creyentes, y sobre su manifestación en todos los creyentes para provecho común, concuerdan plenamente con la enseñanza de las Escrituras (1 Corintios 12, Romanos 12, Efesios 4, etc.). Si tales puntos de vista se sostuvieran en la práctica en la iglesia de nuestros días, se produciría una revolución radical, y seguiría inevitablemente un avivamiento de la fe apostólica y de la vida de la iglesia primitiva. Quizá no haya otro tema más mal entendido, o menos entendido, aun entre quienes profesan creer, que la persona, los oficios y las funciones del Espíritu de Dios. John Owen sugirió hace mucho que la prueba práctica de la solidez en la fe, durante la presente época del evangelio, es la actitud de la iglesia hacia el Espíritu Santo. Si es así, la gran apostasía no puede estar lejos, si es que no ha llegado ya, porque prevalece una vergonzosa ignorancia e indiferencia respecto de todo lo que concierne a su derecho a una santa reverencia y obediencia.

En relación con esta visita a Alemania, existía un curioso malentendido, al que una revista religiosa había dado difusión: que el señor Müller había sido comisionado por los bautistas ingleses para trabajar entre los bautistas alemanes a fin de hacerlos volver a la iglesia del Estado. Este rumor carecía, por supuesto, de todo fundamento, pero él no tuvo ocasión de desmentirlo hasta poco antes de su regreso a Gran Bretaña, pues hasta entonces no había oído hablar de él. El Señor había permitido que este falso informe se difundiera y lo había usado para servir a sus propios fines, porque en parte se debió a esta impresión errónea acerca de la misión del señor Müller que los funcionarios del gobierno no lo molestaran ni se entrometieran en su obra. Aunque durante meses enseñó abiertamente y sin disimulo verdades vitales del evangelio entre creyentes que se habían separado de la iglesia establecida, no sufrió restricción alguna, porque, mientras se pensara que su misión en Alemania era hacer volver al redil de la iglesia del Estado a los que se habían descarriado, naturalmente no estaría expuesto a la intervención de los funcionarios del Estado.

El Señor fue también delante de su siervo preparando el camino para la publicación de su Relato, guiándolo a un librero que se encargó de su venta a comisión, lo que permitió al autor quedarse con dos mil ejemplares para regalar, mientras el resto se dejaba para la venta.

Por esta época, el señor Müller menciona especialmente su gozo y consuelo por la bendición espiritual que acompañaba su obra y por el bien presente y visible producido por la publicación de su Relato. Muchos creyentes habían sido llevados a poner más fe en las promesas del gran Proveedor, y algunos incrédulos se habían convertido al leer la sencilla historia de los tratos del Señor; y estas noticias llegaban de todos los lugares adonde el Relato había llegado hasta entonces.

El nombre de Henry Craik, que hasta entonces figuraba en todos los informes junto al de George Müller, aparece por última vez en el Informe de 1844. Esta retirada de su nombre no se debió a ninguna división de sentimientos ni a ninguna disminución de simpatía, sino únicamente a la convicción del señor Craik de que el honor de ser usado por Dios como su instrumento para impulsar la gran obra del Instituto de Conocimiento Bíblico pertenecía solo a George Müller.

Las pruebas de fe no cesaron, aunque los motivos de alabanza se multiplicaban tanto. El 4 de septiembre de 1844, al despuntar el día, no quedaba en caja más que un cuarto de penique, ¡y había ciento cuarenta bocas que alimentar en el desayuno!

La falta de dinero y de tales provisiones no era, sin embargo, más que una forma de estas pruebas de fe e incentivos a la oración. De hecho, él las consideraba las más ligeras de sus cargas, porque había otros cuidados y ansiedades que exigían un mayor ejercicio de la fe para echarlos resueltamente sobre aquel que, a cambio de la preocupación, da su propia paz perfecta. Cuáles eran estas pruebas lo verá enseguida cualquier mente reflexiva que recuerde que estos numerosos huérfanos necesitaban no solo provisiones diarias de comida y ropa, sino educación, intelectual y moral; preparación para hogares adecuados y colocación en ellos; cuidadosa vigilancia de su salud y toda precaución y provisión posible para prevenir la enfermedad; además, el carácter de todos los colaboradores debía investigarse con cuidado antes de admitirlos, y su conducta vigilarse con cuidado después, no fuera que alguna persona indigna o no capacitada hallara lugar, o fuera mantenida, en la dirección de la obra.

Estos y otros asuntos, demasiado numerosos para mencionarlos uno por uno, tenían que ser llevados cada día al gran Ayudador, sin cuyos Brazos Eternos no habrían podido sobrellevarse. Y el señor Müller procura constantemente grabar en todos los que leían sus páginas u oían su voz la perfecta fidelidad de Dios. Para todas y cada una de las necesidades de la obra siempre se dio ayuda, y nunca llegó tarde ni una sola vez. Por pobre que sea, y por mucho tiempo que el creyente suplicante espere en Dios, nunca deja de recibir ayuda, si confía en las promesas y está en la senda del deber. Aun la demora en la respuesta a la oración sirve a un propósito. Dios permite que clamemos a él mientras él no responde palabra, tanto para probar nuestra fe y nuestra insistencia como para animar a otros que oyen de sus tratos con nosotros.

Y así fue como, hubiera mucho o poco en caja, por la gracia de Dios el fundador de estas instituciones permanecía sin turbarse, confiado en que la liberación vendría con seguridad de la mejor manera y en el mejor momento, no solo en lo referente a las necesidades temporales, sino en todo lo necesario.

Durante la historia del Instituto hasta entonces, la ampliación había sido su ley. El corazón del señor Müller crecía en capacidad para un servicio mayor, y su fe en capacidad para una confianza más firme, de modo que, a la vez que era llevado a intentar cosas mayores para Dios, era llevado también a esperar cosas mayores de Dios. Aquellas sugestivas palabras de Cristo a Natanael han suscitado a menudo expectativas igualmente mayores: «¿Crees? Cosas mayores que estas verás» (Juan 1:50).

En el año 1846, las necesidades del campo misionero se apoderaron de él mucho más hondamente que nunca. Ya venía ayudando a hermanos en el extranjero, en la Guayana Británica y en otros lugares, así como en campos más cercanos. Pero sentía un fuerte anhelo de ser usado por Dios en mayor medida para enviar a sus campos, y sostener en sus labores, a los siervos escogidos del Señor que trabajaban sobre una base bíblica y necesitaban ayuda. Había observado que, siempre que Dios le había puesto en el corazón concebir cosas generosas, le había puesto en la mano los medios para llevar a cabo tales propósitos generosos; y desde entonces determinó, en la medida en que Dios lo capacitara, ayudar a hermanos de buen testimonio, que trabajaban en predicar y enseñar en todo el Reino Unido, que eran fieles testigos de Dios y no recibían salario regular. El objetivo especial que tenía en mente era tender una mano a quienes, por causa de la conciencia y de Cristo, habían renunciado a estipendios anteriores o a emolumentos mundanos.

Sin embargo, cualquiera que fuese la ampliación que tenía lugar en la obra, no era señal de fondos sobrantes. Cada sección del servicio o cada nuevo llamado del deber recibía una consideración aparte y en oración. Los pasos hacia adelante se daban solo cuando, donde y tan aprisa como se movía la Columna, y a menudo se emprendía una obra nueva en un momento en que había escasez más bien que abundancia de dinero.

Algunos que supieron de la ausencia del señor Müller en Alemania dedujeron que había abundancia de fondos en caja, conclusión que no era ni verdadera ni legítima. En momentos en que la pobreza apremiaba más, no se evitaban gastos adicionales ni se eludían nuevas responsabilidades si, tras mucha oración, el Señor parecía guiar claramente en esa dirección. Y era hermoso ver cómo él no permitía que ninguna obra existente se viera en apuros porque, por mandato suyo, se emprendía una obra nueva.

Una gran ley para todos los que quieran ser verdaderamente guiados por la Columna de nube y de fuego de Dios es no dar ningún paso por mandato de la propia voluntad ni sin el claro movimiento del Guía celestial. Aunque la dirección sea nueva y el camino parezca sembrado de dificultades, nunca hay riesgo alguno, con tal de que seamos guiados solo por Dios. Cada nuevo avance necesita una autorización aparte y especial de él, y la dirección de ayer no basta para hoy.

Es importante observar también que, si una rama de la obra se halla en apuros, eso no es necesariamente razón para abandonar otra forma de servicio. La obra de Dios depende solo de él. Si todo el árbol es plantío suyo, no necesitamos cortar una rama para salvar otra. Todo el cuerpo es suyo y, si un miembro está débil, no es necesario cortar otro para fortalecerlo, porque la fuerza de todo el cuerpo es el sostén de cada parte. En nuestro servicio de muchas ramas, cada una debe recibir vitalidad y vigor de la misma fuente en Dios. Con todo, no olvidemos que tanto las paradas como los pasos del hombre bueno son ordenados por el Señor. Si la obra es obra suya, dejemos que él la gobierne y, ya sea que nos ampliemos o nos reduzcamos, que sea por mandato suyo y motivo de igual satisfacción para su siervo.

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