George Müller de Bristol
Nuevas lecciones en la escuela de oración de Dios

Capítulo 14 · 23 min de lectura · 29 min de escucha

Nuevas lecciones en la escuela de oración de Dios

EL maestro debe ser también un alumno, y por eso solo quien sigue aprendiendo es competente para seguir enseñando. Solo las lecciones nuevas, dominadas cada día, pueden mantener nuestro testimonio fresco y vivificante y capacitarnos para dar lecciones más avanzadas. En lugar de estar siempre ocupados en una especie de repaso, nuestra enseñanza y nuestro testimonio brotarán así cada día de un nivel nuevo y más alto.

Las experiencias de oración eficaz de George Müller no dejaban de acumularse, y así lo capacitaban para hablar a otros, no como de una cuestión de especulación, teoría o creencia doctrinal, sino de un experimento personal largo, variado y exitoso. Con paciencia, con cuidado y con frecuencia procura grabar en otros las condiciones de la súplica eficaz. De tiempo en tiempo se encontraba con personas para quienes su confianza en Dios, valiente e infantil, era un misterio; y en ocasiones los recelos secretos de la incredulidad hallaban voz en la pregunta: ¡qué haría si Dios no enviaba ayuda! ¿Qué pasaría si de verdad llegaba la hora de una comida sin alimento ni dinero para conseguirlo, o si la ropa se gastaba y no había nada con que reponerla?

A todas esas preguntas tenía siempre lista esta única respuesta: que semejante falla por parte de Dios es inconcebible, y por tanto debe contarse entre las imposibilidades. Hay, sin embargo, condiciones necesarias por parte del hombre: el alma suplicante debe acudir a Dios con el espíritu y la actitud correctos. Por amor de los lectores que pudieran necesitar más orientación sobre la manera debida y aceptable de acercarse a Dios, solía exponer con toda claridad la enseñanza de la Escritura sobre este punto.

Cinco grandes condiciones de la oración eficaz estaban siempre presentes en su mente:

1. Dependencia total de los méritos y la mediación del Señor Jesucristo, como único fundamento de cualquier derecho a la bendición. (Véase Juan 14:13, 14; 15:16, etc.)

2. Separación de todo pecado conocido. Si consideramos la iniquidad en nuestro corazón, el Señor no nos oirá, pues sería sancionar el pecado. (Salmo 66:18.)

3. Fe en la palabra de promesa de Dios, confirmada por su juramento. No creerle es hacerle a la vez mentiroso y perjuro. (Hebreos 11:6; 6:13-20.)

4. Pedir conforme a su voluntad. Nuestros motivos deben ser piadosos: no debemos buscar ningún don de Dios para gastarlo en nuestros propios deleites. (1 Juan 5:14; Santiago 4:3.)

5. Insistencia en la súplica. Debe haber espera en Dios y espera de Dios, como el labrador aguarda con mucha paciencia la cosecha. (Santiago 5:7; Lucas 18:1-10.)

Nunca se insistirá demasiado en la importancia de fijar firmemente en la mente principios como estos. El primero pone la base de toda oración en nuestra unidad con el gran Sumo Sacerdote. El segundo enuncia una condición de la oración, que se halla en el abandono del pecado. El tercero nos recuerda la necesidad de honrar a Dios mediante la fe en que él existe y es galardonador de los que le buscan con diligencia. El cuarto revela la comunión de sentir con Dios que nos ayuda a pedir lo que es para nuestro bien y para su gloria. El último nos enseña que, una vez que nos hemos asido de Dios en oración, hemos de seguir asidos hasta que su brazo se extienda para bendecir.

Donde no existen estas condiciones, que Dios respondiera a la oración sería a la vez una deshonra para él y un daño para el suplicante. Alentar a quienes acuden a él en su propio nombre, o con un espíritu de justicia propia, egoísta y desobediente, sería premiar la permanencia en el pecado. Responder a las peticiones de los incrédulos sería pasar por alto el doble insulto que se hace a su palabra de promesa y a su juramento de confirmación con la duda persistente de su veracidad y la desconfianza de su fidelidad. En efecto, no existe una sola condición de la oración eficaz que no lo sea por la naturaleza misma de las cosas. No son limitaciones arbitrarias impuestas a la oración por una voluntad despótica; son igualmente necesarias para el carácter de Dios y para el bien del hombre.

Todas las lecciones aprendidas en la escuela de oración de Dios hicieron más profundos y sobrecogedores los sentimientos y las convicciones del señor Müller sobre este asunto. Vio la relación vital entre la oración y la santidad, y procuró sin cesar grabarla en sus oyentes y en sus lectores; y, recordando que, para persuadir, la figura retórica más eficaz es la repetición, no vacilaba en volver a exponer tales verdades con toda la frecuencia necesaria para que echaran raíz en la mente y el corazón de otros.

Desde los días de Abel hasta los nuestros, no ha habido un solo santo a quien no se le hayan enseñado las mismas lecciones esenciales. Toda oración que alguna vez ha hecho descender bendición ha prevalecido por la misma ley del éxito: el impulso interior del Espíritu Santo de Dios. Por tanto, si se desatienden o se desobedecen las enseñanzas de ese Espíritu, o se estorban sus movimientos interiores, en esa misma medida la oración se volverá formal o se abandonará del todo. El pecado consentido a sabiendas, o el deber descuidado a conciencia, hacen de la súplica una ofensa para Dios.

Además, toda oración prevalece solo en la medida de nuestra unidad real, aunque no sea consciente, con el Señor Jesucristo como fundamento de nuestro acercamiento, y en el grado de nuestra dependencia de él como medio de nuestro acceso a Dios.

Y todavía más: toda oración prevalece solo si se ofrece con fe; y la respuesta a esa oración solo puede reconocerse y recibirse en el plano de la fe; es decir, debemos mantener la disposición creyente, esperando la bendición y estando dispuestos a recibirla en el modo, el tiempo y la forma de Dios, y no en los nuestros.

La fe que así espera no puede sorprenderse de las respuestas a la oración. Cuando, en noviembre de 1840, una hermana dio diez libras para los huérfanos, y en un momento especialmente oportuno, el señor Müller deja constancia de su gozo triunfante en Dios como algo que excedía y desafiaba toda expresión. Sin embargo, estaba libre de agitación y en absoluto sorprendido, porque por la gracia había estado esperando confiadamente en Dios la liberación. La ayuda se había demorado tanto que en una de las casas no había pan, y en ninguna había leche ni dinero para comprar ni lo uno ni lo otro. Este dinero llegó solo unos minutos antes de la hora en que debía pasar el carro del lechero.

Por fieles y confiados que seamos en la oración, nos conviene no ser por ello menos cuidadosos y diligentes en el uso de todos los medios debidos. También aquí toda la vida del señor Müller es una lección para otros creyentes. Por ejemplo, cuando viajaba por otros países, o ayudaba a otros hermanos en su camino, rogaba al Señor que guardara constantemente los vehículos que usaban, y aun el equipaje, tan expuesto a extraviarse. Pero él mismo se fijaba con cuidado en que la nave en que había de embarcarse estuviera en condiciones de navegar, y en todas las demás condiciones de un transporte seguro y rápido para sí y para otros. En una ocasión en que ciertos hermanos y hermanas alemanes partían hacia costas extranjeras, observó la manera en que el cochero acomodaba el equipaje pequeño en el coche de alquiler, y notó que varias bolsas de viaje habían sido metidas a toda prisa en un portaequipajes trasero. Además, contó cuidadosamente los bultos y tomó nota de que eran diecisiete en total. Al llegar al muelle, donde suele haber mucha prisa y alboroto, el cochero deshonesto se habría marchado con buena parte de los bienes del grupo, de no ser por este hombre de Dios, que no solo oraba, sino que velaba. El que confiaba en Dios sin reservas vigilaba con no menos fidelidad la honradez del cochero, quien, después de fingir que había entregado todo el equipaje a los mozos, se vio obligado a abrir aquel portaequipajes trasero y, para gran confusión suya, a entregar las cinco o seis bolsas allí escondidas. El señor Müller añade en su Relato que «una circunstancia así debería enseñarle a uno a hacer de los asuntos más pequeños un motivo de oración, como, por ejemplo, que todo el equipaje se saque sin percance de un coche de alquiler». ¿No podemos añadir que tal circunstancia nos enseña también la lección compañera, igual de importante a su manera: que hemos de ser vigilantes además de piadosos en la oración, y cuidar de que un cochero deshonesto no se escape con los bienes ajenos?

Este santo de oración, que vigilaba al hombre, vigilaba sobre todo a Dios. Aun en los detalles menores de su obra, sus ojos estaban siempre atentos a las provisiones infalibles de Dios y a las direcciones y los tratos divinos; y después seguía siempre el fruto de labios que dan gracias a su nombre. He aquí otro secreto revelado: la oración y la gratitud, esas dos siervas de Dios, van siempre juntas, y cada una ayuda a la otra. «Orad sin cesar. Dad gracias en todo» (1 Tesalonicenses 5:17, 18). Estos dos preceptos están uno junto al otro, donde les corresponde, y quien descuide uno se hallará desobedeciendo el otro. Este hombre que oraba tanto y tan bien ofrecía a Dios continuamente sacrificio de alabanza.

Por ejemplo, el 21 de septiembre de 1840 se hizo en el Relato una anotación concreta, tan sencilla, tan infantil y tan característica en todo sentido, que cada una de sus palabras es preciosa.

«El Señor, para mostrar su continuo cuidado de nosotros, levanta nuevos colaboradores. Los que confían en el Señor nunca serán confundidos. Algunos que ayudaron durante un tiempo pueden dormirse en Jesús; otros se enfrían en el servicio del Señor; otros desean ayudar tanto como siempre, pero ya no pueden; o bien, teniendo recursos, sienten que es su voluntad que los empleen de otra manera. Pero al apoyarnos en Dios, solo en el Dios vivo, estamos MÁS ALLÁ DE TODA DECEPCIÓN y MÁS ALLÁ de ser abandonados a causa de la muerte, o de la falta de recursos, o de la falta de amor, o por los reclamos de otra obra. ¡Qué precioso es haber aprendido, en alguna medida, a contentarse con estar solo con Dios en el mundo, y saber que ciertamente no se nos negará ningún bien mientras andemos en integridad!»

Entre los donativos recibidos durante esta larga vida de mayordomía para Dios, algunos merecen mención particular.

Una ofrenda recibida en marzo de 1839 tiene una historia singular. Las circunstancias que rodearon su recepción le causaron una profunda impresión. Había dado un ejemplar del Informe Anual a un hermano creyente, que al leerlo se sintió grandemente movido a orar; y sabiendo que su propia hermana, que también era discípula, poseía diversos adornos y joyas costosos, como una pesada cadena de oro, un par de brazaletes de oro y un soberbio anillo engastado con finos brillantes, este hermano rogó al Señor que le mostrara de tal modo la inutilidad de esas alhajas que se sintiera movida a ponerlas todas sobre su altar como ofrenda para la obra de los huérfanos. Esta oración fue contestada al pie de la letra. El sacrificio de sus joyas resultó de provecho para la obra en un momento de necesidad tan apremiante que el corazón del señor Müller se regocijó especialmente en Dios. Con el producto de la venta de estos adornos pudo cubrir los gastos de una semana entera y, además, pagar los salarios que se debían a los colaboradores. Pero, antes de deshacerse del anillo de diamantes, escribió con él en el cristal de la ventana de su propio cuarto aquel precioso nombre y título del Señor, «JEHOVAH JIREH», y desde entonces, cada vez que, en honda pobreza, ponía los ojos en aquellas dos palabras, escritas imborrablemente con la punta de un diamante en aquel cristal, recordaba con gratitud que «EL SEÑOR PROVEERÁ».

¡Cuántos de sus hermanos en la fe podrían hallar refrigerio e inspiración inagotables meditando en las promesas divinas! A los creyentes de la antigüedad se les mandaba escribir las palabras de Dios en sus manos, en los postes de sus casas y en sus puertas, para que las tareas de sus manos, sus salidas y sus entradas, su vida personal y familiar, les recordaran constantemente la eterna fidelidad del Señor. El que grabó este nombre escogido de Dios en el cristal de la ventana de su morada halló que cada rayo de sol que entraba en su cuarto iluminaba la promesa de su Señor.

Así resume las experiencias del año 1840:

1. A pesar de las múltiples pruebas de fe, a los huérfanos no les ha faltado nada.

2. En lugar de verse defraudado en sus expectativas o en su obra, había sucedido lo contrario, pues se vio que tales pruebas eran necesarias para demostrar que el Señor era su Ayudador en tiempos de necesidad.

3. Una manera de vivir así acerca mucho al Señor, como quien examina cada día la necesidad para enviar la ayuda más oportuna.

4. Esta dependencia constante e inmediata de la ayuda divina no absorbe la mente en las cosas temporales hasta incapacitarla para las ocupaciones y los goces espirituales, sino que más bien impulsa a una comunión habitual con el Señor y con su Palabra.

5. Puede que otros hijos de Dios no sean llamados a una obra semejante, pero sí son llamados a una fe semejante, y pueden experimentar intervenciones semejantes si viven conforme a su voluntad y buscan su ayuda.

6. Contraer deudas, por ser contrario a las Escrituras, es un pecado que hay que confesar y abandonar si deseamos una comunión sin estorbo con Dios y experimentar su intervención.

Fue también en este año 1840 cuando se añadió un nuevo objeto a la obra del Instituto de Conocimiento Bíblico, a saber, la distribución de libros y tratados cristianos. Pero, así como la continuación y la ampliación de estas actividades benéficas hicieron mayores las necesidades, así también, en respuesta a la oración, la Mano del gran Proveedor concedió provisiones más abundantes.

La intervención divina nunca será puesta en duda por quien, como George Müller, se entregue a la oración, porque las coincidencias entre la demanda y la provisión, entre los tiempos y las ocasiones de pedir y de recibir respuesta, resultarán demasiado exactas y frecuentes para dejar lugar a la duda de que Dios ha ayudado.

La «ética del lenguaje» encierra muchas lecciones. Por ejemplo, la expresión «justicia poética» describe un castigo en el que la pena corresponde de un modo peculiar al delito. Así como los versos de un poema armonizan, y la rima y el ritmo muestran la obra de una mano que diseña, así a menudo hay armonía entre una ofensa y su castigo, como cuando a Adoni-bezec, que había infligido una afrenta semejante a sesenta y cinco reyes cautivos, le cortaron los pulgares de las manos y de los pies, o como cuando Amán fue colgado en la horca que él mismo había levantado para Mardoqueo. Leemos en el Salmo 9:16:

«El Señor es conocido por el juicio que ejecuta; en la obra de sus manos fue enlazado el malo».

El pensamiento inspirado es que el castigo de los malhechores corresponde con tal exactitud al carácter de sus malas obras que muestra que es el Señor quien ejecuta la venganza: la pena revela una mano que diseña. Quien observe los peculiares juicios retributivos de Dios, cómo hace caer en las trampas y los hoyos que tendieron para otros a quienes los tendieron, no dudará de que detrás de tal «justicia poética» hay un Juez inteligente.

De modo semejante, la armonía poética entre la oración y su respuesta acalla toda duda acerca de un Oyente que discierne el alma suplicante. Un solo caso de oración contestada así podría atribuirse al azar; pero, desde que los hombres comenzaron a invocar el nombre del Señor, ha habido correspondencias tan repetidas, tan sorprendentes y tan maravillosas entre las peticiones del hombre y las respuestas de Dios, que la inferencia es perfectamente segura; la inducción tiene una base demasiado amplia y un conjunto demasiado grande de casos particulares para admitir error. Las coincidencias son a la vez demasiado numerosas y demasiado exactas para admitir la doctrina del azar. Nos vemos obligados, por no decir justificados, a concluir que la única explicación suficiente y razonable debe hallarse en un Dios que oye y responde la oración.

El señor Müller no era la única parte en estas transacciones, ni la única persona convencida así de que Dios estaba en todo el asunto de la obra y su sostenimiento. Tanto los donantes como el que recibía eran conscientes de la dirección divina.

Frecuentes fueron también los casos en que quienes prestaban una ayuda de lo más oportuna comunicaban al señor Müller las experiencias que habían acompañado o precedido a sus ofrendas; como, por ejemplo, cuando, sin que ningún hombre les hubiera dado indicio alguno de una necesidad especial, su corazón había sentido en la oración a Dios que había una emergencia que requería pronta ayuda.

Por ejemplo, en junio de 1841 se recibieron cincuenta libras con estas palabras: «No me preocupa que se me haya impedido durante tantos días enviar este dinero; estoy seguro de que no ha hecho falta».

«Esta última frase es notable —dice el señor Müller—. Hace ya casi tres años que nuestros fondos se agotaron por primera vez, y solo en este momento, desde entonces, podría haberse dicho con verdad, hasta donde recuerdo, que un donativo de cincuenta libras no hacía falta. Desde el comienzo, en julio de 1838, hasta ahora, nunca había habido un período en que tuviéramos tanta abundancia como cuando llegó este donativo; ¡pues había entonces, en el fondo de los huérfanos y en los demás fondos, entre doscientas y trescientas libras! Las palabras de nuestro hermano son tanto más notables cuanto que, en cuatro ocasiones anteriores, cuando dio igualmente donativos considerables, siempre estábamos en necesidad, sí, en gran necesidad, cosa que él supo después por las cuentas impresas».

La oración eficaz depende en gran medida de una obediencia constante. «Y cualquier cosa que pidamos, la recibimos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él» (1 Juan 3:22). No hay manera de mantenerse en estrecho contacto con Dios a menos que se dé un nuevo paso adelante cada vez que se recibe nueva luz. He aquí otro de los secretos de la vida de George Müller. Sin calcular indebidamente el costo, siguió toda dirección de Dios.

En julio de 1841, tanto el señor Craik como el señor Müller sintieron que la manera en que hasta entonces recibían las ofrendas voluntarias de aquellos entre quienes trabajaban no era conveniente. Estas contribuciones se depositaban en cajas sobre las cuales figuraban sus nombres, con una explicación del fin al que se destinaban tales ofrendas. Pero les pareció que esto podía dar la impresión de elevarlos indebidamente por encima de otros, como si se arrogaran una importancia oficial, o como si excluyeran a otros del pleno e igual reconocimiento como obreros en la palabra y la doctrina. Por eso decidieron suprimir esta manera de recibir tales ofrendas.

A algunos un acto de obediencia así puede parecerles escrupuloso en exceso, pero costó algunas luchas interiores, pues amenazaba con una posible y probable disminución de las provisiones para sus propias necesidades, y surgía naturalmente la pregunta de cómo se supliría esa falta. Felizmente, el señor Müller había resuelto hacía mucho la cuestión de que seguir un claro sentido del deber es siempre seguro. En cada crisis semejante podía decir: «Oh Dios, mi corazón está firme, mi corazón está firme, confiado en ti» (Salmo 112:7). Tomada una decisión así de una vez para siempre, tales riesgos aparentes no turbaban su paz ni por un momento. De un modo u otro el Señor proveería, y todo lo que él tenía que hacer era servirle y confiar en él, y dejar lo demás a su paternidad.

En el otoño de 1841 agradó a Dios que hubiera una prueba de fe severa, más que en ningún período anterior. Durante algunos meses las provisiones habían sido relativamente abundantes, pero ahora, de día en día y de comida en comida, los ojos de la fe tenían que volverse al Señor, y, a pesar de la perseverancia en la oración, la ayuda parecía a veces faltar, tanto que fue una señal especial de la gracia de Dios que, durante esta larga prueba de espera, la confianza del señor Müller y de sus colaboradores no cediera del todo. Pero él y ellos fueron sostenidos, y él descansó sin vacilar en la compasión paternal de Dios.

En una ocasión, una mujer pobre dio dos peniques, añadiendo: «No es más que una pequeñez, pero tengo que dárselo». Sin embargo, el donativo de estas «dos blancas» fue tan oportuno que uno de esos dos peniques era justamente lo que en aquel momento hacía falta para completar la suma necesaria para comprar pan para el consumo inmediato. Otra vez, cuando se necesitaban ocho peniques más para la siguiente comida y no había en mano más que siete, al abrir una de las cajas se encontró depositado un solo penique, y así un único penique pudo atribuirse al cuidado del Padre.

Fue en diciembre de este mismo año, 1841, cuando, para mostrar cuán exclusivamente se dependía de un Proveedor celestial, se decidió aplazar por un tiempo tanto la celebración de toda reunión pública como la impresión del Informe Anual. El señor Müller tenía la confianza de que, aunque no se dijera ni se imprimiera una sola palabra sobre la obra y sus necesidades, los recursos seguirían llegando. De hecho, el informe de 1841-2 se aplazó así cinco meses; y así, en medio de una honda pobreza y en parte a causa de la presión misma de esa necesidad, se dio otro paso audaz que, como el corte de los cabos que sujetaban el esquife en aquel naufragio del Mediterráneo, arrojó al señor Müller, y a todos los que estaban con él en la obra, más completamente sobre la promesa y la providencia de Dios.

Podría deducirse que, tras una decisión así, el Señor se apresuraría a recompensar enseguida una confianza tan valiente. Y, sin embargo, tan misteriosos son sus caminos que nunca hasta entonces había sido probada tan duramente la fe del señor Müller como entre el 12 de diciembre de 1841 y el 12 de abril de 1842. Durante estos cuatro meses, otra vez, era como si Dios dijera: «Veré ahora si de verdad te apoyas en mí y miras a mí». En cualquier momento de esta prueba el señor Müller podría haber cambiado de rumbo, celebrando la reunión pública y publicando el informe, pues, fuera de los pocos que participaban en sus consejos, nadie sabía de la decisión, y de hecho muchos hijos de Dios, que esperaban el diario habitual del año de «Los tratos del Señor», se sorprendieron de la demora. Pero la conclusión alcanzada a conciencia se mantuvo con la misma firmeza, para la gloria del Señor, y otra vez el Señor que provee reveló su fidelidad.

Durante esos cuatro meses, el 9 de marzo de 1842, la necesidad fue tan extrema que, si no hubiera llegado ayuda, la obra no habría podido continuar. Pero ese mismo día llegaron diez libras de un hermano que vivía cerca de Dublín; y la mano del Señor se mostró claramente en este donativo, pues, cuando ya había pasado el correo sin traer ninguna carta, se le sugirió a la mente del señor Müller una fuerte confianza de que la liberación estaba cerca; y así resultó, porque al poco rato le trajeron la carta, que había sido entregada en una de las otras casas. Durante ese mismo mes fue necesario una vez retrasar la comida cerca de media hora, por falta de provisiones. Un aplazamiento así casi nunca se había conocido antes, y muy rara vez se repitió en toda la historia posterior de la obra, aunque había que alimentar a diario a miles de bocas.

En la primavera de 1843, el señor Müller se sintió guiado a abrir una cuarta casa de huérfanos, casi seis años después de abrirse la tercera. Dio este paso con su constante escrupulosidad, reflexión y espíritu de oración. Había visto muchas razones para ampliar así la obra, pero no había dicho nada del asunto ni siquiera a su amada esposa. Día tras día esperaba en Dios en oración, prefiriendo tomar consejo solo de él, no fuera a hacer algo con precipitación, adelantarse a una dirección clara o dejarse influir indebidamente por el juicio humano.

Obstáculos inesperados le impidieron hacerse con el local que ya le habían ofrecido y que había hallado adecuado; pero de ningún modo se sintió «desconcertado». El tema de su oración era: «Señor, si tú no necesitas otra casa de huérfanos, tampoco la necesito yo»; y juzgó con razón que la serena reflexión con que había emprendido todo el asunto, y la paz inalterada con que afrontaba los nuevos estorbos, eran pruebas de que seguía la dirección de Dios y no los impulsos de la voluntad propia.

Como la reunión pública y la publicación del Informe Anual se habían aplazado a propósito para mostrar que no se confiaba indebidamente ni siquiera en peticiones indirectas al hombre, subió a Dios mucha oración especial para que, antes del 15 de julio de 1844, fecha en que había de celebrarse la reunión pública, él supliera tan abundantemente toda necesidad que se viera con claridad que, aunque durante un tiempo no se habían usado estos medios legítimos de informar a sus siervos acerca de la obra, la oración de fe había hecho descender ayuda de lo alto. Como el año económico se había cerrado en mayo, habrían pasado más de dos años desde que se presentó al público el informe anterior.

George Müller era celoso por el Señor Dios de los ejércitos. Deseaba que «se cortara aun la sombra de un pretexto para que la gente dijera: “Ya no pueden conseguir más dinero, y por eso publican ahora otro informe”». Por eso, aunque durante todo el desarrollo de la obra deseaba estar con su Maestro, sin hacer caso de los juicios favorables o desfavorables de los hombres, sentía con fuerza que Dios sería muy honrado y glorificado como el Dios que oye la oración si, antes de que el público tuviera noticia alguna de la situación, se diera una provisión abundante. En tal caso, en lugar de parecer que pedían ayuda a los hombres, él y sus compañeros podrían dar testimonio ante la iglesia y el mundo de la fidelidad de Dios, y ofrecerle la alabanza de corazones gozosos y agradecidos. Como había pedido, así le fue hecho. Llegaron dinero y otras provisiones y, el día antes de cerrarse las cuentas, donativos tan generosos que hubo un excedente de más de veinte libras para toda la obra.

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