George Müller de Bristol
Pruebas de fe y ayudas para la fe

Capítulo 13 · 23 min de lectura · 30 min de escucha

Pruebas de fe y ayudas para la fe

DIOS tiene sus propias matemáticas: testigo de ello es aquel milagro de los panes y los peces. Nuestro Señor dijo a sus discípulos: «Dadles vosotros de comer», y mientras ellos repartían, él multiplicaba la escasa provisión; mientras ellos le restaban, él le sumaba; mientras ellos la disminuían al distribuirla, él la aumentaba para que se distribuyera. Y bellamente se ha dicho de toda santa asociación que las penas compartidas se dividen y los gozos compartidos se multiplican.

Ya hemos visto cómo se había ensanchado el círculo de oración. Al principio, el fundador de la obra de los huérfanos no tenía otro socio que Dios, y solo a él le contaba sus propias necesidades o las de su obra. Más adelante se permitió a unos pocos —entre ellos su propia esposa, el señor Craik y uno o dos colaboradores— conocer el estado de los fondos y de las provisiones. Más tarde aún, en el otoño de 1838, empezó a sentir que debía abrir más plenamente las puertas de su confianza a sus compañeros en los negocios del Señor. Quienes compartían las fatigas debían compartir también las oraciones, y por tanto el conocimiento de las necesidades que la oración había de suplir; de otro modo, ¿cómo podrían ser plenamente partícipes de la fe, de la obra y de la recompensa? O también, ¿cómo podrían sentir la prueba cabal de la presencia y del poder de Dios en las respuestas a la oración, conocer el gozo del Señor que tales respuestas inspiran, o alabarle por la liberación que esas respuestas ponen de manifiesto? Parecía claro que, para la mayor gloria de Dios, debían conocer las profundidades de la necesidad, los extremos de escasez de los que Dios los había sacado, y luego atribuir toda honra y alabanza a su nombre.

En consecuencia, el señor Müller reunió a todos los amados hermanos y hermanas unidos a él en la dirección de la obra y les expuso plenamente el caso, sin ocultarles nada. Les mostró la angustia en que se hallaban, al tiempo que los exhortaba a tener buen ánimo, asegurándoles su propia confianza en que la ayuda estaba muy cerca; y luego los unió consigo mismo, y con el círculo de oración más pequeño que ya existía, en súplica al Señor que provee.

El paso así dado no fue de poca importancia para todos los interesados. Desde entonces, un número considerable de creyentes de oración se sumó a la compañía de intercesores que no daban descanso a Dios ni de día ni de noche. Aunque el señor Müller no ocultaba ningún hecho sobre los apuros a que se veía reducida la obra, estableció ciertos principios que de tiempo en tiempo se reiteraban como leyes inmutables para la conducción de los negocios del Señor. Por ejemplo, no debía comprarse nada, por extrema que fuera la situación, sin tener en mano el dinero para pagarlo; y, sin embargo, debía ser un principio igualmente firme que a los niños no les faltara nada necesario; porque más valía que la obra cesara y los huérfanos fueran despedidos, que mantenerlos en un hogar solo de nombre donde en realidad se les dejara padecer hambre o desnudez.

Asimismo, nunca debía revelarse a los de fuera necesidad alguna existente, no fuera a interpretarse como una petición de ayuda; el único recurso había de ser el Dios vivo. A menudo se recordaba a los colaboradores que el objeto supremo de las instituciones fundadas en Bristol era probar la fidelidad de Dios y la perfecta seguridad de confiar únicamente en sus promesas; por tanto, el celo por él debía refrenar toda inclinación a buscar ayuda en el hombre. Además, se les rogaba encarecidamente que vivieran en tal comunión con Dios, día tras día y hora tras hora, que su propia incredulidad y desobediencia no pusieran en peligro ni su poder en la oración ni el acuerdo necesario entre ellos para la súplica común. Una sola nota discordante puede impedir la armoniosa sinfonía de la oración unida y, en esa medida, estorbar que tal oración sea acepta delante de Dios.

Así informados e instruidos, estos abnegados colaboradores, junto con el amado fundador de la obra de los huérfanos, afrontaron la crisis con inteligencia. Si, cuando no había fondos, no debía haber apoyo en el hombre ni deuda alguna, y sin embargo no debía permitirse ninguna carencia, claramente el único recurso posible era esperar en el Dios invisible; y así, en estos apuros y en cada crisis posterior, acudieron solo a él. A los huérfanos mismos nunca se les dijo nada de necesidad alguna; en todos los casos se suplieron sus carencias, aunque ellos no sabían cómo. La tinaja de la harina podía estar vacía, pero siempre quedaba un puñado cuando hacía falta, y la vasija del aceite nunca se agotaba tanto que no quedaran unas gotas para humedecer el puñado de harina. El hambre y la sequía nunca alcanzaron al orfanato de Bristol: las provisiones podían llegar lentamente y solo para un día a la vez, pero de algún modo, cuando la necesidad apremiaba y ya no podía esperar, había lo suficiente, aunque apenas bastara para cubrir la falta.

Conviene añadir aquí, para completar esta parte del Relato, que en agosto de 1840 este círculo de oración se ensanchó todavía más al admitir a la intimidad de su comunión y súplica a los hermanos y hermanas que trabajaban en las escuelas diurnas, repitiéndoseles las mismas solemnes advertencias contra cualquier revelación a los de fuera de las crisis que pudieran surgir.

Dar a conocer la marcha de los asuntos a un grupo de colaboradores tanto mayor trajo en todos los sentidos una bendición más grande, y especialmente a los propios colaboradores. Así se suscitaron sus oraciones fervientes, llenas de fe e insistentes, y solo Dios sabe cuánto del consiguiente progreso de la obra se debió a su fe, a su súplica y a su abnegación. El conocimiento práctico de las urgencias de su experiencia común engendró un espíritu desinteresado que impulsó incontables actos de sacrificio heroico que no tienen registro humano ni historia escrita, y que solo podrán conocerse cuando las páginas del propio diario del Señor sean leídas ante un universo reunido, en el día en que las cosas ocultas salgan a la luz. Desde la partida del señor Müller se ha sabido qué parte tan grande de los donativos recibidos procedía de él; pero no hay manera de averiguar el importe total de las dádivas secretas de sus colaboradores en este sagrado círculo de oración.

Sabemos, sin embargo, que el señor Müller no fue el único dador abnegado, aunque quizá encabece la hueste. Sus verdaderos compañeros de yugo a menudo resolvieron la crisis con sus propias ofrendas, ¡que, aunque pequeñas, les costaban mucho! Como instrumentos, Dios los usó para aliviar la necesidad presente con sus dádivas, porque de la abundancia de su profunda pobreza abundaron las riquezas de su generosidad. El dinero que daban era a veces como las dos blancas de la viuda: todo su sustento; y no solo el último penique, sino adornos, joyas, recuerdos de familia, tesoros largamente guardados y queridos, como el frasco de alabastro con ungüento que se quebró a los pies de Jesús, fueron depositados sobre el altar de Dios como sacrificio voluntario. Daban todo lo que podían, y a menudo lo que mal podían dar, para que hubiera alimento en la casa de Dios y no faltara pan ni otras provisiones necesarias a sus pequeños. En un sentido sublime, esta obra no era solo del señor Müller, sino también de ellos, que con él tomaron parte en oraciones y lágrimas, en cuidados y fatigas, en renuncias y entregas de sí mismos, ¡por medio de las cuales quiso Dios llevar adelante sus planes para estos niños sin hogar! Fue al dar así como todos estos colaboradores hallaron también nuevo poder, seguridad y bendición en la oración; pues, como dijo uno de ellos, sentía que apenas sería «recto orar, a menos que diera lo que tenía».*

* Relato, 1: 246.

Los colaboradores, así admitidos a la confianza del señor Müller, entraron en una simpatía más activa con él y con la obra, y participaron cada vez más del mismo espíritu. Algunos casos y ejemplos de ello han quedado en su diario.

Un caballero y unas señoras que visitaban las casas de huérfanos vieron el gran número de pequeños que había que atender. Una de las señoras dijo a la directora de la Casa de los Niños: «Desde luego, ustedes no pueden sostener estas instituciones sin una buena reserva de fondos»; y el caballero añadió: «¿Tienen una buena reserva?». La serena respuesta fue: «Nuestros fondos están depositados en un banco que no puede quebrar». La respuesta arrancó lágrimas de los ojos de la señora, y un donativo de cinco libras del bolsillo del caballero, donativo de lo más oportuno, pues no había entonces ni un penique en caja.

Compañeros de labor como estos, que nada pedían para sí, sino que con alegría esperaban del Señor su propio sustento, y que se desprendían de buena gana de su dinero o de sus bienes en la hora de necesidad, llenaban de alabanza a Dios el corazón del señor Müller, y le sostuvieron las manos, como Aarón y Hur sostuvieron las de Moisés, hasta que se puso el sol de su vida. Durante todos los años de su dirección, ellos fueron el principal apoyo humano de su fe y de su valor. Se reunían con él en oración diaria, guardaron fielmente entre sí los secretos de la obra del Señor en las grandes pruebas de fe; y, cuando llegaba la hora del triunfo, consideraban a la vez deber y privilegio publicar su liberación en el informe anual, gloriarse en Dios, para que todos los hombres conocieran su amor y su fidelidad y le dieran la gloria.

De tiempo en tiempo, en relación con la administración de la obra, surgieron diversas cuestiones que tienen un alcance más amplio sobre todos los ámbitos del servicio cristiano, pues su solución entra en lo que podría llamarse la ética y la economía de la obra del Señor. Echemos una mirada a algunas de ellas.

Como el Señor los trataba día a día, parecía claro que debían vivir al día. No debía permitirse que se acumularan deudas, ni siquiera las que naturalmente surgirían de los suministros semanales ordinarios de pan, leche, etc. Por eso, desde mediados de septiembre de 1838, se determinó que todo artículo comprado se pagara en el acto.

Además, el alquiler vencía en cantidades fijas y en fechas fijas. Esta necesidad, por tanto, no era imprevista y, mirada desde cierto punto de vista, el alquiler se debía diaria o semanalmente, aunque se cobrara a intervalos más largos. Establecido el principio de no contraer deuda alguna, se consideró que implicaba apartar a diario, o al menos cada semana, la cantidad correspondiente al alquiler, aunque todavía no fuera pagadera. Desde entonces se adoptó esta regla, con el entendimiento de que el dinero así apartado quedaba consagrado a ese fin y no debía tocarse, ni siquiera temporalmente, para ningún otro.

A pesar de tal escrupulosidad y coherencia, la prueba de la fe y de la paciencia continuó. El dinero llegaba solo en pequeñas sumas, y apenas bastaba, con rigurosa economía, para cubrir las necesidades de cada día. El panorama era a menudo oscurísimo y la perspectiva de lo más amenazadora; pero ninguna necesidad real dejó jamás de ser suplida: y así la alabanza se mezclaba continuamente con la oración, y el incienso de la acción de gracias perfumaba la llama de la súplica. No podía dudarse del poder y del amor de Dios que intervenían; y, de hecho, causaban tanta más impresión como hechos incuestionables, porque la ayuda llegaba con mucha frecuencia en la hora del extremo, y en la forma o la cantidad exactas que se necesitaban. Antes de que la provisión se agotara por completo, llegaban nuevos suministros o el dinero con que comprarlos, de modo que estas muchas bocas siempre fueron alimentadas y estos muchos cuerpos siempre vestidos.

Vivir conforme a los principios establecidos no era posible sin una fe mantenida en ejercicio constante y vivo. Por ejemplo, en los últimos meses de 1838 Dios parecía someterlos a propósito a una prueba severa, para ver si de verdad confiaban solo en él. La obra de los huérfanos estaba en continuos apuros: a veces las directoras de las tres casas no tenían en sus manos ni medio penique. Pero no solo nunca se permitió que se filtrara el conocimiento de tales hechos, ni se dio jamás a los de fuera indicio alguno de la extrema necesidad, sino que ni siquiera se informaba a quienes preguntaban con intención de ayudar.

Una noche, un hermano se atrevió a preguntar cómo quedaría el saldo cuando se cerraran las próximas cuentas, y si sería tan favorable a los huérfanos como cuando se preparó el balance anterior. La respuesta serena pero evasiva del señor Müller fue: «Será tan grande como al Señor le plazca». No había en ello ninguna descortesía intencionada. Decir más habría sido apartarse del único Ayudador para hacer, al menos, una petición indirecta de ayuda al hombre; y se evitaba cuidadosamente toda trampa semejante, no fuera a perderse de vista el único gran propósito: probar a todos los hombres que es seguro confiar solo en el Dios vivo.

Aunque admite la severidad de los apuros a que a menudo se vio llevada toda la obra del Instituto de Conocimiento Bíblico, el señor Müller se esmera en asegurar a sus lectores que esos apuros nunca lo tomaron por sorpresa, y que sus expectativas en materia de fondos no quedaron defraudadas, sino más bien al contrario. Había esperado grandes emergencias, como algo esencial para su testimonio pleno de un Dios que oye la oración. La Mano todopoderosa nunca puede verse con claridad mientras se busca o se tiene a la vista alguna ayuda humana. Debemos apartarnos por completo de todo lo demás si hemos de volvernos plenamente al Dios vivo. La liberación es señalada solo en la medida en que el peligro es grave, y es más significativa cuando, sin Dios, nos enfrentamos a la desesperación absoluta. De ahí que el fin exacto para el cual se había emprendido principalmente toda la obra solo pudiera alcanzarse mediante tales condiciones de extremo y tales experiencias de intervención en el extremo.

Algunos que han conocido muy poco de la historia interior de la obra de los huérfanos han explicado, con mucha naturalidad, la regularidad de los suministros suponiendo que las declaraciones públicas hechas acerca de ella de palabra, y sobre todo por escrito en los informes anuales impresos, han constituido peticiones de ayuda. La incredulidad querría interpretar toda la acción de Dios, por maravillosa que sea, mediante «leyes naturales», y la mente carnal, negándose a ver en ninguna de las manifestaciones del poder de Dios una fuerza sobrenatural en acción, insiste en dar así una explicación que elimine todos los «milagros de la oración».

Sin duda, corazones humanitarios y compasivos se han conmovido profundamente ante las notables maneras en que Dios ha provisto día tras día para todos estos huérfanos, así como para las demás ramas de la obra del Instituto de Conocimiento Bíblico; y almas creyentes han sido atraídas a una simpatía amorosa y cordial con una obra así dirigida, y han llegado a ser sus colaboradoras. Es un hecho bien conocido que Dios ha usado estos informes anuales para producir precisamente tales resultados. Sin embargo, sigue siendo cierto que estos informes nunca se concibieron ni se publicaron como peticiones de ayuda, y que nunca se ha confiado en ellos para obtener un auxilio oportuno. Es también innegable que, por frecuente que fuera su publicación, amplia su circulación o grande su influencia, la regularidad y la abundancia con que se suplieron todas las necesidades tienen que explicarse de algún otro modo.

Con frecuencia, apenas unos días después de celebrarse reuniones públicas o de publicarse los informes impresos, los fondos caían a su nivel más bajo. El señor Müller y sus colaboradores fueron guardados de un modo singular de todo apoyo indebido en tales peticiones indirectas, y con frecuencia y de manera concreta pidieron a Dios que nunca se les dejara esperar la llegada de recursos por tales cauces. Por muchas razones se dieron a conocer los tratos del Señor con ellos, pero el objeto principal de tal publicidad fue siempre un testimonio de la fidelidad de Dios. El señor Müller mantuvo siempre en primer lugar este gran objeto, esperando y orando que, mediante tales registros y revelaciones de la fidelidad de Dios a sus promesas, y del modo en que él suplía cada nueva necesidad, su siervo pudiera despertar, avivar y estimular la fe en él como el Dios vivo. Basta leer estos informes para notar la llamativa ausencia de toda petición de ayuda humana, o de todo intento de excitar lástima, simpatía y compasión hacia los huérfanos. El tema de cada informe es mover al lector a aventurarse por completo en Dios, a gustar y ver que el Señor es bueno, y a comprobar por sí mismo cuán bienaventurados son todos los que en él confían. Solo a la luz de este propósito supremo pueden leerse con inteligencia y comprensión estos registros de una vida de fe.

De nuevo la debilidad física, en el otoño de 1839, le obligó a descansar por un tiempo de la labor activa, y el señor Müller fue a Trowbridge y Exeter, Teignmouth y Plymouth. Dios tenía para él preciosas lecciones que podía enseñarle mejor en la escuela de la aflicción.

Estando en Plymouth, el señor Müller sintió de nuevo el impulso de madrugar con fines de comunión devocional. En Halle había sido madrugador, movido por el afán de sobresalir en el estudio. Después, cuando su cabeza débil y sus nervios frágiles parecían requerir más sueño, juzgó que, aunque se levantara tarde, el día sería bastante largo para agotar su escaso caudal de fuerzas; y así, a menudo se quedaba en cama hasta las seis o incluso las siete, en vez de levantarse a las cuatro; y después de la comida dormía un cuarto de hora. Sin embargo, poco a poco se fue convenciendo de que perdía vigor espiritual y de que la salud de su alma declinaba bajo este nuevo régimen. El trabajo le apremiaba ahora tanto que le impedía leer debidamente la Palabra y le robaba el tiempo para la oración en secreto.

Un «comentario casual» —¡no hay casualidad en la vida de un creyente!—, hecho por el hermano en cuya casa se hospedaba en Plymouth, le impresionó mucho. Refiriéndose a los sacrificios de Levítico, dijo que, así como los desechos de los animales nunca se ofrecían sobre el altar, sino solo las mejores partes y la grosura, así lo más escogido de nuestro tiempo y de nuestras fuerzas, las mejores horas del día, debían darse especialmente al Señor en adoración y comunión. George Müller meditó mucho en esto, y decidió, aun a riesgo de dañar su salud física, que ya no pasaría en la cama sus mejores horas. Desde entonces solo se permitió siete horas de sueño y renunció a su descanso después de la comida. Esta vuelta al madrugar le aseguró largos ratos de entrevista ininterrumpida con Dios, en oración y meditación de las Escrituras, antes del desayuno y de las diversas e inevitables interrupciones que venían después. Se encontró no peor, sino mejor, físicamente, y se convenció de que haber seguido más tiempo en cama, como antes, habría mantenido débiles sus nervios; y, en cuanto a la vida espiritual, le vinieron tal vitalidad y tal vigor nuevos de esperar así en Dios mientras otros dormían, que siguió siendo el hábito del resto de su vida.

En noviembre de 1839, cuando las necesidades eran de nuevo grandes y las provisiones muy escasas, fue guardado en paz: «No miraba —dice— lo poco que había en caja, sino la plenitud de Dios».

Tenía por regla despojarse de todo lo que poseía, a fin de tener mayor confianza para pedir ayuda de lo alto. Se vendían todos los artículos innecesarios, si se encontraba comprador. Pero lo que era útil en la obra del Señor no lo consideraba innecesario, ni creía correcto venderlo, puesto que el Padre conocía la necesidad. Uno de sus compañeros de labor había ofrecido su valioso reloj como garantía de que se repondría el dinero apartado para el alquiler pero tomado de momento; sin embargo, ni siquiera este plan se consideró conforme a las Escrituras, pues el reloj podía contarse entre los artículos necesarios y útiles en el servicio del Señor y, si se abandonaban por completo tales expedientes, la liberación se manifestaría más claramente como obra del Señor. Y así, uno por uno, se dejaron de lado todos los recursos que pudieran poner en peligro la plena confianza y la dependencia exclusiva del único Ayudador.

Cuando la pobreza de sus recursos parecía más apremiante, el señor Müller se consolaba todavía con la prueba diaria de que Dios no los había olvidado, y de que día tras día los alimentaría con «el pan necesario». A menudo se decía: si hasta es un proverbio del mundo que «la necesidad del hombre es la oportunidad de Dios», ¡cuánto más pueden los amados hijos de Dios, en su gran necesidad, esperar de él que haga de su extremo el momento oportuno para mostrar su amor y su poder!

En febrero de 1840, un nuevo quebranto de salud, unido a una misión en Alemania, llevó al señor Müller al continente durante cinco semanas. En Heimersleben, donde encontró a su padre debilitado por una tos grave, las dos habitaciones en que pasaba más tiempo orando, leyendo la Palabra y confesando al Señor eran las mismas en que, casi veinte años antes, había pasado la mayor parte del tiempo como pecador no reconciliado con Dios ni con los hombres. Más tarde, en Wolfenbuttel, vio la posada de la que en 1821 había huido dejando deudas. Al despedirse una vez más de su padre, le traspasó una viva angustia, temiendo que fuera su último adiós; y su padre mostraba ahora una ternura y un afecto inusuales, y él anhelaba cada vez más saberlo a salvo en el Señor Jesús, sin depender ya de una religiosidad externa y formal, ni sustituir la conformidad interior con Cristo por la lectura de oraciones y de las Escrituras. Esta resultó la última entrevista, pues el padre murió el 30 de marzo de ese mismo año.

El propósito principal de este viaje a Alemania era enviar más misioneros a Oriente. En Sandersleben, el señor Müller se encontró con su amigo el señor Stahlschmidt, y halló un pequeño grupo de discípulos que se reunían en secreto para eludir a la policía. Quienes siempre han respirado la atmósfera de la libertad religiosa saben poco de una intolerancia como la que, en aquella tierra nominalmente cristiana, sofocaba toda libertad de culto. Once años antes, cuando el criado del señor Stahlschmidt había llegado a ese lugar, apenas había encontrado un verdadero discípulo además de su amo. Las primeras reuniones habían sido literalmente de solo dos o tres; y, cuando habían crecido un poco, el señor Kroll fue citado ante los magistrados y, como los apóstoles en los primeros días de la iglesia, se le prohibió hablar en su nombre. Pero, de nuevo como aquellos mismos discípulos primitivos, convencidos de que debían obedecer a Dios antes que a los hombres, el grupo de creyentes había seguido reuniéndose, a pesar de las redadas policiales, tan perturbadoras, y de las multas del gobierno, tan gravosas. Sin embargo, sus asambleas eran tan secretas que no tenían ni lugar fijo ni hora regular.

George Müller halló a estos creyentes perseguidos reunidos en el cuarto de un humilde tejedor donde no había más que una silla. Los veinticinco o treinta presentes se acomodaban como podían, sentados o de pie, dentro y alrededor del telar, que por sí solo ocupaba la mitad del espacio.

En Halberstadt, el señor Müller halló siete grandes iglesias protestantes sin un solo clérigo que diera muestras de verdadera conversión, y a los pocos discípulos genuinos que había allí también se les prohibía reunirse.

Pocos días después de regresar a Bristol de sus pocas semanas en Alemania, y en un momento de gran apuro económico en la obra, le llegó la siguiente carta de un hermano que ya había dado dinero muchas veces:

«¿Tiene usted alguna necesidad presente para la Institución a su cargo? Sé que usted no pide, salvo, desde luego, a aquel cuya obra está haciendo; pero responder cuando se le pregunta parece otra cosa, y una cosa correcta. Tengo una razón para desear conocer el estado actual de sus recursos para los fines a los que se dedica: a saber, que si usted no tiene necesidad, otros ramos de la obra del Señor, u otras personas del Señor, pueden tenerla. Le ruego, pues, que me informe, y por qué cantidad, es decir, qué cantidad necesita en este momento o puede emplear provechosamente».

Para la mayoría de los hombres, aun para quienes llevan adelante una obra de fe y oración, semejante carta habría sido al menos una tentación. Pero el señor Müller no vaciló. Dar a conocer, aun a quien lo preguntaba, las necesidades exactas de la obra implicaría, en su opinión, dos riesgos serios:

1. Apartaría sus propios ojos de Dios para ponerlos en el hombre;

2. Apartaría la mente de los santos de la dependencia exclusiva de él.

Este hombre de Dios lo había apostado todo a un gran experimento: se había propuesto probar que la oración que acude solo a Dios traerá ayuda en toda crisis, aun cuando la crisis sea desconocida para el pueblo suyo del que él se sirve como medio de alivio y de ayuda.

En aquel momento no quedaban en caja más que veintisiete peniques y medio en total para cubrir las necesidades de cientos de huérfanos. Con todo, esta fue la respuesta a la carta:

«Le agradezco su amor, y estoy de acuerdo con usted en que, en general, hay diferencia entre pedir dinero y responder cuando se le pregunta; no obstante, en nuestro caso no me siento en libertad de hablar del estado de nuestros fondos, pues el objeto principal de la obra que tengo en mis manos es llevar a los débiles en la fe a ver que hay realidad en tratar con Dios solo».

Sin embargo, en coherencia con su posición, apenas echó la respuesta al correo, la súplica subió al Dios vivo: «Señor, tú sabes que, por amor de ti, no le hablé a este hermano de nuestra necesidad. Ahora, Señor, muestra de nuevo que hay realidad en hablarte solo a ti de nuestra necesidad, y habla, pues, a este hermano, para que nos ayude». En respuesta, Dios movió a este hermano que había preguntado a enviar cien libras, que llegaron cuando no había ni un penique en caja.

La confianza de la fe, largamente probada, recibió una recompensa creciente y se fortaleció con la experiencia. En julio de 1845, el señor Müller dio este testimonio, repasando aquellos mismos años de prueba:

«Aunque durante unos siete años nuestros fondos han estado tan agotados que ha sido relativamente raro que hubiera en mano recursos para cubrir las necesidades de los huérfanos durante tres días seguidos, solo una vez he sido probado en espíritu, y fue el 18 de septiembre de 1838, cuando por primera vez el Señor pareció no atender nuestra oración. Pero cuando él envió ayuda en aquella ocasión, y vi que habíamos sido llevados tan bajo solo para la prueba de nuestra fe, y no porque él hubiera abandonado la obra, mi alma quedó tan fortalecida y animada que desde entonces no solo no se me ha permitido desconfiar del Señor, sino que ni siquiera me he abatido en la más profunda pobreza».

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