George Müller de Bristol
La palabra de Dios y la oración

Capítulo 12 · 27 min de lectura · 34 min de escucha

La palabra de Dios y la oración

EL HÁBITO a la vez muestra y forma al hombre, pues es al mismo tiempo histórico y profético: el espejo del hombre tal como es y el molde del hombre tal como ha de ser. Por eso, en este punto conviene prestar especial atención a los dos hábitos destacados que tuvieron que ver principalmente con el hombre que estamos estudiando.

A comienzos del año 1838 empezó a leer aquella tercera biografía que, junto con las de Francke y John Newton, tuvo una influencia tan singular en su propia vida: la Vida de George Whitefield, de Philip. La historia de la vida del amigo de los huérfanos había dado el impulso primero a su obra; la historia de la vida del blasfemo convertido le había sugerido su relato de los tratos del Señor; y ahora la historia de la vida del gran evangelista fue bendecida por Dios para moldear su carácter en general y dar nuevo poder a su predicación y a su ministerio más amplio a las almas. Estas tres biografías juntas probablemente influyeron en toda la vida interior y exterior de George Müller más que cualquier otro libro, excepto el Libro de Dios, y Dios las dispuso sabiamente para que obraran juntas hacia tan bendito resultado. El ejemplo de Francke lo movió a la fe en la oración y a una obra cuya única dependencia estaba en Dios. El testimonio de Newton acerca de la gracia lo llevó a dar testimonio del mismo amor y la misma misericordia soberanos, tal como se veían en su propio caso. La experiencia de Whitefield lo inspiró a una mayor fidelidad y seriedad en la predicación de la Palabra, y a una mayor confianza en el poder del Espíritu que unge.

Sobre todo quedó grabada profundamente en la mente y el corazón del señor Müller esta impresión: que el éxito sin igual de Whitefield en las labores de evangelización se debía claramente a dos causas, de las que no podía separarse, como efecto directo que era de ellas; a saber, su extraordinaria dedicación a la oración y su hábito de leer la Biblia de rodillas.

El gran evangelista del siglo pasado había aprendido aquella primera lección del servicio: su propia nada y su total impotencia; que él no era nada y nada podía hacer sin Dios. No podía entender la Palabra por sí mismo, ni traducirla a su propia vida, ni aplicarla con poder a otros, a menos que el Espíritu Santo llegara a ser para él tanto discernimiento como unción. De ahí su éxito: estaba lleno del Espíritu, y solo esto explica tanto la calidad como la cantidad de sus labores. Murió en 1770, a los cincuenta y seis años de edad, habiendo predicado su primer sermón en Gloucester en 1736. Durante esos treinta y cuatro años sus labores habían sido incesantes e infatigables. En sus viajes por América predicó ciento setenta y cinco veces en setenta y cinco días, además de recorrer, en los lentos vehículos de aquellos tiempos, más de ochocientas millas. Cuando su salud decayó y lo pusieron a «ración reducida», aun esta consistía en un sermón cada día laborable y tres el domingo. Había, además, en su predicación un encanto indefinible que mantenía casi sin aliento a treinta mil oyentes en el Boston Common y hacía correr las lágrimas por los rostros tiznados de hollín de los mineros de Kingswood.

La pasión del alma de George Müller era conocer plenamente los secretos de prevalecer con Dios y con los hombres. La vida de George Whitefield le hizo comprender a fondo la verdad de que solo Dios podía crear en él una santa seriedad para ganar almas y capacitarlo para semejante obra divina, impartiéndole una compasión por los perdidos que llegara a ser una pasión absorbente por su salvación. Y —obsérvese esto con cuidado como otro secreto de esta vida de servicio— comenzó él mismo a leer la palabra de Dios de rodillas, y a menudo encontró durante horas gran bendición en tal meditación y oración sobre un solo salmo o capítulo.

Detengámonos aquí a preguntar qué provecho puede haber en leer y escudriñar así las Escrituras con espíritu de oración, en la actitud misma de la oración. Habiéndolo probado nosotros mismos, podemos añadir nuestro humilde testimonio de su valor.

Ante todo, este hábito es un recordatorio y un reconocimiento constantes de la necesidad de enseñanza espiritual para entender los santos Oráculos. Ningún lector de la palabra de Dios puede inclinarse así ante Dios y ante su libro abierto sin sentir una nueva reverencia por las Escrituras y una dependencia de su Autor para penetrar en sus misterios. La actitud de adoración sugiere naturalmente sobriedad y profunda seriedad, y destierra la frivolidad. Tratar ese Libro con ligereza o irreverencia sería doblemente profano cuando uno está en postura de oración.

Además, tal hábito conduce naturalmente a examinarse a sí mismo y a comparar la vida real con el ejemplo y el modelo que muestra la Palabra. El precepto obliga a que la práctica se vea a la luz de su enseñanza; el mandamiento emplaza a la conducta a comparecer para ser examinada. La oración, hablada o no, será inevitablemente:

«Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno» (Salmo 139:23, 24.)

Las palabras leídas así con reverencia se traducirán en la vida y moldearán el carácter a la imagen de Dios. «Nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor.»*

* 2 Corintios 3:18.

Pero quizá la mayor ventaja sea que las Santas Escrituras sugerirán así las palabras mismas que se convierten en el lenguaje de la oración. «Qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos»: ni qué pedir ni cómo pedirlo. Pero aquí está la expresión inspirada del Espíritu mismo, y, si la oración se moldea según el modelo de su enseñanza, ¿cómo podremos extraviarnos? Aquí está nuestra liturgia y nuestra letanía dadas por Dios: un libro de oración divino. Tenemos aquí las promesas, los preceptos, las advertencias y los consejos de Dios, por no hablar de todas las oraciones literales inspiradas por el Espíritu que contiene; y, al reflexionar sobre ellos, nuestras oraciones toman su forma en este molde. Convertimos el precepto y la promesa, la advertencia y el consejo en súplica, con la seguridad de que no podemos estar pidiendo nada que no sea conforme a su voluntad,* pues ¿no estamos convirtiendo su propia palabra en oración?

* 1 Juan 5:13.

Así lo comprobó el señor Müller. Meditando en Hebreos 13:8, «Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos», y traduciéndolo en oración, rogó a Dios, con la confianza de que la oración ya estaba concedida, que, así como Jesús en su amor y su poder había suplido ya todo lo necesario, con el mismo amor y poder inmutables siguiera proveyendo. Y así una promesa se convirtió no solo en una oración, sino en una profecía —una seguridad de bendición—, y un río de gozo inundó en seguida su alma y corrió a través de ella.

El hábito de orar de rodillas, con la Palabra abierta delante del discípulo, tiene así una ventaja difícil de expresar con palabras: proporciona un canal sagrado para acercarse a Dios. Las Escrituras inspiradas son el vehículo del Espíritu para comunicarnos el conocimiento de la voluntad de Dios. Si pensamos en Dios por un lado y en el hombre por otro, la palabra de Dios es el medio por el cual Dios transmite al hombre su propia mente y su propio corazón. Por eso se convierte en un canal por el cual Dios se acerca a nosotros, un canal preparado por el Espíritu con ese fin, y como tal indeciblemente sagrado. Por tanto, cuando el creyente usa la palabra de Dios como guía para determinar tanto el espíritu como el lenguaje de su oración, invierte el proceso de la revelación divina y usa el canal por el que Dios se acerca a él como canal para acercarse él a Dios. ¿Cómo puede tal uso de la palabra de Dios dejar de ayudar y fortalecer la vida espiritual? ¿Qué medio o canal de acercamiento podría asegurar tanto al alma que ora una disposición aceptable y un lenguaje enseñado por el Espíritu Santo? Si lo primero no es orar sino escuchar, esto es sin duda escuchar a Dios para que nos hable, a fin de que sepamos cómo hablarle a él.

Fueron hábitos de vida como estos, y no sentimientos impulsivos ni estados de ánimo pasajeros, los que hicieron de este hombre de Dios lo que fue y lo fortalecieron para alzar sus manos en el nombre de Dios, seguir de cerca en pos de él y alegrarse en él.* Aun su penosa aflicción, vista a la luz de tal oración —una oración iluminada a su vez por la palabra de Dios—, se volvió radiante; y su alma fue llevada a un estado en que se deleitaba tanto en la voluntad de Dios que podía decir de corazón que no quería que se le quitara su enfermedad hasta que Dios hubiera obrado por medio de ella la bendición que estaba destinada a traer. Y cuando su aceptación de la voluntad de Dios llegó a ser así completa, sintió instintivamente que pronto le sería devuelta la salud.

* Salmo 63:4, 8, 11.

Más tarde, leyendo Proverbios 3:5-12, le impresionaron las palabras: «Ni te fatigues de su corrección.» Sintió que, aunque no se le había permitido «menospreciar el castigo del Señor», a veces había estado algo «fatigado de su corrección», y elevó la oración de poder soportarla con tanta paciencia que ni desmayara ni se fatigara bajo ella, hasta que se cumpliera su pleno propósito.

Frecuentes fueron los ejemplos de este hábito de convertir las promesas en oraciones, aplicando inmediatamente la verdad que así se le descubría. Por ejemplo, después de una prolongada meditación sobre el primer versículo del Salmo 65, «Oh tú, que oyes la oración», pidió en seguida y dejó por escrito ciertas peticiones definidas. Esto de poner por escrito peticiones concretas para referencia permanente tiene una influencia bendita sobre el hábito de la oración. Asegura una forma práctica y exacta a nuestras súplicas, imprime en la mente y en la memoria lo que así se pide a Dios, y conduce naturalmente a registrar las respuestas cuando llegan, de modo que acumulamos en nuestra propia experiencia pruebas de que Dios es para nosotros personalmente un Dios que oye la oración, con lo cual se reprende la incredulidad y se alienta la insistencia.

En esta ocasión deja constancia de ocho peticiones concretas, junto con la solemne convicción de que, habiendo pedido conforme a la palabra y la voluntad de Dios, y en el nombre de Jesús, tiene confianza en él de que él lo oye y de que tiene las peticiones que así le ha hecho.* Escribe:

* 1 Juan 5:13.

«Creo que me ha oído. Creo que él hará manifiesto a su debido tiempo que me ha oído; y he puesto por escrito estas peticiones mías este día catorce de enero de 1838, para que, cuando Dios las haya respondido, él reciba por ello gloria para su nombre.»

El lector reflexivo no puede dejar de ver en todo esto a un hombre de fe débil que alimenta y nutre su confianza en Dios para que su fe se haga fuerte. Usa la promesa de un Dios que oye la oración como un bastón en que apoyar su consciente flaqueza, para poder descansar con todo su peso sobre la Palabra firme que no puede fallar. Registra el día en que toma así en la mano ese bastón, y las peticiones mismas que son las cargas que procura depositar en Dios, para que su acto de encomendarse sea más completo y definitivo. ¿Podría Dios jamás deshonrar semejante confianza?

Fue en esta devota lectura de rodillas cuando toda su alma se conmovió profundamente por primera vez con aquella frase:

«PADRE DE LOS HUÉRFANOS.» (Salmo 68:5.)

Vio que este era uno de aquellos «nombres» de Jehová que él revela a su pueblo para llevarlo a confiar en él, como está escrito en el Salmo 9:10:

«En ti confiarán los que conocen tu nombre.»

Estas pocas palabras del salmo sesenta y ocho se convirtieron en otro de los textos de su vida, una de las piedras fundamentales de toda su obra en favor de los huérfanos. Estas son sus propias palabras:

«Con la ayuda de Dios, este será mi argumento delante de él respecto a los huérfanos en la hora de necesidad. Él es su Padre y, por tanto, se ha comprometido, por así decirlo, a proveer para ellos; y yo solo tengo que recordarle la necesidad de estos pobres niños para que sea suplida.»

Esto es traducir las promesas de la palabra de Dios no solo en oración, sino en vida, en acción, en servicio. ¡Bendita fue la hora en que el señor Müller aprendió que uno de los nombres escogidos de Dios es «Padre de los huérfanos»!

Sostener tales cargas habría sido del todo imposible sin la fe en un Dios así. A los comentarios, repetidos una y otra vez, de visitantes y observadores que no podían entender el secreto de su paz, ni cómo un hombre que tenía tantos niños que vestir y alimentar podía llevar tan abrumadoras cargas de preocupación, daba siempre la misma respuesta: «Por la gracia de Dios, esto no es para mí motivo de ansiedad. Hace años que eché a estos niños sobre el Señor. Toda la obra es suya, y a mí me corresponde estar sin afán. Sean cuales fueren los puntos en que fallo, en este punto puedo, por la gracia de Dios, echar la carga sobre mi Padre celestial.»*

* Diario 1:285

En decenas de miles de casos este título peculiar de Dios, escogido por él mismo y declarado por él mismo, llegó a ser para el señor Müller una revelación peculiar de Dios, adecuada a su necesidad especial. Las inferencias naturales que se desprendían de tal título se convirtieron en poderosos argumentos en la oración y en reproches contra toda incredulidad. Así, al comienzo de su obra con los huérfanos, la palabra de Dios puso bajo sus pies una base de roca: la confianza de que podía fiarse del Padre todopoderoso para sostener la obra. Y, a medida que las preocupaciones de la obra pesaban cada vez más sobre él, echaba las cargas que no podía llevar sobre Aquel que, antes de que George Müller naciera, ya era el Padre de los huérfanos.

Por este tiempo encontramos otras señales del conflicto que se libraba en la propia alma del señor Müller. No podía cerrar los ojos a la falta de seriedad en la oración y de fervor de espíritu que a veces parecía robarle tanto la paz como el poder. Y notamos su experiencia, común a tantos santos, de la paradoja de la vida espiritual. Veía que «tal fervor de espíritu es enteramente un don de Dios», y sin embargo añade: «Tengo que atribuirme a mí mismo su pérdida». No llevó la soberanía divina hasta un fatalismo ciego, como hacen tantos. Veía que Dios ha de ser soberano en sus dones y, sin embargo, el hombre ha de ser libre para recibirlos o rechazarlos. Admitía el misterio sin intentar conciliar la aparente contradicción. Confiesa también que el mismo libro, la Vida de Whitefield de Philip, que Dios había usado para encender fuegos tan nuevos en el altar de su corazón, también lo había usado Satanás para tentarlo a descuidar, por causa de él, el estudio sistemático del mayor de los libros.

Así, a cada paso, la vida de George Müller está llena de estímulo y de amonestación para sus condiscípulos. Estando fuera de Bristol, escribió en febrero de 1838 una tierna carta a los santos de allí, que es otra revelación del corazón de este hombre. Menciona con gratitud las misericordias de Dios para con él, en particular su mansedumbre, su longanimidad y su fidelidad, y las lecciones que le enseñó por medio de la aflicción. La carta deja claro que en la copa del sufrimiento se mezcla mucha dulzura, y que no apreciamos debidamente nuestros privilegios hasta que por un tiempo nos vemos privados de ellos. Menciona en particular cómo la oración secreta, aun cuando la lectura, la conversación o la oración con otros le resultaban una carga, siempre le traía alivio a la cabeza. La conversación con el Padre era en todo tiempo una fuente indispensable de refrigerio y bendición. Como dice J. Hudson Taylor: «Satanás, el Estorbador, puede levantar una barrera a nuestro alrededor, pero nunca puede cerrarnos el techo de modo que no podamos mirar hacia arriba.» El señor Müller da también una indicación valiosa que ya ha sido de provecho para muchos santos afligidos: que descubrió que podía ayudar con la oración a pelear las batallas del Señor aun cuando no podía hacerlo con la predicación. Después de una breve visita a Alemania, en parte en busca de salud y en parte con fines misioneros, y después de más de veintidós semanas de retiro de sus deberes públicos ordinarios, su cabeza estaba mucho mejor, pero su salud mental solo le permitía unas tres horas de trabajo diario. Mientras estaba en Alemania había vuelto a ver a su padre y a su hermano mayor, y les había hablado de su salvación. A su padre sus palabras parecieron traerle bendición, pues al menos parecía sentir su falta de la única cosa necesaria. La separación de él fue tanto más dolorosa cuanto que había muy poca esperanza de que volvieran a verse en la tierra.

En mayo volvió a tomar parte en los cultos públicos de Bristol, habiendo transcurrido un período de seis meses desde la última vez que lo había hecho. Su cabeza seguía débil, pero no parecía haber pérdida de facultades mentales.

Unos tres meses después de su estancia en Alemania se recogió parte del fruto de su visita, pues doce hermanos y tres hermanas zarparon hacia las Indias Orientales.

El 13 de junio de 1838 la señora Müller dio a luz un niño muerto —otra decepción para los padres—, y durante más de quince días su vida estuvo en la balanza. Pero una vez más la oración prevaleció en su favor, y sus días fueron prolongados.

Un mes más tarde otra prueba de fe los aguardaba en la obra de los huérfanos. Un año antes había en mano setecientas ochenta libras; ahora esa suma se había reducido a la trigésima novena parte de aquella cantidad: veinte libras. El señor y la señora Müller, con el señor Craik y otro hermano relacionado con la Casa de Huérfanos de Varones, eran las únicas cuatro personas a quienes se permitía conocer el bajo estado de los fondos; y se entregaron juntos a la oración. Y obsérvese con cuidado que el señor Müller atestigua que su propia fe se mantuvo aún más fuerte que cuando había en mano la suma mayor un año antes; y esta fe no era mera fantasía, pues, aunque los recursos eran tan escasos y pronto se necesitarían treinta libras, se avisó a siete niños más que podían ingresar, ¡y además se proponía anunciar que se estaba dispuesto a recibir a otros cinco!

La hora de la prueba había llegado, pero no había pasado. Menos de dos meses después los fondos bajaron tanto que era necesario que el Señor diera día a día y casi hora a hora si se había de atender a las necesidades. En respuesta a la oración pidiendo ayuda, Dios parecía decir: «Aún no ha venido mi hora». Pronto se necesitarían muchas libras, para las que no había en mano ni un penique. Cuando un día entraron algo más de cuatro libras, al señor Müller se le ocurrió: «¿Por qué no apartar tres libras para la necesidad que viene?» Pero inmediatamente recordó que está escrito: «BASTA A CADA DÍA SU PROPIO MAL.»* Sin vacilar se echó sobre Dios y pagó toda la cantidad en salarios que entonces se debían, quedándose de nuevo sin un penique.

* Mateo 6:34.

Por este tiempo el señor Craik fue guiado a leer un sermón sobre Abraham, basado en Génesis 12, en el que destacaba dos hechos: primero, que mientras actuó por fe y anduvo en la voluntad de Dios, todo le fue bien; pero, segundo, que en la medida en que desconfió del Señor y le desobedeció, todo terminó en fracaso. El señor Müller oyó este sermón y se lo aplicó concienzudamente a sí mismo. Sacó dos conclusiones sumamente prácticas, que tuvo abundantes ocasiones de poner en práctica:

Primero, que no debía tomar atajos ni caminos propios para librarse de una crisis;

Y, segundo, que en la medida en que se le había permitido honrar a Dios y dar alguna gloria a su nombre confiando en él, corría el peligro de deshonrarlo.

Habiéndole enseñado estas benditas verdades, el Señor lo probó para ver hasta qué punto se aventuraría a apoyarse en ellas. Mientras se hallaba en tan penosa necesidad de dinero para la obra de los huérfanos, tenía en el banco unas doscientas veinte libras que se le habían confiado para otros fines. Podía usar este dinero, al menos por el momento, y aliviar así la angustia presente. La tentación de hacerlo era tanto más fuerte cuanto que conocía a los donantes y sabía que eran generosos sostenedores de los huérfanos; ¡y le bastaba con explicarles el aprieto en que se hallaba para que consintieran gustosos en cualquier aplicación de su donativo que él considerara mejor! La mayoría de los hombres habría cortado sin vacilar ese nudo gordiano de perplejidad.

No así George Müller. Vio en seguida que esto sería buscar una salida propia de la dificultad, en lugar de esperar en el Señor la liberación. Además, vio también que sería formar el hábito de confiar en tales recursos propios, lo que en otras pruebas lo llevaría a un proceder semejante y así estorbaría el crecimiento de la fe. Usamos aquí la cursiva porque aquí se revela una de las pruebas con que fue probado este hombre de fe; y vemos cómo se mantuvo coherente y perseverante en el único gran propósito de su vida: demostrar a todos los hombres que descansar solamente en la promesa de un Dios fiel es el único camino para conocer por uno mismo, y demostrar a otros, su fidelidad.

En esta hora de necesidad —modelo de muchas otras—, este hombre, que había resuelto arriesgarlo todo en la palabra de promesa de Dios, se apartó de los artificios dudosos y de los métodos cuestionables de alivio para suplicar a Dios. Y bien vale la pena notar su manera de suplicar. Usaba el argumento en la oración, y en esta ocasión acumula once razones por las que Dios debía enviar ayuda y la enviaría.

Este método del santo argumento —presentar ordenadamente nuestra causa delante de Dios, como un abogado defendería un caso ante un juez— no solo es casi un arte perdido, sino que a muchos les parece realmente casi pueril. Y sin embargo se enseña y se ejemplifica abundantemente en la Escritura. Abraham, en su súplica por Sodoma, es el primer gran ejemplo de ello. Moisés sobresalió en este arte, intercediendo en muchas crisis en favor del pueblo con consumada habilidad, desplegando argumentos como un general en jefe despliega batallones. Elías en el Carmelo es un ejemplo sorprendente de poder en este alegato especial. ¡Qué santo celo y qué santo ardor por Dios! Es probable que, si tuviéramos registros más completos, descubriríamos que todos los que han suplicado a Dios, como Noé, Job, Samuel, David, Daniel, Jeremías, Pablo y Santiago, usaron el mismo método.

Por supuesto, Dios no necesita ser convencido: ningún argumento puede hacerle más claros los derechos que tienen las almas que confían en él a su intervención, derechos fundados en su propia palabra y confirmados por su juramento. Y sin embargo él quiere que se le consulte y se razone con él. Esa es su manera de bendecir. Le gusta que le presentemos nuestra causa y sus propias promesas: se deleita en el alegato bien ordenado, donde se acumula argumento sobre argumento. Mira cómo el Señor Jesucristo elogió el argumento persistente de la mujer cananea, que con el ingenio de la insistencia convirtió realmente la objeción de él en una razón. Él dijo: «No está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos.»* «Sí, Señor —respondió ella—; pero los perrillos que están debajo de la mesa de sus amos comen de las migajas que caen de la boca de los hijos.» ¡Qué triunfo de la argumentación! ¡Tomar al Maestro mismo por sus palabras, como él quería que lo hiciera, y convertir su aparente razón para no concederle lo que pedía en una razón para concedérselo! «Oh mujer —dijo él—, ¡grande es tu fe! Hágase contigo como quieres»; con lo cual, como dijo Lutero, «le soltó las riendas sobre el cuello».

* Cf. Mateo 7:6; 15:26, 27. No κυνις, sino κυναριοις, el diminutivo que designa a los perritos falderos.

Este caso es único en la palabra de Dios, y es este uso del argumento en la oración lo que le da esa grandeza solitaria. Solo otro caso se le asemeja en algo: el del centurión de Capernaúm,* quien, cuando nuestro Señor prometió ir a sanar a su siervo, argumentó que no era necesario que viniera, pues bastaba con que dijera la palabra sanadora. Y observa la base de su argumento: si él, un comandante que ejercía autoridad y a la vez se sometía a una autoridad superior, obedecía la palabra de su superior y exigía obediencia a su subordinado, ¡cuánto más podría el Gran Sanador, en su ausencia, con una palabra de mando, ejercer el Poder sanador que en su presencia obedecía a su voluntad! También de él dijo nuestro Señor: «¡Ni aun en Israel he hallado tanta fe!»

* Mateo 8:8.

Hemos de argumentar nuestra causa ante Dios, no ciertamente para convencerlo a él, sino para convencernos a nosotros mismos. Al probarle que, por su propia palabra, su juramento y su carácter, se ha obligado a intervenir, demostramos a nuestra propia fe que él nos ha dado el derecho de pedir y reclamar, y que responderá a nuestra súplica porque no puede negarse a sí mismo.

Hay dos toques singularmente hermosos del Espíritu Santo en los que se expone al lector reflexivo este derecho a presentar argumentos ordenados delante de Dios. En Miqueas 7:20 leemos:

«Otorgarás a Jacob la verdad, y a Abraham la misericordia, que tú juraste a nuestros padres desde tiempos antiguos.»

Observa el avance del pensamiento. Lo que fue misericordia para Abraham fue verdad para Jacob. Dios no tenía ninguna obligación de extender las bendiciones del pacto; por eso para Abraham fue un simple acto de pura misericordia; pero, habiéndose sometido así a vínculos voluntarios, Jacob podía reclamar como verdad lo que para Abraham había sido misericordia. Así también en 1 Juan 1:9:

«Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.»

Claramente, el perdón y la limpieza no son en su origen asuntos de fidelidad y de justicia, sino de misericordia y de gracia. Pero, una vez que Dios se comprometió así a perdonar y limpiar al pecador arrepentido que confiesa y se aparta de sus pecados,* lo que en su origen era gracia y misericordia se convierte en fidelidad y justicia; pues Dios se debe a sí mismo y a su criatura mantenerse fiel a su propia promesa y cumplir la legítima expectativa que su propia promesa misericordiosa ha creado.

* Proverbios 28:13.

Así tenemos no solo ejemplos de argumento en la oración, sino concesiones del Dios vivo mismo, de que, cuando tenemos su palabra que alegar, podemos reclamar el cumplimiento de su promesa, no solo sobre la base de su misericordia, sino de su verdad, su fidelidad y su justicia. De ahí la «santa osadía con que se nos manda presentar nuestra súplica ante el trono de la gracia. Dios debe a su fidelidad hacer lo que ha prometido, y a su justicia no exigir del pecador un castigo que ya llevó en su lugar su propio Hijo.

Quizá ningún hombre de su generación haya estado más acostumbrado a suplicar así a Dios, a la manera del santo argumento, que aquel cuya memoria estamos escribiendo ahora. Fue uno de los pocos escogidos a quienes se ha concedido revivir y restaurar este arte perdido de suplicar a Dios. ¡Y si todos los discípulos pudieran aprender la bendita lección, qué época de renacimiento de la fe vendría a la iglesia de Dios!

George Müller atesoraba razones para la intervención de Dios. A medida que encontraba promesas, declaraciones autorizadas de Dios acerca de sí mismo, nombres y títulos que él había escogido para expresar y revelar su verdadera naturaleza y voluntad, mandatos e invitaciones que daban al creyente el derecho de orar y osadía en la súplica —a medida que veía todo esto, fortalecido y ejemplificado por los casos de oración que prevaleció—, guardaba estos argumentos en la memoria, y luego, en ocasiones de gran necesidad, los sacaba y los extendía delante de un Dios que oye la oración. Es conmovedoramente hermoso seguir a este humilde hombre de Dios al lugar secreto y oírlo allí derramar su alma en estas súplicas argumentadas, ¡como si quisiera ordenar su causa delante de Dios de tal modo que lo convenciera de que debía intervenir para salvar de la deshonra su propio nombre y su propia palabra!

Estos eran sus huérfanos, pues ¿no se había declarado él Padre de los huérfanos? Esta era su obra, pues ¿no había llamado él a su siervo para hacer su voluntad, y qué era ese siervo sino un instrumento que no podía ni prepararse a sí mismo ni usarse a sí mismo? ¿Puede la vara levantarse sola, o la sierra moverse sola, o el martillo dar su propio golpe, o la espada asestar su propia estocada? Y si esta era la obra de Dios, ¿no estaba él obligado a cuidar de su propia obra? ¿Y no se había planeado y llevado adelante todo esto deliberadamente para su propia gloria? ¿Y permitiría él que su propia gloria se empañara? ¿No había dado él su propia palabra y la había confirmado con su juramento, y podía Dios permitir que su promesa, así jurada, fuera deshonrada aun en el más mínimo detalle? ¿No estaban mirando la iglesia que solo creía a medias y el mundo incrédulo, para ver cómo el Dios Vivo respaldaría su propia seguridad inmutable, y iba él a proporcionar un argumento al escéptico y al burlador? ¿No pondría más bien, no debía poner más bien, nuevas pruebas de su fidelidad en boca de sus santos, y dar argumentos cada vez mayores con que hacer callar la lengua capciosa y avergonzar al discípulo vacilante?*

* El propio señor Müller cuenta cómo argumentó su causa delante del Señor en este tiempo. (Apéndice F. Relato, vol. 1, 243, 244)

De alguna manera semejante suplicó a Dios este santo de espíritu humilde en Bristol durante más de sesenta años, y prevaleció, como puede hacerlo todo verdadero creyente que con igual osadía se acerca al trono de la gracia para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro en toda hora de necesidad. Qué pocos de nosotros pueden cantar con sinceridad:

Creo que Dios responde a la oración, siempre y en todo lugar; puedo echar mi ansiosa preocupación, cargas que nunca podría llevar, sobre el Dios que oye la oración. Nunca ha de desesperar mi alma, pues él me manda osar acudir al lugar secreto, y allí probar que responde a la oración.

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